miércoles, abril 03, 2013


MANUAL PARA PERVERSOS
El collar delator
José I. Delgado Bahena
Desde que comencé con mi negocio de la compra venta de terrenos, sabía que algo feo me iba a pasar. Aunque, a decir verdad, no todo ha sido malo. Con el apoyo de mi compadre Ramón, quien estudió para abogado y me ha ayudado con los trámites, he podido sacar buenas ganancias y hasta un carrito usado me pude comprar.
                Eran buenos tiempos… hasta que conocí a Julieta.
                Ella era mesera en un restaurante que está en el centro de la ciudad; llegamos a comer ahí, con mi compadre, y no sé por qué se me ocurrió decirle que vendíamos terrenos.
                No estaba muy bonita la pinche Julieta; pero tenía unas piernotas que nomás me las imaginaba apretando una de las mías y se me paralizaba la… conciencia.
                No sé si ella de verdad quería comprar el terreno o se fijó que yo me le quedaba viendo directamente en su atractivo; pero, cuando nos trajo la cuenta, me dio un papel con su nombre y su número de celular.
                “Por favor llámame”, me dijo, “…quiero comprarte un lote, pero ahorita no puedo sentarme a que me digas las condiciones.”
                “Pinche compadre…”, me reclamó Ramón, “… yo la vi primero.”
                A los dos días me acordé de llamarle a Julieta y quedamos de vernos en el zócalo, junto a una de las pichurrientas fuentes que están ahí. Cuando llegó, con una minifalda tan corta que no me dejó nada a la imaginación, me enredó con su voz de serpiente tan, pero tan dulcemente, que no me quedó más que aceptar el trato y la forma de pago que ella misma propuso para que yo le vendiera un terreno con todo y la escrituración.
                “Te pagaré con cuerpomatic, mijo”, me dijo mientras ponía una mano sobre mi rodilla.
                El primer pago me lo dio esa misma tarde. Fuimos a donde vivía, sola. Rentaba un cuartito por la Rufo y por eso quería tener su terreno y su casa propia.
                De verdad que yo nunca le había sido infiel a mi Lore. Ella estaba en casa, muy confiada, cuidando a nuestra hijita de tres años y no se merecía esta tarugada; pero, después de salir de la casa de Julieta, supe que no había pasos para atrás: me había dejado bien pagado el primer recibo del contrato que firmamos antes de meternos en la cama.
                Yo pensé que de alguna forma iba a poder disimular la falta de ese dinero con las cuentas que me llevaba mi vieja y, con un poco de aquí, y otro poco de allá, más o menos completaba la lana. Sin embargo, yo me fui encadenando al placer que me daba Julieta y le llegaba con regalitos, baratos, primero, pero a ella le fue gustando mi generosidad y un día me pidió un collar que vio en una joyería, cerca del Museo de la Bandera.
                Con todos esos gastos, tuve que echarle más ganas a la venta de los terrenos.
                A veces, los clientes me invitaban alguna cerveza y, de plática en plática, se nos iba la tarde contando chismes y tomando cervezas o tequila.
                Con ese pretexto le decía a Lore que tenía que invitar las chelas y por eso me faltaba dinero. En otra ocasión le dije que me habían asaltado por una colonia donde, de por sí, tienen fama de no ser muy buenos anfitriones.
                Un día me puse a tomar con un cliente por la Ampliación y no supe ni cómo salí de ahí; sólo recuerdo que venía en mi carrito, por el peri, y se me antojó pasar a ver a Julieta; pero, como ya no traía dinero, pensé en buscar a otro cliente que ya no pude ver en la tarde, por quedarme a chupar con el de la Ampliación, y que me iba a pagar diez mil pesos de su terreno.
                La pura verdad, no recuerdo si pasé por el dinero; pero eso es lo de menos. El problema es otro.
                Como llegué bien borracho a la casa de Julieta, no supe ni lo que hicimos. Tampoco tengo claro cómo llegué a mi casa. Lo único que supe, cuando desperté, en el sillón de la sala, fue que algo malo había pasado.
                Ni Lorena, ni mi hija, estaban en casa.
                Aún mareado por el alcohol que había tomado, me levanté y fui al baño. Casi rompo el espejo al pegar mi cara a mi reflejo. ¡No lo podía creer!  ¡Cuatro chupetones adornaban mi cuello!
                De inmediato se me esfumó la briaga. Rápidamente me dirigí a la sala para tomar el celular y reclamarle a Julieta, pero me enviaba al buzón. Le llamé a Lore: lo mismo. Revisé mi cartera: ¡sin dinero!
                No sé cómo se me ocurrió que con la pasta de dientes se me iban a borrar los chupetones, me unté una buena cantidad y me tallé. Sólo logré que se me enrojeciera todo el cuello.
                Sin bañarme, y con la misma ropa del día anterior, salí, tomé el auto y me dirigí a la casa de Julieta. Toqué hasta cansarme, pero no salió. Conduje mi carro hacia el domicilio de mi cliente, que me iba pagar el dinero que me debía; me encontré con la noticia de que me había dado los diez mil pesos, lo insulté y casi nos agarramos a golpes, porque no recordaba nada. De pronto, salió su mujer con el recibo que yo les firmé por la cantidad que me debían y ya, no tuve qué alegar.
                Aún descontrolado, fui a parar a la casa de la madre de Lorena. Salió mi suegra sólo para decirme: “Está muy bonito el collar que te adorna el pescuezo” y cerró la puerta enfurecida.

lunes, marzo 25, 2013


EL MANUAL PARA PERVERSOS
Angustias
José I. Delgado Bahena
“Ahora sí que, como luego dicen: mi historia está muy macabra”, me dijo Víctor ante una taza de café americano que había pedido.
                Esa tarde me había mandado un mensaje a mi celular para pedirme que nos viéramos en la plaza comercial para platicar. Sospeché que me tenía una historia para el Manual y acepté.
                Así fue. Desde el momento en que nos sentamos le dije: “A ver, suéltala, ¿de qué se trata ahora?”
                “No me lo vas a creer…”, me confió; “…pero lo que me pasó es como para creer en el diablo; porque si no, ¿cómo vamos a aceptar que puedan pasar estas cosas?”
                “Mira: hace dieciocho años yo estuve muy enamorado de una chava que era muy codiciada en Taxco. No tan alta, pero con un cuerpo muy bien formado, de piel clara, ojos grises, cabello castaño y unas piernotas… y que era hija de un médico muy amigo de mi papá y se llamaba Angustias.”
                Al ver mi reacción mezclada entre el asombro y la burla, me recriminó.
                “No te rías, es verdad: así se llamaba. Pero bueno, yo le llevaba un año de edad y desde que nos conocimos vi que le gusté. El problema es que yo no tenía una profesión, había dejado la prepa y como me decían que no cantaba tan mal, fui a pedir trabajo en una pozolería y me dediqué a interpretar las canciones de Joan Sebastian. El dueño del negocio le hizo mucha publicidad a mi talento como ‘El doble de Joan Sebastian’ y venía mucha gente a oírme cantar.
                Pero de todos modos busqué la forma de hacerme novio de Angustias y nos veíamos a escondidas de sus padres que eran muy celosos y le limitaban su tiempo. Ella inventaba que iba con sus amigas, para poder vernos. Sinceramente, me enamoré mucho. Ella era mi cielo, mi amor, mi razón de ser, mi vida misma. Yo sentía que ella me correspondía y hablábamos de vivir juntos o de casarnos a espaldas de sus padres, porque estábamos seguros de que no aceptarían nuestro noviazgo”
                ¿Y qué pasó? Le pregunté ya con cierta ansiedad porque no creí que quisiera contarme una historia de Corín Tellado.
                “Pues, ¿qué crees? En una de esas escapadas, fuimos a mi casa y tuvimos relaciones sexuales. No creas que fue sólo por placer. No. Lo hicimos por amor. No tuvimos duda. Fue una entrega sin disimulos, nos besamos con fervor en una correspondencia de dos almas que encuentran un lazo a través del cuerpo.”
                ¿Y luego?
                “Pues, desafortunadamente, una tía suya nos vio salir de mi casa y le fue con el chisme a su mamá. Angustias creyó que la apoyarían y les contó todo, incluyendo la tarde de sexo que habíamos tenido.
                No, pues ya te imaginarás. Se le armó el desmadre y que la mandan a los Estados Unidos con una hermana que su  madre tenía allá. Yo lo supe gracias a mi papá que le preguntó al médico y él le reclamó muy molesto lo que yo había hecho con su hija.”
                ¿Y ya, se quedó a vivir allá?
                “Espérate”, me pidió para ordenar otra taza de café al mesero y yo solicité un té frío que vacié en un vaso con hielo para seguir escuchándolo.
                “Entonces, como para quitarme el sabor amargo, acepté los ojitos que me andaba echando Lulú, la hija del dueño de la pozolería donde trabajaba, y a los pocos meses nos casamos. Al año tuvimos una hija, pero Lulú se puso muy mala de una enfermedad muy extraña que nadie le pudo curar y, a punto de cumplir tres años mi hija, se murió y me quedé solo, con mi niña, a quien tuve que cuidar y educar.”
                Oye, esa historia está muy simple. Le dije, tratando de indagar algo que no me hubiera dicho y que justificara su publicación en el Manual.
                “¡Ja, ja, ja, ja!” Se carcajeó y, después, se inclinó sobre la mesa para decirme con voz muy baja: “No he terminado…” Y continuó:
                “Pasaron los años, mi hija creció y entró a la universidad. Hace dos meses, llegó a la casa con una compañera suya, a quien me presentó como Tere, ‘la tapatía’, e inmediatamente sentí como si un rayo me hubiera impactado en el pecho. ¡Era igualita a Angustias! En ese momento no pensé en nada más que en el amor que sentí por la mujer que se había ido a los Estados Unidos y, ¿qué crees?, cuando me di cuenta, Tere y yo ya éramos pareja. Salíamos, íbamos al cine, a comer y ella aceptaba que nos tomáramos de la mano y nos besáramos, aún delante de la gente, a pesar de que yo le doblaba la edad.
                Entonces, como sentí que era correspondido, sinceramente, decidí rehacer mi vida y le pedí que me platicara de su familia, porque quería conocerlos y ver si aprobaban nuestra relación, ya que pensaba casarme con ella.
                No te imaginas lo mal que me sentí cuando me dijo que su mamá vivía en Los Ángeles y se llamaba Angustias. Además, me confió que se vino a México, a vivir con su papá, porque sus padres se separaron, allá, en el Norte y vivió primero en Jalisco, con su padre; después se vino a Iguala, a vivir con sus abuelos, en una colonia que se llama Agua Zarca, para seguir estudiando.
                No le conté lo de su madre y seguí con mi interés por ella y hasta tuvimos relaciones sexuales. Total: su padre, muy buena onda, aceptó nuestra relación y fijamos fecha para casarnos. El día de la boda llegó Angustias, de Estados Unidos, para asistir al enlace de su hija. No sabía que el novio era yo, hasta que Tere nos presentó. Al reconocerme, me dio un gran cachetadón y me gritó, delante de su hija, que no me podía casar con ella porque me seguía amando y, además, Tere era también hija mía.”
                ¡Caray!, le dije apesadumbrado, qué decepción.
                “Pues ni tanta”, me aclaró. “Al final fue bueno porque, sinceramente, yo también la seguía amando y, como ya estaban todos los gastos, de todos modos hubo boda, sólo que me casé con Angustias, mi gran amor, y al final tuve una familia.”
                Terminó su narración con un gesto hacia una de las mesas; volteé y pude ver a dos mujeres muy parecidas, una mayor que la otra, que le sonreían amablemente y con amor.

DESNUDA TU ALMA

Desnuda tu alma,
no el cuerpo,
que algunas veces,
con cariño manifiesto,
me regalas en la cama;
no tus besos, tan frescos
y amorosos
que disipan mi nostalgia.

Desnuda tu alma
y hazme saber
si de verdad me amas.

No me veas a la cara,
apaga la luz
y deja que hable tu alma;
tus tibios ojos
son guerreros
que triunfan en la batalla,
y tu boca
es cascada
que en mi oído
mil canciones me regala;
no me niegues la esperanza
de saber lo que dice tu corazón
cuando callas.


Desnuda tu alma
y dime con palabras
lo que dicen tus caricias
cuando estamos en la cama.

EL MANUAL PARA PERVERSOS
A los cuarenta y cuatro
José I. Delgado Bahena
Parece increíble, pero las mujeres soportamos más de lo que nosotras mismas podemos imaginar. Esto lo digo sólo como recordatorio porque, ¿quién puede suponer que realmente el hombre sea, dizque, el sexo fuerte? Ellos, los hombres son unos rajones, nomás ven sangre y tiemblan. Les dan miedo las inyecciones y con una cortadita hacen el drama. ¿Imagínense que tuvieran que enfrentar las molestias de las menstruaciones y los dolores de un parto? No pues, se mueren, no aguantan.
                Todo esto lo digo porque Javier, mi marido; mejor dicho: mi ex marido, me tuvo siempre en la esclavitud de su machismo y en la opresión social de ser “su mujer”. Así me trató siempre, como algo de su propiedad que podía manipular a su antojo y hacer conmigo lo que se le viniera en gana.
                Lo peor del caso es que mis padres estaban muy de acuerdo con él, lo apoyaron cuando me pidió que nos casáramos y me advirtió que iba a tener que dejar de trabajar.
                Yo era maestra de matemáticas en una escuela secundaria que está por la Av. del Estudiante y estaba muy a gusto con mi trabajo docente; pero en ese momento me pintó la vida de colores y no me importó acceder a sus peticiones porque dijo: “¿Cómo va a ser posible que la reina de mi casa esté trabajando de maestra, batallando con niños que no son suyos? No, mi mujer se encargará de nuestro hogar y de cuidar de los hijos que tengamos; por eso, como el hombre de la casa, yo trabajaré y nada faltará para que ella no tenga necesidad de trabajar”.
                ¡Claro! En realidad, lo que quería era una criada que le diera hijos y pudiera satisfacer su deseo sexual a la hora que quisiera.
                Al principio fue muy bonito y se esmeraba en hacerme sentir bien. Llegaba con flores y hasta un regalito me llevaba a veces; pero, con el paso del tiempo, cuando  venía nuestro primer hijo, se dio cuenta que me tenía amarrada y que no me podría soltar en muchos años, por esa obligación que mi madre y mi abuela me habían inculcado: “Tienes que ser obediente, Ángela”, me decían.
                Durante el embarazo, él comenzó a llegar tarde, oliendo a alcohol y a perfume de mujer barato. Yo le reclamaba pero me decía que estaba loca y se iba a dormir al otro cuarto que teníamos en la casa. Cuando le conté a mi madre sobre esta situación, me dijo que era mi cruz y lo tenía que aceptar, ¿qué podía hacer?
                Cuando nació nuestro hijo se agarró de ese pretexto para alejarse aún más, porque le enfadaban los llantos y los gritos del niño. Desde entonces se quedó a dormir en la otra habitación y sólo cuando tenía ganas de tener sexo me buscaba, quedaba satisfecho y se iba de mi lado.
                Aquí entre nos, la verdad, con él nunca supe lo que era tener un orgasmo. Yo no le importaba, sólo se preocupaba por él y a mí me dejaba con ganas de sentir bonito.
                Así pasaron los años. Luego tuvimos otros dos hijos y la rutina nos absorbió. Él se volvió un fantasma y yo me entregué a mi obligación de madre.
                Todo habría seguido igual: yo, encerrada; él, con sus viejas (que eran mi cruz). Hasta que mi hijo Salvador, el mayor, entró a la universidad. Quiso estudiar matemáticas en la UT y yo me encargué de inscribirlo y de apoyarlo en sus estudios.
                Entonces, cuando ya iba en quinto semestre, y como sabía que yo tenía la especialidad de matemáticas, Salvador llegaba a la casa acompañado, con frecuencia, de alguno de sus amigos para que les explicara los temas que en clase no entendían. Fue así como conocí a Pablo.
                Pablo era compañero de mi hijo y tenía veintidós años. Yo acababa de cumplir los cuarenta y cuatro y, modestamente, no me veía tan mal a pesar del descuido en que había caído por falta de motivación hacia mi persona.
                Entonces, al conocer a Pablo y darme cuenta de que yo no le era indiferente, comprendí que había estado desperdiciando mi vida al lado de Javier quien, para no variar, era como un cometa a quien con el pretexto de su trabajo, lo veíamos rara vez durante el día.
                Pablo y mi hijo me invitaron una vez al cine y, aprovechando que mis otros dos hijos iban a la escuela por la tarde, acepté. Esa fue la primera de muchas en que me atreví a salir sin avisar o pedir permiso a Javier. Todo parecía ingenuo y sano, hasta que Pablo llamó a la casa para pedirme que le dejara verme sin que Salvador estuviera presente.
                Sinceramente, entendí sus intenciones y me dejé llevar por esa luz que me iluminaba el camino de la libertad. Durante dos años, Pablo logró en mí el descubrimiento de la más grande gloria. Sus hábiles manos, sus frescos besos, sus juegos, sus caricias y sus atenciones en la cama, me llevaron a conocer el verdadero placer, la satisfacción plena de la que nunca supe con mi marido. Fue un caballero y entendió muy bien que lo único que nos unía era la explosión que nos encendía la sangre al alcanzar juntos el clímax, como una celebración de Eros, que se regocijaba en mi realización de mujer satisfecha.
                Por eso, cuando Javier me salió con que quería el divorcio, porque pensaba casarse con una compañera de la oficina, mucho más joven que él, lo acepté sin chistar, sin pleito; al contrario: con alegría, porque a los cuarenta y cuatro supe que podía ver la vida de otra manera y mis manos, mis ojos y, sobre todo, mi sexo, estaban abiertos al conocimiento y disfrute de nuevas y mejores emociones.


MI RELIGIÓN ERES TÚ

Mi religión eres tú,
en ti confío, a ti me atengo,
a la luz de tus ojos,
por donde voy,
me encomiendo.

Eres mi fe,
en ti yo creo,
lo que digas he de hacer,
tú decide, yo obedezco.

En tus manos estoy,
tuyos son: mi mente,
mi corazón, mi carne, mis huesos;
cuando despierto pienso en ti
y con tu nombre, entre mis labios,
me duermo.

Tú me has dado nueva vida
y no sé si la merezco;
hágase tu voluntad:
por ti vivo,
por ti muero.

Para mí no hay otro dios
que este amor en el que creo;
tú sabrás qué me darás,
sea la gloria,
sea el infierno.

De tus manos como el pan
y será para los dos pan sagrado,
este pan nuestro,
porque eres mi religión
y el amor que tú me das
es el dios
en el que creo.

EL MANUAL PARA PERVERSOS
Hipersexualidad
José I. Delgado Bahena
Buenas noches. Me llamo Mercedes y soy ninfómana. Estoy aquí porque he aceptado que necesito ayuda. Sé que algunos de ustedes me conocen e, incluso, fueron alumnos míos; no me importa, porque entiendo que si están aquí, en este grupo de autoayuda, es porque, como yo, reconocen que tienen un problema con su libido y se ha vuelto incontrolable su deseo de tener sexo.
                Hoy, que he llegado a este lugar, me he armado de valor para contarles mi historia teniendo claro que tal vez poco, o nada, puedan hacer por mí. No imaginan el temblor que siento en mi cuerpo al estar en esta tribuna y espero que, al menos, al desahogar mis emociones frente a ustedes, pueda dormir tranquila esta noche sin tener que meter nada en mi entrepierna.
                Como les dije: me llamo Mercedes; pero ustedes pueden decirme “Meche”, a secas. Soy profesora de nivel superior e infelizmente casada. Creo que ese fue el origen de mis desviaciones y de mi descontrol sexual. Al casarme, pensé que mi marido tendría para mí todas las atenciones que como mujeres requerimos y le exigía que tuviéramos relaciones todas las noches; no, qué digo todas las noches: ¡todos los días! Cualquier hora y cualquier lugar de la casa eran buenos para dar rienda suelta a nuestros deseos. ¡Ah, pero sólo fue al principio! Al paso de los meses, me di cuenta de que Víctor, mi marido, se iba alejando poco a poco de mí.
                Después de un año de casados y observando que yo no quedaba embarazada, aún cuando no usábamos protección alguna, nos hicimos estudios médicos y el ginecólogo determinó que yo era la del problema y que mi infertilidad se debía a un trastorno hormonal que no dejaba madurar mis óvulos.
                El médico nos recomendó algunos tratamientos, pero ninguno surtió efecto.
                Supongo que este diagnóstico desalentó a Víctor, se distanció más de mí y se olvidaba de su responsabilidad en la cama para que, al menos, estuviera yo satisfecha, sexualmente hablando.
                Entonces, empecé a sentir la necesidad del desahogo que mi cuerpo me exigía y buscaba páginas en internet donde pudiera ver pornografía. Con las imágenes en la pantalla me excitaba, estimulaba mis genitales y descargaba mi frustración en esa autosatisfacción que me servía para relajarme y continuar con mi vida matrimonial aparentando, ante los demás, que “todo estaba bien”.
                Lamentablemente, estas prácticas me hacían recordar algunas escenas de mi infancia, en mi casa paterna, cuando yo tenía apenas ocho años de edad: una de mis tías, hermana de mi papá, se masturbaba mientras con una mano me tocaba en mi tierna vagina. Esto me lastimaba en mis recuerdos y decidí emplear otros métodos.
                A mis treinta años, sentí que aún podía buscar otro hombre que me diera lo que necesitaba y dejar a mi marido.  Así que empecé a coquetear con mis compañeros del Centro de Estudios donde trabajo y algunos de ellos entendieron mi necesidad sexual, y me atendieron. De esta manera satisfice por algunos años mi obsesión desatada por tener sexo; un tiempo anduve con Ramón, otro con Ulises, con Javier e, incluso, con Rafael quien me confesó que era bisexual y en algunas ocasiones hicimos tríos con sus parejas; lo malo fue que mis compañeros se cansaron de mis exigencias y también, como mi marido, se alejaron de mí.
                Para esta época yo tenía ya cerca de cuarenta años de edad. Después de casi veinte de casada y con un marido que casi nunca se acostaba en mi cama, decidí, sin prejuicios, abrir una página en facebook y comencé a relacionarme con individuos desconocidos de la ciudad quienes, advertidos de la discrecionalidad que les pedía, accedían a pasar conmigo algunas tardes.
                Todo iba bien, hasta que me contactó un muchacho como de veinte años, se llamaba Omar y estudiaba en la escuela donde yo prestaba mis servicios. Al principio sentí un poco de recelo, desconfianza y hasta temor de que me fuera a evidenciar ante la comunidad escolar; pero mi trastorno estaba tan desarrollado que con decisión me embarqué a navegar en ese mar embravecido que es la sexualidad con un jovencito impetuoso, volátil, atrevido y, sobre todo, capaz de hacerme sentir el mayor de los placeres.
                Espero no estarlos aburriendo con mi historia. Sé que este cuento lo habrán escuchado infinidad de veces; sólo que, para mí, estar ante ustedes significa el principio de mi recuperación, porque quiero curarme, quiero corregir un poco el rumbo de este comportamiento que me ha llevado al umbral del abismo de la perdición, y estas lágrimas que ahora suelto en esta tribuna son por la lástima que siento hacia mi pobre persona.
                Ya sé que ustedes se preguntarán: ¿y el marido, no se enteraba? Sinceramente, también yo me preguntaba si no le importaba mi vida; después me di cuenta el porqué de su alejamiento, no sólo de mi cuerpo, sino también del hogar.
                Sucede que Omar me presentó a Juan Jesús; un amigo de él que conoció en un equipo de futbol y del que sabía poco de su vida, pero que le había contado de mí y se sintió interesado en conocerme.
                Cuando conocí a Juan Jesús, encontré en él ciertos rasgos que me llevaron a pensar que ya lo conocía de antes, pero la chispa de sus ojos borró de inmediato esa impresión y comenzamos a relacionarnos.
                Permítanme tomar un poco de aliento porque aquí viene lo mejor, lo que me llevó a tomar la decisión de ingresar a este grupo donde tengo grandes esperanzas de recuperación.
                Juan Jesús era muy interesante: ingenuo, dócil, cariñoso y, a sus dieciocho años, lo veía como un campo fértil donde yo podía sembrar las semillas que quisiera para obtener los frutos que buscaba en su virilidad despierta al máximo y dispuesto siempre a complacerme.
                Desafortunadamente, Juan Jesús se enamoró de mí. Me buscaba a todas horas y se atrevía a ir a la escuela a esperarme. Llegaba al estacionamiento y a un lado de mi auto aguardaba a que yo saliera de mis labores.
                Ayer fue lo mismo. Cuando salí, sin decir palabra se subió a mi carro. Ya adentro, mientras jugueteaba por debajo de mi falda, con su mano en mi entrepierna, me pidió que lo llevara a mi casa. Sabiendo que Víctor no estaría en ese momento, por su trabajo en una herrería, acepté.
                Ya adentro de la casa, y sin medir consecuencias, nos entregamos a la lujuria en el piso de la sala. Estábamos tan metidos en nuestras caricias que no advertimos el momento en que mi marido entró junto con uno de sus compañeros de trabajo. No sé qué cara habrá puesto al ver la escena, pero cuando escuché sus gritos y lo vi corriendo hacia la cocina, y regresar con uno de mis cuchillos en su mano, creí que su coraje era por verme revolcándome con otro en nuestra misma casa; pero no, sus palabras de reclamo tenían otra intención.
                “¡Pinche perra!”, me insultó, “¡Hazlo con otros, pero no con uno de mis hijos!”
                Al terminar su frase que me dejó anonadada, se lanzó agresivamente hacia mí tirando un golpe con el cuchillo. Habría acertado, si no es por Juan Jesús que interpuso su cuerpo desnudo y recibió la cuchillada en su estómago.
                El amigo de Víctor lo contuvo y yo pude salir de la casa para pedir ayuda con un vecino. Por la noche me enteré de que Juan Jesús se recuperará y también supe que mi marido tiene otra mujer y dos hijos más.
                Todo esto me pasó por mi hipersexualidad, que me ha hecho perder el control de mis actos y por eso estoy aquí. Muchas gracias por escucharme.

jueves, octubre 25, 2012


EL MANUAL PARA PERVERSOS
La llave
José I. Delgado Bahena
¡Tantos años de trabajar de taxista, para que hasta ahora me fuera a pasar esto! Aunque, claro, yo había escuchado muchas historias parecidas y siempre pensé que eran producto de los miedos de los compañeros del gremio, o excusas para no hacer dejadas de noche a comunidades alejadas.
            Sin embargo, esto que me ocurrió me dejó con el alma colgando de una rama, como secándose al sol y escurrida de tanta advertencia que la experiencia me dejó.
            Pasó que, como a las once de la noche me salió un viaje para Acayahualco, un pueblo que queda por Tepécoa, y como los clientes aceptaron pagarme lo que les pedí, dándoles mis motivos de la inseguridad, pues me animé y me fui a dejarlos. Eran dos señores ya grandes a quienes llevé al pueblo que te digo, por eso no me dieron desconfianza y el viaje estuvo muy bien. Los dejé cerca de la iglesia de su pueblo y regresé.
            Pasando por la desviación al pueblo de Rincón de la Cocina, me di cuenta de que se avecinaba un aguacero, por los relámpagos y el fuerte viento que comenzó a soplar en esos momentos; decidido, aceleré al automóvil y pronto pasé por Tierra Colorada. Estaba por dejar esa población cuando, a un lado de la carretera, por donde está una cancha de futbol, estaba una chamaca parada, haciéndome ademanes para que me detuviera.
            Al estacionar el carro junto a ella, y gracias a la luz de un foco que colgaba de un palo, en la tranca de un potrero, frente a la cancha, me di cuenta de que se trataba de una muchacha como de veinte años, bonita, con un vestido cremita que le llegaba por debajo de la rodilla.
            Inmediatamente se acercó a mi ventanilla y me preguntó, con una voz tenue, como con mucha angustia, si la podía llevar a la comunidad de Tuxpan, le dije que sí y el precio de la dejada, estuvo de acuerdo y subió al auto en la parte trasera.
            Por el camino, traté de hacerle plática, como para descubrir si tenía algunas malas intenciones; pensé que podía ella ser carnada para que sus cómplices me asaltaran; pero, tal vez por sus preocupaciones, sólo respondía con frases cortas o de plano se quedaba callada.
            Antes de llegar al entronque con la carretera que va para Tepécoa, vi por el espejo que sacaba un celular y comenzaba a usarlo como para enviar mensajes.
            Sinceramente, en ese momento comencé a sentir miedo, supuse que les avisaba a otras personas para que me esperaran en algún tramo de ese camino y me dieran baje con la cuenta y hasta con el carro; además, en ese momento se soltó una lluvia que pronto se convirtió en aguacero y me impedía la visibilidad del camino.
            “¿Qué horas son?”, me preguntó con su misma voz débil y quejosa. Ya ni le quería responder, pensé que sólo pretendía distraerme, porque ella podía ver la hora en su celular, pero me armé de valor y le respondí.
            “Las doce con dieciocho”, le contesté después de ver la hora en el reloj del estéreo.
            No dijo “gracias”, ni nada, y siguió metida en su celular.
            Yo, con el miedo que ya traía, estaba súper arrepentido de haberla subido, pero como no me considero un cobarde, o algo por el estilo, me mordí los labios y seguí adelante.
            Al dar la vuelta por la caseta de Iguala, me puse en contacto con la base, para informar, con las claves que todos conocemos, sobre mis sospechas y la descripción de mi pasajera, por cualquier cosa. De todos modos, disimuladamente, ya había escondido, debajo del tapete de mi asiento, los billetes que llevaba.
            “Tú me dice por dónde”, le pedí a la muchacha cuando entramos al pueblo de Tuxpan.
            “Sí, yo le digo, es por atrás de la iglesia”, respondió, ahora, sin despegar su vista del celular, con una voz chillona, diferente a la que traía cuando se subió.
            Al llegar a la iglesia, la rodeé y seguí por una callecita.
“¿Vamos bien?”, le pregunté ya un poco más tranquilo, pero tratando de evitar la corriente de agua que se había formado con la lluvia que no terminaba de caer.
“Sí, en la siguiente calle dé vuelta a la derecha. Hay una tranca junto a un mango grande. A un lado del mango hay una piedra blanca, debajo de esa piedra escondí una llave que mi madre necesita y vengo a dársela”. Me dio toda esa explicación que me pareció extraña; sin embargo, sirvió para recorrer la distancia que faltaba.
            “Espere, por favor, voy a traer dinero para pagarle”, me dijo nuevamente con su voz tenue que apenas alcancé a oír por el ruido del agua sobre el carro.
            Sin importarle la lluvia, se bajó y yo aproveché para comunicarme con la operadora de mi base para decirle que había llegado con bien a mi destino y que no se preocuparan.
            Estuve a la espera, con el motor encendido, por unos diez  minutos. Al ver que no salía, comencé a tocar el claxon insistentemente. Al fondo de un patio enorme, después de la tranca, se veía una casa humilde, a oscuras.
            Desesperado, e impaciente por creer que no saldría, decidí retirarme con la intención de regresar al siguiente día a cobrar los setenta pesos que acordamos por traerla desde el pueblo de Tierra Colorada.
            Así lo hice. Temprano, como a las diez de la mañana, llegué a la casa donde había dejado a la muchacha la noche anterior. ¡Buenos días!, grité para que mi voz atravesara el patio y me escucharan.
            Del interior de la casita, salió una señora de, aproximadamente, setenta años de edad. Al llegar a la tranca le expliqué sobre el motivo de mi visita.
            “¡Ay, señor!”, exclamó con dolor y a punto de las lágrimas, “…era mi hija. Tiene que disculparla, lo más seguro es que su alma no descansa todavía. Hace como tres meses que murió en un accidente, ella venía manejando su coche, era maestra y venía con otro compañero de ella, que no murió, y nos dijo que por venir mandando mensajes con su celular, se metió a otro carril y chocó contra otro carro. ¿Qué quedrá mi hija si ya le estamos haciendo los rezos para su ofrenda?”
            Con mi voz temblando, le comenté lo de la llave debajo de la piedra; me pidió que le ayudara y, efectivamente, ahí estaba una llave plateada.
            “¡Ay, mi hija!, se preocupó por venir a decirnos dónde tenía esta llave. Es para abrir un mueble, ahí están sus papeles del seguro y otras cosas que necesitamos. ¿Quiere pasar?”
            Le agradecí la invitación y preferí retirarme. Eso pasó hace dos años y todavía no logro entender por qué esa muchacha me empleó para regresar a su casa.
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miércoles, octubre 17, 2012


TE AMARÉ
José I. Delgado Bahena
Aunque me digan que contigo
seré una estrella errante,
sin meta ni destino;
aunque me amenacen con el diablo,
el infierno y los malditos;
aunque me insulten y condenen,
aunque me esclavicen
y me aten con púas y cadenas,
aunque me claven mil puñales
en mi corazón poeta;
también así,
mientras tenga un suspiro
en mis pulmones,
te amaré
y seré tu errante enamorado,
una estrella por tu amor perdida;
serás mi infierno,
será tuya mi alma
y serás mi condena más sublime,
seré tu esclavo.
 Entonces, serás mi más tierna herida
y para ti será mi último suspiro,
porque, amor,
te amo tanto que
a pesar de todo y de todos,
te amaré por el resto de mi vida.

jueves, septiembre 27, 2012

CUANDO PIENSO EN TI
Cuando pienso en ti
una lágrima tibia me sonríe.
Es un llanto nuevo
que brota del amor que en mí cultivas.

martes, julio 03, 2012


MANUAL PARA PERVERSOS
A través de las lágrimas
José I. Delgado Bahena
Era un muchacho como cualquier otro: con capacidades para comerse el mundo, pero con sus debilidades a flor de piel que lo hacían vulnerable ante las restricciones y presiones de sus padres.
            Una de sus mayores aficiones era la música. El tiempo se deslizaba en sus venas escuchando a sus grupos favoritos, entre los que destacaban los Rolling Stones y su canción “A través de las lágrimas”. Nadie lo sacaba de su habitación mientras entonaba sus canciones.
            ─Ponte a hacer algo –le decía su madre cuando lo encontraba tirado sobre el piso, cerca de la ventana de su cuarto−, eres un holgazán.
            −Jaime no respondía a la exigencia y se limitaba a ponerse los auriculares de su celular ignorando las presiones que Luisa, la madre, le hacía en ausencia del padre a quien sólo veía los fines de semana cuando salía libre del cuartel militar donde había alcanzado el grado de sargento.
            “I´m waiting for your love”, de los Pericos, era la rola que escuchaba cuando le llegó el mensaje de Silvia, su novia: “Necesito verte, debo decirte algo”, le decía en el texto.
            No pudo responder por falta de saldo en su aparato y se limitó a subir el volumen a su música. Hubiera querido salir de casa para ir en busca de Silvia, pero sabía de las restricciones de la madre y que era inútil pedir permiso, mucho menos algo de dinero para trasladarse.
            Él y Silvia se conocieron en la escuela secundaria No. 213, que está por el periférico. Desde primer grado, Jaime se sintió atraído por la sonrisa de ella y desde que les tocó participar juntos en una investigación que la maestra de Español les encargó por equipo, buscó la forma de ganarse su afecto y hacerse su amigo.
            Fue hasta el tercer grado cuando, estando sentados en una de las jardineras de la escuela, sin declaración ni petición alguna, de pronto, en una de las tantas veces que, jugando, se abrazaban, sin pensarlo ni planearlo, sus bocas quedaron tan cerca que fue fácil propiciar el contacto y se besaron con el cariño que vinieron sembrando durante la amistad de los meses anteriores.
            A partir de entonces, el asistir a la escuela tenía, para Jaime, doble motivación: el aprender los elementos que él necesitaba para desarrollar su habilidad artística en cuanto a la música, su pasión, y, además, la oportunidad de ver a Silvia, convivir con ella durante los descansos y regalarse un par de besos furtivos protegidos por el tronco de un guamúchil en la orilla del patio.
            Desafortunadamente, para Jaime, la vida le dio una voltereta en las peripecias que mostraba por las tardes, en la única distracción que su padre militar y la madre represora le permitían: patinar.
            Esto le cambiaría su vida: practicar el patinaje agresivo, roller o skate inline, con trucos variados basados en giros y posiciones de los pies para saltar.
            Aprendió los trucos básicos: el soul, mizou, acid-soul, pornstar, makio, royale. Con eso fue ganando experiencia y confianza para aceptar los retos que sus compañeros de patinaje, reunidos junto al estadio de futbol, le hacían para lograr mejores acrobacias.
            Por eso se atrevió a hacer giros de 180° y vueltas enteras de 360º para caer de frente o de espaldas. Pero su confianza lo perdió porque en una de esa piruetas perdió el control del impulso y se estrelló en el piso, de cabeza, provocándose una lesión craneana tan grave que lo tuvo en el hospital por más de un mes.
            Este accidente le llevó a dejar la escuela y a mantenerse en casa para recuperar la totalidad de sus funciones con apoyo de la madre quien lo llevaba diariamente al hospital a sus ejercicios de rehabilitación con la terapista Albina.
            Por eso, su única distracción ahora era pensar en Silvia quien, después de tres meses de no verlo, lo buscaba aún a costa del impedimento de la madre para dejarlo salir.
            Por esas negativas, y la imperiosa necesidad de escapar para poder ver a Silvia, esperó a que su madre se distrajera en el baño y, sin avisar, salió de la casa, rumbo a la escuela, en busca de su novia.
            Lo que vio al llegar lo dejó pasmado.
            En esos momentos, Silvia salía entre la algarabía de varios de sus compañeros quienes, entre el alboroto que hacían y el tumulto que formaban, impedían que ella pudiera ver a Jaime que la esperaba del otro lado del periférico, con ansiedad, turbación y desconsuelo al verla de la mano con Daniel, su compañero de clase, y de quien se despedía con un beso en la boca.
            Esta escena le impulsó a correr hacia ella con el llanto bañando su rostro y cruzando la avenida sin precaución alguna; por lo que no vio una camioneta gris que se acercaba a gran velocidad, atropellándolo, mientras en su mente repetía parte de su canción favorita: “Rodando en las profundidades, las lágrimas van a caer, rodando en las profundidades…”
***
Escucha el “Manual para perversos”, todos los miércoles a las 6:00 PM por el 104.7 FM
Escríbeme:
jose_delgado9@hotmail.com

viernes, mayo 25, 2012


“El robacalzones”
José I. Delgado Bahena
Víctor había llegado, con sus cuarenta y cuatro años de edad, de los Estados Unidos, junto con su esposa Yadira –diecisiete años mayor que él− después de haber estado en el país vecino trabajando, durante algún tiempo, y reuniendo algo de dinero para volver a México con el propósito de poner un negocio y quedarse a vivir definitivamente aquí.
                Ambos eran originarios del estado de Durango, pero en Los Ángeles conocieron a una pareja de recién casados que habían llegado de Iguala y les ofrecieron en venta su terreno, con todo y casa, que habían dejado por el rumbo de la Ciudad Industrial.
                Ellos aceptaron el trato y se vinieron a esta colonia nueva donde las casas apenas si estaban protegidas con alambrado de púas y las calles no contaban con alumbrado público ni pavimentación alguna.
                Ya instalados, invirtieron su capital en una tienda de abarrotes que pusieron en la esquina del terreno.
                A los pocos meses de haber llegado, Víctor se hizo amigo de casi toda la gente que iba a comprar a su tienda; pero, principalmente de los hombres, quienes iban a tomarse unas cervezas junto a la tienda y él los acompañaba en un chismorreo masculino semejante al que arman las mujeres cuando van por las tortillas.
                Por esas pláticas se enteró de quiénes de las mujeres casadas de la colonia, les ponían el cuerno a sus maridos y quiénes de las solteras aceptaba las propuestas indecorosas que los hombres les hacían sólo por pasar a gusto un rato en una cama de hotel o, de plano, en alguna parte oscura del barrio.
                Por eso, cuando las mencionadas llegaban a su tienda en busca de alguno de los artículos que él vendía, el tono y la mirada que usaba para atenderlas eran con intención de parecer amables pero llevaban cierto coqueteo que no pasaba desapercibido por las féminas quienes, aprovechando ese interés por parte de Víctor, le pedían rebajas y hasta fiado, con promesas de pagarle de “algún modo”.
                Él se daba por aludido en sus pretensiones y por las noches, cuando Yadira se acostaba con sus permanentes dolores de cabeza, salía a la calle a fumarse un cigarro y a tomarse una caguama, solo, en la puerta de la tienda.
                En una de esas noches, incitado por los efectos del alcohol, se atrevió a caminar sin rumbo por las calles disparejas de la colonia; sus pasos lo llevaron hasta la cerca de la casa de Julia, la mujer de Andrés, de quien se sabía que, aprovechando que el marido salía por las noches hacia su trabajo de mesero en un local de comida en la Feria de la bandera y que se quedaba sola, por no tener hijos, les daba entrada libre a los vecinos que se sentían atraídos por ella.
                Protegido por la oscuridad, tomó algunas piedritas y las tiró sobre la única ventana de la casa. Al no obtener respuesta, entró por el alambrado y cruzó el patio guiándose por un resplandor que llegaba de un foco lejano que alumbraba una casa, a media cuadra. Antes de llegar, un trozo de tela se le estampó en la cara. Era una prenda íntima de Julia que estaba tendida sobre un hilo de cable. Víctor la destrabó de las pinzas y la guardó en su bolsillo. Con el trofeo en su pantalón, decidió regresar a su casa. Su mujer seguía disfrutando de la tranquilidad de su sueño; él entró al baño y, adentro, sacó de su bolsillo la pantaleta de Julia, la olió y la pasó por su cuerpo, se excitó y se masturbó. Antes de entrar a la recámara, fue al cuarto de herramientas que tenía a un costado de la casa y metió en un bote de clavos la prenda robada.
                Desde esa noche, Víctor esperaba la oportunidad para ir en busca de los trofeos y ubicaba las casas de las clientas que le regalaban sonrisas y promesas lujuriosas que nunca le cumplían; salía y, con su propósito bien definido, buscaba los tendederos que tuvieran algunas prendas femeninas, saltaba el alambrado y las hurtaba. Con ellas en los bolsillos, regresaba a casa y realizaba actos perversos en la privacidad del baño para satisfacer sus deseos sexuales insatisfechos por la desatención de Yadira, su mujer.
                Así pasaron cinco semanas hasta que las mujeres se atrevieron a contarse entre sí sobre la desaparición de sus calzones y a hurgar entre los sospechosos del barrio. No faltó quién señalara a Víctor como principal responsable del robo de los calzones de las mujeres y urdieron un plan para atraparlo.
                Víctor no advirtió el descaro con que algunas clientas le coqueteaban para incentivarlo y se atreviera a actuar; por eso, a los pocos días, decidió ir, en la noche, a la casa de Teresa, la mujer de Rafael, quienes vivían a dos casas de la suya, pero no se dio cuenta de que su mujer lo seguía y ella misma descubrió que su marido se dirigía hacia el tendedero de su vecina.
                Cuando Teresa salió con un silbato en la boca, alertando a las demás mujeres para que se unieran y atraparan al “robacalzones”, ni la presencia de Yadira logró salvar al asustado Víctor de ser linchado por las agredidas quienes dejaron sin cuatro dientes y con muchos golpes en el cuerpo al causante de la desaparición de sus “choninos”.