martes, enero 25, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

Los días son grises.



José I. Delgado Bahena


Se lo recomendó su amigo Edy. “Sube fotos al Metroflog”, le dijo, “así conocerás mucha gente y te volverás popular”.
A sus trece años, navegando en el mar de los días grises que le dejaban las constantes ausencias de la madre, con quien vivía en una colonia por la vieja estación del ferrocarril, se pasaba las tardes tomándose fotos con su teléfono celular para después ir al cyber de su calle y subirlas a la red de internet en esta forma de comunicación social que es el “metro de la vanidad”.

Él se asombró de que a los primeros días de comenzar a subir sus fotos, le firmaran tantas personas que el número de visitas permitidas ascendió pronto a cincuenta y después a cien.
“Mi celular me ama.” Le dijo un día a Edy. “Creo que salgo más guapo de lo que soy.”
“Sólo te ves más grande. Pareces de dieciocho.” Le contestó Edy. “Mis amigas de la prepa ya vieron tus fotos y te quieren conocer. ¿Por qué no pones en tu perfil tu Mail y tu número de cel?”
Emmanuel aceptó la sugerencia y desde entonces sus contactos se multiplicaron.
Él siempre correspondía a las firmas que le dejaban, los saludos y las invitaciones para que visitara y “rayara” otros metros.
Al principio sólo eran firmas, después le saturaban el espacio con mensajes privados (MP) e incontables usuarios lo agregaban a sus favoritos insistiéndole que los agregara también.
Al menos cinco días a la semana se le veía sentado frente a la máquina, que alquilaba por ocho pesos la hora, subiendo fotos y dejando sus comentarios en los “metros” de las otras personas, de cualquier parte del mundo, que también las subían.
Pero el mundo no es tan grande como parece.
Uno de sus frecuentes visitantes, que diariamente le dejaba al menos cuatro firmas, escribió un MP por demás revelador; sin embargo, la falta de malicia de Emmanuel no le permitió ver lo que escondían aquellas palabras.
“Hola amigo. Muy buena tu pick. Te ves genial. Soy de Iguala, me gustaría verte y saludarte en persona.” Atte. “El pechjosh”
Él contestó el mensaje sin ninguna precaución: “Sí, amigo, cuando gustes. También soy de Iguala. Podemos ir a jugar futbol o al cine. Siempre estoy solo en las tardes y no tengo que pedir permiso a nadie.”
Cuando se conocieron, al “pechjosh” −quien dijo tener treinta y cuatro años de edad− no le importó saber que Emmanuel tuviera sólo trece y poco a poco se fue ganando su amistad y su confianza.
Primero fue al zócalo, después al cine, al futbol… hasta que Emmanuel lo invitó a su casa con el propósito de jugar Resident Evil, en un Play Station que le acaba de comprar su mamá, como una manera de disculparse por sus constantes ausencias del seno familiar.
Mientras se dirigían hacia al domicilio de Emmanuel, en el auto del “pechjosh”, un destello de precaución iluminó la frente del muchacho.
−¿Tú dónde vives? –le preguntó mientras daban vuelta por las vías del tren.
−¡Huuuuy!, por el otro lado de la ciudad. Después te invito –le contestó su “amigo”, disimulando su nerviosismo con un ataque de tos que fingió muy mal pero que Emmanuel no advirtió.
Al bajarse del auto, el nuevo “amigo” de Emmanuel se llevó una pequeña mochila que se cruzó sobre el pecho.
Después de aburrirse con el juego, encendieron la televisión y estuvieron viendo una serie gringa.
Con el pretexto del calor, “pechjosh” se quitó la playera que llevaba puesta al momento que le decía:
−Te quiero mucho, amigo. ¿Me dejas darte un abrazo?
−Claro que sí –contestó Emmanuel sin recelo.
No fue un abrazo lo que su “amigo” le dio, sino un puñetazo en la barbilla que lo derribó y lo dejó semiinconsciente sobre el sofá. Aprovechando su aturdimiento, le colocó boca abajo y le ató las manos con la playera que se había quitado. De su mochila extrajo una cinta adhesiva que usó para rodear su cabeza y cubrirle la boca.
Cuando Emmanuel pudo reaccionar, le fue imposible evitar que “pechjosh” le quitara el pantalón y saciara con él sus más bajos instintos sexuales. Después, la visión y la mente se le nublaron; sólo retuvo la advertencia de su “amigo” que, al marcharse, le decía: “Si dices algo, te mato”.
Así lo encontró su madre. Por más que indagaron en el Metroflog, ningún indicio se encontró del “pechjosh”. En su perfil sólo decía: originario de Yevreyskaya Autonomnaya Oblastr, México.
Desde entonces, Emmanuel se ha alejado del cyber y sólo se le oye entonar una estrofa de su rola preferida del grupo La Misión: “Días grises, porque vemos todo nublado,/ días grises, cuando nos sentimos fracasados…”
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DENTRO DE UNOS DÍAS ESTARÁ A LA VENTA MI LIBRO “MANUAL PARA PERVERSOS”, CON TODOS LOS TEXTOS PUBLICADOS AQUÍ Y OTROS INÉDITOS. GRACIAS POR LEERME.

Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com

martes, enero 18, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

El día que vino Joan Sebastian.



José I. Delgado Bahena


Pedro salió temprano de su casa, en una colonia cercana a la central de abastos de la ciudad. Él y su familia tenían tantas apuraciones económicas que prefirió escapar hacia la calle que quedarse a oír los reclamos de su mujer y los llantos de su pequeño hijo.

“Pinche vida…”, pensó. “No sé cómo fui a embarcarme tan pronto con la Daniela; de haber sabido la dejo con todo el paquete del escuincle. Pero no, ahí estoy de güey, creyéndole a su madre, que con su sonrisota de bruja me animó a casarme cuando apenas teníamos los dos diecisiete años.”

Se hacía estas reflexiones mientras caminaba hacia ningún lado. Pasó por la escuela del CECYTEC y llegó a los terrenos de la feria. Ahí se entretuvo observando unas bardas pintadas con la publicidad de la presentación de Joan Sebastian, esa tarde, en el estadio de futbol, en un acto proselitista a favor de un político.

Eran las doce del día. “Tal vez me dé tiempo de ir a ver a mi paisano.” Murmuró para sí mismo, recordando un poco de su niñez vivida hacía poco en el vecino municipio de Taxco.

Sus pasos lo llevaron hacia los campos del equipo Cañeros donde quiso entrar pero el cuidador de la taquilla no lo dejó pasar sin pagar. Siguió su camino rodeando los terrenos embardados del campo de futbol.

Llegó hasta las puertas de las instalaciones del Olimpo. Aprovechó un descuido del chavo que cobraba las entradas y pasó a ubicarse cerca del terreno de juego. En la cancha se enfrentaban los equipos de Uda Dukla y el Real Sociedad. Se sentó a un lado de las mochilas de los jugadores. En una acción, en la que el Uda Dukla metió un gol al equipo contrario, Pedro aprovechó la distracción de los aficionados por la anotación y, disimulando un nerviosismo que le provocaba un temblor en los labios, tomó cualquier mochila y se la colgó del hombro, como aparentando ser de su propiedad.

Salió por la puerta principal fingiendo tranquilidad y hasta saludó al taquillero. Apenas iba a unos diez metros de la puerta cuando escuchó el triple silbatazo del árbitro que daba por concluido el primer tiempo del partido. “Chin…”, se dijo, “el dueño buscará su mochila”. Apresuró el paso rumbo a una colonia cercana conocida como Las Américas. Casi llegaba a las primeras casas cuando escuchó unos gritos. Volteó y vio que dos muchachos, aún con su uniforme de juego, le silbaban en clara advertencia de que iban tras él.

Intentó correr pero los nervios se lo impidieron y se limitó a recargarse en el tronco de un guamúchil; ahí esperó la llegada de los furibundos jugadores que llegaron empujándolo y arrebatándole la mochila.

Con el rostro pálido, vio cómo, uno de ellos revisaba el contenido para asegurarse de que se encontraban ahí su cartera (con su dinero y sus tarjetas del banco), su celular, sus tenis, su ropa, algunas monedas que había guardado en una de las bolsas laterales de la mochila y lo más importante: una pistola envuelta en una franela roja.

−¡Perdóname, carnalito! –chilló Pedro al ver la pistola−. ¡Te juro que es la primera vez que lo hago, no tengo trabajo y mi familia está sin comer!

−¡Pero se pide, pendejo, no se roba! –le contestó el dueño de la mochila apuntándole con la pistola.

−No le hagas nada! –le gritó Vicki, la esposa del jugador quien llegó en ese momento encima de una moto conducida por su hermana−. Llamaremos a la policía para que se lo lleven. Vete a jugar, ya va a comenzar el segundo tiempo.

Los dos jugadores regresaron al campo de futbol mientras Vicki llamaba al 066 para solicitar apoyo policiaco.

“Lo sentimos, por el momento todas las unidades están comisionadas para resguardar el orden en la presentación de Joan Sebastian.” Fue la respuesta que obtuvo a la solicitud que hizo a la dependencia encargada de atender la seguridad de la ciudadanía.

Al darse cuenta de esto, Pedro se armó de valor y echó a correr, tomó un taxi y le pidió al conductor lo llevara a su domicilio. Las hermanas subieron a la moto y lo siguieron. Durante el camino, insistían en demanda de apoyo de alguna patrulla de la policía para atrapar al delincuente. La última respuesta que obtuvieron de las oficinas del 066 fue: “Ya hicimos su reporte. No es necesario que vuelva a marcar. El director de seguridad pública nos ha prometido que en cuanto termine el evento le enviarán apoyo, gracias.”

Al llegar a su casa, Pedro entró a pedirle un poco de dinero a su mujer y salió con unas monedas que entregó al taxista quien se retiró regalándole cinco agresivos claxonazos.

Ya en el cuarto, en el que vivía con su pequeño hijo y su mujer, se tiró en la cama, viendo al techo, y lloró. Nunca supo que gracias a que en ese momento toda la policía de la ciudad se entretenía con el “Bandido de amores”, no había ido a pasar una buena temporada, “Más allá del sol”, bajo la sombra, en el Cereso de Tuxpan.


Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com

miércoles, enero 12, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

Algo sobre la muerte.



José I. Delgado Bahena


“¡Qué costumbre tan salvaje ésta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.
Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?
Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.
Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlo a un río?
Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.”
Quise comenzar con este poema del maestro chiapaneco Jame Sabines, para abordar el tema de la muerte en este texto en el que no pretendo contar una historia urbana ficticia, sino hablar de una realidad tan cierta como es la muerte.
Esta sentencia cruel que es lo único que se cumple con cabalidad de todos los augurios que se expresan en el momento de nuestro nacimiento.
La muerte… el más grande dilema del ser humano: ¿Qué hay después de ésta? ¿Es verdad que nada se pierde sino todo se transforma? “A dónde vamos oh, hermanos…”, dirían los aztecas. En fin, polémicas, discusiones, reflexiones y análisis que al mexicano le han llevado a la mejor decisión: jugar con ella.
“Entonces, ¿en qué quedamos, me llevas o no me llevas?”, dice una canción. “La pelona me pela los dientes…” “La huesuda es mi comadre…” Frases como éstas persisten en las expresiones populares que denotan el menosprecio hacia lo irremediable. Pero, ¿hasta qué punto somos capaces de aceptar este designio de la vida que es la muerte?
Todo esto lo digo porque hoy mismo, tal vez cuando usted esté leyendo este texto, estaremos sepultando a un gran señor que fue en vida el padre de mi amiga Maricela Arzate Martínez. Le conocí ya enfermo, pero con una fortaleza, para enfrentar los días terribles que le deparó su enfermedad, del tamaño del cielo.
En varias ocasiones estuvo a punto de sembrar los días triste de su despedida en los corazones de los familiares y amigos, y en esas mismas veces venció al infortunio regalándonos varios meses más de su agradable compañía.
Por eso, en la línea de aceptar lo irremediable, se dispuso a preparar los servicios de su funeral con tanta lucidez que dejó indicaciones ¡hasta de quién iba a servir el café!
¡Vaya! Entre las peticiones que hizo fue que junto a su féretro pusieran flores del campo, silvestres, y la familia buscó, y encontró, de las más humildes y comunes que cortaron y, con todo y tierrita (la madre tierra), las pusieron en los floreros que dispuso el servicio funerario contratado.
Ésta, a mi juicio, es una manera digna de dar el primer paso en el camino hacia Dios (para los que somos creyentes). Pero es una virtud que sólo la pueden tener quienes viven como hombres de bien y llegan con el corazón pleno de agradecimiento por los bienes recibidos en vida, tal y como fue la actitud que siempre tuvo el señor Margarito Arzate Rodríguez, padre, guía y amigo de mi entrañable amiga Mar Arzate.
Desde este espacio, agradeciendo la comprensión de mis amables lectores del Manual para perversos, envío mis condolencias para la familia; pero lo hago con la certidumbre del regocijo por la partida de este gran ser humano que fue don Margarito, porque ellos y nosotros, los que lo conocimos, sabemos que se fue satisfecho de su paso por el mundo y en estos momentos se encuentra al lado del Creador.


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Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com

viernes, enero 07, 2011

martes, enero 04, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

Por adelantarte…



José I. Delgado Bahena


¿Ya vistes, Chavela? Por adelantarte, ¿lo que te pasó? Te lo dije desde que vi cómo criabas a tus hijos: todos consentidos, siempre aguantándoles sus arbitrariedades, sus berrinches y hasta sus insultos. Por más que quise abrirte tus ojotes, nomás me dejabas con la palabra en la boca, como diciendo: “no es asunto tuyo”.
Pues sí hermana, sí era asunto mío, porque ya sabía que tarde que temprano terminarías aquí.
Me acuerdo…
A lo mejor a ti ya se te olvidó, pues no sé si te pasabas de taruga o de buena gente con tus hijos. Porque, ¿cómo se te ocurre seguirle pagando la escuela a Sergio, el mayor, después de que salió con su mensada de embarazar a la chamaca? No, Isabel; si fue bueno para hacer su gracia tenía que ser bueno también para mantenerla. Pero no, ai’ stá la tonta de mi hermana, solapándolo y haciéndose responsable hasta de la mujer, porque ella ni siquiera era buena pal quehacer.
Y luego que el bueno de mi cuñado decidió irse antes al panteón, nomás para no hacer corajes con lo caprichudos que eran mis sobrinos. Al menos te dejó la cevichería y con eso te ayudastes, chingándole todo el día, para sacar adelante a los cuatro escuincles, si no quién sabe. Aunque, a decir verdad, más valdría que Manuel nos les hubiera dejado nada, para que aprendieran a valorar la vida y no estuvieran nomás sobándose la panza en sus hamacotas que les comprastes cuando fuimos a Chilapa, en el viaje que organizó Marcelina.
Luego, la otra: Patricia, la segunda, que quiso estudiar para enfermera y se fue a una escuela de Taxco, quesque porque ahí iban a estar sus amigas. Y lo mismo: nomás gastándose en los antros lo que le dabas para la estudiadera. Lo sospechastes, no lo niegues, por eso fuistes a preguntar a la escuela para saber cómo iba en sus calificaciones y te encontrastes con la sorpresa de que ya tenía muchos días sin ir a clases.
No agaches la cabeza, hermana. De todos modos ya pasó. ¡Qué remedio! El remedio lo pudistes haber puesto cuando Sergio te dijo que ya no quería estudiar y que mejor le pusieras un cyber para mantener de ahí a su vieja y a tu nieto. Debistes decir que no, que era su bronca, que se rascara con sus uñas; pero no, luego luego le pusistes al negocio un letrero de “se traspasa”, para venderlo y cumplirle, ¡otra vez!, su capricho.
¿Y, qué te quedó, Isabel? Un poco de dinero para poner un puesto de picaditas junto a la iglesia, y hacerle competencia a Carlota. Ah, y la casa con un buen terreno. Y ni con eso estuvieron conformes los ambiciosos de tus hijos. Por eso planchabas y lavabas ajeno, para terminar de darles su estudio a los dos menores que estaban en la prepa, como si ellos fueran diferentes a los mayores. Al rato te llamaron para decirte que Juan estaba internado a causa de una sobredosis, de no sé qué sustancias que se había metido, y tuvo que dejar la escuela para estar de huevón en tu casa, sin ayudarte siquiera a poner el gas en el puesto de las picadas.
La única que más o menos se portó bien fue la más chica: Martha. De la escuela se fue con el novio y dejó de darte lata; pero ni así se salva, porque se unió a la tarugada que se les ocurrió a Sergio y Patricia, los mayores.
De plano que eres mensa, Isabel. ¿Cómo fuistes a aceptar que te presionaran con eso de que querían que les heredaras en vida? Y luego, eso de creerles que se iban a hacer cargo de ti, cuando no podían encargarse de ellos mismos y de sus familias. ¿Por qué aceptastes vender la casa? ¡Si no te podían obligar!
Ya sé. No me veas con esos ojos de lechuza llorona. Los hijos son los hijos; ¡siempre lo decías! Pero lo malo es que ellos nunca se dieron cuenta que los padres son los padres. Por eso te vieron nomás como el medio para cumplir sus caprichos.
Ya ves: Sergio nomás te aguantó dos años en su casa y como te ven ya vieja, y con el pretexto de tus diferencias con tu nuera… se les olvidó todo lo que hicistes por ellos y buscaron a los otros hermanos para que te fueras a vivir en casa de alguno de los otros tres.
¡Ja! Ya imaginaba sus respuestas: “No tenemos espacio”, dijo uno. “No tengo dinero”, dijo otro. “Yo le doy de comer, pero que se quede con ustedes”, dijo Martha.
En fin, Chavela, ya sabía que ibas a venir a dar aquí, conmigo. Conociendo a tus hijos, me figuraba esta decisión. Seguramente te dijeron: “Allá vas a estar bien, con la tía Coti, ella te va a cuidar.” Sí, hermana, aquí vamos a estar bien. Este es el mejor asilo que hay en Iguala. Ya ves, las muchachas que nos cuidan son re buenas gentes. Ya ni modo. Vente, vámonos pa dentro, ya hace frío. Vamos a escribir las cartitas a los Reyes Magos, mañana vendrán las señoritas del DIF a dejarnos regalos. No llores, aguántate. Piensa que esto te pasó nomás por adelantarte con tus hijos.