¿Cómo iba a saber…?
José I. Delgado Bahena
No cabe duda: esto de ser inspector de Reglamentos tiene sus riesgos. Bueno, también te da varias oportunidades de crecimiento económico y las posibilidades de conocer gente −mujeres, pues−, que si las sabes aprovechar, puedes hacerte de un dinerito extra y de cortar bonitas flores de los jardines que la vida te ofrece.
Aunque, a decir verdad, este trabajito ya lo había desempeñado hace como quince años, en Yecapixtla, Morelos, cuando aún era soltero y mis padres se fueron para allá, por un negocio que les ofrecieron para vender cecina.
Ellos estaban muy bien relacionados con las autoridades municipales y me consiguieron la chamba, a pesar de que era muy joven y no tenía ninguna experiencia en ese ramo.
−Mira Miguel –me dijo el viejo−, si eres listo, este trabajo te puede ayudar hasta para que hagas tu casa, aprovéchalo.
Claro que lo aproveché. Además, tuve de pareja a mi compadre Polo que luego luego me dijo cómo hacer las tranzas con los negocios que no cumplían con los requisitos, o cómo inventarles alguna falta para que se “mocharan”. Pero no fue todo. También le aprendí cómo llegarles a las “ñoras” de las tiendas que se encontraban solas y que nos daban entrada para que no las infraccionáramos.
Así conocí a Inés. Era hija de la dueña de una tienda, y como vi que se puso nerviosa cuando le pedí su licencia, le tiré la onda y me aceptó. Comenzamos a salir y no pasó mucho tiempo para que consiguiera lo que en realidad buscaba con ella. Fuimos unas cinco veces al hotel y dejé de verla cuando me dijo que estaba enamorada de mí y hasta quiso que nos tomáramos unas fotografías muy románticas con su teléfono celular. Ella tenía unos veinte años y era bonita, pero en ese entonces, el amor no era cosa seria en mis conceptos.
Después, cuando ya había reunido un pequeño capital, regresé a Iguala, para independizarme de mis padres; puse un local de autolavado, por el peri –estos negocios funcionan muy bien aquí, por lo mal que están las calles−, conocí a Lulú, una tarde que llevó a lavar su “vocho”, y me casé con ella porque me pareció una mujer muy interesante.
Ahora que el doctor ganó la presidencia de este municipio, un amigo me invitó a colaborar en la oficina del Registro Civil, y como mi vieja se quedó al frente del negocio, acepté, pero no duré mucho ahí porque conocí al director de Reglamentos y le pedí que me incluyera en su nómina. Estuvo de acuerdo y me cambiaron de área.
Ya como inspector, mi pareja y yo llegábamos a las tiendas y si veíamos que algunos borrachos estaban tomando junto al local, hablábamos con los dueños y les pedíamos su licencia con permiso para vender cerveza abierta. Los amenazábamos con clausurarles, ya que estaban funcionando como cantina, pero nos daban una mochada y ya, nos hacíamos de la vista gorda.
Todo iba bien, hasta que llegamos a una colonia nueva, Las Brisas, a una tortillería que en ese momento era atendida por una chavita como de dieciocho años. La verdad, a mis treinta y ocho cumplidos, nunca había visto una sonrisa tan plena; es decir, descarada y seria a la vez; con unos ojos endemoniadamente hermosos que aún cuando estaba con Lulú, en las noches, seguían frente a mí, refulgentes, destellantes, relumbrantes.
En cuanto pude, regresé, solo, a la tortillería, con el pretexto de dejarles información para que actualizaran su situación en la oficina de Reglamentos, en el palacio municipal. Ahí estaba. Sola, sin clientes, y yo no veía otra cosa que no fueran sus hermosos ojos que me tenían embrujado.
En un momento de atrevimiento, la invité al cine y aceptó. Quedamos de acuerdo en vernos en la cafetería de la plaza comercial y me retiré viendo estrellitas por todos lados.
Como adolescente, esperé su llegada en el café. Cuando la vi acercarse, sentí que la plaza se iluminó y mi corazón empezó a latir apresuradamente. Me encontraba extasiado y asombrado de que una chava tan guapa, y tan joven, hubiera aceptado salir conmigo.
El asombro y el éxtasis de su hermosura me provocaron mucha confusión, pero casi me desmayo al escuchar sus palabras, al tiempo que me saludaba y me daba un beso en la mejilla.
−Hola, papá –me dijo.
−¡¿Qué?!
−Siéntate, por favor. Entiendo tu desconcierto, papá. Te explicaré rápidamente. Soy hija de Inés. ¿Te acuerdas de ella? Es la joven que conociste en Morelos y que dejaste allá, sin saber que estaba embarazada de mí. Pues esa es la parte de la historia que no conoces. La otra, ¿para qué te la cuento? Sólo te digo que te reconocí desde el primer día porque conservo las fotos que mamá y tú se tomaron.
−¿Y tu madre…? –balbuceé.
−Está en casa. En Yecapixtla conoció al dueño de la tortillería, se casó con él y nos vinimos a Iguala.
Eso fue todo. Bueno casi todo. Entré al cine con mi nueva conquista: mi hija, a quien no conocía porque, ¿Cómo iba a saber, si su madre no me dijo nada?
Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com
POEMAS, CUENTOS, COMENTARIOS, SUEÑOS...
miércoles, noviembre 24, 2010
domingo, noviembre 21, 2010
CARTAS A LA MEMORIA
ESCRIBIRTE UN VERSO
Escribirte unas líneas quebradas,
Ahora que estás lejos,
ahora que tan sólo vivo
engarfiado en el recuerdo
de aquella noche
de cenizas, de canciones y luceros;
escribirte un verso
en el que llueva mi lamento,
en el que desgrane el rencor
hacia tu miedo,
hacia tu indecisión
para no quedarte aquí,
conmigo,
rasguñando los minutos,
diciéndonos “te quiero”.
Escribirte unas líneas quebradas,
Ahora que estás lejos,
ahora que tan sólo vivo
engarfiado en el recuerdo
de aquella noche
de cenizas, de canciones y luceros;
escribirte un verso
en el que llueva mi lamento,
en el que desgrane el rencor
hacia tu miedo,
hacia tu indecisión
para no quedarte aquí,
conmigo,
rasguñando los minutos,
diciéndonos “te quiero”.
miércoles, noviembre 17, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
Por un amor a distancia
José I. Delgado Bahena
Hasta hace poco, Carlos vivía enredado en los días inútiles de un amor a distancia. Ella, Mónica, empleada de una cafetería en la Ciudad de México y él con un cargo público en la administración del Ayuntamiento de esta ciudad “tamarindera” que le impedía ausentarse para ir a verla con la frecuencia que él hubiera querido.
La conoció el año pasado, en “días de muertos”, cuando ella vino de visita, invitada por una compañera de trabajo que es amiga de Carlos, y juntos recorrieron la exposición de tumbas y ofrendas que, tradicionalmente, se instalan, en esa temporada, en el zócalo.
En aquella ocasión entablaron una amistad que fue tierra fértil para sembrar la semilla del amor a través de los mensajes por el celular, los correos electrónicos y las llamadas que todas las noches le hacía Carlos con la emoción de escuchar su voz y sentir la presencia de Mónica a su lado.
A los dos meses de esta comunicación telefónica, llegaron las declaraciones.
−Sueña que soy tu sueño –le dijo Mónica una noche en que se despidieron después de estar platicando hasta la madrugada.
−Por supuesto que eres mi sueño y aspiro a que se convierta en una hermosa realidad –le confesó Carlos−. No tengo dudas, sé que ya te amo y lo que siento por ti no es sólo amistad. Te extraño, te pienso a cada instante y quisiera tenerte ahora junto a mí para abrazarte y besarte como el loco que soy desde que te conocí.
Después de esa noche, los mensajes y las llamadas subieron de tono encendiendo la hoguera que le llevó, a Carlos, a pedir un permiso de tres días en su trabajo e irse al D.F. para convivir con ella.
Los recuerdos que construyeron y las mil fotografías que se tomaron durante aquellos días, les avivó el fuego del amor y les iluminó la penumbra que se instalaba durante el día en sus corazones al vivir distanciados y atados a sus responsabilidades.
Sin embargo, al paso de los meses la emoción fue entrando en un letargo que le hacía desconfiar a él de la fidelidad de ella.
En ocasiones, y con frecuencia, el celular de Mónica marcaba en tono de ocupado y, a veces, se encontraba apagado. Los mensajes que él enviaba no tenían respuesta y su amor se quemaba en el infierno de los celos y la desconfianza.
“Es que no tenía saldo”, explicaba ella. “Se me descargó la pila”, le respondía cuando le preguntaba el por qué apagaba el teléfono.
Una vez, cuando se atrevió a llamarle en su horario de trabajo, ella descolgó, pero no habló con él y pudo escuchar las voces de los clientes solicitando su pedido, y en otra ocasión la escuchó platicando con su jefa. De manera que, aunque no pudiera hablar con él, aceptaba la llamada con el propósito de que oyera que no podía contestarle; pero en los últimos días sus llamadas eran ignoradas por ella y si acaso le contestaba sólo era para decirle “no puedo hablar” y colgaba.
Estos y más detalles en su relación con Mónica le entorpecieron las ideas y le hacían refugiarse cada sábado, a veces solo y otras en compañía de algún amigo, en la distracción sin límite que encontraba en los antros de la ciudad.
Hace poco, después de descargar sus desconfianzas en una luna pálida que no le iluminaba su entendimiento, se dirigió, solo, a un centro nocturno donde la algarabía de las personas que, bajo los efectos del alcohol, se atreven a cantar desde su mesa, entre un público que les aplaude su mal entonada interpretación, las canciones de su preferencia.
Carlos pidió al mesero una “jirafa” de cerveza. La ingirió y solicitó otra. Junto con el pedido llegó una mujer de, aproximadamente, treinta años, alta y exageradamente maquillada.
−¿Por qué tan solito? –le preguntó ella.
−Por pendejo –respondió él.
−¿Me puedo sentar? –solicitó la mujer, ignorando la respuesta de Carlos.
−Por favor, siéntate –contestó con amabilidad.
Fue lo único que recordó Carlos al día siguiente, al despertar en un hotel, desnudo, sin dinero y sólo con una nota sobre el buró de cemento, a un lado de la cama. El texto, impreso en media carta, decía:
“¿A quién se le ocurre tener sexo sin protección? Tengo Sida. Con tipos como tú me estoy vengando de la vida. Adiós.”
Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
Hasta hace poco, Carlos vivía enredado en los días inútiles de un amor a distancia. Ella, Mónica, empleada de una cafetería en la Ciudad de México y él con un cargo público en la administración del Ayuntamiento de esta ciudad “tamarindera” que le impedía ausentarse para ir a verla con la frecuencia que él hubiera querido.
La conoció el año pasado, en “días de muertos”, cuando ella vino de visita, invitada por una compañera de trabajo que es amiga de Carlos, y juntos recorrieron la exposición de tumbas y ofrendas que, tradicionalmente, se instalan, en esa temporada, en el zócalo.
En aquella ocasión entablaron una amistad que fue tierra fértil para sembrar la semilla del amor a través de los mensajes por el celular, los correos electrónicos y las llamadas que todas las noches le hacía Carlos con la emoción de escuchar su voz y sentir la presencia de Mónica a su lado.
A los dos meses de esta comunicación telefónica, llegaron las declaraciones.
−Sueña que soy tu sueño –le dijo Mónica una noche en que se despidieron después de estar platicando hasta la madrugada.
−Por supuesto que eres mi sueño y aspiro a que se convierta en una hermosa realidad –le confesó Carlos−. No tengo dudas, sé que ya te amo y lo que siento por ti no es sólo amistad. Te extraño, te pienso a cada instante y quisiera tenerte ahora junto a mí para abrazarte y besarte como el loco que soy desde que te conocí.
Después de esa noche, los mensajes y las llamadas subieron de tono encendiendo la hoguera que le llevó, a Carlos, a pedir un permiso de tres días en su trabajo e irse al D.F. para convivir con ella.
Los recuerdos que construyeron y las mil fotografías que se tomaron durante aquellos días, les avivó el fuego del amor y les iluminó la penumbra que se instalaba durante el día en sus corazones al vivir distanciados y atados a sus responsabilidades.
Sin embargo, al paso de los meses la emoción fue entrando en un letargo que le hacía desconfiar a él de la fidelidad de ella.
En ocasiones, y con frecuencia, el celular de Mónica marcaba en tono de ocupado y, a veces, se encontraba apagado. Los mensajes que él enviaba no tenían respuesta y su amor se quemaba en el infierno de los celos y la desconfianza.
“Es que no tenía saldo”, explicaba ella. “Se me descargó la pila”, le respondía cuando le preguntaba el por qué apagaba el teléfono.
Una vez, cuando se atrevió a llamarle en su horario de trabajo, ella descolgó, pero no habló con él y pudo escuchar las voces de los clientes solicitando su pedido, y en otra ocasión la escuchó platicando con su jefa. De manera que, aunque no pudiera hablar con él, aceptaba la llamada con el propósito de que oyera que no podía contestarle; pero en los últimos días sus llamadas eran ignoradas por ella y si acaso le contestaba sólo era para decirle “no puedo hablar” y colgaba.
Estos y más detalles en su relación con Mónica le entorpecieron las ideas y le hacían refugiarse cada sábado, a veces solo y otras en compañía de algún amigo, en la distracción sin límite que encontraba en los antros de la ciudad.
Hace poco, después de descargar sus desconfianzas en una luna pálida que no le iluminaba su entendimiento, se dirigió, solo, a un centro nocturno donde la algarabía de las personas que, bajo los efectos del alcohol, se atreven a cantar desde su mesa, entre un público que les aplaude su mal entonada interpretación, las canciones de su preferencia.
Carlos pidió al mesero una “jirafa” de cerveza. La ingirió y solicitó otra. Junto con el pedido llegó una mujer de, aproximadamente, treinta años, alta y exageradamente maquillada.
−¿Por qué tan solito? –le preguntó ella.
−Por pendejo –respondió él.
−¿Me puedo sentar? –solicitó la mujer, ignorando la respuesta de Carlos.
−Por favor, siéntate –contestó con amabilidad.
Fue lo único que recordó Carlos al día siguiente, al despertar en un hotel, desnudo, sin dinero y sólo con una nota sobre el buró de cemento, a un lado de la cama. El texto, impreso en media carta, decía:
“¿A quién se le ocurre tener sexo sin protección? Tengo Sida. Con tipos como tú me estoy vengando de la vida. Adiós.”
Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com
miércoles, noviembre 10, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
La peor mamá
José I. Delgado Bahena
Hace algunos años, conocí un texto que decía: “Yo tuve la mamá más mala de todo el mundo. Mientras que otros niños no tenían que desayunar, yo tenía que comer cereal, huevos y pan tostado. Cuando los demás tomaban refrescos gaseosos y dulces para el almuerzo, yo tenía que comer emparedado. Mi madre siempre insistía en saber donde estábamos. Parecía que estábamos encarcelados. Tenía que saber quiénes eran nuestros amigos. Insistía en que si decíamos que íbamos a tardar una hora, solamente nos tardaríamos una hora. Me da vergüenza admitirlo, pero hasta tuvo el descaro de romper la ley contra el trabajo de los niños menores. Hizo que laváramos trastes, tendiéramos camas, aprendiéramos a cocinar y muchas cosas igualmente crueles.
Creo que se quedaba despierta en la noche pensando en las cosas que podría obligarnos a hacer. Siempre insistía en que dijéramos la verdad y sólo la verdad. Para cuando llegamos a la adolescencia ya fue más sabia, y nuestras vidas se hicieron aún más miserables, se volvió posesiva. Nadie podía tocar el claxon para que saliéramos corriendo. Nos avergonzaba hasta el extremo, obligando a nuestros amigos a llegar a la puerta para preguntar por nosotros.
Mi madre fue un completo fracaso. Ninguno de nosotros ha sido arrestado. Cada uno de mis hermanos ha servido a su patria, y ¿A QUIÉN DEBEMOS CULPAR DE NUESTRO TERRIBLE FUTURO? Tienen razón: a nuestra madre.
Vean de todo lo que nos hemos perdido.
Nunca hemos podido participar en una demostración de actos violentos y miles de cosas más que hicieron nuestros amigos. Ello nos hizo convertirnos en adultos educados y honestos. Usando esto como ejemplo, estoy tratando de educar a mis hijos de la misma manera.
Verán: doy gracias a Dios por haberme dado LA MAMÁ MÁS MALA DEL MUNDO”.
Después de leerlo, reflexioné en el pobre tipo que lo escribió. Efectivamente, él tuvo la mamá más mala del mundo. Sin embargo, después de tantos años, con la experiencia que he adquirido y los triunfos y fracasos que he vivido, puedo afirmar que mis hermanos y yo hemos tenido LA PEOR MAMÁ DEL MUNDO.
Mi madre ha sido todo eso: desconfiada, carcelera, autoritaria, vigilante, gruñona… pero, aún más: ha sido chantajista; cuando pretendíamos alejarnos de su dominio, nos ataba con la ternura de sus brazos y el calor de su regazo. Además, nos obligó a creer en un Dios que no terminamos de conocer y a amarlo y respetarlo aún en su misterio y en su multiplicada identidad; también nos presionó, junto con mi padre, para que acudiéramos a la escuela, en momentos en que la mayor gloria para un niño era andar en el vacío de los días, matando lagartijas con las resorteras; eso era lo que hacían mis amigos y nosotros nos moríamos de la envidia cuando de la oreja nos dejaba en la puerta del salón del maestro Leovano.
Y, por si fuera poco, mi madre se ufanaba de haber puesto de moda la anorexia, ya que, tratando de conservar en buena forma su figura, nos hacía comer todo lo que preparaba: chile con huevo, frijoles de la olla o “payanados”, chile de guajes y, si había carne, nos la daba toda y ella ni la probaba. Incluso, para quemar calorías apoyaba a mi padre en las labores del campo y tenía siempre nuestra humilde vivienda en las mejores condiciones de limpieza y armonía.
En fin, así era nuestra madre, y lo sigue siendo, ahora con los nietos: sobreprotectora, sacrificada, expuesta, impositiva y altanera, porque presume de haber formado una familia unida en el respeto, la tolerancia, la bondad, la amistad, la compasión, la fe, el apoyo mutuo, la humildad y, sobre todo, el amor.
Así que no me venga con cuentos el amigo que dice haber tenido la mamá más mala del mundo, porque, sin lugar a dudas, yo tengo la bendición de LA PEOR MAMÁ DEL MUNDO.
+++
Este Manual está dedicado a mi madre: Bricia Bahena Piedra, quien el próximo sábado 13 de este mes, cumplirá años. ¡Felicidades!
Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
Hace algunos años, conocí un texto que decía: “Yo tuve la mamá más mala de todo el mundo. Mientras que otros niños no tenían que desayunar, yo tenía que comer cereal, huevos y pan tostado. Cuando los demás tomaban refrescos gaseosos y dulces para el almuerzo, yo tenía que comer emparedado. Mi madre siempre insistía en saber donde estábamos. Parecía que estábamos encarcelados. Tenía que saber quiénes eran nuestros amigos. Insistía en que si decíamos que íbamos a tardar una hora, solamente nos tardaríamos una hora. Me da vergüenza admitirlo, pero hasta tuvo el descaro de romper la ley contra el trabajo de los niños menores. Hizo que laváramos trastes, tendiéramos camas, aprendiéramos a cocinar y muchas cosas igualmente crueles.
Creo que se quedaba despierta en la noche pensando en las cosas que podría obligarnos a hacer. Siempre insistía en que dijéramos la verdad y sólo la verdad. Para cuando llegamos a la adolescencia ya fue más sabia, y nuestras vidas se hicieron aún más miserables, se volvió posesiva. Nadie podía tocar el claxon para que saliéramos corriendo. Nos avergonzaba hasta el extremo, obligando a nuestros amigos a llegar a la puerta para preguntar por nosotros.
Mi madre fue un completo fracaso. Ninguno de nosotros ha sido arrestado. Cada uno de mis hermanos ha servido a su patria, y ¿A QUIÉN DEBEMOS CULPAR DE NUESTRO TERRIBLE FUTURO? Tienen razón: a nuestra madre.
Vean de todo lo que nos hemos perdido.
Nunca hemos podido participar en una demostración de actos violentos y miles de cosas más que hicieron nuestros amigos. Ello nos hizo convertirnos en adultos educados y honestos. Usando esto como ejemplo, estoy tratando de educar a mis hijos de la misma manera.
Verán: doy gracias a Dios por haberme dado LA MAMÁ MÁS MALA DEL MUNDO”.
Después de leerlo, reflexioné en el pobre tipo que lo escribió. Efectivamente, él tuvo la mamá más mala del mundo. Sin embargo, después de tantos años, con la experiencia que he adquirido y los triunfos y fracasos que he vivido, puedo afirmar que mis hermanos y yo hemos tenido LA PEOR MAMÁ DEL MUNDO.
Mi madre ha sido todo eso: desconfiada, carcelera, autoritaria, vigilante, gruñona… pero, aún más: ha sido chantajista; cuando pretendíamos alejarnos de su dominio, nos ataba con la ternura de sus brazos y el calor de su regazo. Además, nos obligó a creer en un Dios que no terminamos de conocer y a amarlo y respetarlo aún en su misterio y en su multiplicada identidad; también nos presionó, junto con mi padre, para que acudiéramos a la escuela, en momentos en que la mayor gloria para un niño era andar en el vacío de los días, matando lagartijas con las resorteras; eso era lo que hacían mis amigos y nosotros nos moríamos de la envidia cuando de la oreja nos dejaba en la puerta del salón del maestro Leovano.
Y, por si fuera poco, mi madre se ufanaba de haber puesto de moda la anorexia, ya que, tratando de conservar en buena forma su figura, nos hacía comer todo lo que preparaba: chile con huevo, frijoles de la olla o “payanados”, chile de guajes y, si había carne, nos la daba toda y ella ni la probaba. Incluso, para quemar calorías apoyaba a mi padre en las labores del campo y tenía siempre nuestra humilde vivienda en las mejores condiciones de limpieza y armonía.
En fin, así era nuestra madre, y lo sigue siendo, ahora con los nietos: sobreprotectora, sacrificada, expuesta, impositiva y altanera, porque presume de haber formado una familia unida en el respeto, la tolerancia, la bondad, la amistad, la compasión, la fe, el apoyo mutuo, la humildad y, sobre todo, el amor.
Así que no me venga con cuentos el amigo que dice haber tenido la mamá más mala del mundo, porque, sin lugar a dudas, yo tengo la bendición de LA PEOR MAMÁ DEL MUNDO.
+++
Este Manual está dedicado a mi madre: Bricia Bahena Piedra, quien el próximo sábado 13 de este mes, cumplirá años. ¡Felicidades!
Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com
martes, noviembre 02, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
DÍA DE MUERTOS
José I. Delgado Bahena
Aún me acuerdo… Ocurrió hace nueve años. Éramos siete chavos: Jesús, Manuel, Lupe, Carmen, Sergio, mi prima Tere y yo. Todos, entre los diecisiete y dieciocho años, ansiosos por comernos el mundo y de vivir experiencias nuevas. Ese día, el primero de noviembre, de acuerdo con la tradición del pueblo, andábamos juntos, en las calles, repartiendo ofrenda en las tumbas que los familiares arreglan en sus casas para recibir a las almas de los difuntos adultos que vienen a visitarnos, según la creencia que se nos ha transmitido de generación en generación.
Por supuesto, mis amigos y yo deambulábamos entre la demás gente, desparramando nuestra algarabía, empapándonos del misterio que el cielo descarga cada noche en los días de muertos, y deseosos de que ese primero de noviembre fuera inolvidable.
Eran las once de la noche.
−¿Qué les parece si vamos al panteón? –propuso Jesús, mientras nos comíamos un pedazo de calabaza que nos habían dado en la ofrenda de la abuelita de Manuel.
Nadie respondió. Nos quedamos mudos, viéndonos los ojos como esperando alguna reacción de rechazo de alguno, porque no teníamos duda: la idea era estupenda. Al unísono, con un grito enorme aceptamos y nos fuimos a golpes sobre Jesús por tan increíble propuesta.
−Vamos, pero hay que llevar algunos “refrescos” –dijo Manuel.
Todos entendimos el tono de sus palabras y Lupe, que era la que administraba las cooperaciones, comenzó a pedir dinero y con lo que se reunió pasamos a la tienda de don Chano a comprar unas caguamas, aprovechando que aún no cerraba.
El panteón, ubicado sobre una colina en la orilla del pueblo, entre unos terrenos de siembra en los que aún no terminaban de cortar los tallos secos de las milpas, nos atraía: gigante, fantasmagórico, misterioso, mientras lo observábamos junto a la última casita, antes de cruzar la barranca y tomar el oscuro camino hacia la aventura de esa noche.
Al llegar, nos dirigimos hacia una tumba donde habían colocado algunas veladoras encendidas y nos sentamos sobre el cemento frío de la lápida. Sergio, quien era experto para destapar las cervezas con los dientes, abrió la primera caguama, le dio un gran trago y la pasó a Jesús.
Lupe comenzó a contar historias de espantos y de cosas que, según ella, le habían pasado a su papá, que era taxista. Entonces, todos recordamos otros cuentos y películas de terror, de miedo, y relacionadas con los días de muertos.
A lo lejos, el pueblo se veía como dormido, aunque sabíamos que la gente andaba por las calles, repartiendo ofrenda.
Casi terminábamos de beber las cinco caguamas que habíamos comprado, cuando Sergio sacó unos cigarros que, dijo, eran de los “buenos”, es decir, con mariguana. Comenzamos a fumar, menos Carmen y Tere que, disimuladamente, hacían que le chupaban y lo pasaban a quien se encontraba a su lado. En ese momento una ráfaga de aire helado nos golpeó los rostros y nos provocó, a todos, un estremecimiento en el cuerpo que nos hizo expresar frases de espanto y abrazarnos unos a otros. Como cerca de mí se encontraba mi prima Tere, me abrazó con gran fuerza y pude sentir sobre mi hombro derecho el temblor de sus exquisitos pechos que apenas si disimulaba con una playera negra que llevaba puesta.
Cuando pasó el susto, Carmen propuso que regresáramos al pueblo. Nadie estuvo de acuerdo. Lupe le pidió a Carmen que la acompañara a “cortar florecitas” detrás de otra tumba cercana. Manuel, Sergio y Jesús también fueron a “tirar el agua”, pero por otro lado. Entonces, Tere tomó una de mis manos y me dijo:
−Pinche, Beto, lástima que eres mi primo. Si no lo fueras no sé qué haría contigo.
No contesté, por respuesta la atraje hacia mí y le di un beso. Ella me rodeó por el cuello y nos besamos sin importarnos que los demás se encontraran a escasos metros de nosotros. Las caricias fueron en aumento. En la oscuridad, iluminados sólo por la tenue luz de las veladoras, pude percibir que nuestros amigos se juntaron y en sus sombras adiviné que se entregaban a las mismas pasiones que se habían desatado entre mi prima y yo.
Sin reservas, nos fundimos en la hoguera de los cuerpos y dejamos que nuestras ansias se desbordaran sin medir consecuencia alguna. Cuando pasó el furor del deseo y se hubo disipado el efecto de las cervezas y de la mariguana, nos vimos todos sentados, cabizbajos, en la orilla de la tumba.
Sin hablar, temblando, un poco por el frío y otro poco por el atrevimiento que tuvimos al ofrecerles algo de entretenimiento a los inquilinos del panteón, volvimos al pueblo, donde, al entrar en contacto con la gente, recuperamos nuestra normal forma de vivir, con la alegría que dejamos en esa noche de día de muertos.
Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
Aún me acuerdo… Ocurrió hace nueve años. Éramos siete chavos: Jesús, Manuel, Lupe, Carmen, Sergio, mi prima Tere y yo. Todos, entre los diecisiete y dieciocho años, ansiosos por comernos el mundo y de vivir experiencias nuevas. Ese día, el primero de noviembre, de acuerdo con la tradición del pueblo, andábamos juntos, en las calles, repartiendo ofrenda en las tumbas que los familiares arreglan en sus casas para recibir a las almas de los difuntos adultos que vienen a visitarnos, según la creencia que se nos ha transmitido de generación en generación.
Por supuesto, mis amigos y yo deambulábamos entre la demás gente, desparramando nuestra algarabía, empapándonos del misterio que el cielo descarga cada noche en los días de muertos, y deseosos de que ese primero de noviembre fuera inolvidable.
Eran las once de la noche.
−¿Qué les parece si vamos al panteón? –propuso Jesús, mientras nos comíamos un pedazo de calabaza que nos habían dado en la ofrenda de la abuelita de Manuel.
Nadie respondió. Nos quedamos mudos, viéndonos los ojos como esperando alguna reacción de rechazo de alguno, porque no teníamos duda: la idea era estupenda. Al unísono, con un grito enorme aceptamos y nos fuimos a golpes sobre Jesús por tan increíble propuesta.
−Vamos, pero hay que llevar algunos “refrescos” –dijo Manuel.
Todos entendimos el tono de sus palabras y Lupe, que era la que administraba las cooperaciones, comenzó a pedir dinero y con lo que se reunió pasamos a la tienda de don Chano a comprar unas caguamas, aprovechando que aún no cerraba.
El panteón, ubicado sobre una colina en la orilla del pueblo, entre unos terrenos de siembra en los que aún no terminaban de cortar los tallos secos de las milpas, nos atraía: gigante, fantasmagórico, misterioso, mientras lo observábamos junto a la última casita, antes de cruzar la barranca y tomar el oscuro camino hacia la aventura de esa noche.
Al llegar, nos dirigimos hacia una tumba donde habían colocado algunas veladoras encendidas y nos sentamos sobre el cemento frío de la lápida. Sergio, quien era experto para destapar las cervezas con los dientes, abrió la primera caguama, le dio un gran trago y la pasó a Jesús.
Lupe comenzó a contar historias de espantos y de cosas que, según ella, le habían pasado a su papá, que era taxista. Entonces, todos recordamos otros cuentos y películas de terror, de miedo, y relacionadas con los días de muertos.
A lo lejos, el pueblo se veía como dormido, aunque sabíamos que la gente andaba por las calles, repartiendo ofrenda.
Casi terminábamos de beber las cinco caguamas que habíamos comprado, cuando Sergio sacó unos cigarros que, dijo, eran de los “buenos”, es decir, con mariguana. Comenzamos a fumar, menos Carmen y Tere que, disimuladamente, hacían que le chupaban y lo pasaban a quien se encontraba a su lado. En ese momento una ráfaga de aire helado nos golpeó los rostros y nos provocó, a todos, un estremecimiento en el cuerpo que nos hizo expresar frases de espanto y abrazarnos unos a otros. Como cerca de mí se encontraba mi prima Tere, me abrazó con gran fuerza y pude sentir sobre mi hombro derecho el temblor de sus exquisitos pechos que apenas si disimulaba con una playera negra que llevaba puesta.
Cuando pasó el susto, Carmen propuso que regresáramos al pueblo. Nadie estuvo de acuerdo. Lupe le pidió a Carmen que la acompañara a “cortar florecitas” detrás de otra tumba cercana. Manuel, Sergio y Jesús también fueron a “tirar el agua”, pero por otro lado. Entonces, Tere tomó una de mis manos y me dijo:
−Pinche, Beto, lástima que eres mi primo. Si no lo fueras no sé qué haría contigo.
No contesté, por respuesta la atraje hacia mí y le di un beso. Ella me rodeó por el cuello y nos besamos sin importarnos que los demás se encontraran a escasos metros de nosotros. Las caricias fueron en aumento. En la oscuridad, iluminados sólo por la tenue luz de las veladoras, pude percibir que nuestros amigos se juntaron y en sus sombras adiviné que se entregaban a las mismas pasiones que se habían desatado entre mi prima y yo.
Sin reservas, nos fundimos en la hoguera de los cuerpos y dejamos que nuestras ansias se desbordaran sin medir consecuencia alguna. Cuando pasó el furor del deseo y se hubo disipado el efecto de las cervezas y de la mariguana, nos vimos todos sentados, cabizbajos, en la orilla de la tumba.
Sin hablar, temblando, un poco por el frío y otro poco por el atrevimiento que tuvimos al ofrecerles algo de entretenimiento a los inquilinos del panteón, volvimos al pueblo, donde, al entrar en contacto con la gente, recuperamos nuestra normal forma de vivir, con la alegría que dejamos en esa noche de día de muertos.
Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com
miércoles, octubre 27, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
El qué dirán
José I. Delgado Bahena
Wendy es maestra de Literatura en una escuela de nivel superior de la ciudad. Su vida es ordenada y se templa en el cuidado de sus tres hijos: de quince años, el mayor, de trece y diez los otros dos. Pero, a pesar de su aparente calma, en su interior carga una tormenta que desgrana rayos de amargura en su corazón, y cada noche, al verificar que sus hijos duermen y al apagar las luces de la casa, el insomnio se apodera de su mente y le mantiene con los ojos abiertos, desesperanzados, y en la penumbra cree ver dos pequeños brazos que se extienden hacia ella al tiempo que con una voz tierna le dicen: ¡mamá!
Hace dieciocho conoció el amor y se entregó a él con la ilusión azul de toda joven enamorada que cree en las promesas, y se dejó llevar por la pasión que resultó en un embarazo que no fue respaldado por el padre del bebé y fue negado por la madre de ella.
Ante el temor al qué dirán, Macrina, la madre de Wendy, la obligó a ocultarse en casa cuando su cuerpo comenzó a delatarla y no la dejó salir hasta que nació el niño, a quien acostumbró a ver a su madre con la figura de una hermana.
Ni un abrazo, ni un cariño, ni una palabra de madre y mucho menos amamantarlo, fueron las prohibiciones de Macrina hacia Wendy con respecto a su hijo. Si una leve muestra de amor hacia el niño salía de sus labios, inmediatamente llegaba la represión y los golpes por parte de Macrina.
Esta situación tan ruin, deplorable y dolorosa que vivía, poco a poco la fue hartando y decidió huir de su casa llevando a su pequeño hijo en sus brazos y una pequeña maleta con sus escasas pertenencias colgando de un hombro. Con esa huida de la prisión materna, supuso que se acabarían los golpes, las humillaciones y los insultos, y que podría abrazar a su hijo con libertad, besarlo, mimarlo, consolarlo, amamantarlo… y en poco tiempo le diría: ¡mamá!
El poco dinero que llevaba sólo le permitió llegar a una colonia de la misma ciudad, donde vivía su amiga Verónica, a quien le contó lo ocurrido y de quien obtuvo el apoyo.
La madre pagó a un grupo de judiciales para que la encontraran y a los pocos días se la entregaron a las puertas de su casa. Uno de ellos llevaba al pequeño entre sus brazos y dos bajaron a Wendy de una camioneta negra, en vilo, encadenada y sangrando por la nariz a causa de los evidentes golpes que le habían dado, por órdenes de Macrina.
Su amiga Verónica presentó una denuncia ante el ministerio público, pero ésta fue rechazada ya que, antes, la madre de Wendy había interpuesto otra en su contra por el secuestro del menor.
El enclaustramiento volvió a la vida de Wendy y con ello los golpes; pero ahora no sólo de la madre sino también de su hermano mayor.
Pasaron los días y nuevamente fue planeando la manera de escapar del reclusorio en el que se había convertido su casa materna.
Cuando tuvo la oportunidad de hacerlo, como pudo y ya sin el peso del niño ni alguna bolsa con ropa, como la anterior vez, saltó la barda de la casa y corrió, corrió, corrió… como si en ello se le fuera la vida, como la pequeña vida de ocho meses que había dejado y que le causaba un gran dolor.
Se fue a otra ciudad, vagó por otros rumbos, hasta que encontró el apoyo de un hombre bueno que le ayudó para seguir con sus estudios y se casó con ella. Después regresó a buscar a su hijo, pero la casa estaba vacía: todos se habían ido con rumbo desconocido.
Hoy, después de dieciocho años, aún sigue llorando por las noches, al imaginar a su pequeño; llora su desventura por haberse atrevido a tener al hijo de un padre cobarde, que decidió irse a los Estados Unidos, y de una madre que prefirió esconder a su hija y negarle la maternidad sólo y únicamente por el qué dirán.
Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
Wendy es maestra de Literatura en una escuela de nivel superior de la ciudad. Su vida es ordenada y se templa en el cuidado de sus tres hijos: de quince años, el mayor, de trece y diez los otros dos. Pero, a pesar de su aparente calma, en su interior carga una tormenta que desgrana rayos de amargura en su corazón, y cada noche, al verificar que sus hijos duermen y al apagar las luces de la casa, el insomnio se apodera de su mente y le mantiene con los ojos abiertos, desesperanzados, y en la penumbra cree ver dos pequeños brazos que se extienden hacia ella al tiempo que con una voz tierna le dicen: ¡mamá!
Hace dieciocho conoció el amor y se entregó a él con la ilusión azul de toda joven enamorada que cree en las promesas, y se dejó llevar por la pasión que resultó en un embarazo que no fue respaldado por el padre del bebé y fue negado por la madre de ella.
Ante el temor al qué dirán, Macrina, la madre de Wendy, la obligó a ocultarse en casa cuando su cuerpo comenzó a delatarla y no la dejó salir hasta que nació el niño, a quien acostumbró a ver a su madre con la figura de una hermana.
Ni un abrazo, ni un cariño, ni una palabra de madre y mucho menos amamantarlo, fueron las prohibiciones de Macrina hacia Wendy con respecto a su hijo. Si una leve muestra de amor hacia el niño salía de sus labios, inmediatamente llegaba la represión y los golpes por parte de Macrina.
Esta situación tan ruin, deplorable y dolorosa que vivía, poco a poco la fue hartando y decidió huir de su casa llevando a su pequeño hijo en sus brazos y una pequeña maleta con sus escasas pertenencias colgando de un hombro. Con esa huida de la prisión materna, supuso que se acabarían los golpes, las humillaciones y los insultos, y que podría abrazar a su hijo con libertad, besarlo, mimarlo, consolarlo, amamantarlo… y en poco tiempo le diría: ¡mamá!
El poco dinero que llevaba sólo le permitió llegar a una colonia de la misma ciudad, donde vivía su amiga Verónica, a quien le contó lo ocurrido y de quien obtuvo el apoyo.
La madre pagó a un grupo de judiciales para que la encontraran y a los pocos días se la entregaron a las puertas de su casa. Uno de ellos llevaba al pequeño entre sus brazos y dos bajaron a Wendy de una camioneta negra, en vilo, encadenada y sangrando por la nariz a causa de los evidentes golpes que le habían dado, por órdenes de Macrina.
Su amiga Verónica presentó una denuncia ante el ministerio público, pero ésta fue rechazada ya que, antes, la madre de Wendy había interpuesto otra en su contra por el secuestro del menor.
El enclaustramiento volvió a la vida de Wendy y con ello los golpes; pero ahora no sólo de la madre sino también de su hermano mayor.
Pasaron los días y nuevamente fue planeando la manera de escapar del reclusorio en el que se había convertido su casa materna.
Cuando tuvo la oportunidad de hacerlo, como pudo y ya sin el peso del niño ni alguna bolsa con ropa, como la anterior vez, saltó la barda de la casa y corrió, corrió, corrió… como si en ello se le fuera la vida, como la pequeña vida de ocho meses que había dejado y que le causaba un gran dolor.
Se fue a otra ciudad, vagó por otros rumbos, hasta que encontró el apoyo de un hombre bueno que le ayudó para seguir con sus estudios y se casó con ella. Después regresó a buscar a su hijo, pero la casa estaba vacía: todos se habían ido con rumbo desconocido.
Hoy, después de dieciocho años, aún sigue llorando por las noches, al imaginar a su pequeño; llora su desventura por haberse atrevido a tener al hijo de un padre cobarde, que decidió irse a los Estados Unidos, y de una madre que prefirió esconder a su hija y negarle la maternidad sólo y únicamente por el qué dirán.
Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com
martes, octubre 19, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
La noticia
José I. Delgado Bahena
La conocí hace poco, hará cosa de tres o cuatro meses. Ella vivía a tres cuadras de aquí, en la misma colonia, y era amiga de mi comadre Elvia, que es mi vecina. Había llegado del Estado de México –dijo que venía de Ecatepec− y arrastraba dos penas: la incertidumbre de un chamaco de dos años, que no quería dejar el pecho, y el miedo que le sembró en el corazón un marido celoso, que la maltrataba, y a quien dejó allá, un día que quedó perdido de borracho.
Se vino a Iguala a invitación de mi comadre que la encontró llorando en la terminal de autobuses y la acompañó, aquí, a buscar trabajo en algún restaurante, donde solicitaran cocinera, hasta que halló uno en una cantina por el “peri”, donde tenía que preparar las botanas.
Yo la vi sólo como en cuatro ocasiones y nomás platicamos una mañana que yo estaba con mi comadre, en su casa, y ella llegó a pedirle que la dejara lavar su ropa porque, para variar, en la colonia hacía días que no nos llegaba el agua y mi “coma” tiene una cisterna muy grande.
Mientras lavaba, me contó que se llamaba Martha, que tenía veintiséis años y que los últimos tres los había vivido con Ernesto, su marido. Dijo que al principio, él, sí era celoso; pero sólo se ponía serio cuando creía que ella les echaba miraditas a otros hombres. Al ver que me interesaba en su historia, me confió:
“Después comenzó a tomar, llegaba bien briago y me insultaba, pero no me hacía nada porque estaba embarazada. Hasta que un domingo, cuando ya nuestro hijo tenía año y medio de edad, llevó a la casa a su amigo Sergio −eran compañeros de trabajo en la fábrica de La Corona, donde hacen jabones−, se pusieron a ver el futbol y a beber unas caguamas que habían comprado en la tienda. Yo los atendí, les preparé sus totopos y les puse unas rajas de chiles en vinagre. Primero me lo agradeció y hasta me dio una nalgada delante de su amigo, como cariñito, pero después, cuando Sergio se fue, me reclamó y me dijo que por qué tantas atenciones para su amigo. Le contesté que estaba loco; entonces, me dio un jalón de los cabellos y me tiró al piso. Quise levantarme pero no me dejó. Me tiró otra vez con una patada en las costillas y ahí me dejó, llorando con un dolor inmenso en las costillas.”
¡Por dios! –le dije− ¿Y qué hiciste?
−Nada –me contestó limpiando sus lágrimas con la muñeca de su mano derecha−. Al otro día, cuando se fue a su trabajo, tomé a mi niño y, como pude, me fui al Seguro, porque el dolor de las costillas no me dejó dormir. Me tomaron una placa y vieron que tenía dos costillas rotas. Me tuvieron que operar y él me apoyó, pero sólo al principio, porque después tuvo que ir mi hermana a ayudarme con el quehacer de la casa.
−¿Y no lo acusaste? –le pregunté.
−No. Me prometió que iba a cambiar y que iba a dejar de tomar. No lo hizo. Al contrario: llegaba borracho más seguido y me insultaba mucho.
−¿Y luego?−
−Pues ya, lo último que hizo fue llevar a la casa a una piruja. No me respetó ni le importó su hijo. Me dijo que esa mujer era mejor hembra que yo, delante de ella me dio una cachetada y me obligó a darles de comer. Como veía que yo andaba muy seria, sacó una pistola que tenía en el cajón de sus calcetines y me amenazó con matarme si no los atendía bien. Me asusté, pero me aguanté el miedo nomás por el niño. Les destapé otras cervezas y me metí al cuarto, con mi hijo, pero no me dormí. Cuando salí, estaban tirados, él y la mujer, en la sala, desnudos y perdidos de borrachos. Entonces, tomé unas cuantas cosas y a mi hijo. Me fui al metro, llegué a la terminal de Taxqueña y me senté a llorar; ahí me encontró Elvia y me convenció de venirme a Iguala.
Cuando terminó de contarme su desventura, le temblaba la barbilla y se mordía los labios para no soltar el llanto. No supe qué decirle, sólo la abracé, le dije unas cuantas palabras y me despedí de ella y de mi comadre porque tenía que ir a preparar las tortas que el mayor de mis hijos vende en la escuela donde estudia.
Esa fue la última vez que la vi. Hasta ahora que me enteré, en el periódico, que había sido encontrada muerta, apuñalada, dentro de un costal que tiraron en el canal, por la calle de Álvarez. Cuando vi su rostro, en la foto de la noticia, no lo quería creer −por lo buena gente que era Martha− y lloré de impotencia.
Mi comadre sospecha de un mesero de la misma cantina donde trabajaba, porque ella le contó que ese hombre la acosaba. También creo que pudo ser el marido, que la halló aquí: quién sabe. Ojalá las autoridades hagan su trabajo, porque me da mucho coraje que una, como mujer, esté siempre desprotegida y haya tantas como Martha que son maltratadas, violadas y asesinadas, y sigamos tan campantes viviendo en la impunidad.
Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
La conocí hace poco, hará cosa de tres o cuatro meses. Ella vivía a tres cuadras de aquí, en la misma colonia, y era amiga de mi comadre Elvia, que es mi vecina. Había llegado del Estado de México –dijo que venía de Ecatepec− y arrastraba dos penas: la incertidumbre de un chamaco de dos años, que no quería dejar el pecho, y el miedo que le sembró en el corazón un marido celoso, que la maltrataba, y a quien dejó allá, un día que quedó perdido de borracho.
Se vino a Iguala a invitación de mi comadre que la encontró llorando en la terminal de autobuses y la acompañó, aquí, a buscar trabajo en algún restaurante, donde solicitaran cocinera, hasta que halló uno en una cantina por el “peri”, donde tenía que preparar las botanas.
Yo la vi sólo como en cuatro ocasiones y nomás platicamos una mañana que yo estaba con mi comadre, en su casa, y ella llegó a pedirle que la dejara lavar su ropa porque, para variar, en la colonia hacía días que no nos llegaba el agua y mi “coma” tiene una cisterna muy grande.
Mientras lavaba, me contó que se llamaba Martha, que tenía veintiséis años y que los últimos tres los había vivido con Ernesto, su marido. Dijo que al principio, él, sí era celoso; pero sólo se ponía serio cuando creía que ella les echaba miraditas a otros hombres. Al ver que me interesaba en su historia, me confió:
“Después comenzó a tomar, llegaba bien briago y me insultaba, pero no me hacía nada porque estaba embarazada. Hasta que un domingo, cuando ya nuestro hijo tenía año y medio de edad, llevó a la casa a su amigo Sergio −eran compañeros de trabajo en la fábrica de La Corona, donde hacen jabones−, se pusieron a ver el futbol y a beber unas caguamas que habían comprado en la tienda. Yo los atendí, les preparé sus totopos y les puse unas rajas de chiles en vinagre. Primero me lo agradeció y hasta me dio una nalgada delante de su amigo, como cariñito, pero después, cuando Sergio se fue, me reclamó y me dijo que por qué tantas atenciones para su amigo. Le contesté que estaba loco; entonces, me dio un jalón de los cabellos y me tiró al piso. Quise levantarme pero no me dejó. Me tiró otra vez con una patada en las costillas y ahí me dejó, llorando con un dolor inmenso en las costillas.”
¡Por dios! –le dije− ¿Y qué hiciste?
−Nada –me contestó limpiando sus lágrimas con la muñeca de su mano derecha−. Al otro día, cuando se fue a su trabajo, tomé a mi niño y, como pude, me fui al Seguro, porque el dolor de las costillas no me dejó dormir. Me tomaron una placa y vieron que tenía dos costillas rotas. Me tuvieron que operar y él me apoyó, pero sólo al principio, porque después tuvo que ir mi hermana a ayudarme con el quehacer de la casa.
−¿Y no lo acusaste? –le pregunté.
−No. Me prometió que iba a cambiar y que iba a dejar de tomar. No lo hizo. Al contrario: llegaba borracho más seguido y me insultaba mucho.
−¿Y luego?−
−Pues ya, lo último que hizo fue llevar a la casa a una piruja. No me respetó ni le importó su hijo. Me dijo que esa mujer era mejor hembra que yo, delante de ella me dio una cachetada y me obligó a darles de comer. Como veía que yo andaba muy seria, sacó una pistola que tenía en el cajón de sus calcetines y me amenazó con matarme si no los atendía bien. Me asusté, pero me aguanté el miedo nomás por el niño. Les destapé otras cervezas y me metí al cuarto, con mi hijo, pero no me dormí. Cuando salí, estaban tirados, él y la mujer, en la sala, desnudos y perdidos de borrachos. Entonces, tomé unas cuantas cosas y a mi hijo. Me fui al metro, llegué a la terminal de Taxqueña y me senté a llorar; ahí me encontró Elvia y me convenció de venirme a Iguala.
Cuando terminó de contarme su desventura, le temblaba la barbilla y se mordía los labios para no soltar el llanto. No supe qué decirle, sólo la abracé, le dije unas cuantas palabras y me despedí de ella y de mi comadre porque tenía que ir a preparar las tortas que el mayor de mis hijos vende en la escuela donde estudia.
Esa fue la última vez que la vi. Hasta ahora que me enteré, en el periódico, que había sido encontrada muerta, apuñalada, dentro de un costal que tiraron en el canal, por la calle de Álvarez. Cuando vi su rostro, en la foto de la noticia, no lo quería creer −por lo buena gente que era Martha− y lloré de impotencia.
Mi comadre sospecha de un mesero de la misma cantina donde trabajaba, porque ella le contó que ese hombre la acosaba. También creo que pudo ser el marido, que la halló aquí: quién sabe. Ojalá las autoridades hagan su trabajo, porque me da mucho coraje que una, como mujer, esté siempre desprotegida y haya tantas como Martha que son maltratadas, violadas y asesinadas, y sigamos tan campantes viviendo en la impunidad.
Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com
domingo, octubre 17, 2010
QUÉDATE CONMIGO
No te vayas amor, no tan temprano,
no te salgas tan pronto de mi vida;
mi corazón se hundía en mi triste verano
y en el mar negro de una estrella perdida.
Llegaste con tu chispa encendiendo mi destino
que estaba extraviado en una nube de dolor,
sembraste caracoles de amor en mi camino
y escribiste la historia por un mundo mejor.
Hoy que en mi alma habitas con tu blanca sonrisa
y vivo entre las nubes de un sueño que cumplí,
te pido, corazón, no vayas tan de prisa,
quédate aquí, conmigo, te quiero para mí.
No me dejes, te pido: déjame ser tu dueño,
eres la medicina de mi sangrante herida.
Quédate conmigo y haz mi sueño tu sueño;
sabes que te amo como a nadie en la vida.
no te salgas tan pronto de mi vida;
mi corazón se hundía en mi triste verano
y en el mar negro de una estrella perdida.
Llegaste con tu chispa encendiendo mi destino
que estaba extraviado en una nube de dolor,
sembraste caracoles de amor en mi camino
y escribiste la historia por un mundo mejor.
Hoy que en mi alma habitas con tu blanca sonrisa
y vivo entre las nubes de un sueño que cumplí,
te pido, corazón, no vayas tan de prisa,
quédate aquí, conmigo, te quiero para mí.
No me dejes, te pido: déjame ser tu dueño,
eres la medicina de mi sangrante herida.
Quédate conmigo y haz mi sueño tu sueño;
sabes que te amo como a nadie en la vida.
Dedicado para alguien muy especial que me ha dedicado la canción "CONTIGO" de Yuridia.
miércoles, octubre 13, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
“Desde el CERESO…”
José I. Delgado Bahena
¿Qué pensabas? ¿Creíste que por haberme echado la tira encima para que me apañaran, te ibas a escapar de mí? Pues no, mira: he estado aguantando todo. Primero la “bienvenida” de los compas de celda, que se creen reyes nomás porque llevan más tiempo aquí, después la pinche comida que te ponen en un tambo a donde tienes que llevar tu “plato” que muchos hacen cortando un envase de refresco. Además, claro, de las pestilencias y los malos tratos de los malditos custodios que se ensañan con uno, como si ahí fueran a vivir siempre. Ah, y por si fuera poco, lo que tenemos que hacer para pagar por todo, hasta el pase de lista te cuesta.
Todo, todo eso lo aguanto nomás pensando en el día en que salga para buscarte y entregarte tu pasaporte, aunque tenga que regresar a este maldito lugar con una condena más grande, iré y te ayudaré a pasar el río y te empujaré al infierno, de donde eres, porque eres una bruja, una diabla, una perra del demonio.
Ya sé: dirás que soy un tonto porque te estoy poniendo sobre aviso con esta carta que mi camarada “El burro” me hizo el favor de darle a su vieja que vino a la visita conyugal. Pero no te preocupes, el mundo es chiquito y de una vez te digo: los toques que te voy a dar no te los quitará ni la méndiga de tu madre. Y si se puede pues hasta ella sabrá de mí.
De plano, te pasaste. Aprovecharte de que mi chamba como repartidor de periódico no nos daba lo suficiente y me sugeriste que me fuera de chalán con tu tío Chabelo para ayudarle a hacer sus trabajos de electricista y ahí aprendí mi mejor oficio. Sólo a él, a él sí le agradezco que me enseñó cómo hacer los cableados, las tierras y las corrientes, las instalaciones y los trucos para que los medidores no registren completo el gasto de la energía. Pero tú… ¿te tengo que agradecer que me hayas jugado chueco con ese wey que conociste en la escuela donde estudiabas la primaria para adultos?
¿Ya se te olvidó? Ya no te acuerdas que me dijiste: “Para no aburrirme, mientras vas a hacer tus chambas de electricista, yo entraré a estudiar en el INEA”.
¡Claro! Más que aprender, buscabas diversión y la encontraste con ese tipo, porque eres una cuzca. Ah, y tu maldita madre, la alcahueta, ¡hasta te cuidaba a nuestro niño! A ella no le haré nada, no la maltrataré físicamente, pero le dolerá más esta carta. Enséñasela. A ver si después puede dormir tranquila.
¿Crees que puedo olvidar toda la chinga que me llevaba ranurando paredes, cargando la escalera, haciendo zanjas mientras tú le dabas vuelo a tus instintos? Y luego: ¡en la misma casa!, donde los encontré haciendo sus porquerías.
Lo malo es que no llevaba más que desarmadores y las heridas que te hice no te mandaron al panteón, como yo quería; por eso pudiste escapar para echarme a la poli y me acusaste de intento de homicidio, lo que me costará una buena temporada aquí. Pero recuerda: “No hay plazo que no se cumpla…” Un día saldré y no te salvará ni el nuevo wey con el que estés, porque de seguro ya andas de caliente enredada en otros cuerpos.
Mientras, aquí estaré, aguantando, sobrellevando el ritmo de mis compañeros reclusos y de los custodios que por todo nos sacan dinero. Ni modo. Esta vida no la elegí. Ahora aprenderé a hacer cinturones para sacar algo de dinero para las cuotas y para la mota, que ya probé aquí y me gustó, porque todo cuesta. Todo hay, aunque lo dudes. Aquí conseguimos hasta tequila, pero cuesta más que en la calle.
Cuando salga te llevaré tu regalito. No te escondas, te encontraré donde estés para darte un encarguito. Por favor cuida tu perra vida, no quiero que te mueras antes de que salga de aquí de este lugar de readaptación al que me enviaste.
Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
¿Qué pensabas? ¿Creíste que por haberme echado la tira encima para que me apañaran, te ibas a escapar de mí? Pues no, mira: he estado aguantando todo. Primero la “bienvenida” de los compas de celda, que se creen reyes nomás porque llevan más tiempo aquí, después la pinche comida que te ponen en un tambo a donde tienes que llevar tu “plato” que muchos hacen cortando un envase de refresco. Además, claro, de las pestilencias y los malos tratos de los malditos custodios que se ensañan con uno, como si ahí fueran a vivir siempre. Ah, y por si fuera poco, lo que tenemos que hacer para pagar por todo, hasta el pase de lista te cuesta.
Todo, todo eso lo aguanto nomás pensando en el día en que salga para buscarte y entregarte tu pasaporte, aunque tenga que regresar a este maldito lugar con una condena más grande, iré y te ayudaré a pasar el río y te empujaré al infierno, de donde eres, porque eres una bruja, una diabla, una perra del demonio.
Ya sé: dirás que soy un tonto porque te estoy poniendo sobre aviso con esta carta que mi camarada “El burro” me hizo el favor de darle a su vieja que vino a la visita conyugal. Pero no te preocupes, el mundo es chiquito y de una vez te digo: los toques que te voy a dar no te los quitará ni la méndiga de tu madre. Y si se puede pues hasta ella sabrá de mí.
De plano, te pasaste. Aprovecharte de que mi chamba como repartidor de periódico no nos daba lo suficiente y me sugeriste que me fuera de chalán con tu tío Chabelo para ayudarle a hacer sus trabajos de electricista y ahí aprendí mi mejor oficio. Sólo a él, a él sí le agradezco que me enseñó cómo hacer los cableados, las tierras y las corrientes, las instalaciones y los trucos para que los medidores no registren completo el gasto de la energía. Pero tú… ¿te tengo que agradecer que me hayas jugado chueco con ese wey que conociste en la escuela donde estudiabas la primaria para adultos?
¿Ya se te olvidó? Ya no te acuerdas que me dijiste: “Para no aburrirme, mientras vas a hacer tus chambas de electricista, yo entraré a estudiar en el INEA”.
¡Claro! Más que aprender, buscabas diversión y la encontraste con ese tipo, porque eres una cuzca. Ah, y tu maldita madre, la alcahueta, ¡hasta te cuidaba a nuestro niño! A ella no le haré nada, no la maltrataré físicamente, pero le dolerá más esta carta. Enséñasela. A ver si después puede dormir tranquila.
¿Crees que puedo olvidar toda la chinga que me llevaba ranurando paredes, cargando la escalera, haciendo zanjas mientras tú le dabas vuelo a tus instintos? Y luego: ¡en la misma casa!, donde los encontré haciendo sus porquerías.
Lo malo es que no llevaba más que desarmadores y las heridas que te hice no te mandaron al panteón, como yo quería; por eso pudiste escapar para echarme a la poli y me acusaste de intento de homicidio, lo que me costará una buena temporada aquí. Pero recuerda: “No hay plazo que no se cumpla…” Un día saldré y no te salvará ni el nuevo wey con el que estés, porque de seguro ya andas de caliente enredada en otros cuerpos.
Mientras, aquí estaré, aguantando, sobrellevando el ritmo de mis compañeros reclusos y de los custodios que por todo nos sacan dinero. Ni modo. Esta vida no la elegí. Ahora aprenderé a hacer cinturones para sacar algo de dinero para las cuotas y para la mota, que ya probé aquí y me gustó, porque todo cuesta. Todo hay, aunque lo dudes. Aquí conseguimos hasta tequila, pero cuesta más que en la calle.
Cuando salga te llevaré tu regalito. No te escondas, te encontraré donde estés para darte un encarguito. Por favor cuida tu perra vida, no quiero que te mueras antes de que salga de aquí de este lugar de readaptación al que me enviaste.
Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com
miércoles, octubre 06, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
¡Las malditas feromonas!
José I. Delgado Bahena
Se conocieron desde la primaria, cuando ambos estudiaban el sexto grado en la escuela Andrés Figueroa. En ese entonces, ellos: Tania y Manuel, además de Lina, salieron triunfadores en sus respectivos grupos en los exámenes de la Olimpiada del Conocimiento que a nivel escuela les aplicaron sus maestros. Y en la evaluación final, en la que decidieron quién de los tres representaría al centro de trabajo donde estudiaban, Tania fue la ganadora. Entonces, el director les pidió a Manuel y a Lina que ayudaran a estudiar a su compañera para la siguiente etapa. La mamá de Lina no aceptó que su hija apoyara a Tania, incluso manifestó una gran molestia y difamó a los maestros diciendo que hubo fraude en la selección, sólo porque Tanía era hija de la hermana del director de la escuela.
Desde entonces, por el mes de marzo de ese año, hasta mayo, cuando fue el examen de zona, que Tania también ganó, convivieron y compartieron muchas tardes en la casa de ella, repasando los temas que habían estudiado en clase. Con ello se fue propiciando un mayor acercamiento físico y en los sentimientos.
−Un día me casaré contigo –dijo Manuel, tomando la mano derecha de Tania y mirándole a los ojos. Ella no manifestó ninguna reacción; sólo bajó la mirada hacia sus libros en un mudo gesto de aceptación.
El destino los separó. A Tania la inscribieron en la ESPI y a Manuel en la Jaime Torres Bodet, para continuar con sus estudios en ese nivel de secundaria. Aún así siguieron en contacto a través de los mensajes en sus celulares y por medio del Messenger; pero, poco a poco, el sentimiento infantil que nació en la primaria, se fue quedando dormido, agazapado, mientras desahogaban sus emociones en las relaciones que construyeron con sus adolescentes compañeros de las nuevas escuelas.
Todo habría seguido bien, si no es porque, casualmente, se volvieron a encontrar en la etapa del bachillerato y, para hacer más efectiva la coincidencia, les tocó en el mismo grupo.
A sus quince años, las feromonas les activaron el recuerdo y les despertaron el interés que surgió en su niñez, propiciado por las tardes de estudio, y motivaron, en ella, el impulso por hablarle a él, por reanudar aquello que se interrumpió en la adolescencia.
−Hola –dijo Tania, sentándose en una silla vacía, a un lado de Manuel−. ¿Ya no te piensas casar conmigo?
−¿Cómo estás? –respondió él, acerándose a ella para besarla en la mejilla.
−Bien, gracias. Pero, ¿por qué no contestas mi pregunta? –insistió con una sonrisa coqueta.
−Claro que sí –respondió decidido−, pero cuando seamos grandes.
−Mientras tanto –aceptó Tania−, ¿por qué no me invitas al cine?
Primero fue el cine, luego el café, el balneario, el parque; cualquier lugar y a cualquier hora después de clase eran propicios para estar juntos. Incluso, con la autorización de la madre de ella, se pasaban parte de la noche afuera de su casa, sentados en una jardinera, respondiendo a sus juveniles impulsos y al nuevo sentimiento que se acrecentaba cada día. Con ello, las promesas de una vida juntos y un matrimonio feliz se fueron fincando con firmeza en sus corazones y les permitían otros atrevimientos que encontraban su límite en las caricias que ella le permitía y que él se llevaba para disfrutarlas todavía en la intimidad de su cuarto.
Una tarde, en que la madre de Tania no se encontraba en casa, y con el pretexto de ver las fotos de la fiesta de clausura de su generación, en la "Andrés Figueroa", Tania invitó a Manuel a pasar al interior de su casa. Más tarde, después de gozar con los recuerdos y las apariencias infantiles que encontraron en las fotografías, las feromonas fueron más incitantes y provocaron en los jóvenes los deseos reprimidos durante los furtivos besos y las caricias callejeras. Sin límites ni reservas, dejaron que sus ansias respondieran a las urgencias sexuales, que despertaron con los aromas corporales, y se entregaron en la correspondencia de los fluidos sin precaución y protección alguna. Esa fue la primera de tantas que, confiados en su suerte, aprovecharon las constantes ausencias de la madre de Tania para soltar sus impulsos y enredar el amor en la confusión de la complacencia de los cuerpos.
Todo iba bien, hasta que Tania detectó la interrupción de su menstruación y le llenó de angustia. Juntos pensaron en soluciones para terminar con el embarazo inesperado que les alteraba la vida. Manuel encontró, en el mal consejo de un amigo del Tecnológico, la sugerencia de un aborto provocado en la clínica de un médico conocido suyo quien le aseguró que, a cambio de cierta cantidad de dinero, en una tarde les resolvía el problema.
Una fuerte infección en el útero y una constante hemorragia que no logró contener Tania durante la noche, fueron las consecuencias de la inducción del aborto que el médico realizó con el peor procedimiento: el de dilatación y raspado, y fueron las causas de su muerte, de su adelanto de este mundo, por dejarse convencer por las malditas feromonas.
Escríbeme:
jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
Se conocieron desde la primaria, cuando ambos estudiaban el sexto grado en la escuela Andrés Figueroa. En ese entonces, ellos: Tania y Manuel, además de Lina, salieron triunfadores en sus respectivos grupos en los exámenes de la Olimpiada del Conocimiento que a nivel escuela les aplicaron sus maestros. Y en la evaluación final, en la que decidieron quién de los tres representaría al centro de trabajo donde estudiaban, Tania fue la ganadora. Entonces, el director les pidió a Manuel y a Lina que ayudaran a estudiar a su compañera para la siguiente etapa. La mamá de Lina no aceptó que su hija apoyara a Tania, incluso manifestó una gran molestia y difamó a los maestros diciendo que hubo fraude en la selección, sólo porque Tanía era hija de la hermana del director de la escuela.
Desde entonces, por el mes de marzo de ese año, hasta mayo, cuando fue el examen de zona, que Tania también ganó, convivieron y compartieron muchas tardes en la casa de ella, repasando los temas que habían estudiado en clase. Con ello se fue propiciando un mayor acercamiento físico y en los sentimientos.
−Un día me casaré contigo –dijo Manuel, tomando la mano derecha de Tania y mirándole a los ojos. Ella no manifestó ninguna reacción; sólo bajó la mirada hacia sus libros en un mudo gesto de aceptación.
El destino los separó. A Tania la inscribieron en la ESPI y a Manuel en la Jaime Torres Bodet, para continuar con sus estudios en ese nivel de secundaria. Aún así siguieron en contacto a través de los mensajes en sus celulares y por medio del Messenger; pero, poco a poco, el sentimiento infantil que nació en la primaria, se fue quedando dormido, agazapado, mientras desahogaban sus emociones en las relaciones que construyeron con sus adolescentes compañeros de las nuevas escuelas.
Todo habría seguido bien, si no es porque, casualmente, se volvieron a encontrar en la etapa del bachillerato y, para hacer más efectiva la coincidencia, les tocó en el mismo grupo.
A sus quince años, las feromonas les activaron el recuerdo y les despertaron el interés que surgió en su niñez, propiciado por las tardes de estudio, y motivaron, en ella, el impulso por hablarle a él, por reanudar aquello que se interrumpió en la adolescencia.
−Hola –dijo Tania, sentándose en una silla vacía, a un lado de Manuel−. ¿Ya no te piensas casar conmigo?
−¿Cómo estás? –respondió él, acerándose a ella para besarla en la mejilla.
−Bien, gracias. Pero, ¿por qué no contestas mi pregunta? –insistió con una sonrisa coqueta.
−Claro que sí –respondió decidido−, pero cuando seamos grandes.
−Mientras tanto –aceptó Tania−, ¿por qué no me invitas al cine?
Primero fue el cine, luego el café, el balneario, el parque; cualquier lugar y a cualquier hora después de clase eran propicios para estar juntos. Incluso, con la autorización de la madre de ella, se pasaban parte de la noche afuera de su casa, sentados en una jardinera, respondiendo a sus juveniles impulsos y al nuevo sentimiento que se acrecentaba cada día. Con ello, las promesas de una vida juntos y un matrimonio feliz se fueron fincando con firmeza en sus corazones y les permitían otros atrevimientos que encontraban su límite en las caricias que ella le permitía y que él se llevaba para disfrutarlas todavía en la intimidad de su cuarto.
Una tarde, en que la madre de Tania no se encontraba en casa, y con el pretexto de ver las fotos de la fiesta de clausura de su generación, en la "Andrés Figueroa", Tania invitó a Manuel a pasar al interior de su casa. Más tarde, después de gozar con los recuerdos y las apariencias infantiles que encontraron en las fotografías, las feromonas fueron más incitantes y provocaron en los jóvenes los deseos reprimidos durante los furtivos besos y las caricias callejeras. Sin límites ni reservas, dejaron que sus ansias respondieran a las urgencias sexuales, que despertaron con los aromas corporales, y se entregaron en la correspondencia de los fluidos sin precaución y protección alguna. Esa fue la primera de tantas que, confiados en su suerte, aprovecharon las constantes ausencias de la madre de Tania para soltar sus impulsos y enredar el amor en la confusión de la complacencia de los cuerpos.
Todo iba bien, hasta que Tania detectó la interrupción de su menstruación y le llenó de angustia. Juntos pensaron en soluciones para terminar con el embarazo inesperado que les alteraba la vida. Manuel encontró, en el mal consejo de un amigo del Tecnológico, la sugerencia de un aborto provocado en la clínica de un médico conocido suyo quien le aseguró que, a cambio de cierta cantidad de dinero, en una tarde les resolvía el problema.
Una fuerte infección en el útero y una constante hemorragia que no logró contener Tania durante la noche, fueron las consecuencias de la inducción del aborto que el médico realizó con el peor procedimiento: el de dilatación y raspado, y fueron las causas de su muerte, de su adelanto de este mundo, por dejarse convencer por las malditas feromonas.
Escríbeme:
jose_delgado9@hotmail.com
miércoles, septiembre 29, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
Webcam del deseo
José I. Delgado Bahena
Juan Antonio se enredaba todas las tardes, saliendo de la prepa, en el laberinto de las amistades cibernéticas y, aprovechando que no se encontraba nadie en casa, mantenía conversaciones atrevidas con gente que ni conocía; entonces, con la llama del deseo encendida, accedía a las más arriesgadas de las peticiones que le hacían.
−¿Tienes cámara? –le interrogó alguien en el mensajero.
−Sí. ¿Y tú? –respondió Juan Antonio.
Enseguida apareció en el rectángulo de diálogo una invitación para iniciar una video-llamada. Le dio clic en aceptar y pudo ver a una mujer madura, de tez blanca y ojos claros que con un español mocho le invitaba a que se desnudara.
−Tú primero –dijo él con voz temblorosa−. ¿Cómo te llamas? –agregó.
−Pamela –respondió ella mientras se quitaba la pequeña blusa roja que no lograba cubrir por completo sus enormes pechos.
Pamela se sobaba los senos, se mojaba los dedos con saliva y se frotaba los pezones mientras giraba su lengua humedecida alrededor de sus labios.
Juan Antonio se quitó la playera e intentaba imitarla. Ella se puso de pie y le mostró que se despojaba de su pantaletita. Él hizo lo mismo con su bóxer.
Esa era su rutina hasta que llegaban sus padres.
Una mañana, en una hora de clase que −para variar− no había llegado el maestro, se reunió con sus amigos Irving y Jorge a quienes les contó lo que hacía y los invitó a que fueran a su casa. Lo planearon todo para el siguiente viernes, mientras los amigos avisaban a sus familias que llegarían tarde ese día por tener que ir a hacer un trabajo en la casa de Juan Antonio.
−Hola −le saludó “Alondra”.
−Hola, “Alondra”. ¿De dónde eres? –escribió Juan Antonio.
−De Iguala –contestó ella−. ¿Y tú?
−También. ¿Tienes cámara?
−Sí. ¿Por qué?
−Para verte. Están aquí mis amigos. Si gustas también ellos se desnudan.
−¿Para qué así, si podemos hacerlo en persona? Mejor los invito a mi casa.
Emocionados aceptaron la invitación. Tomaron nota de la dirección y la forma de llegar a la colonia donde vivía Alondra. Juan Antonio sacó su moto y los tres, montados en ella, se dirigieron al domicilio que les indicaron.
Una chica muy guapa, alta, cabello corto y negro, con maquillaje en exceso y de, aproximadamente, treinta años, los recibió y los invitó a pasar.
En la mesita de la sala los esperaba un gran surtido de estupefacientes: cocaína, metanfetaminas, hongos, espirits, crak y mariguana. Además, por supuesto de algunas bebidas alcohólicas y refrescos.
−Pónganse cómodos –les dijo Alondra con una rara voz de barítono−. Tomen lo que gusten, con confianza. Voy al baño y regreso.
Los muchachos, nerviosos pero con interés, comenzaron a inspeccionar en las sustancias que les habían dejado en mantel de plata. Irving tomó un carrujo de mariguana y, con un encendedor que estaba sobre la mesa, lo prendió y le dio una gran bocanada, después se lo pasó a Jorge quién le fumó levemente y Juan Antonio, aparentando experiencia, lo llevó a su boca para chuparle en dos ocasiones sin soltar el humo.
En ese momento regresó Alondra −vestida con mínimas prendas−, se dirigió al aparato de sonido y al ritmo de un blues se sentó a un lado de Juan Antonio. Tomó un botecito que contenía pastillas de color rosa, les ofreció una a cada muchacho y ella misma puso una en su boca, la mordió y comenzó a masticarla. Ellos hicieron lo mismo.
Jorge se animó, tomó una estampita de LCD, la colocó debajo de su lengua y al poco rato empezó a sudar y a sudar, hasta quedar empapado y tirado en el piso gritando que un demonio azul le mordía el cuello.
La tarde caía. El alcohol y las drogas consumidas en esa tarde les hicieron perder la conciencia de lo que hacían y de lo que decían. Lo último que Juan Antonio recordó, después de montar elefantes rosas, es que Alondra era en realidad “Alondro” y que Irving se dirigía con "ella", tomados de la mano hacia la recámara.
Cuando regresaron a la realidad, gracias a que Alondra los obligó a beber agua mineral, la noche cubría la ciudad y un aguacero había inundado las calles. Los tres amigos tenían miles de llamadas perdidas de sus familiares en sus teléfonos celulares. Salieron a la calle sobre la moto de Juan Antonio quien tuvo que dejar a cada uno en sus casas y volver él, a la suya, para enfrentar los regaños de sus padres y la sobrecarga de conciencia que les regaló aquella tarde la webcam del deseo.
Escríbeme:
jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
Juan Antonio se enredaba todas las tardes, saliendo de la prepa, en el laberinto de las amistades cibernéticas y, aprovechando que no se encontraba nadie en casa, mantenía conversaciones atrevidas con gente que ni conocía; entonces, con la llama del deseo encendida, accedía a las más arriesgadas de las peticiones que le hacían.
−¿Tienes cámara? –le interrogó alguien en el mensajero.
−Sí. ¿Y tú? –respondió Juan Antonio.
Enseguida apareció en el rectángulo de diálogo una invitación para iniciar una video-llamada. Le dio clic en aceptar y pudo ver a una mujer madura, de tez blanca y ojos claros que con un español mocho le invitaba a que se desnudara.
−Tú primero –dijo él con voz temblorosa−. ¿Cómo te llamas? –agregó.
−Pamela –respondió ella mientras se quitaba la pequeña blusa roja que no lograba cubrir por completo sus enormes pechos.
Pamela se sobaba los senos, se mojaba los dedos con saliva y se frotaba los pezones mientras giraba su lengua humedecida alrededor de sus labios.
Juan Antonio se quitó la playera e intentaba imitarla. Ella se puso de pie y le mostró que se despojaba de su pantaletita. Él hizo lo mismo con su bóxer.
Esa era su rutina hasta que llegaban sus padres.
Una mañana, en una hora de clase que −para variar− no había llegado el maestro, se reunió con sus amigos Irving y Jorge a quienes les contó lo que hacía y los invitó a que fueran a su casa. Lo planearon todo para el siguiente viernes, mientras los amigos avisaban a sus familias que llegarían tarde ese día por tener que ir a hacer un trabajo en la casa de Juan Antonio.
−Hola −le saludó “Alondra”.
−Hola, “Alondra”. ¿De dónde eres? –escribió Juan Antonio.
−De Iguala –contestó ella−. ¿Y tú?
−También. ¿Tienes cámara?
−Sí. ¿Por qué?
−Para verte. Están aquí mis amigos. Si gustas también ellos se desnudan.
−¿Para qué así, si podemos hacerlo en persona? Mejor los invito a mi casa.
Emocionados aceptaron la invitación. Tomaron nota de la dirección y la forma de llegar a la colonia donde vivía Alondra. Juan Antonio sacó su moto y los tres, montados en ella, se dirigieron al domicilio que les indicaron.
Una chica muy guapa, alta, cabello corto y negro, con maquillaje en exceso y de, aproximadamente, treinta años, los recibió y los invitó a pasar.
En la mesita de la sala los esperaba un gran surtido de estupefacientes: cocaína, metanfetaminas, hongos, espirits, crak y mariguana. Además, por supuesto de algunas bebidas alcohólicas y refrescos.
−Pónganse cómodos –les dijo Alondra con una rara voz de barítono−. Tomen lo que gusten, con confianza. Voy al baño y regreso.
Los muchachos, nerviosos pero con interés, comenzaron a inspeccionar en las sustancias que les habían dejado en mantel de plata. Irving tomó un carrujo de mariguana y, con un encendedor que estaba sobre la mesa, lo prendió y le dio una gran bocanada, después se lo pasó a Jorge quién le fumó levemente y Juan Antonio, aparentando experiencia, lo llevó a su boca para chuparle en dos ocasiones sin soltar el humo.
En ese momento regresó Alondra −vestida con mínimas prendas−, se dirigió al aparato de sonido y al ritmo de un blues se sentó a un lado de Juan Antonio. Tomó un botecito que contenía pastillas de color rosa, les ofreció una a cada muchacho y ella misma puso una en su boca, la mordió y comenzó a masticarla. Ellos hicieron lo mismo.
Jorge se animó, tomó una estampita de LCD, la colocó debajo de su lengua y al poco rato empezó a sudar y a sudar, hasta quedar empapado y tirado en el piso gritando que un demonio azul le mordía el cuello.
La tarde caía. El alcohol y las drogas consumidas en esa tarde les hicieron perder la conciencia de lo que hacían y de lo que decían. Lo último que Juan Antonio recordó, después de montar elefantes rosas, es que Alondra era en realidad “Alondro” y que Irving se dirigía con "ella", tomados de la mano hacia la recámara.
Cuando regresaron a la realidad, gracias a que Alondra los obligó a beber agua mineral, la noche cubría la ciudad y un aguacero había inundado las calles. Los tres amigos tenían miles de llamadas perdidas de sus familiares en sus teléfonos celulares. Salieron a la calle sobre la moto de Juan Antonio quien tuvo que dejar a cada uno en sus casas y volver él, a la suya, para enfrentar los regaños de sus padres y la sobrecarga de conciencia que les regaló aquella tarde la webcam del deseo.
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jose_delgado9@hotmail.com
miércoles, septiembre 22, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
No me ayudes compadre…
José I. Delgado Bahena
“Compadre”, le dijo Raúl a Enrique por el celular, “acabo de ver a tu “cuarenta y dos” entrando al hotel que está en la entrada de Tomatal y se me hace que le están despachando un cero-nueve”.
“No manches compadre, a esta hora debe estar recogiendo a los niños en la escuela.”
“Pues… no sé, compadre, ¿por qué no le echas un “cuatro cuatro” por la zona, nomás para que salgas de dudas?”
“Sale compadre, nomás termino de levantar un “siete-nueve” a un güey que se pasó un alto y me lanzo a merodear por aquellos rumbos.”
Enrique cerró el teléfono, lo colocó en su cintura, junto al aparato de radio, y se dirigió al automovilista que esperaba a un lado de su carro esperando llegar a un arreglo y no tener que pagar por la infracción que había cometido.
−¿Entonces qué, mi oficial, me la va a perdonar?
−Sí amigo, sólo que ya sabe, está haciendo un pinche calor que se antoja un refresquito.
−Sale pues mi jefe –dijo el conductor, acercándose al agente de tránsito y, a modo de saludo, dejando en su mano un billete de cincuenta pesos−, tenga para su “chesco”.
−Órale, ya váyase y para la otra sea más precavido, no vaya a atropellar a algún peatón.
−Sí mi jefe, nos vemos –respondió el hombre subiendo a su auto y arrancando enseguida.
Enrique guardó el billete en el bolsillo derecho de su pantalón, que se notaba abultado por la morralla que había juntado en medio día de su trabajo como agente de tránsito municipal. De pronto, recordó la llamada de su compadre Raúl. Tomó su aparato de radio y marcó:
“Mi jefe: con la novedad de que necesito de su autorización para ausentarme un par de horas, hay una emergencia en mi “noventa”, además de que necesito aplicar un “siete-seis”, porque al parecer algo me cayó mal en el almuerzo. Si usted me autoriza iré a dar el “doce” a mi familia y de paso aligerar el estómago.”
“Enterado, no se preocupe. Aplicaremos el “doce” a su zona. Ah, no se le olvide reportarse con su X60 donde usted ya sabe. Cuídese y salúdeme a su “cuarenta y dos.”
“Gracias, jefe.” Contestó Enrique cerrando la conversación y arrancando la unidad que tenía asignada.
Inmediatamente tomó el rumbo hacia Tomatal. Se estacionó cerca de un puesto de hamburguesas y esperó. Desde ahí podía ver con claridad quiénes entraban y salían del hotel ubicado en esta área.
A los pocos minutos, nuevamente sonó su teléfono. Era su compadre Raúl.
“¿Qué pasó, compa?”
“Ocho-ocho, compa, pues nada.” Contestó Enrique. “Estoy aquí, frente al hotel, no hay nada que informar.”
“Mira compadre”, agregó Raúl. La verdad, desde hace tiempo que muchos del gremio sabemos que tu 42 te pone el cuerno. No te quería decir nada porque pues, al fin y al cabo es tu vida, pero la neta da coraje, no es justo que te la pases chingándole todo el día para que ella ande de caliente.”
“No manches compadre, ya me estás haciendo encabronar”
“Ni modo compa. Es que si a mí me pasara lo mismo, me gustaría que mis cuates me lo dijeran para que no me vea la cara ella, ni se rían de mí los demás. ¿Tú crees que los compañeros se aguantan? De güey no te bajan y no se vale.”
“Eso sí compa, más vale saberlo, terminar todo y cada quien por su lado. ¿No crees?”
“No seas güey compa, mínimo una madrina a ella y un sustito al otro penitente, nomás por hacer cosas indebidas.”
En ese momento, llegaron dos taxis y entraron al hotel.
“Sale compa, luego te llamo, estaré al pendiente, parece que hay movimiento.”
Un taxi volvió a salir, llevando a Elena, la mujer de Enrique, en el asiento trasero. Inmediatamente salió la otra unidad de servicio llevando como pasajero a Héctor, un compañero de Enrique, en el asiento delantero.
Con el corazón hirviendo y con las palabras de su compadre vibrando en su mente: “Mínimo una madrina”, se dirigió a su casa encontrando a su mujer en la sala, al lado de sus hijos.
Subió con grandes zancadas la escalera hacia la planta alta, tomó un revolver que tenía en su cómoda, regresó a la sala y, sin darle tiempo a Elena, quien con ojos de espanto vio como le apuntaba con el arma, de que al menos apartara a sus dos hijos, le disparó a quemarropa, sobre el pecho, y amartillando nuevamente la pistola, se la puso en la boca, aplicándose un 22 con un tiro mortal que terminó, definitivamente con el enredo de los celos.
Escríbeme a:
jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
“Compadre”, le dijo Raúl a Enrique por el celular, “acabo de ver a tu “cuarenta y dos” entrando al hotel que está en la entrada de Tomatal y se me hace que le están despachando un cero-nueve”.
“No manches compadre, a esta hora debe estar recogiendo a los niños en la escuela.”
“Pues… no sé, compadre, ¿por qué no le echas un “cuatro cuatro” por la zona, nomás para que salgas de dudas?”
“Sale compadre, nomás termino de levantar un “siete-nueve” a un güey que se pasó un alto y me lanzo a merodear por aquellos rumbos.”
Enrique cerró el teléfono, lo colocó en su cintura, junto al aparato de radio, y se dirigió al automovilista que esperaba a un lado de su carro esperando llegar a un arreglo y no tener que pagar por la infracción que había cometido.
−¿Entonces qué, mi oficial, me la va a perdonar?
−Sí amigo, sólo que ya sabe, está haciendo un pinche calor que se antoja un refresquito.
−Sale pues mi jefe –dijo el conductor, acercándose al agente de tránsito y, a modo de saludo, dejando en su mano un billete de cincuenta pesos−, tenga para su “chesco”.
−Órale, ya váyase y para la otra sea más precavido, no vaya a atropellar a algún peatón.
−Sí mi jefe, nos vemos –respondió el hombre subiendo a su auto y arrancando enseguida.
Enrique guardó el billete en el bolsillo derecho de su pantalón, que se notaba abultado por la morralla que había juntado en medio día de su trabajo como agente de tránsito municipal. De pronto, recordó la llamada de su compadre Raúl. Tomó su aparato de radio y marcó:
“Mi jefe: con la novedad de que necesito de su autorización para ausentarme un par de horas, hay una emergencia en mi “noventa”, además de que necesito aplicar un “siete-seis”, porque al parecer algo me cayó mal en el almuerzo. Si usted me autoriza iré a dar el “doce” a mi familia y de paso aligerar el estómago.”
“Enterado, no se preocupe. Aplicaremos el “doce” a su zona. Ah, no se le olvide reportarse con su X60 donde usted ya sabe. Cuídese y salúdeme a su “cuarenta y dos.”
“Gracias, jefe.” Contestó Enrique cerrando la conversación y arrancando la unidad que tenía asignada.
Inmediatamente tomó el rumbo hacia Tomatal. Se estacionó cerca de un puesto de hamburguesas y esperó. Desde ahí podía ver con claridad quiénes entraban y salían del hotel ubicado en esta área.
A los pocos minutos, nuevamente sonó su teléfono. Era su compadre Raúl.
“¿Qué pasó, compa?”
“Ocho-ocho, compa, pues nada.” Contestó Enrique. “Estoy aquí, frente al hotel, no hay nada que informar.”
“Mira compadre”, agregó Raúl. La verdad, desde hace tiempo que muchos del gremio sabemos que tu 42 te pone el cuerno. No te quería decir nada porque pues, al fin y al cabo es tu vida, pero la neta da coraje, no es justo que te la pases chingándole todo el día para que ella ande de caliente.”
“No manches compadre, ya me estás haciendo encabronar”
“Ni modo compa. Es que si a mí me pasara lo mismo, me gustaría que mis cuates me lo dijeran para que no me vea la cara ella, ni se rían de mí los demás. ¿Tú crees que los compañeros se aguantan? De güey no te bajan y no se vale.”
“Eso sí compa, más vale saberlo, terminar todo y cada quien por su lado. ¿No crees?”
“No seas güey compa, mínimo una madrina a ella y un sustito al otro penitente, nomás por hacer cosas indebidas.”
En ese momento, llegaron dos taxis y entraron al hotel.
“Sale compa, luego te llamo, estaré al pendiente, parece que hay movimiento.”
Un taxi volvió a salir, llevando a Elena, la mujer de Enrique, en el asiento trasero. Inmediatamente salió la otra unidad de servicio llevando como pasajero a Héctor, un compañero de Enrique, en el asiento delantero.
Con el corazón hirviendo y con las palabras de su compadre vibrando en su mente: “Mínimo una madrina”, se dirigió a su casa encontrando a su mujer en la sala, al lado de sus hijos.
Subió con grandes zancadas la escalera hacia la planta alta, tomó un revolver que tenía en su cómoda, regresó a la sala y, sin darle tiempo a Elena, quien con ojos de espanto vio como le apuntaba con el arma, de que al menos apartara a sus dos hijos, le disparó a quemarropa, sobre el pecho, y amartillando nuevamente la pistola, se la puso en la boca, aplicándose un 22 con un tiro mortal que terminó, definitivamente con el enredo de los celos.
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lunes, septiembre 20, 2010
DEL LIBRO "AZUL COMO EL PECADO"
SOY UNO MÁS
SOY UNO MÁS
QUE ASPIRA A SER POETA
Y QUE JUEGA
CON EL DULCE PLACER
DEL TONO Y LA ARMONÍA
EN LAS MALAS PALABRAS
QUE BROTAN DE LAS LLAGAS.
SOY UNO MÁS
QUE SE PERFUMA EL ALMA
CON LA PÁLIDA LUZ
DE LAS ESTRELLAS,
Y CAMINA ENTRE ABROJOS,
DESCALZO Y TACITURNO,
SUSPIRANDO POR TODO
Y MURIENDO POR NADA.
José I. Delgado Bahena
SOY UNO MÁS
QUE ASPIRA A SER POETA
Y QUE JUEGA
CON EL DULCE PLACER
DEL TONO Y LA ARMONÍA
EN LAS MALAS PALABRAS
QUE BROTAN DE LAS LLAGAS.
SOY UNO MÁS
QUE SE PERFUMA EL ALMA
CON LA PÁLIDA LUZ
DE LAS ESTRELLAS,
Y CAMINA ENTRE ABROJOS,
DESCALZO Y TACITURNO,
SUSPIRANDO POR TODO
Y MURIENDO POR NADA.
José I. Delgado Bahena
miércoles, septiembre 15, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
La noche del Grito
José I. Delgado Bahena
Todo empezó con la ocurrencia del Comité de las Fiestas Patrias que tuvo la “genial” idea de que la representación de los personajes, para la escenificación del Grito, se hiciera con adultos, personas ya mayores; no como antes, que lo hacían puros chamacos. A mí me invitaron para hacer el papel de Allende y tenía que suspender mi trabajo de taxista para ensayar, una semana antes, desde las diez de la noche hasta que salía bien una parte.
Los demás papeles se distribuyeron bien. Bueno, buscaron a las personas que más se parecían a los héroes de la Independencia. Pero el que sí, de plano se lució, fue don Zefe, el de la tienda del centro. Él hizo a Hidalgo y nomás fue necesario que le pusieran un peluquín con algodón para que quedara igualito al Padre de la Patria.
Lo malo fue que el personaje de doña Josefa lo hizo Ramira, que fue mi novia cuando los dos teníamos quince años. “Lo que sea de cada quien, sin menospreciar a mi vieja, todavía es muy guapa”, me dije. Se puso robusta y engordó un poco, pero sus ojos como estrellitas todavía me deslumbran, la verdad.
Total que, desde el primer día de los ensayos, los dos sentimos hormigas en el estómago −como quince años atrás− y se nos olvidaron nuestros compromisos y nuestros hijos. Fue ella la que empezó a hacerme plática y se me pegaba al cuerpo, disimulando, mientras no ensayábamos. Después, yo la llevaba a su casa, en el taxi, porque vivía en la orilla del pueblo. Ella aceptaba pero con la condición de que también se fuera con nosotros Lupita, la hija de Miguel que hacía el papel de Carmelita y que vivía por su rumbo.
Una tarde la encontré por el centro de la ciudad. Yo iba en el taxi y ella estaba en la calle, como esperando un servicio. Me detuve y me ofrecí a llevarla. No hubo mucha plática ni ella dijo nada cuando vio que me dirigía hacia otra ruta y me metía a un hotelito, que está por el periférico, donde recuperamos nuestras ansias que habían quedado dormidas en la etapa del noviazgo.
El 14, después del último ensayo, al bajar Ramira del taxi, le di una cartita en la que le proponía que dejáramos a nuestras familias y nos fuéramos lejos, juntos, a hacer una nueva vida. Ella escondió una sonrisa y guardó el papel entre sus pechos.
La noche del Grito llegamos todos con nuestros vestuarios en ganchos y nos cambiamos en bola al interior de la comisaría, mientras en el patio coronaban a Diana, la reina de ese año. Doña Josefa, o sea Ramira, con su peinado de molote, como la original, y sus también originales pechos, prominentes y exquisitos, provocaron en mi sangre tal reacción que no me pude aguantar para preguntarle:
−¿Qué has pensado de mi propuesta?
−¿Cuál propuesta? –me interrogó arqueando sus hermosas cejas.
−La que te hago en la carta que te di ayer.
−¡La carta! –exclamó con las manos sobre el maquillaje de su rostro.
En esos momentos nos pidieron que subiéramos al techo de los salones de la telesecundaria, donde habían montado el escenario, y ya no platicamos más, pero su cara de sorpresa me puso a temblar y no dejé de preguntarme en dónde había dejado el papel y si su marido lo habría hallado.
Cuando estaba la representación de la Conspiración de Querétaro, y yo, en mi papel de Allende, sentado junto a Hidalgo, advertí que Ramira me hacía señas; me levanté y fui junto al telón donde ella me entregó un papel. Regresé a la mesa y ahí leí el mensaje: “Ya nos descubrieron”, decía. Con lo preocupado que estaba por la carta que yo le había dado, entendí que su marido la había encontrado y se había enterado de su infidelidad, olvidando que ella, doña Josefa, nos avisaba, a los conspiradores, que nuestras reuniones habían sido descubiertas y que Hidalgo debía adelantar la fecha del inicio de la lucha por la Independencia de México.
No recuerdo qué dije, me levanté, salí del escenario, tomé de la mano a Ramira y juntos bajamos la escalera que pusieron para subir al techo de la escuela. Ella no se resistió, me siguió hasta el taxi que había dejado estacionado afuera, nos subimos y nos vinimos a la ciudad.
Después supimos que Juan, su marido, nos había seguido –porque estaba entre la bola de gente− y llevaba intenciones de matarnos. Al parecer alguien lo convenció de que no valía la pena y nos dejó vivir en paz. Ella y yo nos separamos legalmente de nuestras parejas y formamos una familia. Ya tenemos dos hijos y aunque nos han invitado a participar otra vez en la escenificación del Grito, mejor no aceptamos: no vaya a ser la de malas…
Escríbeme a:
jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
Todo empezó con la ocurrencia del Comité de las Fiestas Patrias que tuvo la “genial” idea de que la representación de los personajes, para la escenificación del Grito, se hiciera con adultos, personas ya mayores; no como antes, que lo hacían puros chamacos. A mí me invitaron para hacer el papel de Allende y tenía que suspender mi trabajo de taxista para ensayar, una semana antes, desde las diez de la noche hasta que salía bien una parte.
Los demás papeles se distribuyeron bien. Bueno, buscaron a las personas que más se parecían a los héroes de la Independencia. Pero el que sí, de plano se lució, fue don Zefe, el de la tienda del centro. Él hizo a Hidalgo y nomás fue necesario que le pusieran un peluquín con algodón para que quedara igualito al Padre de la Patria.
Lo malo fue que el personaje de doña Josefa lo hizo Ramira, que fue mi novia cuando los dos teníamos quince años. “Lo que sea de cada quien, sin menospreciar a mi vieja, todavía es muy guapa”, me dije. Se puso robusta y engordó un poco, pero sus ojos como estrellitas todavía me deslumbran, la verdad.
Total que, desde el primer día de los ensayos, los dos sentimos hormigas en el estómago −como quince años atrás− y se nos olvidaron nuestros compromisos y nuestros hijos. Fue ella la que empezó a hacerme plática y se me pegaba al cuerpo, disimulando, mientras no ensayábamos. Después, yo la llevaba a su casa, en el taxi, porque vivía en la orilla del pueblo. Ella aceptaba pero con la condición de que también se fuera con nosotros Lupita, la hija de Miguel que hacía el papel de Carmelita y que vivía por su rumbo.
Una tarde la encontré por el centro de la ciudad. Yo iba en el taxi y ella estaba en la calle, como esperando un servicio. Me detuve y me ofrecí a llevarla. No hubo mucha plática ni ella dijo nada cuando vio que me dirigía hacia otra ruta y me metía a un hotelito, que está por el periférico, donde recuperamos nuestras ansias que habían quedado dormidas en la etapa del noviazgo.
El 14, después del último ensayo, al bajar Ramira del taxi, le di una cartita en la que le proponía que dejáramos a nuestras familias y nos fuéramos lejos, juntos, a hacer una nueva vida. Ella escondió una sonrisa y guardó el papel entre sus pechos.
La noche del Grito llegamos todos con nuestros vestuarios en ganchos y nos cambiamos en bola al interior de la comisaría, mientras en el patio coronaban a Diana, la reina de ese año. Doña Josefa, o sea Ramira, con su peinado de molote, como la original, y sus también originales pechos, prominentes y exquisitos, provocaron en mi sangre tal reacción que no me pude aguantar para preguntarle:
−¿Qué has pensado de mi propuesta?
−¿Cuál propuesta? –me interrogó arqueando sus hermosas cejas.
−La que te hago en la carta que te di ayer.
−¡La carta! –exclamó con las manos sobre el maquillaje de su rostro.
En esos momentos nos pidieron que subiéramos al techo de los salones de la telesecundaria, donde habían montado el escenario, y ya no platicamos más, pero su cara de sorpresa me puso a temblar y no dejé de preguntarme en dónde había dejado el papel y si su marido lo habría hallado.
Cuando estaba la representación de la Conspiración de Querétaro, y yo, en mi papel de Allende, sentado junto a Hidalgo, advertí que Ramira me hacía señas; me levanté y fui junto al telón donde ella me entregó un papel. Regresé a la mesa y ahí leí el mensaje: “Ya nos descubrieron”, decía. Con lo preocupado que estaba por la carta que yo le había dado, entendí que su marido la había encontrado y se había enterado de su infidelidad, olvidando que ella, doña Josefa, nos avisaba, a los conspiradores, que nuestras reuniones habían sido descubiertas y que Hidalgo debía adelantar la fecha del inicio de la lucha por la Independencia de México.
No recuerdo qué dije, me levanté, salí del escenario, tomé de la mano a Ramira y juntos bajamos la escalera que pusieron para subir al techo de la escuela. Ella no se resistió, me siguió hasta el taxi que había dejado estacionado afuera, nos subimos y nos vinimos a la ciudad.
Después supimos que Juan, su marido, nos había seguido –porque estaba entre la bola de gente− y llevaba intenciones de matarnos. Al parecer alguien lo convenció de que no valía la pena y nos dejó vivir en paz. Ella y yo nos separamos legalmente de nuestras parejas y formamos una familia. Ya tenemos dos hijos y aunque nos han invitado a participar otra vez en la escenificación del Grito, mejor no aceptamos: no vaya a ser la de malas…
Escríbeme a:
jose_delgado9@hotmail.com
miércoles, septiembre 08, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
Amor virtual
José I. Delgado Bahena
Se conocieron en el chat. Ella con el sobrenombre de “Carita feliz” y él con el de “Ventrílocuo”. Al trasladarse a una ventana privada se dijeron sus verdaderos nombres y sus direcciones de correo electrónico para seguir en contacto por este medio.
Después de los versos, las canciones y las fotos que intercambiaron, a los pocos días comenzaron a sentirse atraídos e identificados en sus emociones, lo que les llevó a darle forma a un sentimiento que se fue materializando con cada mensaje y cada palabra que se dedicaban en las conversaciones que mantenían todas las noches a través de la red.
−No sé qué me pasa –le dijo Omar en una ocasión−, durante el día siento las horas largas y espero que llegue este momento con ansiedad por hablar contigo.
−Me ocurre lo mismo –respondió Yuridia− pero todavía más: me muero de ganas por conocerte en persona. Las fotos que me has enviado no me bastan. Tengo la impresión de que el hecho de que nos encontráramos en el chat no fue casualidad, sino que alguien nos tendió una trampa para hacernos vivir esta experiencia.
−¿Te arrepientes? –preguntó angustiado Omar.
−Claro que no. Pero lo que siento por ti ya no es sólo amistad, creo que ya te amo.
−También yo. No tengo dudas. También me gustaría conocerte. Pediré dos días de permiso en mi trabajo e iré a Iguala para verte. Espero no defraudarte.
−¡Cómo crees! –protestó Yuridia−, lo que importan son los sentimientos, no el físico. Pero, ¿qué te parece si mejor yo hago el viaje y voy a Acapulco? Así, además, iríamos al mar y conviviríamos allá, si te parece bien.
Fijaron la fecha, el lugar y el momento en que se encontrarían para conocerse. Y como no hay plazo que no se cumpla…, el día esperado llegó y Yuridia se trasladó al puerto en una mañana de un sábado bañado por una ligera llovizna.
Llegó a la playa de Caleta, donde habían quedado, se sentó sobre una toalla que llevaba en su pequeña maleta de viaje. Le emocionaba el pensar que conocería a Omar Venegas, su novio por internet, la persona virtual que le había hecho despertar a ese sentimiento que se le había negado en los últimos meses. Esperó cerca de veinte minutos observando el vaivén de las olas que le provocaban una placentera sensación de paz, de esperanzas y alegrías. ¿Cuántas veces había estado ahí en compañía de sus hermanos y sus primos? No sabía, pero lo que sí sabía era que la emoción no era la misma.
−¡Buenos días! –le susurró Omar en su oído derecho.
Sorprendida, volteó en busca del dueño de esa voz que le había provocado sobresalto en su corazón. Junto a ella se encontraba un hombre diferente al que había conocido a través del Messenger, muy diferente al de las fotos. Definitivamente ese hombre no era Omar, se dijo.
−¿Quién es usted? ¿Qué quiere? –preguntó con gran perturbación, poniéndose de pie y buscando un punto de apoyo entre la gente que con su algarabía aguijoneaban su mirada en esa tarde nublada del puerto.
−Soy Omar –le dijo él−, y te quiero a ti.
−Eso no es cierto. A Omar lo conozco. Traigo sus fotos –dijo con angustia mientras buscaba en su bolso las impresiones de dos fotos de él que había mandado hacer.
−Sí, mira: la verdad es que esas fotos son de hace quince años, pero soy yo. Recuerda que me dijiste que lo más importante eran los sentimientos.
−Sí –dijo ella con rencor−, pero la mentira es lo peor. Pudiste haberme dicho la verdad y no fingir lo que ya no eres.
−Sigo siendo el mismo… o acaso ya te olvidaste de todo lo que nos escribimos en el Messenger?
−Olvídalo –dijo Yuridia, dándole la espalada, tirando las fotos en la arena y tomado su bolso para dirigirse a la avenida en busca de un taxi.
Él la siguió, le rogó que le dejara explicarle, se subió al taxi con ella e insistió. Al no obtener respuesta a sus súplicas más que un obstinado silencio de Yuridia, sacó una pequeña pistola que llevaba entre sus ropas y le disparó en el pecho, a ella, y en la cabeza al asustado taxista que no tuvo tiempo, al menos, de detener el automóvil que se estrelló contra una palmera de las tantas que hay en la costera Miguel Alemán, de este puerto.
Omar bajó del taxi y corrió entre los curiosos que se habían acercado al auto accidentado. Al llegar al zócalo, vio un cyber, entró, pidió una máquina y se conectó a una sala de chat.
−Hola –dijo “Ventrílocuo”.
−Hola –le respondió “Estrellita”.
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jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
Se conocieron en el chat. Ella con el sobrenombre de “Carita feliz” y él con el de “Ventrílocuo”. Al trasladarse a una ventana privada se dijeron sus verdaderos nombres y sus direcciones de correo electrónico para seguir en contacto por este medio.
Después de los versos, las canciones y las fotos que intercambiaron, a los pocos días comenzaron a sentirse atraídos e identificados en sus emociones, lo que les llevó a darle forma a un sentimiento que se fue materializando con cada mensaje y cada palabra que se dedicaban en las conversaciones que mantenían todas las noches a través de la red.
−No sé qué me pasa –le dijo Omar en una ocasión−, durante el día siento las horas largas y espero que llegue este momento con ansiedad por hablar contigo.
−Me ocurre lo mismo –respondió Yuridia− pero todavía más: me muero de ganas por conocerte en persona. Las fotos que me has enviado no me bastan. Tengo la impresión de que el hecho de que nos encontráramos en el chat no fue casualidad, sino que alguien nos tendió una trampa para hacernos vivir esta experiencia.
−¿Te arrepientes? –preguntó angustiado Omar.
−Claro que no. Pero lo que siento por ti ya no es sólo amistad, creo que ya te amo.
−También yo. No tengo dudas. También me gustaría conocerte. Pediré dos días de permiso en mi trabajo e iré a Iguala para verte. Espero no defraudarte.
−¡Cómo crees! –protestó Yuridia−, lo que importan son los sentimientos, no el físico. Pero, ¿qué te parece si mejor yo hago el viaje y voy a Acapulco? Así, además, iríamos al mar y conviviríamos allá, si te parece bien.
Fijaron la fecha, el lugar y el momento en que se encontrarían para conocerse. Y como no hay plazo que no se cumpla…, el día esperado llegó y Yuridia se trasladó al puerto en una mañana de un sábado bañado por una ligera llovizna.
Llegó a la playa de Caleta, donde habían quedado, se sentó sobre una toalla que llevaba en su pequeña maleta de viaje. Le emocionaba el pensar que conocería a Omar Venegas, su novio por internet, la persona virtual que le había hecho despertar a ese sentimiento que se le había negado en los últimos meses. Esperó cerca de veinte minutos observando el vaivén de las olas que le provocaban una placentera sensación de paz, de esperanzas y alegrías. ¿Cuántas veces había estado ahí en compañía de sus hermanos y sus primos? No sabía, pero lo que sí sabía era que la emoción no era la misma.
−¡Buenos días! –le susurró Omar en su oído derecho.
Sorprendida, volteó en busca del dueño de esa voz que le había provocado sobresalto en su corazón. Junto a ella se encontraba un hombre diferente al que había conocido a través del Messenger, muy diferente al de las fotos. Definitivamente ese hombre no era Omar, se dijo.
−¿Quién es usted? ¿Qué quiere? –preguntó con gran perturbación, poniéndose de pie y buscando un punto de apoyo entre la gente que con su algarabía aguijoneaban su mirada en esa tarde nublada del puerto.
−Soy Omar –le dijo él−, y te quiero a ti.
−Eso no es cierto. A Omar lo conozco. Traigo sus fotos –dijo con angustia mientras buscaba en su bolso las impresiones de dos fotos de él que había mandado hacer.
−Sí, mira: la verdad es que esas fotos son de hace quince años, pero soy yo. Recuerda que me dijiste que lo más importante eran los sentimientos.
−Sí –dijo ella con rencor−, pero la mentira es lo peor. Pudiste haberme dicho la verdad y no fingir lo que ya no eres.
−Sigo siendo el mismo… o acaso ya te olvidaste de todo lo que nos escribimos en el Messenger?
−Olvídalo –dijo Yuridia, dándole la espalada, tirando las fotos en la arena y tomado su bolso para dirigirse a la avenida en busca de un taxi.
Él la siguió, le rogó que le dejara explicarle, se subió al taxi con ella e insistió. Al no obtener respuesta a sus súplicas más que un obstinado silencio de Yuridia, sacó una pequeña pistola que llevaba entre sus ropas y le disparó en el pecho, a ella, y en la cabeza al asustado taxista que no tuvo tiempo, al menos, de detener el automóvil que se estrelló contra una palmera de las tantas que hay en la costera Miguel Alemán, de este puerto.
Omar bajó del taxi y corrió entre los curiosos que se habían acercado al auto accidentado. Al llegar al zócalo, vio un cyber, entró, pidió una máquina y se conectó a una sala de chat.
−Hola –dijo “Ventrílocuo”.
−Hola –le respondió “Estrellita”.
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sábado, septiembre 04, 2010
ENROQUE POÉTICO

¡OH, MAR DE AMOR!
José I. Delgado Bahena
Mar que me inunda el pecho
y silencia mi silencio.
Mar de luz que incendia mi alma
e ilumina mi vida.
¡Oh, mar de amor!
Mar que brota en la vasija de mi sangre
y entorpece mis sentidos,
mar que baña mi luna blanca
con miradas de plata.
¡Oh, mar de amor!
en el fondo de tus aguas
toda la poesía descansa.
martes, agosto 31, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
Con olor a olvido
José I. Delgado Bahena
(Epistolario)
Es inútil, lo sé, escribirte donde todos leen, menos tú. Quizá por eso lo hago: porque nunca me atreví a decirte con palabras, de frente, lo que te dije en silencio con el aire de mis ojos. ¿Por qué fui siempre un maldito cobarde que se arrancó la piel, tira tras tira, desde la frente hasta las puntas de los dedos, antes de pedirte que te fueras? Un día quise hacerlo pero terminé vencido entre tus brazos, remando con mis dudas en las olas de tu cuerpo, bebiéndome tu aliento, tus ansias desbordadas y la frescura de tus besos.
Y así fue permanentemente.
Todavía me pregunto si te quiero a pesar de tus pasos ciegos, de tus palabras hirientes, de tus miradas llenas de desprecio. Digo que no y estoy muriendo, le grito al viento que sí y es el remedio.
Por fortuna me quedan mis huesos y mis dedos, la cama de mi abuela en la que a veces duermo y el sombrero de charro del tío José que rescaté, temblando, de su cajón de muerto. No es mucho lo que tengo pero es bastante. Ojalá un día me devuelvas las orillas de luz de mi luna plateada, la hormiga silenciosa, el péndulo dormido, el mar, los cascabeles y mi corazón que te llevaste en esa madrugada con los azules de oro que adornaban nuestra cama.
Por lo demás, es lo de menos. ¿Qué puede hacer el hombre que vive una vida prestada? Sólo una cosa: ser honesto y entregarla.
Cuídate mucho, no olvides que sin ti soy un ave que no vuela y que no canta.
***
A pesar de todo, te escribo.
Hay una nube de mosquitos rondando sobre tu recuerdo que no termina por dejarme.
Un día te dije que cuando te fueras de mi lado, moriría; pero el bueno de Dios dejó un ratito su pleito con las estrellas y me envió una gota de luz de sus ojos para iluminar mi soledad nocturna.
Hoy pensé en ti desde el amanecer, y las palabras, como moscas, se me insinuaron, golosas. Entonces, destapé el frasco de mis nostalgias y una a una las he derramado en este pedregal de corazones ciegos.
Por eso escribo sangre en vez de lluvia, y aún estoy en el desierto de mi vida sin luna. Un escorpión venenoso ha mordido mi cerebro y te pienso con llagas en la lengua y avispas en el cuerpo.
Eso es todo.
Maldigo tu recuerdo rodeado de mosquitos y maldigo la noche que enturbia mi descanso.
Voy a sembrar este día en la tierra del olvido para que no me duela pensar que aún te quiero.
***
Después de hablar y de tratar de explicar todo lo que no tiene otra explicación más que el desamor; después de explorar en la mirada, en el roce de los cuerpos, en el movimiento de las manos, en los gestos, en las palabras: todo se reduce al miedo, a la cobardía para decir lo que en la garganta quema y en el fondo del alma raspa.
Esto es más de lo que quiero escribirte, sin embargo. Ayer pensé en ti y recordé los días y las noches en las que nos comunicábamos ardiendo en el fuego de los sexos, con nuestros corazones enredados en el valor para enfrentar al mundo.
Y sin embargo, digo, nada ha quedado de lo que creíamos para siempre. ¿De quién fue la culpa? Es la pregunta que me hago cada noche rodeado del mutismo de tu ausencia. Y la mejor respuesta no me la dan ni el recuerdo de tus besos, ni tus abrazos, ni tus promesas falsas; la mejor respuesta, ahora, la entiendo en tu silencio.
***
Hoy me siento agradecido por todo lo que viví contigo. Y sé que soy un tonto, que debía aborrecerte por lo poquito que me quieres a cambio de lo mucho que te he amado. Pero te agradezco. Nunca me engañaste. Siempre supe que nuestra historia no tendría un final feliz, aunque muchas veces tratamos de ganarle la jugada al destino y nos creímos el sapo y la rana del cuento de hadas.
Ya ves: hoy me dices que me amas y que quieres estar por siempre a mi lado, sembrando sueños en la resequedad de nuestras nostalgias viejas.
Hace mucho te lo pedí, ¿recuerdas? Y tú, con una sonrisa, me dijiste: "imposible". Entonces, mi corazón se volvió azul violeta y se durmió en su cueva, invernando como un oso.
Sin remedio: el día que creímos lejano nos ha alcanzado y la luna taciturna guía nuestros pasos que nos separan y nos conducen por diferentes caminos; porque un día quise ser tu vida y no quisiste, y ahora que tú quieres, yo no quiero.
Adiós, cuídate.
Por lo poco que un día me quisiste, te agradezco.
Escríbeme a:
jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
(Epistolario)
Es inútil, lo sé, escribirte donde todos leen, menos tú. Quizá por eso lo hago: porque nunca me atreví a decirte con palabras, de frente, lo que te dije en silencio con el aire de mis ojos. ¿Por qué fui siempre un maldito cobarde que se arrancó la piel, tira tras tira, desde la frente hasta las puntas de los dedos, antes de pedirte que te fueras? Un día quise hacerlo pero terminé vencido entre tus brazos, remando con mis dudas en las olas de tu cuerpo, bebiéndome tu aliento, tus ansias desbordadas y la frescura de tus besos.
Y así fue permanentemente.
Todavía me pregunto si te quiero a pesar de tus pasos ciegos, de tus palabras hirientes, de tus miradas llenas de desprecio. Digo que no y estoy muriendo, le grito al viento que sí y es el remedio.
Por fortuna me quedan mis huesos y mis dedos, la cama de mi abuela en la que a veces duermo y el sombrero de charro del tío José que rescaté, temblando, de su cajón de muerto. No es mucho lo que tengo pero es bastante. Ojalá un día me devuelvas las orillas de luz de mi luna plateada, la hormiga silenciosa, el péndulo dormido, el mar, los cascabeles y mi corazón que te llevaste en esa madrugada con los azules de oro que adornaban nuestra cama.
Por lo demás, es lo de menos. ¿Qué puede hacer el hombre que vive una vida prestada? Sólo una cosa: ser honesto y entregarla.
Cuídate mucho, no olvides que sin ti soy un ave que no vuela y que no canta.
***
A pesar de todo, te escribo.
Hay una nube de mosquitos rondando sobre tu recuerdo que no termina por dejarme.
Un día te dije que cuando te fueras de mi lado, moriría; pero el bueno de Dios dejó un ratito su pleito con las estrellas y me envió una gota de luz de sus ojos para iluminar mi soledad nocturna.
Hoy pensé en ti desde el amanecer, y las palabras, como moscas, se me insinuaron, golosas. Entonces, destapé el frasco de mis nostalgias y una a una las he derramado en este pedregal de corazones ciegos.
Por eso escribo sangre en vez de lluvia, y aún estoy en el desierto de mi vida sin luna. Un escorpión venenoso ha mordido mi cerebro y te pienso con llagas en la lengua y avispas en el cuerpo.
Eso es todo.
Maldigo tu recuerdo rodeado de mosquitos y maldigo la noche que enturbia mi descanso.
Voy a sembrar este día en la tierra del olvido para que no me duela pensar que aún te quiero.
***
Después de hablar y de tratar de explicar todo lo que no tiene otra explicación más que el desamor; después de explorar en la mirada, en el roce de los cuerpos, en el movimiento de las manos, en los gestos, en las palabras: todo se reduce al miedo, a la cobardía para decir lo que en la garganta quema y en el fondo del alma raspa.
Esto es más de lo que quiero escribirte, sin embargo. Ayer pensé en ti y recordé los días y las noches en las que nos comunicábamos ardiendo en el fuego de los sexos, con nuestros corazones enredados en el valor para enfrentar al mundo.
Y sin embargo, digo, nada ha quedado de lo que creíamos para siempre. ¿De quién fue la culpa? Es la pregunta que me hago cada noche rodeado del mutismo de tu ausencia. Y la mejor respuesta no me la dan ni el recuerdo de tus besos, ni tus abrazos, ni tus promesas falsas; la mejor respuesta, ahora, la entiendo en tu silencio.
***
Hoy me siento agradecido por todo lo que viví contigo. Y sé que soy un tonto, que debía aborrecerte por lo poquito que me quieres a cambio de lo mucho que te he amado. Pero te agradezco. Nunca me engañaste. Siempre supe que nuestra historia no tendría un final feliz, aunque muchas veces tratamos de ganarle la jugada al destino y nos creímos el sapo y la rana del cuento de hadas.
Ya ves: hoy me dices que me amas y que quieres estar por siempre a mi lado, sembrando sueños en la resequedad de nuestras nostalgias viejas.
Hace mucho te lo pedí, ¿recuerdas? Y tú, con una sonrisa, me dijiste: "imposible". Entonces, mi corazón se volvió azul violeta y se durmió en su cueva, invernando como un oso.
Sin remedio: el día que creímos lejano nos ha alcanzado y la luna taciturna guía nuestros pasos que nos separan y nos conducen por diferentes caminos; porque un día quise ser tu vida y no quisiste, y ahora que tú quieres, yo no quiero.
Adiós, cuídate.
Por lo poco que un día me quisiste, te agradezco.
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jueves, agosto 26, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
Mala vida
José I. Delgado Bahena
−De por sí, le gusta la mala vida –eructó, Andrés, las ocho palabras a su compadre Alfonso ante la décima cerveza que tomaban en el billar de Paco−. Van cuatro veces que se va de la casa, con su madre, y siempre vuelve. Nomás me deja descansar de ella por una temporada y regresa. Cuando se da cuenta de que no iré a buscarla, ella misma empieza a llamarme y a decirme que si no me importan mis hijos, que si ya no la quiero, que si ya tengo otra vieja…
−¿Y qué le dices? –le interrogó el compadre, completamente interesado en su respuesta.
−Pues ya sabes, pinche compadre: “¿cómo crees? –le digo−, si no tengo ninguna otra, sabes que eres la única, mi vida, y claro que me importan mis hijos, pero pues, te los llevaste…”
−¡Ay, compadre! Un día de estos te va a dejar de deveras.
−No creo compadre, la tengo enganchada. Mira: lo que más les importa a las viejas es que les cumplas en las noches. Claro, hacen sus berrinches y todo, pero sólo para darse su importancia.
−Pues sí, compa, ¿pero si un día te cae en la movida con Lore?
−Ah, pues yo creo que no le quedará de otra que aguantar, ¿no crees? Salud, pinche compadre, ya hasta me estoy emocionando. ¿Y tú qué, a poco le eres muy fiel a mi comadre?
−Pues no –contestó Alfonso después de darle un gran trago a su cerveza−, la verdad no; pero, pues ya sabes, no me gusta andarlo platicando.
−No me salgas con eso compadre. Mira, si ninguna de la oficina te da jale, te presento a dos o tres amigas que conozco. Tienes que probar, nomás para que veas que el agua bendita se encuentra en cualquier olla.
−Mira compadre –dijo Alfonso con la lengua enredada−, la mera verdad, Luz y yo también tenemos problemas. Me grita, me insulta y me amenaza con dejarme. Un día le di un buen jalón de greñas y se calmó pero al otro día llegó mi pinche cuñado a reclamarme. Ya no la aguanto, compadre, y pues… también tengo mi movida.
−¡Ya ves, cabrón, ya sabía que eras de los míos! ¡Chúpale, compa: esto hay que celebrarlo! –exclamó Andrés al tiempo que levantaba la mano llamando a la mesera para pedirle otra cubeta de cervezas− A ver, dime: ¿con quién andas?
−No compadre, eso no. No me obligues a decírtelo. Quiero ser discreto. Mejor vamos a tomar. Y no soy como tú, compadre. Yo sí la quiero. Por eso me anda por dejar a tu comadre.
−¡Ja, ja, ja,ja! No me salgas tan puritano. Si es casada, no te preocupes. Te juro por mi madre que no saldrá de mi boca ni una palabra; o como dice tu ahijada: “mi pecho es una bodega”.
−No es que sea puritano. Pero creo que lo mejor es que no te enteres.
−Ah, chingá. ¿A poco la conozco?
−Pues sí. Pero ya no me hagas preguntas. Mejor dime: ¿por qué no dejas a mi comadre y te juntas con la Lore?
−A ver, a ver… ¿por qué tan interesado en que deje a mi vieja? ¿No será que andas con ella? –le escupió la pregunta a su compadre, inclinándose sobre los envases de cerveza y mirando a Alfonso directamente con sus enrojecidos ojos por el alcohol.
−¿Cómo crees?, pinche compadre. Mejor vámonos. Ya estás borracho.
−No, nada de que vámonos. Se me hace que veo moros con tranchetes –dijo Andrés−. A ver dime –le gritó−: ¿verdad que tú y mi vieja me están jugando chueco? ¡Confiesa!
−No lo veas así, compadre. De todos modos tú ya no la quieres, y pues… bueno, la verdad sí: ella y yo tenemos algo que ver, pero nos queremos a la buena.
−¡Ah, lo confiesas! ¡Desgraciado! –le interrumpió Andrés a Alfonso, quien se había puesto de pie en señal de querer retirarse.
En ese momento, el coraje encegueció a Andrés, tomó un envase y se lo rompió en la cabeza a Alfonso quien, aturdido por la sorpresa y el golpe, se fue al piso en donde Andrés le cayó encima y, tomándolo por las orejas, lo azotó sobre el pavimento provocando que su compadre perdiera el conocimiento.
Un respiro de Andrés les bastó a los demás clientes del billar para sujetarlo y permitir que Alfonso recibiera las primeras atenciones médicas. Después llegaría la ambulancia y una patrulla de la policía que Paco, el dueño, había llamado para contener a los rijosos compadres.
Escríbeme a:
jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
−De por sí, le gusta la mala vida –eructó, Andrés, las ocho palabras a su compadre Alfonso ante la décima cerveza que tomaban en el billar de Paco−. Van cuatro veces que se va de la casa, con su madre, y siempre vuelve. Nomás me deja descansar de ella por una temporada y regresa. Cuando se da cuenta de que no iré a buscarla, ella misma empieza a llamarme y a decirme que si no me importan mis hijos, que si ya no la quiero, que si ya tengo otra vieja…
−¿Y qué le dices? –le interrogó el compadre, completamente interesado en su respuesta.
−Pues ya sabes, pinche compadre: “¿cómo crees? –le digo−, si no tengo ninguna otra, sabes que eres la única, mi vida, y claro que me importan mis hijos, pero pues, te los llevaste…”
−¡Ay, compadre! Un día de estos te va a dejar de deveras.
−No creo compadre, la tengo enganchada. Mira: lo que más les importa a las viejas es que les cumplas en las noches. Claro, hacen sus berrinches y todo, pero sólo para darse su importancia.
−Pues sí, compa, ¿pero si un día te cae en la movida con Lore?
−Ah, pues yo creo que no le quedará de otra que aguantar, ¿no crees? Salud, pinche compadre, ya hasta me estoy emocionando. ¿Y tú qué, a poco le eres muy fiel a mi comadre?
−Pues no –contestó Alfonso después de darle un gran trago a su cerveza−, la verdad no; pero, pues ya sabes, no me gusta andarlo platicando.
−No me salgas con eso compadre. Mira, si ninguna de la oficina te da jale, te presento a dos o tres amigas que conozco. Tienes que probar, nomás para que veas que el agua bendita se encuentra en cualquier olla.
−Mira compadre –dijo Alfonso con la lengua enredada−, la mera verdad, Luz y yo también tenemos problemas. Me grita, me insulta y me amenaza con dejarme. Un día le di un buen jalón de greñas y se calmó pero al otro día llegó mi pinche cuñado a reclamarme. Ya no la aguanto, compadre, y pues… también tengo mi movida.
−¡Ya ves, cabrón, ya sabía que eras de los míos! ¡Chúpale, compa: esto hay que celebrarlo! –exclamó Andrés al tiempo que levantaba la mano llamando a la mesera para pedirle otra cubeta de cervezas− A ver, dime: ¿con quién andas?
−No compadre, eso no. No me obligues a decírtelo. Quiero ser discreto. Mejor vamos a tomar. Y no soy como tú, compadre. Yo sí la quiero. Por eso me anda por dejar a tu comadre.
−¡Ja, ja, ja,ja! No me salgas tan puritano. Si es casada, no te preocupes. Te juro por mi madre que no saldrá de mi boca ni una palabra; o como dice tu ahijada: “mi pecho es una bodega”.
−No es que sea puritano. Pero creo que lo mejor es que no te enteres.
−Ah, chingá. ¿A poco la conozco?
−Pues sí. Pero ya no me hagas preguntas. Mejor dime: ¿por qué no dejas a mi comadre y te juntas con la Lore?
−A ver, a ver… ¿por qué tan interesado en que deje a mi vieja? ¿No será que andas con ella? –le escupió la pregunta a su compadre, inclinándose sobre los envases de cerveza y mirando a Alfonso directamente con sus enrojecidos ojos por el alcohol.
−¿Cómo crees?, pinche compadre. Mejor vámonos. Ya estás borracho.
−No, nada de que vámonos. Se me hace que veo moros con tranchetes –dijo Andrés−. A ver dime –le gritó−: ¿verdad que tú y mi vieja me están jugando chueco? ¡Confiesa!
−No lo veas así, compadre. De todos modos tú ya no la quieres, y pues… bueno, la verdad sí: ella y yo tenemos algo que ver, pero nos queremos a la buena.
−¡Ah, lo confiesas! ¡Desgraciado! –le interrumpió Andrés a Alfonso, quien se había puesto de pie en señal de querer retirarse.
En ese momento, el coraje encegueció a Andrés, tomó un envase y se lo rompió en la cabeza a Alfonso quien, aturdido por la sorpresa y el golpe, se fue al piso en donde Andrés le cayó encima y, tomándolo por las orejas, lo azotó sobre el pavimento provocando que su compadre perdiera el conocimiento.
Un respiro de Andrés les bastó a los demás clientes del billar para sujetarlo y permitir que Alfonso recibiera las primeras atenciones médicas. Después llegaría la ambulancia y una patrulla de la policía que Paco, el dueño, había llamado para contener a los rijosos compadres.
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domingo, agosto 22, 2010
AZUL COMO EL PECADO
MI RELIGIÓN ERES TÚ
Mi religión eres tú,
en ti confío, a ti me atengo,
a la luz de tus ojos,
por donde voy,
me encomiendo.
Eres mi fe,
en ti yo creo,
lo que digas he de hacer,
tú decide, yo obedezco.
En tus manos estoy,
tuyos son: mi mente,
mi corazón, mi carne, mis huesos;
cuando despierto pienso en ti
y con tu nombre, entre mis labios,
me duermo.
Tú me has dado nueva vida
y no sé si la merezco;
hágase tu voluntad:
por ti vivo,
por ti muero.
Para mí no hay otro dios
que este amor en el que creo;
tú sabrás qué me darás,
sea la gloria,
sea el infierno.
De tus manos como el pan
y será para los dos pan sagrado,
este pan nuestro,
porque eres mi religión
y el amor que tú me das
es el dios
en el que creo.
Mi religión eres tú,
en ti confío, a ti me atengo,
a la luz de tus ojos,
por donde voy,
me encomiendo.
Eres mi fe,
en ti yo creo,
lo que digas he de hacer,
tú decide, yo obedezco.
En tus manos estoy,
tuyos son: mi mente,
mi corazón, mi carne, mis huesos;
cuando despierto pienso en ti
y con tu nombre, entre mis labios,
me duermo.
Tú me has dado nueva vida
y no sé si la merezco;
hágase tu voluntad:
por ti vivo,
por ti muero.
Para mí no hay otro dios
que este amor en el que creo;
tú sabrás qué me darás,
sea la gloria,
sea el infierno.
De tus manos como el pan
y será para los dos pan sagrado,
este pan nuestro,
porque eres mi religión
y el amor que tú me das
es el dios
en el que creo.
martes, agosto 17, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
“Ni cómo decir que no”
José I. Delgado Bahena
De niño le decían “El Rey”. Estaba de moda la película “El rey león” y en aquel entonces Beto se bañaba sólo cuando había eclipse y apestaba como los leones que traían en el circo. Por eso, desde que Beto, o mejor dicho: “El Rey” salía de su casa, todos sus amigos sabían que se acercaba por el fuerte olor que despedía.
¿Cómo iba a quitarse lo apestoso? ¿Cómo iba a saber que había un objeto que se llamaba jabón, si a sus siete años su padre los dejó, a él y a su madre, por irse a vivir con la dueña de la casa en la que trabajaba de chalán?
Pero Sabina, la madre, no lo iba a abandonar a su suerte. Como pudo: lavando ajeno y comiendo poco, lo mantuvo. Muchas carencias, poca escuela y nada de afecto hicieron que “El Rey” creciera con los puños cerrados y los dientes apretados. Dos camisas usadas, que le regaló doña Fulge, la del molino, y un pantalón de medio uso que Sabina compró en el tianguis de los jueves, fueron los regalos de quince años que recibió, más por caridad que por bendiciones.
−¡Quince añotes! −le dijo su madre−. Lástima, “mijo”, que no te pude mandar a la escuela. Si no, orita ya fuera tu clausura y tendrías tu madrina y te haría tu mole con un guajolotote para que te chuparas los huesos. Pero no. Ya ves: somos bien pobres.
−Madre –le dijo él−, no se apure. Pronto tomaré una decisión y ya verá que la sacaré de esta miseria en la que vivimos. Me andan invitando a un trabajo que nos va a dar mucho dinero.
−¡Ay, mijo! –exclamó Sabina con las manos sobre su cara−, no vayas a hacer cosas malas.
−No se preocupe. Sabré cuidarme. Usted nomás cierre los ojos y cuando menos se dé cuenta ya no estará en este cuchitril.
−¿Y quién te dará ese trabajo?
−No pregunte, madre. Usted, calle.
Desde entonces, Beto, el apestoso, se sacudió su apodo y empezaron a verlo con otras ropas y otros modos. Todos supieron a qué se dedicaba. De día y de noche andaba con su mochila en la espalda, como cualquier estudiante; primero a pie, después resultó que traía moto, con su casco y todo. Pocas veces convivió otra vez con los de su cuadra. Nomás lo veían pasar sin voltear a ver a sus antiguos compañeros de la infancia, los que le pusieron el apodo. Sabina iba al súper y regresaba en taxi con sus bolsas llenas de cosas. ¡Hasta les daba propina a los chamacos que le ayudaban a bajar todo lo que compraba!
Todo iba bien. Hasta que un día “El Rey” se bajó de su trono y comenzó a fanfarronear, ante sus viejos amigos, de los nuevos que le estaban dando a ganar mucho dinero. Hasta les ofreció un “pegue” de la buena, nomás porque ellos le pusieron el apodo que le había dado la buena suerte, les dijo.
Dos de los que estaban en la bola: Marcos, de dieciséis años y Luis, de doce, le aceptaron el obsequio a Beto y se fueron con él detrás de una barda a “periquearse”. “El Rey” montó en su moto y se fue, dejando a los dos chamacos bien drogados.
Nada hubiera pasado de no ser que en ese momento llegó Saúl, el padre de Luis, buscando a su hijo. Al hallarlo así: viendo elefantes rosas, se puso a indagar y ni cómo ocultarle la verdad, si todos sabían quién de la colonia se dedicaba a eso.
La denuncia la hizo Saúl, de manera muy discreta, a un número telefónico que encontró en un anuncio del ejército que aparece en el periódico, y en un operativo que pusieron por la entrada de Pemex, detuvieron a Beto. En su mochila llevaba algunos paquetes de mariguana y unas bolsitas con otros tipos de estupefacientes. Ni cómo decir que no. Ni cómo dar un paso de costado con tantas evidencias.
Ahora Beto está en la correccional. Le espera una larga condena y seguramente allí volverá a él su viejo mote de “El Rey, el apestoso”.
Sabina, tampoco ahora lo deja solo. Anda de casa en casa, pidiendo firmas para demostrar que su hijo era buena gente. Nadie le firma. ¿Pues cómo decir que no? ¿A ver, cómo?
Escríbeme a:
jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
De niño le decían “El Rey”. Estaba de moda la película “El rey león” y en aquel entonces Beto se bañaba sólo cuando había eclipse y apestaba como los leones que traían en el circo. Por eso, desde que Beto, o mejor dicho: “El Rey” salía de su casa, todos sus amigos sabían que se acercaba por el fuerte olor que despedía.
¿Cómo iba a quitarse lo apestoso? ¿Cómo iba a saber que había un objeto que se llamaba jabón, si a sus siete años su padre los dejó, a él y a su madre, por irse a vivir con la dueña de la casa en la que trabajaba de chalán?
Pero Sabina, la madre, no lo iba a abandonar a su suerte. Como pudo: lavando ajeno y comiendo poco, lo mantuvo. Muchas carencias, poca escuela y nada de afecto hicieron que “El Rey” creciera con los puños cerrados y los dientes apretados. Dos camisas usadas, que le regaló doña Fulge, la del molino, y un pantalón de medio uso que Sabina compró en el tianguis de los jueves, fueron los regalos de quince años que recibió, más por caridad que por bendiciones.
−¡Quince añotes! −le dijo su madre−. Lástima, “mijo”, que no te pude mandar a la escuela. Si no, orita ya fuera tu clausura y tendrías tu madrina y te haría tu mole con un guajolotote para que te chuparas los huesos. Pero no. Ya ves: somos bien pobres.
−Madre –le dijo él−, no se apure. Pronto tomaré una decisión y ya verá que la sacaré de esta miseria en la que vivimos. Me andan invitando a un trabajo que nos va a dar mucho dinero.
−¡Ay, mijo! –exclamó Sabina con las manos sobre su cara−, no vayas a hacer cosas malas.
−No se preocupe. Sabré cuidarme. Usted nomás cierre los ojos y cuando menos se dé cuenta ya no estará en este cuchitril.
−¿Y quién te dará ese trabajo?
−No pregunte, madre. Usted, calle.
Desde entonces, Beto, el apestoso, se sacudió su apodo y empezaron a verlo con otras ropas y otros modos. Todos supieron a qué se dedicaba. De día y de noche andaba con su mochila en la espalda, como cualquier estudiante; primero a pie, después resultó que traía moto, con su casco y todo. Pocas veces convivió otra vez con los de su cuadra. Nomás lo veían pasar sin voltear a ver a sus antiguos compañeros de la infancia, los que le pusieron el apodo. Sabina iba al súper y regresaba en taxi con sus bolsas llenas de cosas. ¡Hasta les daba propina a los chamacos que le ayudaban a bajar todo lo que compraba!
Todo iba bien. Hasta que un día “El Rey” se bajó de su trono y comenzó a fanfarronear, ante sus viejos amigos, de los nuevos que le estaban dando a ganar mucho dinero. Hasta les ofreció un “pegue” de la buena, nomás porque ellos le pusieron el apodo que le había dado la buena suerte, les dijo.
Dos de los que estaban en la bola: Marcos, de dieciséis años y Luis, de doce, le aceptaron el obsequio a Beto y se fueron con él detrás de una barda a “periquearse”. “El Rey” montó en su moto y se fue, dejando a los dos chamacos bien drogados.
Nada hubiera pasado de no ser que en ese momento llegó Saúl, el padre de Luis, buscando a su hijo. Al hallarlo así: viendo elefantes rosas, se puso a indagar y ni cómo ocultarle la verdad, si todos sabían quién de la colonia se dedicaba a eso.
La denuncia la hizo Saúl, de manera muy discreta, a un número telefónico que encontró en un anuncio del ejército que aparece en el periódico, y en un operativo que pusieron por la entrada de Pemex, detuvieron a Beto. En su mochila llevaba algunos paquetes de mariguana y unas bolsitas con otros tipos de estupefacientes. Ni cómo decir que no. Ni cómo dar un paso de costado con tantas evidencias.
Ahora Beto está en la correccional. Le espera una larga condena y seguramente allí volverá a él su viejo mote de “El Rey, el apestoso”.
Sabina, tampoco ahora lo deja solo. Anda de casa en casa, pidiendo firmas para demostrar que su hijo era buena gente. Nadie le firma. ¿Pues cómo decir que no? ¿A ver, cómo?
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