sábado, febrero 25, 2012

PRESENTACIÓN DEL TOMO II DEL MANUAL PARA PERVERSOS.

lunes, febrero 20, 2012


NI PORQUE LE DI EL “FUA”
Llamada preocupante:
“Tenemos secuestrada a su suegra.”
Llamada aterradora:
“Si no paga se la regresamos.”

−Bueno, ‘ora sí que mi historia te la cuento nomás porque me gusta cómo escribes –me dijo, con una voz que le brotaba desde el estómago, como si le hubieran dado un martillazo en el hígado−; pero, pues… además, yo creo que todos, en el pueblo, lo sabían. Eso pasa siempre: nadie te dice que tu vieja te anda haciendo de chivo los tamales hasta que tú mismo lo adviertes; una de dos: si estás casado, ya sea porque de pronto le duele mucho la cabeza y ya no te hace caso en la cama, o porque deja de hacerte tu platillo preferido y, en vez de servirte, nomás te dice: “ai´ te dejo la comida en el refri, orita vengo”. Y se va, según a ver a su mamá y pues, uno se la cree pero, claro, todo tiene un límite. O, si estás soltero, de novio, te das cuenta de que algo anda mal cuando empieza  a poner pretextos para verse o con sus mentados mensajitos en su cel, y luego que te quiera hacer güey con: “son las noticias”.
            ‘Ora que, como en mi caso, cuando te sale con la jalada de: “me acosté con Felipe, tu mejor amigo”, pues ya no sabes cómo leer su mirada y el tono de su voz, si como honestidad o como cinismo; y todavía más, después de dos años de novios, si te sale con esto, te dan ganas de decir: ¿tanto rogarle que anduviera conmigo, para hacerme esta jugada? Y, además, con mi cuate, ¡que es casado!
            Ah, pero no creas que me importó –dijo, alzando la mirada hacia el cielo, como buscando una respuesta−, la perdoné y seguí con ella. Imagínate cuánto la quiero: yo la respetaba y me sale con que se había entregado a otro, pero la perdoné.
            Eso fue, tal vez, lo malo.
            De por sí que su pinche madre me disparaba cuchillos con sus ojos cada vez que me encontraba con Josefina y nunca estuvo de acuerdo con que yo fuera su yerno. “Es un fracasado, no tiene ni en qué caerse muerto”, le decía a su hija.  “Mejor hazte novia de Alejandro”, insistía, para que le echara ojo a su vecino que había llegado de los Estados Unidos en una troca bien perrona. Por eso, mejor me metí a este grupo de la policía secreta, porque quería dar el extra, dar el “Fua”, pues, para darle en la torre a la señora y de una vez ganarme a Josefina.
            Sólo así la convencí de que se fuera conmigo y me la robé por tres días. Nos fuimos al pueblito de mi mamá, a la casa de mi abuelo; pero, pues, el gusto nos duró poco porque al tercer día el anciano se murió y tuvimos que avisar a la familia. Entonces, como la voluntad y el amor de Josefina no estaban tan firmes, regresó con su mamá, porque iban a hablar con su papá, que estaba en el “norte”, y la convencieron de que me dejara.
            Entonces, yo quería hacer muchas fregaderas, porque leía tu libro y me daba cuenta que por amor podía hacer muchas cosas, hasta matarla. Pero reflexionaba y decía que más valía que me aguantara. Mis cuates me invitaban a beber, dizque para que la olvidara, y hasta me torturaban, para hacerme más hombre, según ellos. Me tapaban la cara con una toalla y me echaban cubetadas de agua, pero sólo me acordaba más de ella y me ponía a romper cosas y terminaba como becerro destetado: brame y brame.
            Lo grave es que mis cuates terminaban chillando conmigo porque veían que sufría mucho y decían: “no se vale” y le dedicaban muchas fregaderas.
            Es que, la neta, no se vale. Ya casi nos casábamos; sólo que llegó Alejandro, y como empezó a pasearla en su camioneta para todos lados… pues, la vieja de su madre, “ora” sí: bien contenta.
            Lo peor fue –agregó con ojos enrojecidos y con las manos enlazadas− que a los dos meses se casó con Alejandro. Entonces sí, había perdido toda esperanza.
            −¿Por qué hablas como si todavía hubiera algo entre ustedes? –le interrogué, intrigado, descubriendo un nuevo tono en su voz.
            −Ah, porque aquí viene lo bueno –respondió, sacando su teléfono celular de la funda donde lo tenía asegurado en su cinturón−: hace un mes me enteré de que ella estaba embarazada y le envié un mensaje preguntándole que quién era el padre y, ¿qué crees que me contestó?
            −Que era tuyo –le dije, aventurando una respuesta lógica.
            −No –dijo, mostrándome un mensaje de su teléfono−. “Es de Alfredo, pero a quien quiero es a ti.” –decía el mensaje.
            −¿Ves? −continuó− Ayer se fue Alejandro a los Estados Unidos y la dejó con su madre. Yo creo que él se dio cuenta de que no podría ser el padre de ese hijo y mejor se fue. Ahora, como Alfredo no podrá responderle a Josefina, porque está casado, todo queda en mis manos. Voy a luchar por ella otra vez, aunque el niño no sea mío; al fin, dicen que padre es quien los cría, no el que los hace. Sé que voy a ganármela porque voy a dar el extra, voy a dar el “Fua”.

¿DE QUIÉN ES LA CULPA?
Cuando creíamos
que teníamos todas las respuestas,
de pronto, cambiaron
todas las preguntas.
                                                         Mario Benedetti

 “Yo no tengo la culpa”, me dijo desviando la mirada hacia una caja de contactos eléctricos que está incrustada en el tronco de uno de los viejos y emblemáticos tamarindos del centro de la ciudad.
            Estábamos platicando sentados en una banca del zócalo, después de oír misa en la parroquia de San Francisco. “Ella” había dejado su casa por irse a vivir conmigo, ilusionada en una aceptación que no encontró jamás en sus amigos, sus hermanos y,  mucho menos, en sus padres.
            La conocí en un antro, por el “peri”, una noche en que Rafael me invitó a tomar unas cervezas y fuimos a parar a ese lugar en el que un grupo de travestis imitaban, con sus movimientos y vestuarios, a los artistas de moda, tanto nacionales como extranjeros.
            La verdad, a mis treinta años, nunca había ido a un lugar de esos. En donde yo vivía, sólo hay dos cantinas y un billar para ir a divertirse; pero, como mi amigo me invitó a venirme a trabajar en el ayuntamiento, pues… acepté y dejé el pueblo.
            En el antro vimos desfilar ante nuestros ojos a Madona, Alejandra Guzmán, Yuri, Lady Gaga, Yuridia, Ricky Martin, Gloria Trevi y otros que no me aprendí sus nombres. “Ella” interpretó a Paulina Rubio y cuando vi su cuerpo bien delineado, con su rubia cabellera, moviéndose al ritmo de: “Lo haré por ti, porque lo siento, porque tú me elevas…”, le dije a Rafa:
            −No manches, con esa sí me casaba.
            −¡Ja, ja, ja! –se rió él−, ¿no ves que son hombres?
            −¡¿En serio?! –le pregunté incrédulo.
            −Sí, mira: si gustas, en cuanto terminen su show le invitamos una cerveza, para que te convenzas.
            Mi amigo le envió la invitación con el mesero que nos atendía y a los pocos minutos ella se encontraba en nuestra mesa, tomándose un jugo de naranja y fumándose un cigarro.
            −¿Cómo te llamas? –le pregunté, como para salir de dudas.
            −Paloma –me contestó con una voz indefinida cuyo tono se me perdió en el bullicio de la música y de la gente−. ¿Y tú?
            −Juan –le contesté perdido en el brillo de sus ojos verdes que, después supe, eran pupilentes.
            Es lo único que recuerdo de esa noche.
            Al siguiente día desperté con “ella” a mi lado, en el cuartito que rentaba cerca de la casa de mi amigo. ¿Qué pasó? No sé. Pero al ver su espalda desnuda y su cabellera de oro descansando sobre mi almohada, me dije que no me importaban su pasado ni lo que dijera la gente; la aceptaría conmigo, la respetaría y la defendería.
            Cuando despertó, pude ver con claridad sus manos grandes, de hombre,  sus pies sin depilar que disimulaba con el vestuario y el maquillaje en la representación de su personaje.
            −¿No te arrepientes? –me preguntó con su voz de tórtola.
            −¿De qué? –le devolví la pregunta.
            −De haberme invitado a vivir contigo. Si lo hiciste porque estabas borracho –continuó, sentada al borde de la cama y viendo hacia el piso−, no te preocupes, me voy y no me volverás a ver.
            −No sé qué te dije, ni qué te prometí –le objeté−, pero esta aventura ya inició y, si estás de acuerdo, sigamos igual y… a ver qué pasa.
            Por supuesto que estuvo de acuerdo. Hemos vivido juntos por más de un año; “ella” en su trabajo y yo en el mío. En ocasiones, la voy a recoger y la espero en la entrada del centro nocturno. La verdad, a veces siento celos de que otros la vean con las diminutas prendas con las que actúa.
            Todo había caminado sin sobresaltos, hasta que Rafael me dijo, a la salida del trabajo:
            − ¿Cómo vas con tu Paloma?
            −Bien. ¿Por qué? –le pregunté, extrañado por su cuestionamiento.
            −Por nada. Sólo espero que te estés cuidando y no olvides tener precauciones.
            Esta plática me hizo reflexionar en que la única ocasión que habíamos actuado sin protección fue aquella vez en que nos conocimos. Sin embargo, para no dejar suelto ese cabo, le pedí a Paloma que fuéramos a hacernos los estudios de laboratorio, para estar seguros.
            Después de recibir los resultados, fuimos a misa, como para desahogar el desconsuelo del diagnóstico.
            −Claro que no tienes la culpa –le dije, fijando también la vista en la caja insertada en el tamarindo−, no me obligaste a nada y si me contagiaste el SIDA fue también por irresponsabilidad mía, no sólo tuya. Además, así como enfrentamos al mundo para vivir nuestra relación, lo haremos para atendernos.
            “Ella” se recargó en mi hombro con una muda respuesta de aceptación, ante los días negros que se avecinaban, mientras una ardilla bajaba a la derruida fuente del zócalo en busca de un poco de agua, aunque fuera con lodito.

LA TECAMPANA.
El sexo es como las matemáticas:
 súmale la cama, réstale la ropa, divide las piernas
y ruega que no te multipliques”

A Óscar, de niño, su padres lo ponían a vender cajitas de arroz (un pan elaborado con arroz molido que se vende en un molde rectangular, prendido por dos palillos de zacate) a un lado de la presidencia municipal; después, cuando estudiaba la secundaria, en la Ignacio Altamirano, aprovechaba sus horas libres, por las tardes, para ayudarle a Rufino en su expendio de mole rojo, típico de la región, y sacaba sus buenos centavos de aquel entonces.
                Después, cuando decidió irse a la Ciudad de México, para cursar la escuela preparatoria con el fin de lograr el pase directo a la UNAM, y estudiar la carrera de abogado, se dedicó a promover, entre sus compañeros y maestros, las tradiciones de su pueblo natal y organizaba excursiones los fines de semana para que vinieran a visitar las famosas piedras de la Tecampana y conocieran la danza de los diablos.
                Por eso, con motivo de haber terminado su carrera, el grupo de Óscar, compuesto por veintidós muchachos, entre hombres y mujeres, visitaron Teloloapan; pero, cuando subían por el cerro para llegar al lugar de las rocas cantarinas, Sandra resbaló, y Óscar, yendo a su lado, de casualidad, no tuvo más remedio que abrazarla, para evitar que cayera, y sus manos quedaron justo sobre los pechos de ella.
                −Pinche Óscar –le dijo Sandra−, ¡qué manotas tienes!
                −Perdón… −respondió él, sonrojándose.
                −No. No te preocupes güey: me gustó.
                Óscar sólo sonrió. De por sí, entre su familia: los Salgado, tenían fama de ser mujeriegos; “Para conservar la sangre”, decían. Con eso fue suficiente para que, los que observaron el incidente, lo comentaran en la noche mientras realizaban una lunada en el patio de la casa de Óscar quien, como anfitrión, organizó ese convivio entre sus compañeros de la facultad.
                Una hora después, cuando se terminaron la primera botella del mezcal “Guerrero”−que a Óscar le consiguió su tío Marcelo directamente de la destiladora, en Teloloapan−, a su compañero Julián se le ocurrió que participaran en el juego de la botella con el envase del mezcal. Todos aceptaron, incluso el profe Lucas y la maestra Catalina que fueron con los muchachos a esa excursión. Además de los castigos que se impusieron y los pagos de prendas, acordaron que quienes coincidieran en tres ocasiones con los extremos de la botella, tendrían como “premio” el dormir juntos, así fueran del sexo opuesto.
                Entre las parejas que se formaron, a Óscar le tocó dormir con Sandra y todos hicieron bulla, por el incidente de la Tecampana. Así: poco a poco, se fueron acomodando sobre unos petates que les tendieron en el corredor de la casa y, con las luces apagadas, en algunos sitios de los durmientes sólo se escucharon murmullos, quejidos, suspiros y ronquidos…hasta que llegó la  luz del día.
                Todo habría quedado en un juego, a no ser porque en los siguientes días, a Sandra se le interrumpió “la regla”. Por supuesto, aunque no eran novios, ni “amigos con derechos”, al menos, Óscar se sintió responsable y le ofreció casarse con ella. Sandra no aceptó y le dijo que no se preocupara, que se iría a Chihuahua con su familia y le haría frente a su maternidad como madre soltera. Él le ofreció un anillo de plata, muy especial, que se había mandado a hacer en Taxco, como símbolo de un lazo que los uniría por siempre.
                Al siguiente año, Óscar decidió casarse con Refugio, una sobrina de los Bustamante, de Teloloapan, y hacer de la política su profesión.
                Después de varios años de desempeñar algunos cargos de elección popular, llegó a ser presidente del municipio donde nació. Estaba por terminar su periodo cuando Lina, su hija mayor, que estudiaba en la capital del país, le pidió permiso para invitar a uno de sus compañeros de la Universidad que tenía mucho interés en conocer las piedras de la Tecampana.
                Él no se negó. Los muchachos, en la mañana que llegaron, lo primero que hicieron fue dirigirse al lugar donde la leyenda une a Tecampa y a Na en una triste historia de amor, y donde Lina y su acompañante, teniendo como cómplices el esplendoroso cielo azul y las piedras de tonos argentinos, acomodaron un lecho sobre el pastizal y, dejándose llevar por sus impulsos juveniles, se entregaron sin reservas al río embravecido del deseo sexual.
                Por la tarde, estando en casa de la familia de Óscar y regresando él de la oficina, en la presidencia municipal, se encontró con los muchachos. Al presentarle Lina a Sergio, su acompañante, y extenderle éste su mano en señal de saludo, pudo reconocer, sin lugar a dudas, en uno de sus dedos, el anillo que le obsequiara a Sandra en el momento de su despedida. Sólo una pregunta fue suficiente para corroborar sus sospechas:
                −¿De dónde eres originario, muchacho?
                −De Chihuahua, señor. ¿Por qué?
                −Por nada –contestó Óscar sentándose sobre el brazo del sofá de la sala y pensando en la mejor forma de develar el secreto que había ocultado por tantos años a su familia.