jueves, octubre 25, 2012


EL MANUAL PARA PERVERSOS
La llave
José I. Delgado Bahena
¡Tantos años de trabajar de taxista, para que hasta ahora me fuera a pasar esto! Aunque, claro, yo había escuchado muchas historias parecidas y siempre pensé que eran producto de los miedos de los compañeros del gremio, o excusas para no hacer dejadas de noche a comunidades alejadas.
            Sin embargo, esto que me ocurrió me dejó con el alma colgando de una rama, como secándose al sol y escurrida de tanta advertencia que la experiencia me dejó.
            Pasó que, como a las once de la noche me salió un viaje para Acayahualco, un pueblo que queda por Tepécoa, y como los clientes aceptaron pagarme lo que les pedí, dándoles mis motivos de la inseguridad, pues me animé y me fui a dejarlos. Eran dos señores ya grandes a quienes llevé al pueblo que te digo, por eso no me dieron desconfianza y el viaje estuvo muy bien. Los dejé cerca de la iglesia de su pueblo y regresé.
            Pasando por la desviación al pueblo de Rincón de la Cocina, me di cuenta de que se avecinaba un aguacero, por los relámpagos y el fuerte viento que comenzó a soplar en esos momentos; decidido, aceleré al automóvil y pronto pasé por Tierra Colorada. Estaba por dejar esa población cuando, a un lado de la carretera, por donde está una cancha de futbol, estaba una chamaca parada, haciéndome ademanes para que me detuviera.
            Al estacionar el carro junto a ella, y gracias a la luz de un foco que colgaba de un palo, en la tranca de un potrero, frente a la cancha, me di cuenta de que se trataba de una muchacha como de veinte años, bonita, con un vestido cremita que le llegaba por debajo de la rodilla.
            Inmediatamente se acercó a mi ventanilla y me preguntó, con una voz tenue, como con mucha angustia, si la podía llevar a la comunidad de Tuxpan, le dije que sí y el precio de la dejada, estuvo de acuerdo y subió al auto en la parte trasera.
            Por el camino, traté de hacerle plática, como para descubrir si tenía algunas malas intenciones; pensé que podía ella ser carnada para que sus cómplices me asaltaran; pero, tal vez por sus preocupaciones, sólo respondía con frases cortas o de plano se quedaba callada.
            Antes de llegar al entronque con la carretera que va para Tepécoa, vi por el espejo que sacaba un celular y comenzaba a usarlo como para enviar mensajes.
            Sinceramente, en ese momento comencé a sentir miedo, supuse que les avisaba a otras personas para que me esperaran en algún tramo de ese camino y me dieran baje con la cuenta y hasta con el carro; además, en ese momento se soltó una lluvia que pronto se convirtió en aguacero y me impedía la visibilidad del camino.
            “¿Qué horas son?”, me preguntó con su misma voz débil y quejosa. Ya ni le quería responder, pensé que sólo pretendía distraerme, porque ella podía ver la hora en su celular, pero me armé de valor y le respondí.
            “Las doce con dieciocho”, le contesté después de ver la hora en el reloj del estéreo.
            No dijo “gracias”, ni nada, y siguió metida en su celular.
            Yo, con el miedo que ya traía, estaba súper arrepentido de haberla subido, pero como no me considero un cobarde, o algo por el estilo, me mordí los labios y seguí adelante.
            Al dar la vuelta por la caseta de Iguala, me puse en contacto con la base, para informar, con las claves que todos conocemos, sobre mis sospechas y la descripción de mi pasajera, por cualquier cosa. De todos modos, disimuladamente, ya había escondido, debajo del tapete de mi asiento, los billetes que llevaba.
            “Tú me dice por dónde”, le pedí a la muchacha cuando entramos al pueblo de Tuxpan.
            “Sí, yo le digo, es por atrás de la iglesia”, respondió, ahora, sin despegar su vista del celular, con una voz chillona, diferente a la que traía cuando se subió.
            Al llegar a la iglesia, la rodeé y seguí por una callecita.
“¿Vamos bien?”, le pregunté ya un poco más tranquilo, pero tratando de evitar la corriente de agua que se había formado con la lluvia que no terminaba de caer.
“Sí, en la siguiente calle dé vuelta a la derecha. Hay una tranca junto a un mango grande. A un lado del mango hay una piedra blanca, debajo de esa piedra escondí una llave que mi madre necesita y vengo a dársela”. Me dio toda esa explicación que me pareció extraña; sin embargo, sirvió para recorrer la distancia que faltaba.
            “Espere, por favor, voy a traer dinero para pagarle”, me dijo nuevamente con su voz tenue que apenas alcancé a oír por el ruido del agua sobre el carro.
            Sin importarle la lluvia, se bajó y yo aproveché para comunicarme con la operadora de mi base para decirle que había llegado con bien a mi destino y que no se preocuparan.
            Estuve a la espera, con el motor encendido, por unos diez  minutos. Al ver que no salía, comencé a tocar el claxon insistentemente. Al fondo de un patio enorme, después de la tranca, se veía una casa humilde, a oscuras.
            Desesperado, e impaciente por creer que no saldría, decidí retirarme con la intención de regresar al siguiente día a cobrar los setenta pesos que acordamos por traerla desde el pueblo de Tierra Colorada.
            Así lo hice. Temprano, como a las diez de la mañana, llegué a la casa donde había dejado a la muchacha la noche anterior. ¡Buenos días!, grité para que mi voz atravesara el patio y me escucharan.
            Del interior de la casita, salió una señora de, aproximadamente, setenta años de edad. Al llegar a la tranca le expliqué sobre el motivo de mi visita.
            “¡Ay, señor!”, exclamó con dolor y a punto de las lágrimas, “…era mi hija. Tiene que disculparla, lo más seguro es que su alma no descansa todavía. Hace como tres meses que murió en un accidente, ella venía manejando su coche, era maestra y venía con otro compañero de ella, que no murió, y nos dijo que por venir mandando mensajes con su celular, se metió a otro carril y chocó contra otro carro. ¿Qué quedrá mi hija si ya le estamos haciendo los rezos para su ofrenda?”
            Con mi voz temblando, le comenté lo de la llave debajo de la piedra; me pidió que le ayudara y, efectivamente, ahí estaba una llave plateada.
            “¡Ay, mi hija!, se preocupó por venir a decirnos dónde tenía esta llave. Es para abrir un mueble, ahí están sus papeles del seguro y otras cosas que necesitamos. ¿Quiere pasar?”
            Le agradecí la invitación y preferí retirarme. Eso pasó hace dos años y todavía no logro entender por qué esa muchacha me empleó para regresar a su casa.
Contáctame:
Facebook: José I. Delgado Bahena

miércoles, octubre 17, 2012


TE AMARÉ
José I. Delgado Bahena
Aunque me digan que contigo
seré una estrella errante,
sin meta ni destino;
aunque me amenacen con el diablo,
el infierno y los malditos;
aunque me insulten y condenen,
aunque me esclavicen
y me aten con púas y cadenas,
aunque me claven mil puñales
en mi corazón poeta;
también así,
mientras tenga un suspiro
en mis pulmones,
te amaré
y seré tu errante enamorado,
una estrella por tu amor perdida;
serás mi infierno,
será tuya mi alma
y serás mi condena más sublime,
seré tu esclavo.
 Entonces, serás mi más tierna herida
y para ti será mi último suspiro,
porque, amor,
te amo tanto que
a pesar de todo y de todos,
te amaré por el resto de mi vida.

jueves, septiembre 27, 2012

CUANDO PIENSO EN TI
Cuando pienso en ti
una lágrima tibia me sonríe.
Es un llanto nuevo
que brota del amor que en mí cultivas.

martes, julio 03, 2012


MANUAL PARA PERVERSOS
A través de las lágrimas
José I. Delgado Bahena
Era un muchacho como cualquier otro: con capacidades para comerse el mundo, pero con sus debilidades a flor de piel que lo hacían vulnerable ante las restricciones y presiones de sus padres.
            Una de sus mayores aficiones era la música. El tiempo se deslizaba en sus venas escuchando a sus grupos favoritos, entre los que destacaban los Rolling Stones y su canción “A través de las lágrimas”. Nadie lo sacaba de su habitación mientras entonaba sus canciones.
            ─Ponte a hacer algo –le decía su madre cuando lo encontraba tirado sobre el piso, cerca de la ventana de su cuarto−, eres un holgazán.
            −Jaime no respondía a la exigencia y se limitaba a ponerse los auriculares de su celular ignorando las presiones que Luisa, la madre, le hacía en ausencia del padre a quien sólo veía los fines de semana cuando salía libre del cuartel militar donde había alcanzado el grado de sargento.
            “I´m waiting for your love”, de los Pericos, era la rola que escuchaba cuando le llegó el mensaje de Silvia, su novia: “Necesito verte, debo decirte algo”, le decía en el texto.
            No pudo responder por falta de saldo en su aparato y se limitó a subir el volumen a su música. Hubiera querido salir de casa para ir en busca de Silvia, pero sabía de las restricciones de la madre y que era inútil pedir permiso, mucho menos algo de dinero para trasladarse.
            Él y Silvia se conocieron en la escuela secundaria No. 213, que está por el periférico. Desde primer grado, Jaime se sintió atraído por la sonrisa de ella y desde que les tocó participar juntos en una investigación que la maestra de Español les encargó por equipo, buscó la forma de ganarse su afecto y hacerse su amigo.
            Fue hasta el tercer grado cuando, estando sentados en una de las jardineras de la escuela, sin declaración ni petición alguna, de pronto, en una de las tantas veces que, jugando, se abrazaban, sin pensarlo ni planearlo, sus bocas quedaron tan cerca que fue fácil propiciar el contacto y se besaron con el cariño que vinieron sembrando durante la amistad de los meses anteriores.
            A partir de entonces, el asistir a la escuela tenía, para Jaime, doble motivación: el aprender los elementos que él necesitaba para desarrollar su habilidad artística en cuanto a la música, su pasión, y, además, la oportunidad de ver a Silvia, convivir con ella durante los descansos y regalarse un par de besos furtivos protegidos por el tronco de un guamúchil en la orilla del patio.
            Desafortunadamente, para Jaime, la vida le dio una voltereta en las peripecias que mostraba por las tardes, en la única distracción que su padre militar y la madre represora le permitían: patinar.
            Esto le cambiaría su vida: practicar el patinaje agresivo, roller o skate inline, con trucos variados basados en giros y posiciones de los pies para saltar.
            Aprendió los trucos básicos: el soul, mizou, acid-soul, pornstar, makio, royale. Con eso fue ganando experiencia y confianza para aceptar los retos que sus compañeros de patinaje, reunidos junto al estadio de futbol, le hacían para lograr mejores acrobacias.
            Por eso se atrevió a hacer giros de 180° y vueltas enteras de 360º para caer de frente o de espaldas. Pero su confianza lo perdió porque en una de esa piruetas perdió el control del impulso y se estrelló en el piso, de cabeza, provocándose una lesión craneana tan grave que lo tuvo en el hospital por más de un mes.
            Este accidente le llevó a dejar la escuela y a mantenerse en casa para recuperar la totalidad de sus funciones con apoyo de la madre quien lo llevaba diariamente al hospital a sus ejercicios de rehabilitación con la terapista Albina.
            Por eso, su única distracción ahora era pensar en Silvia quien, después de tres meses de no verlo, lo buscaba aún a costa del impedimento de la madre para dejarlo salir.
            Por esas negativas, y la imperiosa necesidad de escapar para poder ver a Silvia, esperó a que su madre se distrajera en el baño y, sin avisar, salió de la casa, rumbo a la escuela, en busca de su novia.
            Lo que vio al llegar lo dejó pasmado.
            En esos momentos, Silvia salía entre la algarabía de varios de sus compañeros quienes, entre el alboroto que hacían y el tumulto que formaban, impedían que ella pudiera ver a Jaime que la esperaba del otro lado del periférico, con ansiedad, turbación y desconsuelo al verla de la mano con Daniel, su compañero de clase, y de quien se despedía con un beso en la boca.
            Esta escena le impulsó a correr hacia ella con el llanto bañando su rostro y cruzando la avenida sin precaución alguna; por lo que no vio una camioneta gris que se acercaba a gran velocidad, atropellándolo, mientras en su mente repetía parte de su canción favorita: “Rodando en las profundidades, las lágrimas van a caer, rodando en las profundidades…”
***
Escucha el “Manual para perversos”, todos los miércoles a las 6:00 PM por el 104.7 FM
Escríbeme:
jose_delgado9@hotmail.com

viernes, mayo 25, 2012


“El robacalzones”
José I. Delgado Bahena
Víctor había llegado, con sus cuarenta y cuatro años de edad, de los Estados Unidos, junto con su esposa Yadira –diecisiete años mayor que él− después de haber estado en el país vecino trabajando, durante algún tiempo, y reuniendo algo de dinero para volver a México con el propósito de poner un negocio y quedarse a vivir definitivamente aquí.
                Ambos eran originarios del estado de Durango, pero en Los Ángeles conocieron a una pareja de recién casados que habían llegado de Iguala y les ofrecieron en venta su terreno, con todo y casa, que habían dejado por el rumbo de la Ciudad Industrial.
                Ellos aceptaron el trato y se vinieron a esta colonia nueva donde las casas apenas si estaban protegidas con alambrado de púas y las calles no contaban con alumbrado público ni pavimentación alguna.
                Ya instalados, invirtieron su capital en una tienda de abarrotes que pusieron en la esquina del terreno.
                A los pocos meses de haber llegado, Víctor se hizo amigo de casi toda la gente que iba a comprar a su tienda; pero, principalmente de los hombres, quienes iban a tomarse unas cervezas junto a la tienda y él los acompañaba en un chismorreo masculino semejante al que arman las mujeres cuando van por las tortillas.
                Por esas pláticas se enteró de quiénes de las mujeres casadas de la colonia, les ponían el cuerno a sus maridos y quiénes de las solteras aceptaba las propuestas indecorosas que los hombres les hacían sólo por pasar a gusto un rato en una cama de hotel o, de plano, en alguna parte oscura del barrio.
                Por eso, cuando las mencionadas llegaban a su tienda en busca de alguno de los artículos que él vendía, el tono y la mirada que usaba para atenderlas eran con intención de parecer amables pero llevaban cierto coqueteo que no pasaba desapercibido por las féminas quienes, aprovechando ese interés por parte de Víctor, le pedían rebajas y hasta fiado, con promesas de pagarle de “algún modo”.
                Él se daba por aludido en sus pretensiones y por las noches, cuando Yadira se acostaba con sus permanentes dolores de cabeza, salía a la calle a fumarse un cigarro y a tomarse una caguama, solo, en la puerta de la tienda.
                En una de esas noches, incitado por los efectos del alcohol, se atrevió a caminar sin rumbo por las calles disparejas de la colonia; sus pasos lo llevaron hasta la cerca de la casa de Julia, la mujer de Andrés, de quien se sabía que, aprovechando que el marido salía por las noches hacia su trabajo de mesero en un local de comida en la Feria de la bandera y que se quedaba sola, por no tener hijos, les daba entrada libre a los vecinos que se sentían atraídos por ella.
                Protegido por la oscuridad, tomó algunas piedritas y las tiró sobre la única ventana de la casa. Al no obtener respuesta, entró por el alambrado y cruzó el patio guiándose por un resplandor que llegaba de un foco lejano que alumbraba una casa, a media cuadra. Antes de llegar, un trozo de tela se le estampó en la cara. Era una prenda íntima de Julia que estaba tendida sobre un hilo de cable. Víctor la destrabó de las pinzas y la guardó en su bolsillo. Con el trofeo en su pantalón, decidió regresar a su casa. Su mujer seguía disfrutando de la tranquilidad de su sueño; él entró al baño y, adentro, sacó de su bolsillo la pantaleta de Julia, la olió y la pasó por su cuerpo, se excitó y se masturbó. Antes de entrar a la recámara, fue al cuarto de herramientas que tenía a un costado de la casa y metió en un bote de clavos la prenda robada.
                Desde esa noche, Víctor esperaba la oportunidad para ir en busca de los trofeos y ubicaba las casas de las clientas que le regalaban sonrisas y promesas lujuriosas que nunca le cumplían; salía y, con su propósito bien definido, buscaba los tendederos que tuvieran algunas prendas femeninas, saltaba el alambrado y las hurtaba. Con ellas en los bolsillos, regresaba a casa y realizaba actos perversos en la privacidad del baño para satisfacer sus deseos sexuales insatisfechos por la desatención de Yadira, su mujer.
                Así pasaron cinco semanas hasta que las mujeres se atrevieron a contarse entre sí sobre la desaparición de sus calzones y a hurgar entre los sospechosos del barrio. No faltó quién señalara a Víctor como principal responsable del robo de los calzones de las mujeres y urdieron un plan para atraparlo.
                Víctor no advirtió el descaro con que algunas clientas le coqueteaban para incentivarlo y se atreviera a actuar; por eso, a los pocos días, decidió ir, en la noche, a la casa de Teresa, la mujer de Rafael, quienes vivían a dos casas de la suya, pero no se dio cuenta de que su mujer lo seguía y ella misma descubrió que su marido se dirigía hacia el tendedero de su vecina.
                Cuando Teresa salió con un silbato en la boca, alertando a las demás mujeres para que se unieran y atraparan al “robacalzones”, ni la presencia de Yadira logró salvar al asustado Víctor de ser linchado por las agredidas quienes dejaron sin cuatro dientes y con muchos golpes en el cuerpo al causante de la desaparición de sus “choninos”.

MANUAL PARA PERVERSOS
Esquina rota
José I. Delgado Bahena
                −¿Ya llegaste? –le preguntó Evelia a Esteban al verlo entrar a la casa.
                −No –contestó de mala gana−. Lo que ves es mi sombra…
                −No seas grosero.
                −¡Pues no hagas preguntas estúpidas! –le gritó él, embarrando sobre su cara el aliento agrio de los vasos de tequila que se había tomado en compañía de Isidro y Adrián, sus amigos de toda la vida, con quienes trabajaba en las oficinas del IMSS.
                Dieciséis años tenían de casados y sólo dos les duró la luna de miel, hasta que llegó su hijo David. Después tuvieron a Manuel y las oportunidades para recuperarse se diluyeron.
                −¿Por qué te emborrachaste? –le preguntó ella mientras encendía la estufa para calentarle el arroz y los huevos duros que había preparado para la comida.
                −No me emborraché –contestó sentándose en la sala para quitarse los zapatos. Sólo estuve un rato en el billar, viendo el futbol con mis amigos.
                −Tus amigos… −refunfuñó ella.
                −Ya cállate y sírveme aquí, quiero ver la tele mientras ceno.
                Ella era secretaria en las oficinas del ISSSTE y eso le favorecía para estar al pendiente de los dos muchachos que estudiaban en una secundaria cercana: uno en tercer grado y el otro en primero. Por eso, cuando pasaba a dejarlos y observaba la barda destruida, por la que los alumnos podrían escapar fácilmente o (“ni Dios lo mande”, pensaba) que algún vago entrara y quisiera hacerles daño e, incluso, como se sabe (en otras escuelas): les quisiera ofrecer droga y engancharlos en el vicio.
                −¿Sabes, viejo? –le dijo, después de que Esteban se había bañado y estaban en la recámara, dispuestos a descansar−, en la escuela tuvimos una reunión de padres de familia porque queremos exigirle al director que mande a reparar la barda.
                −¿Y qué pasó?
                −Pues, dice que ya hizo el trámite en el gobierno pero que no le han dado respuesta. Nos dijo que diéramos una cooperación o que hiciéramos kermeses para reunir fondos. Unos padres no quisieron y se enojaron mucho porque, dicen, no se ve en qué han gastado lo de las cuotas de inscripción.
                −¿Y yo qué?
                −¡Cómo que qué! ¡Eres el padre de mis hijos! ¡Quiero saber tu opinión!
                −¿Para qué?
                −¿No te importan tus hijos?
                −Sí. Pero recuerda que, cuando nos casamos, dijimos que yo iba a trabajar y tú te ibas a encargar del hogar; después quisiste trabajar diciendo que podías con las dos cosas. Tú decide, a mí no me metas en esos chismes.
                Con ese último diálogo, Esteban cerró la conversación y se dispuso a dormir.
                Con el paso de los días, Evelia compartía poco tiempo con su marido y entraba y salía de la casa en diferentes horarios, en ocasiones acompañada por alguno de sus hijos y a veces sola.
                −Oye, ¿a dónde vas? –le preguntó él la noche en que veía en la televisión la final del futbol mexicano.
                −A ver a David –respondió ella muy cortante y con un tono de amargura.
                −¿No está en su cuarto?
                −¿Ves…? Por no interesarte por ellos, ni te enteras de  lo que pasa en esta casa.
                −Para eso estás tú; no me reclames nada y dime dónde está mi hijo.
                −Ah, tu hijo… Pues, si quieres saberlo, acompáñame.
                −Ya no te hagas la dramática y dime. Seguramente está con la novia o con los amigos haciendo tarea.
                −Mejor acompáñame, ¿no?
                En silencio abordaron el automóvil de Evelia. Durante el trayecto, Esteban reflexionaba sobre la última ocasión en que había convivido con sus hijos y su mente tuvo que esforzarse demasiado para regresar, dos años antes, cuando David tenía doce y Manuel diez.
                En aquella ocasión, David invitó a su padre a que se acercara a la computadora para que viera cuántos contactos tenía en Facebook. Él se sentó junto a su hijo y leyó un poco de lo que sus amigos virtuales le escribían.
                Ahora, dos años después, se preguntaba qué tanto había cambiado su hijo mayor y qué estaría haciendo a las diez de la noche en la calle.
                La respuesta la obtuvo casi de inmediato. Evelia estacionaba el auto frente a las oficinas del Ministerio Público y le pedía que se bajara. Al entrar y después de esperar cuarenta minutos para ser atendidos, un agente les explicó el motivo de la detención del muchacho:
                “Tengo que informarles que a su hijo lo detuvimos in fragantti en el momento en el que adquiría droga en la esquina de su escuela; además, tenemos informes de que él era uno de los distribuidores entre sus compañeros. Él lo acepta y dice que un amigo que conoció por internet lo invitó a hacerlo. Será remitido a la correccional para menores.”
                Escríbeme:
jose_delgado9@hotmail.com

jueves, abril 19, 2012

sábado, febrero 25, 2012

PRESENTACIÓN DEL TOMO II DEL MANUAL PARA PERVERSOS.

lunes, febrero 20, 2012


NI PORQUE LE DI EL “FUA”
Llamada preocupante:
“Tenemos secuestrada a su suegra.”
Llamada aterradora:
“Si no paga se la regresamos.”

−Bueno, ‘ora sí que mi historia te la cuento nomás porque me gusta cómo escribes –me dijo, con una voz que le brotaba desde el estómago, como si le hubieran dado un martillazo en el hígado−; pero, pues… además, yo creo que todos, en el pueblo, lo sabían. Eso pasa siempre: nadie te dice que tu vieja te anda haciendo de chivo los tamales hasta que tú mismo lo adviertes; una de dos: si estás casado, ya sea porque de pronto le duele mucho la cabeza y ya no te hace caso en la cama, o porque deja de hacerte tu platillo preferido y, en vez de servirte, nomás te dice: “ai´ te dejo la comida en el refri, orita vengo”. Y se va, según a ver a su mamá y pues, uno se la cree pero, claro, todo tiene un límite. O, si estás soltero, de novio, te das cuenta de que algo anda mal cuando empieza  a poner pretextos para verse o con sus mentados mensajitos en su cel, y luego que te quiera hacer güey con: “son las noticias”.
            ‘Ora que, como en mi caso, cuando te sale con la jalada de: “me acosté con Felipe, tu mejor amigo”, pues ya no sabes cómo leer su mirada y el tono de su voz, si como honestidad o como cinismo; y todavía más, después de dos años de novios, si te sale con esto, te dan ganas de decir: ¿tanto rogarle que anduviera conmigo, para hacerme esta jugada? Y, además, con mi cuate, ¡que es casado!
            Ah, pero no creas que me importó –dijo, alzando la mirada hacia el cielo, como buscando una respuesta−, la perdoné y seguí con ella. Imagínate cuánto la quiero: yo la respetaba y me sale con que se había entregado a otro, pero la perdoné.
            Eso fue, tal vez, lo malo.
            De por sí que su pinche madre me disparaba cuchillos con sus ojos cada vez que me encontraba con Josefina y nunca estuvo de acuerdo con que yo fuera su yerno. “Es un fracasado, no tiene ni en qué caerse muerto”, le decía a su hija.  “Mejor hazte novia de Alejandro”, insistía, para que le echara ojo a su vecino que había llegado de los Estados Unidos en una troca bien perrona. Por eso, mejor me metí a este grupo de la policía secreta, porque quería dar el extra, dar el “Fua”, pues, para darle en la torre a la señora y de una vez ganarme a Josefina.
            Sólo así la convencí de que se fuera conmigo y me la robé por tres días. Nos fuimos al pueblito de mi mamá, a la casa de mi abuelo; pero, pues, el gusto nos duró poco porque al tercer día el anciano se murió y tuvimos que avisar a la familia. Entonces, como la voluntad y el amor de Josefina no estaban tan firmes, regresó con su mamá, porque iban a hablar con su papá, que estaba en el “norte”, y la convencieron de que me dejara.
            Entonces, yo quería hacer muchas fregaderas, porque leía tu libro y me daba cuenta que por amor podía hacer muchas cosas, hasta matarla. Pero reflexionaba y decía que más valía que me aguantara. Mis cuates me invitaban a beber, dizque para que la olvidara, y hasta me torturaban, para hacerme más hombre, según ellos. Me tapaban la cara con una toalla y me echaban cubetadas de agua, pero sólo me acordaba más de ella y me ponía a romper cosas y terminaba como becerro destetado: brame y brame.
            Lo grave es que mis cuates terminaban chillando conmigo porque veían que sufría mucho y decían: “no se vale” y le dedicaban muchas fregaderas.
            Es que, la neta, no se vale. Ya casi nos casábamos; sólo que llegó Alejandro, y como empezó a pasearla en su camioneta para todos lados… pues, la vieja de su madre, “ora” sí: bien contenta.
            Lo peor fue –agregó con ojos enrojecidos y con las manos enlazadas− que a los dos meses se casó con Alejandro. Entonces sí, había perdido toda esperanza.
            −¿Por qué hablas como si todavía hubiera algo entre ustedes? –le interrogué, intrigado, descubriendo un nuevo tono en su voz.
            −Ah, porque aquí viene lo bueno –respondió, sacando su teléfono celular de la funda donde lo tenía asegurado en su cinturón−: hace un mes me enteré de que ella estaba embarazada y le envié un mensaje preguntándole que quién era el padre y, ¿qué crees que me contestó?
            −Que era tuyo –le dije, aventurando una respuesta lógica.
            −No –dijo, mostrándome un mensaje de su teléfono−. “Es de Alfredo, pero a quien quiero es a ti.” –decía el mensaje.
            −¿Ves? −continuó− Ayer se fue Alejandro a los Estados Unidos y la dejó con su madre. Yo creo que él se dio cuenta de que no podría ser el padre de ese hijo y mejor se fue. Ahora, como Alfredo no podrá responderle a Josefina, porque está casado, todo queda en mis manos. Voy a luchar por ella otra vez, aunque el niño no sea mío; al fin, dicen que padre es quien los cría, no el que los hace. Sé que voy a ganármela porque voy a dar el extra, voy a dar el “Fua”.

¿DE QUIÉN ES LA CULPA?
Cuando creíamos
que teníamos todas las respuestas,
de pronto, cambiaron
todas las preguntas.
                                                         Mario Benedetti

 “Yo no tengo la culpa”, me dijo desviando la mirada hacia una caja de contactos eléctricos que está incrustada en el tronco de uno de los viejos y emblemáticos tamarindos del centro de la ciudad.
            Estábamos platicando sentados en una banca del zócalo, después de oír misa en la parroquia de San Francisco. “Ella” había dejado su casa por irse a vivir conmigo, ilusionada en una aceptación que no encontró jamás en sus amigos, sus hermanos y,  mucho menos, en sus padres.
            La conocí en un antro, por el “peri”, una noche en que Rafael me invitó a tomar unas cervezas y fuimos a parar a ese lugar en el que un grupo de travestis imitaban, con sus movimientos y vestuarios, a los artistas de moda, tanto nacionales como extranjeros.
            La verdad, a mis treinta años, nunca había ido a un lugar de esos. En donde yo vivía, sólo hay dos cantinas y un billar para ir a divertirse; pero, como mi amigo me invitó a venirme a trabajar en el ayuntamiento, pues… acepté y dejé el pueblo.
            En el antro vimos desfilar ante nuestros ojos a Madona, Alejandra Guzmán, Yuri, Lady Gaga, Yuridia, Ricky Martin, Gloria Trevi y otros que no me aprendí sus nombres. “Ella” interpretó a Paulina Rubio y cuando vi su cuerpo bien delineado, con su rubia cabellera, moviéndose al ritmo de: “Lo haré por ti, porque lo siento, porque tú me elevas…”, le dije a Rafa:
            −No manches, con esa sí me casaba.
            −¡Ja, ja, ja! –se rió él−, ¿no ves que son hombres?
            −¡¿En serio?! –le pregunté incrédulo.
            −Sí, mira: si gustas, en cuanto terminen su show le invitamos una cerveza, para que te convenzas.
            Mi amigo le envió la invitación con el mesero que nos atendía y a los pocos minutos ella se encontraba en nuestra mesa, tomándose un jugo de naranja y fumándose un cigarro.
            −¿Cómo te llamas? –le pregunté, como para salir de dudas.
            −Paloma –me contestó con una voz indefinida cuyo tono se me perdió en el bullicio de la música y de la gente−. ¿Y tú?
            −Juan –le contesté perdido en el brillo de sus ojos verdes que, después supe, eran pupilentes.
            Es lo único que recuerdo de esa noche.
            Al siguiente día desperté con “ella” a mi lado, en el cuartito que rentaba cerca de la casa de mi amigo. ¿Qué pasó? No sé. Pero al ver su espalda desnuda y su cabellera de oro descansando sobre mi almohada, me dije que no me importaban su pasado ni lo que dijera la gente; la aceptaría conmigo, la respetaría y la defendería.
            Cuando despertó, pude ver con claridad sus manos grandes, de hombre,  sus pies sin depilar que disimulaba con el vestuario y el maquillaje en la representación de su personaje.
            −¿No te arrepientes? –me preguntó con su voz de tórtola.
            −¿De qué? –le devolví la pregunta.
            −De haberme invitado a vivir contigo. Si lo hiciste porque estabas borracho –continuó, sentada al borde de la cama y viendo hacia el piso−, no te preocupes, me voy y no me volverás a ver.
            −No sé qué te dije, ni qué te prometí –le objeté−, pero esta aventura ya inició y, si estás de acuerdo, sigamos igual y… a ver qué pasa.
            Por supuesto que estuvo de acuerdo. Hemos vivido juntos por más de un año; “ella” en su trabajo y yo en el mío. En ocasiones, la voy a recoger y la espero en la entrada del centro nocturno. La verdad, a veces siento celos de que otros la vean con las diminutas prendas con las que actúa.
            Todo había caminado sin sobresaltos, hasta que Rafael me dijo, a la salida del trabajo:
            − ¿Cómo vas con tu Paloma?
            −Bien. ¿Por qué? –le pregunté, extrañado por su cuestionamiento.
            −Por nada. Sólo espero que te estés cuidando y no olvides tener precauciones.
            Esta plática me hizo reflexionar en que la única ocasión que habíamos actuado sin protección fue aquella vez en que nos conocimos. Sin embargo, para no dejar suelto ese cabo, le pedí a Paloma que fuéramos a hacernos los estudios de laboratorio, para estar seguros.
            Después de recibir los resultados, fuimos a misa, como para desahogar el desconsuelo del diagnóstico.
            −Claro que no tienes la culpa –le dije, fijando también la vista en la caja insertada en el tamarindo−, no me obligaste a nada y si me contagiaste el SIDA fue también por irresponsabilidad mía, no sólo tuya. Además, así como enfrentamos al mundo para vivir nuestra relación, lo haremos para atendernos.
            “Ella” se recargó en mi hombro con una muda respuesta de aceptación, ante los días negros que se avecinaban, mientras una ardilla bajaba a la derruida fuente del zócalo en busca de un poco de agua, aunque fuera con lodito.

LA TECAMPANA.
“El sexo es como las matemáticas:
 súmale la cama, réstale la ropa, divide las piernas
y ruega que no te multipliques”

A Óscar, de niño, su padres lo ponían a vender cajitas de arroz (un pan elaborado con arroz molido que se vende en un molde rectangular, prendido por dos palillos de zacate) a un lado de la presidencia municipal; después, cuando estudiaba la secundaria, en la Ignacio Altamirano, aprovechaba sus horas libres, por las tardes, para ayudarle a Rufino en su expendio de mole rojo, típico de la región, y sacaba sus buenos centavos de aquel entonces.
                Después, cuando decidió irse a la Ciudad de México, para cursar la escuela preparatoria con el fin de lograr el pase directo a la UNAM, y estudiar la carrera de abogado, se dedicó a promover, entre sus compañeros y maestros, las tradiciones de su pueblo natal y organizaba excursiones los fines de semana para que vinieran a visitar las famosas piedras de la Tecampana y conocieran la danza de los diablos.
                Por eso, con motivo de haber terminado su carrera, el grupo de Óscar, compuesto por veintidós muchachos, entre hombres y mujeres, visitaron Teloloapan; pero, cuando subían por el cerro para llegar al lugar de las rocas cantarinas, Sandra resbaló, y Óscar, yendo a su lado, de casualidad, no tuvo más remedio que abrazarla, para evitar que cayera, y sus manos quedaron justo sobre los pechos de ella.
                −Pinche Óscar –le dijo Sandra−, ¡qué manotas tienes!
                −Perdón… −respondió él, sonrojándose.
                −No. No te preocupes güey: me gustó.
                Óscar sólo sonrió. De por sí, entre su familia: los Salgado, tenían fama de ser mujeriegos; “Para conservar la sangre”, decían. Con eso fue suficiente para que, los que observaron el incidente, lo comentaran en la noche mientras realizaban una lunada en el patio de la casa de Óscar quien, como anfitrión, organizó ese convivio entre sus compañeros de la facultad.
                Una hora después, cuando se terminaron la primera botella del mezcal “Guerrero”−que a Óscar le consiguió su tío Marcelo directamente de la destiladora, en Teloloapan−, a su compañero Julián se le ocurrió que participaran en el juego de la botella con el envase del mezcal. Todos aceptaron, incluso el profe Lucas y la maestra Catalina que fueron con los muchachos a esa excursión. Además de los castigos que se impusieron y los pagos de prendas, acordaron que quienes coincidieran en tres ocasiones con los extremos de la botella, tendrían como “premio” el dormir juntos, así fueran del sexo opuesto.
                Entre las parejas que se formaron, a Óscar le tocó dormir con Sandra y todos hicieron bulla, por el incidente de la Tecampana. Así: poco a poco, se fueron acomodando sobre unos petates que les tendieron en el corredor de la casa y, con las luces apagadas, en algunos sitios de los durmientes sólo se escucharon murmullos, quejidos, suspiros y ronquidos…hasta que llegó la  luz del día.
                Todo habría quedado en un juego, a no ser porque en los siguientes días, a Sandra se le interrumpió “la regla”. Por supuesto, aunque no eran novios, ni “amigos con derechos”, al menos, Óscar se sintió responsable y le ofreció casarse con ella. Sandra no aceptó y le dijo que no se preocupara, que se iría a Chihuahua con su familia y le haría frente a su maternidad como madre soltera. Él le ofreció un anillo de plata, muy especial, que se había mandado a hacer en Taxco, como símbolo de un lazo que los uniría por siempre.
                Al siguiente año, Óscar decidió casarse con Refugio, una sobrina de los Bustamante, de Teloloapan, y hacer de la política su profesión.
                Después de varios años de desempeñar algunos cargos de elección popular, llegó a ser presidente del municipio donde nació. Estaba por terminar su periodo cuando Lina, su hija mayor, que estudiaba en la capital del país, le pidió permiso para invitar a uno de sus compañeros de la Universidad que tenía mucho interés en conocer las piedras de la Tecampana.
                Él no se negó. Los muchachos, en la mañana que llegaron, lo primero que hicieron fue dirigirse al lugar donde la leyenda une a Tecampa y a Na en una triste historia de amor, y donde Lina y su acompañante, teniendo como cómplices el esplendoroso cielo azul y las piedras de tonos argentinos, acomodaron un lecho sobre el pastizal y, dejándose llevar por sus impulsos juveniles, se entregaron sin reservas al río embravecido del deseo sexual.
                Por la tarde, estando en casa de la familia de Óscar y regresando él de la oficina, en la presidencia municipal, se encontró con los muchachos. Al presentarle Lina a Sergio, su acompañante, y extenderle éste su mano en señal de saludo, pudo reconocer, sin lugar a dudas, en uno de sus dedos, el anillo que le obsequiara a Sandra en el momento de su despedida. Sólo una pregunta fue suficiente para corroborar sus sospechas:
                −¿De dónde eres originario, muchacho?
                −De Chihuahua, señor. ¿Por qué?
                −Por nada –contestó Óscar sentándose sobre el brazo del sofá de la sala y pensando en la mejor forma de develar el secreto que había ocultado por tantos años a su familia.

viernes, enero 20, 2012


El closet
José I. Delgado Bahena
Daniel tenía diecisiete años cuando conoció a Israel, su compañero de la prepa con quien convivía durante las horas libres y de inmediato se sintió atraído hacia él.
                Desde pequeño, cuando, sin que se dieran cuenta sus dos hermanas –una dos años menos y la otra dos más que él− les tomaba sus vestidos y se los probaba, frente al espejo del ropero de sus padres, imitando sus modos para caminar y sus ademanes, supo que no era un niño “normal”.
                Para disimular su preferencia sexual, durante la secundaria, logró que su mejor amiga: Dolores, aceptara aparentar ser su novia, sólo porque sus compañeros comenzaban a hostigarlo con apodos, risitas y manoseos en sus glúteos cuando lo topaban por los pasillos de su escuela.
                En aquella época, Lola, como le decían todos a su amiga, fue su única confidente y ella supo, por la misma boca de Daniel, que a él no le interesaban las niñas, aunque tampoco sentía atracción por algún muchacho conocido.
                Pero cuando entró a la prepa y conoció a Israel, premeditadamente buscó la forma de hacerse su amigo y trató de disimular su amaneramiento que en ocasiones lo delataba pero, incluso, Israel mismo se mofaba del tono casi femenino que Daniel daba a sus palabras.
                De todos modos, a Israel no le importaban los comentarios y las sospechas que la forma apresuradita de caminar de su amigo despertaban entre sus compañeros y mantuvo su amistad durante dos semestres, compartiendo tiempos y apoyándose en la realización de tareas.
                Martín, el padre de Daniel, era ingeniero mecánico y había puesto su taller automotriz por el sur de la ciudad con la esperanza de que su único hijo varón siguiera sus pasos y viera como su futura herencia el oficio y el negocio. Por eso insistió en que Daniel estudiara en esa escuela donde le ofrecían el perfil de técnico automotriz; sin embargo, el muchacho repudiaba la idea de terminar el día engrasado, como su padre, y soñaba con estudiar ballet clásico o pertenecer, al menos, a un club de danza moderna donde pudiera desplegar sus mejores pasos al ritmo de una música sensual  y buena coreografía.
                Para desahogar un sentimiento que no podía externar con libertad ante su amigo, Daniel escribía canciones de sus artistas favoritos y copiaba poemas de un libro que le prestaban en “Letrópolis”, un club de lectura que había en su escuela. Después agregaba dibujos que él mismo hacía y se los obsequiaba.
                Estaban en el tercer semestre y era el último día de clases antes de irse de vacaciones en la temporada decembrina, cuando Israel soltó un latigazo en la espalda de Daniel:
                −¿Qué crees? –le dijo, mientras se dirigían a la dirección de la escuela para preguntar sobre un maestro que no había llegado−, Lilí es mi novia.
                −¿¡Qué!? –exclamó él.
                −Sí. Ayer la encontré en la plaza y nos pusimos a platicar. Me confió que yo le gusto pero que no tenía esperanzas porque pensaba que tú y yo éramos pareja.
                −¿Qué le dijiste? –preguntó Daniel casi con desesperación.
                −La verdad: que sólo somos amigos y que, además, también a mí ella me gustaba.
                −¿Y luego…?
                −Pues… nada: entramos al cine y ahí mismo nos besamos. ¿Por qué te has puesto serio?
                Daniel no contestó a la pregunta de su amigo. Con las manos en la boca corrió hacia el baño que estaba a unos cuantos metros; ahí, en una de las tazas, vomitó el desayuno que había tomado en casa antes de salir hacia la escuela.
                −¿Qué tienes? –le preguntó Israel sinceramente preocupado.
                −Nada. Vete. Voy a estar bien… no te preocupes –contestó Daniel con los ojos inundados por el llanto.
                −¿Por qué lloras? ¿Te duele algo? –insistió Israel.
                −¡Que te largues pendejo! –gritó Daniel− ¿No te das cuenta que me lastimas con eso, porque te amo?
                −¡No manches! Yo te quiero, pero como amigo; si tú te confundiste y pensaste otra cosa, es tu problema. Espero recapacites y entiendas que yo no soy como tú. Luego nos vemos.
                Fue el último día que Daniel pisó la escuela. Aprovechando que su tío Chalo estaba de visita en casa, habiendo llegado de los Estados Unidos, le pidió que se lo llevara con él al país vecino.
                Después de cinco años, hace un mes se le volvió a ver por el zócalo de la ciudad tamarindera. Sólo que ahora viste pantalones entallados, tacones y blusas, así como ha dejado crecer su cabello, se lo pinta de rubio y se lo alacia, porque dice que ya salió del closet, y ha cambiado su nombre: ahora es “Lady Gaga”.