lunes, marzo 25, 2013


EL MANUAL PARA PERVERSOS
A los cuarenta y cuatro
José I. Delgado Bahena
Parece increíble, pero las mujeres soportamos más de lo que nosotras mismas podemos imaginar. Esto lo digo sólo como recordatorio porque, ¿quién puede suponer que realmente el hombre sea, dizque, el sexo fuerte? Ellos, los hombres son unos rajones, nomás ven sangre y tiemblan. Les dan miedo las inyecciones y con una cortadita hacen el drama. ¿Imagínense que tuvieran que enfrentar las molestias de las menstruaciones y los dolores de un parto? No pues, se mueren, no aguantan.
                Todo esto lo digo porque Javier, mi marido; mejor dicho: mi ex marido, me tuvo siempre en la esclavitud de su machismo y en la opresión social de ser “su mujer”. Así me trató siempre, como algo de su propiedad que podía manipular a su antojo y hacer conmigo lo que se le viniera en gana.
                Lo peor del caso es que mis padres estaban muy de acuerdo con él, lo apoyaron cuando me pidió que nos casáramos y me advirtió que iba a tener que dejar de trabajar.
                Yo era maestra de matemáticas en una escuela secundaria que está por la Av. del Estudiante y estaba muy a gusto con mi trabajo docente; pero en ese momento me pintó la vida de colores y no me importó acceder a sus peticiones porque dijo: “¿Cómo va a ser posible que la reina de mi casa esté trabajando de maestra, batallando con niños que no son suyos? No, mi mujer se encargará de nuestro hogar y de cuidar de los hijos que tengamos; por eso, como el hombre de la casa, yo trabajaré y nada faltará para que ella no tenga necesidad de trabajar”.
                ¡Claro! En realidad, lo que quería era una criada que le diera hijos y pudiera satisfacer su deseo sexual a la hora que quisiera.
                Al principio fue muy bonito y se esmeraba en hacerme sentir bien. Llegaba con flores y hasta un regalito me llevaba a veces; pero, con el paso del tiempo, cuando  venía nuestro primer hijo, se dio cuenta que me tenía amarrada y que no me podría soltar en muchos años, por esa obligación que mi madre y mi abuela me habían inculcado: “Tienes que ser obediente, Ángela”, me decían.
                Durante el embarazo, él comenzó a llegar tarde, oliendo a alcohol y a perfume de mujer barato. Yo le reclamaba pero me decía que estaba loca y se iba a dormir al otro cuarto que teníamos en la casa. Cuando le conté a mi madre sobre esta situación, me dijo que era mi cruz y lo tenía que aceptar, ¿qué podía hacer?
                Cuando nació nuestro hijo se agarró de ese pretexto para alejarse aún más, porque le enfadaban los llantos y los gritos del niño. Desde entonces se quedó a dormir en la otra habitación y sólo cuando tenía ganas de tener sexo me buscaba, quedaba satisfecho y se iba de mi lado.
                Aquí entre nos, la verdad, con él nunca supe lo que era tener un orgasmo. Yo no le importaba, sólo se preocupaba por él y a mí me dejaba con ganas de sentir bonito.
                Así pasaron los años. Luego tuvimos otros dos hijos y la rutina nos absorbió. Él se volvió un fantasma y yo me entregué a mi obligación de madre.
                Todo habría seguido igual: yo, encerrada; él, con sus viejas (que eran mi cruz). Hasta que mi hijo Salvador, el mayor, entró a la universidad. Quiso estudiar matemáticas en la UT y yo me encargué de inscribirlo y de apoyarlo en sus estudios.
                Entonces, cuando ya iba en quinto semestre, y como sabía que yo tenía la especialidad de matemáticas, Salvador llegaba a la casa acompañado, con frecuencia, de alguno de sus amigos para que les explicara los temas que en clase no entendían. Fue así como conocí a Pablo.
                Pablo era compañero de mi hijo y tenía veintidós años. Yo acababa de cumplir los cuarenta y cuatro y, modestamente, no me veía tan mal a pesar del descuido en que había caído por falta de motivación hacia mi persona.
                Entonces, al conocer a Pablo y darme cuenta de que yo no le era indiferente, comprendí que había estado desperdiciando mi vida al lado de Javier quien, para no variar, era como un cometa a quien con el pretexto de su trabajo, lo veíamos rara vez durante el día.
                Pablo y mi hijo me invitaron una vez al cine y, aprovechando que mis otros dos hijos iban a la escuela por la tarde, acepté. Esa fue la primera de muchas en que me atreví a salir sin avisar o pedir permiso a Javier. Todo parecía ingenuo y sano, hasta que Pablo llamó a la casa para pedirme que le dejara verme sin que Salvador estuviera presente.
                Sinceramente, entendí sus intenciones y me dejé llevar por esa luz que me iluminaba el camino de la libertad. Durante dos años, Pablo logró en mí el descubrimiento de la más grande gloria. Sus hábiles manos, sus frescos besos, sus juegos, sus caricias y sus atenciones en la cama, me llevaron a conocer el verdadero placer, la satisfacción plena de la que nunca supe con mi marido. Fue un caballero y entendió muy bien que lo único que nos unía era la explosión que nos encendía la sangre al alcanzar juntos el clímax, como una celebración de Eros, que se regocijaba en mi realización de mujer satisfecha.
                Por eso, cuando Javier me salió con que quería el divorcio, porque pensaba casarse con una compañera de la oficina, mucho más joven que él, lo acepté sin chistar, sin pleito; al contrario: con alegría, porque a los cuarenta y cuatro supe que podía ver la vida de otra manera y mis manos, mis ojos y, sobre todo, mi sexo, estaban abiertos al conocimiento y disfrute de nuevas y mejores emociones.

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