¡VAYA SUSTO!
José I. Delgado Bahena
Hace veintitrés años que trabajo como taxista, además de maestro −ni modo, es lo que hacemos muchos maestros en la búsqueda de más ingresos para sostener a nuestras familias−, siempre en la misma organización de Taxistas Unidos Plan de Iguala, “TUPI”.
Todos, como taxistas o como cualquier otro ciudadano, andamos siempre alertas por el clima de inseguridad que se vive en muchas partes del país. Por eso, con frecuencia desconfiamos de algunos clientes cuando, en la calle, nos piden el servicio y por su aspecto nos hacen sospechar que podrían ser asaltantes, y mejor no los subimos.
Sin embargo, cierto día, en el mes de mayo, época de intensos calores en Iguala y que, además, aún no completaba para pagar lo de la cuenta al dueño del taxi, siendo cerca de las once de la noche, en la esquina de una de las calles del centro de la ciudad, tres individuos me hicieron la señal de que me detuviera. Lo hice y antes de que subieran les pregunté a dónde querían que los llevara. Uno de ellos, el que parecía de mayor edad: como de cuarenta años (los otros aparentaban entre veinte y treinta), me dijo que al Fovissste, una colonia que está por la salida hacia Taxco.
Abrí la puerta y subieron. Dos atrás y el otro adelante, conmigo. De inmediato advertí que iban con aliento alcohólico. Como ya no podía bajarlos, tuve que arriesgarme y arranqué hacia donde me habían indicado.
Ya en el camino, los de atrás discutían en voz baja por algo que yo no alcanzaba a oír y el de adelante inmediatamente subió el vidrio de su ventanilla, a pesar del calor, y cada vez que pasábamos cerca de alguna lámpara, volteaba la cara como queriendo ocultarla.
Si de por sí, como ya dije, siempre andamos con los nervios de punta, con esas actitudes mi corazón saltaba dentro de mi pecho como un conejo encerrado en un elevador.
Para sentirme un poco protegido y, además, como parte de la obligación que todos los taxistas tenemos con la Organización, me reporté por el radio indicando el destino de mi viaje, informando, también, con la clave que todos conocemos, la calidad de sospechosos que llevaba como clientes, para que estuvieran al pendiente. El de adelante me preguntó que por qué lo hacía y le contesté que de no hacerlo me arriesgaba a que me multaran, como parte de las sanciones que habíamos acordado en una asamblea del gremio.
No dijo más, se limitó a expresar un sonido gutural como ¡mj! Entonces, uno de los de atrás, viendo que estábamos a punto de llegar, sugirió que mejor nos siguiéramos hasta un poblado conocido como "Puente González", en la orilla de la ciudad. El de adelante dijo que sí, que nos siguiéramos, pero, como a veinte metros, dijo que mejor nos desviáramos sobre un camino de terracería que estaba adelante.
Mientras tanto, yo trataba de comunicarme con la base que coordina el servicio o con algunos de los compañeros taxistas, sin lograrlo: los canales estaban ocupados y por más que lo intentaba no podía hacerlo. De cualquier manera yo enviaba mensajes ficticios, esperando que los individuos entendieran que no iba solo.
Debo confesar que, a esas alturas, ya no tenía dudas sobre las intenciones de los hombres y el miedo que yo sentía me dio el valor para tomar una decisión. Antes de llegar a la desviación que me había indicado el de adelante, pasamos por un terreno en el que habían construido dos o tres casitas y, afuera de ellas, se veían dos señoras y un anciano. Detuve el carro justo junto a esas tres personas y como si se hubieran puesto de acuerdo, mis tres pasajeros voltearon sus caras ocultándose y, al mismo tiempo, preguntándome el por qué me detenía.
Les dije que no podía ir más adelante porque me había desviado de mi ruta original: la que había informado a los de la base y que, si seguía, podrían suspenderme de mis derechos hasta por una año. Todavía protestaron, pero al verme firme en la decisión y yo, armado con el valor que me regalaban las dos mujeres y el hombre de edad avanzada, que se encontraban en la calle observando todo, les dije que, por favor, bajaran y me pagaran el servicio.
Uno de ellos, de los de atrás, agregó algo como: "Los siento por las viejas". Yo entendí que se refería a las mujeres paradas cerca del taxi, pero el que iba adelante, ya abajo, les dijo: "Ni modo güeyes, ora no se les hizo a sus viejas". El otro, que venía atrás, concluyó: "¿Ya qué?, siquiera vámonos a La curva a ver a la Malena".
El que iba adelante me pagó, cerré la puerta y me di la vuelta para regresar a la ciudad en donde había dejado mi alma tirada en el pavimento. En ese momento me acordé del pobre conejo y lo dejé salir del elevador.
POEMAS, CUENTOS, COMENTARIOS, SUEÑOS...
domingo, enero 31, 2010
jueves, enero 21, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
ANILLO DE BODAS
José I. Delgado Bahena
—Por cierto —le dijo—, ayer descubrí que te quiero.
—¡Cómo! —exclamó Sergio—, pensé que desde hace tres años me lo habías dicho...
—Claro, te lo había dicho, pero no era cierto. Sin embargo, ahora ten la seguridad de que es sincero. Te quiero y deseo que nunca nos separemos —dijo Sara.
—Entonces, ¿ahora debo aceptar que sí me quieres y, al mismo tiempo, que durante más de mil días viví en el engaño? ¿Y cómo fue que descubriste que me querías?
—Fue muy fácil —contestó Sara, con una leve sonrisa y entrecerrando los ojos—: ayer, cuando me llamaste por teléfono para anunciarme que volvías, yo tenía una cita con Fer, Fernando, tu amigo, y de inmediato le llamé para cancelarla porque mis manos sudaban y mi corazón palpitaba más rápido; además, corrí al espejo para ver si estaba bonita.
—Ah, ¿y si no hubiera llamado?
—También es muy fácil: habría salido con él.
—Pero es horrible...
—¿Por qué? ¿Prefieres que te mienta y te diga que durante tu viaje estuve triste, sin salir y pensando sólo en ti?
—No. No lo digo por ti.
—¿Entonces? —preguntó Sara abriendo mucho los ojos, esos ojos grises que Sergio había adorado desde que se conocieron.
—Lo siento por mí…
—¿Por qué por ti?
—Porque siempre he creído en la fidelidad y cuando me fui te dije que iba a reflexionar sobre lo nuestro, ¿recuerdas?
—Sí, por supuesto. Pensé que porque querías que nos reconciliáramos.
—No. En realidad quise pensar cómo decirte que amo a otra persona, para no engañarle ni seguir mintiéndote. Pero ahora ya no tiene caso.
—¿Porque te dije que te quiero piensas que debemos seguir juntos?
—No.
—¿Entonces…?
—Lo digo por mí y… por la otra persona. Tú, en realidad, ya no me interesas.
—Pero… ¿de qué se trata? No entiendo.
—No es necesario que lo entiendas —dijo Sergio, ahora con un nudo en la garganta al mismo tiempo que unía sus manos enlazando los dedos para no mostrar que temblaba.
—Si es por Fernando, no te preocupes, no pienso volver a verlo.
—No es necesario que te sacrifiques, yo tampoco pienso volver a verlo…
—Bueno, al menos dime quién es ella.
—No me escuchas, ¿verdad?
—¿Por qué lo dices?
—Dije que tampoco pienso volver a ver a Fer-nan-do.
—¿Por qué lo dices?
—¡Chingá, haz otra pregunta!
—No grites, es que no entiendo —suplicó Sara, un poco asustada por la reacción de Sergio.
—¿Es que no te das cuenta? Creí que Fernando y yo nos amábamos, pero supongo que me buscó sólo para poder acercarse a ti…—su voz temblaba y un par de lágrimas escurrieron por sus mejillas.
—No llores. Estoy muy confundida. ¿De manera que tú y Fer…?
—No lo digas. No tiene caso. Me voy, te dejo con él.
—¡No! ¡No te vayas, te amo! Fernando no me interesa.
—Ahora soy yo el que no entiende. Cuando nos casamos creí que amabas al hombre que yo era y ahora me confiesas que no era así; te digo que amo a un hombre…y me pides que me quede –murmuró Sergio con la mirada con la mirada incrustada en el piso.
—Sí. Sólo dime que un día me quisiste y con ese pedacito de cielo nos cubriremos de esta nostalgia mientras nos llueve el arrepentimiento –dijo Sara con voz tenue y acariciando el cabello de Sergio.
—No sé qué pensar… y no sé si lo supere –se lamentó él.
—No pienses. Sólo espera. Mañana será otro día.
—Sí, mañana… —le dijo, mientras sacaba de su bolsillo derecho el anillo de bodas, que se había quitado antes de entrar a la casa, y, disimuladamente, se lo colocaba otra vez en el dedo del que nunca, pero nunca, debió haber salido.
José I. Delgado Bahena
—Por cierto —le dijo—, ayer descubrí que te quiero.
—¡Cómo! —exclamó Sergio—, pensé que desde hace tres años me lo habías dicho...
—Claro, te lo había dicho, pero no era cierto. Sin embargo, ahora ten la seguridad de que es sincero. Te quiero y deseo que nunca nos separemos —dijo Sara.
—Entonces, ¿ahora debo aceptar que sí me quieres y, al mismo tiempo, que durante más de mil días viví en el engaño? ¿Y cómo fue que descubriste que me querías?
—Fue muy fácil —contestó Sara, con una leve sonrisa y entrecerrando los ojos—: ayer, cuando me llamaste por teléfono para anunciarme que volvías, yo tenía una cita con Fer, Fernando, tu amigo, y de inmediato le llamé para cancelarla porque mis manos sudaban y mi corazón palpitaba más rápido; además, corrí al espejo para ver si estaba bonita.
—Ah, ¿y si no hubiera llamado?
—También es muy fácil: habría salido con él.
—Pero es horrible...
—¿Por qué? ¿Prefieres que te mienta y te diga que durante tu viaje estuve triste, sin salir y pensando sólo en ti?
—No. No lo digo por ti.
—¿Entonces? —preguntó Sara abriendo mucho los ojos, esos ojos grises que Sergio había adorado desde que se conocieron.
—Lo siento por mí…
—¿Por qué por ti?
—Porque siempre he creído en la fidelidad y cuando me fui te dije que iba a reflexionar sobre lo nuestro, ¿recuerdas?
—Sí, por supuesto. Pensé que porque querías que nos reconciliáramos.
—No. En realidad quise pensar cómo decirte que amo a otra persona, para no engañarle ni seguir mintiéndote. Pero ahora ya no tiene caso.
—¿Porque te dije que te quiero piensas que debemos seguir juntos?
—No.
—¿Entonces…?
—Lo digo por mí y… por la otra persona. Tú, en realidad, ya no me interesas.
—Pero… ¿de qué se trata? No entiendo.
—No es necesario que lo entiendas —dijo Sergio, ahora con un nudo en la garganta al mismo tiempo que unía sus manos enlazando los dedos para no mostrar que temblaba.
—Si es por Fernando, no te preocupes, no pienso volver a verlo.
—No es necesario que te sacrifiques, yo tampoco pienso volver a verlo…
—Bueno, al menos dime quién es ella.
—No me escuchas, ¿verdad?
—¿Por qué lo dices?
—Dije que tampoco pienso volver a ver a Fer-nan-do.
—¿Por qué lo dices?
—¡Chingá, haz otra pregunta!
—No grites, es que no entiendo —suplicó Sara, un poco asustada por la reacción de Sergio.
—¿Es que no te das cuenta? Creí que Fernando y yo nos amábamos, pero supongo que me buscó sólo para poder acercarse a ti…—su voz temblaba y un par de lágrimas escurrieron por sus mejillas.
—No llores. Estoy muy confundida. ¿De manera que tú y Fer…?
—No lo digas. No tiene caso. Me voy, te dejo con él.
—¡No! ¡No te vayas, te amo! Fernando no me interesa.
—Ahora soy yo el que no entiende. Cuando nos casamos creí que amabas al hombre que yo era y ahora me confiesas que no era así; te digo que amo a un hombre…y me pides que me quede –murmuró Sergio con la mirada con la mirada incrustada en el piso.
—Sí. Sólo dime que un día me quisiste y con ese pedacito de cielo nos cubriremos de esta nostalgia mientras nos llueve el arrepentimiento –dijo Sara con voz tenue y acariciando el cabello de Sergio.
—No sé qué pensar… y no sé si lo supere –se lamentó él.
—No pienses. Sólo espera. Mañana será otro día.
—Sí, mañana… —le dijo, mientras sacaba de su bolsillo derecho el anillo de bodas, que se había quitado antes de entrar a la casa, y, disimuladamente, se lo colocaba otra vez en el dedo del que nunca, pero nunca, debió haber salido.
domingo, enero 17, 2010
viernes, enero 15, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
¿CON QUIÉN VIVES?
José I. Delgado Bahena
Hace tres días, Macrina aún vivía con el “Pique”. Hoy, sentada en el banco de cemento de la celda del centro de readaptación en la que la han recluido, con la mirada fija en el piso destruido y con las manos apretadas entre sus piernas sudorosas, piensa y se pregunta mil veces si lo volvería a hacer y su respuesta es la misma las mil veces: no sólo lo haría otra vez, sino que trataría de matarlo con otras maneras, “para que sufriera más antes de que estirara las patas, el desgraciado”.
“Aquí estuvo la Matrona”, se lee en una de las paredes en la que ahora detiene su mirada para reconocer las sombras que le acompañarán durante catorce años, o siete, según sus cuentas, si mantiene buena conducta. Decidida, enciende el único cigarro que le permitieron las celadoras como atención por haberles “obsequiado” la cajetilla que Esteban, su hijo, le diera al visitarla esa mañana.
Ahora llora y le da la última chupada al resto del cigarro. “Pinche Esteban…”, piensa, “¿para qué te saliste de la escuela, cabrón?”
Todo fue muy rápido.
El “Pique” era su hombre, el de esos días, su padrote, pues, el que la cuidaba cuando salía del centro nocturno donde trabajaba todas noches y se quedaba a dormir con ella en el único camastro con el que contaban en su humilde vivienda que rentaba por seiscientos pesos para ella y su chamaco, Esteban, de quince años que estudiaba la secundaria.
Aquel día, el “Pique” la envió a la casa de un “amigo” a entretenerlo, porque, según él, le debía un “parote”. Era de tarde. Macrina salió confiada en busca del amigo del “Pique”; pero no lo encontró y lo que sí halló y vio con ojos desorbitados, al regresar a su casa, fue a su chamaco, Esteban, perdido de borracho, semidesnudo sobre la colchoneta que se tiraba en el piso para dormir en un rincón de la habitación y, sobre él, al “Pique”, haciéndole caricias obscenas y pervertidas.
Al “Pique” lo conoció dos meses antes en el mismo lugar donde trabajaba.
− ¿Qué pasó chula? −le preguntó.
−Nada −contestó ella.
− ¿Con quién vives? −indagó él.
−Hasta hoy con nadie, pero creo que me animaré contigo −respondió ella, sonriendo.
Desde entonces, él la llevaba y la esperaba para regresar juntos en un taxi. Él administraba los ingresos de sus “fichas” y de las comisiones por las bailadas. Él le daba una cantidad para que le pusiera unas monedas a Esteban en su mochila de la escuela. Él dirigía su vida y ahora lo veía abusando de la inconsciencia de su adolescente hijo.
Sobre la única mesa de madera que servía de comedor había cuatro botellas de cerveza vacías que, evidentemente, las habían consumido ellos. No supo cómo, pero la furia se apoderó de Macrina y con la fuerza y agilidad que no se conocía, tomó una, la rompió golpeándola sobre el piso y con el filo de la parte que le quedó en su puño, atacó el cuello del “Pique”, que no se había percatado de la llegada de ella, y un chorro de sangre cayó sobre el cuerpo desnudo de Esteban.
Ella misma salió en busca de la policía después de echarle una cubeta de agua a Esteban para despertarlo y hacer que se limpiara el cuerpo de la sangre del “Pique”.
José I. Delgado Bahena
Hace tres días, Macrina aún vivía con el “Pique”. Hoy, sentada en el banco de cemento de la celda del centro de readaptación en la que la han recluido, con la mirada fija en el piso destruido y con las manos apretadas entre sus piernas sudorosas, piensa y se pregunta mil veces si lo volvería a hacer y su respuesta es la misma las mil veces: no sólo lo haría otra vez, sino que trataría de matarlo con otras maneras, “para que sufriera más antes de que estirara las patas, el desgraciado”.
“Aquí estuvo la Matrona”, se lee en una de las paredes en la que ahora detiene su mirada para reconocer las sombras que le acompañarán durante catorce años, o siete, según sus cuentas, si mantiene buena conducta. Decidida, enciende el único cigarro que le permitieron las celadoras como atención por haberles “obsequiado” la cajetilla que Esteban, su hijo, le diera al visitarla esa mañana.
Ahora llora y le da la última chupada al resto del cigarro. “Pinche Esteban…”, piensa, “¿para qué te saliste de la escuela, cabrón?”
Todo fue muy rápido.
El “Pique” era su hombre, el de esos días, su padrote, pues, el que la cuidaba cuando salía del centro nocturno donde trabajaba todas noches y se quedaba a dormir con ella en el único camastro con el que contaban en su humilde vivienda que rentaba por seiscientos pesos para ella y su chamaco, Esteban, de quince años que estudiaba la secundaria.
Aquel día, el “Pique” la envió a la casa de un “amigo” a entretenerlo, porque, según él, le debía un “parote”. Era de tarde. Macrina salió confiada en busca del amigo del “Pique”; pero no lo encontró y lo que sí halló y vio con ojos desorbitados, al regresar a su casa, fue a su chamaco, Esteban, perdido de borracho, semidesnudo sobre la colchoneta que se tiraba en el piso para dormir en un rincón de la habitación y, sobre él, al “Pique”, haciéndole caricias obscenas y pervertidas.
Al “Pique” lo conoció dos meses antes en el mismo lugar donde trabajaba.
− ¿Qué pasó chula? −le preguntó.
−Nada −contestó ella.
− ¿Con quién vives? −indagó él.
−Hasta hoy con nadie, pero creo que me animaré contigo −respondió ella, sonriendo.
Desde entonces, él la llevaba y la esperaba para regresar juntos en un taxi. Él administraba los ingresos de sus “fichas” y de las comisiones por las bailadas. Él le daba una cantidad para que le pusiera unas monedas a Esteban en su mochila de la escuela. Él dirigía su vida y ahora lo veía abusando de la inconsciencia de su adolescente hijo.
Sobre la única mesa de madera que servía de comedor había cuatro botellas de cerveza vacías que, evidentemente, las habían consumido ellos. No supo cómo, pero la furia se apoderó de Macrina y con la fuerza y agilidad que no se conocía, tomó una, la rompió golpeándola sobre el piso y con el filo de la parte que le quedó en su puño, atacó el cuello del “Pique”, que no se había percatado de la llegada de ella, y un chorro de sangre cayó sobre el cuerpo desnudo de Esteban.
Ella misma salió en busca de la policía después de echarle una cubeta de agua a Esteban para despertarlo y hacer que se limpiara el cuerpo de la sangre del “Pique”.
lunes, diciembre 21, 2009
domingo, diciembre 20, 2009
MANUAL PARA PERVERSOS
HACER EL AMOR CON LOS CALCETINES PUESTOS
José I. Delgado Bahena
—Me parece ridículo que hagas el amor con los calcetines puestos —me dijo, recostada, boca abajo, en la orilla de la cama y jugueteando con uno de mis zapatos.
—¿Eso qué? —le grité desde la taza del baño, mientras descargaba la pesadez de mi estómago que no me había dejado en paz desde la mañana en que almorcé los huevos con tocino que me preparó Raquel.
—Nada. Sólo que tengo la impresión de que únicamente soy tu pasatiempo favorito.
—Por favor —le dije, saliendo del baño—, no empieces. Sabes bien cuales son las condiciones en todo esto, pero eso no quiere decir que no te quiera.
No dijo nada. Dejó mi zapato en paz, volteó su cabeza hacia el techo y descargó en el aplanado gris la desesperación que sentía por haber aceptado una relación, conmigo, que a todas luces no tenía futuro.
—Mira —agregué, sentándome en la orilla de la cama, y con ternura, la misma que siente un padre hacia su hija—, no sufras, sólo disfrútalo. No sabemos cuánto durará; tal vez en poco tiempo encuentres un novio que te lleve a vivir con él y yo siga con mi vida normal, aquí, en la casa.
─Eso es, precisamente, lo que me desespera de ti ─exclamó, incorporándose y sentándose sobre la cama─. Tienes más paciencia que un camarón en un estanque. Eso es lo que eres, ¿sabes? ¡Un camarón! No sé por qué fui tan boba y me dejé llevar por tus atenciones y tu cariño de padre viejo.
No dije nada. Terminé de vestirme y dejé que desahogara ese sentimiento con sus lágrimas y sus reproches. Al fin de cuentas no era la primera discusión que teníamos y siempre llegábamos a la misma conclusión: seguir igual y que el tiempo resolviera todo.
Como si leyera mi mente, y un poco más tranquila, me dijo:
─Creo que, como siempre, tienes razón. Tenemos que dejar que el tiempo decida por los dos. Incluso en lo otro: abriré más los ojos y no los cerraré ante otras posibilidades, digamos…de mi edad.
Me senté a un lado de ella, sequé sus lágrimas con las yemas de mis dedos, le tomé el rostro con mis dos manos y le di un beso. No respondió a la caricia pero en un impulso cálido me atrajo hacia ella y me abrazó con fuerza.
─Te amo, tonto ─dijo con ternura─. No me importa la diferencia de edad ni que estés casado con mi madre. Tal vez vi en ti al padre que me abandonó o al hermano mayor que no tuve, pero te amo. Sé que es una locura y que mi madre no se lo merece, pero…
─Calla, por favor ─le supliqué, apartándola de mí con suavidad para tomarle sus dos manos─, dejemos que las cosas sigan. A tus veinte años aún eres una niña y pronto te darás cuenta de que necesitas a alguien de tus mismos intereses, que viva a tu ritmo y que no te haga el amor con los calcetines puestos ─sonreí─. Me tengo que ir ─concluí poniéndome de pie y tomando mi cartera y mi celular─, Raquel no debe tardar en llegar y debo regresar al despacho. Nos vemos en la noche.
─Sí, nos vemos en la noche, “papá” ─dijo con sarcasmo.
Con una media sonrisa, me despedí de ella mientras frotaba su desnudo cuerpo con la humedad de la toalla que dejé sobre la cama, después de lavar los rastros de miel de nuestro amor prohibido.
José I. Delgado Bahena
—Me parece ridículo que hagas el amor con los calcetines puestos —me dijo, recostada, boca abajo, en la orilla de la cama y jugueteando con uno de mis zapatos.
—¿Eso qué? —le grité desde la taza del baño, mientras descargaba la pesadez de mi estómago que no me había dejado en paz desde la mañana en que almorcé los huevos con tocino que me preparó Raquel.
—Nada. Sólo que tengo la impresión de que únicamente soy tu pasatiempo favorito.
—Por favor —le dije, saliendo del baño—, no empieces. Sabes bien cuales son las condiciones en todo esto, pero eso no quiere decir que no te quiera.
No dijo nada. Dejó mi zapato en paz, volteó su cabeza hacia el techo y descargó en el aplanado gris la desesperación que sentía por haber aceptado una relación, conmigo, que a todas luces no tenía futuro.
—Mira —agregué, sentándome en la orilla de la cama, y con ternura, la misma que siente un padre hacia su hija—, no sufras, sólo disfrútalo. No sabemos cuánto durará; tal vez en poco tiempo encuentres un novio que te lleve a vivir con él y yo siga con mi vida normal, aquí, en la casa.
─Eso es, precisamente, lo que me desespera de ti ─exclamó, incorporándose y sentándose sobre la cama─. Tienes más paciencia que un camarón en un estanque. Eso es lo que eres, ¿sabes? ¡Un camarón! No sé por qué fui tan boba y me dejé llevar por tus atenciones y tu cariño de padre viejo.
No dije nada. Terminé de vestirme y dejé que desahogara ese sentimiento con sus lágrimas y sus reproches. Al fin de cuentas no era la primera discusión que teníamos y siempre llegábamos a la misma conclusión: seguir igual y que el tiempo resolviera todo.
Como si leyera mi mente, y un poco más tranquila, me dijo:
─Creo que, como siempre, tienes razón. Tenemos que dejar que el tiempo decida por los dos. Incluso en lo otro: abriré más los ojos y no los cerraré ante otras posibilidades, digamos…de mi edad.
Me senté a un lado de ella, sequé sus lágrimas con las yemas de mis dedos, le tomé el rostro con mis dos manos y le di un beso. No respondió a la caricia pero en un impulso cálido me atrajo hacia ella y me abrazó con fuerza.
─Te amo, tonto ─dijo con ternura─. No me importa la diferencia de edad ni que estés casado con mi madre. Tal vez vi en ti al padre que me abandonó o al hermano mayor que no tuve, pero te amo. Sé que es una locura y que mi madre no se lo merece, pero…
─Calla, por favor ─le supliqué, apartándola de mí con suavidad para tomarle sus dos manos─, dejemos que las cosas sigan. A tus veinte años aún eres una niña y pronto te darás cuenta de que necesitas a alguien de tus mismos intereses, que viva a tu ritmo y que no te haga el amor con los calcetines puestos ─sonreí─. Me tengo que ir ─concluí poniéndome de pie y tomando mi cartera y mi celular─, Raquel no debe tardar en llegar y debo regresar al despacho. Nos vemos en la noche.
─Sí, nos vemos en la noche, “papá” ─dijo con sarcasmo.
Con una media sonrisa, me despedí de ella mientras frotaba su desnudo cuerpo con la humedad de la toalla que dejé sobre la cama, después de lavar los rastros de miel de nuestro amor prohibido.
MANUAL PARA PERVERSOS
LA SOGA
José I. Delgado Bahena
El silencio de su cuarto se interrumpe de pronto con un leve, pero significativo, sollozo. Una lágrima, un grito ahogado en el nudo que amenaza con ahogar el último suspiro; después, nuevamente el silencio.
Cecilia clava su mirada en la soga que sostiene entre sus manos, se sienta sobre el piso y se recarga en la cama. Aún viste el uniforme de la escuela preparatoria en la que, hasta esa mañana, estudiaba el quinto semestre de bachillerato. Sus libros y cuadernos yacen en desorden sobre la mesa de estudio. La computadora está encendida. Un mensaje rebota sobre la pantalla.
Se recuesta sobre la loseta del piso y estira un brazo para alcanzar una bola de papel que estaba junto a una pata de su cama. La desdobla y logra ver el 10 enorme, rojo, que obtuvo en su examen de matemáticas. Todos se admiraron. Hasta Bety, su mejor amiga, la miró sorprendida cuando el profe entregó los resultados.
“¿Cómo le hiciste?”, le preguntó.
Una mueca gris se dibuja en su rostro. “¿Cómo le hice?”, expresa para sí misma, en voz baja, casi en silencio, con un nuevo suspiro y otra lágrima escurriendo por su mejilla derecha.
“Como hacemos todos los que nos avergüenza reconocer que no la hacemos para el estudio −se contesta−, pagando con cuerpomatic…”
Todos saben, pero nadie lo dice. En su escuela, el lobo de la corrupción ha mordido los límites y algunos maestros piden dinero, botellas, libros, y otros “favores” a cambio de aprobar su materia.
Cecilia no es la primera en aceptar ser amable con el profe, a cambio de ese diez que le hizo tomar la decisión y ahora le incendia el pecho y le derrite las entrañas.
Al salir de la escuela, pasó al mercado a comprar el lazo; llegando a casa, con los padres ausentes, se encerró en su cuarto; como pudo y con el rostro empapado por el sudor y por su llanto, hizo un nudo corredizo en una de las puntas y se sentó a llorar su desventura.
Con decisión, empujada por la sensación de movimiento que percibe en su vientre desde que recibió los resultados de laboratorio que le confirmaron su embarazo, sube a la silla que tenía junto a su cama, cuelga la soga de uno de los travesaños de madera que sostienen el techo de teja de su casa, la acomoda en su cuello y, con un leve puntapié, termina con aquella mala suerte que le orilló a entregarse a su maestro para no reprobar el examen final.
José I. Delgado Bahena
El silencio de su cuarto se interrumpe de pronto con un leve, pero significativo, sollozo. Una lágrima, un grito ahogado en el nudo que amenaza con ahogar el último suspiro; después, nuevamente el silencio.
Cecilia clava su mirada en la soga que sostiene entre sus manos, se sienta sobre el piso y se recarga en la cama. Aún viste el uniforme de la escuela preparatoria en la que, hasta esa mañana, estudiaba el quinto semestre de bachillerato. Sus libros y cuadernos yacen en desorden sobre la mesa de estudio. La computadora está encendida. Un mensaje rebota sobre la pantalla.
Se recuesta sobre la loseta del piso y estira un brazo para alcanzar una bola de papel que estaba junto a una pata de su cama. La desdobla y logra ver el 10 enorme, rojo, que obtuvo en su examen de matemáticas. Todos se admiraron. Hasta Bety, su mejor amiga, la miró sorprendida cuando el profe entregó los resultados.
“¿Cómo le hiciste?”, le preguntó.
Una mueca gris se dibuja en su rostro. “¿Cómo le hice?”, expresa para sí misma, en voz baja, casi en silencio, con un nuevo suspiro y otra lágrima escurriendo por su mejilla derecha.
“Como hacemos todos los que nos avergüenza reconocer que no la hacemos para el estudio −se contesta−, pagando con cuerpomatic…”
Todos saben, pero nadie lo dice. En su escuela, el lobo de la corrupción ha mordido los límites y algunos maestros piden dinero, botellas, libros, y otros “favores” a cambio de aprobar su materia.
Cecilia no es la primera en aceptar ser amable con el profe, a cambio de ese diez que le hizo tomar la decisión y ahora le incendia el pecho y le derrite las entrañas.
Al salir de la escuela, pasó al mercado a comprar el lazo; llegando a casa, con los padres ausentes, se encerró en su cuarto; como pudo y con el rostro empapado por el sudor y por su llanto, hizo un nudo corredizo en una de las puntas y se sentó a llorar su desventura.
Con decisión, empujada por la sensación de movimiento que percibe en su vientre desde que recibió los resultados de laboratorio que le confirmaron su embarazo, sube a la silla que tenía junto a su cama, cuelga la soga de uno de los travesaños de madera que sostienen el techo de teja de su casa, la acomoda en su cuello y, con un leve puntapié, termina con aquella mala suerte que le orilló a entregarse a su maestro para no reprobar el examen final.
viernes, diciembre 18, 2009
sábado, diciembre 12, 2009
MANUAL PARA PERVERSOS

LA PLANTA
José I. Delgado Bahena
Como cada viernes, deambulo por los únicos antros decentes que hay en esta ciudad hundida en el desierto de las costumbres. "Si tú piensas que me has roto la maceta,/ no te preocupes, ya me acostumbré a regarla./ Y ya te me estabas pasando de verde,/ mañana te secas, yo me consigo otra planta…", entona el grupo de moda en este lugar que elegí para disimular el miedo de regresar a casa como perro en barrio ajeno.
Es increíble: apenas ayer, jueves, conocí a Perla y rápido se me clavó hasta en las axilas. "Pero que sea desértica, desértica, ¡oh, sí!", siguen los chamacos tratando de convencerme de que los oiga. La mesera me trae la chela que le pedí y me regresa el sabor de Perla, el olor de Perla, la inmadurez de Perla. No cabe duda: era una perra inmadura pero era buena hembra. Si la hubiera conocido antes le habría regalado mi colección de películas de La Doña, o le habría pedido que me dejara hacerle un par de chamacos, bien macizos para que aguantaran los ganchos de la vida. "Así si la riego no, no me preocupo porque va estar muy bien;/ así si la riego no, ya no me apuro como la regué contigo".
Me late: Perla era la buena. Veinticuatro horas son un montón de minutos. Pues sí, ya es algo de tiempo y hasta sobran para reconocer que tenía lo suyo en el lugar preciso, como dice Sabines.
No sé ni qué hago aquí, oyendo los dobles sentidos de esta canción que entonan los chavos: "Y que un solo jardinero recoja el fruto/ no como tú que ya estabas recogida/ y si es que otro se anima/ pues buena suerte/ a ver si no se espina", tal vez porque quiero olvidar lo que hice en la mañana.
No cabe duda, ayer fue un día increíble: bueno y malo. Encontré en Perla, por fin, un lago dulce para refrescar mis penas, pero con el inconveniente de que era casada. Pero bueno, quién me manda meterme al cine solo, a ver el churro cursi y rudo, y sentarme cerca de ella, sola también, nomás porque se reía a carcajadas de las tonterías de los hermanos futbolistas. Luego, pues, si ella me dijo: “no te apures, él anda en sus viajes”. Nomás por eso la seguí, nomás por eso me metí entre sus muslos como lobo hambriento, nomás por eso se me cayó el teatrito de conquistador y terminé lamiendo el sudor salado que le escurría por el cuello en aquel cuartucho, del hotel barato al que fuimos, sin aire acondicionado o un ventilador, al menos. "Y te pareces tanto amor a una enredadera/ en cualquier tronco te atoras y le das vueltas/ con tus ramitas que se enredan donde quiera/ y entre tanto ramerío ya te apodamos la ramera".
Y también, nomás por eso se me ocurrió pedirle que me dejara quedarme en su casa, “al fin él anda en sus viajes”, le recordé. Y ella, la perra, con la misma carcajada del cine, aceptó. Pero no me aclaró qué tipo de viajes. Al rato llegó el marido, todo drogado –ni cómo hacerlo entrar en razón, ni cómo explicarle que su vieja me había dado entrada−, me insultó y fue a la cocina por un cuchillo; pero no imaginó que yo lo esperaba con mi “veintidós” y lo mandé al mejor de los viajes, al del más allá, por Perla, por esa hembra que bien valió los dos plomazos que le di a su güey, y el que le di a ella, aunque fuera, como dice la letra que cantan los chavos, sólo una ramera que se parece a una enredadera.
miércoles, noviembre 25, 2009
¿CUÁNDO VIENES A CASA?
¿Cuándo vienes a casa
a recoger los frutos de un cariño dormido,
a castigar la duda,
a lloviznar caminos?
¿Cuándo vienes a verme
con tus manos ansiosas,
con tu aroma de nardos,
con tu pecho encendido?
La tarde que te fuiste
me quedé sorprendido
rompiéndome las uñas
con mi anhelo encendido;
me quedé taciturno,
casi nube, casi llanto,
casi mar, casi río...
a recoger los frutos de un cariño dormido,
a castigar la duda,
a lloviznar caminos?
¿Cuándo vienes a verme
con tus manos ansiosas,
con tu aroma de nardos,
con tu pecho encendido?
La tarde que te fuiste
me quedé sorprendido
rompiéndome las uñas
con mi anhelo encendido;
me quedé taciturno,
casi nube, casi llanto,
casi mar, casi río...
miércoles, noviembre 11, 2009
NUEVA REVISTA DE SECTOR7
lunes, noviembre 09, 2009
CURVATURA
Hay un espejo en la orilla de mi alma
y en él reflejo la luz ciega de mi destino;
soy un cordero que mordió el hilo de tu esperanza
y perdonó catorce veces la neblina de tus días.
Ayer escupí sobre las aguas de tu pelo
y sembré mis pies en el único de tus recuerdos;
mi corazón se sumerge en el dolor de la noche,
en esta noche vacía en que no te tengo.
Si un día vuelves, otra vez,
a rasguñarme la vida,
seré un silencio apagado sobre la palma de tu mano
y me iré hacia la bruma,
como un suspiro evaporado que tiende sus alas
sobre el viento oxidado de tu amor casi extinto.
martes, octubre 06, 2009
REVISTA SECTOR7
LES COMPARTO LA PORTADA DE NUESTRA REVISTA SECTOR7, NO. 1
EN ELLA APARECE EL GRUPO PIROMANÍA, SON CHAVOS MUY TALENTOSOS QUE INTEGRAN UNA BANDA DE ROCK Y LLEVAN UNA GRAN PROYECCIÓN. LA REVISTA CONTIENE TEMAS DE INTERÉS GENERAL RELACIONADOS CON EL ARTE Y LA CULTURA. YA ESTÁ A LA VENTA EN LOS PUESTOS DE REVISTAS DE IGUALA.
viernes, septiembre 25, 2009
ME LASTIMAN TUS PALABRAS
NO TENGO FUERZAS PARA SER EL MISMO.
AYER CREÍ EN LA LUZ DE TU MIRADA
Y CRECIÓ EN MI PECHO LA FLOR DE LA ESPERANZA.
HOY NUEVAMENTE SE DILUYE TU IMAGEN EN LA OSCURIDAD DE TUS PALABRAS.
AÚN NO ES TIEMPO DE PROMETER NADA.
HAY UN TIEMPO DETENIDO
Y UNA MOSCA EN MI VENTANA.
AQUEL DOLOR AÚN RONDA EN EL SUEÑO INTERMINABLE DE ESPERAR LA CLARIDAD DEL ALBA.
EL OTOÑO HA LLOVIDO EN LAS LETRAS DE MI CAMA
Y POR SER ABSURDO ESTE ENREDO DE CONFIAR EN TU MIRADA,
HOY ME QUEMA LA NOSTALGIA
Y ME LASTIMAN TUS PALABRAS.
AYER CREÍ EN LA LUZ DE TU MIRADA
Y CRECIÓ EN MI PECHO LA FLOR DE LA ESPERANZA.
HOY NUEVAMENTE SE DILUYE TU IMAGEN EN LA OSCURIDAD DE TUS PALABRAS.
AÚN NO ES TIEMPO DE PROMETER NADA.
HAY UN TIEMPO DETENIDO
Y UNA MOSCA EN MI VENTANA.
AQUEL DOLOR AÚN RONDA EN EL SUEÑO INTERMINABLE DE ESPERAR LA CLARIDAD DEL ALBA.
EL OTOÑO HA LLOVIDO EN LAS LETRAS DE MI CAMA
Y POR SER ABSURDO ESTE ENREDO DE CONFIAR EN TU MIRADA,
HOY ME QUEMA LA NOSTALGIA
Y ME LASTIMAN TUS PALABRAS.
viernes, julio 17, 2009
CON LAS MANOS LLENAS
CON LAS MANOS LLENAS Y EL CORAZÓN EN CALMA,
ME DESPIDO DE TI, DE TUS OJOS, DE TUS MANOS,
DE TU SONRISA ABIERTA, DE TUS PALABRAS AMOROSAS.
ME DESPIDO ILUSIONADO EN LAS CARTAS QUE ESCRIBIMOS
PARA EL NO OLVIDO, PARA SER ALGUIEN ESPECIAL
QUE MOJA EL RECUERDO DE UNA PUERTA SIEMPRE ABIERTA.
TRES VECES NOS FUIMOS A CAMINAR SIN RUMBO,
CON NUESTRO AMOR TEMBLANDO Y LAS TRES VECES
REGRESAMOS, CON UNA ESPERANZA CASI MUERTA.
Y YA VES: DIJIMOS QUE ERA LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD
PARA ABRIR NUESTROS BRAZOS AL AMOR QUE SU MEJOR CARTA JUEGA,
Y COMO ANTES, EL CANSANCIO LLEGÓ Y ENTRÓ
A DESPLEGAR SUS VELAS.
ME DESPIDO CON EL ORGULLO DE HABER SENTIDO SINCERO EL AMOR
QUE UN DÍA ME DISTE; TE DEJO UN RENGLÓN DE POESÍA
(QUE POCO VALORASTE) IMPREGNADA EN TU PIEL PARA TU PRIMAVERA.
NUEVOS OJOS RECREARÁN SU MIRADA SOBRE LOS TUYOS, OTRAS MANOS VIBRARÁN AL TOCAR TU CABELLO, OTROS LABIOS PROBARÁN LA DULZURA DE TUS BESOS Y OTRA PIEL SENTIRÁ LA TERSURA DE TU PIEL SOBRE SU CUERPO,
PERO ESTA LIBERTAD QUE HOY TE DEJO, ES LA MEJOR PRUEBA
DE LO MUCHO QUE TE QUIERO.
ME DESPIDO DE TI CON LAS MANOS LLENAS DE TODO LO QUE VIVÍ CONTIGO,
Y EL CORAZÓN EN CALMA PORQUE SÉ QUE SIN MÍ SERÁS FELIZ
AUNQUE YO NO SÉ SI ESTÉ CONMIGO.
ME DESPIDO DE TI, CON UN HUECO ENTRE MIS BRAZOS Y MIL GOTAS DE RECUERDOS BUENOS LLOVIÉNDOME EN EL ALMA,
CADA ESTRELLA QUE VEAS EN LA PLENITUD DE TU VIDA, SERÁ UN DESEO BUENO Y UN SUSPIRO DE AMOR POR LOS MINUTOS QUE DIOS NOS REGALÓ.
ME DESPIDO DE TI, DE TUS OJOS, DE TUS MANOS,
DE TU SONRISA ABIERTA, DE TUS PALABRAS AMOROSAS.
ME DESPIDO ILUSIONADO EN LAS CARTAS QUE ESCRIBIMOS
PARA EL NO OLVIDO, PARA SER ALGUIEN ESPECIAL
QUE MOJA EL RECUERDO DE UNA PUERTA SIEMPRE ABIERTA.
TRES VECES NOS FUIMOS A CAMINAR SIN RUMBO,
CON NUESTRO AMOR TEMBLANDO Y LAS TRES VECES
REGRESAMOS, CON UNA ESPERANZA CASI MUERTA.
Y YA VES: DIJIMOS QUE ERA LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD
PARA ABRIR NUESTROS BRAZOS AL AMOR QUE SU MEJOR CARTA JUEGA,
Y COMO ANTES, EL CANSANCIO LLEGÓ Y ENTRÓ
A DESPLEGAR SUS VELAS.
ME DESPIDO CON EL ORGULLO DE HABER SENTIDO SINCERO EL AMOR
QUE UN DÍA ME DISTE; TE DEJO UN RENGLÓN DE POESÍA
(QUE POCO VALORASTE) IMPREGNADA EN TU PIEL PARA TU PRIMAVERA.
NUEVOS OJOS RECREARÁN SU MIRADA SOBRE LOS TUYOS, OTRAS MANOS VIBRARÁN AL TOCAR TU CABELLO, OTROS LABIOS PROBARÁN LA DULZURA DE TUS BESOS Y OTRA PIEL SENTIRÁ LA TERSURA DE TU PIEL SOBRE SU CUERPO,
PERO ESTA LIBERTAD QUE HOY TE DEJO, ES LA MEJOR PRUEBA
DE LO MUCHO QUE TE QUIERO.
ME DESPIDO DE TI CON LAS MANOS LLENAS DE TODO LO QUE VIVÍ CONTIGO,
Y EL CORAZÓN EN CALMA PORQUE SÉ QUE SIN MÍ SERÁS FELIZ
AUNQUE YO NO SÉ SI ESTÉ CONMIGO.
ME DESPIDO DE TI, CON UN HUECO ENTRE MIS BRAZOS Y MIL GOTAS DE RECUERDOS BUENOS LLOVIÉNDOME EN EL ALMA,
CADA ESTRELLA QUE VEAS EN LA PLENITUD DE TU VIDA, SERÁ UN DESEO BUENO Y UN SUSPIRO DE AMOR POR LOS MINUTOS QUE DIOS NOS REGALÓ.
domingo, mayo 03, 2009
ERES MI EXTRAÑA
Eres mi extraña y no te nombro,
ni te ciego el temor de no tenerme,
porque iluminas una tierra estéril
que se duerme
junto a las dormideras de la muerte.
Eres mi extraña y no te enredo
como hebra de dolor entre mis dedos,
eres mi luna oscura que no llueve
ninguna partitura en primavera
y ninguna luz fría ni caliente.
Eres mi extraña y soy tu extraño,
nos junta el llanto,
el río de lamentos olvidados,
el temblor de la noche aún nos junta
y estamos como enfermos desahuciados.
Eres mi extraña y duermo entre tus brazos
como duerme un suspiro herido en la montaña,
y andamos perdidos
en este mar silencioso y derrotado
en el que te reconozco como extraña.
ni te ciego el temor de no tenerme,
porque iluminas una tierra estéril
que se duerme
junto a las dormideras de la muerte.
Eres mi extraña y no te enredo
como hebra de dolor entre mis dedos,
eres mi luna oscura que no llueve
ninguna partitura en primavera
y ninguna luz fría ni caliente.
Eres mi extraña y soy tu extraño,
nos junta el llanto,
el río de lamentos olvidados,
el temblor de la noche aún nos junta
y estamos como enfermos desahuciados.
Eres mi extraña y duermo entre tus brazos
como duerme un suspiro herido en la montaña,
y andamos perdidos
en este mar silencioso y derrotado
en el que te reconozco como extraña.
viernes, febrero 20, 2009
A LA BANDERA MÁS BONITA DEL MUNDO

LIENZO DE AMOR
Con la exquisita tesitura
del canto enamorado
Con la exquisita tesitura
del canto enamorado
del jilguero,
libre el pensamiento,
la mexicana sangre renovada
y el valor
libre el pensamiento,
la mexicana sangre renovada
y el valor
y el honor inmaculados,
Lienzo de amor:
a ti te canto;
transitando
Lienzo de amor:
a ti te canto;
transitando
por estas tierras de Yohuala
donde la noche
donde la noche
tiende su manto de rocío
para refrescar el alma
para refrescar el alma
del jornalero amigo
que ha regado su labor
que ha regado su labor
con gotas de esperanza,
donde los niños crecen
donde los niños crecen
sembrando lunas
y llorando flores
y llorando flores
por la alegría del sol nuevo,
y donde el dolor del alfarero
recobra alivio
y donde el dolor del alfarero
recobra alivio
en su abalorio acetrinado
que renace del áureo sol
y del fértil manto
que renace del áureo sol
y del fértil manto
que alimenta su hambre.
Eres, bendito Lábaro,
protectora luz
Eres, bendito Lábaro,
protectora luz
del pueblo mexicano,
creación de amor
creación de amor
del artesano ilustre
que fusionó en su corazón
el sudor de su frente
con el dulce sabor
que fusionó en su corazón
el sudor de su frente
con el dulce sabor
de la victoria.
Eres vasija serenada
Eres vasija serenada
bajo la luna llena,
espejo del alma
espejo del alma
del sastre Magdaleno
que escribió tu destino
que escribió tu destino
en matices solferinos
y surcó la bóveda celeste
y surcó la bóveda celeste
para adornar tu frente
con tres nobles estrellas
que armonizan
con tres nobles estrellas
que armonizan
aún tu firmamento.
A ti te canto, enardecido,
porque emblema has sido
A ti te canto, enardecido,
porque emblema has sido
de mi anhelo
y eres fuente de nostalgia
y eres fuente de nostalgia
por esta tierra cálida,
pebetero de luz
encendido por chontales manos.
¡Honor y gloria para ti,
Bandera mía!,
porque con letras de oro,
en el glorioso canto nacional,
entre bélicas palabras,
existe tu linaje.
Célebre Pendón,
baluarte indestructible
que es símbolo del triunfo
de honestas luchas
y del generoso sacrificio
de grandes hombres
que hallaron su camino
bajo la luz de tus colores,
y por ti supieron
que en la libertad,
la unión
pebetero de luz
encendido por chontales manos.
¡Honor y gloria para ti,
Bandera mía!,
porque con letras de oro,
en el glorioso canto nacional,
entre bélicas palabras,
existe tu linaje.
Célebre Pendón,
baluarte indestructible
que es símbolo del triunfo
de honestas luchas
y del generoso sacrificio
de grandes hombres
que hallaron su camino
bajo la luz de tus colores,
y por ti supieron
que en la libertad,
la unión
nos da la independencia.
¡Ondea, Bandera tricolor!
Mi sangre te reclama,
mi orgullosa sangre mexicana
¡Ondea, Bandera tricolor!
Mi sangre te reclama,
mi orgullosa sangre mexicana
fluye por ti
y en ti mi espíritu
y en ti mi espíritu
encuentra redención.
Si bebo de tu fuente
Si bebo de tu fuente
los sueños florecen
y el tiempo se desliza
sobre sutiles ríos
de inspiración y valentía.
Vives en mi sangre,
y el tiempo se desliza
sobre sutiles ríos
de inspiración y valentía.
Vives en mi sangre,
Lienzo sagrado,
como vive la sangre bravía
como vive la sangre bravía
del guerrero
que fecundó
que fecundó
esta tierra bendecida
y nos dio la libertad,
y nos dio la libertad,
la fuerza y el destino.
Esta tierra,
coronada con el laurel
Esta tierra,
coronada con el laurel
del talento de sus hombres
que transforman
que transforman
los áureos metales
en luminosas flores estelares,
y así escriben su memoria
en las páginas sagradas
en luminosas flores estelares,
y así escriben su memoria
en las páginas sagradas
de la historia.
Hombres y mujeres
que construyen el tiempo
Hombres y mujeres
que construyen el tiempo
de su tiempo,
con honrado sacrificio,
bajo la sombra ilustre
con honrado sacrificio,
bajo la sombra ilustre
de Guerrero
y la brillante frente
y la brillante frente
del gran Altamirano.
Lienzo de amor:
al verte ondear
Lienzo de amor:
al verte ondear
en vértigo profundo,
mis ojos admirados
mis ojos admirados
te contemplan,
porque ondeas vigilante
desde el cerro del Tehuehe
y desde ahí nos cuidas.
Majestuosa Bandera mexicana,
cuando en el limpio cielo
porque ondeas vigilante
desde el cerro del Tehuehe
y desde ahí nos cuidas.
Majestuosa Bandera mexicana,
cuando en el limpio cielo
de Yohuala
te veo reinar,
siento que, desde las nubes,
con elegancia te deslizas
hasta el lugar sagrado
que yo te guardo
en mi amante corazón.
te veo reinar,
siento que, desde las nubes,
con elegancia te deslizas
hasta el lugar sagrado
que yo te guardo
en mi amante corazón.
miércoles, febrero 18, 2009

¿DE QUÉ HABLAS, AMOR CUANDO TE CALLAS?
¿De qué hablas, amor, cuando te callas?,
¿qué expresa tu corazón, qué tu mirada?
¿Por qué es tan grande el mar de tu silencio
y llega un huracán cuando no hablas?
¿En qué piensas, así, tan taciturna,
tan lejos de mis ansias y de mi corazón,
que se acobarda sin la claridad del día
que brota en tus palabras?
¿Cuál es tu dolor, amor, cuál tu secreto,
cuál tu miedo, cuál vaso es tu esperanza?
Estoy, aquí, temblando, perdido,
suspirando por escucharte;
quiero saber, amor,
lo que dice tu corazón cuando te callas.
jueves, enero 29, 2009
TU NOMBRE ME ES AJENO

Tu nombre me es ajeno,
en cada letra hay espinas;
es una puerta cerrada
y no sé qué es lo que encierra,
le han llovido cenizas
y atardeceres violentos
que cortan las amapolas
de los tallos del silencio.
Cuando leo esa palabra
crece en mí la cruel sospecha
de que es otra persona
la que habita en tus recuerdos
humedeciendo tus ansias
y mordiendo tus deseos.
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