miércoles, junio 23, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“VENENO PARA RATAS”
José I. Delgado Bahena

¿Ya viste Rafael, por andar con tus loqueras lo que te pasó? Te lo dije: ya deja que la pinche vieja diga lo que quiera de ti, al final no le queda más que apechugar; su hija ya está contigo y hasta tienen un chamaco que les está robando el ánimo; pero no, seguiste de caprichudo y hartando a Dios.
Me acuerdo… desde antes que te juntaras con la Amalia, convivías con los rucos y dijiste que eran tus segundos padres. ¡Vaya!, hasta les ofrecieron un terrenito a un lado del de ellos para que se hicieran un cuartito y ahí vivieran mientras hallaban un lugar mejor. Y ai’ vas, de arrimado, con tu carota alegre y tu sonrisota de payaso, aceptando sus condiciones pa’ juntarte con tu vieja.
No, si no se me olvida lo que me platicaste: el diez de mayo, cuando ni siquiera te acordaste de nuestra madre, sólo por quedarte a chupar con tus suegritos, fue que comenzó a cambiar todo. Ya pedos, la vieja te champó todo lo que les apoyaban y la mala vida que le dabas a su hija con la miseria que te pagaban de chalán y hasta te dijo que, en una de esas, el chamaco ni era tuyo. ¡Huy!, desde entonces le agarraste tanto odio que no descansabas buscando la manera de cómo matar a la bruja de tu suegra.
Hasta risa me da, Rafael, porque hiciste muchas tarugadas. Sólo a ti se te ocurre ponerle veneno para ratas a la carne de su comida. De pura suerte que se le quemó el chile de ciruela y lo único que provocaste fue una mortandad de perros que hasta a los de los vecinos les tocó, por comer la carne envenenada, si no quién sabe, segurito ibas a dar al bote.
Aunque bueno, la mera verdad, hasta a mí me daba coraje por todas las sinvergüenzadas que la vieja te hacía. ¡Mira que darte con la cazuela del pozole en tu mera cabezota, nomás porque llegaste bien briago insultando a Amalia! No, si se armó tal escándalo que hasta el tío Moisés, que es un alma de Dios, quería comerse viva a la arpía de tu suegra. Pero ni así te saliste de ese nido de culebras, nomás por la esperanza de estar cerquita para tener la oportunidad de darle su pasaporte. Y ella, como bien sabe hacer: siguió escupiendo sus chismes para ver si te alejabas de su hija.
Lo que de plano te enmuinó fue cuando te dijo que Miguel, el antiguo novio de Amalia, que había llegado del norte, con su camionetota, la pretendía otra vez, y ella no le decía que sí, pero tampoco que no. Por esas razones le diste más duro a la tomadera y una vez hasta le mentaste la madre a Miguel cuando estaban en el billar, nomás por los chismes de tu suegra; y él, que no sabía nada, te disculpó y te dijo: “Ya vete a dormir, estás muy borracho”.
¿Te acuerdas, Rafael, cuando me pediste que te consiguiera una pistola con mi amigo el judicial, porque ya te había llenado el buche con sus embustes tu “segunda madre”? ¡Ja, ja, ja,! Discúlpame, hermano que me carcajee. Sólo hiciste el ridículo: se te olvidó ponerle las balas, y Plácido, tu suegro, casi te mata a cachazos con tu propia arma. De plano, de plano, estabas destinado para ser güey dos veces.
Lo malo es que con eso, la maldita bruja se enteró de tus intenciones y no sólo estaba prevenida, sino que insistió en sus indirectas y ‘ora ella quería mandarte a descansar desde antes.
Todos nos dimos cuenta, pa’ qué negarlo, ni siquiera disimuló la méndiga, porque anduvo preguntando por “la bala”, que para nadie es un secreto que hace sus trabajitos por un billete y los saca del partido nomás por la lana que le den. Quién sabe si él haya aceptado, pero desde entonces, en la casa, todos andábamos con temblorina pensando en la hora en que nos dijeran que te habían metido un plomazo.
¿Y ‘ora Rafael? ¿A quién le echamos la culpa? Ya ves, por fin te saliste; mejor dicho: te sacaron, con las patas por delante. Y aquí estás: estirado, viendo “pa’ dentro”, como las iguanas. Todos estamos inconformes porque lo más seguro es que la vieja te ganó. Don Chano nos dijo que la bruja fue a comprarle un bote de veneno, dizque porque andaba una ratota acechando su casa.
Todavía ayer, después del fut, nos tomamos un cartón de las negras en la tiendita, y te fui a dejar de aguilita, totalmente perdido, y hoy amaneciste nomás volteado y vomitado. Así te encontramos después de que la Amalia vino corriendo a decirnos que estabas bien muerto.
¿A quién le echamos la culpa, Rafael? Tu vieja no suelta la sopa y pues, tú, que podrías decirnos, ya vas camino a las regaderas. Lo más seguro es que te expulsó tu suegra pero, ¿cómo lo probamos?
Escríbeme a:
jose_delgado9@hotmail.com

miércoles, junio 16, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“EL MEJOR PADRE…”
José I. Delgado Bahena
Ya sé, dirán que estoy loco, que lo que he hecho no lo haría un padre “normal”, común y corriente o, como se dice: “un buen padre”. Es decir, un padre chapado a la antigua, con nuestras tradiciones mexicanas: borracho pero trabajador, mujeriego pero hogareño, parrandero pero cumplidor con la vieja. En fin: vivido pero fiel. Como decimos siempre: atendiendo las capillitas pero respetando a la catedral que tenemos en casa.
Pues no, da la casualidad de que no soy un padre “normal”. He formado a mi familia: mi mujer y mis dos hijas. Ellas son la única familia que tengo y soy el único familiar que ellas tienen.
La semana pasada vino mi dizque suegra, muy encabronada y me dijo: “Adulfo, si no dejas de hacer tus porquerías, Dios te va a condenar y te irás al infierno”.
¡Hazme el favor! La pinche vieja hipócrita hablándome de Dios y del infierno, cuando hizo hasta lo imposible por separarme de mi Estelita. “Ese hombre no te conviene, es un depravado”, le decía. Por suerte mi viejita no le hizo caso, siguió conmigo y hasta me dio dos hermosas hijas.
Desde que terminé mi carrera de Ciencias de la comunicación y quise ser locutor de radio o conductor de televisión, supe que mi destino eran los medios de comunicación; por eso me metí a escribir una columna en un periódico de la ciudad. Claro, mi trabajo ahí no duró. La verdad, es muy poco lo que pagan y no se me daba eso de andar “chayoteando” a la gente importante. Mejor acepté la chamba que me dio mi “cuatacha”, la presidenta municipal, en la oficina de Comunicación social del ayuntamiento. Ahí sí me di la oportunidad de hacer algunos biznes que me permitieron ganar unos pesos más para que mi Estelita se olvidara de su intención de trabajar en el salón de belleza de su prima.
Pero bueno, con todo este rollo de mi chamba hasta olvidé que les hablaba de lo que hice que provocó que me trajera a la situación en la que me encuentro. Ah, pero no me arrepiento eh, “quien esté libre de culpa…” ¿Cómo iba a saber que la más chica de mis hijas se haría de un novio en la prepa, a pesar de lo prohibido que lo tenían? Sabían, las dos, incluso la de la universidad, que el tema de los novios no formaba parte de nuestro vocabulario. Digo, ¿para qué querían chamacos apestosos que se la pasan en la calle fumando y sudando, si en casa me tenían a mí?
Estelita me dijo un día: “ya viste que Salomé se arregla y se pinta más de la cuenta para irse a la escuela?” Y yo, con lo confiado que soy, pensé que sólo quería agradarme la pupila y la dejé que luciera su hermosura en la calle y con sus compañeras del colegio. Pero un día que quise darle la sorpresa esperándola junto a la gasolinera que está cerca de su escuela, la voy viendo… ¡abrazada de un pinche escuincle del bachillerato! No, mi coraje no se mide con lo rojo que se me puso la cara, porque de ser así habría incendiado la ciudad.
Por supuesto, la subí al carro y la llevé a casa. Ya se encontraban ahí Dona, mi otra hija, y Estela con la comida lista. El drama fue lo que nos alimentó ese día. Nadie probó el mole que mi Estelita había preparado. Las preguntas iban y regresaban sin respuestas. Faltaba un mes para que Salomé cumpliera los dieciocho años y entonces pudiera probar, ella, como fue con Dona, su iniciación en la sexualidad, en su primera vez, apoyada por mí, desde luego.
Así que Estela y yo estuvimos de acuerdo en que debíamos ahorrarnos ese mes y llevé a Salomé a su recámara. Le adelantaría su iniciación sexual para no correr riesgos de que un pelafustán nos agandallara y la tomara para él.
¡Oh, decepción! ¡Salomé ya no era virgen! Cinco puñetazos y diez cinturonazos la dejaron tirada en el piso de su cuarto y salí a informar a Dona y a Estela de la deshonra en que nos había metido la puerca de mi hija menor.
En ese momento llegó la policía. Ni cómo impedir que entraran. Levaban una orden basada en una denuncia que el pinche chamaco había hecho. Se llevaron a Salomé al hospital y a Estela y a mí al reclusorio. Dona se quedó en la casa. Nos ha venido a ver, pero más por lástima que por apoyarnos. Dice que las dos declararán en nuestra contra.
La verdad, no veo ningún problema. Dona era mayor de edad cuando la inicié sexualmente, Salomé ya no era virgen y, además, mi vieja estuvo siempre de acuerdo; pero, lo más importante: ellas eran mis hijas, yo las hice, así que podía decidir sobre sus vidas, ¿o no?

miércoles, junio 09, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“DE HABER SABIDO…”
José I. Delgado Bahena
José Luis tenía seis años de trabajar en el periódico cuando llegó Elena. Él se encargaba de dar formato a la mitad de los archivos que llegaban a la redacción y ella se presentó el lunes de esa semana solicitando el empleo de publicista que anunciaron en la edición del domingo. El mismo día se quedó con el trabajo y comenzó a recabar la información necesaria para su labor.
Cuando José Luis la vio, con su garbo de mujer plena, piel bronceada, escote provocativo y sus veinticuatro años desbordantes en los macizos glúteos que se marcaban perfectamente en el talle del vestido aceituna que le llegaba a una cuarta de la rodilla, se dijo: “otra oveja para mi corral”.
Esa era su fama: “Ninguna se le va viva”. Y otra que él mismo se encargaba de propagar: “Una noche no me es suficiente para estar con una mujer, necesito parte de la mañana también”.
Por eso, cuando a Elena le hablaron de él y le adjuntaron su dicho, pensó: “Eso lo tendríamos que comprobar”.
No perdió tiempo; el miércoles, al tercer día de laborar para el periódico, cuando José Luis diseñaba, en la computadora, los anuncios que ella había logrado contratar, se acercó a su mesa para verificar que no faltara algún dato y dejó caer uno de sus pechos sobre el hombro izquierdo de él.
La sangre se le incendió pero tomó aire y le murmuró casi al oído:
−Si así quema el volcán cuando está dormido, ¿qué será cuando haga erupción?
−Es cuestión de que quieras encenderlo –le respondió ella con una discreta sonrisa.
−Pues tú dirás, morena.
−¿Cuándo descansas?, porque quiero ver si es cierto lo que dicen por ahí… –le soltó el reto junto con un roce de su pierna en el brazo de él, además de deslizarle en el bolsillo de su camisa un papel con el número de su celular− llámame y nos ponemos de acuerdo.
−Claro, preciosa –respondió José Luis−, descanso el viernes –agregó con voz trémula.
Todavía, el jueves, coincidieron cuando él llegaba a las oficinas, a las cinco de la tarde, y ella se retiraba llevando entre sus brazos un folder rojo, como cubriendo las curvaturas de sus pechos. Una disimulada sonrisa, entre ambos, fue el puente que se tendió para comunicarse las promesas que se cumplirían al día siguiente.
Él tuvo que mentir a su mujer y su pequeña hija, diciendo que le habían llamado del periódico para hacer un trabajo extra y esperó, en una pizzería cercana al edificio, a que saliera Elena para irse juntos, en su camioneta, a un hotel en las afueras de la ciudad, rumbo a Cocula, para no correr el riesgo de ser visto por su suegro que trabajaba de taxista.
Sin preámbulos, con la urgencia de los cuerpos que se sintieron atraídos desde que las feromonas les enviaron las señales que les evitaron los obstáculos de toda relación: conocerse, tratarse, aprehenderse y verificarse en su empatía, se arrojaron a la hoguera de la pasión que se encendió desde cuatro días antes, al conocerse en las oficinas del periódico.
Tres horas después, cuando los juegos corporales cesaron y él pidió, por teléfono, un par de tragos a los encargados del hotel, encendió la televisión, acomodó las almohadas y se recargaron en la cabecera simulada en la pintura de la pared, comenzó el diálogo:
−¿Dónde vives? –preguntó José Luis.
−En Tuxpan −contestó ella−, con una tía que quedó viuda el año pasado.
−¡Qué curioso! –dijo él−, también tengo una tía en ese pueblo y se le murió el viejo hace un año.
−Bueno, en realidad, yo vivía en Pachuca, con mi padre, pero me corrió porque salí con mi “domingo siete” y me vine, con todo y chamaco, hace quince días en busca de la única hermana que tiene aquí.
−¡Qué coincidencia! –dijo, sentándose sobre la cama y apagando la televisión con el control remoto−, mi padre nos abandonó cuando yo era pequeño y lo último que supimos es que se había ido a Pachuca y había formado otra familia. Él era originario de Tuxpan.
−Por favor −suplicó Elena−, no me digas que tu padre se llama Andrés…
José Luis no respondió a su súplica. Arrojó el control, que aún tenía en sus manos, sobre el espejo empotrado en la pared de enfrente, buscó su pantalón y comenzó a vestirse.
Ella, en silencio, recogió en envoltorio su ropa que había quedado regada en el piso y salió para vestirse en el interior de la camioneta, estacionada junto a la puerta del cuarto.
El regreso a la ciudad lo hicieron en silencio. Sólo un ligero movimiento de él para extenderle a ella, con su mano derecha, su licencia de conducir para que confirmara, con la coincidencia de los apellidos, que, de haber sabido, desearían que la historia de ese día no se hubiera escrito jamás.

miércoles, junio 02, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“A LOS TRECE AÑOS”

José I. Delgado Bahena

A los trece años conoció a Santa y por medio de ella supo lo que era tener entre sus brazos a una mujer. Estaban solos. Él había pasado, a la salida de la secundaria, a visitar a su primo Érick quien tenía una tienda de ropa y le había pedido que se quedara un rato a cuidarla. Allí vendían playeras y botes de pintura para los graffiteros y en ocasiones, como esa, Érick le pedía que se quedara en el negocio mientras iba a pintar algún mural o a pasear con su novia.
Eran las dos de la tarde cuando llegó Santa buscando a Érick.
−No está−, le dijo él.
−¿Puedo esperarlo? Es que me da flojera ir a mi casa y regresar.
−Como gustes –le respondió Johnny desde el mostrador.
Los primeros minutos los pasaron en silencio; él leyendo una revista sobre bandas de rock, ella observando las playeras y vaciando su mirada sobre la calle.
−¿Quieres leer? –ofreció él extendiéndole la revista.
−Sí, gracias –aceptó Santa tomándola y al mismo tiempo apretándole dos dedos en una clara señal de provocación.
“Tú sabes cómo te deseo…”, comenzó a sonar la canción de Maná en la grabadora que él había encendido.
−¿Te gusta esa música? –le preguntó Santa acercándose al mostrador.
−Sí, ¿por qué?
−No, por nada. ¿Cuántos años tienes? –le dijo tomando con su mano izquierda la mano de él y rozándole los labios con las yemas de los dedos de su otra mano.
−Trece –respondió tembloroso.
−¿Y… tienes novia?
−No… −fue su respuesta, entrecortada por la respiración agitada que salía entre borbollones de su pecho.
−Ah, ¿y, cómo te llamas? Eres muy guapo, ¿sabes?
−Gracias. Me llamo Johnny. Tú eres muy bonita.
−¿Me dejas darte un beso? –dijo Santa inclinándose sobre el mostrador y rozando los labios de Johnny.
−¿Cuántos años tienes? –preguntó ingenuo.
−Diecisiete –respondió Santa con una leve sonrisa y pasando al otro lado del mostrador−, pero no se le pregunta la edad a ninguna mujer…
Él no dijo más. Los labios de ella se apretaban contra los suyos y le introducía su lengua recorriendo su paladar y sus dientes. Rodeó, con sus adolescentes manos cargadas de ansiedad, la cintura de ella y la atrajo hacia sí con tal fuerza que le hizo sentir, en una de sus piernas, la dureza de su excitación que amenazaba con romper la tela del pantalón de su uniforme de secundaria.
−¿Por qué no cierras la tienda? –le insinuó Santa mientras le mordía el cuello y con sus manos le apretaba los glúteos.
Johnny no contestó. Quitó las manos de ella de su trasero y en dos zancadas llegó a la entrada de la tienda para bajar la cortina que servía de puerta y protección del negocio. Luego, sin esperar instrucciones, con un ingenio que se desconocía, acomodó unos cartones, en los que Érick guardaba la ropa, en el caliente piso de la tienda.
Santa se recostó sobre la improvisada cama y desabotonó su ligera blusa que apenas si le cubría sus prominentes pechos. Johnny se bajó el pantalón hasta las rodillas y se recostó junto a ella. Fue Santa la de la iniciativa, la que rodeó por el cuello el cuerpo de él y lo atrajo para besarlo apasionadamente al mismo tiempo que depositaba un condón en la palma de la mano derecha de él.
El impulso fue el esperado, la reacción justa a ese llamado fue la respuesta de Johnny quien, con torpeza pero guiado por el deseo desatado, dejó libres sus manos para que hicieran su labor y guiaran su pasión en la entrega sin límites, sin reservas, para el desahogo sexual en la primera vez que regalaba, con el cuerpo bañado en sudor, los explosivos coleópteros contenidos en la vasija de su adolescencia.
En el reposo, mientras ambos acomodaban sus emociones y los fluidos sanguíneos recuperaban el ritmo normal para la supervivencia de los cuerpos, Johnny se atrevió a hacer una pregunta:
−¿Cómo te llamas?
−Santa –respondió ella incorporándose, arreglándose la falda y abotonándose la blusa−, pero tú puedes llamarme como gustes.
−Gracias –dijo él, cerrando el cinturón de su pantalón y con ello el sublime momento de su primera vez en su andar por los caminos del erotismo.
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jose_delgado9@hotmail.com

miércoles, mayo 26, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“EL MENSAJERO”
José I. Delgado Bahena

Ángel vivía solo. Todos los días salía de su casa a las nueve de la noche para dirigirse al cyber de la esquina donde rentaba por dos horas una computadora para conectarse a la red y tener, al menos, un rato de conversación con aquellos amigos virtuales que se había conseguido por medio de los correos que había extraído de las cadenas que le llegaban y que había agregado a sus contactos.
A los veinticuatro años de edad, sin su mujer ni su pequeña hija que lo abandonaron para regresar a la casa paterna de la madre, su vida se enrollaba en la rutina del trabajo, mal pagado, y de su empecinada afición al carrujo de mariguana que fumaba todas las noches antes de meterse en la soledad de las calientes sábanas de su cama.
Pero aquella noche fue distinto. Después de releer los mensajes que se había auto enviado la noche anterior, como el mejor amigo que no había podido conseguir ni con alguno de sus compañeros de trabajo, y a punto de cerrar el Messenger y con ello la esperanza de llevarse el sabor dulce de dos palabras afectuosas, un relámpago azul le iluminó la mirada desde el cuadro del mensajero.
“Hola”, le saludó Crisito.
“Hola”, contestó Ángel.
“¿Qué haces?”
“Aquí, a punto de irme”, respondió. “¿Quién eres?”, agregó.
“Tu conciencia. Así que dime: ¿por qué colgaste a tu gato?”
−¡Chin, el pinche gato! –exclamó con un grito que se incrustó en los audífonos de dos chavos que estaban en otras máquinas descargando música para sus celulares.
“Por qué no contestas?”, insistió Crisito.
“¿Me conoces? ¿Cómo sabes que tengo un gato?”
“Olvida eso. Mejor piensa en lo que están pasando tu mujer y tu hija. ¿Sabías que en el jardín de niños donde estudia Janet hubo un brote de hepatitis y ella está hospitalizada?”
“No…” Respondió titubeante Ángel. “¿Cómo sabes eso?”
“¡Qué importa!, seguramente tampoco sabes del gran riesgo que corre tu ex todas las noches al regresar de su trabajo de mesera.”
“¿Quién eres?”, preguntó intrigado, “¿Y cómo conseguiste mi correo?”, agregó.
“Ya te dije: soy tu conciencia. Tu correo lo conseguí de una cadena.”
“¿Qué quieres? Dime quién eres o me desconecto de inmediato”, escribió Ángel.
“No te precipites. No me conoces y, para ser honesto, tampoco te conozco. Soy vidente. ¿Sabes qué es eso? Puedo ver tu pasado. Ya sé, quieres una prueba. Bueno: ¿ya olvidaste cuando violaste a una pequeñita de siete años que vivía a un lado de tu casa, en la vecindad donde rentaban tus padres? Nadie lo supo y nadie sospechó de ti, apenas tenías diecisiete años. La pequeña se desangró y murió. Jamás supieron quién fue.”
Ángel no respondió ante esa afirmación. Cuando eso ocurrió estuvo completamente seguro de que nadie se había dado cuenta. Además, la niña era hija de una pareja amiga de sus padres y a esa hora se suponía que él estaba en la prepa, pero había llegado temprano y no había nadie en su casa ni en la de Perlita, a quien habían dejado haciendo su tarea.
“¿Por qué no dices nada?”, preguntó Crisito.
Inmediatamente cerró el cuadro de conversación y se desconectó del Messenger. Pidió la cuenta, pagó y salió del cyber. Eran las diez y media de la noche. Temeroso, volteaba hacia todos lados creyendo ver en cada rostro y en cada sombra la amenaza del cibernauta que conocía su delito. Sin soportar más la presión se echó a correr hasta llegar a la puerta del cuartito que rentaba para vivir, solo, teniendo a su gato como única compañía.
El cuadro que vio, al entrar y encender la luz, lo dejó sin aliento. De una de las vigas del techo colgaba un lazo y de una de las puntas estaba el animal, muerto, abierto en canal y con los intestinos de fuera, desangrado completamente.
No pudo más. Con los nervios devastados, bajó al gato, acomodó el lazo alrededor de su cuello, acercó una silla, subió a ella y dejó que el nudo hiciera su labor para escapar, así, de la amenaza del vidente que, como fuerza vengadora, había surgido desde su conciencia en el mensajero de la Internet.

miércoles, mayo 19, 2010

CADA DÍA


CADA DÍA ES UN DESCUBRIMIENTO,
UNA NUEVA AVENTURA QUE REAFIRMA
EL MISMO SENTIMIENTO.

CADA DÍA ES COMENZAR
A SER SENDERO POR DONDE CAMINAR
UNIENDO LAS MANOS
PARA ENCERRAR LAS NUBES
QUE NOS LLEVAN A SOÑAR.

CADA DÍA ES SABER
QUE NOS SOMOS PERFECTOS
Y QUE EL MUNDO ES UN MISTERIO
CONTENIDO EN LA ESPERANZA
DE TU DULCE MIRAR.

CADA DÍA HAY UN SOL NUEVO
QUE MATA LAS TINIEBLAS
DE LAS DUDAS,
DESCUBRE LOS SECRETOS,
DESTRUYE DESCONFIANZAS,
UNE PALABRAS,
Y ESLABONA DOS CORAZONES
ANSIOSOS DE QUEMARSE
EN LA HOGUERA DEL AMOR.

CADA DÍA RUEDA UNA LÁGRIMA SINCERA
QUE SE EVAPORA TEMBLOROSA
A LA LUZ DE LOS LUCEROS,
DESPUÉS DESCIENDE
EN LOS RAYOS DE LA LUNA
PARA DECIR "TE AMO"
Y ERES TÚ LO QUE MÁS QUIERO.

MANUAL PARA PERVERSOS

“SÍ, YO LA MATÉ”

José I. Delgado Bahena

La mera verdad: la maté por puerca. Siempre deseé hacerlo. Me daba asco.
Desde que llegó a vivir a nuestra casa, con el pretexto de su viudez, advertí cómo me veía. Mi madre lo intuyó, por eso, siempre que podía, me llevaba con ella y no me dejaba solo con la ruca.
Recuerdo que un día que no se encontraban mis padres y yo había llegado de ir a jugar fut con mis cuates de la secundaria, me metí a bañar, y ella, la perversa, se asomó por la cortina del baño, sólo para verme desnudo, con el pretexto de ofrecerme una toalla.
Entonces yo tenía catorce años y no pensaba en cochinadas, como ella.
Pasó el tiempo y entré al bachillerato. Por esa época comenzó a rondar por nuestra casa un gorila. Nadie lo veía, sólo yo. Llegaba por las noches, se asomaba por la ventana de mi cuarto que daba hacia el jardín, gruñía y me mostraba sus filosas garras.
Al principio me daba miedo y les gritaba a mis padres; claro: no me creían y decían que eran pesadillas. Hasta yo me estaba convenciendo de que realmente eran sueños, pero una mañana amaneció muerto el “canelo”, nuestro perro, al que yo odiaba porque con frecuencia desparramaba la basura del bote y luego hacían que yo la recogiera. Estaba junto a una de las bardas de la casa. Tenía el cuello desgarrado y su cabeza casi separada de su cuerpo.
Desde entonces dejé de tenerle miedo y comencé a verlo como un aliado.
Cada noche, durante la cena, escondía un pan y lo llevaba a mi cuarto. Cuando él llegaba me acercaba a la ventana y le tiraba el pan hacia el suelo.
Aldo, mi amigo del “Vasco”, era el único que me creía y hasta me propuso que le tomara fotos con la cámara del celular. Una noche lo intenté pero se asustó y huyó de mi ventana.
La abuela seguía de perversa, pero una tarde llegó muy contenta, con su melena blanca alborotada y muy sonriente, mostrando los escasos dientes que le quedaban. Yo estaba viendo la tele y se sentó junto a mí, en el sofá de la sala. Comenzó a hacerme plática sobre sexo, disque para orientarme, explicarme y no sé qué más decía. Yo sólo le contestaba que sí y que no, hasta que me hartó y me fui a mi cuarto.
Me recosté en mi cama, prendí la tele y puse un video que me prestó Aldo: son chavas desnudas que bailan y se quitan la ropa. Claro, al poco tiempo estaba excitado. Al rato entró la pinche vieja, se recostó a un lado de mí y comenzó a manosearme. La verdad, no dije nada porque, pues…, ya estaba todo acalorado y me gustaba lo que me hacía con su boca desdentada.
En el mejor de los momentos, en que la vieja hacía su labor, apareció el gorila con su mirada lujuriosa, como disfrutando de la escena, entonces le di una patada a la bruja en el centro de su entrepierna, tan fuerte que la levanté sobre mi cuerpo y se estrelló en la cabecera de mi cama. Ahí quedó: desnucada y ensangrentada. Entonces, con cuidado, para no ensuciar mis sábanas con su podrida sangre, la levanté y la llevé al jardín, la tomé de los tobillos y la hice girar levantándola a la altura de los rosales que mi madre tanto cuidaba; restregué su marchito rostro sobre las espinas y las rosas para que se viera que el gorila se había ensañado con ella y la dejé tirada junto a la barda del jardín.
Regresé a mi cuarto para limpiar, con mi playera de las Chivas, las manchas de sangre que había dejado sobre la pared al golpearse con el impulso de mi patada. Lavé la playera en el lavabo del baño y la tendí. Como aún no terminaba el video que estaba viendo de las viejas encuerdas, me excité otra vez, me masturbé y me quedé dormido.
Desperté con el ruido de la tele, en la sala. Mis padres veían las noticias. El conductor de un programa del canal local anunciaba que por fin habían atrapado al gorila que se había escapado del circo que se encontraba instalado en los terrenos de la Feria.
Salí de mi cuarto, saludé a mis padres y me senté junto a ellos. Mi madre me preguntó si no sabía de la abuela. Le contesté que había llegado en la tarde pero que se puso a arreglar el jardín. “Después no supe de ella porque me quedé dormido”, le dije.
Mi padre se levantó y encendió las luces del jardín. Los dos salieron en su busca, le dieron vuelta a la casa pero no encontraron nada. Me extrañé y salí a buscar junto a los rosales. Les mostré los destrozos, se asustaron y llamaron al 066 para reportar la desaparición de la vieja.
Dos horas después sonó el teléfono, contestó mi padre y le informaron que debía ir a reconocer el cuerpo destrozado de su madre, lo habían encontrado junto al periférico y que, seguramente, había sido atacada por el gorila.


viernes, mayo 14, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“AUNQUE SEA PARA MAESTRO”
José I. Delgado Bahena


A Manuel le dijeron sus padres: “Estudias, aunque sea para maestro, ¿o quieres ser campesino?”, y como campesino ya era desde que nació, aceptó la única opción que le ofrecieron sus progenitores para poder salir del “perico perro” que era el oficio de la mayoría del pueblo que, por quedarse sin más preparación que su instrucción primaria y, si acaso, la secundaria, se empleaban en lo que cayera: jornalero, chalán, campesino y, con suerte, de mesero en los restaurantes que había en la orilla del pueblo antes de que llegara el progreso en la región con la Autopista del Sol.
De manera que, sin remedio, estudió los cuatro años de la normal en la escuela de la ciudad donde formaban a los futuros maestros “que irían a sembrar la semilla del conocimiento en las escuelas de México”, como se oyó en alguna ocasión en un discurso de clausura de cursos.
Al terminar, y esperar a que les asignaran su lugar de adscripción, Manuel y otros cuatro compañeros que recorrían las oficinas de la SEP, llenos de ansiedad y con las escasas monedas en los bolsillos que les permitían, al menos, “echarse” unos tacos entre pecho y espalda, para engañar “la tripa”, se ilusionaban con llegar a la comunidad donde trabajarían su primer año en la docencia, sin imaginar que a él le aguardaba un tiburón llorón llamado “destino”.
Su asignación fue de lo esperado. Un pueblo de la región de Costa grande del estado fue su suerte en esta lotería del magisterio.
Fue ahí donde conoció a Rebeca. La vio en el centro de esa comunidad rústica de Guerrero, el domingo que llegó, cargando su maleta con sus escasas pertenencias, para instalarse y acomodarse en el pequeño cuarto que le facilitaron en una casa cercana a la escuela. La vio sentada en una gran piedra junto a la puerta de una de las casas de adobe y techo de teja. Ella: Rebeca, con dieciséis años sobre un cuerpo que aparentaba veinte; morena, alta, con largas trenzas y sonrisa provocativa, al ver a Manuel le envió una mirada acompañada de un cofre de promesas que él interpretó como de amor pero también de deseo y de desvelo.
“Si el gobierno hace como que me paga, yo hago como que trabajo.” Fue la primera frase que Manuel escuchó al día siguiente, al presentarse a sus labores, y le hizo abrir los ojos para despertar a la realidad de la irresponsabilidad de varios colegas suyos que con actitudes mezquinas defraudaban el compromiso contraído con la sociedad y menospreciaban las propuestas pedagógicas que se ofrecían por medio de los materiales de apoyo para los mentores.
“Al pueblo que fueres…”, pensó él para no entrar en conflicto con sus autoridades y con sus compañeros del centro de trabajo de la ranchería donde le asignaron su lugar de adscripción para atender un grupo de sexto grado con apenas siete alumnos: cuatro mujeres y tres hombres.
Ahí la volvió a ver. Rebeca era una de sus cuatro alumnas. El asombro se mezcló con la emoción y esto no le permitió advertir la jugada que el destino le tenía preparada.
Con el paso de los días, el maestro Manuel se olvidó de su apostolado y dedicaba las mejores atenciones a quien le atrapó con aquel arañazo que le regaló a su llegada al pueblo.
Ella, consciente del dominio que ejercía sobre la débil voluntad de su maestro, se acercaba a su mesa de trabajo para inclinarse y mostrarle sus prominentes pechos que parecían volcanes a punto de hacer erupción sobre la nariz del pobre de Manuel.
Se acercaban los enormes “puentes” que desde entonces el magisterio del estado construía para no trabajar, con el pretexto del 1°, 5 y diez de mayo, una quincena de este mes, sumando la celebrada semana “del maestro”. Manuel avisó esto a sus alumnos y Rebeca, sin soportar más los calores que su juventud le hacían despertarse a media noche gritando, entre lamentos, el nombre de su maestro, le propuso, con la ingenuidad de su adolescencia, que la llevara con él a su ciudad natal; “no aguantaría tantos días sin verte”, le dijo.
Viajaban ligeros: con la mochila de ella y una pequeña maleta de él sobre el lomo de una mula, pero antes de cruzar el río los alcanzó Francisco, el hermano mayor de Rebeca, machete en mano, retando a Manuel y reclamándole el ultraje que pretendía hacer a su familia.
Las razones no importaron, ni las explicaciones de amor de Rebeca pudieron convencer al furioso Francisco quien de un tajo cortó la yugular de un indefenso Manuel que hasta ese momento, mientras escurría un hilo de sangre entre su pecho y su camisa, comprendió que más le hubiera valido quedarse a seguir cosechando el tomate de cáscara que tenía fama en su pueblo, a seguir el sueño de ser “aunque sea maestro”.


domingo, mayo 09, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

CARTA A MI “MADRE”
José I. Delgado Bahena
¿Sabes?, quisiera comenzar con las frases de siempre, con las que cualquier hijo honraría la imagen que lo acompaña desde el nacimiento; empezar, esta carta, diciendo, por ejemplo: “Te saludo, madre mía, en este hermoso día…” y terminar con “¡bendita seas!”
¡Cuántas cosas te podría decir eligiendo las mejores palabras, las que tuvieran mejor ritmo y formar para ti el mejor poema! Alondra, gota de lluvia fresca, mirada de Dios, luz de ángel, manos divinas, frente de cristal, benditos pechos, fuente de amor, estrella bienhechora…
Todo eso y más podría decirte ahora cuando se acerca esta fecha en que toda la gente se dispone a coronar con bellas flores la frente del ser más adorado de todos los hogares, la sonrisa que es paz para muchos hombres, y plenitud, sabiduría, refugio y fortaleza; pero, ¿sabes?, no puedo hacerlo, aunque quisiera, de verdad, no puedo hacerlo…
Hace años, madre, te busqué, te necesité, te extrañé y, en silencio, te amé. Amé, sí, a cinco letras formando una palabra que no significaba nada, amé tu sombra, tu nombre ajeno, la llaga que fue siempre, para mí, tu ausencia; amé la borrosa huella de tus pasos cuando anduve, siendo niño, por los caminos podridos de la vida, consumiendo monstruosas sustancias adictivas, y corrompiéndome el alma con aficiones perniciosas en las que derroché mis sueños infantiles; te amé en el sabor amargo de mis días sin un mendrugo, mendigando en las veredas escondidas de mi destino –y el tuyo− la respuesta a tu abandono que de niño no encontraba.
Después la supe, “madre”, tus urgencias del calor de hombre te hicieron abandonarnos, a mis hermanas y a mí, al lado de una abuela que no cuida ni sus callos. Te fuiste, como perra, detrás del macho (y creo que ni las perras hacen eso) sin pensar en la fragilidad de nuestras mentes, de nuestras almas y de nuestros cuerpos. Nos dejaste… ¿y qué esperabas después de quince años?
Mis hermanas –hasta lo que supe− adolescentes aún, son flores del jardín de una casa de citas donde por unos billetes cualquier hombre las deshoja y les siembra rencores de por vida. También ellas, “madre”, recogieron las migajas que la vida les dio en su niñez y crecieron sin el regocijo de un regazo cálido donde saciar la sed de madre que nos dejaste con tu abandono.
¿Y yo, para qué te cuento? Crecí entre la bruma de un futuro incierto. Aceptando todo y disfrutando nada, malgastando las energías de mi precoz actividad sexual haciendo favores a señores sin escrúpulos que manipulaban mi adicción a las drogas que a mis trece abriles me derretían el cerebro.
Hoy, a mis veintidós años, apenas en la puerta del reclusorio donde pasé siete penosos años de mi vida por encontrarme relacionado con malvivientes, como yo, que no encontraron otra salida, ni otra entrada, a su destino que el camino fácil de una vida difícil; hoy, en el umbral –de nuevo− de la incertidumbre por no saber qué hacer, a quién buscar, a quién maldecir, contra quién pelear, sólo me queda un reto: encontrarte, “madre”, para entregarte esta carta en la que hubiera querido insertar trozos de algún libro de poesía que leía estando interno y que disimulaba ante mis compañeros de celda y los malditos custodios que todo confiscan, y luego pedirle al profe Jesús para que revisara mi ortografía, como hacía con mis trabajos.
Pero no, “madre”, para ti fue fácil tenernos sin padre y después (peor aún) dejarnos sin madre. No puedo decirte que te quiero mucho y que “Dios te bendiga”. Sólo déjame decirle a la sombra que siempre has sido, que pensaré en ti para maldecirte a cada instante hasta el día en que el maldito Sida que me contagiaron en el reclu acabe conmigo, y este diez de mayo brindaré para que tu vida se pudra en la ansiedad del abandono con la misma intensidad del infierno en que crecimos mis hermanas y yo.
¡Salud, “madre”!

domingo, mayo 02, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“BENDITA TU LUZ”
José I. Delgado Bahena


Esta es la historia de Damián.
Desde pequeño quiso ser rockero, tener su banda y tocar en un antro donde todo el mundo coreara sus canciones. Por eso, motivado por ese sueño, iba todas las tardes al local de Armanrock, el ícono de este género musical de Iguala, a ver ensayar a los grupos que ahí se formaban, y a la sombra de Armando Dorantes, quien, disimulando la hoguera de la música con los rótulos que le mandaban hacer para eventos o negocios, apoyaba a los jóvenes que tenían estas inquietudes.
Ya adolescente, Damián, quien tocaba muy bien la guitarra eléctrica, se aventuró e invitó a otros amigos de la secundaria a que fueran a practicar con los instrumentos que Armando les prestaba, y así, chupando la esencia de los ritmos de Joplin, Morrison, Hendrix y Lenon que Armanrock les compartía, integraron un grupo sin nombre que tocaba sólo ahí, rodeados de rótulos, las rolas de moda.
Una tarde, después de dos años de practicar de frente al sol, llegó Aline, con sus diecisiete años salpicando sus blancas mejillas e iluminando su rubio cabello, como una aparición, estremeciendo con su presencia la sensibilidad de Manuel, Avelino, Abel y, por supuesto, de Damián, que en ese momento ensayaban la canción “Bendita tu luz”, de Maná.
−¿Me dejan tocar la batería?−solicitó con una sonrisa que fue como la luz de la rola que entonaban.
−¡Claro! –respondió Damián sin titubeos y haciendo una señal a Avelino para que dejara la batería a disposición de Aline.
A partir de entonces, el grupo, al que llamaron “Mar y Sol”, creció y comenzó a tener solicitudes de presentaciones en diversas tocadas donde el mayor atractivo era ver a una mujer tocando la batería.
Siete meses de tan cercana convivencia hizo que una tarde explotaran las miradas y la piel se encendiera en una llama con la chispa del roce de las manos de Aline y Damián.
−Me gustas –dijo ella.
−Tú también me gustas –correspondió él.
Desde esa tarde, cualquier lugar y momento eran propicios para la entrega de las almas a través de la fusión de sus cuerpos que daba salida a sus impulsos sexuales.
Era la gloria, el paraíso, el sol en invierno y la brisa fresca en verano, hasta que, una mañana de un sábado cualquiera, mientras esperaban a que Aline se incorporara a los ensayos, llegó un mensaje de ella al celular de Damián:
“Perdón, me tengo que ir, ya no seguiré con el grupo” decía el mensaje.
“¿Por qué?” Preguntó él.
“Mis padres me llevan a Puebla, donde estudiaré música, cuídate.”
“¿Y yo, qué haré?, inquirió él con una angustia que no pudo reflejar en las cuatro palabras.
El silencio fue la única respuesta de Aline.
Pasaron otros diecisiete años en la vida de Damián. Estaba por cumplir los treinta y cuatro cuando, en un bar de la ciudad, donde él se presentaba en compañía de otro grupo de amigos que le dejaron integrarse a la banda para poder desahogar la frustración por la desaparición de Aline, y tocaban, todas las noches, aquella canción de Maná: “Bendita tu luz”, que atrajo la presencia luminosa de la baterista estrella de su grupo juvenil; ocurrió que, desde una mesa cercana donde seis jóvenes departían entre risas y frente a un tarro de cerveza, se desprendió una hermosa cabellera rubia que deslumbró la mirada de Damián. Como si la invocara, la joven adolescente, dueña de la cabellera, se acercó al grupo y preguntó:
−¿Me dejan tocar la batería?
Como aquella vez, él hizo el movimiento de cabeza al baterista de la banda para que le dejara su lugar.
−¿Cuál quieres tocar? –le dijeron.
−“Bendita tu luz”, de Maná –respondió ella.
Al terminar la canción, Damián la detuvo.
−¿Cómo te llamas? –le preguntó.
−Marisol. Soy de Puebla −agregó−, pero mi madre era de aquí y leí en su diario que de joven tocaba la batería, por eso me empeñé en aprender a tocarla; mi padre tocaba la guitarra pero no lo conocí.
–¿Y tu madre? –preguntó un ansioso Damián que sintió cómo transcurría un siglo en los dos segundos que tardó en contestar Marisol.
−Murió cuando yo nací −concluyó la joven, bajando a reunirse con sus amigos y dejando un beso en la mejilla de Damián.

lunes, abril 26, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“SÓLO FALTA QUE LA PINCHE PERRA NO ME QUIERA”

José I. Delgado Bahena

Cuando Tenoch despertó, presintió que sería un día malo, pero no perdió de vista su propósito de realizar su proyecto ninimia, para observar parajes silvestres mientras realizara su caminata en compañía de unos amigos.
Muy temprano, y a bordo de su “gabacha”, se dirigió hacia Atmolonga −ese balneario natural del que tanto presume, por ser orgullosamente coatepense−, donde quedó de verse con Enrique y sus amigos de motocross. Después del encuentro y la presentación, decidieron partir juntos, rumbo al lugar que habían elegido para la expedición hacia el peñasco; pero, al tomar el tramo de terracería se encontró con una novedad: tenía que pagar veinte pesos para poder dejar su camioneta cerca del balneario. Quiso llamar, por medio de su cel MM, al administrador, pero se dio cuenta de que no había señal y a pesar de insistirles de que era paisano suyo, los encargados no lograron entender y se la hicieron efectiva.
Tenoch pagó la cuota y los amigos iniciaron la marcha tomando la vereda que conduce a Huey Xite, en el peñasco. Después de la cansada caminata, por el ascenso constante del camino, arribaron al punto indicado por el médico Epifanio, vecino de Tonalapa, donde, según él, encontrarían una caverna. Aún tuvieron que escalar diez metros de piedra en la búsqueda, sin encontrarla; los demás decidieron sentarse a descansar, pero Tenoch se atrevió a continuar, solo, tratando de llegar a Xite Tetetzi. Cuando pasó por las partes de otateras, percibió algo, como una energía que le impedía el paso y sintió que le tiraban del cinturón. Empleando gran fuerza, logró salir de esa área pero cayó por un barranco que le hizo deslizarse hacia abajo, a través de la abundante maleza y así: rodando, finalmente llegó al camino real.
Medio magullado, por los golpes con las ramas de los arbustos, buscó otra vereda para reunirse con el resto del equipo pero se dio cuenta de que ya no traía consigo su cel MM; subió nuevamente por la barranca en busca de tan apreciado aparato sin lograr encontrarlo; la tristeza le invadió, después se convirtió en coraje, “y todo por realizar el proyecto ninimia −pensó−, ahora tengo que encontrar la entrada de la caverna y además a mi querido MM”.
La desesperación, el hambre y la sed le hacen bajar a Atmolonga a reunirse con sus amigos. Después del desayuno, el equipo de motocross quiere recorrer la antigua carretera para Teloloapan, Tenoch decide acompañarlos y se trepa con Enrique, en su moto. En el trayecto piensa: “estos güeyes corren como locos”, pero recuerda el chiste de la paisanita que dice: “ora sí, échamelo el resto”.
Al regresar, se separó, en Tonalapa, de sus amigos de motocross y se dirigió al balneario de Atmolonga, donde había dejado su “gabacha”, para echarse un buen baño; ahí se encontró con un grupo de amigos y conocidos festejando el cumpleaños de la guapa Cinthya; ellos le invitan un taco de la comida que habían llevado y se da una enchilada de las buenas con un guisado de chicharrón, pero en la mesa coincidió con su amigo Edmundo, que estaba acompañado de Elba, su esposa, quienes le proponen una serie de cosas para mejorar el proyecto ecoturístico del lugar. Más tarde convive con Ulil y Olina, a quienes les platica sobre la travesía ninimia, se emocionan sobre el tema, le dicen que les agrada la idea y que tienen la intención de conocer los lugares indicados.
Por la noche, de regreso hacia Iguala, al pasar por Ahuehuepan, intentó rebasar una camioneta azul, pero al tiempo que aceleraba, el otro conductor también lo hacía y pensó: “es un juego de pinches chamacos briagos” pero esto le produjo un intenso dolor de cabeza.
Llegando a Iguala, se detuvo para cenar una quesadilla en el puesto de la esquina de su casa; estacionó su “gabacha”, se bajó y ordenó su alimento; en ese momento pasó un borracho encuerado, con machete en mano, haciendo la finta de pegarle un machetazo a su camioneta, no le dio mayor importancia y pensó, más que nada, en su cel MM, que perdió durante la travesía.
Los ladridos de una perra de manchas negras, atada a un limonero, le interrumpieron sus pensamientos y agredieron su dolor de cabeza. Al fin, reflexionando en todo lo que le pasó durante el día, exclama con un grito que asombró a la señora que ya le extendía el plato con su quesadilla: “¡sólo falta que la pinche perra no me quiera!”
Agradezco el apoyo de mi amigo
Edmundo Delgado
para escribir este texto.

viernes, abril 16, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

ALFREDO SABE
José I. Delgado Bahena

Recuerdo, hace muchos años, cuando descubrí la palabra perverso, y la compartí con mi primo Alfredo, no sabíamos que tiene que ver con la anomalía del carácter que induce al sujeto, generalmente enfermo, a perjudicar voluntariamente a los demás por impulsos antisociales; ni que el niño perverso es cruel, mentiroso, indisciplinado, etc, o que el joven perverso es aquel que procura satisfacer sus deseos sin el menor respeto a los demás, en conclusión, pues, que el perverso no tiene freno moral.
Entonces, recapacitando, creo que en algún momento de nuestras vidas, todos hemos tenido en nuestra personalidad cierto nivel de perversión; porque con nuestras acciones, en silencio o en voz alta, se extorsiona la tranquilidad, se erosiona la libertad de aquellos que subsisten en territorios dominados por estos sentimientos.
En aquella época de nuestra niñez, cuando compartimos tantas aventuras y anhelos con Alfredo, también nos involucramos juntos en situaciones tan placenteras como riesgosas, y disfrutamos, por ejemplo, cuando ahogamos, en el agua de la barranca, los cuatro gatitos que había criado seis días antes la gata gris de doña Lupe. Y todavía se los llevamos a la pobre señora, dos cada uno, colgando del rabo, diciéndole: “mire, doña, creo que son sus gatitos, estaban en la orilla del agua, bien mojados”. La señora se preocupó mucho, los recibió sobre su delantal, los envolvió con él y los puso en una caja de madera que usaba para llevar su carga de tomate a la vendimia del mercado. Dijo, casi con lágrimas en los ojos –pues, ¿dónde más, verdad?−, que al rato los iba a enterrar y todavía nos dio dos pesos para unos dulces.
Luego, cuando teníamos trece años de edad, él me contó que dos días antes, su papá, o sea mi tío, quitó la corriente eléctrica para arreglar una conexión para su máquina, en su taller de sastre que tenía en casa. Alfredo lo vio, por la ventana, cortando el cable con sus dientes. Fue a la cocina y encontró preocupada a su mamá porque la licuadora no funcionaba; él le dijo que vio que el interruptor estaba abajo y le preguntó si lo subía. Mi tía lo autorizó y él, aún verificando que mi tío seguía mordiendo los cables, se dirigió hacia la instalación para subir la palanquita. “Desde luego –me dijo entre risas−, mi papá recibió tal descarga eléctrica que lo tuvieron que llevar de emergencia al médico”.
Así como esas, y muchas otras maldades que hicimos de niños, también de jóvenes las planeábamos y hasta intercambiábamos a las novias, sin que ellas lo supieran, claro.
De él fue la idea.
−Mira, Rupe –así me decían todos en el pueblo, porque mi nombre es Ruperto−, al rato, en la fiesta, voy a terminar con la Manuela y me voy un rato; entonces, la invitas a bailar y te le declaras, como va a estar dolida, te aceptará. Luego, regreso y finjo que te la hago de tos, pero ya con eso se quedará pensando que fue la culpable de que termináramos.
Así lo hicimos en varias ocasiones, a veces con sus novias y a veces con las mías, hasta que crecimos y nos fuimos cada quien por nuestro lado a seguir nuestras vidas.
Él se fue a la Ciudad de México a estudiar derecho en la UNAM, yo no pude entrar, por lo que estudié medicina en Acapulco.
Ahora nos hemos vuelto a juntar en el pueblo para contarnos nuestras aventuras. Las de él no las puedo decir porque mucha gente lo demandaría por todas las tranzas que ha hecho en su trabajo de abogado; y yo, sólo pequeñas bromas que les he hecho a mis pacientes recetándoles medicamentos que en vez de aliviarlos les empeora la salud, pero no los mata, o les he recetado Cialis, una sustancia que mejora tu rendimiento sexual, y han regresado muy felices diciendo que quieren más de ese medicamento.
Hasta ahora, que nos hemos reencontrado, Alfredo y yo, supimos que desde niños somos unos perversos; pero entonces teníamos la ingenuidad y la felicidad del que no sabe que no sabe, así que seguimos disfrutando del placer de la perversión, en la actualidad, con la incertidumbre del que sabe que sabe.
Escríbeme a:jose_delgado9@hotmail.com

sábado, abril 10, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

LOLA
José I. Delgado Bahena

Era muy hermosa. Aunque morena, tenía lo suyo bien puesto y con las proporciones precisas. La conocí cuando aún no me corrían de mi trabajo como distribuidor de golosinas. En aquel entonces, iba todos los sábados a la Curva, a emborracharme con Juan, mi compañero que me enseñó las mañas para robarles a los tenderos de los pueblos.
Era la mejor bailarina del “Encanto”. Siempre la anunciaban como: “¡Directamente desde el puerto de Acapulco, la sensacional, la exuberante, la intrépida… Lolaaaaaa, la grande!
Y, sinceramente, era todo eso: alta, exuberante, sensacional e intrépida. Después de bailar dos piezas dando vueltas por el enorme cuadrado de la pista del lugar, mostrando sus atributos, cubiertos por sencillas prendas que transparentaban casi todo, y con la canción de “Toda la vida”, entonada por Emmanuel, subía por los siete metros del tubo, descubriendo, al ritmo de la música, cada uno de los encantos que Dios le dio. Cuando llegaba a lo más alto, se quitaba, por último, la tanguita negra con la que disimulaba su parte más íntima y la arrojaba hacia una de las mesas. Después, giraba sobre su desnudo cuerpo para colocar la cabeza hacia abajo y, sostenida solamente con la presión que sus gruesos muslos ejercían sobre el tubo, se deslizaba hacia el cemento de la pista. Antes de llegar, soltaba las piernas y nuevamente giraba para caer sobre el piso con los pies abiertos y su cabeza inclinada hacia adelante cubriendo, con su negra cabellera, la intimidad de su erotismo.
La verdad, los aplausos que recibía eran bien merecidos.
En la Curva, muchos se la pasaban deambulando por los demás antros, tomándose una cerveza aquí, otra allá, haciendo tiempo, y cuando oían que daban la primera llamada para el show de Lola, iban a recrear su pupila y sus emociones con el espectáculo de la falsa acapulqueña que, todos sabíamos, era de un pueblo cercano a la ciudad.
Una noche tuve la suerte de que su tanguita cayera sobre nuestra mesa y que se la ganara a Juan. Cuando fue a recuperarla, me levanté para dársela y, junto con un beso en la mejilla, deslicé en su oído derecho la súplica de que volviera con nosotros en cuanto se bañara. No contestó, se limitó a sonreír, pero la luz de sus grandes ojos negros fue una promesa que cumplió a los diez minutos de que me dejara con una temblorina que no terminó hasta que me bañé, llegando a casa, para quitarme el aroma del perfume que me impregnó con su cercanía. Y más valía, porque mi vieja estaba embarazada y se le había incrementado su sexto sentido y el olfato.
Con el paso de los días, Lola me fue tomando confianza y una noche hasta lloró en mi hombro al contarme sus desventuras. Me dijo que ella y sus otras dos hermanas, que trabajaban allí mismo, pero en otros antros, habían tomado ese camino orilladas por su madre que las puso a “fichar” en una cantina del pueblo.
Realmente estaba muy dolida y decepcionada de la vida. Más cuando me dijo que en su pueblo eran una bola de hipócritas, que se la pasaban criticando a su familia sólo porque ella y sus hermanas trabajaban de “sexoservidoras” y que su hermanos Silvia y Pepe, los más chicos, habían tenido relaciones sexuales, de las que nació un hijo, producto de las desgracias que sembró el cometa que llegó por esos días.
Hubiera querido pagarle todas las piezas que tenía que bailar para sacar lo de sus gastos. Pero cobraban a cinco pesos cada cumbia y yo sólo llevaba lo que ganaba extra como árbitro de futbol en la unidad deportiva. Para llevar un poco más de dinero, tuve que aceptar los sobornos que los dueños de los equipos me mandaban para que no reportara a sus expulsados o para hacerme de la vista gorda con los jugadores que se presentaban con otros registros a jugar como veteranos.
Cuando me corrieron de la chamba dejé de ir a la Curva. Sólo ganaba lo que sacaba de árbitro y la Zenaida, mi vieja, estaba por parir a nuestro primer chamaco.
Este Sábado de Gloria, por terminar la Semana Santa, mi vieja y mi hijo se fueron a pasear con mis suegros y como los pinches viejos ni me quieren, y con el pretexto de que tenía que arbitrar, los dejé ir solos. Después, me quedé a tomarme unas cervezas en la Unidad, con los compañeros del colegio.
Con unas chelas encima, tomé un taxi y me fui derechito al “Encanto”. Inmediatamente pregunté al mesero por ella. No me contestó, me mandó a Perla, su mejor amiga. Llegó, se sentó, sacó el chicle de su boca y lo puso en el cenicero.
−¡Pinche Martín! –me dijo, casi llorando−, ¿por qué no estuviste aquí? Lola te amaba, cabrón, y se empedaba todos los días, nomás chillando por ti, creyendo que tú no venías porque la despreciabas también, por su trabajo.
−¿Dónde está? –le interrumpí−, dile que venga.
−No güey –contestó, recuperando su chicle y masticándolo con furia−, ya no está. El sábado pasado se subió bien peda al tubo y se accidentó: se cayó desde arriba y se rompió la nuca. Cuando llegó la ambulancia ya estaba muerta. Se fue, güey, se fue bien dolida porque ya no venías.
Después no supe qué pasó. Seguí tomando y al siguiente día desperté en mi casa con la Zenaida bien encabronada y yo con una tremenda cruda moral por no haberme despedido de Lola, la mejor bailarina que hubo en el “Encanto”.
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jose_delgado9@hotmail.com

viernes, abril 02, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS
José I. Delgado Bahena
VIERNES SANTO
Felipe despertó sobresaltado y sudoroso. Había tenido una pesadilla. Tenía la encomienda de representar, ese Viernes Santo, a Jesús en la escenificación que año con año se realiza en el pueblo, y en su sueño se vio en lo alto de la cruz con una dolorosa y verdadera herida en su costado, a la altura del corazón.
En la imagen, que recordó en cuanto despertó, Martha, su mujer, esperaba a que bajaran su cuerpo semidesnudo para cubrirlo con una manta que la madre mayor de la iglesia le prestara. Además, vio, junto a Martha, a Ramón, su compadre, personificando al soldado romano que, en su sueño, le había clavado la punta de su lanza en esa parte extrema y vital que le hizo perder el sentido en la cruz.
“Este año lo haré más real”, le había dicho a Martha la noche anterior. Le he pedido al mayordomo que consiga clavos de acero para que me perforen las palmas de las manos y a la corona le dejarán las espinas para que me sangre la frente.
“Estás loco, mejor ya duérmete”, le dijo la mujer dándole la espalda dispuesta a dormir.
“Estaré loco, pero nada me encantaría más que morir como lo hizo nuestro señor”, dijo aún Felipe.
En cuanto se levantó, sin buscar algo qué comer, por estar en ayuno, se dirigió en busca de su compadre Ramón.
“Compa: haz como si fuera real –le dijo−, dame un piquetito, nomás pa’ que sangre.”
“Sí, compadre, como quieras”, le contestó Ramón.
De la casa de su compadre se dirigió a la Iglesia en busca de Gregorio, el mayordomo, para asegurarse de que habían conseguido los clavos.
“Sí, amigo −le dijo el mayordomo−, aquí están, los trajo Adrián.”
Regresó a su casa en la que vivía con su mujer desde hacía tres años, cuando decidió llevársela a escondidas de los hermanos que no lo querían, ni aceptaban aún, como cuñado.
En el camino se encontró con Jorge, su vecino, que con una risita burlona le preguntó: “¿cuándo vas a tener un hijo?”.
“Cuando se me antoje…”, le contestó enfadado.
“No te enojes, mejor apúrate, no sea que alguien quiera ayudarte”, le advirtió el vecino.
“Vete a la chingada, mejor ya vete porque me vas a hacer pecar y no quiero confesarme otra vez.”
“Bueno, yo nomás decía…”, volvió a sonreír el hombre.
Llegando a su casa, buscó la túnica que había mandado a hacer con la costurera del pueblo y la guardó en una bolsa. Martha, su mujer, no se encontraba ahí y supuso que se había adelantado hacia la iglesia.
La escenificación transcurrió como era esperada. La solemnidad de los fieles no les permitió observar que el líquido rojo que escurría de la frente de Jesús (Felipe) era realmente sangre, por las espinas de la corona que habían hecho con una rama de huizache.
El recorrido por las calles del pueblo, con las tres caídas incluidas, estuvo lleno de dramatismo y fervor, aunque también de algarabía por parte de los muchachos que aprovechan el acto para encontrarse con la novia y acompañarla en su penitencia de los pies descalzos.
El momento cumbre de la crucifixión llegó y, tal como lo había pedido, los clavos atravesaron los cartílagos de Felipe quien, en un acto heroico, contuvo el doloroso quejido que estuvo a punto de expandirse entre los espectadores.
Levantaron la cruz y Ramón, el soldado romano, dirigió la lanza hacia el costado izquierdo de su compadre. Lo hizo con tanta fuerza, para tratar de hacerlo más real, que el pico cruzó la segunda costilla y con un doble empujón que Ramón le dio, tocó una parte del corazón de Felipe, lo suficiente para, ahora sí, arrancarle el más doloroso de los lamentos y hacerle perder el sentido.
Cuando lo bajaron de la cruz, ya se le había escapado la vida por aquel orificio que su compadre, después de regalarle una prometedora sonrisa a Martha, le abrió a Felipe en aquel Viernes Santo que él quiso regalarle a su pueblo la más real de las representaciones de la crucifixión de Jesús.

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miércoles, marzo 24, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS
“LA CULPA ES DEL COMETA”
José I. Delgado Bahena
En total fuimos cinco hermanos, y yo fui el último. Antes de mí habían llegado: Lola, Lupe, Lidia y Silvia –puras viejas− a robarse el oxígeno de la única habitación que era nuestra casa; por eso, cuando nací, Malaquías −que era mi padre− se sintió orgulloso y mandó traer la banda de don Bico, compró diez cartones de cerveza e hizo una fiesta que duró cuatro días.
Había sólo un año de diferencia entre cada hermano, pero Silvia y yo, por ser los más chicos, siempre tuvimos mayor comunicación y mejor convivencia. Lola, Lupe y Lidia preferían andar juntas, aparte, porque ya eran las “señoritas” e iban a la secundaria, en la ciudad, mientras que Silvia y yo aún estábamos en la escuela primaria, en el pueblo.
Pero, ¿por qué les cuento estos pormenores? Ah, porque desde que murió Malaquías, Marina –que es mi madre− se tuvo su responsabilidad como padre y madre, sin remedio, y por estar siempre trabajando, descuidó a las “eles” –así les decíamos en la familia a Lola, Lupe y Lidia, por obvias razones− y éstas terminaron por ejercer, el único oficio que les enseñó la vida, en el centro cultural “Los chocolines” acompañando en las mesas a los señores gordos que querían olvidarse de la bruja que tenían en casa, y bailando cumbias con los chamacos que se escapaban del Tec o de la UT, y preferían juntar sus veinte pesos para bailar cuatro piezas de cinco pesitos cada una, que quedarse a dormir en los salones de clases.
Al principio, Marina las iba a traer a puro chanclazo, pero más tardaban en cruzar la corriente de agua de la barranca, para llegar a la casa, que regresar, todas pintarrajeadas y perfumadas, a darle gusto a la vida.
“Un día de estos mejor voy a poner un burdel –decía Marina medio encabronada, medio decepcionada y medio convencida−”, y casi se le hace porque puso una cantina que la alejó también de mí y de Silvia; para ese entonces ya estudiábamos en la Normal para ser “aunque sea maestros”, nos dijo nuestra madre.
Lo malo fue que un domingo por la tarde, después de jugar la final de futbol del torneo de verano que se organizaba en el pueblo, nos pusimos una “santa peda” todos los de equipo, porque el rival nos ganó apenas por un autogol que metió nuestro defensa estrella, que era yo. Mandamos a comprar tres cartones de cervezas, nos quedamos en el campo de juego, “a chupar”, y nos fuimos ya oscureciendo.
Esa noche había llegado el cometa, y nosotros, los cuates del barrio y yo, que habíamos perdido en el fut, como íbamos bien “briagobertos”, al cruzar la barranca, por la hamaca, y por voltear a ver al gran lucero con su cola luminosa, perdimos el equilibrio y casi todos nos desparramamos por los catorce metros de aire que había hasta las piedras del arroyo.
Como pudimos, descalabrados y raspados, cada quien se fue a su casa. Al llegar a la mía, sólo se encontraba Silvia quien al verme ensangrentado y todavía un poco borracho, se asustó, pero enseguida comenzó a limpiarme la sangre con un trapo húmedo. Me dijo que me quitara los zapatos de futbol, que aún llevaba puestos, porque estaban llenos de lodo, y ella misma me quitó la playera, con su número cuatro en la espalda.
Con mucho cuidado me limpió el cuello, el pecho, los hombros y las orejas. Cuando me limpiaba las piernas se me quitó la briaga porque dejaba caer sus enormes pechos dieciochoañeros sobre mi nariz y comencé a sentir calientito en el estómago. Entonces le quité el trapo y le dije: “mira ya te ensucié”. Comencé a limpiarle los brazos, la cara, los pechos…
Lo demás, pues ya se imaginan, ¿no? Nos besamos y nos abrazamos, nos enredamos las piernas y nos quemamos en el primer infierno de la pasión que no pudimos controlar y que seguimos atizando cada vez que estábamos solos, hasta que se le interrumpió la regla.
Después tuvimos que enfrentar a Marina con su descarga de culpas y sus reproches, sus amenazas y sus profecías. Desde luego, esperábamos al niño con cola de cochino –quién sabe quién nos dijo eso− y sobre nosotros todas las maldiciones de la estirpe humana.
No pasó nada. El niño está bien. Ya tiene un año y Silvia y yo somos sus padres y sus tíos al mismo tiempo. Ella, por supuesto, dejó la escuela y anda de novia con un soldado que conoció en la cantina de Marina. Dice que se van a casar. Yo también me salí de la Normal y trabajo de chofer en un camión de Huitzuco.
Lo de aquella vez, y las veces que siguieron, no fue culpa nuestra, fue del cometa que siempre viene con muchas desgracias arrastrando en su brillante cola.
Escríbeme a:

jose_delgado9@hotmail.com

sábado, marzo 20, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“USTED PERDONE”
José I. Delgado Bahena

“¡Maldita sea! −se quejaba Martín, sentado en una de las bancas del zócalo de la ciudad−, nunca debí hacerle caso a Juan cuando me dijo cómo hacerle para sacar más dinero de las ventas de los productos que nos dan en la empresa para vender en las misceláneas de los pueblitos.”
−No te preocupes gallo –me dijo por mi apodo−, en los pueblos hay pura gente ignorante; además, la mayoría son abuelos, gente ya grande que no saben ni contar.
−Pues sí –le dije con temor−, ¿pero si se dan cuenta y nos denuncian?
−No, no hacen nada. A lo mucho sospecharán, pero si lo hacemos bien, ni cuenta se darán. Mira −continuó−: el chiste es que les dejes el mismo número de productos, sólo que algunas bolsas sean de menor precio del que les cobres en la nota.
−Pues… no sé –le dije, todavía titubeando.
−No tengas miedo –insistió Juan−, todos lo hacen: ¡hasta los niños les roban a los de las tiendas!
“La verdad –reflexionó Martín, con la mirada perdida en el piso−, al principio me ponía nervioso y hubo en una ocasión en que una señora gorda, en Acayahualco, me pidió que vaciara las bolsas en su presencia y le contara los dulces. Ahí aprendí a tener aplomo, porque “reconocí” que me había “equivocado” y le cambié el producto que estaba utilizando para robarle.”
−Tenga cuidado, joven –me dijo−, de por sí se le gana bien poquito, y luego si usted se equivoca, voy a salir perdiendo.
−Sí, seño, no se preocupe –le contesté disimulando mis nervios con una pálida sonrisa, como el símbolo de la empresa en la que, hasta ayer, trabajaba; pero ella no sabía que ya habían sido muchas veces que había cooperado para las “chelas” de los sábados.
“Lo malo fue que, después de siete meses de trabajar en la misma ruta, y después de que los dueños de las tiendas hasta eran mis “amigos” y me decían: “aunque no me cuentes, Martín, nomás dime cuánto es”, me cambiaron a una ruta de la ciudad y ahí nos exigían una venta diaria, mínima, de tres mil pesos. Entonces tuve que ser más arriesgado, porque la gente está más a las vivas; pero ni así me detuve. Mi ambición era cada vez más grande y quería, como Juan, comprarme un carrito para pasear a la Zenaida, mi vieja con la que apenas el año pasado me casé.”
“Y bueno –continuó con sus pensamientos−, ahí está la fregadera, nunca falta un día que te levantas con el pie izquierdo y la traes bien chueca. ¿Cómo iba a imaginar que donde menos lo esperaba, se me fuera el tiro por la culata? Ya casi terminaba de acomodar los dulces en la tienda de don Luis, en Tomatal, un abuelo como de ochenta años a quien le estaba cobrando un producto de más de cien pesos y le había contado una bolsa de veinte; en eso llega uno de sus hijos y le pide la nota a su papá, ¡cuando estaba a punto de pagarme!, y me pregunta, justamente, por esas paletas que ni traía en la camioneta, tuve que decirle que me había equivocado de nota; por supuesto no se tragó mi excusa y me la hizo de tos, fui al carro por otra nota pero no lo pude convencer, me insultó y me amenazó con denunciarme. Se llevó las dos notas y, efectivamente, fue a la empresa a hablar con mi gerente de ventas.”
“Lo demás es fácil de suponer. Me corrieron, sin liquidación ni utilidades, justo cuando estaba a punto de tener mis primeras vacaciones. De veras que lo siento mucho, más ahora que está por llegar mi primer pollito a mi gallinero, porque la Zenaida está embarazada. Pero ni don Luis, ni su hijo, quisieron aceptar el “usted perdone” que en la empresa me obligaron a decirles en su tienda. Ojalá los demás compañeros tengan cuidado y no hagan estas tarugadas, o que se cuiden más para que no se vean, como yo, ahora, sin chamba, nomás viendo a las pinches ardillas que saltan de las ramas al barandal del kiosco.”
Escríbeme a:

jose_delgado9@hotmail.com

domingo, marzo 14, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

¡LA PURA FIESTA!
José I. Delgado Bahena

¡Huy, qué tiempos aquéllos! Bien que me acuerdo cuando se hacía el corral de toros en mi calmil, antes de que el Cuate donara su terreno para que hicieran un corral de cemento, con la promesa de que él y su familia venderían lo que quisieran ahí.
Para hacer el corral, todos los ejidatarios apoyábamos al comisario. Llevábamos los palos, los horcones, las reatas y órale: amárrale aquí, escárbale allá, apriétale bien fuerte para que no los vaya a tirar el toro cebú de los Deloya, que es bien bravo y saltador.
Bien que me acuerdo: en aquel entonces todavía teníamos toros, mansos, no tan bravos como los de Tepécoa, pero teníamos. ¡Claro!, los montadores eran los mismos jinetes del pueblo; los montaban con sus huaraches o con sus zapatos viejitos, no como “ora” que les pagan a los de afuera y vienen con sus espuelas que parecen ganchos. No. En aquel entonces tenías que apretar bien fuertes las piernas, si no, porrazo seguro, al suelo, a las piedras o al surco, porque el terreno era de siembra y quedaban algunos troncos de las milpas.
Siempre se llenaba el corral. La gente se subía a los palos y cuando se “repegaba” el toro, ahí estaban los gritos y los sustos, y cuando se saltaba el corral: la corredera. No, si esas corridas eran más emocionantes. Si resultaba algún herido, aunque fuera un borracho que se había metido a torear y a hacer payasadas, decíamos que habían estado buenos los toros, si no, no tenían chiste, no había comentarios.
Ah, pero la corrida esperada era la de los vecinos de Tuxpan; esos sí que eran re listos. El comisario siempre la dejaba para el domingo. Era, como quien dice, la estelar. Traían su mojiganga –así le decían a un muñeco− que le ponían a un toro o a una vaquilla en medio del ruedo, pero venía repleta de animales, iguanas sobre todo, y cuando el animal la embestía salían las iguanas y la corredera de muchachas con sus gritos y la de los hombres para atraparlas (que es muy sabroso el caldo de garrobo, más cuando estás crudo).
Y tenías que estar crudo al otro día de la corrida de los de Tuxpan, porque traían sus buenas garrafas de “toro”, una bebida que preparaban con una mezcla especial de muchos ingredientes −¡quién sabe qué tanto le ponían!−, y era obligación que te le pegaras al “toro” para corresponder a los tuxpeños. ¡Claro!, cuando llegaban era una fiesta: se les iba a encontrar por el camino con una comitiva de muchachas, que eran las madrinas, y ellas les colgaban collares de papel de china a los jinetes y a los caballos. Iba la banda de música y se les llevaba derechito al corral para que se jugara un toro en su honor, al que le llamábamos “toro de once”. De ahí, todos juntos, acompañados de la banda de don “Bico”, toque y toque, a la comida, en la casa del comisario, donde, con la cooperación de todo el pueblo, preparaban la cochinita para los visitantes.
Después de la comida, otra vez al corral, para jugar todos los toros. Los más bravos los traían aparte, en camioneta, y los amarraban por fuera del toril; los demás, todos amontonados, adentro, y ahora sí: ¡trépense a los palos, porque sale el primero!
No, si los toros de antes hacían el relajo desde que los sacaban al ruedo, más cuando eran cuernudotes, con sus cuernos que parecían los del penacho de “Pilatos”. Cuando salía el toro al ruedo, los de a caballo lo lazaban para tirarlo en el suelo, y ahí le ponían la reata en el cuerpo, para que se agarrara el montador. Entonces no les ponían corneras, como “ora”, salían así: a cuerno pelón. El montador tenía que echarle valor, además de sus buenos tragos de “toro” que ya traía en el estómago. Ya montado el jinete, hacían que se parara el toro y órale, a torearlo.
Mientras tanto, los que nomás éramos mirones, teníamos que estar echándonos las “frías” para completar el jolgorio, que sin trago no hay fiesta.
Así pasaba la tarde de fiesta. Había buenos montadores en el pueblo, pero el que me tocó ver, que de veras era cabrón, es el “Polegas”. Todavía vive, pero dios ya le tiene apartado un lugar por todas las emociones que nos dio con sus montas.
Cuando acababan de montar a los toros, se dejaba pasar un rato, mientras se iba la gente, y luego los soltaban por las calles para que se fueran derechito hacia Tuxpan, cuidados por sus dueños. Sólo se quedaban los muchachos de ese pueblo vecino para echarse unas bailadas en la noche, con las muchachas del aquí. Como iban todos “cerveceados”, no se fijaban si las muchachas tenían compromiso o no, iban y las sacaban a bailar y al rato ahí está la buena correteada que les ponían los novios: los encaminaban hasta la barranca, a puro piedrazo, para que se fueran rapidito a su pueblo y no se fueran a regresar, hasta el otro año, cuando volvieran a traernos sus toros.
Así era la fiesta de los toros del pueblo que se organizaba en honor de “Papá Chú”, por su segundo viernes de cuaresma. Era bonito todo, gratis, además; no como “ora” que por todo cobran y no se sabe qué hacen con el dinero que recaudan. “Ora” todo es negocio, no como antes, que era ¡pura fiesta!
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sábado, febrero 20, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“ES MARTES Y PARECE VIERNES”
José I. Delgado Bahena

−¡Qué raro! —me dijo—, es martes y parece viernes. No sé por qué cuando cierro los ojos pensando en las personas que amo, los días se me revuelven y siento que un silencio me inunda de paz y se adueña de mi alma.
Sólo le dije: "Estás loca" y le di un beso. Entonces, desbotonó mi camisa, me quitó la camiseta, me bajó el pantalón, pero cuando todo se ponía más interesante, vio mi bóxer del conejo de la suerte y comenzó a reír sin parar, hasta llegar a las lágrimas.
No supe qué hacer, ni qué decir o pensar; sólo tomé el periódico del día y me senté a leer el "Manual para canallas". En ese momento me di cuenta de que no era martes ni parecía viernes: era jueves. Quizá por eso el tiempo estaba tan loco para todos, especialmente para ella.
Cuando terminó de reír me dijo que tenía que irse, ya que los domingos son días malos para andar por quién sabe qué caminos tan llenos de gente que mal haya la hora.
No dije nada, sólo le ofrecí una cerveza, de esas a las que llaman oscuras sólo por el envase, la aceptó, se la tomó de un trago, como buena bebedora, eructó y se fue.
Cuando cerré la puerta quité las mantas de los espejos, que ella había cubierto cuando llegó, y me tendí sobre mi cama que se había quedado anhelante, esperando disfrutar de la fiesta del día. Ella (mi cama) nunca supo que hay días en que los lunes parecen martes, o miércoles, no sé, y que más me valiera quedarme sentadito en el piso de la sala, tomándome un tequila y leyendo un buen poema de Bukowski.
Hay días, sin duda...


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jueves, febrero 11, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

QUEMÓ LAS FOTOS
José I. Delgado Bahena
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Daniel dibuja y escribe, relata su vida, deambula por las calles y sueña.
Hace poco, hará un año, tuvo un amor que le marcó su existencia. Él dice que es cosa del pasado, pero en un descuido confiesa que en su corazón aún ronda la sombra de los días vividos en la feliz compañía de unas manos cálidas y una boca ardiente.
Sabe que será muy difícil deshacerse del embrujo de los ojos que le hechizaron el alma, pero cree tener el remedio y dice que pronto podrá resolver este conflicto sentimental que le hace vagar por las calles, vendiendo sus dibujos y contando su historia para sobrevivir a la inutilidad de un amor no correspondido.
—Mira —me dice—, aquí tengo la solución.
Y me muestra su cartera con un brillo parpadeante en sus ojos.
No entiendo por qué lo hace, pero él sí. Le oigo murmurar y sólo alcanzo a descifrar algo como: "vicios" y "rencores".
Agrega que, para él, ser pareja de alguien es ser parejo en todo: en amor, fidelidad, buen trato, y hasta en los gastos, y sentencia con un tono de amargura que le raspa la garganta: “cuando esto falla no hay correspondencia y la balanza se inclina fácilmente a favor de quien vive, como parásito, a expensas de la relación”.
Hace frío. Con este pretexto enciende un cigarrillo y, en un arrebato, abre su cartera extrayendo dos fotografías de la persona a quien finge ya no querer y comienza a quemarlas. Una por una las convierte en cenizas. Alcanzo a descubrir algunos rasgos del cabello, de los ojos y la boca.
Vuelvo mi vista al rostro de Daniel y observo que, mientras me regala una falsa sonrisa, deja correr una lágrima de su ojo izquierdo que resbala por su mejilla y con su lengua la lleva a su boca.
—¿Sabes? —dice con voz temblorosa—, me duele, pero siento una liberación que me llena de vida y de fuerzas para salir del agujero en el que vivía con esta desilusión.
No comento nada. Sólo observo.
—Mira —agrega—: con esto sé que volveré a quererme otra vez y a recuperar mi dignidad que estaba extraviada. Porque, ¿cuántos hay, como yo, que se olvidan de sí mismos por consagrarse a la otra persona y no se dan cuenta de que sólo los utilizan para sentirse queridos, aceptados… y exigen las mil atenciones, pero con tanto egoísmo que les impide corresponder de la misma forma? Por eso, aunque ya había quemado las cartas —continuó, deteniendo su mirada en los restos de papel quemado que el viento mueve junto a sus zapatos— sabía que necesitaba hacer lo mismo con estas porquerías.
No contesté. Me limité a cerrar los ojos y, en una reacción de cobardía absoluta, cerré la conversación. Le pregunté sobre el costo de uno de sus dibujos, le pagué y me fui, dejándolo con un trozo de fotografía quemado jugueteando entre los dedos.
Nunca supo, porque no le dije, que no basta con quemar las fotos y las cartas, que eso ya lo hemos hecho los que nos dejamos esclavizar por un amor enfermizo, y que para liberarse realmente, es necesario quemar, además de todos los recuerdos, el corazón y el alma.

jueves, febrero 04, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

MANUAL PARA PERVERSOS
“SABÍA SU JUEGO”
José I. Delgado Bahena

“Te prometo que esta noche será inolvidable para ti y la recordarás por el resto de tu vida”, me dijo, la muy perra, entrecerrando los ojos y pasando la humedad de su lengua alrededor de sus labios.
Jamás imaginé que sus palabras se convertirían en una maldita profecía y que su sentencia se cumpliría en cada una de sus letras: “la recordarás por el resto de tu vida…” repitió sonriendo mientras se desnudaba y me miraba a los ojos con los negros rayos de los suyos.
Definitivamente, me dije en ese momento, esta hembra es la que estuve buscando siempre: perversa y frágil, santa y pecadora, hambrienta y plena.
¿Cuántas habían pasado por mi cama? El número es lo de menos. Todas aceptaban mi invitación a comer para “arreglar su asunto”, les decía. Todas, hasta ésta. Bueno, algunas se bañaron de dignidad y allá siguen, en sus pueblitos, por santas; otras buscaron otros medios y ya las veo por acá, por la ciudad.
Pero… ¿cómo comenzó todo? No sé, sólo sé que pronto terminará… Además, la culpa es de mi compadre que me dijo: “Te voy a hacer jefe y entonces sabrás lo que es tener viejas, montones de viejas compadrito…”
Y yo, de creído, a todas las que llegaban pidiendo apoyo les salía con la misma cantaleta de la comida. Hasta ésta, me acuerdo…
“Profe, por favor ayúdeme, necesito estar cerca de la ciudad para recibir atención médica”, me dijo casi llorando. Y bueno, todas hacen el drama y ponen cualquier pretexto para no estar en la comunidad donde se requieren sus servicios. Y aceptó, la perrísima, sabía su cuento, sabía el desenlace, el suyo, por eso aceptó.
“Te va a gustar tanto que me llevarás en la sangre por siempre”, repetía. Y yo, por la emoción, cerré los ojos y no vi la sombra que acompañó el tono de sus palabras.
Con razón insistió tanto, hasta que me convenció, en que no usáramos condón “para que los disfrutes más”, sentenció. Sabía su juego.
Todavía nos vimos un par de veces más, recuerdo, después de que le hice el trámite para su cambio de adscripción. Las dos veces en las mismas condiciones: buena comida, vino tinto, hotel de lujo, y sin condón… Sabía su juego.
Después, ya enganchado, la buscaba y se negaba; ponía mil pretextos, y el más usado, el que me hizo sospechar, era el de su salida a la capital, para sus citas médicas.
“Necesito estar cerca de la ciudad para recibir atención médica…”, me dijo cuando me visitó en la oficina. De manera que era cierto.
La dejé de buscar y le perdí la pista… hasta ayer, que me invitaron a su sepelio.
Murió, la desgraciada, y la noticia me quemó los intestinos: murió de ¡Sida!
Por eso, lo primero que hice hoy fue correr al laboratorio a realizarme la primera prueba del VIH. Hace un rato me dieron los resultados: positivos…
Tuvo razón: la recordaré hasta el último día de mi vida. No necesito más pruebas: sabía bien lo que hacía. Se la cobraré cuando nos encontremos en el infierno. La perra, sabía su juego, me contagió a propósito. No tengo dudas.
Ahora sólo me queda la desesperación y una duda: ¿cómo le digo a mi vieja para que ella también se haga el estudio?
jose_delgado9@hotmail.com
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