viernes, enero 20, 2012


El closet
José I. Delgado Bahena
Daniel tenía diecisiete años cuando conoció a Israel, su compañero de la prepa con quien convivía durante las horas libres y de inmediato se sintió atraído hacia él.
                Desde pequeño, cuando, sin que se dieran cuenta sus dos hermanas –una dos años menos y la otra dos más que él− les tomaba sus vestidos y se los probaba, frente al espejo del ropero de sus padres, imitando sus modos para caminar y sus ademanes, supo que no era un niño “normal”.
                Para disimular su preferencia sexual, durante la secundaria, logró que su mejor amiga: Dolores, aceptara aparentar ser su novia, sólo porque sus compañeros comenzaban a hostigarlo con apodos, risitas y manoseos en sus glúteos cuando lo topaban por los pasillos de su escuela.
                En aquella época, Lola, como le decían todos a su amiga, fue su única confidente y ella supo, por la misma boca de Daniel, que a él no le interesaban las niñas, aunque tampoco sentía atracción por algún muchacho conocido.
                Pero cuando entró a la prepa y conoció a Israel, premeditadamente buscó la forma de hacerse su amigo y trató de disimular su amaneramiento que en ocasiones lo delataba pero, incluso, Israel mismo se mofaba del tono casi femenino que Daniel daba a sus palabras.
                De todos modos, a Israel no le importaban los comentarios y las sospechas que la forma apresuradita de caminar de su amigo despertaban entre sus compañeros y mantuvo su amistad durante dos semestres, compartiendo tiempos y apoyándose en la realización de tareas.
                Martín, el padre de Daniel, era ingeniero mecánico y había puesto su taller automotriz por el sur de la ciudad con la esperanza de que su único hijo varón siguiera sus pasos y viera como su futura herencia el oficio y el negocio. Por eso insistió en que Daniel estudiara en esa escuela donde le ofrecían el perfil de técnico automotriz; sin embargo, el muchacho repudiaba la idea de terminar el día engrasado, como su padre, y soñaba con estudiar ballet clásico o pertenecer, al menos, a un club de danza moderna donde pudiera desplegar sus mejores pasos al ritmo de una música sensual  y buena coreografía.
                Para desahogar un sentimiento que no podía externar con libertad ante su amigo, Daniel escribía canciones de sus artistas favoritos y copiaba poemas de un libro que le prestaban en “Letrópolis”, un club de lectura que había en su escuela. Después agregaba dibujos que él mismo hacía y se los obsequiaba.
                Estaban en el tercer semestre y era el último día de clases antes de irse de vacaciones en la temporada decembrina, cuando Israel soltó un latigazo en la espalda de Daniel:
                −¿Qué crees? –le dijo, mientras se dirigían a la dirección de la escuela para preguntar sobre un maestro que no había llegado−, Lilí es mi novia.
                −¿¡Qué!? –exclamó él.
                −Sí. Ayer la encontré en la plaza y nos pusimos a platicar. Me confió que yo le gusto pero que no tenía esperanzas porque pensaba que tú y yo éramos pareja.
                −¿Qué le dijiste? –preguntó Daniel casi con desesperación.
                −La verdad: que sólo somos amigos y que, además, también a mí ella me gustaba.
                −¿Y luego…?
                −Pues… nada: entramos al cine y ahí mismo nos besamos. ¿Por qué te has puesto serio?
                Daniel no contestó a la pregunta de su amigo. Con las manos en la boca corrió hacia el baño que estaba a unos cuantos metros; ahí, en una de las tazas, vomitó el desayuno que había tomado en casa antes de salir hacia la escuela.
                −¿Qué tienes? –le preguntó Israel sinceramente preocupado.
                −Nada. Vete. Voy a estar bien… no te preocupes –contestó Daniel con los ojos inundados por el llanto.
                −¿Por qué lloras? ¿Te duele algo? –insistió Israel.
                −¡Que te largues pendejo! –gritó Daniel− ¿No te das cuenta que me lastimas con eso, porque te amo?
                −¡No manches! Yo te quiero, pero como amigo; si tú te confundiste y pensaste otra cosa, es tu problema. Espero recapacites y entiendas que yo no soy como tú. Luego nos vemos.
                Fue el último día que Daniel pisó la escuela. Aprovechando que su tío Chalo estaba de visita en casa, habiendo llegado de los Estados Unidos, le pidió que se lo llevara con él al país vecino.
                Después de cinco años, hace un mes se le volvió a ver por el zócalo de la ciudad tamarindera. Sólo que ahora viste pantalones entallados, tacones y blusas, así como ha dejado crecer su cabello, se lo pinta de rubio y se lo alacia, porque dice que ya salió del closet, y ha cambiado su nombre: ahora es “Lady Gaga”.