miércoles, marzo 30, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

La donna è mobile.



José I. Delgado Bahena


Aldo despertó con el cuerpo dolorido por la incomodidad de su improvisada cama.
Al abrir los ojos y ver a un lado suyo a Óscar, su amigo de toda la vida desde que se conocieron en el Cbtis No. 56, de la ciudad de Iguala, recordó, con la nitidez de un rayo que se clavó en su conciencia adormecida ―más por la cruda moral que la provocada por los efectos de las cervezas y el tequila que había bebido el día anterior―, el por qué se encontraban en esa situación…
Los dos amigos trabajaban como vendedores en una tienda de aparatos electrodomésticos del centro de la ciudad y todos los días acostumbraban comer juntos.
―¿Qué crees güey? ―le dijo Aldo a Óscar mientras esperaban las tortas que habían ordenado en aquel local cercano a la parroquia de San Francisco―, ayer le pedí a Lulú que se case conmigo.
―¡Qué cabrón! ―exclamó su amigo ante la confidencia de Aldo―, ¿por qué no me lo habías dicho?
―Porque no me decidía. Pero ayer la noté un poco distante y sentí que la perdía. La verdad, pues… tú sabes que la quiero mucho y si me quedo sin ella, pues… no sé qué sería de mi vida.
―¡Huy, amigo! ¿Y, qué te dijo?
―Me pidió que esperara este fin de semana. Dijo que iba a cuidar a su abuelita, que está enferma, y no nos podríamos ver, pero aprovecharía para pensarlo.
―Bueno, ¿qué te parece si al rato, después de cerrar la tienda, vamos a tomarnos unas caguamas y me cuentas más detalles?
Ya en la noche, después de estar un par de horas en una cantina por el periférico, y de terminarse el dinero que llevaban, se dispusieron a retirarse a sus casas; pero, al cruzar la avenida en busca de un taxi, sus pasos los llevaron hasta la entrada de un lujoso salón de fiestas donde se llevaba a cabo la recepción de una boda. Sobre el marco de la puerta, un gran corazón de rosas blancas tenía los nombres de los novios: Elba y Fernando. Los recién casados recibían a los invitados ahí, en la puerta, y un mesero los llevaba a sus mesas de acuerdo con el número que tenían en sus pases.
―Vente ―le dijo Óscar a su amigo poniendo su brazo derecho sobre sus hombros y llevándolo hacia el salón de fiestas―. Ya sé cómo vamos a seguir tomando.
―¿Qué pasó, pinche Fer? ―le dijo al novio, provocando su desconcierto y el asombro de la novia―, me enteré que te ibas a casar y no lo quería creer. Por eso le dije a Aldo: vamos a ver si es cierto. No te acuerdas de nosotros, ¿verdad? Por eso no nos invitaste, ¡claro! ¿Sí te acuerdas que estudiamos juntos en la secu?
El novio no sabía qué responder; pero, para no quedar en mal y agilizar el paso, ya que otros invitados se encontraban a la espera de ser atendidos, les pidió a los dos amigos que pasaran a la fiesta y al mesero le indicó que los acomodara en una mesa.
―Gracias, güey ―dijo Óscar, abrazando a los novios y jalando del brazo a Aldo―, te debemos tu regalo.
Los acomodaron cerca de la mesa de honor, donde se encontraba un gran pastel de seis pisos, y un mesero los atendió llevando una botella de tequila, junto con todo el servicio, que los amigos se dispusieron a beber inmediatamente.
Al poco rato, con la algarabía de la fiesta y entusiasmados con el trato que recibían, hasta se motivaron para participar en “la víbora” y pasaron a bailar el vals con la novia.
Después, cuando todos los invitados tomaron sus lugares para cenar y disfrutar de la participación del cantante Yovanni Catalán que interpretó un repertorio de temas populares con su gran voz de tenor, Aldo distinguió, entre la penumbra que le provocaba el alcohol ingerido, la esbelta figura de Lulú, quien entraba en esos momentos llevando, en una de sus manos, un regalo con envoltura plateada y con la otra enlazaba los dedos en la mano de su acompañante.
―¡Hija de la chingada! ―exclamó levantándose impulsado por el dolor de los celos al ver a su novia en actitud amorosa con un desconocido― ¿No que iba a cuidar a su abuelita?
No pensó más ni dijo nada. Tomó de la mesa de honor el cuchillo que un mesero había colocado junto al pastel y corrió, seguido por Óscar, hacia la pareja.
El impulso que llevaba y el alcohol que había tomado le perturbaron sus movimientos y lo hicieron trastabillar, pero llegó hasta Lulú, descargando, con el cuchillo que llevaba empuñado, un golpe frontal sobre su pecho.
Óscar se fue a puñetazos sobre el joven que acompañaba a Lulú.
Dos hombres uniformados, encargados de la seguridad del salón, detuvieron a Aldo y los meseros contuvieron al agresivo Óscar que tenía en el piso al compañero de la novia de su amigo. Yovanni entonaba en esos momentos el famoso tema de Verdi: “La donna è mobile” (la mujer es voluble).
La herida de Lulú no fue de muerte, pero fue suficiente para que los dos amigos amanecieran, en calidad de detenidos, en los separos de la policía.


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sábado, marzo 26, 2011

SECTOR 7

La función del hogar.



José I. Delgado Bahena


Les comento que, ahora que he estado presentando mi más reciente libro: “Manual para perversos”, en algunas instituciones educativas de nuestra ciudad, y en los foros de los municipios donde me han invitado, me he encontrado con comentarios y preguntas sobre los temas que abordo en las historias del libro.
Una de las más recurrentes es: ¿Por qué ocurre todo eso?
La primera respuesta que viene a mi mente, sin ser alguien especializado en sociología o en psicología y con base en mi formación como maestro y mi visualización del entorno, se encamina hacia la función del hogar.
Además de que, según mi punto de vista, la escuela está dejando de cumplir su función formadora y, por supuesto, en el hogar hemos dejado de enfrentar nuestra responsabilidad como padres.
Por eso, desconfío de la expresión tan usada en estos tiempos: “Para nuestros hijos, más que padres, somos sus amigos.”
Lo digo porque a mis padres les tengo un gran respeto y mucha confianza, pero no los considero mis amigos; porque un amigo no me limita la hora para llegar a mi casa ni se preocupa por mi alimentación y mis tareas. Un amigo me visita cuando estoy enfermo, pero no se queda más de dos horas a acompañarte y mucho menos vela tu sueño toda la noche. Un amigo te pregunta cómo te fue y rara vez se queda a esperar la respuesta; en cambio, tus padres no preguntan, porque lo saben: están contigo en las buenas y en las malas.
Sin lugar a dudas: si una muchachita de trece años anda en la calle a las dos de la mañana, no es responsabilidad de sus amigos ni de sus maestros, sino de sus padres. De la misma manera, si un chavo se emborracha y consume estupefacientes, no creo que sus padres-amigos lo induzcan; al contrario, los padres orientan, llaman la atención y castigan, los amigos no. Y los hijos que no entienden esta responsabilidad de los padres, terminan en los centros de ayuda para rehabilitarse (y qué bueno que así sea), en la cárcel o en el panteón.
Desafortunadamente, no hay escuelas para padres y aquí se cumple a la perfección el dicho de: “echando a perder se aprende”. Lo lamentable es que no se echa a perder un hijo sino a toda una generación.
Así que ante esa interrogante sobre el Manual, sin dudarlo, la respuesta está muy clara en los párrafos anteriores.
A propósito, supe que en alguna de las escuelas en las que ya estuve, una madre de familia se inconformó por el “tipo de lecturas” que se ponen en las manos de los muchachos. Me comentaron que la mejor explicación se la dio el director al decirle que los temas que se tratan no son nada, comparados con lo que vivimos en la realidad.
Efectivamente, debo agregar, para satisfacción de quienes compartan la misma inquietud de esa persona, que un libro no propicia la vida; en cambio, la vida misma da para millones de libros.
La prostitución, la corrupción, la delincuencia, las adicciones, los celos, la envidia, la traición, el abuso sexual y las amistades peligrosas que regala la red de internet, son sólo una sombra de la noche que está cayendo en nuestras sociedades de este siglo XXI.
Aprovecho para pedirles que nos acompañen en la transmisión de mi programa de TV por internet: “El Manual para Perversos” en el que tendré invitados para hablar de los textos del Manual que leamos en ese día, además llevaremos a psicólogos o sociólogos para que nos ofrezcan alternativas de apoyo para casos como los de mi libro. Pueden consultar la programación en este diario y sintonizarnos a través de Yohuala TV, abriendo el link: www.xhdbt.com
Si alguien de nuestros lectores quisiera estar en el programa y participar como invitado, por favor escríbanme o llamen a mi cel: 733 584 14 28


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miércoles, marzo 23, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

La otra historia.



José I. Delgado Bahena


Cuando lo conocí, y lo vi tan guapo, pensé que cómo no era yo más grande de edad, para enamorarlo y casarme con él. En ese entonces yo era una niña y a él lo invitaron mis padres para que fuera mi padrino de primera comunión.
Lo que sea, estoy segura de que muchas de mis compañeras me envidiaron y hubieran querido estar en mi lugar, con un padrino tan bien parecido y tan rico. Él tenía más de treinta años y mi papá lo conoció porque jugaban futbol en el equipo del CESVI.
Desde que agarró confianza con mis padres, me llevaba a muchos lugares y me obsequiaba muchas cosas; pero lo que más me gustó fue el viaje que me pagó para ir a Acapulco, junto con mis chambelanes, como regalo de quince años. Allá grabamos el videoclip y convivimos en las mejores playas del puerto.
Precisamente, fue allá donde Beto, un compañero de la secundaria que fue mi chambelán, se me declaró para que fuera su novia
Al darse cuenta Mardonio, mi padrino, que yo platicaba mucho con Beto, me prohibió su amistad diciéndome que estaba muy chica para tener novio.
Para que no se enojara conmigo, fingí que le hacía caso pero seguí siendo novia de Beto porque, la verdad, me la pasaba muy padre con él.
Al terminar la secundaria entré a estudiar el bachillerato en la misma prepa que Beto y ahí seguimos nuestro noviazgo, pero a escondidas; Mardonio iba casi todos los días por mí a la escuela y yo no quería que se decepcionara porque me seguía haciendo buenos regalos y eso, pues, a todas las mujeres nos gusta.
De todos modos seguí con Beto, y con él tuve mi primera relación sexual un día que fue a la casa porque no había ido a clases y quería que le pasara los apuntes. Claro, lo hicimos varias veces, siempre que teníamos oportunidad, y creo que llegué a quererlo pero seguí ocultando lo que sentía por él para que no se enojara Mardonio.
Mi “padrino” se fue, durante los últimos días de diciembre, a un viaje de vacaciones por Europa y se tardó como dos meses. Desde donde estaba me enviaba regalos y fotos que se tomaba con su hermano y uno de sus amigos, que también fueron.
En ese tiempo, ya no me escondía mucho de mi noviazgo con Beto y convivimos mucho en la temporada de vacaciones; pero cuando empezaba la Feria de la Bandera, regresó mi padrino de su viaje y volvió a frecuentarme con el pretexto de llevarnos, a mis papás y a mí, los regalos que nos trajo de Europa. Entonces, con la autorización de ellos, me invitaba a la Feria, al cine y a otros lugares muy caros y bonitos.
Lo malo fue que por esos días me di cuenta de que mi menstruación se me había atrasado una semana y me alarmé.
Estando en la escuela, le comenté a Beto lo que me pasaba porque algunas veces no nos aguantamos las ganas y, sin protección alguna, tuvimos relaciones confiando en nuestra buena suerte.
―¡No manches! ―fue su respuesta―, yo no puedo echarme una responsabilidad de esas ahorita ―continuó―. Si mi jefe se entera, me mata.
―Entonces, ¿qué hago? ―le pregunté.
―No sé, deja le pregunto a un tío que tengo, a ver qué me recomienda.
Me quedé esperando su respuesta, dejó de ir una semana a la escuela y su celular lo tenía siempre apagado. Cuando volvió a ir ya llevaba yo casi veinte días de retraso para que me bajara la regla y, además, se hacía el disimulado y se escondía. Entendí lo que pasaba y dejé de buscarlo.
Por esos días, Mardonio me invitó a una fiesta religiosa de un pueblo cercano a la ciudad. Mis papás me dieron permiso de ir con él y nos fuimos desde la tarde; pero, estando allá, llegaron dos de sus amigos y nos propusieron que fuéramos al jaripeo, en un corral donde hacen las corridas de toros como parte de las festividades del pueblo.
Durante las montas, Mardonio y sus amigos se la pasaron tomando y ahí me di cuenta de que mi “padrino” tenía otras intenciones conmigo porque me agarraba la pierna y me abrazaba a cada rato. Yo no decía nada porque como andaba buscando un plan para salir de mi problema, pensé que ojalá y él se casara conmigo.
Cuando íbamos por la salida del pueblo ya era algo tarde y el camino estaba muy oscuro. Como los amigos de Mardonio llevaron carro, se fueron aparte y nosotros, solos, en el de él.
Antes de entrar a la carretera que va para Acapulco, se estacionó con el pretexto de querer hacer del baño; cuando regresó comenzó a decirme que me quería mucho y me abrazó. Yo le puse mi mano en su pierna, como para animarlo a que hiciéramos algo y él no se contuvo; me empezó a besar y a acariciar y yo hacía como que me resistía, pero no gritaba, ni nada. Ahí tuvimos nuestra primera relación sexual; fue algo incómodo, pero lo hicimos. Como estaba borracho, ni se acordó de ponerse un condón. Después lloré un poco, para disimular, y le pedí que nos fuéramos. Él me rogó que no les dijera a mis papás y me prometió que se iba a casar conmigo.
Al llegar, me bajé en silencio y entré a la casa.
Mardonio me siguió buscando y todavía salimos como dos semanas a dar la vuelta. Bueno, en realidad, me llevaba a un hotel que está rumbo a Tuxpan y ahí pasábamos como dos horas pero ya con mi consentimiento. Yo le pedía que no usáramos condón “para disfrutarlo más”, le decía.
En la primera oportunidad que pude hablar con Beto, le dije que no se preocupara, que ya estaba menstruando normalmente pero que no lo quería volver a ver. Al parecer, se alegró con mi mentira porque me dio un abrazo y se fue.
―¿Cuándo vas a pedir mi mano? ―le dije un día a Mardonio, como recordándole su promesa de casarse conmigo.
No contestó, se limitó a ver hacia el piso, pero ese mismo día, en la noche, fue a hablar con mis padres y a los ocho días nos casamos.
―Creo que vas a ser papá… ―le dije en la misma noche de la boda.
Él me abrazó y me juró que sería el mejor padre para nuestro hijo. Desde ese día me prometí que si teníamos una hija, trataría de conseguirle un padrino rico y guapo, como el que yo tuve.

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miércoles, marzo 16, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

El mejor padrino



José I. Delgado Bahena


Los padres de Cristina eligieron a quien creyeron el mejor de los padrinos para que la acompañara el día de su primera comunión.
Mardonio, a sus treinta y cuatro años, era dueño de un local donde vendía motocicletas, lo que le llevó a convertirse en el empresario más rico y el más codiciado por las solteras de la ciudad.
Por eso, Gustavo, el padre de Cristina, aprovechando que conocía a Mardonio, ya que jugaban juntos en un equipo de futbol de la liga municipal, le pidió a su amigo que le hiciera el honor de apadrinar a su hija, quien ya se preparaba para tomar, por primera vez, la sagrada hostia.
―¡Claro que sí! Ya verás qué regalo le daré a mi ahijada ―contestó el futuro compadre.
A sus doce años, Cristina se sintió maravillada con la moto de origen argentino que su padrino le regaló.
―Mira hija: esta chulada de moto se llama Hot 90 Sweet y fue pensada para mujeres hermosas como tú ―le dijo Mardonio, limpiándose la boca del mole que le habían invitado por la comida de la festejada.
A partir de entonces, el padrino de Cristina entraba y salía de la casa de la ahijada, como si fuera la suya, llevando siempre regalos para ella. Esto les llenaba de vanidad a Gustavo y a Martina, los padres, quienes presumían ante sus vecinos y familiares de lo generoso que era su compadre.
Un viaje a Acapulco fue el regalo que Mardonio le hizo a Cristina por motivo de sus quince años y de que había terminado con buenas calificaciones su educación secundaria.
―¡Ay, compadre! ―le dijo un día Martina―, ¿cómo le vamos a corresponder tantas atenciones para mi hija?
―No se preocupe comadre. Ya me han correspondido dándome una ahijada muy chula y muy inteligente.
Estando Cristina ya en el bachillerato, Mardonio comenzó a invitarla al cine, en la nueva plaza comercial; o la llevaba a cenar, con el beneplácito de los padres quienes veían con buenos ojos que el compadre estacionara su lujoso auto frente a su casa, cuando iba en busca de la ahijada.
Por estos días, Mardonio invitó a Cristina a la fiesta de un pueblo cercano que celebra el Segundo Viernes de Cuaresma. “Ahí conocerás las tradiciones de esa comunidad”, le dijo, “verás sus danzas, sus costumbres y probarás la cochinita, que es típica del pueblo, y la gente de ahí les ofrecen un taco de este platillo a todos los visitantes”.
Gustavo y Martina, por la confianza que ya le tenían al compadre, le dieron permiso de que Cristina lo acompañara a esa fiesta religiosa.
Mardonio esperó pacientemente a que la ahijada regresara de la prepa, se bañara y se vistiera con otras ropas. Cuando estuvo lista, salieron hacia el pueblo.
Estando allá, y casi a punto de regresar a la ciudad, él recibió una llamada en su celular.
“¿Qué pasó, güey?”, oyó Cristina al atender él la llamada. “Sí, estoy con mi ahijada… claro que sí, vénganse; estamos junto a la iglesia, cuando lleguen me marcas.”
―Son dos de mis cuates ―le explicó Mardonio―, quieren venir a la fiesta.
Cristina, sin posibilidad de opinar, se limitó a sonreír en un claro gesto de aceptación que el padrino entendió de cariño y le impulsó a abrazarla y darle un beso en la mejilla.
Cuando los amigos de Mardonio llegaron, les propusieron que fueran al jaripeo que se lleva a cabo en un corral, a la orilla del pueblo, junto a la cancha de futbol.
Atardecía cuando inició la fiesta de los toros con la música de la banda “La Pecadora”, contratada para ese día. Ellos, de inmediato pidieron una tanda de cervezas que ingirieron de un trago y le siguieron muchas más, lo que les llevó a perder la noción del tiempo y cuando lo advirtieron ya eran casi las doce de la noche.
―Ya vámonos, padrino ―dijo Cristina―, mis papás debe estar preocupados.
―Si mija ―respondió él poniendo su mano derecha sobre la pierna de ella.
Los amigos se fueron en su auto. Pero a Mardonio, bajo los efectos de las cervezas que había bebido, se le encendieron los sentidos; entonces, antes de salir del pueblo, orilló su carro cerca de un árbol y, protegido por la oscuridad de la noche, abusó sexualmente de su ahijada quien, a pesar de la resistencia que opuso, tuvo que soportar el ultraje en esa, y otras muchas ocasiones, en que los confiados padres permitieron la cercana compañía de quien ellos consideraron el mejor padrino para su hija.


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miércoles, marzo 09, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

La mujer de enfrente



José I. Delgado Bahena


―¡Eres un macho! ―le gritó, mientras descolgaba el teléfono para marcar al 066 en demanda de auxilio.
―Ni lo digas, perra… ―le respondió con voz pastosa por las cervezas que había ingerido toda la tarde en compañía de su compadre Samuel.
―¡Sí, eso eres! ―le gritó mientras marcaba― No sé cómo te he aguantado todos estos años siendo tu sirvienta sin sueldo, tu amante, la niñera de tus hijos, tu cocinera. Cuando te casaste conmigo no querías una esposa sino todo eso, ¡y gratis!
―¡Cállate! Mejor no digas nada. No eres una santa. ¿Crees que no me he dado cuenta de lo provocativa que eres hasta con mi compadre? Si hasta pareces perra en celo; te gusta llevar a los hombres detrás de ti.
Mientras hablaba, se quitó el cinturón que había comprado en la feria y se lo enrolló en la mano, con la gruesa hebilla colgando en uno de sus extremos, en evidente gesto de amenaza hacia su mujer.
―¡Anda, pégame! Así serás bueno: con las mujeres. Eres igual a todos los machos. Bueno…―dijo, al escuchar la voz del otro lado de la línea― por favor que manden una patrulla, vivo en Tomatal, en el barrio de la…
No pudo continuar. Arturo le quitó el auricular y lo colocó sobre el aparato.
Desde hacía trece años que vivían en unión libre, durante los cuáles habían tenido dos hijas. Ahora, Hilaria se encontraba otra vez embarazada y el ginecólogo les había informado que nuevamente tendrían una niña.
―En vez de ser buena para alegar y llamar a la policía, deberías serlo para darme un machito. Puras viejas sabes hacer. Ya me están dando ganas de cambiarte.
―¡Pues hazlo! ¿Qué esperas? Ni creas que te voy a llorar. Hombres como tú se encuentran en cada esquina.
―¡Cállate, cusca! ―le gritó al tiempo que descargaba un cinturonazo sobre el rostro de Hilaria― Ya imaginaba que andabas de caliente. Seguramente las chamacas ni son mis hijas, mucho menos la que viene.
Con el impacto del golpe, ella había caído sobre el sofá, llorando más por la rabia que por el dolor. Al quedar cerca de la mesita donde tenían el teléfono, alcanzó a oír una voz tenue que decía: “deme su domicilio para ir en su ayuda”.
―¡Infeliz! ―dijo ella, alzando la voz y protegiéndose con uno de sus brazos ante la amenaza de un segundo golpe― Te aprovechas de que soy mujer. No sé para qué nos vinimos a vivir aquí, en la Palma, tan lejos de mis hermanos.
―Eso querías, ¿no? Para andar de mancornadora a tus anchas mientras me iba a trabajar. ¡Ándale, confiesa!
―¿Qué querías? ―contestó ella con rencor―, si tú mismo me decías: “Baila con mi compadre, ya ves que yo tengo dos pies izquierdos”. Sí ―continuó, tratando de hacer tiempo―, cuando bailé con él sentí calientitas sus manos y su aliento suave quemándome las orejas. Y tú, bebe y bebe, no me culpes.
―¡Maldita perra! ―la insultó descargando dos cintarazos, seguidos de un puntapié, sobre el abultado vientre de Hilaria―, seguramente la chamaca que viene es de mi compadre. Ya sospechaba esto. ¡Con razón tienes puras viejas… si no son mías!
Hilaria no respondió. El dolor en su estómago era insoportable y un líquido que le brotaba de su entrepierna le escurría por las rodillas. En posición fetal, lloraba apretando los dientes para no decirle que sí; que, efectivamente, orillada por sus malos tratos aceptó las dulces palabras de su compadre Samuel y se dejó conducir por él, en incontables ocasiones, hacia los lugares más apartados de la ciudad para dar rienda suelta a sus impulsos y a sus ansias insatisfechas. Sí, también quería decirle que el bebé que esperaba era de su compadre y que se había enterado en uno de los libros de Paulita, la mayor de sus hijas, que el hombre es el que determina el sexo de los hijos, nomás para bajarle los humos de macho mexicano…
No lo hizo. Apretó más los dientes para soportar el dolor en el bajo vientre y siguió llorando en espera de que hubieran entendido su llamado.
Arturo, al ver las condiciones en que había dejado a su mujer, superó un poco su estado de ebriedad y, reaccionando cobardemente, se colocó el cinturón en su pantalón disponiéndose a salir de la casa.
Al abrir la puerta se encontró con tres vecinos que guiaban a los agentes de la policía.


***


Un saludo y muchos abrazos para mi hija: Nancy Yanet Delgado Contreras, por cumplir hoy un año más de vida. ¡Felicidades!


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miércoles, marzo 02, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

“Cuarenta y veinte”



José I. Delgado Bahena


La conoció por pura casualidad. Él, Agustín ―de cuarenta y dos años de edad―, era maestro en una escuela secundaria del centro de la ciudad y tenía un año que le habían diagnosticado, en el ISSSTE, la enfermedad de la diabetes y una hipertensión arterial provocada por el desorden en su alimentación que le tenía siempre con los triglicéridos y el colesterol al tope. 
Ella, Mónica ―a punto de cumplir los veinte―, recién había entrado a trabajar en el laboratorio de análisis clínicos donde él acudía, cada dos meses, a revisar sus niveles de glucosa.
Mónica capturaba, en la computadora, los datos de los pacientes y ahí se conocieron; pero comenzaron a tratarse por el mes de diciembre, cuando se encontraron en la combi que ambos abordaron, ya que ella vivía con sus padres y su hermano, de apenas doce años, en una colonia por el rumbo donde también vivía Agustín.
―Hola ―le dijo él, al ver que Mónica se había sentado justo frente a él y acomodaba su bolso sobre sus rodillas.
―Hola ―contestó ella, sonriente y preguntándose de dónde conocía a aquel señor que le saludaba amablemente.
―No te acuerdas de mí, ¿verdad? Soy cliente del laboratorio donde trabajas.
―¡Ah, sí!, disculpe. Es que, ¡son tantos los que acuden con nosotros!
Ahí comenzó una conversación que no terminó en el corto viaje que realizaron, lo que los llevó a intercambiar números de teléfonos y direcciones de correo electrónico.
Él le enviaba mensajes a su celular todas las mañanas, antes de comenzar sus clases, saludándola e invitándola a tomar un café o a cenar “un día de estos”.
En su primera cita, en un café del centro, Agustín le confió que era casado pero que, en los últimos meses, la convivencia con su mujer navegaba en el río de la amistad y la tolerancia; que tenía dos hijos con los que ya no convivía por estar, uno, en la universidad y otro en el bachillerato; de manera que su vida transcurría en un mar de apatía y soledad.
Mónica, correspondiendo a la confianza de él, le contó que recién había terminado una relación con un chavo del CREN a quien le hallaba con frecuencia rastros de infidelidad; por lo que decidió cortar por lo sano y prefirió quedar en libertad, más tranquila y sin compromiso.
Después de esa convivencia vinieron muchas más. A él no le importaba que algún conocido pudiera verlos y le fuera con “el chisme” a su esposa. Ella se justificaba diciendo a sus amigas que esa amistad le enseñaba más que la relación que había terminado con su novio normalista.
Por eso, y por lo que fuera, no instalaron ninguna barrera para dar salida a sus sentimientos y, retando al mundo, se besaban en público como adolescentes enamorados.
Un día, después de haber estado en el cine, ella le pidió que la llevara a un lugar más… íntimo, donde pudieran estar más a gusto, sin las indiscretas miradas de la gente.
Agustín entendió la sugerencia y, en un taxi, se fueron a un hotel, en la orilla de la ciudad, donde, por primera vez, él conoció la tersa dulzura de la piel de Mónica que lo transportó hacia el rejuvenecido sol de la esperanza.
Desde entonces, más que novios, fueron amantes y él se dejaba llevar por las frenéticas y tempestuosas aguas juveniles que Mónica dejaba libres en compañía de Agustín cuando iban a la disco, al café, al cine o a nadar.
Definitivamente, era lo que él esperaba para salir de su rutinaria vida; pero olvidaba las mil recomendaciones que el médico del ISSSTE le hacía y los cuidados en su alimentación que su esposa procuraba, a pesar del distanciamiento en el que se encontraban.
Y llegó la feria de la bandera.
Mónica convenció a Agustín de que se subieran al temerario juego mecánico del “martillo”.
Al estar sentados, y permitir que el operador les ajustara los cintos de seguridad, él advirtió que su hijo, estudiante de preparatoria, se encontraba sentado frente a él, viéndolo fijamente en clara actitud de reclamo.
El movimiento de la máquina no le permitió articular ninguna palabra. Cerró los ojos y se dejó abrazar por Mónica. Fue la única sensación que disfrutó. Los violentos giros del aparato le cortaban la respiración y le hacían sentir que medio cuerpo dejaba en las alturas cuando el asiento en el que iban descendía vertiginosamente.
Al detenerse por completo el “martillo”, Mónica dejó de abrazar a Agustín sólo para darse cuenta de su inmovilidad.
Los gritos desesperados que emitió atrajeron la atención del controlador del juego quien de inmediato se comunicó con los paramédicos de la feria, solicitando una atención innecesaria para Agustín quien había dejado, en una de las vueltas del “martillo”, la flor de la esperanza que sembró en la lava ardiente que era Mónica.


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YA ESTÁ A LA VENTA, EN TODAS LA LIBRERÍAS DE IGUALA Y CHILPANCINGO, EL “MANUAL PARA PERVERSOS”.


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miércoles, febrero 23, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

Todo por la Feria de la Bandera.



José I. Delgado Bahena


Lo que son las cosas: Tana me gustaba, pero hasta que estuvimos en Iguala pude disfrutar, a ciegas, su hermoso cuerpo.
Todo comenzó desde que Miguel y yo decidimos poner un negocio para vender productos gringos que proporcionaran a la gente una vida más larga y llena de salud. Nos relacionamos con un agente de Tepito, en el D.F., y allá surtíamos la mercancía que distribuíamos en los pueblitos del Estado de México, en una camioneta que nos prestaba otro amigo, Raúl, a quien después decidimos invitarlo como socio.
El negocio es bueno. Como los pobres pueblerinos no saben de medicina, abren su morral y compran las pastillas que les llevamos con la promesa de que mejorarán sus condiciones de salud. Y luego, pues, Miguel tuvo la ocurrencia de comprarse una bata de las que usan los chamacos en los laboratorios de las escuelas y hasta médico parece.
En ocasiones, nos íbamos todos: Miguel y Tana, su esposa; Raúl y Lucy, su chava con la que vive en unión libre; y yo con Patricia, mi vieja. Trabajábamos toda la mañana, y por la tarde nos dedicábamos a conocer los lugares por donde andábamos.
Un día, Raúl llegó con la noticia de que tenía un cuate en el Ayuntamiento de Iguala y que le había conseguido un local, en los terrenos de la Feria de esta ciudad, casi gratis, para que vendiéramos nuestros productos.
No lo pensamos mucho. Sabemos que en estas fiestas llega mucha gente y todos llevan su buen dinero.
Total, que aceptamos la invitación pero, para atender el local, nos íbamos turnando y cada cuatro días nos tocaba estar en Iguala.
Pero esa vez, cuando pasó todo, la idea fue de Miguel.
−¿Qué les parece si este fin de semana, se vienen todos para disfrutar de la Feria y conocer el lugar? –nos dijo por teléfono a Raúl y a mí.
Los dos lo consultamos con nuestras viejas y a los cuatro nos pereció buena la idea, ya que esta ciudad de Iguala es famosa por el comercio del oro, por el hasta monumental y una bandera enorme que creo es la más grande del mundo.
Lo malo fue que no encontramos habitaciones libres en un hotel que nos recomendaron por tener un balneario muy bonito. Sólo había una habitación doble y una sencilla con king size. Decidimos alquilar las dos y dijimos que a ver cómo no acomodábamos. Como era temprano quisimos visitar el asta y nos dirigimos hacia el lugar donde está instalada. Es enorme y al estar cerca de ella impacta su majestuosidad; lo lamentable es que no estuviera la famosa bandera ondeando en todo lo alto. Es curioso, porque, al celebrarse la Feria de la Bandera, se hace sin la festejada.
Aquí viene lo bueno. Ya en la madrugada, después de recorrer los antros de la Feria y de consumir varias cervezas, nos fuimos al hotel, no sin antes pasar a un Oxo para comprar más bebidas.
Estando allá, nos reunimos en la habitación sencilla, con cama king size, y seguimos conviviendo. Como a la media hora, se fue la luz y nos quedamos en penumbra, sólo iluminados con algunos rayos de la luna que entraban por una ventana.
Como nos quedamos sin aire acondicionado, por falta de energía eléctrica, Raúl propuso que nos quitáramos la ropa, todos, y que así: desnudos, los hombres jugáramos a encontrar a nuestras mujeres. En la oscuridad, ellas comenzaron a moverse y nosotros, por lo pedos que estábamos y porque no veíamos nada, nos confundimos y agarramos a la primera que encontramos.
La verdad, yo tuve suerte, porque me topé con Tana, la vieja de Miguel, y como de por sí me gustaba, pues comencé a besarla, ella respondió y, al estar desnudos, pues, fue fácil atizar la hoguera que ya estaba encendida.
Así pasamos un buen rato, cada quien con otra mujer que no era la suya. Cuando llegó la luz, nos vimos sorprendidos teniendo sexo con parejas intercambiadas. Nadie dijo nada. Las viejas levantaron su ropa y, como si se hubieran puesto de acuerdo, se dirigieron en silencio a la otra habitación que habíamos rentado.
Para romper el hielo, Raúl exclamó: “¡Todo por la Feria de la Bandera, que se celebra sin bandera!” Soltamos la carcajada, nos pusimos nuestros bóxers y seguimos tomando.


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YA ESTÁ A LA VENTA, EN TODAS LA LIBRERÍAS DE IGUALA Y DE CHILPANCINGO EL “MANUAL PARA PERVERSOS”.

lunes, febrero 21, 2011

EL MANUAL PARA PERVERSOS

A PARTIR DE HOY, DE VENTA EN LAS PRINCIPALES LIBRERÍAS DE IGUALA, GRO.

miércoles, febrero 16, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

El día de San Valentín.
José I. Delgado Bahena



"El que tiene un derecho
no obtiene el de violar el ajeno
para mantener el suyo."
José Martí


Bueno, ya sé que todos esperarán que les cuente una historia llena de romance, flores y poesía. No es mi caso, desgraciadamente. Aunque, a decir verdad, también me levanté ilusionado por las atenciones de mi flaquita. Hace dos años que nos casamos y pues, cada vez nos queremos más. Pero este día no iba a ser igual que el del año pasado.
Hace un año celebramos muy padre el 14 de febrero, fuimos a comer, le compré un globo, sus flores y un perfume como regalo. Ella me obsequió una playera e invitó el cine; pero hoy, como tenía que trabajar, sólo desayunamos juntos y me fui a prestar mis servicios de taxista por el centro de la ciudad y después, en la tarde, hice mis recorridos por los terrenos de la feria.
Tenía la intención de trabajar sólo hasta ocho de la noche, pero me ganó la ambición porque había mucha chamba y me estaba yendo bien. Así que me seguí más horas, hasta que llegó mi último cliente.
Eran como las once de la noche. Un individuo, de aproximadamente, veinte años de edad que vestía pantalón vaquero y una playera del América, me pidió el servicio. Abrí la puerta y subió al asiento delantero; me indicó que iba a Tuxpan y hacia allá me dirigí.
Por el camino comenzó a hacerme plática y a quejarse de su novia, que justo en esa fecha le había pedido que terminaran. Me di cuenta que iba borracho y sólo le daba “el avión” para que no pensara que le hacía menos en su conversación. Sin embargo, al llegar al vado que están arreglando, en el puente de la autopista, tuve que aminorar la velocidad y fue en ese momento en que el tipo sacó un cuchillo y me amenazó con él al mismo tiempo que me pedía el dinero de la cuenta.
Como ya había trabajado todo el día y me había ido muy bien, tenía una buena cantidad que decidí esconder debajo de mi asiento, donde también llevaba un martillo.
Detuve el automóvil en la desviación para la “Quinta Happy” y puse mis manos sobre el volante para que viera que no tenía intenciones de defenderme. Le pedí que se calmara y le dije que apenas había tomado mi turno, por lo que el dinero lo podía tomar de la cajuelita, a un lado de la palanca de velocidades.
−¿Crees que soy pendejo? –me dijo, dándome un piquetito en las costillas al ver que sólo traía unas monedas.
−Claro que no –le respondí−. Pero si gustas, sácalo debajo de mi asiento; ahí traigo lo que he ganado en todo el día.
−Sácalo tú –me ordenó.
Para obedecerlo, me incliné y, a tientas, busque debajo de mi asiento. Lo que encontré fue el mango del martillo, lo tomé con fuerzas y al enderezarme le di un golpe en su brazo derecho con lo que provoqué que soltara el cuchillo.
Al verse desarmado, se me fue a golpes con sus puños pero la furia me dio valor para responder y le di dos martillazos en la cara. Con uno de ellos le rompí la nariz y comenzó a sangrar por lo que dejó de agredirme y sólo se enconchó sobre el asiento en señal de rendirse.
Yo estaba ciego de ira por lo que seguí golpeándolo en el cuerpo, abrí la puerta y lo empujé hacia afuera.
Me bajé y le di vuelta al carro. Al llegar junto a él comenzó a implorarme que ya no lo golpeara. En eso, otro compañero taxista se detuvo, se bajo del auto y me contuvo. Me convenció de que era mejor poner la denuncia y él mismo llamó a la base para que reportaran el hecho a la policía.
Al poco rato llegó una patrulla y los polis nos llevaron al asaltante y a mí al Ministerio Público.
Ya en el MP, le llamé a mi flaquita para que fueran a verme ella y mi hermano, quien vive a un lado nuestro.
A llegar, se encontraron con la gran sorpresa de que yo también me encontraba detenido. Resulta que el sujeto tiene que responder por su intento de asalto; pero yo, que soy el agraviado, y a pesar de que actué en defensa propia, ¡también estoy acusado, por el delito de lesiones!

miércoles, febrero 09, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

En la otra orilla.



José I. Delgado Bahena

“En vano querer ser buenos y querernos como hermanos,
si tú no tuvieras senos y yo no tuviera manos.”
Dicho popular.

Cuando mi madre murió, después de una larga temporada padeciendo un cáncer intestinal que en ninguna parte le pudieron curar, le hizo prometer a mi padre que se volvería a casar. Él, por consentirla en su lecho de muerte, le juró que así lo haría.
En ese entonces yo tenía sólo diecisiete años y estaba estudiando el último semestre en el Cbtis. No tenía hermanos, por lo que yo era la única preocupación de mi padre quien, a sus cuarenta años, parecía que perdía la motivación para sobrevivir a la ausencia de mi madre.
−Deberías volver a casarte, como le prometiste a mamá –le dije un día, de los pocos que compartíamos, en la mesa, merendando un vaso de leche y un pan tostado con mermelada.
−¿Para qué? –me contestó con una pregunta−, de cualquier manera nunca podré olvidar a tu madre.
−Para que no estés solo. Hace más de dos años que ella nos dejó y no eres viejo. Cuando termine mi carrera, tal vez querré casarme y no me gustaría dejarte sin alguien que te caliente la cama.
−¿Quién piensa en eso? –replicó sonriendo−, tengo una mano muy amiga y falta mucho para que termines tu estudios en la Universidad.
−Pero el día llegará, padre –le dije, recogiendo los vasos y llevándolos al fregadero.
Después de esa plática no volvimos a tocar el tema. Sin embargo, una tarde, al regresar de la escuela, escuché, antes de abrir la puerta, las alegres carcajadas de él y las de una voz femenina. Al entrar, vi con gran alegría que una mujer, como de treinta años, muy guapa, hermana de una compañera de su trabajo –después me dijo−, estaba con él viendo un programa de televisión.
Mi padre me la presentó como su amiga Laura.
−Hola –le dije, soy Ángel, a tus órdenes.
−Gracias –me dijo, con una sonrisa−. Eres muy guapo eh. Bueno, te pareces a tu padre –completó.
Con el pretexto de que tenía tarea, los dejé solos y entré a mi recámara.
Al mes de aquel encuentro, mi padre llegó con la noticia de que Laura y él habían decidió vivir juntos, sin casarse, y lo harían ahí, en la casa.
Me pareció estupenda la idea (por él, por supuesto). Y así fue. Al siguiente día ella había llevado ya algunas pertenencias y desde ese momento comenzó a adueñarse del tiempo de mi padre, del espacio de la casa y hasta en mi vida se entrometía.
Cuando papá no se encontraba en casa, entraba a mi recámara, me ayudaba con mis tareas, aseaba mi cuarto, veíamos juntos un programa en la tele o salíamos a caminar por el parque que apenas había hecho el delegado de la colonia. Así fuimos conociéndonos y la fui aceptando como parte de la familia. En realidad, no me costó mucho trabajo porque ella tenía un carácter muy agradable y compartíamos muchas aficiones en cuanto a bandas musicales, películas, libros y comidas.
Un día que no tuve clases, me quedé en cama hasta más tarde y Laura llegó con una charola en la que llevaba dos jugos de naranja y dos emparedados. Se acomodó junto a mí y como dos hermanos desayunamos en la cama y viendo la tele.
Al terminar, ella me dio un abrazo interminable y me dijo que me quería mucho. Yo le dije que gracias y que igual, sentía algo especial por ella. Del abrazo pasamos a los besos en la mejilla. Ella me mordió una oreja y yo le mordí el cuello. Nos besamos y, sin pensar en nada, dejamos que nuestras manos recorrieran nuestros cuerpos y nuestras bocas saciaron con mil besos húmedos el incendio que se desató en nuestros corazones y nos cubrió la piel.
Al terminar con el desahogo de los cuerpos, nos quedamos viendo al techo y preguntándonos sobre lo que haríamos. Ninguno tuvo dudas. Teníamos que ser sinceros con mi padre y decirle lo que había pasado.
Cuando él llegó, con toda la solemnidad del mundo le contamos la traición que tuvimos hacia él esperando una reacción de cólera infinita y la más pesada descarga de blasfemias.
Nuestra sorpresa no tuvo límites. Con gran serenidad y con un tono en sus palabras que no le conocía, expresó: “No te preocupes hijo, recuerda que el gran amor de mi vida es tu madre, que en paz descanse. Jamás te lo oculté, Laura –continuó tomando una mano de ella−. Seremos una familia moderna. Hagamos de cuenta que no pasó nada, o mejor sí, pero sin resentimientos, y cuando gustes puedes venir a hacernos compañía en nuestra cama, que es muy grande”.
Desde entonces, hay ocasiones en que siento el deseo de convivir con ellos, y cuando ven que estoy en la puerta de su recámara, dejan espacio para que pueda acomodarme en la otra orilla.


Escríbeme:
jose_delgado9@hotmail.com

19 DE FEBRERO, EN EL MUSEO A LA BANDERA DE IGUAL, PRESENTACIÓN DE MI LIBRO "MANUAL PARA PERVERSOS". LOS ESPERAMOS A LAS 5 DE LA TARDE.

miércoles, febrero 02, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

Profanador de tumbas.



José I. Delgado Bahena


−Cuando te canses de estar sola, me llamas –le dijo; se bajó de la cama y, descalzo, se dirigió a la habitación de su hijo, para dormir ahí, solo, aprovechando que el chamaco se encontraba estudiando en la universidad de Cuernavaca.

Ella no manifestó ninguna intención. Volteó su cuerpo, de espaldas a la puerta, acomodó su almohada y se dispuso a dormir.

Hacía tiempo que la relación matrimonial entre ellos se venía rasgando con reclamos y desconfianzas, con indirectas y silencios que comenzaban por las mañanas, al despedirse, ella, para irse a su trabajo, y se repetían durante las noches cuando se internaban en la lucha infernal del espacio compartido.

−Si ya te cansaste de mí, ¿por qué no te largas? –le dijo ella, un día mientras le resbalaba el plato sobre la mesa con los huevos con tocino que le había preparado de mala gana.

−La que se va a largar, vas a ser tú, desgraciada –respondió él−; pero lo harás con los patas por delante, cuando me fastidien tus insultos y tus malos tratos.

−Valor deberías tener para buscar trabajo, no para amenazar. ¿Ya se te olvidó que llegaste de arrimado y que todo lo que hay aquí, hasta el plato en el que estás tragando, lo he comprado yo?

−No –dijo él, con aplomo y con una sonrisa que impactó en la puerta del refrigerador−. Pero, al parecer, ya olvidaste que estamos casados por bienes mancomunados.

Ella apretó los puños en señal de frustración, tomó su cartera y salió a la calle.

Alejandro terminó de desayunar, se dirigió al teléfono y marcó.

“¿Qué pasó, mi valedor, hay alguna novedad?” Preguntó a quien le contestó del otro lado de la línea. “Sí, claro, acaba de salir. No te preocupes. ¿Hay dos nuevos? Está bien, allá te veo. Sí, así quedamos.” Colgó y se dirigió al baño. Se aseó y se vistió para salir.

Ya en la calle, tomó un taxi y se dirigió al panteón municipal. En la entrada lo esperaba Samuel, su amigo con quien realizaba las fechorías que le permitían tener algo de ingresos. Antes de entrar, le dieron un billete de veinte pesos al cuidador para que fuera a comprarse un refresco.

Al llegar a las tumbas, procedieron a quitar las barras ornamentales, que suelen ser de hierro, cobre, plomo o bronce y huecas por dentro, pero que al reunir cierta cantidad de estos metales, y venderlos en el mercado negro, obtienen, al menos, alguna cantidad de dinero para comprar sus carrujos de mariguana.

Hacía poco que se les había ocurrido la idea. Comenzaron en los panteones de los pueblos. Como Samuel tenía un auto, un poco viejo pero que les permitía trasladarse al panteón de la comunidad elegida donde, sin escrúpulos, desvalijaban todas las tumbas quitándoles los crucifijos y los elementos de metal que las familias mandaban poner para adornar la última morada de sus seres queridos.

A pesar de la indignación general de la gente, por el atrevimiento y la falta de respeto al descanso de los difuntos, las autoridades nada hacían por detener estos atracos y se repetían constantemente. En el primero que se tuvo noticia, se calculó que los amantes de lo ajeno al menos dos toneladas de plomo habían extraído del cementerio de la ciudad.

Después de vender los escasos objetos que habían logrado sustraer, los dos amigos se dirigieron a un billar del centro y ahí estuvieron bebiendo hasta la madrugada. Alejandro, ya borracho, se despidió de Samuel y se fue caminando por las calles desiertas de la ciudad llevando consigo, en una bolsa negra, un Cristo chapado de oro que encontraron en una de las tumbas y que él no quiso vender, para llevárselo de recuerdo a su casa.

Al llegar a su domicilio, a pesar de la borrachera, pudo distinguir, a través de las cortinas de la ventana, un par de siluetas que se movían en el interior de la casa. Los celos lo invadieron pero, agazapado, esperó a que el silencio imperara.

Cuando las luces se apagaron, entró y se fue directamente a la recámara donde creía que encontraría a su mujer con su amante. Lo único que vio, en la oscuridad de la noche, fuel el bulto de una persona a quién se le fue a golpes con el Cristo que llevaba entre sus manos.

En ese momento se encendió la luz y apareció en la puerta su hijo quien, con ojos de asombro, observó el cuerpo sangrante y sin vida de su madre que, apenas hacía media hora, lo había recibido con gran alegría por venir a pasar el fin de semana con ellos.

***

DENTRO DE UNOS DÍAS ESTARÁ A LA VENTA MI LIBRO “MANUAL PARA PERVERSOS”, CON TODOS LOS TEXTOS PUBLICADOS AQUÍ Y OTROS INÉDITOS. GRACIAS POR LEERME.


Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com

martes, enero 25, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

Los días son grises.



José I. Delgado Bahena


Se lo recomendó su amigo Edy. “Sube fotos al Metroflog”, le dijo, “así conocerás mucha gente y te volverás popular”.
A sus trece años, navegando en el mar de los días grises que le dejaban las constantes ausencias de la madre, con quien vivía en una colonia por la vieja estación del ferrocarril, se pasaba las tardes tomándose fotos con su teléfono celular para después ir al cyber de su calle y subirlas a la red de internet en esta forma de comunicación social que es el “metro de la vanidad”.

Él se asombró de que a los primeros días de comenzar a subir sus fotos, le firmaran tantas personas que el número de visitas permitidas ascendió pronto a cincuenta y después a cien.
“Mi celular me ama.” Le dijo un día a Edy. “Creo que salgo más guapo de lo que soy.”
“Sólo te ves más grande. Pareces de dieciocho.” Le contestó Edy. “Mis amigas de la prepa ya vieron tus fotos y te quieren conocer. ¿Por qué no pones en tu perfil tu Mail y tu número de cel?”
Emmanuel aceptó la sugerencia y desde entonces sus contactos se multiplicaron.
Él siempre correspondía a las firmas que le dejaban, los saludos y las invitaciones para que visitara y “rayara” otros metros.
Al principio sólo eran firmas, después le saturaban el espacio con mensajes privados (MP) e incontables usuarios lo agregaban a sus favoritos insistiéndole que los agregara también.
Al menos cinco días a la semana se le veía sentado frente a la máquina, que alquilaba por ocho pesos la hora, subiendo fotos y dejando sus comentarios en los “metros” de las otras personas, de cualquier parte del mundo, que también las subían.
Pero el mundo no es tan grande como parece.
Uno de sus frecuentes visitantes, que diariamente le dejaba al menos cuatro firmas, escribió un MP por demás revelador; sin embargo, la falta de malicia de Emmanuel no le permitió ver lo que escondían aquellas palabras.
“Hola amigo. Muy buena tu pick. Te ves genial. Soy de Iguala, me gustaría verte y saludarte en persona.” Atte. “El pechjosh”
Él contestó el mensaje sin ninguna precaución: “Sí, amigo, cuando gustes. También soy de Iguala. Podemos ir a jugar futbol o al cine. Siempre estoy solo en las tardes y no tengo que pedir permiso a nadie.”
Cuando se conocieron, al “pechjosh” −quien dijo tener treinta y cuatro años de edad− no le importó saber que Emmanuel tuviera sólo trece y poco a poco se fue ganando su amistad y su confianza.
Primero fue al zócalo, después al cine, al futbol… hasta que Emmanuel lo invitó a su casa con el propósito de jugar Resident Evil, en un Play Station que le acaba de comprar su mamá, como una manera de disculparse por sus constantes ausencias del seno familiar.
Mientras se dirigían hacia al domicilio de Emmanuel, en el auto del “pechjosh”, un destello de precaución iluminó la frente del muchacho.
−¿Tú dónde vives? –le preguntó mientras daban vuelta por las vías del tren.
−¡Huuuuy!, por el otro lado de la ciudad. Después te invito –le contestó su “amigo”, disimulando su nerviosismo con un ataque de tos que fingió muy mal pero que Emmanuel no advirtió.
Al bajarse del auto, el nuevo “amigo” de Emmanuel se llevó una pequeña mochila que se cruzó sobre el pecho.
Después de aburrirse con el juego, encendieron la televisión y estuvieron viendo una serie gringa.
Con el pretexto del calor, “pechjosh” se quitó la playera que llevaba puesta al momento que le decía:
−Te quiero mucho, amigo. ¿Me dejas darte un abrazo?
−Claro que sí –contestó Emmanuel sin recelo.
No fue un abrazo lo que su “amigo” le dio, sino un puñetazo en la barbilla que lo derribó y lo dejó semiinconsciente sobre el sofá. Aprovechando su aturdimiento, le colocó boca abajo y le ató las manos con la playera que se había quitado. De su mochila extrajo una cinta adhesiva que usó para rodear su cabeza y cubrirle la boca.
Cuando Emmanuel pudo reaccionar, le fue imposible evitar que “pechjosh” le quitara el pantalón y saciara con él sus más bajos instintos sexuales. Después, la visión y la mente se le nublaron; sólo retuvo la advertencia de su “amigo” que, al marcharse, le decía: “Si dices algo, te mato”.
Así lo encontró su madre. Por más que indagaron en el Metroflog, ningún indicio se encontró del “pechjosh”. En su perfil sólo decía: originario de Yevreyskaya Autonomnaya Oblastr, México.
Desde entonces, Emmanuel se ha alejado del cyber y sólo se le oye entonar una estrofa de su rola preferida del grupo La Misión: “Días grises, porque vemos todo nublado,/ días grises, cuando nos sentimos fracasados…”
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martes, enero 18, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

El día que vino Joan Sebastian.



José I. Delgado Bahena


Pedro salió temprano de su casa, en una colonia cercana a la central de abastos de la ciudad. Él y su familia tenían tantas apuraciones económicas que prefirió escapar hacia la calle que quedarse a oír los reclamos de su mujer y los llantos de su pequeño hijo.

“Pinche vida…”, pensó. “No sé cómo fui a embarcarme tan pronto con la Daniela; de haber sabido la dejo con todo el paquete del escuincle. Pero no, ahí estoy de güey, creyéndole a su madre, que con su sonrisota de bruja me animó a casarme cuando apenas teníamos los dos diecisiete años.”

Se hacía estas reflexiones mientras caminaba hacia ningún lado. Pasó por la escuela del CECYTEC y llegó a los terrenos de la feria. Ahí se entretuvo observando unas bardas pintadas con la publicidad de la presentación de Joan Sebastian, esa tarde, en el estadio de futbol, en un acto proselitista a favor de un político.

Eran las doce del día. “Tal vez me dé tiempo de ir a ver a mi paisano.” Murmuró para sí mismo, recordando un poco de su niñez vivida hacía poco en el vecino municipio de Taxco.

Sus pasos lo llevaron hacia los campos del equipo Cañeros donde quiso entrar pero el cuidador de la taquilla no lo dejó pasar sin pagar. Siguió su camino rodeando los terrenos embardados del campo de futbol.

Llegó hasta las puertas de las instalaciones del Olimpo. Aprovechó un descuido del chavo que cobraba las entradas y pasó a ubicarse cerca del terreno de juego. En la cancha se enfrentaban los equipos de Uda Dukla y el Real Sociedad. Se sentó a un lado de las mochilas de los jugadores. En una acción, en la que el Uda Dukla metió un gol al equipo contrario, Pedro aprovechó la distracción de los aficionados por la anotación y, disimulando un nerviosismo que le provocaba un temblor en los labios, tomó cualquier mochila y se la colgó del hombro, como aparentando ser de su propiedad.

Salió por la puerta principal fingiendo tranquilidad y hasta saludó al taquillero. Apenas iba a unos diez metros de la puerta cuando escuchó el triple silbatazo del árbitro que daba por concluido el primer tiempo del partido. “Chin…”, se dijo, “el dueño buscará su mochila”. Apresuró el paso rumbo a una colonia cercana conocida como Las Américas. Casi llegaba a las primeras casas cuando escuchó unos gritos. Volteó y vio que dos muchachos, aún con su uniforme de juego, le silbaban en clara advertencia de que iban tras él.

Intentó correr pero los nervios se lo impidieron y se limitó a recargarse en el tronco de un guamúchil; ahí esperó la llegada de los furibundos jugadores que llegaron empujándolo y arrebatándole la mochila.

Con el rostro pálido, vio cómo, uno de ellos revisaba el contenido para asegurarse de que se encontraban ahí su cartera (con su dinero y sus tarjetas del banco), su celular, sus tenis, su ropa, algunas monedas que había guardado en una de las bolsas laterales de la mochila y lo más importante: una pistola envuelta en una franela roja.

−¡Perdóname, carnalito! –chilló Pedro al ver la pistola−. ¡Te juro que es la primera vez que lo hago, no tengo trabajo y mi familia está sin comer!

−¡Pero se pide, pendejo, no se roba! –le contestó el dueño de la mochila apuntándole con la pistola.

−No le hagas nada! –le gritó Vicki, la esposa del jugador quien llegó en ese momento encima de una moto conducida por su hermana−. Llamaremos a la policía para que se lo lleven. Vete a jugar, ya va a comenzar el segundo tiempo.

Los dos jugadores regresaron al campo de futbol mientras Vicki llamaba al 066 para solicitar apoyo policiaco.

“Lo sentimos, por el momento todas las unidades están comisionadas para resguardar el orden en la presentación de Joan Sebastian.” Fue la respuesta que obtuvo a la solicitud que hizo a la dependencia encargada de atender la seguridad de la ciudadanía.

Al darse cuenta de esto, Pedro se armó de valor y echó a correr, tomó un taxi y le pidió al conductor lo llevara a su domicilio. Las hermanas subieron a la moto y lo siguieron. Durante el camino, insistían en demanda de apoyo de alguna patrulla de la policía para atrapar al delincuente. La última respuesta que obtuvieron de las oficinas del 066 fue: “Ya hicimos su reporte. No es necesario que vuelva a marcar. El director de seguridad pública nos ha prometido que en cuanto termine el evento le enviarán apoyo, gracias.”

Al llegar a su casa, Pedro entró a pedirle un poco de dinero a su mujer y salió con unas monedas que entregó al taxista quien se retiró regalándole cinco agresivos claxonazos.

Ya en el cuarto, en el que vivía con su pequeño hijo y su mujer, se tiró en la cama, viendo al techo, y lloró. Nunca supo que gracias a que en ese momento toda la policía de la ciudad se entretenía con el “Bandido de amores”, no había ido a pasar una buena temporada, “Más allá del sol”, bajo la sombra, en el Cereso de Tuxpan.


Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com

miércoles, enero 12, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

Algo sobre la muerte.



José I. Delgado Bahena


“¡Qué costumbre tan salvaje ésta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.
Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?
Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.
Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlo a un río?
Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.”
Quise comenzar con este poema del maestro chiapaneco Jame Sabines, para abordar el tema de la muerte en este texto en el que no pretendo contar una historia urbana ficticia, sino hablar de una realidad tan cierta como es la muerte.
Esta sentencia cruel que es lo único que se cumple con cabalidad de todos los augurios que se expresan en el momento de nuestro nacimiento.
La muerte… el más grande dilema del ser humano: ¿Qué hay después de ésta? ¿Es verdad que nada se pierde sino todo se transforma? “A dónde vamos oh, hermanos…”, dirían los aztecas. En fin, polémicas, discusiones, reflexiones y análisis que al mexicano le han llevado a la mejor decisión: jugar con ella.
“Entonces, ¿en qué quedamos, me llevas o no me llevas?”, dice una canción. “La pelona me pela los dientes…” “La huesuda es mi comadre…” Frases como éstas persisten en las expresiones populares que denotan el menosprecio hacia lo irremediable. Pero, ¿hasta qué punto somos capaces de aceptar este designio de la vida que es la muerte?
Todo esto lo digo porque hoy mismo, tal vez cuando usted esté leyendo este texto, estaremos sepultando a un gran señor que fue en vida el padre de mi amiga Maricela Arzate Martínez. Le conocí ya enfermo, pero con una fortaleza, para enfrentar los días terribles que le deparó su enfermedad, del tamaño del cielo.
En varias ocasiones estuvo a punto de sembrar los días triste de su despedida en los corazones de los familiares y amigos, y en esas mismas veces venció al infortunio regalándonos varios meses más de su agradable compañía.
Por eso, en la línea de aceptar lo irremediable, se dispuso a preparar los servicios de su funeral con tanta lucidez que dejó indicaciones ¡hasta de quién iba a servir el café!
¡Vaya! Entre las peticiones que hizo fue que junto a su féretro pusieran flores del campo, silvestres, y la familia buscó, y encontró, de las más humildes y comunes que cortaron y, con todo y tierrita (la madre tierra), las pusieron en los floreros que dispuso el servicio funerario contratado.
Ésta, a mi juicio, es una manera digna de dar el primer paso en el camino hacia Dios (para los que somos creyentes). Pero es una virtud que sólo la pueden tener quienes viven como hombres de bien y llegan con el corazón pleno de agradecimiento por los bienes recibidos en vida, tal y como fue la actitud que siempre tuvo el señor Margarito Arzate Rodríguez, padre, guía y amigo de mi entrañable amiga Mar Arzate.
Desde este espacio, agradeciendo la comprensión de mis amables lectores del Manual para perversos, envío mis condolencias para la familia; pero lo hago con la certidumbre del regocijo por la partida de este gran ser humano que fue don Margarito, porque ellos y nosotros, los que lo conocimos, sabemos que se fue satisfecho de su paso por el mundo y en estos momentos se encuentra al lado del Creador.


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Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com