viernes, enero 20, 2012


El closet
José I. Delgado Bahena
Daniel tenía diecisiete años cuando conoció a Israel, su compañero de la prepa con quien convivía durante las horas libres y de inmediato se sintió atraído hacia él.
                Desde pequeño, cuando, sin que se dieran cuenta sus dos hermanas –una dos años menos y la otra dos más que él− les tomaba sus vestidos y se los probaba, frente al espejo del ropero de sus padres, imitando sus modos para caminar y sus ademanes, supo que no era un niño “normal”.
                Para disimular su preferencia sexual, durante la secundaria, logró que su mejor amiga: Dolores, aceptara aparentar ser su novia, sólo porque sus compañeros comenzaban a hostigarlo con apodos, risitas y manoseos en sus glúteos cuando lo topaban por los pasillos de su escuela.
                En aquella época, Lola, como le decían todos a su amiga, fue su única confidente y ella supo, por la misma boca de Daniel, que a él no le interesaban las niñas, aunque tampoco sentía atracción por algún muchacho conocido.
                Pero cuando entró a la prepa y conoció a Israel, premeditadamente buscó la forma de hacerse su amigo y trató de disimular su amaneramiento que en ocasiones lo delataba pero, incluso, Israel mismo se mofaba del tono casi femenino que Daniel daba a sus palabras.
                De todos modos, a Israel no le importaban los comentarios y las sospechas que la forma apresuradita de caminar de su amigo despertaban entre sus compañeros y mantuvo su amistad durante dos semestres, compartiendo tiempos y apoyándose en la realización de tareas.
                Martín, el padre de Daniel, era ingeniero mecánico y había puesto su taller automotriz por el sur de la ciudad con la esperanza de que su único hijo varón siguiera sus pasos y viera como su futura herencia el oficio y el negocio. Por eso insistió en que Daniel estudiara en esa escuela donde le ofrecían el perfil de técnico automotriz; sin embargo, el muchacho repudiaba la idea de terminar el día engrasado, como su padre, y soñaba con estudiar ballet clásico o pertenecer, al menos, a un club de danza moderna donde pudiera desplegar sus mejores pasos al ritmo de una música sensual  y buena coreografía.
                Para desahogar un sentimiento que no podía externar con libertad ante su amigo, Daniel escribía canciones de sus artistas favoritos y copiaba poemas de un libro que le prestaban en “Letrópolis”, un club de lectura que había en su escuela. Después agregaba dibujos que él mismo hacía y se los obsequiaba.
                Estaban en el tercer semestre y era el último día de clases antes de irse de vacaciones en la temporada decembrina, cuando Israel soltó un latigazo en la espalda de Daniel:
                −¿Qué crees? –le dijo, mientras se dirigían a la dirección de la escuela para preguntar sobre un maestro que no había llegado−, Lilí es mi novia.
                −¿¡Qué!? –exclamó él.
                −Sí. Ayer la encontré en la plaza y nos pusimos a platicar. Me confió que yo le gusto pero que no tenía esperanzas porque pensaba que tú y yo éramos pareja.
                −¿Qué le dijiste? –preguntó Daniel casi con desesperación.
                −La verdad: que sólo somos amigos y que, además, también a mí ella me gustaba.
                −¿Y luego…?
                −Pues… nada: entramos al cine y ahí mismo nos besamos. ¿Por qué te has puesto serio?
                Daniel no contestó a la pregunta de su amigo. Con las manos en la boca corrió hacia el baño que estaba a unos cuantos metros; ahí, en una de las tazas, vomitó el desayuno que había tomado en casa antes de salir hacia la escuela.
                −¿Qué tienes? –le preguntó Israel sinceramente preocupado.
                −Nada. Vete. Voy a estar bien… no te preocupes –contestó Daniel con los ojos inundados por el llanto.
                −¿Por qué lloras? ¿Te duele algo? –insistió Israel.
                −¡Que te largues pendejo! –gritó Daniel− ¿No te das cuenta que me lastimas con eso, porque te amo?
                −¡No manches! Yo te quiero, pero como amigo; si tú te confundiste y pensaste otra cosa, es tu problema. Espero recapacites y entiendas que yo no soy como tú. Luego nos vemos.
                Fue el último día que Daniel pisó la escuela. Aprovechando que su tío Chalo estaba de visita en casa, habiendo llegado de los Estados Unidos, le pidió que se lo llevara con él al país vecino.
                Después de cinco años, hace un mes se le volvió a ver por el zócalo de la ciudad tamarindera. Sólo que ahora viste pantalones entallados, tacones y blusas, así como ha dejado crecer su cabello, se lo pinta de rubio y se lo alacia, porque dice que ya salió del closet, y ha cambiado su nombre: ahora es “Lady Gaga”.

sábado, diciembre 17, 2011

SEGUNDA EDICIÓN DE MI NOVELA. ES LA HISTORIA DE ALEJANDRO (DE 42 AÑOS) Y DE FÁTIMA (DE 19) QUE EN UNOS DÍAS SALDRÁ A LA VENTA.

miércoles, noviembre 09, 2011

La hoguera

José I. Delgado Bahena


Para ser sincera: toda la culpa es de Gustavo. Desde que éramos novios me di cuenta de que, pues… nomás sabía encender la hoguera, pero después no hallaba cómo apagarla. La verdad, yo lo quería mucho; de hecho aún lo quiero, pero él nomás quería andar de manita sudada y esos tiempos ya son muy viejos, ¿no?
Además, pues, ya no éramos unos niños. Yo acababa de terminar la normal y él ya trabajaba de auxiliar de un contador que tiene su despacho por el mercado.
Por eso, cuando lo conocí y lo vi tan guapo, con su portafolio en la mano, me dije: “a este torito yo me lo monto”.
Pero no. La verdad es que siempre fue muy lento, muy pasivo…
Imagínate: un domingo que me invitó a almorzar, fuimos a un bufet que está por el centro; después me dijo que quería ver una película de terror y llegamos al cine a la función de las dos de la tarde. Estando adentro pues… yo lo abrazaba y le agarraba la pierna, para motivarlo, pero él come y come sus palomitas y sus nachos.
Al salir del cine le dije: “llévame a un lugar más… discreto.” Él me tomó de la mano y me llevó a su automóvil. Manejó, en silencio, hacia Tuxpan; iba muy callado. Pensé que se iba a meter de pronto en uno de tantos hoteles que hay por ahí; pero no, llegamos a un restaurante que está hasta el otro lado de la laguna, por el muelle; casi no había gente. Nos bajamos y me dijo: “Aquí te vas a sentir más a gusto, porque casi estaremos solos”.
Así era nuestro noviazgo. Puros besos y manoseos, pero hasta ahí.
Hasta que una tarde me pidió que nos casáramos. Un día antes de la boda me confesó que él nunca había tenido relaciones sexuales y me preguntó que si yo sí. La verdad, usé mis clases de teatro con la maestra Lupita Ayala, lloré y le inventé un choro: le dije que, cuando era adolescente, un tío me violó, pero como era de la política, mis padres no quisieron hacer nada y que… pues… por eso ya no era… virgen.
Él me abrazó y secó mis lágrimas; me dijo que no me preocupara, que me querría igual. Yo le agradecí su comprensión y nos casamos.
Nos fuimos a vivir con sus papás. Ellos no habían tenido más hijos y nos pidieron que los acompañáramos.
Gustavo tenía un cuarto de soltero y ahí nos acomodamos. Como yo no tenía plaza, no trabajaba. Me quedaba todo el día con Leticia, su mamá; él se iba a trabajar, al igual que su papá, que era taxista, y nosotras hacíamos la comida y las cosas del hogar.
Todo iba bien. Lo único que no me gustaba era que él seguía igual de pasivo por las noches; es decir: sólo se complacía conmigo y ya, se dormía. Nunca se preocupó por preguntarme si yo también quedaba contenta y pues, la verdad, eso me tenía inconforme.
Entonces, un día salí del cuarto para entrar al baño −que era el mismo que usábamos todos−, y cuando abrí la puerta, que sólo estaba emparejada, me encontré con su papá, que terminaba de bañarse y se secaba el cuerpo, completamente desnudo. El señor volteó a verme y yo cerré la puerta de inmediato, pero lo que alcancé a ver me dejó con el ojo cuadrado.
Desde entonces, me obsesioné con don Joel, el papá de mi marido. Aunque lo viera vestido, disimuladamente le veía el pantalón y sabía lo que había adentro.
El señor se daba cuenta, porque me descubría viéndolo y sonreía.
Por esa época, Leticia comenzó a estar enferma de un problema de cáncer en la matriz. Por más esfuerzos que le hicieron, a los pocos meses murió.
Entonces yo me encargaba de los quehaceres de la casa. A veces, don Joel llegaba a almorzar y se quedaba a ayudarme un poco, con el aseo y otras cosas.
Una mañana, cuando Gustavo se había ido a trabajar, su papá se estaba bañando y me gritó si le llevaba una toalla. Cuando me disponía a tocar la puerta del baño, para dársela, él abrió y salió, desnudo como estaba, sin cubrirse. Yo sólo abrí la boca; no dije nada porque se me fue encima y me empujó sobre el sofá de la sala; hice como que lo rechazaba pero, la verdad, me estaba gustando lo que me hacía, ¡cuando llegó Gustavo! (Después me dijo que había ido a traer unos papeles que se le olvidaron).
Yo pensé que mi marido se iba a enojar y le iba a pegar a su papá; pero no, don Joel tomó la toalla y se fue a su cuarto. Gustavo se sentó conmigo, en el sofá, y me abrazó. Me pidió que comprendiera a su papá −que estaba muy solo y necesitaba de una compañía− y me dijo que, pues, si yo le correspondía, que no se iba a enfadar, ¡al fin que era su padre!
Desde ese día, la vida me trata mejor; ya no me preocupa que Gustavo encienda la hoguera en las noches, porque por las mañanas su papá la apaga.


Escríbeme:
jose_delgado9@hotmail.com

jueves, octubre 27, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

Escape

José I. Delgado Bahena


La tarde en que murió Karina, ahogada en las turbias aguas de la laguna de Tuxpan, ella y sus amigos, compañeros todos de una escuela del nivel de preparatoria de la ciudad, habían decidido “volarse” las dos últimas horas de clases; por eso, ya en la calle, organizados por Alexander, quien era el único que tenía auto, decidieron hacer la “coperacha” para comprar cervezas y botanas en el OXXO de la Estrella de Oro y de ahí partir rumbo a Tuxpan.
Karina y Manuel se acomodaron en el asiento delantero, a un lado de Alexander, y en el de atrás iban: Marcos, Tania, Inés y el “colado” de Jesús.
Karina era novia de Manuel, Tania de Alexander e Inés de Marcos, de manera que Jesús iba de “soltero” y durante el trayecto para llegar a la laguna fue el blanco de las bromas y burlas de sus compañeros.
−A este güey le vamos a conseguir una tuxpeñita para que no esté molestando –dijo Alexander refiriéndose a Jesús.
−Ya déjenlo en paz –lo defendió Tania−, si venimos a convivir los siete juntos no es para que se burlen de él.
−Ok –dijo Marcos−, no te enojes Tania, que se me hace que le quieres poner el cue Sin desanimarse, bajaron las cervezas y las botanas y buscaron un lugar cerca del agua donde ubicarse para convivir como lo habían planeado.
Aún con el espacio limitado, se acomodaron por parejas sobre unas piedras, destaparon más cervezas y abrieron las bolsas de frituras. Una hora después, Jesús decidió quitarse la ropa y, en bóxer, se metió al agua alborotada. Alexander y Marcos, después de terminarse sus cervezas, lo imitaron y se zambulleron para nadar un rato junto a su amigo.
Inés y Tania, con el pretexto de buscar un baño en un restaurante cercano, se alejaron caminando con paso B font-size: large;">−Nomás preguntaba, no te enojes.
No hubo tiempo para más diálogos; en ese momento Alexander estacionaba el “vochito” en la orilla de la carretera y, al descender, junto al muelle, observaron todos que el agua estaba muy arriba de su nivel, por la temporada de lluvias que recién había pasado. Sin desanimarse, bajaron las cervezas y las botanas y buscaron un lugar cerca del agua donde ubicarse para convivir como lo habían planeado.
Aún con el espacio limitado, se acomodaron por parejas sobre unas piedras, destaparon más cervezas y abrieron las bolsas de frituras. Una hora después, Jesús decidió quitarse la ropa y, en bóxer, se metió al agua alborotada. Alexander y Marcos, después de terminarse sus cervezas, lo imitaron y se zambulleron para nadar un rato junto a su amigo.
Inés y Tania, con el pretexto de buscar un baño en un restaurante cercano, se alejaron caminando con paso inseguro por las cervezas que habían tomado. Discretamente, Manuel tomó la mano de Karina y la llevó hasta donde asomaban unos muros de la construcción de lo que antes fue el muelle en esa parte de la laguna.
−¿Cómo le vamos a hacer? –le preguntó Karina a Manuel, sentados sobre una pequeña loza de cemento que unía las columnas del muelle.
−No sé –contestó él moviendo los pies dentro del agua para ahuyentar a algunos charales que le mordisqueaban los dedos. Estamos muy chavos y pues… si les salgo con esto a mi mamá me mata.
−¿Y qué crees que diría mi papá? Desde que me enteré, no soy capaz de mirarle a los ojos –dijo con tono lloroso Karina−. ¡Tanto que me advirtió que no le fuera a fallar, para que yo le salga con mi domingo siete!
−Pues sí, pero te gustó, ¿no? –le preguntó él con una sonrisa burlona que apuñaló el corazón de ella. No contestó, levantó la vista hacia el claro cielodo supuso que nada se podía hacer por ella, llamó con gritos a sus amigos para que le ayudaran a sacarla.
Los primeros auxilios que le prodigaron a Karina fueron inútiles. El forense que le realizó la autopsia notificó a los padres que la muchacha tenía un embarazo de aproximadamente dos meses. Las autoridades determinaron libertad incondicional para todos los amigos por considerar como accidente el deceso de Karina.


Escríbeme:
jose_delgado9@hotmail.com

miércoles, octubre 26, 2011

miércoles, septiembre 28, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS


Éramos muchos ¡y parió la abuela!
José I. Delgado Bahena
Pues sí: esto yo lo viví, nadie me lo contó. No fue, en realidad, que a mí me haya pasado, ¡no!, pero lo que ocurrió queda perfecto para este refrán de la abuela.
                La verdad, a mis treinta años, con mi empleo de chef, mal pagado, en un restaurante de segunda, y casado con una vieja tan exigente que me pide cada día más dinero: para los niños, los gastos de la casa, sus zapatos e infinidad de chucherías que se compra, sentía que me estaba desperdiciando en vida.
                Pero, bueno, lo que pasa es que mi plan falló.
                Cuando la abuela enviudó, y como había quedado sola, por no haber tenido más hijos que mi padre, la invité a vivir con nosotros, en la casa, y le sugerí que rentara las dos casas que poseía para tener un ingreso seguro y que no le faltara nada. La abuela aceptó, acomodamos a mis dos hijos en una sola recámara y a ella le dejamos la que quedaba cerca del jardín. Estábamos un poco apretados, pero valía la pena.
                Con el paso del tiempo, sinceramente, la abuela nos hacía la vida insoportable; pero nos aguantamos porque un día nos dijo que las propiedades que tenía serían para los niños, cuando ella muriera, y que su seguro de vida lo había puesto a mi nombre.
                Con esa esperanza la soportamos por dos años. No me da pena decirlo: no fue buena idea llevarla a la casa; pero cuando enviudó la vimos tan acabada que aparentaba diez años más de los setenta que tenía, y pensamos, Flora (mi mujer) y yo, que no duraría mucho y, pues, la verdad, el interés nos ganó. Hasta creímos que se encargaría de los niños y los llevaría a la escuela, les haría su comida y los entretendría hasta que mi vieja llegara de su trabajo de maestra.
                ¡Ja!, no fue así. Nos advirtió que nos olvidáramos de ese tema, que por eso no había tenido más hijos que mi padre “y sólo por no dejar”, aclaró.
                Después del cabo de año de la muerte del abuelo, ella empezó a arreglarse mejor; iba a los bailes de zumba y se reunía con varias personas de la tercera edad, en el hospital del ISSSTE. Con ellos se iba de paseo a diversos balnearios, organizaban convivios y se festejaban los cumpleaños.
                En ese grupo fue donde se reencontró con don Flavio, un novio que tuvo antes de casarse con el abuelo. Después nos enteramos de que él también había enviudado, que había vivido un tiempo con su único hijo y que tenía un nieto de diez años; sólo que a su hijo y su nuera los mataron cuando iban rumbo a Taxco, en su camioneta, porque, se supone, los habían confundido como integrantes de un grupo delictivo y don Flavio tuvo que quedarse a cargo del chamaco.
                Con ese reencuentro comenzaron a venirse para abajo nuestros planes de quedarnos con las propiedades de la abuela, cuando ella muriera. No nos quedó la menor duda de que así sería porque invitaba a don Flavio a la casa y lo atendía de maravilla. Incluso, en una ocasión, en que llegué temprano de mi trabajo, me encontré con que la abuela había metido a su ex novio a su recámara y escuchaban música de la época de su noviazgo.
                Ese mismo día lo comenté durante la merienda y ella, con una luz muy brillante en sus pupilas, lo aceptó; pero, además, anunció que pensaban casarse y que al nieto de don Flavio lo adoptarían como hijo suyo.
                La sorpresa ante esa declaración fue mayúscula para Flora y para mí; volteamos a vernos y en nuestras miradas vislumbramos un enorme desconcierto que no nos dejó dormir durante tres días seguidos en los que platicábamos y platicábamos sobre la manera de asegurar que la abuela no cambiara de opinión respecto a la herencia de sus propiedades.
                Entonces, como iluminado por los rayos del sol, que nos descubrían planeando la mejor manera de resolver este dilema, recordé que en una de mis clases gastronómicas, uno de mis maestros nos advirtió sobre algunos alimentos que son potencialmente venenosos, entre ellos las cerezas. Esta fruta, se había convertido en la predilecta de la abuela. En mi clase supe que contiene compuestos altamente tóxicos en sus hojas y semillas; cuando las semillas de las cerezas se trituran o se mastican, producen ácido prúsico (cianuro de hidrógeno). Mi maestro dijo que las muertes por comer las cerezas son raras, pero convenía recordar que no deben chuparse o masticar los huesos.
                Con esa esperanza, planeamos deshacernos de la abuela antes de que cometiera la locura de casarse o de cambiar su testamento.
                Entonces, este domingo que pasó, compramos un kilo de cerezas en la “comer”, les quitamos las semillas y las martajamos con un poco de agua; la pasta que obtuvimos la mezclamos en un vaso de agua de limón y se lo ofrecí a la abuela por la tarde que llegó, acompañada de su pretendiente, don Flavio.
                Al poco rato escuchamos los gritos de la abuela en demanda de auxilio. Don Flavio se había tomado el agua preparada y se había desvanecido, de pronto, sobre el sofá. La llegada de la ambulancia que pedimos fue inútil: los paramédicos lo hallaron muerto en el sofá de mi casa.
                Lo primero que pensamos fue que su deceso se debía al efecto de las semillas de las cerezas, pero el diagnóstico que arrojó la autopsia, sobre la causa de muerte de don Flavio, fue la de infarto cerebral. Eso nos libró de una responsabilidad. Lo malo fue que la abuela decidió adoptar al nieto de su novio y se lo llevó a la casa. Si de por sí estábamos apretados, ahora con el chamaco, ¡imagínense!
Escríbeme:
jose_delgado9@hotmail.com

sábado, agosto 27, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

Por confiado.

José I. Delgado Bahena


La noche en que matamos a Miguel, creo que ni él se lo esperaba. Siempre vivió confiado en sus ideas y pensaba que, por justicia y por ser hombre, tenía el derecho de andar con cuanta mujer se le pusiera enfrente. “De por sí son unas ofrecidas, y uno que nomás está queriendo…”, decía cada que le preguntaban sobre su comportamiento.
Según él, lo mejor era buscarse amantes que fueran casadas, para no tener que meterse en problemas con embarazos o con casorios.
En el pueblo, todos supimos que anduvo con Fernanda, la tamalera, con Lucía, la esposa de Juan, que hasta compadre lo hicieron cuando el chamaco −que según dicen, era de él y no de Juan− hizo su primera comunión. Anduvo también con Teresa, la de la tienda; con Luvina la mujer de Cenobio quien sí se enteró y, en vez de meterse en líos con Miguel, mejor se fue a los Estados Unidos; se enredó con Lola, la de la fonda que casi siempre estaba sola porque Sergio, el marido, andaba de albañil haciendo trabajos por Cuernavaca y sólo venía los fines de semana.
Esos son los trapitos que le conocimos de antes que se casara; y no es que lo anduviera contando él, las mismas viejas se lo confiaban a las amigas, dizque en secreto, y ellas a los maridos, en las noches, después de desahogar las calenturas y pues… ellos llegaban al billar donde, ya briagos, se les aflojaba la lengua y soltaban la sopa.
Todos sabíamos sobre las andanzas de Miguel, menos los interesados. La verdad, en ocasiones, cuando veíamos que él salía del billar, mejor nos íbamos a las casas, no fuera a ser que se le ocurriera ir a chiflar a nuestras puertas.
Cuando se casó con Laura, la hija de Alfonso, pensamos que definitivamente iba a sentar cabeza y dejaría en paz a nuestras mujeres; pero no fue así: quién sabe cómo le hacía con su vieja, pero los chismes siguieron y nos enteramos de que, incluso, ¡hasta a la esposa del comisario le había dado su entretenimiento!
Lo que sea, no sé qué le veían las mujeres. Bueno, sólo que fuera porque de muchacho lo apodábamos el “burro” y las viejas hayan querido comprobar por qué de su apodo, sólo que haya sido por eso.
Todo habría ido bien para Miguel, si no es porque llegó al pueblo don Guillermo, con su vieja, bien buenota. Llegó contando que se la había encontrado en un teatro de México, que era bailarina y que se habían casado en Iguala. Él no era del pueblo, pero conocía a Teófilo, quien le vendió un terrenito cerca de la laguna, y ahí se hizo su casita, antes de que se les ocurriera a los comerciantes poner sus grandes restaurantes.
Todos nos admiramos de que ese señor, ya grande y todo feo, se hubiera conseguido a esa güerota, más joven que él y bien bonita; hasta pensamos que a lo mejor era rico y por eso ella lo había aceptado; pero no, porque cuando ella salía por el pan y las tortillas, platicaba que no tenían servidumbre y que Memo, como le decía a su marido, iba a trabajar todos los días a la ciudad en un taller de reparación de calzado.
Cuando Miguel se enteró de esto, vimos que le brillaron sus ojitos y, con el pretexto de vender sus mojarras que pescaba por las mañanas, llegó a la casa de la güera y le ofreció su mercancía.
En realidad él no salía a vender, lo hacía Laura, pero no desaprovechó la oportunidad cuando vio que don Guillermo subía al camión con una maletita entre sus manos y ni ésta se le escapó.
Lo que Miguel no sabía, era que don Guillermo no iba a trabajar, sino a vender mariguana que sembraba en la parte trasera de su casa, del lado del terreno de Andrés quien lo sorprendió un día y nos contó el secreto una noche, en el billar.
Por él supimos que por las noches salía en su moto a llevarles el vicio a los chamacos del otro pueblo que está por nuestro rumbo, y que Miguel aprovechaba para hacerle la visita a la güera de don Guillermo.
Entonces, urdimos un plan para acabar con la inquietud que teníamos con respecto a Miguel y de paso deshacernos de este señor que enviciaba a los muchachos.
Nos pusimos de acuerdo y lo anduvimos cazando. Esa noche estuvo en el billar, nomás fumando, estuvo muy platicador y hasta nos invitó una ronda de cervezas. Cuando salió, nos reunimos con Fernando, el coime, y le pedimos prestadas las bolas de billar.
Ya en la calle, lo seguimos sin que se diera cuenta y luego vimos que iba derechito a la casa de la güera. Antes de que brincara el tecorral para entrar a la casa, lo alcanzó Andrés y le dijo: “Oye, vale, ¿me invitas un cigarro?” Miguel no respondió porque no tuvo tiempo. Con el mingo en su puño, Andrés le dio tal guamazo en la cara que lo tiró sobre un charco que había junto a la tranca de la casa de don Guillermo; entonces, le caímos todos los que nos habíamos juntado en el billar y le dimos tantos golpes en la cabeza con las bolas de marfil que de segurito murió enseguida.
Cuando vimos que ya no se movía, lo dejamos ahí para que le echaran la culpa a don Guillermo. Así fue. Al otro día, cuando la policía llegó, se entregó solito porque pensó que iban tras él, por su negocio; pero, de paso le achacaron el muertito porque, pues, no faltó quién declarara que su vieja le ponía el cuerno con Miguel, a quien le llegó su mala hora nomás por confiado.


Escríbeme:
jose_delgado9@hotamil.com