lunes, marzo 25, 2013


EL MANUAL PARA PERVERSOS
Angustias
José I. Delgado Bahena
“Ahora sí que, como luego dicen: mi historia está muy macabra”, me dijo Víctor ante una taza de café americano que había pedido.
                Esa tarde me había mandado un mensaje a mi celular para pedirme que nos viéramos en la plaza comercial para platicar. Sospeché que me tenía una historia para el Manual y acepté.
                Así fue. Desde el momento en que nos sentamos le dije: “A ver, suéltala, ¿de qué se trata ahora?”
                “No me lo vas a creer…”, me confió; “…pero lo que me pasó es como para creer en el diablo; porque si no, ¿cómo vamos a aceptar que puedan pasar estas cosas?”
                “Mira: hace dieciocho años yo estuve muy enamorado de una chava que era muy codiciada en Taxco. No tan alta, pero con un cuerpo muy bien formado, de piel clara, ojos grises, cabello castaño y unas piernotas… y que era hija de un médico muy amigo de mi papá y se llamaba Angustias.”
                Al ver mi reacción mezclada entre el asombro y la burla, me recriminó.
                “No te rías, es verdad: así se llamaba. Pero bueno, yo le llevaba un año de edad y desde que nos conocimos vi que le gusté. El problema es que yo no tenía una profesión, había dejado la prepa y como me decían que no cantaba tan mal, fui a pedir trabajo en una pozolería y me dediqué a interpretar las canciones de Joan Sebastian. El dueño del negocio le hizo mucha publicidad a mi talento como ‘El doble de Joan Sebastian’ y venía mucha gente a oírme cantar.
                Pero de todos modos busqué la forma de hacerme novio de Angustias y nos veíamos a escondidas de sus padres que eran muy celosos y le limitaban su tiempo. Ella inventaba que iba con sus amigas, para poder vernos. Sinceramente, me enamoré mucho. Ella era mi cielo, mi amor, mi razón de ser, mi vida misma. Yo sentía que ella me correspondía y hablábamos de vivir juntos o de casarnos a espaldas de sus padres, porque estábamos seguros de que no aceptarían nuestro noviazgo”
                ¿Y qué pasó? Le pregunté ya con cierta ansiedad porque no creí que quisiera contarme una historia de Corín Tellado.
                “Pues, ¿qué crees? En una de esas escapadas, fuimos a mi casa y tuvimos relaciones sexuales. No creas que fue sólo por placer. No. Lo hicimos por amor. No tuvimos duda. Fue una entrega sin disimulos, nos besamos con fervor en una correspondencia de dos almas que encuentran un lazo a través del cuerpo.”
                ¿Y luego?
                “Pues, desafortunadamente, una tía suya nos vio salir de mi casa y le fue con el chisme a su mamá. Angustias creyó que la apoyarían y les contó todo, incluyendo la tarde de sexo que habíamos tenido.
                No, pues ya te imaginarás. Se le armó el desmadre y que la mandan a los Estados Unidos con una hermana que su  madre tenía allá. Yo lo supe gracias a mi papá que le preguntó al médico y él le reclamó muy molesto lo que yo había hecho con su hija.”
                ¿Y ya, se quedó a vivir allá?
                “Espérate”, me pidió para ordenar otra taza de café al mesero y yo solicité un té frío que vacié en un vaso con hielo para seguir escuchándolo.
                “Entonces, como para quitarme el sabor amargo, acepté los ojitos que me andaba echando Lulú, la hija del dueño de la pozolería donde trabajaba, y a los pocos meses nos casamos. Al año tuvimos una hija, pero Lulú se puso muy mala de una enfermedad muy extraña que nadie le pudo curar y, a punto de cumplir tres años mi hija, se murió y me quedé solo, con mi niña, a quien tuve que cuidar y educar.”
                Oye, esa historia está muy simple. Le dije, tratando de indagar algo que no me hubiera dicho y que justificara su publicación en el Manual.
                “¡Ja, ja, ja, ja!” Se carcajeó y, después, se inclinó sobre la mesa para decirme con voz muy baja: “No he terminado…” Y continuó:
                “Pasaron los años, mi hija creció y entró a la universidad. Hace dos meses, llegó a la casa con una compañera suya, a quien me presentó como Tere, ‘la tapatía’, e inmediatamente sentí como si un rayo me hubiera impactado en el pecho. ¡Era igualita a Angustias! En ese momento no pensé en nada más que en el amor que sentí por la mujer que se había ido a los Estados Unidos y, ¿qué crees?, cuando me di cuenta, Tere y yo ya éramos pareja. Salíamos, íbamos al cine, a comer y ella aceptaba que nos tomáramos de la mano y nos besáramos, aún delante de la gente, a pesar de que yo le doblaba la edad.
                Entonces, como sentí que era correspondido, sinceramente, decidí rehacer mi vida y le pedí que me platicara de su familia, porque quería conocerlos y ver si aprobaban nuestra relación, ya que pensaba casarme con ella.
                No te imaginas lo mal que me sentí cuando me dijo que su mamá vivía en Los Ángeles y se llamaba Angustias. Además, me confió que se vino a México, a vivir con su papá, porque sus padres se separaron, allá, en el Norte y vivió primero en Jalisco, con su padre; después se vino a Iguala, a vivir con sus abuelos, en una colonia que se llama Agua Zarca, para seguir estudiando.
                No le conté lo de su madre y seguí con mi interés por ella y hasta tuvimos relaciones sexuales. Total: su padre, muy buena onda, aceptó nuestra relación y fijamos fecha para casarnos. El día de la boda llegó Angustias, de Estados Unidos, para asistir al enlace de su hija. No sabía que el novio era yo, hasta que Tere nos presentó. Al reconocerme, me dio un gran cachetadón y me gritó, delante de su hija, que no me podía casar con ella porque me seguía amando y, además, Tere era también hija mía.”
                ¡Caray!, le dije apesadumbrado, qué decepción.
                “Pues ni tanta”, me aclaró. “Al final fue bueno porque, sinceramente, yo también la seguía amando y, como ya estaban todos los gastos, de todos modos hubo boda, sólo que me casé con Angustias, mi gran amor, y al final tuve una familia.”
                Terminó su narración con un gesto hacia una de las mesas; volteé y pude ver a dos mujeres muy parecidas, una mayor que la otra, que le sonreían amablemente y con amor.

DESNUDA TU ALMA

Desnuda tu alma,
no el cuerpo,
que algunas veces,
con cariño manifiesto,
me regalas en la cama;
no tus besos, tan frescos
y amorosos
que disipan mi nostalgia.

Desnuda tu alma
y hazme saber
si de verdad me amas.

No me veas a la cara,
apaga la luz
y deja que hable tu alma;
tus tibios ojos
son guerreros
que triunfan en la batalla,
y tu boca
es cascada
que en mi oído
mil canciones me regala;
no me niegues la esperanza
de saber lo que dice tu corazón
cuando callas.


Desnuda tu alma
y dime con palabras
lo que dicen tus caricias
cuando estamos en la cama.

EL MANUAL PARA PERVERSOS
A los cuarenta y cuatro
José I. Delgado Bahena
Parece increíble, pero las mujeres soportamos más de lo que nosotras mismas podemos imaginar. Esto lo digo sólo como recordatorio porque, ¿quién puede suponer que realmente el hombre sea, dizque, el sexo fuerte? Ellos, los hombres son unos rajones, nomás ven sangre y tiemblan. Les dan miedo las inyecciones y con una cortadita hacen el drama. ¿Imagínense que tuvieran que enfrentar las molestias de las menstruaciones y los dolores de un parto? No pues, se mueren, no aguantan.
                Todo esto lo digo porque Javier, mi marido; mejor dicho: mi ex marido, me tuvo siempre en la esclavitud de su machismo y en la opresión social de ser “su mujer”. Así me trató siempre, como algo de su propiedad que podía manipular a su antojo y hacer conmigo lo que se le viniera en gana.
                Lo peor del caso es que mis padres estaban muy de acuerdo con él, lo apoyaron cuando me pidió que nos casáramos y me advirtió que iba a tener que dejar de trabajar.
                Yo era maestra de matemáticas en una escuela secundaria que está por la Av. del Estudiante y estaba muy a gusto con mi trabajo docente; pero en ese momento me pintó la vida de colores y no me importó acceder a sus peticiones porque dijo: “¿Cómo va a ser posible que la reina de mi casa esté trabajando de maestra, batallando con niños que no son suyos? No, mi mujer se encargará de nuestro hogar y de cuidar de los hijos que tengamos; por eso, como el hombre de la casa, yo trabajaré y nada faltará para que ella no tenga necesidad de trabajar”.
                ¡Claro! En realidad, lo que quería era una criada que le diera hijos y pudiera satisfacer su deseo sexual a la hora que quisiera.
                Al principio fue muy bonito y se esmeraba en hacerme sentir bien. Llegaba con flores y hasta un regalito me llevaba a veces; pero, con el paso del tiempo, cuando  venía nuestro primer hijo, se dio cuenta que me tenía amarrada y que no me podría soltar en muchos años, por esa obligación que mi madre y mi abuela me habían inculcado: “Tienes que ser obediente, Ángela”, me decían.
                Durante el embarazo, él comenzó a llegar tarde, oliendo a alcohol y a perfume de mujer barato. Yo le reclamaba pero me decía que estaba loca y se iba a dormir al otro cuarto que teníamos en la casa. Cuando le conté a mi madre sobre esta situación, me dijo que era mi cruz y lo tenía que aceptar, ¿qué podía hacer?
                Cuando nació nuestro hijo se agarró de ese pretexto para alejarse aún más, porque le enfadaban los llantos y los gritos del niño. Desde entonces se quedó a dormir en la otra habitación y sólo cuando tenía ganas de tener sexo me buscaba, quedaba satisfecho y se iba de mi lado.
                Aquí entre nos, la verdad, con él nunca supe lo que era tener un orgasmo. Yo no le importaba, sólo se preocupaba por él y a mí me dejaba con ganas de sentir bonito.
                Así pasaron los años. Luego tuvimos otros dos hijos y la rutina nos absorbió. Él se volvió un fantasma y yo me entregué a mi obligación de madre.
                Todo habría seguido igual: yo, encerrada; él, con sus viejas (que eran mi cruz). Hasta que mi hijo Salvador, el mayor, entró a la universidad. Quiso estudiar matemáticas en la UT y yo me encargué de inscribirlo y de apoyarlo en sus estudios.
                Entonces, cuando ya iba en quinto semestre, y como sabía que yo tenía la especialidad de matemáticas, Salvador llegaba a la casa acompañado, con frecuencia, de alguno de sus amigos para que les explicara los temas que en clase no entendían. Fue así como conocí a Pablo.
                Pablo era compañero de mi hijo y tenía veintidós años. Yo acababa de cumplir los cuarenta y cuatro y, modestamente, no me veía tan mal a pesar del descuido en que había caído por falta de motivación hacia mi persona.
                Entonces, al conocer a Pablo y darme cuenta de que yo no le era indiferente, comprendí que había estado desperdiciando mi vida al lado de Javier quien, para no variar, era como un cometa a quien con el pretexto de su trabajo, lo veíamos rara vez durante el día.
                Pablo y mi hijo me invitaron una vez al cine y, aprovechando que mis otros dos hijos iban a la escuela por la tarde, acepté. Esa fue la primera de muchas en que me atreví a salir sin avisar o pedir permiso a Javier. Todo parecía ingenuo y sano, hasta que Pablo llamó a la casa para pedirme que le dejara verme sin que Salvador estuviera presente.
                Sinceramente, entendí sus intenciones y me dejé llevar por esa luz que me iluminaba el camino de la libertad. Durante dos años, Pablo logró en mí el descubrimiento de la más grande gloria. Sus hábiles manos, sus frescos besos, sus juegos, sus caricias y sus atenciones en la cama, me llevaron a conocer el verdadero placer, la satisfacción plena de la que nunca supe con mi marido. Fue un caballero y entendió muy bien que lo único que nos unía era la explosión que nos encendía la sangre al alcanzar juntos el clímax, como una celebración de Eros, que se regocijaba en mi realización de mujer satisfecha.
                Por eso, cuando Javier me salió con que quería el divorcio, porque pensaba casarse con una compañera de la oficina, mucho más joven que él, lo acepté sin chistar, sin pleito; al contrario: con alegría, porque a los cuarenta y cuatro supe que podía ver la vida de otra manera y mis manos, mis ojos y, sobre todo, mi sexo, estaban abiertos al conocimiento y disfrute de nuevas y mejores emociones.


MI RELIGIÓN ERES TÚ

Mi religión eres tú,
en ti confío, a ti me atengo,
a la luz de tus ojos,
por donde voy,
me encomiendo.

Eres mi fe,
en ti yo creo,
lo que digas he de hacer,
tú decide, yo obedezco.

En tus manos estoy,
tuyos son: mi mente,
mi corazón, mi carne, mis huesos;
cuando despierto pienso en ti
y con tu nombre, entre mis labios,
me duermo.

Tú me has dado nueva vida
y no sé si la merezco;
hágase tu voluntad:
por ti vivo,
por ti muero.

Para mí no hay otro dios
que este amor en el que creo;
tú sabrás qué me darás,
sea la gloria,
sea el infierno.

De tus manos como el pan
y será para los dos pan sagrado,
este pan nuestro,
porque eres mi religión
y el amor que tú me das
es el dios
en el que creo.

EL MANUAL PARA PERVERSOS
Hipersexualidad
José I. Delgado Bahena
Buenas noches. Me llamo Mercedes y soy ninfómana. Estoy aquí porque he aceptado que necesito ayuda. Sé que algunos de ustedes me conocen e, incluso, fueron alumnos míos; no me importa, porque entiendo que si están aquí, en este grupo de autoayuda, es porque, como yo, reconocen que tienen un problema con su libido y se ha vuelto incontrolable su deseo de tener sexo.
                Hoy, que he llegado a este lugar, me he armado de valor para contarles mi historia teniendo claro que tal vez poco, o nada, puedan hacer por mí. No imaginan el temblor que siento en mi cuerpo al estar en esta tribuna y espero que, al menos, al desahogar mis emociones frente a ustedes, pueda dormir tranquila esta noche sin tener que meter nada en mi entrepierna.
                Como les dije: me llamo Mercedes; pero ustedes pueden decirme “Meche”, a secas. Soy profesora de nivel superior e infelizmente casada. Creo que ese fue el origen de mis desviaciones y de mi descontrol sexual. Al casarme, pensé que mi marido tendría para mí todas las atenciones que como mujeres requerimos y le exigía que tuviéramos relaciones todas las noches; no, qué digo todas las noches: ¡todos los días! Cualquier hora y cualquier lugar de la casa eran buenos para dar rienda suelta a nuestros deseos. ¡Ah, pero sólo fue al principio! Al paso de los meses, me di cuenta de que Víctor, mi marido, se iba alejando poco a poco de mí.
                Después de un año de casados y observando que yo no quedaba embarazada, aún cuando no usábamos protección alguna, nos hicimos estudios médicos y el ginecólogo determinó que yo era la del problema y que mi infertilidad se debía a un trastorno hormonal que no dejaba madurar mis óvulos.
                El médico nos recomendó algunos tratamientos, pero ninguno surtió efecto.
                Supongo que este diagnóstico desalentó a Víctor, se distanció más de mí y se olvidaba de su responsabilidad en la cama para que, al menos, estuviera yo satisfecha, sexualmente hablando.
                Entonces, empecé a sentir la necesidad del desahogo que mi cuerpo me exigía y buscaba páginas en internet donde pudiera ver pornografía. Con las imágenes en la pantalla me excitaba, estimulaba mis genitales y descargaba mi frustración en esa autosatisfacción que me servía para relajarme y continuar con mi vida matrimonial aparentando, ante los demás, que “todo estaba bien”.
                Lamentablemente, estas prácticas me hacían recordar algunas escenas de mi infancia, en mi casa paterna, cuando yo tenía apenas ocho años de edad: una de mis tías, hermana de mi papá, se masturbaba mientras con una mano me tocaba en mi tierna vagina. Esto me lastimaba en mis recuerdos y decidí emplear otros métodos.
                A mis treinta años, sentí que aún podía buscar otro hombre que me diera lo que necesitaba y dejar a mi marido.  Así que empecé a coquetear con mis compañeros del Centro de Estudios donde trabajo y algunos de ellos entendieron mi necesidad sexual, y me atendieron. De esta manera satisfice por algunos años mi obsesión desatada por tener sexo; un tiempo anduve con Ramón, otro con Ulises, con Javier e, incluso, con Rafael quien me confesó que era bisexual y en algunas ocasiones hicimos tríos con sus parejas; lo malo fue que mis compañeros se cansaron de mis exigencias y también, como mi marido, se alejaron de mí.
                Para esta época yo tenía ya cerca de cuarenta años de edad. Después de casi veinte de casada y con un marido que casi nunca se acostaba en mi cama, decidí, sin prejuicios, abrir una página en facebook y comencé a relacionarme con individuos desconocidos de la ciudad quienes, advertidos de la discrecionalidad que les pedía, accedían a pasar conmigo algunas tardes.
                Todo iba bien, hasta que me contactó un muchacho como de veinte años, se llamaba Omar y estudiaba en la escuela donde yo prestaba mis servicios. Al principio sentí un poco de recelo, desconfianza y hasta temor de que me fuera a evidenciar ante la comunidad escolar; pero mi trastorno estaba tan desarrollado que con decisión me embarqué a navegar en ese mar embravecido que es la sexualidad con un jovencito impetuoso, volátil, atrevido y, sobre todo, capaz de hacerme sentir el mayor de los placeres.
                Espero no estarlos aburriendo con mi historia. Sé que este cuento lo habrán escuchado infinidad de veces; sólo que, para mí, estar ante ustedes significa el principio de mi recuperación, porque quiero curarme, quiero corregir un poco el rumbo de este comportamiento que me ha llevado al umbral del abismo de la perdición, y estas lágrimas que ahora suelto en esta tribuna son por la lástima que siento hacia mi pobre persona.
                Ya sé que ustedes se preguntarán: ¿y el marido, no se enteraba? Sinceramente, también yo me preguntaba si no le importaba mi vida; después me di cuenta el porqué de su alejamiento, no sólo de mi cuerpo, sino también del hogar.
                Sucede que Omar me presentó a Juan Jesús; un amigo de él que conoció en un equipo de futbol y del que sabía poco de su vida, pero que le había contado de mí y se sintió interesado en conocerme.
                Cuando conocí a Juan Jesús, encontré en él ciertos rasgos que me llevaron a pensar que ya lo conocía de antes, pero la chispa de sus ojos borró de inmediato esa impresión y comenzamos a relacionarnos.
                Permítanme tomar un poco de aliento porque aquí viene lo mejor, lo que me llevó a tomar la decisión de ingresar a este grupo donde tengo grandes esperanzas de recuperación.
                Juan Jesús era muy interesante: ingenuo, dócil, cariñoso y, a sus dieciocho años, lo veía como un campo fértil donde yo podía sembrar las semillas que quisiera para obtener los frutos que buscaba en su virilidad despierta al máximo y dispuesto siempre a complacerme.
                Desafortunadamente, Juan Jesús se enamoró de mí. Me buscaba a todas horas y se atrevía a ir a la escuela a esperarme. Llegaba al estacionamiento y a un lado de mi auto aguardaba a que yo saliera de mis labores.
                Ayer fue lo mismo. Cuando salí, sin decir palabra se subió a mi carro. Ya adentro, mientras jugueteaba por debajo de mi falda, con su mano en mi entrepierna, me pidió que lo llevara a mi casa. Sabiendo que Víctor no estaría en ese momento, por su trabajo en una herrería, acepté.
                Ya adentro de la casa, y sin medir consecuencias, nos entregamos a la lujuria en el piso de la sala. Estábamos tan metidos en nuestras caricias que no advertimos el momento en que mi marido entró junto con uno de sus compañeros de trabajo. No sé qué cara habrá puesto al ver la escena, pero cuando escuché sus gritos y lo vi corriendo hacia la cocina, y regresar con uno de mis cuchillos en su mano, creí que su coraje era por verme revolcándome con otro en nuestra misma casa; pero no, sus palabras de reclamo tenían otra intención.
                “¡Pinche perra!”, me insultó, “¡Hazlo con otros, pero no con uno de mis hijos!”
                Al terminar su frase que me dejó anonadada, se lanzó agresivamente hacia mí tirando un golpe con el cuchillo. Habría acertado, si no es por Juan Jesús que interpuso su cuerpo desnudo y recibió la cuchillada en su estómago.
                El amigo de Víctor lo contuvo y yo pude salir de la casa para pedir ayuda con un vecino. Por la noche me enteré de que Juan Jesús se recuperará y también supe que mi marido tiene otra mujer y dos hijos más.
                Todo esto me pasó por mi hipersexualidad, que me ha hecho perder el control de mis actos y por eso estoy aquí. Muchas gracias por escucharme.