miércoles, septiembre 28, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS


Éramos muchos ¡y parió la abuela!
José I. Delgado Bahena
Pues sí: esto yo lo viví, nadie me lo contó. No fue, en realidad, que a mí me haya pasado, ¡no!, pero lo que ocurrió queda perfecto para este refrán de la abuela.
                La verdad, a mis treinta años, con mi empleo de chef, mal pagado, en un restaurante de segunda, y casado con una vieja tan exigente que me pide cada día más dinero: para los niños, los gastos de la casa, sus zapatos e infinidad de chucherías que se compra, sentía que me estaba desperdiciando en vida.
                Pero, bueno, lo que pasa es que mi plan falló.
                Cuando la abuela enviudó, y como había quedado sola, por no haber tenido más hijos que mi padre, la invité a vivir con nosotros, en la casa, y le sugerí que rentara las dos casas que poseía para tener un ingreso seguro y que no le faltara nada. La abuela aceptó, acomodamos a mis dos hijos en una sola recámara y a ella le dejamos la que quedaba cerca del jardín. Estábamos un poco apretados, pero valía la pena.
                Con el paso del tiempo, sinceramente, la abuela nos hacía la vida insoportable; pero nos aguantamos porque un día nos dijo que las propiedades que tenía serían para los niños, cuando ella muriera, y que su seguro de vida lo había puesto a mi nombre.
                Con esa esperanza la soportamos por dos años. No me da pena decirlo: no fue buena idea llevarla a la casa; pero cuando enviudó la vimos tan acabada que aparentaba diez años más de los setenta que tenía, y pensamos, Flora (mi mujer) y yo, que no duraría mucho y, pues, la verdad, el interés nos ganó. Hasta creímos que se encargaría de los niños y los llevaría a la escuela, les haría su comida y los entretendría hasta que mi vieja llegara de su trabajo de maestra.
                ¡Ja!, no fue así. Nos advirtió que nos olvidáramos de ese tema, que por eso no había tenido más hijos que mi padre “y sólo por no dejar”, aclaró.
                Después del cabo de año de la muerte del abuelo, ella empezó a arreglarse mejor; iba a los bailes de zumba y se reunía con varias personas de la tercera edad, en el hospital del ISSSTE. Con ellos se iba de paseo a diversos balnearios, organizaban convivios y se festejaban los cumpleaños.
                En ese grupo fue donde se reencontró con don Flavio, un novio que tuvo antes de casarse con el abuelo. Después nos enteramos de que él también había enviudado, que había vivido un tiempo con su único hijo y que tenía un nieto de diez años; sólo que a su hijo y su nuera los mataron cuando iban rumbo a Taxco, en su camioneta, porque, se supone, los habían confundido como integrantes de un grupo delictivo y don Flavio tuvo que quedarse a cargo del chamaco.
                Con ese reencuentro comenzaron a venirse para abajo nuestros planes de quedarnos con las propiedades de la abuela, cuando ella muriera. No nos quedó la menor duda de que así sería porque invitaba a don Flavio a la casa y lo atendía de maravilla. Incluso, en una ocasión, en que llegué temprano de mi trabajo, me encontré con que la abuela había metido a su ex novio a su recámara y escuchaban música de la época de su noviazgo.
                Ese mismo día lo comenté durante la merienda y ella, con una luz muy brillante en sus pupilas, lo aceptó; pero, además, anunció que pensaban casarse y que al nieto de don Flavio lo adoptarían como hijo suyo.
                La sorpresa ante esa declaración fue mayúscula para Flora y para mí; volteamos a vernos y en nuestras miradas vislumbramos un enorme desconcierto que no nos dejó dormir durante tres días seguidos en los que platicábamos y platicábamos sobre la manera de asegurar que la abuela no cambiara de opinión respecto a la herencia de sus propiedades.
                Entonces, como iluminado por los rayos del sol, que nos descubrían planeando la mejor manera de resolver este dilema, recordé que en una de mis clases gastronómicas, uno de mis maestros nos advirtió sobre algunos alimentos que son potencialmente venenosos, entre ellos las cerezas. Esta fruta, se había convertido en la predilecta de la abuela. En mi clase supe que contiene compuestos altamente tóxicos en sus hojas y semillas; cuando las semillas de las cerezas se trituran o se mastican, producen ácido prúsico (cianuro de hidrógeno). Mi maestro dijo que las muertes por comer las cerezas son raras, pero convenía recordar que no deben chuparse o masticar los huesos.
                Con esa esperanza, planeamos deshacernos de la abuela antes de que cometiera la locura de casarse o de cambiar su testamento.
                Entonces, este domingo que pasó, compramos un kilo de cerezas en la “comer”, les quitamos las semillas y las martajamos con un poco de agua; la pasta que obtuvimos la mezclamos en un vaso de agua de limón y se lo ofrecí a la abuela por la tarde que llegó, acompañada de su pretendiente, don Flavio.
                Al poco rato escuchamos los gritos de la abuela en demanda de auxilio. Don Flavio se había tomado el agua preparada y se había desvanecido, de pronto, sobre el sofá. La llegada de la ambulancia que pedimos fue inútil: los paramédicos lo hallaron muerto en el sofá de mi casa.
                Lo primero que pensamos fue que su deceso se debía al efecto de las semillas de las cerezas, pero el diagnóstico que arrojó la autopsia, sobre la causa de muerte de don Flavio, fue la de infarto cerebral. Eso nos libró de una responsabilidad. Lo malo fue que la abuela decidió adoptar al nieto de su novio y se lo llevó a la casa. Si de por sí estábamos apretados, ahora con el chamaco, ¡imagínense!
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