viernes, mayo 25, 2012


“El robacalzones”
José I. Delgado Bahena
Víctor había llegado, con sus cuarenta y cuatro años de edad, de los Estados Unidos, junto con su esposa Yadira –diecisiete años mayor que él− después de haber estado en el país vecino trabajando, durante algún tiempo, y reuniendo algo de dinero para volver a México con el propósito de poner un negocio y quedarse a vivir definitivamente aquí.
                Ambos eran originarios del estado de Durango, pero en Los Ángeles conocieron a una pareja de recién casados que habían llegado de Iguala y les ofrecieron en venta su terreno, con todo y casa, que habían dejado por el rumbo de la Ciudad Industrial.
                Ellos aceptaron el trato y se vinieron a esta colonia nueva donde las casas apenas si estaban protegidas con alambrado de púas y las calles no contaban con alumbrado público ni pavimentación alguna.
                Ya instalados, invirtieron su capital en una tienda de abarrotes que pusieron en la esquina del terreno.
                A los pocos meses de haber llegado, Víctor se hizo amigo de casi toda la gente que iba a comprar a su tienda; pero, principalmente de los hombres, quienes iban a tomarse unas cervezas junto a la tienda y él los acompañaba en un chismorreo masculino semejante al que arman las mujeres cuando van por las tortillas.
                Por esas pláticas se enteró de quiénes de las mujeres casadas de la colonia, les ponían el cuerno a sus maridos y quiénes de las solteras aceptaba las propuestas indecorosas que los hombres les hacían sólo por pasar a gusto un rato en una cama de hotel o, de plano, en alguna parte oscura del barrio.
                Por eso, cuando las mencionadas llegaban a su tienda en busca de alguno de los artículos que él vendía, el tono y la mirada que usaba para atenderlas eran con intención de parecer amables pero llevaban cierto coqueteo que no pasaba desapercibido por las féminas quienes, aprovechando ese interés por parte de Víctor, le pedían rebajas y hasta fiado, con promesas de pagarle de “algún modo”.
                Él se daba por aludido en sus pretensiones y por las noches, cuando Yadira se acostaba con sus permanentes dolores de cabeza, salía a la calle a fumarse un cigarro y a tomarse una caguama, solo, en la puerta de la tienda.
                En una de esas noches, incitado por los efectos del alcohol, se atrevió a caminar sin rumbo por las calles disparejas de la colonia; sus pasos lo llevaron hasta la cerca de la casa de Julia, la mujer de Andrés, de quien se sabía que, aprovechando que el marido salía por las noches hacia su trabajo de mesero en un local de comida en la Feria de la bandera y que se quedaba sola, por no tener hijos, les daba entrada libre a los vecinos que se sentían atraídos por ella.
                Protegido por la oscuridad, tomó algunas piedritas y las tiró sobre la única ventana de la casa. Al no obtener respuesta, entró por el alambrado y cruzó el patio guiándose por un resplandor que llegaba de un foco lejano que alumbraba una casa, a media cuadra. Antes de llegar, un trozo de tela se le estampó en la cara. Era una prenda íntima de Julia que estaba tendida sobre un hilo de cable. Víctor la destrabó de las pinzas y la guardó en su bolsillo. Con el trofeo en su pantalón, decidió regresar a su casa. Su mujer seguía disfrutando de la tranquilidad de su sueño; él entró al baño y, adentro, sacó de su bolsillo la pantaleta de Julia, la olió y la pasó por su cuerpo, se excitó y se masturbó. Antes de entrar a la recámara, fue al cuarto de herramientas que tenía a un costado de la casa y metió en un bote de clavos la prenda robada.
                Desde esa noche, Víctor esperaba la oportunidad para ir en busca de los trofeos y ubicaba las casas de las clientas que le regalaban sonrisas y promesas lujuriosas que nunca le cumplían; salía y, con su propósito bien definido, buscaba los tendederos que tuvieran algunas prendas femeninas, saltaba el alambrado y las hurtaba. Con ellas en los bolsillos, regresaba a casa y realizaba actos perversos en la privacidad del baño para satisfacer sus deseos sexuales insatisfechos por la desatención de Yadira, su mujer.
                Así pasaron cinco semanas hasta que las mujeres se atrevieron a contarse entre sí sobre la desaparición de sus calzones y a hurgar entre los sospechosos del barrio. No faltó quién señalara a Víctor como principal responsable del robo de los calzones de las mujeres y urdieron un plan para atraparlo.
                Víctor no advirtió el descaro con que algunas clientas le coqueteaban para incentivarlo y se atreviera a actuar; por eso, a los pocos días, decidió ir, en la noche, a la casa de Teresa, la mujer de Rafael, quienes vivían a dos casas de la suya, pero no se dio cuenta de que su mujer lo seguía y ella misma descubrió que su marido se dirigía hacia el tendedero de su vecina.
                Cuando Teresa salió con un silbato en la boca, alertando a las demás mujeres para que se unieran y atraparan al “robacalzones”, ni la presencia de Yadira logró salvar al asustado Víctor de ser linchado por las agredidas quienes dejaron sin cuatro dientes y con muchos golpes en el cuerpo al causante de la desaparición de sus “choninos”.

MANUAL PARA PERVERSOS
Esquina rota
José I. Delgado Bahena
                −¿Ya llegaste? –le preguntó Evelia a Esteban al verlo entrar a la casa.
                −No –contestó de mala gana−. Lo que ves es mi sombra…
                −No seas grosero.
                −¡Pues no hagas preguntas estúpidas! –le gritó él, embarrando sobre su cara el aliento agrio de los vasos de tequila que se había tomado en compañía de Isidro y Adrián, sus amigos de toda la vida, con quienes trabajaba en las oficinas del IMSS.
                Dieciséis años tenían de casados y sólo dos les duró la luna de miel, hasta que llegó su hijo David. Después tuvieron a Manuel y las oportunidades para recuperarse se diluyeron.
                −¿Por qué te emborrachaste? –le preguntó ella mientras encendía la estufa para calentarle el arroz y los huevos duros que había preparado para la comida.
                −No me emborraché –contestó sentándose en la sala para quitarse los zapatos. Sólo estuve un rato en el billar, viendo el futbol con mis amigos.
                −Tus amigos… −refunfuñó ella.
                −Ya cállate y sírveme aquí, quiero ver la tele mientras ceno.
                Ella era secretaria en las oficinas del ISSSTE y eso le favorecía para estar al pendiente de los dos muchachos que estudiaban en una secundaria cercana: uno en tercer grado y el otro en primero. Por eso, cuando pasaba a dejarlos y observaba la barda destruida, por la que los alumnos podrían escapar fácilmente o (“ni Dios lo mande”, pensaba) que algún vago entrara y quisiera hacerles daño e, incluso, como se sabe (en otras escuelas): les quisiera ofrecer droga y engancharlos en el vicio.
                −¿Sabes, viejo? –le dijo, después de que Esteban se había bañado y estaban en la recámara, dispuestos a descansar−, en la escuela tuvimos una reunión de padres de familia porque queremos exigirle al director que mande a reparar la barda.
                −¿Y qué pasó?
                −Pues, dice que ya hizo el trámite en el gobierno pero que no le han dado respuesta. Nos dijo que diéramos una cooperación o que hiciéramos kermeses para reunir fondos. Unos padres no quisieron y se enojaron mucho porque, dicen, no se ve en qué han gastado lo de las cuotas de inscripción.
                −¿Y yo qué?
                −¡Cómo que qué! ¡Eres el padre de mis hijos! ¡Quiero saber tu opinión!
                −¿Para qué?
                −¿No te importan tus hijos?
                −Sí. Pero recuerda que, cuando nos casamos, dijimos que yo iba a trabajar y tú te ibas a encargar del hogar; después quisiste trabajar diciendo que podías con las dos cosas. Tú decide, a mí no me metas en esos chismes.
                Con ese último diálogo, Esteban cerró la conversación y se dispuso a dormir.
                Con el paso de los días, Evelia compartía poco tiempo con su marido y entraba y salía de la casa en diferentes horarios, en ocasiones acompañada por alguno de sus hijos y a veces sola.
                −Oye, ¿a dónde vas? –le preguntó él la noche en que veía en la televisión la final del futbol mexicano.
                −A ver a David –respondió ella muy cortante y con un tono de amargura.
                −¿No está en su cuarto?
                −¿Ves…? Por no interesarte por ellos, ni te enteras de  lo que pasa en esta casa.
                −Para eso estás tú; no me reclames nada y dime dónde está mi hijo.
                −Ah, tu hijo… Pues, si quieres saberlo, acompáñame.
                −Ya no te hagas la dramática y dime. Seguramente está con la novia o con los amigos haciendo tarea.
                −Mejor acompáñame, ¿no?
                En silencio abordaron el automóvil de Evelia. Durante el trayecto, Esteban reflexionaba sobre la última ocasión en que había convivido con sus hijos y su mente tuvo que esforzarse demasiado para regresar, dos años antes, cuando David tenía doce y Manuel diez.
                En aquella ocasión, David invitó a su padre a que se acercara a la computadora para que viera cuántos contactos tenía en Facebook. Él se sentó junto a su hijo y leyó un poco de lo que sus amigos virtuales le escribían.
                Ahora, dos años después, se preguntaba qué tanto había cambiado su hijo mayor y qué estaría haciendo a las diez de la noche en la calle.
                La respuesta la obtuvo casi de inmediato. Evelia estacionaba el auto frente a las oficinas del Ministerio Público y le pedía que se bajara. Al entrar y después de esperar cuarenta minutos para ser atendidos, un agente les explicó el motivo de la detención del muchacho:
                “Tengo que informarles que a su hijo lo detuvimos in fragantti en el momento en el que adquiría droga en la esquina de su escuela; además, tenemos informes de que él era uno de los distribuidores entre sus compañeros. Él lo acepta y dice que un amigo que conoció por internet lo invitó a hacerlo. Será remitido a la correccional para menores.”
                Escríbeme:
jose_delgado9@hotmail.com

jueves, abril 19, 2012

sábado, febrero 25, 2012

PRESENTACIÓN DEL TOMO II DEL MANUAL PARA PERVERSOS.

lunes, febrero 20, 2012


NI PORQUE LE DI EL “FUA”
Llamada preocupante:
“Tenemos secuestrada a su suegra.”
Llamada aterradora:
“Si no paga se la regresamos.”

−Bueno, ‘ora sí que mi historia te la cuento nomás porque me gusta cómo escribes –me dijo, con una voz que le brotaba desde el estómago, como si le hubieran dado un martillazo en el hígado−; pero, pues… además, yo creo que todos, en el pueblo, lo sabían. Eso pasa siempre: nadie te dice que tu vieja te anda haciendo de chivo los tamales hasta que tú mismo lo adviertes; una de dos: si estás casado, ya sea porque de pronto le duele mucho la cabeza y ya no te hace caso en la cama, o porque deja de hacerte tu platillo preferido y, en vez de servirte, nomás te dice: “ai´ te dejo la comida en el refri, orita vengo”. Y se va, según a ver a su mamá y pues, uno se la cree pero, claro, todo tiene un límite. O, si estás soltero, de novio, te das cuenta de que algo anda mal cuando empieza  a poner pretextos para verse o con sus mentados mensajitos en su cel, y luego que te quiera hacer güey con: “son las noticias”.
            ‘Ora que, como en mi caso, cuando te sale con la jalada de: “me acosté con Felipe, tu mejor amigo”, pues ya no sabes cómo leer su mirada y el tono de su voz, si como honestidad o como cinismo; y todavía más, después de dos años de novios, si te sale con esto, te dan ganas de decir: ¿tanto rogarle que anduviera conmigo, para hacerme esta jugada? Y, además, con mi cuate, ¡que es casado!
            Ah, pero no creas que me importó –dijo, alzando la mirada hacia el cielo, como buscando una respuesta−, la perdoné y seguí con ella. Imagínate cuánto la quiero: yo la respetaba y me sale con que se había entregado a otro, pero la perdoné.
            Eso fue, tal vez, lo malo.
            De por sí que su pinche madre me disparaba cuchillos con sus ojos cada vez que me encontraba con Josefina y nunca estuvo de acuerdo con que yo fuera su yerno. “Es un fracasado, no tiene ni en qué caerse muerto”, le decía a su hija.  “Mejor hazte novia de Alejandro”, insistía, para que le echara ojo a su vecino que había llegado de los Estados Unidos en una troca bien perrona. Por eso, mejor me metí a este grupo de la policía secreta, porque quería dar el extra, dar el “Fua”, pues, para darle en la torre a la señora y de una vez ganarme a Josefina.
            Sólo así la convencí de que se fuera conmigo y me la robé por tres días. Nos fuimos al pueblito de mi mamá, a la casa de mi abuelo; pero, pues, el gusto nos duró poco porque al tercer día el anciano se murió y tuvimos que avisar a la familia. Entonces, como la voluntad y el amor de Josefina no estaban tan firmes, regresó con su mamá, porque iban a hablar con su papá, que estaba en el “norte”, y la convencieron de que me dejara.
            Entonces, yo quería hacer muchas fregaderas, porque leía tu libro y me daba cuenta que por amor podía hacer muchas cosas, hasta matarla. Pero reflexionaba y decía que más valía que me aguantara. Mis cuates me invitaban a beber, dizque para que la olvidara, y hasta me torturaban, para hacerme más hombre, según ellos. Me tapaban la cara con una toalla y me echaban cubetadas de agua, pero sólo me acordaba más de ella y me ponía a romper cosas y terminaba como becerro destetado: brame y brame.
            Lo grave es que mis cuates terminaban chillando conmigo porque veían que sufría mucho y decían: “no se vale” y le dedicaban muchas fregaderas.
            Es que, la neta, no se vale. Ya casi nos casábamos; sólo que llegó Alejandro, y como empezó a pasearla en su camioneta para todos lados… pues, la vieja de su madre, “ora” sí: bien contenta.
            Lo peor fue –agregó con ojos enrojecidos y con las manos enlazadas− que a los dos meses se casó con Alejandro. Entonces sí, había perdido toda esperanza.
            −¿Por qué hablas como si todavía hubiera algo entre ustedes? –le interrogué, intrigado, descubriendo un nuevo tono en su voz.
            −Ah, porque aquí viene lo bueno –respondió, sacando su teléfono celular de la funda donde lo tenía asegurado en su cinturón−: hace un mes me enteré de que ella estaba embarazada y le envié un mensaje preguntándole que quién era el padre y, ¿qué crees que me contestó?
            −Que era tuyo –le dije, aventurando una respuesta lógica.
            −No –dijo, mostrándome un mensaje de su teléfono−. “Es de Alfredo, pero a quien quiero es a ti.” –decía el mensaje.
            −¿Ves? −continuó− Ayer se fue Alejandro a los Estados Unidos y la dejó con su madre. Yo creo que él se dio cuenta de que no podría ser el padre de ese hijo y mejor se fue. Ahora, como Alfredo no podrá responderle a Josefina, porque está casado, todo queda en mis manos. Voy a luchar por ella otra vez, aunque el niño no sea mío; al fin, dicen que padre es quien los cría, no el que los hace. Sé que voy a ganármela porque voy a dar el extra, voy a dar el “Fua”.

¿DE QUIÉN ES LA CULPA?
Cuando creíamos
que teníamos todas las respuestas,
de pronto, cambiaron
todas las preguntas.
                                                         Mario Benedetti

 “Yo no tengo la culpa”, me dijo desviando la mirada hacia una caja de contactos eléctricos que está incrustada en el tronco de uno de los viejos y emblemáticos tamarindos del centro de la ciudad.
            Estábamos platicando sentados en una banca del zócalo, después de oír misa en la parroquia de San Francisco. “Ella” había dejado su casa por irse a vivir conmigo, ilusionada en una aceptación que no encontró jamás en sus amigos, sus hermanos y,  mucho menos, en sus padres.
            La conocí en un antro, por el “peri”, una noche en que Rafael me invitó a tomar unas cervezas y fuimos a parar a ese lugar en el que un grupo de travestis imitaban, con sus movimientos y vestuarios, a los artistas de moda, tanto nacionales como extranjeros.
            La verdad, a mis treinta años, nunca había ido a un lugar de esos. En donde yo vivía, sólo hay dos cantinas y un billar para ir a divertirse; pero, como mi amigo me invitó a venirme a trabajar en el ayuntamiento, pues… acepté y dejé el pueblo.
            En el antro vimos desfilar ante nuestros ojos a Madona, Alejandra Guzmán, Yuri, Lady Gaga, Yuridia, Ricky Martin, Gloria Trevi y otros que no me aprendí sus nombres. “Ella” interpretó a Paulina Rubio y cuando vi su cuerpo bien delineado, con su rubia cabellera, moviéndose al ritmo de: “Lo haré por ti, porque lo siento, porque tú me elevas…”, le dije a Rafa:
            −No manches, con esa sí me casaba.
            −¡Ja, ja, ja! –se rió él−, ¿no ves que son hombres?
            −¡¿En serio?! –le pregunté incrédulo.
            −Sí, mira: si gustas, en cuanto terminen su show le invitamos una cerveza, para que te convenzas.
            Mi amigo le envió la invitación con el mesero que nos atendía y a los pocos minutos ella se encontraba en nuestra mesa, tomándose un jugo de naranja y fumándose un cigarro.
            −¿Cómo te llamas? –le pregunté, como para salir de dudas.
            −Paloma –me contestó con una voz indefinida cuyo tono se me perdió en el bullicio de la música y de la gente−. ¿Y tú?
            −Juan –le contesté perdido en el brillo de sus ojos verdes que, después supe, eran pupilentes.
            Es lo único que recuerdo de esa noche.
            Al siguiente día desperté con “ella” a mi lado, en el cuartito que rentaba cerca de la casa de mi amigo. ¿Qué pasó? No sé. Pero al ver su espalda desnuda y su cabellera de oro descansando sobre mi almohada, me dije que no me importaban su pasado ni lo que dijera la gente; la aceptaría conmigo, la respetaría y la defendería.
            Cuando despertó, pude ver con claridad sus manos grandes, de hombre,  sus pies sin depilar que disimulaba con el vestuario y el maquillaje en la representación de su personaje.
            −¿No te arrepientes? –me preguntó con su voz de tórtola.
            −¿De qué? –le devolví la pregunta.
            −De haberme invitado a vivir contigo. Si lo hiciste porque estabas borracho –continuó, sentada al borde de la cama y viendo hacia el piso−, no te preocupes, me voy y no me volverás a ver.
            −No sé qué te dije, ni qué te prometí –le objeté−, pero esta aventura ya inició y, si estás de acuerdo, sigamos igual y… a ver qué pasa.
            Por supuesto que estuvo de acuerdo. Hemos vivido juntos por más de un año; “ella” en su trabajo y yo en el mío. En ocasiones, la voy a recoger y la espero en la entrada del centro nocturno. La verdad, a veces siento celos de que otros la vean con las diminutas prendas con las que actúa.
            Todo había caminado sin sobresaltos, hasta que Rafael me dijo, a la salida del trabajo:
            − ¿Cómo vas con tu Paloma?
            −Bien. ¿Por qué? –le pregunté, extrañado por su cuestionamiento.
            −Por nada. Sólo espero que te estés cuidando y no olvides tener precauciones.
            Esta plática me hizo reflexionar en que la única ocasión que habíamos actuado sin protección fue aquella vez en que nos conocimos. Sin embargo, para no dejar suelto ese cabo, le pedí a Paloma que fuéramos a hacernos los estudios de laboratorio, para estar seguros.
            Después de recibir los resultados, fuimos a misa, como para desahogar el desconsuelo del diagnóstico.
            −Claro que no tienes la culpa –le dije, fijando también la vista en la caja insertada en el tamarindo−, no me obligaste a nada y si me contagiaste el SIDA fue también por irresponsabilidad mía, no sólo tuya. Además, así como enfrentamos al mundo para vivir nuestra relación, lo haremos para atendernos.
            “Ella” se recargó en mi hombro con una muda respuesta de aceptación, ante los días negros que se avecinaban, mientras una ardilla bajaba a la derruida fuente del zócalo en busca de un poco de agua, aunque fuera con lodito.

LA TECAMPANA.
“El sexo es como las matemáticas:
 súmale la cama, réstale la ropa, divide las piernas
y ruega que no te multipliques”

A Óscar, de niño, su padres lo ponían a vender cajitas de arroz (un pan elaborado con arroz molido que se vende en un molde rectangular, prendido por dos palillos de zacate) a un lado de la presidencia municipal; después, cuando estudiaba la secundaria, en la Ignacio Altamirano, aprovechaba sus horas libres, por las tardes, para ayudarle a Rufino en su expendio de mole rojo, típico de la región, y sacaba sus buenos centavos de aquel entonces.
                Después, cuando decidió irse a la Ciudad de México, para cursar la escuela preparatoria con el fin de lograr el pase directo a la UNAM, y estudiar la carrera de abogado, se dedicó a promover, entre sus compañeros y maestros, las tradiciones de su pueblo natal y organizaba excursiones los fines de semana para que vinieran a visitar las famosas piedras de la Tecampana y conocieran la danza de los diablos.
                Por eso, con motivo de haber terminado su carrera, el grupo de Óscar, compuesto por veintidós muchachos, entre hombres y mujeres, visitaron Teloloapan; pero, cuando subían por el cerro para llegar al lugar de las rocas cantarinas, Sandra resbaló, y Óscar, yendo a su lado, de casualidad, no tuvo más remedio que abrazarla, para evitar que cayera, y sus manos quedaron justo sobre los pechos de ella.
                −Pinche Óscar –le dijo Sandra−, ¡qué manotas tienes!
                −Perdón… −respondió él, sonrojándose.
                −No. No te preocupes güey: me gustó.
                Óscar sólo sonrió. De por sí, entre su familia: los Salgado, tenían fama de ser mujeriegos; “Para conservar la sangre”, decían. Con eso fue suficiente para que, los que observaron el incidente, lo comentaran en la noche mientras realizaban una lunada en el patio de la casa de Óscar quien, como anfitrión, organizó ese convivio entre sus compañeros de la facultad.
                Una hora después, cuando se terminaron la primera botella del mezcal “Guerrero”−que a Óscar le consiguió su tío Marcelo directamente de la destiladora, en Teloloapan−, a su compañero Julián se le ocurrió que participaran en el juego de la botella con el envase del mezcal. Todos aceptaron, incluso el profe Lucas y la maestra Catalina que fueron con los muchachos a esa excursión. Además de los castigos que se impusieron y los pagos de prendas, acordaron que quienes coincidieran en tres ocasiones con los extremos de la botella, tendrían como “premio” el dormir juntos, así fueran del sexo opuesto.
                Entre las parejas que se formaron, a Óscar le tocó dormir con Sandra y todos hicieron bulla, por el incidente de la Tecampana. Así: poco a poco, se fueron acomodando sobre unos petates que les tendieron en el corredor de la casa y, con las luces apagadas, en algunos sitios de los durmientes sólo se escucharon murmullos, quejidos, suspiros y ronquidos…hasta que llegó la  luz del día.
                Todo habría quedado en un juego, a no ser porque en los siguientes días, a Sandra se le interrumpió “la regla”. Por supuesto, aunque no eran novios, ni “amigos con derechos”, al menos, Óscar se sintió responsable y le ofreció casarse con ella. Sandra no aceptó y le dijo que no se preocupara, que se iría a Chihuahua con su familia y le haría frente a su maternidad como madre soltera. Él le ofreció un anillo de plata, muy especial, que se había mandado a hacer en Taxco, como símbolo de un lazo que los uniría por siempre.
                Al siguiente año, Óscar decidió casarse con Refugio, una sobrina de los Bustamante, de Teloloapan, y hacer de la política su profesión.
                Después de varios años de desempeñar algunos cargos de elección popular, llegó a ser presidente del municipio donde nació. Estaba por terminar su periodo cuando Lina, su hija mayor, que estudiaba en la capital del país, le pidió permiso para invitar a uno de sus compañeros de la Universidad que tenía mucho interés en conocer las piedras de la Tecampana.
                Él no se negó. Los muchachos, en la mañana que llegaron, lo primero que hicieron fue dirigirse al lugar donde la leyenda une a Tecampa y a Na en una triste historia de amor, y donde Lina y su acompañante, teniendo como cómplices el esplendoroso cielo azul y las piedras de tonos argentinos, acomodaron un lecho sobre el pastizal y, dejándose llevar por sus impulsos juveniles, se entregaron sin reservas al río embravecido del deseo sexual.
                Por la tarde, estando en casa de la familia de Óscar y regresando él de la oficina, en la presidencia municipal, se encontró con los muchachos. Al presentarle Lina a Sergio, su acompañante, y extenderle éste su mano en señal de saludo, pudo reconocer, sin lugar a dudas, en uno de sus dedos, el anillo que le obsequiara a Sandra en el momento de su despedida. Sólo una pregunta fue suficiente para corroborar sus sospechas:
                −¿De dónde eres originario, muchacho?
                −De Chihuahua, señor. ¿Por qué?
                −Por nada –contestó Óscar sentándose sobre el brazo del sofá de la sala y pensando en la mejor forma de develar el secreto que había ocultado por tantos años a su familia.

viernes, enero 20, 2012


El closet
José I. Delgado Bahena
Daniel tenía diecisiete años cuando conoció a Israel, su compañero de la prepa con quien convivía durante las horas libres y de inmediato se sintió atraído hacia él.
                Desde pequeño, cuando, sin que se dieran cuenta sus dos hermanas –una dos años menos y la otra dos más que él− les tomaba sus vestidos y se los probaba, frente al espejo del ropero de sus padres, imitando sus modos para caminar y sus ademanes, supo que no era un niño “normal”.
                Para disimular su preferencia sexual, durante la secundaria, logró que su mejor amiga: Dolores, aceptara aparentar ser su novia, sólo porque sus compañeros comenzaban a hostigarlo con apodos, risitas y manoseos en sus glúteos cuando lo topaban por los pasillos de su escuela.
                En aquella época, Lola, como le decían todos a su amiga, fue su única confidente y ella supo, por la misma boca de Daniel, que a él no le interesaban las niñas, aunque tampoco sentía atracción por algún muchacho conocido.
                Pero cuando entró a la prepa y conoció a Israel, premeditadamente buscó la forma de hacerse su amigo y trató de disimular su amaneramiento que en ocasiones lo delataba pero, incluso, Israel mismo se mofaba del tono casi femenino que Daniel daba a sus palabras.
                De todos modos, a Israel no le importaban los comentarios y las sospechas que la forma apresuradita de caminar de su amigo despertaban entre sus compañeros y mantuvo su amistad durante dos semestres, compartiendo tiempos y apoyándose en la realización de tareas.
                Martín, el padre de Daniel, era ingeniero mecánico y había puesto su taller automotriz por el sur de la ciudad con la esperanza de que su único hijo varón siguiera sus pasos y viera como su futura herencia el oficio y el negocio. Por eso insistió en que Daniel estudiara en esa escuela donde le ofrecían el perfil de técnico automotriz; sin embargo, el muchacho repudiaba la idea de terminar el día engrasado, como su padre, y soñaba con estudiar ballet clásico o pertenecer, al menos, a un club de danza moderna donde pudiera desplegar sus mejores pasos al ritmo de una música sensual  y buena coreografía.
                Para desahogar un sentimiento que no podía externar con libertad ante su amigo, Daniel escribía canciones de sus artistas favoritos y copiaba poemas de un libro que le prestaban en “Letrópolis”, un club de lectura que había en su escuela. Después agregaba dibujos que él mismo hacía y se los obsequiaba.
                Estaban en el tercer semestre y era el último día de clases antes de irse de vacaciones en la temporada decembrina, cuando Israel soltó un latigazo en la espalda de Daniel:
                −¿Qué crees? –le dijo, mientras se dirigían a la dirección de la escuela para preguntar sobre un maestro que no había llegado−, Lilí es mi novia.
                −¿¡Qué!? –exclamó él.
                −Sí. Ayer la encontré en la plaza y nos pusimos a platicar. Me confió que yo le gusto pero que no tenía esperanzas porque pensaba que tú y yo éramos pareja.
                −¿Qué le dijiste? –preguntó Daniel casi con desesperación.
                −La verdad: que sólo somos amigos y que, además, también a mí ella me gustaba.
                −¿Y luego…?
                −Pues… nada: entramos al cine y ahí mismo nos besamos. ¿Por qué te has puesto serio?
                Daniel no contestó a la pregunta de su amigo. Con las manos en la boca corrió hacia el baño que estaba a unos cuantos metros; ahí, en una de las tazas, vomitó el desayuno que había tomado en casa antes de salir hacia la escuela.
                −¿Qué tienes? –le preguntó Israel sinceramente preocupado.
                −Nada. Vete. Voy a estar bien… no te preocupes –contestó Daniel con los ojos inundados por el llanto.
                −¿Por qué lloras? ¿Te duele algo? –insistió Israel.
                −¡Que te largues pendejo! –gritó Daniel− ¿No te das cuenta que me lastimas con eso, porque te amo?
                −¡No manches! Yo te quiero, pero como amigo; si tú te confundiste y pensaste otra cosa, es tu problema. Espero recapacites y entiendas que yo no soy como tú. Luego nos vemos.
                Fue el último día que Daniel pisó la escuela. Aprovechando que su tío Chalo estaba de visita en casa, habiendo llegado de los Estados Unidos, le pidió que se lo llevara con él al país vecino.
                Después de cinco años, hace un mes se le volvió a ver por el zócalo de la ciudad tamarindera. Sólo que ahora viste pantalones entallados, tacones y blusas, así como ha dejado crecer su cabello, se lo pinta de rubio y se lo alacia, porque dice que ya salió del closet, y ha cambiado su nombre: ahora es “Lady Gaga”.

sábado, diciembre 17, 2011

SEGUNDA EDICIÓN DE MI NOVELA. ES LA HISTORIA DE ALEJANDRO (DE 42 AÑOS) Y DE FÁTIMA (DE 19) QUE EN UNOS DÍAS SALDRÁ A LA VENTA.

miércoles, noviembre 09, 2011

La hoguera

José I. Delgado Bahena


Para ser sincera: toda la culpa es de Gustavo. Desde que éramos novios me di cuenta de que, pues… nomás sabía encender la hoguera, pero después no hallaba cómo apagarla. La verdad, yo lo quería mucho; de hecho aún lo quiero, pero él nomás quería andar de manita sudada y esos tiempos ya son muy viejos, ¿no?
Además, pues, ya no éramos unos niños. Yo acababa de terminar la normal y él ya trabajaba de auxiliar de un contador que tiene su despacho por el mercado.
Por eso, cuando lo conocí y lo vi tan guapo, con su portafolio en la mano, me dije: “a este torito yo me lo monto”.
Pero no. La verdad es que siempre fue muy lento, muy pasivo…
Imagínate: un domingo que me invitó a almorzar, fuimos a un bufet que está por el centro; después me dijo que quería ver una película de terror y llegamos al cine a la función de las dos de la tarde. Estando adentro pues… yo lo abrazaba y le agarraba la pierna, para motivarlo, pero él come y come sus palomitas y sus nachos.
Al salir del cine le dije: “llévame a un lugar más… discreto.” Él me tomó de la mano y me llevó a su automóvil. Manejó, en silencio, hacia Tuxpan; iba muy callado. Pensé que se iba a meter de pronto en uno de tantos hoteles que hay por ahí; pero no, llegamos a un restaurante que está hasta el otro lado de la laguna, por el muelle; casi no había gente. Nos bajamos y me dijo: “Aquí te vas a sentir más a gusto, porque casi estaremos solos”.
Así era nuestro noviazgo. Puros besos y manoseos, pero hasta ahí.
Hasta que una tarde me pidió que nos casáramos. Un día antes de la boda me confesó que él nunca había tenido relaciones sexuales y me preguntó que si yo sí. La verdad, usé mis clases de teatro con la maestra Lupita Ayala, lloré y le inventé un choro: le dije que, cuando era adolescente, un tío me violó, pero como era de la política, mis padres no quisieron hacer nada y que… pues… por eso ya no era… virgen.
Él me abrazó y secó mis lágrimas; me dijo que no me preocupara, que me querría igual. Yo le agradecí su comprensión y nos casamos.
Nos fuimos a vivir con sus papás. Ellos no habían tenido más hijos y nos pidieron que los acompañáramos.
Gustavo tenía un cuarto de soltero y ahí nos acomodamos. Como yo no tenía plaza, no trabajaba. Me quedaba todo el día con Leticia, su mamá; él se iba a trabajar, al igual que su papá, que era taxista, y nosotras hacíamos la comida y las cosas del hogar.
Todo iba bien. Lo único que no me gustaba era que él seguía igual de pasivo por las noches; es decir: sólo se complacía conmigo y ya, se dormía. Nunca se preocupó por preguntarme si yo también quedaba contenta y pues, la verdad, eso me tenía inconforme.
Entonces, un día salí del cuarto para entrar al baño −que era el mismo que usábamos todos−, y cuando abrí la puerta, que sólo estaba emparejada, me encontré con su papá, que terminaba de bañarse y se secaba el cuerpo, completamente desnudo. El señor volteó a verme y yo cerré la puerta de inmediato, pero lo que alcancé a ver me dejó con el ojo cuadrado.
Desde entonces, me obsesioné con don Joel, el papá de mi marido. Aunque lo viera vestido, disimuladamente le veía el pantalón y sabía lo que había adentro.
El señor se daba cuenta, porque me descubría viéndolo y sonreía.
Por esa época, Leticia comenzó a estar enferma de un problema de cáncer en la matriz. Por más esfuerzos que le hicieron, a los pocos meses murió.
Entonces yo me encargaba de los quehaceres de la casa. A veces, don Joel llegaba a almorzar y se quedaba a ayudarme un poco, con el aseo y otras cosas.
Una mañana, cuando Gustavo se había ido a trabajar, su papá se estaba bañando y me gritó si le llevaba una toalla. Cuando me disponía a tocar la puerta del baño, para dársela, él abrió y salió, desnudo como estaba, sin cubrirse. Yo sólo abrí la boca; no dije nada porque se me fue encima y me empujó sobre el sofá de la sala; hice como que lo rechazaba pero, la verdad, me estaba gustando lo que me hacía, ¡cuando llegó Gustavo! (Después me dijo que había ido a traer unos papeles que se le olvidaron).
Yo pensé que mi marido se iba a enojar y le iba a pegar a su papá; pero no, don Joel tomó la toalla y se fue a su cuarto. Gustavo se sentó conmigo, en el sofá, y me abrazó. Me pidió que comprendiera a su papá −que estaba muy solo y necesitaba de una compañía− y me dijo que, pues, si yo le correspondía, que no se iba a enfadar, ¡al fin que era su padre!
Desde ese día, la vida me trata mejor; ya no me preocupa que Gustavo encienda la hoguera en las noches, porque por las mañanas su papá la apaga.


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jueves, octubre 27, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

Escape

José I. Delgado Bahena


La tarde en que murió Karina, ahogada en las turbias aguas de la laguna de Tuxpan, ella y sus amigos, compañeros todos de una escuela del nivel de preparatoria de la ciudad, habían decidido “volarse” las dos últimas horas de clases; por eso, ya en la calle, organizados por Alexander, quien era el único que tenía auto, decidieron hacer la “coperacha” para comprar cervezas y botanas en el OXXO de la Estrella de Oro y de ahí partir rumbo a Tuxpan.
Karina y Manuel se acomodaron en el asiento delantero, a un lado de Alexander, y en el de atrás iban: Marcos, Tania, Inés y el “colado” de Jesús.
Karina era novia de Manuel, Tania de Alexander e Inés de Marcos, de manera que Jesús iba de “soltero” y durante el trayecto para llegar a la laguna fue el blanco de las bromas y burlas de sus compañeros.
−A este güey le vamos a conseguir una tuxpeñita para que no esté molestando –dijo Alexander refiriéndose a Jesús.
−Ya déjenlo en paz –lo defendió Tania−, si venimos a convivir los siete juntos no es para que se burlen de él.
−Ok –dijo Marcos−, no te enojes Tania, que se me hace que le quieres poner el cue Sin desanimarse, bajaron las cervezas y las botanas y buscaron un lugar cerca del agua donde ubicarse para convivir como lo habían planeado.
Aún con el espacio limitado, se acomodaron por parejas sobre unas piedras, destaparon más cervezas y abrieron las bolsas de frituras. Una hora después, Jesús decidió quitarse la ropa y, en bóxer, se metió al agua alborotada. Alexander y Marcos, después de terminarse sus cervezas, lo imitaron y se zambulleron para nadar un rato junto a su amigo.
Inés y Tania, con el pretexto de buscar un baño en un restaurante cercano, se alejaron caminando con paso B font-size: large;">−Nomás preguntaba, no te enojes.
No hubo tiempo para más diálogos; en ese momento Alexander estacionaba el “vochito” en la orilla de la carretera y, al descender, junto al muelle, observaron todos que el agua estaba muy arriba de su nivel, por la temporada de lluvias que recién había pasado. Sin desanimarse, bajaron las cervezas y las botanas y buscaron un lugar cerca del agua donde ubicarse para convivir como lo habían planeado.
Aún con el espacio limitado, se acomodaron por parejas sobre unas piedras, destaparon más cervezas y abrieron las bolsas de frituras. Una hora después, Jesús decidió quitarse la ropa y, en bóxer, se metió al agua alborotada. Alexander y Marcos, después de terminarse sus cervezas, lo imitaron y se zambulleron para nadar un rato junto a su amigo.
Inés y Tania, con el pretexto de buscar un baño en un restaurante cercano, se alejaron caminando con paso inseguro por las cervezas que habían tomado. Discretamente, Manuel tomó la mano de Karina y la llevó hasta donde asomaban unos muros de la construcción de lo que antes fue el muelle en esa parte de la laguna.
−¿Cómo le vamos a hacer? –le preguntó Karina a Manuel, sentados sobre una pequeña loza de cemento que unía las columnas del muelle.
−No sé –contestó él moviendo los pies dentro del agua para ahuyentar a algunos charales que le mordisqueaban los dedos. Estamos muy chavos y pues… si les salgo con esto a mi mamá me mata.
−¿Y qué crees que diría mi papá? Desde que me enteré, no soy capaz de mirarle a los ojos –dijo con tono lloroso Karina−. ¡Tanto que me advirtió que no le fuera a fallar, para que yo le salga con mi domingo siete!
−Pues sí, pero te gustó, ¿no? –le preguntó él con una sonrisa burlona que apuñaló el corazón de ella. No contestó, levantó la vista hacia el claro cielodo supuso que nada se podía hacer por ella, llamó con gritos a sus amigos para que le ayudaran a sacarla.
Los primeros auxilios que le prodigaron a Karina fueron inútiles. El forense que le realizó la autopsia notificó a los padres que la muchacha tenía un embarazo de aproximadamente dos meses. Las autoridades determinaron libertad incondicional para todos los amigos por considerar como accidente el deceso de Karina.


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miércoles, octubre 26, 2011

miércoles, septiembre 28, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS


Éramos muchos ¡y parió la abuela!
José I. Delgado Bahena
Pues sí: esto yo lo viví, nadie me lo contó. No fue, en realidad, que a mí me haya pasado, ¡no!, pero lo que ocurrió queda perfecto para este refrán de la abuela.
                La verdad, a mis treinta años, con mi empleo de chef, mal pagado, en un restaurante de segunda, y casado con una vieja tan exigente que me pide cada día más dinero: para los niños, los gastos de la casa, sus zapatos e infinidad de chucherías que se compra, sentía que me estaba desperdiciando en vida.
                Pero, bueno, lo que pasa es que mi plan falló.
                Cuando la abuela enviudó, y como había quedado sola, por no haber tenido más hijos que mi padre, la invité a vivir con nosotros, en la casa, y le sugerí que rentara las dos casas que poseía para tener un ingreso seguro y que no le faltara nada. La abuela aceptó, acomodamos a mis dos hijos en una sola recámara y a ella le dejamos la que quedaba cerca del jardín. Estábamos un poco apretados, pero valía la pena.
                Con el paso del tiempo, sinceramente, la abuela nos hacía la vida insoportable; pero nos aguantamos porque un día nos dijo que las propiedades que tenía serían para los niños, cuando ella muriera, y que su seguro de vida lo había puesto a mi nombre.
                Con esa esperanza la soportamos por dos años. No me da pena decirlo: no fue buena idea llevarla a la casa; pero cuando enviudó la vimos tan acabada que aparentaba diez años más de los setenta que tenía, y pensamos, Flora (mi mujer) y yo, que no duraría mucho y, pues, la verdad, el interés nos ganó. Hasta creímos que se encargaría de los niños y los llevaría a la escuela, les haría su comida y los entretendría hasta que mi vieja llegara de su trabajo de maestra.
                ¡Ja!, no fue así. Nos advirtió que nos olvidáramos de ese tema, que por eso no había tenido más hijos que mi padre “y sólo por no dejar”, aclaró.
                Después del cabo de año de la muerte del abuelo, ella empezó a arreglarse mejor; iba a los bailes de zumba y se reunía con varias personas de la tercera edad, en el hospital del ISSSTE. Con ellos se iba de paseo a diversos balnearios, organizaban convivios y se festejaban los cumpleaños.
                En ese grupo fue donde se reencontró con don Flavio, un novio que tuvo antes de casarse con el abuelo. Después nos enteramos de que él también había enviudado, que había vivido un tiempo con su único hijo y que tenía un nieto de diez años; sólo que a su hijo y su nuera los mataron cuando iban rumbo a Taxco, en su camioneta, porque, se supone, los habían confundido como integrantes de un grupo delictivo y don Flavio tuvo que quedarse a cargo del chamaco.
                Con ese reencuentro comenzaron a venirse para abajo nuestros planes de quedarnos con las propiedades de la abuela, cuando ella muriera. No nos quedó la menor duda de que así sería porque invitaba a don Flavio a la casa y lo atendía de maravilla. Incluso, en una ocasión, en que llegué temprano de mi trabajo, me encontré con que la abuela había metido a su ex novio a su recámara y escuchaban música de la época de su noviazgo.
                Ese mismo día lo comenté durante la merienda y ella, con una luz muy brillante en sus pupilas, lo aceptó; pero, además, anunció que pensaban casarse y que al nieto de don Flavio lo adoptarían como hijo suyo.
                La sorpresa ante esa declaración fue mayúscula para Flora y para mí; volteamos a vernos y en nuestras miradas vislumbramos un enorme desconcierto que no nos dejó dormir durante tres días seguidos en los que platicábamos y platicábamos sobre la manera de asegurar que la abuela no cambiara de opinión respecto a la herencia de sus propiedades.
                Entonces, como iluminado por los rayos del sol, que nos descubrían planeando la mejor manera de resolver este dilema, recordé que en una de mis clases gastronómicas, uno de mis maestros nos advirtió sobre algunos alimentos que son potencialmente venenosos, entre ellos las cerezas. Esta fruta, se había convertido en la predilecta de la abuela. En mi clase supe que contiene compuestos altamente tóxicos en sus hojas y semillas; cuando las semillas de las cerezas se trituran o se mastican, producen ácido prúsico (cianuro de hidrógeno). Mi maestro dijo que las muertes por comer las cerezas son raras, pero convenía recordar que no deben chuparse o masticar los huesos.
                Con esa esperanza, planeamos deshacernos de la abuela antes de que cometiera la locura de casarse o de cambiar su testamento.
                Entonces, este domingo que pasó, compramos un kilo de cerezas en la “comer”, les quitamos las semillas y las martajamos con un poco de agua; la pasta que obtuvimos la mezclamos en un vaso de agua de limón y se lo ofrecí a la abuela por la tarde que llegó, acompañada de su pretendiente, don Flavio.
                Al poco rato escuchamos los gritos de la abuela en demanda de auxilio. Don Flavio se había tomado el agua preparada y se había desvanecido, de pronto, sobre el sofá. La llegada de la ambulancia que pedimos fue inútil: los paramédicos lo hallaron muerto en el sofá de mi casa.
                Lo primero que pensamos fue que su deceso se debía al efecto de las semillas de las cerezas, pero el diagnóstico que arrojó la autopsia, sobre la causa de muerte de don Flavio, fue la de infarto cerebral. Eso nos libró de una responsabilidad. Lo malo fue que la abuela decidió adoptar al nieto de su novio y se lo llevó a la casa. Si de por sí estábamos apretados, ahora con el chamaco, ¡imagínense!
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