miércoles, enero 12, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

Algo sobre la muerte.



José I. Delgado Bahena


“¡Qué costumbre tan salvaje ésta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.
Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?
Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.
Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlo a un río?
Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.”
Quise comenzar con este poema del maestro chiapaneco Jame Sabines, para abordar el tema de la muerte en este texto en el que no pretendo contar una historia urbana ficticia, sino hablar de una realidad tan cierta como es la muerte.
Esta sentencia cruel que es lo único que se cumple con cabalidad de todos los augurios que se expresan en el momento de nuestro nacimiento.
La muerte… el más grande dilema del ser humano: ¿Qué hay después de ésta? ¿Es verdad que nada se pierde sino todo se transforma? “A dónde vamos oh, hermanos…”, dirían los aztecas. En fin, polémicas, discusiones, reflexiones y análisis que al mexicano le han llevado a la mejor decisión: jugar con ella.
“Entonces, ¿en qué quedamos, me llevas o no me llevas?”, dice una canción. “La pelona me pela los dientes…” “La huesuda es mi comadre…” Frases como éstas persisten en las expresiones populares que denotan el menosprecio hacia lo irremediable. Pero, ¿hasta qué punto somos capaces de aceptar este designio de la vida que es la muerte?
Todo esto lo digo porque hoy mismo, tal vez cuando usted esté leyendo este texto, estaremos sepultando a un gran señor que fue en vida el padre de mi amiga Maricela Arzate Martínez. Le conocí ya enfermo, pero con una fortaleza, para enfrentar los días terribles que le deparó su enfermedad, del tamaño del cielo.
En varias ocasiones estuvo a punto de sembrar los días triste de su despedida en los corazones de los familiares y amigos, y en esas mismas veces venció al infortunio regalándonos varios meses más de su agradable compañía.
Por eso, en la línea de aceptar lo irremediable, se dispuso a preparar los servicios de su funeral con tanta lucidez que dejó indicaciones ¡hasta de quién iba a servir el café!
¡Vaya! Entre las peticiones que hizo fue que junto a su féretro pusieran flores del campo, silvestres, y la familia buscó, y encontró, de las más humildes y comunes que cortaron y, con todo y tierrita (la madre tierra), las pusieron en los floreros que dispuso el servicio funerario contratado.
Ésta, a mi juicio, es una manera digna de dar el primer paso en el camino hacia Dios (para los que somos creyentes). Pero es una virtud que sólo la pueden tener quienes viven como hombres de bien y llegan con el corazón pleno de agradecimiento por los bienes recibidos en vida, tal y como fue la actitud que siempre tuvo el señor Margarito Arzate Rodríguez, padre, guía y amigo de mi entrañable amiga Mar Arzate.
Desde este espacio, agradeciendo la comprensión de mis amables lectores del Manual para perversos, envío mis condolencias para la familia; pero lo hago con la certidumbre del regocijo por la partida de este gran ser humano que fue don Margarito, porque ellos y nosotros, los que lo conocimos, sabemos que se fue satisfecho de su paso por el mundo y en estos momentos se encuentra al lado del Creador.


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Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com

viernes, enero 07, 2011

martes, enero 04, 2011

MANUAL PARA PERVERSOS

Por adelantarte…



José I. Delgado Bahena


¿Ya vistes, Chavela? Por adelantarte, ¿lo que te pasó? Te lo dije desde que vi cómo criabas a tus hijos: todos consentidos, siempre aguantándoles sus arbitrariedades, sus berrinches y hasta sus insultos. Por más que quise abrirte tus ojotes, nomás me dejabas con la palabra en la boca, como diciendo: “no es asunto tuyo”.
Pues sí hermana, sí era asunto mío, porque ya sabía que tarde que temprano terminarías aquí.
Me acuerdo…
A lo mejor a ti ya se te olvidó, pues no sé si te pasabas de taruga o de buena gente con tus hijos. Porque, ¿cómo se te ocurre seguirle pagando la escuela a Sergio, el mayor, después de que salió con su mensada de embarazar a la chamaca? No, Isabel; si fue bueno para hacer su gracia tenía que ser bueno también para mantenerla. Pero no, ai’ stá la tonta de mi hermana, solapándolo y haciéndose responsable hasta de la mujer, porque ella ni siquiera era buena pal quehacer.
Y luego que el bueno de mi cuñado decidió irse antes al panteón, nomás para no hacer corajes con lo caprichudos que eran mis sobrinos. Al menos te dejó la cevichería y con eso te ayudastes, chingándole todo el día, para sacar adelante a los cuatro escuincles, si no quién sabe. Aunque, a decir verdad, más valdría que Manuel nos les hubiera dejado nada, para que aprendieran a valorar la vida y no estuvieran nomás sobándose la panza en sus hamacotas que les comprastes cuando fuimos a Chilapa, en el viaje que organizó Marcelina.
Luego, la otra: Patricia, la segunda, que quiso estudiar para enfermera y se fue a una escuela de Taxco, quesque porque ahí iban a estar sus amigas. Y lo mismo: nomás gastándose en los antros lo que le dabas para la estudiadera. Lo sospechastes, no lo niegues, por eso fuistes a preguntar a la escuela para saber cómo iba en sus calificaciones y te encontrastes con la sorpresa de que ya tenía muchos días sin ir a clases.
No agaches la cabeza, hermana. De todos modos ya pasó. ¡Qué remedio! El remedio lo pudistes haber puesto cuando Sergio te dijo que ya no quería estudiar y que mejor le pusieras un cyber para mantener de ahí a su vieja y a tu nieto. Debistes decir que no, que era su bronca, que se rascara con sus uñas; pero no, luego luego le pusistes al negocio un letrero de “se traspasa”, para venderlo y cumplirle, ¡otra vez!, su capricho.
¿Y, qué te quedó, Isabel? Un poco de dinero para poner un puesto de picaditas junto a la iglesia, y hacerle competencia a Carlota. Ah, y la casa con un buen terreno. Y ni con eso estuvieron conformes los ambiciosos de tus hijos. Por eso planchabas y lavabas ajeno, para terminar de darles su estudio a los dos menores que estaban en la prepa, como si ellos fueran diferentes a los mayores. Al rato te llamaron para decirte que Juan estaba internado a causa de una sobredosis, de no sé qué sustancias que se había metido, y tuvo que dejar la escuela para estar de huevón en tu casa, sin ayudarte siquiera a poner el gas en el puesto de las picadas.
La única que más o menos se portó bien fue la más chica: Martha. De la escuela se fue con el novio y dejó de darte lata; pero ni así se salva, porque se unió a la tarugada que se les ocurrió a Sergio y Patricia, los mayores.
De plano que eres mensa, Isabel. ¿Cómo fuistes a aceptar que te presionaran con eso de que querían que les heredaras en vida? Y luego, eso de creerles que se iban a hacer cargo de ti, cuando no podían encargarse de ellos mismos y de sus familias. ¿Por qué aceptastes vender la casa? ¡Si no te podían obligar!
Ya sé. No me veas con esos ojos de lechuza llorona. Los hijos son los hijos; ¡siempre lo decías! Pero lo malo es que ellos nunca se dieron cuenta que los padres son los padres. Por eso te vieron nomás como el medio para cumplir sus caprichos.
Ya ves: Sergio nomás te aguantó dos años en su casa y como te ven ya vieja, y con el pretexto de tus diferencias con tu nuera… se les olvidó todo lo que hicistes por ellos y buscaron a los otros hermanos para que te fueras a vivir en casa de alguno de los otros tres.
¡Ja! Ya imaginaba sus respuestas: “No tenemos espacio”, dijo uno. “No tengo dinero”, dijo otro. “Yo le doy de comer, pero que se quede con ustedes”, dijo Martha.
En fin, Chavela, ya sabía que ibas a venir a dar aquí, conmigo. Conociendo a tus hijos, me figuraba esta decisión. Seguramente te dijeron: “Allá vas a estar bien, con la tía Coti, ella te va a cuidar.” Sí, hermana, aquí vamos a estar bien. Este es el mejor asilo que hay en Iguala. Ya ves, las muchachas que nos cuidan son re buenas gentes. Ya ni modo. Vente, vámonos pa dentro, ya hace frío. Vamos a escribir las cartitas a los Reyes Magos, mañana vendrán las señoritas del DIF a dejarnos regalos. No llores, aguántate. Piensa que esto te pasó nomás por adelantarte con tus hijos.

miércoles, diciembre 29, 2010

RINCÓN POÉTICO

MIENTRAS ESPERO







Sólo te tengo a ti, silueta de agua,


y te diluyes entre mis dedos,


sobre mis ansias,


desde mis huesos.


Sólo te tengo a ti, dolor de espiga,


te incendias muy adentro,


en la espesura de la bruma


donde me consumo,


donde me ahogo,


donde te espero…


Te tengo en las cavernas


de mi nostalgia amarga,


en la neblina de una esperanza


que de tanto llegar no acaba,


en el rencor de la noche


que se embarra solitaria


como una llaga abandonada.


Sólo te tengo a ti, pasión dorada,


boca de luna llena,


ojos de cortesana,


cáliz sangriento


que no redime, que no salva.


Sólo te tengo a ti


y es una duda más dura que la espada,


y más estéril


que la paz de una mirada.


Sólo te tengo y estoy solo,


huyéndote, buscándote,


sorbiéndote la imagen de tu nombre


que escribo como loco


mientras espero tu llegada.

martes, diciembre 28, 2010

EL SILENCIO DE LOS INOCENTES

No sé por qué se me ocurrió este título para el texto que quiero escribir. Es el nombre de una película que forma parte de una trilogía muy famosa. Muchos las habrán visto ya y, honestamente, no puedo decirles bien de qué trata cada una.
En fin... ocurre que, a decir verdad, en este día 28 de diciembre, que es el día de los Inocentes, es mi cumple. Por los que no lo saben aún: mi nombre como escritor es José I. Delgado Bahena, y la I. significa eso: Inocente.
Sinceramente, nunca me gustó mi nombre. Casi maldigo a la secretaria del Registro Civil de los años en que me registraron, porque mis padres le dijeron que querían que me llamara JOSÉ INOCENTE  y ella, por hueva, supongo, sólo escribió J. INOCENTE.
Amén de los problemas que me causó este desbarajuste con mi nombre, jamá me he identifiacado con él. "Inocente" (ja) No lo he aceptado y en venganza mis libros los he firmado como José I. Delgado Bahena.
Tengo tantas anécdotas por mi nombre que me ayudaron a sobrellevarlo a través del rudo camino que he transitado, que escribiría un libro con ellas; pero, para no abusar, les comparto dos:
A)Como todos saben, fui maestro de educación primaria y secundaria. Casi al final de mi carrera como maestro, me cambié de centro de trabajo, y el director de mi nueva escuela me presentó ante los niños con mi nombre "oficial": J. INOCENTE DELGADO BAHENA. Ya en el trabajo cotidiano, al buscar el nombre de los niños para entregarles sus cuadernos que había calificado, encontré que uno de ellos había escrito, en una tarjeta, de las que pegan en las portadas de los libros, mi nombre de la siguiente manera: NOMBRE DEL MAESTRO: jota inocente. (jajajajaja, aún me causa risa).
B) Ésta es más seria pero, igual, se las comparto. Bueno, trabajé en una escuela particular en la capital del país. Cuando llegué, la directora me preguntó qué significaba la "J" y yo (sin haberlo pensado antes) le dije que ¡JAVIER! Como me veía muy serio, me creyó y así me presentó ante los compañeros y los niños. De manera que durante los dos años que trabajé ahí, siempre fui el maestro JAVIER. Uf, y yo tan a gusto. ¡Qué años tan padres!
Por otro lado, en realidad, no he sido tan "inocente" y siempre digo que me he quitado ese nombre para no seguir disimulando y defraudando a los demás, aparentando lo que no soy (y nunca fui).
Tal vez ya los cansé, mejor les comparto un poema para desahogar emociones, las de este día.

Esperaba tu llamada
y me levanté animoso.
Es mi cumple, sabes...
Creo que te has olvidado de mí
y lo entiendo.
Siempre es así.
He dejado la puerta abierta
para que salieran los rencores
pero entraron las nostalgias
y las falsas esperanzas.
Mientras escribo esto pienso en ti
y te veo detrás mío,
¡como tantas veces!,
vigilando mis palabras,
pero también abrazándome
y, de vez en cuando,
hurtando mis labios para dejarme
uno de tus dulces besos.
La verdad, en esta mañana quiero estar solo,
contigo, con tu foto y tus recuerdos.
Soy necio, ingenuo e inocente necio
que aún suspira por ti,
por tus "te quiero",
por tu melancolía extrema
que embarraste en mi cuerpo;
y sueño...
Sueño que regresas a quedarte por siempre
y me entregas la vida mía que te llevaste
entre tus dedos.
Es un sueño.
Afortunadamente, hay gente que me quiere
y sé que vendrán a verme,
otros enviarán mensajes,
me darán abrazos
y me dejarán una luna pálida,
¡sin remedio!
Un momento...
el celular me avisa que un mensaje ha llegado.
Me ilusiono y pienso que eres tú.
Salgo del estudio y voy a mi recámara,
vuelvo triste, por ti,
pero alegre también y mi corazón estalla.
Hay alguien que no falla, siempre está ahí.
se trata de mi hija,
y su mensaje me salva.
Estoy feliz.

martes, diciembre 21, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

Ángel perverso.



José I. Delgado Bahena


Apenas había entrado a la prepa cuando la conocí. Se llamaba Gabriela Plata y era un ángel. Un “ángel de amor”, le decía yo. En realidad, ella era amiga de Josué, uno de mis mejores amigos, y le gustaba a él para novia pero no se atrevía hablarle. Como Josué y yo nos confiábamos todo, un día me la presentó porque quería que le diera mi opinión sobre ella. Lo curioso fue que cuando la conocí, no me interesó para nada pero se me ocurrió lanzarle los canes sólo por molestar a mi amigo, y picarlo para que se animara a declarársele.


Lo malo fue que Josué me dijo que Gaby se sintió atraída por mí pero me daba largas sólo para hacer que me clavara con ella.


La verdad, este enredo lo hizo el mismo Josué, porque gracias a él Gaby conoció a Julio, quien era como un hermano para mí. Nos queríamos mucho.


Entonces, ocurrió que Julio y Gaby entablaron una amistad muy fuerte. Pero bueno, a mí Gaby no me interesaba porque andaba tras los huesitos de otra Gaby que no me hacía mucho caso.


Julio se enamoró de Gaby Plata pero ella, aunque le decía que lo quería mucho, jamás le correspondía. Sólo le daba alas y lo hacía volar por las nubes pero nunca lo hacía aterrizar en su corazón.


La otra Gaby me atraía mucho y en ocasiones me sentía muy enamorado al llegar con ella pero a los cinco minutos la sentía insoportable; así que decidí mejor dejarla por la paz y seguir solo hasta el quinto semestre.


Julio seguía muy enamorado de Gaby Plata y en ocasiones tomábamos algunas cervezas y ya borrachos llorábamos juntos por su insatisfecho amor.


Pero un día, estando conectado en el Messenger, Gaby Plata me dijo:


−Hola Cristian, ¿por qué no me hablas?


−Por una sencilla razón –le dije−: sabes que quiero mucho a Julio y no me gustaría perder su amistad.


−Pero estás interesado en mí, ¿o, no?


−Sí, pero no quiero interferir en su relación.


−No seas tonto −escribió−. Julio y yo no somos nada. Además él ya anda con Mónica, tu amiga.


Desde ese día nos comunicamos mucho con Gaby y fue creciendo en mí un sentimiento que me llevó a platicarle todo a Julio. Él me dijo que no había ningún problema y que se alegraba mucho por mí.


Así que Gaby y yo nos hicimos novios y comencé a vivir la experiencia más increíble de mi vida sin saber lo que ella y Julio, mi mejor amigo, me tenían preparado.


Para mí, Gaby era mi “ángel de amor” y la amaba cada día más; pero como venía a la escuela desde Huitzuco, sólo la podía ver una o dos veces por semana y, según supe después, los demás días los pasaba al lado de Julio.


Ese año gané la oportunidad de ir a tomar un curso a Francia, en un intercambio que hizo mi escuela, y mi motivación de vida fue completa con mi novia y mi triunfo en los estudios.


Para despedirme de los cuates, organicé una fiesta en mi casa teniendo, por supuesto, a Julio como mi principal invitado. Ya borrachos, él me confesó varias cosas que evidenciaron una traición innegable de él y Gaby.


Lo que más me dolió fue que una tarde, según Julio, me compraron un regalo de navidad, juntos, y entonces se besaron y se dijeron cosas lindas.


En la primera oportunidad, le pregunté a Gaby sobre lo que me contó Julio y se lavó las manos diciendo que él la había besado. Después le reclamé a mi amigo y me contestó, con un tono de indiferencia, que ella le seguía dando alas y que lo sentía mucho.


Con ese nudo me fui Francia. No podía deshacer la trabazón de los celos y la desconfianza. Estando allá lo intenté embarcándome en relaciones pasajeras y superfluas con dos compañeras mexicanas y una francesa que sólo me sembraron en el alma la semilla de la frustración.


Regresé con ese sentimiento de culpabilidad y sin apagar el fuego de los celos hacia Gaby, lo que nos llevó al desastre en nuestra relación.


Pero lo peor fue que Julio, al ver que yo no quería más su amistad, terminó de matar mi amor por Gaby al contarme que ella sólo me buscó para darle “picones” a él porque se enteró que ya tenía un noviazgo con Mónica.


Desde ese día, Gaby dejó de ser mi “ángel de amor” y se convirtió en mi “ángel perverso”.

jueves, diciembre 16, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

Los malditos celos.



José I. Delgado Bahena


Era diciembre y se acercaba la primera posada. La gente andaba con su algarabía en las calles y, en las escuelas, los muchachos celebraban sus preposadas con convivios navideños para despedirse e irse de vacaciones. Las piñatas, el ponche, los aguinaldos y, por supuesto, las bebidas alcohólicas son elementos que nunca faltan en estas fiestas de los jóvenes que encuentran un buen pretexto para divertirse a su modo.


Fue un día de estos, precisamente, que Lulú empezó a sospechar que Miguel lo engañaba. Sus constantes salidas como inspector de reglamentos no le habían hecho desconfiar porque él seguía siempre un patrón en sus horarios, llegaba con su peculiar forma de ver la vida: entre broma y broma, y no dejaba de ser el amante perfecto que le había aportado ya una hermosa hija que era su adoración y lo tenía arrobado.


Sin embargo, una tarde que llegó de su trabajo le salió con la noticia de que tenía que regresar a un convivio de navidad que tendría con sus compañeros. Se bañó, se cambió y se perfumó. Lo que a Lulú le extrañó fue que usara una playera muy juvenil que ya no se ponía, porque un día dijo: “Me hace ver como chamaco”.


Después de esa ocasión, hubo otras que también sembraron en ella la duda y le hicieron florecer la sospecha de la infidelidad. Ya no jugaba con su pequeña hija y llegaba demasiado tarde a casa. ¡Vaya, ni siquiera se iba de parranda con sus amigos!


Detalles como estos llevaron a Lulú a buscar a un empleado que se quedara al frente del negocio de lavado de autos que habían puesto por el periférico, en una parte del terreno donde tenían su casa, y le encargaba la niña a su mamá para, con el corazón temblando y los ojos enrojecidos, seguir a Miguel en esas salidas que le hacían hervir la sangre en el infierno de los celos.


Para que él no la descubriera, dejaba su auto en el negocio y le pedía a un taxista, que era cliente asiduo y a quien, de antemano, le pedía mucha discreción, que la llevara detrás de Miguel.


Fue así como descubrió sus constantes visitas a una tortillería de Las Brisas, una colonia que está por el rumbo de la Universidad Autónoma de Guerrero, en donde siempre llegaba con algo entre las manos, al parecer obsequios que le entregaba a la dependienta. Ahí se pasaba las horas Miguel, platicando con aquella joven que, de lejos, Lulú veía como de veinte años, muy guapa, y que cada que llegaba él lo recibía con gran euforia y un beso en la mejilla.


Esta vigilancia le permitió, a Lulú, deshacer el nudo de sus sospechas y amarrar el de la confirmación de la infidelidad de su marido. Las visitas a la tortillería, las salidas a comer, los regalos y las idas al cine, no le dejaron dudas y comenzó a planear la manera de desahogar el mar embravecido que le revolvía el estómago y lo hacía rechazarlo en las frías noches de la temporada decembrina.


−Pues, mire, doñita –le dijo Pablo, el taxista que fue su cómplice en las pesquisas que realizó para confirmar sus sospechas−, yo conozco a alguien que por una lana les puede dar una calentadita a los dos, para que dejen de andar haciendo sus cosas.


−No –dijo Lulú−. Mejor consígueme una pistola para que yo misma les dé un susto y el tarugo de mi marido sepa de qué soy capaz si sigue de caliente con esa vieja.


−¿La quiere con balas o sin balas?


−Mejor con balas, por cualquier cosa –contestó resuelta Lulú.


A los dos días, Pablo llegó al autolavado con un objeto envuelto en una franela gris que resultó ser un arma de tiro, calibre 22, por la que le pidió una buena cantidad de dinero.


Ella dejó la pistola en el cajón donde guardaban el dinero de los autos que lavaban los trabajadores, y le pagó a Pablo lo convenido por el favor.


A partir de ese momento, Lulú esperaba la mejor oportunidad para una venganza que no tardó mucho.


Aquel día era 23 de diciembre y ella regresaba del mercado con las compras para preparar la cena de Navidad.


Antes de entrar a la casa, pasó al local porque escuchó unas risas femeninas al interior de un cuartito que habían improvisado como oficina. Lo que vio, desde una de las ventanas, la dejó helada: ahí se encontraban, su marido y aquella chamaca de la tortillería, con la que lo había visto en distintas situaciones.


La explosión que sintió en su cabeza le entorpeció los sentidos y la llevó hasta el lugar donde guardaba la pistola, la tomó y se dirigió hasta donde se encontraba la pareja.


Lo que hizo no fue lo planeado. El susto que pensaba darles se transformó en acción y sin dar oportunidad de nada, le disparó a ella dos tiros que terminaron con su vida de inmediato.


−¡¿Qué has hecho?! −Le interrogó Miguel con el espanto dibujado en su rostro.


−Lo que haré con todas tus amantes –contestó con voz temblorosa Lulú.


−¡Estás equivocada! –Le gritó Miguel− ¡Ella es mi hija! ¡Apenas supe de su existencia y he estado conviviendo con ella para conocernos! La traje para presentártela y explicarte cómo fue que pasó todo. ¡Oh, dios! −continuó−, pensaba cenar con nosotros en Navidad…


Lulú no dijo nada. En un impulso inesperado apuntó el arma hacia su pecho y disparó, terminando así con el infame remolino que le provocaron los malditos celos.


Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com

sábado, diciembre 11, 2010

EL ARTE DE ESCRIBIR

José I. Delgado Bahena



El arte de escribir.


Después de que he recibido mensajes a mi correo y a mi celular preguntándome sobre mis orígenes como escritor y poeta. Sin remedio, tengo que enfrentar estas cuestiones no sin antes consultar a mi corazón para aceptar que, antes que todo, soy poeta.


Y como poeta, escribo para desahogar la necesidad de expresar por medio de las metáforas lo que a conciencia y de frente no he podido decir. En cierta manera, con esto confirmo lo sustancial que es para los poetas el escribir: es expresar de manera subliminal nuestras emociones, nuestras preocupaciones y nuestra forma de ver la vida.


Conocí la poesía y me embarqué a navegar entre sus rebeldes aguas sin miedos y sin prisas. Ahora aspiro, por medio de las palabras, a hacer llover en el desierto de los corazones áridos, iluminar los caminos ciegos de los ojos tristes, entibiar las almas de los cuerpos fríos y alentar las pasiones de los sueños rotos.


Porque, finalmente, ¿cuál sería el objetivo del poeta si no es el de desempolvar los sueños, la melancolía, la fantasía, para, con sus propias alas volar para alcanzar las estrellas?


Escribo poesía desde la adolescencia, con la frescura de las motivaciones juveniles que te hacen retar y enfrentar al mundo y te vuelven atrevido, apasionado y loco. Y con esa locura, no medí las consecuencias y me dejé atrapar en la red de las palabras de otros que eclipsaron mi intelecto con sus imágenes y sus retóricas.


Conocí a Sor Juana, a Góngora y Quevedo y me deslumbraron con su barroquismo. Descubrí que dos hermosas estrellas me habían mirado desde el rostro de mi amada; que en su aliento respiraba el perfume de las rosas y que en sus labios yo probaba la fruta más fresca y más dulce.


Conocí a Neruda y también quise escribir versos tristes. Y en una noche de melancolía, me puse mi boina roja y me tiré al mar, como López Velarde, sin conocerlo, quien, con una gran desesperanza le pregunta a su hermana Fuensanta: “¿Tú conoces el mar? Dicen que es menos grande y menos hondo que el pesar”, y termina implorando: “Hermana, dame todas las lágrimas del mar”.


Supe de García Lorca y me dije: préstame tu caballo, bardo, cálzame tus espuelas, acompáñame con tu guitarra, que esta oda la escribo yo. Y me enamoré de los campos españoles, de las mujeres andaluzas y del lagarto llorón que está en el lago con su lagartita.


Así, mi alma recorría los caminos solitarios con las únicas compañías, valiosas e incomparables compañías de Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Bécquer, Heine, Leopardi, Pedro Garfias…


Ya en estas andanzas tuve la fortuna de conocer a muchos otros que, a fuerza de estar comprometidos consigo mismos, dejaron a un lado obligaciones y deberes y tomaron como única la gran responsabilidad de tejer ilusiones con hilos de dolor y, por supuesto, de amor.


Entre ellos, el poeta chiapaneco Jaime Sabines, quien con sus versos cotidianos enamora a los desenamorados y vuelve lúcida la opacidad del amor doliente.


Pero, sobre todo, escribo no como un arte, sino como una forma de darme a los demás a través de la literatura. Y esto que les ofrezco es, no sólo una parte de mí, sino todo lo que de mí tengo.


Agradezco a quienes me escriben, por sus palabras, por su aliento; pero, más que nada porque me leen. Desde mi libro de poesía “Malditas palabras”, hasta el más reciente “Huilotl Texotli”, pasando por los textos que aquí me publican: “Manual para perversos” y sin olvidar, por supuesto la novela que me ha dejado muchos buenos recuerdos: “La noche de las cabras”, todas mis obras han brotado desde mi sangre escurriendo por mis dedos, por eso es una parte muy humana que he dejado sobre muchas hojas de papel y que con amor y dolor, les ofrezco.


Escríbeme:


jose_delgado9@hotmail.com

miércoles, diciembre 08, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

Te quiero, papá…



José I. Delgado Bahena


La primera vez que escuchó la vocecita diciéndole “papito”, creyó que había sido su imaginación y que a sus treinta y ocho años estaba teniendo experiencias repetitivas de los años en que su hijo estaba pequeño y era un bebé que requería de su atención.


Pero no, su muchacho estaba en el estudio de la casa, que se encontraba en la planta baja, haciendo sus tareas de la preparatoria.


Por eso, con nerviosismo alertó sus sentidos porque tenía claro que en unos minutos más, a esa hora de la noche, nuevamente oiría esa palabra que le taladraba los oídos. Siete minutos fueron suficientes para que a su mente regresaran los recuerdos que creía enterrados y olvidados.


Hace varios años, conoció a Jénifer y desde esa época vivieron un noviazgo que era interrumpido constantemente por las atenciones que ella tenía que darle a su hermanito Juan, de once años, víctima del síndrome de Down, y a causa de la copia genética del cromosoma 21, mostraba los signos característicos del retraso mental y de la apariencia física que identifica a quienes padecen este mal descubierto por John Langdon Haydon Down. Por esta razón, con frecuencia tenían que hacer a un lado sus citas y les llenaba el alma de inconformidad.


−Cuando nos casemos –le dijo una tarde Jénifer−, no me gustaría tener un hijo así.


−A mí tampoco –respondió él−. Incluso, durante el embarazo estaremos atentos al desarrollo del feto para que si, por medio de los estudios que les hagan, descubren alguna anomalía que nos anticipe esa posibilidad, preferiría que no naciera.


−Estoy de acuerdo. Así le evitaríamos a él muchos sufrimientos y nosotros podremos convivir con otros hijos que tengamos pero que sean normales.


Estas conversaciones se repitieron durante sus primeros meses de casados y cuando el ginecólogo le confirmó su preñez, Jénifer le pidió que llevara un seguimiento de la evolución del nuevo ser, para detectar cualquier anomalía.


−La técnica más frecuentemente utilizada –le explicó el médico− para la obtención de material genético fetal es la Amniocentesis, que consiste en la punción ecoguiada de la cavidad amniótica por vía abdominal. Se consigue así una muestra de líquido amniótico, de donde es posible obtener células fetales para su estudio.


−¿Y cuándo tendría que realizar esa prueba? –Preguntó Jénifer un tanto nerviosa.


−Debe realizarse preferentemente entre las semanas 14 a 17 del embarazo. Es una técnica relativamente inocua y poco molesta pero le advierto que comporta un riesgo del 1-2% de aborto, lesión fetal, o infección materna.


A las tres semanas de esa conversación con el médico, Gildardo y Jénifer volvieron para que le hicieran la prueba al producto que ya se estaba formando en el interior de ella. Además de la Amniocentesis, el ginecólogo ordenó una ecografía convencional para medir el pliegue nucal del feto. Todo esto le dio los elementos para diagnosticar lo que no esperaban oír los recién casados: “Hay la certeza de defectos congénitos y trastornos cromosómicos que nos auguran un mal desarrollo en el bebé.”


Como el tema estaba lo suficiente discutido entre la pareja, decidieron solicitar al médico que realizara, en la clínica donde la atendían, la interrupción del embarazo por medio del aborto provocado, justificado con el diagnóstico que acababa de hacerles.


Esta acción en contra de la vida de un futuro ser, indefenso e incapaz de decidir su destino, se programó a las cuatro de la tarde del día siguiente, pero algunas alteraciones cardiacas de la madre retardaron la intervención quirúrgica y sólo pudo hacerse hasta las nueve de la noche, cuando creyeron tener las condiciones adecuadas para realizar la extracción del embrión que, en su silencioso reposo, reclamaba una oportunidad de vida.


Lamentablemente, el corazón de Jénifer no soportó y ahí mismo, en el quirófano, abandonó este mundo, dejando a Gildardo con un sentimiento de culpabilidad que lo martirizó por siempre, aún cuando volvió a casarse y su mujer le regaló la dicha de un hijo “normal” que era la adoración de la familia.


Por eso, este martirio le hacía oír todos los días, aproximadamente, a las nueve de la noche, aquella vocecita que hasta ahora ubicaba su procedencia: el cajón del buró, a un lado de su cama.


Con temor, abrió el cajón del mueble y encontró un sobre amarillo de donde brotaba nítida aquella voz débil, apagada y tierna que repetía: “papito, papito, papito…”.


Al momento de desanudar el cordón que aseguraba el sobre, recordó con claridad que ahí habían guardado la imagen del ultrasonido que le realizaron al bebé de Jénifer. Lo abrió y, con el alma en un grito, pudo ver cómo la figura destellaba en latidos incontenibles y, desde el plástico, la misma voz le dijo con suavidad: “Te quiero, papá…”.


No soportó más, se dirigió hacia el balcón de su habitación y se tiró hacia el patio. Abajo, rebotó sobre una enorme maceta lastimándose la columna vertebral, lo que le llevó a permanecer en silla de ruedas y a vivir a expensas de la ayuda de su mujer y de su hijo por el resto de sus días.


Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com

miércoles, diciembre 01, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS




José N.


José I. Delgado Bahena


Llegó de los Estados Unidos hace dos años, luego de sentirse acorralado por las fechorías que hacía allá y de haber salido mal con los de la banda que había formado en el barrio donde vivía.


A sus diecisiete años, se había involucrado en actos delictivos tan graves que su familia optó por enviarlo de regreso a México a vivir con una tía que tiene su domicilio en una colonia cercana a la Universidad Tecnológica. Fue ahí donde conoció a Filo, un chamaco de su edad que lo relacionó con otro grupo de malvivientes que andaban siempre a la expectativa de algún prospecto para entrar a robar, ya sea en alguna tienda, escuela o domicilio particular.


Desde su llegada, tal vez por coincidencia, en la colonia se empezaron a dar una serie de robos menores: teléfonos celulares, equipos de sonido, tanques de gas, entre otras cosas, y toda la gente sabía de quién se trataba porque ¡entre los mismos vecinos los vendía!


En alguna ocasión, una señora, a la que le robó su dvd, fue a hablar con él y logró que se lo regresara.


En otra, en que entre él y Filo entraron en la vivienda de un contador, a quien vigilaban fácilmente ya que a un lado de su casa acostumbraban a reunirse con otros chamacos de su edad a fumar mariguana y consumir otras sustancias adictivas; lograron llevarse varias de sus pertenencias; pero, con lo que no contaron, es que este señor estaba muy bien relacionado con autoridades y periodistas y pronto dieron con el destino de sus cosas pudiendo recuperar la mayor parte de ellas después de amenazarlos y arrancarles la promesa de que no se volverían a meter con él ni con ninguno de su familia.


Al parecer, su vida transcurría en la intrascendencia de sólo subsistir y acompañar a su tía ante las prolongadas ausencias de su marido que trabajaba de taxista; pero, la ociosidad en que pasaba sus días, le llevaron a él y a su inseparable amigo, hasta un grupo delictivo que los enganchó para la distribución de los estupefacientes con los que envenenaban a los menores de edad de su colonia.


Después se supo: Filo se apropió de un paquete grande de las sustancias que vendía y huyó de la ciudad, hacia rumbos más seguros, dejando a José N. con la responsabilidad de explicar su desaparición y enfrentar los reclamos y las advertencias de sus jefes quienes, por esta acción de Filo, le retiraron la confianza y lo vigilaban constantemente por si aparecía el amigo ausente. Algunos pensaron que no volvería y José N. tendría que pagar las consecuencias.


De cualquier manera, al no tener ya esos ingresos, regresó a las andadas cometiendo pequeños robos en las casa de los vecinos y en una ocasión se incorporó a otro grupo que realizaba delitos mayores y juntos planearon la manera de entrar a la Universidad a hurtar algunas computadoras que después mal vendieron entre sus conocidos del mercado negro.


Lo malo para José N. fue que el rector movilizó a los agentes policiacos para recuperar las máquinas y atraparon a todos los delincuentes, con excepción de él que, por extrañas razones no fue involucrado en el hecho; pero esto dio pie para que sus “amigos” lo consideraran traidor y le asignaron una sentencia −además del apodo de “renacuajo−, que cumpliría alguien fuera del reclusorio donde se encontraban.


Lo último que se supo del “renacuajo” fue que se había atrevido a robarle su billetera, con una fuerte cantidad de dinero, a un señor ya grande, dueño de una miscelánea, a dos cuadras de su casa, que resultó ser el padre de Rafa, el contador a quien le había desvalijado su casa, junto con Filo. Lo malo de él fue que anduvo contando su fechoría y no faltó quien le hiciera saber a la familia del nombre del responsable del hurto de la billetera.


Uno de los hijos del señor de la tienda se enteró y se llevó a José N. hasta una de las bardas de la Universidad, y ahí lo forzó a confesar, aunque en un principio lo negó, que había realizado el robo, y si no es por algunas personas conocidas el coraje le hubiera llevado a cometer una acción mayor en contra de José N.


Para confirmar su culpabilidad, en un par de horas el “renacuajo” se presentó en la casa del de la tienda para devolver la mayor parte del dinero que llevaba en la cartera.


Cuando el contador se enteró, sólo apretó los puños y los dientes en señal de inconformidad y de rabia por el abuso en contra de personas tan grandes, como sus padres.


A los pocos días, José N. desapareció de la colonia y no se sabe nada de él. Se han soltado muchas especulaciones y sólo se espera que de un momento a otro se le informe a la tía que ha sido encontrado tirado en algún lugar, tal y como ocurre con tanta gente que no sabe aprovechar las oportunidades que la vida le ofrece.


Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com


miércoles, noviembre 24, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

¿Cómo iba a saber…?




José I. Delgado Bahena


No cabe duda: esto de ser inspector de Reglamentos tiene sus riesgos. Bueno, también te da varias oportunidades de crecimiento económico y las posibilidades de conocer gente −mujeres, pues−, que si las sabes aprovechar, puedes hacerte de un dinerito extra y de cortar bonitas flores de los jardines que la vida te ofrece.


Aunque, a decir verdad, este trabajito ya lo había desempeñado hace como quince años, en Yecapixtla, Morelos, cuando aún era soltero y mis padres se fueron para allá, por un negocio que les ofrecieron para vender cecina.


Ellos estaban muy bien relacionados con las autoridades municipales y me consiguieron la chamba, a pesar de que era muy joven y no tenía ninguna experiencia en ese ramo.


−Mira Miguel –me dijo el viejo−, si eres listo, este trabajo te puede ayudar hasta para que hagas tu casa, aprovéchalo.


Claro que lo aproveché. Además, tuve de pareja a mi compadre Polo que luego luego me dijo cómo hacer las tranzas con los negocios que no cumplían con los requisitos, o cómo inventarles alguna falta para que se “mocharan”. Pero no fue todo. También le aprendí cómo llegarles a las “ñoras” de las tiendas que se encontraban solas y que nos daban entrada para que no las infraccionáramos.


Así conocí a Inés. Era hija de la dueña de una tienda, y como vi que se puso nerviosa cuando le pedí su licencia, le tiré la onda y me aceptó. Comenzamos a salir y no pasó mucho tiempo para que consiguiera lo que en realidad buscaba con ella. Fuimos unas cinco veces al hotel y dejé de verla cuando me dijo que estaba enamorada de mí y hasta quiso que nos tomáramos unas fotografías muy románticas con su teléfono celular. Ella tenía unos veinte años y era bonita, pero en ese entonces, el amor no era cosa seria en mis conceptos.


Después, cuando ya había reunido un pequeño capital, regresé a Iguala, para independizarme de mis padres; puse un local de autolavado, por el peri –estos negocios funcionan muy bien aquí, por lo mal que están las calles−, conocí a Lulú, una tarde que llevó a lavar su “vocho”, y me casé con ella porque me pareció una mujer muy interesante.


Ahora que el doctor ganó la presidencia de este municipio, un amigo me invitó a colaborar en la oficina del Registro Civil, y como mi vieja se quedó al frente del negocio, acepté, pero no duré mucho ahí porque conocí al director de Reglamentos y le pedí que me incluyera en su nómina. Estuvo de acuerdo y me cambiaron de área.


Ya como inspector, mi pareja y yo llegábamos a las tiendas y si veíamos que algunos borrachos estaban tomando junto al local, hablábamos con los dueños y les pedíamos su licencia con permiso para vender cerveza abierta. Los amenazábamos con clausurarles, ya que estaban funcionando como cantina, pero nos daban una mochada y ya, nos hacíamos de la vista gorda.


Todo iba bien, hasta que llegamos a una colonia nueva, Las Brisas, a una tortillería que en ese momento era atendida por una chavita como de dieciocho años. La verdad, a mis treinta y ocho cumplidos, nunca había visto una sonrisa tan plena; es decir, descarada y seria a la vez; con unos ojos endemoniadamente hermosos que aún cuando estaba con Lulú, en las noches, seguían frente a mí, refulgentes, destellantes, relumbrantes.


En cuanto pude, regresé, solo, a la tortillería, con el pretexto de dejarles información para que actualizaran su situación en la oficina de Reglamentos, en el palacio municipal. Ahí estaba. Sola, sin clientes, y yo no veía otra cosa que no fueran sus hermosos ojos que me tenían embrujado.


En un momento de atrevimiento, la invité al cine y aceptó. Quedamos de acuerdo en vernos en la cafetería de la plaza comercial y me retiré viendo estrellitas por todos lados.


Como adolescente, esperé su llegada en el café. Cuando la vi acercarse, sentí que la plaza se iluminó y mi corazón empezó a latir apresuradamente. Me encontraba extasiado y asombrado de que una chava tan guapa, y tan joven, hubiera aceptado salir conmigo.


El asombro y el éxtasis de su hermosura me provocaron mucha confusión, pero casi me desmayo al escuchar sus palabras, al tiempo que me saludaba y me daba un beso en la mejilla.


−Hola, papá –me dijo.


−¡¿Qué?!


−Siéntate, por favor. Entiendo tu desconcierto, papá. Te explicaré rápidamente. Soy hija de Inés. ¿Te acuerdas de ella? Es la joven que conociste en Morelos y que dejaste allá, sin saber que estaba embarazada de mí. Pues esa es la parte de la historia que no conoces. La otra, ¿para qué te la cuento? Sólo te digo que te reconocí desde el primer día porque conservo las fotos que mamá y tú se tomaron.


−¿Y tu madre…? –balbuceé.


−Está en casa. En Yecapixtla conoció al dueño de la tortillería, se casó con él y nos vinimos a Iguala.


Eso fue todo. Bueno casi todo. Entré al cine con mi nueva conquista: mi hija, a quien no conocía porque, ¿Cómo iba a saber, si su madre no me dijo nada?


Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com

domingo, noviembre 21, 2010

CARTAS A LA MEMORIA

ESCRIBIRTE UN VERSO




Escribirte unas líneas quebradas,

Ahora que estás lejos,

ahora que tan sólo vivo

engarfiado en el recuerdo

de aquella noche

de cenizas, de canciones y luceros;

escribirte un verso

en el que llueva mi lamento,

en el que desgrane el rencor

hacia tu miedo,

hacia tu indecisión

para no quedarte aquí,

conmigo,

rasguñando los minutos,

diciéndonos “te quiero”.

miércoles, noviembre 17, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

Por un amor a distancia
José I. Delgado Bahena

Hasta hace poco, Carlos vivía enredado en los días inútiles de un amor a distancia. Ella, Mónica, empleada de una cafetería en la Ciudad de México y él con un cargo público en la administración del Ayuntamiento de esta ciudad “tamarindera” que le impedía ausentarse para ir a verla con la frecuencia que él hubiera querido.
La conoció el año pasado, en “días de muertos”, cuando ella vino de visita, invitada por una compañera de trabajo que es amiga de Carlos, y juntos recorrieron la exposición de tumbas y ofrendas que, tradicionalmente, se instalan, en esa temporada, en el zócalo.
En aquella ocasión entablaron una amistad que fue tierra fértil para sembrar la semilla del amor a través de los mensajes por el celular, los correos electrónicos y las llamadas que todas las noches le hacía Carlos con la emoción de escuchar su voz y sentir la presencia de Mónica a su lado.
A los dos meses de esta comunicación telefónica, llegaron las declaraciones.
−Sueña que soy tu sueño –le dijo Mónica una noche en que se despidieron después de estar platicando hasta la madrugada.
−Por supuesto que eres mi sueño y aspiro a que se convierta en una hermosa realidad –le confesó Carlos−. No tengo dudas, sé que ya te amo y lo que siento por ti no es sólo amistad. Te extraño, te pienso a cada instante y quisiera tenerte ahora junto a mí para abrazarte y besarte como el loco que soy desde que te conocí.
Después de esa noche, los mensajes y las llamadas subieron de tono encendiendo la hoguera que le llevó, a Carlos, a pedir un permiso de tres días en su trabajo e irse al D.F. para convivir con ella.
Los recuerdos que construyeron y las mil fotografías que se tomaron durante aquellos días, les avivó el fuego del amor y les iluminó la penumbra que se instalaba durante el día en sus corazones al vivir distanciados y atados a sus responsabilidades.
Sin embargo, al paso de los meses la emoción fue entrando en un letargo que le hacía desconfiar a él de la fidelidad de ella.
En ocasiones, y con frecuencia, el celular de Mónica marcaba en tono de ocupado y, a veces, se encontraba apagado. Los mensajes que él enviaba no tenían respuesta y su amor se quemaba en el infierno de los celos y la desconfianza.
“Es que no tenía saldo”, explicaba ella. “Se me descargó la pila”, le respondía cuando le preguntaba el por qué apagaba el teléfono.
Una vez, cuando se atrevió a llamarle en su horario de trabajo, ella descolgó, pero no habló con él y pudo escuchar las voces de los clientes solicitando su pedido, y en otra ocasión la escuchó platicando con su jefa. De manera que, aunque no pudiera hablar con él, aceptaba la llamada con el propósito de que oyera que no podía contestarle; pero en los últimos días sus llamadas eran ignoradas por ella y si acaso le contestaba sólo era para decirle “no puedo hablar” y colgaba.
Estos y más detalles en su relación con Mónica le entorpecieron las ideas y le hacían refugiarse cada sábado, a veces solo y otras en compañía de algún amigo, en la distracción sin límite que encontraba en los antros de la ciudad.
Hace poco, después de descargar sus desconfianzas en una luna pálida que no le iluminaba su entendimiento, se dirigió, solo, a un centro nocturno donde la algarabía de las personas que, bajo los efectos del alcohol, se atreven a cantar desde su mesa, entre un público que les aplaude su mal entonada interpretación, las canciones de su preferencia.
Carlos pidió al mesero una “jirafa” de cerveza. La ingirió y solicitó otra. Junto con el pedido llegó una mujer de, aproximadamente, treinta años, alta y exageradamente maquillada.
−¿Por qué tan solito? –le preguntó ella.
−Por pendejo –respondió él.
−¿Me puedo sentar? –solicitó la mujer, ignorando la respuesta de Carlos.
−Por favor, siéntate –contestó con amabilidad.
Fue lo único que recordó Carlos al día siguiente, al despertar en un hotel, desnudo, sin dinero y sólo con una nota sobre el buró de cemento, a un lado de la cama. El texto, impreso en media carta, decía:
“¿A quién se le ocurre tener sexo sin protección? Tengo Sida. Con tipos como tú me estoy vengando de la vida. Adiós.”
Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com

miércoles, noviembre 10, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

La peor mamá
José I. Delgado Bahena
Hace algunos años, conocí un texto que decía: “Yo tuve la mamá más mala de todo el mundo. Mientras que otros niños no tenían que desayunar, yo tenía que comer cereal, huevos y pan tostado. Cuando los demás tomaban refrescos gaseosos y dulces para el almuerzo, yo tenía que comer emparedado. Mi madre siempre insistía en saber donde estábamos. Parecía que estábamos encarcelados. Tenía que saber quiénes eran nuestros amigos. Insistía en que si decíamos que íbamos a tardar una hora, solamente nos tardaríamos una hora. Me da vergüenza admitirlo, pero hasta tuvo el descaro de romper la ley contra el trabajo de los niños menores. Hizo que laváramos trastes, tendiéramos camas, aprendiéramos a cocinar y muchas cosas igualmente crueles.
Creo que se quedaba despierta en la noche pensando en las cosas que podría obligarnos a hacer. Siempre insistía en que dijéramos la verdad y sólo la verdad. Para cuando llegamos a la adolescencia ya fue más sabia, y nuestras vidas se hicieron aún más miserables, se volvió posesiva. Nadie podía tocar el claxon para que saliéramos corriendo. Nos avergonzaba hasta el extremo, obligando a nuestros amigos a llegar a la puerta para preguntar por nosotros.
Mi madre fue un completo fracaso. Ninguno de nosotros ha sido arrestado. Cada uno de mis hermanos ha servido a su patria, y ¿A QUIÉN DEBEMOS CULPAR DE NUESTRO TERRIBLE FUTURO? Tienen razón: a nuestra madre.
Vean de todo lo que nos hemos perdido.
Nunca hemos podido participar en una demostración de actos violentos y miles de cosas más que hicieron nuestros amigos. Ello nos hizo convertirnos en adultos educados y honestos. Usando esto como ejemplo, estoy tratando de educar a mis hijos de la misma manera.
Verán: doy gracias a Dios por haberme dado LA MAMÁ MÁS MALA DEL MUNDO”.
Después de leerlo, reflexioné en el pobre tipo que lo escribió. Efectivamente, él tuvo la mamá más mala del mundo. Sin embargo, después de tantos años, con la experiencia que he adquirido y los triunfos y fracasos que he vivido, puedo afirmar que mis hermanos y yo hemos tenido LA PEOR MAMÁ DEL MUNDO.
Mi madre ha sido todo eso: desconfiada, carcelera, autoritaria, vigilante, gruñona… pero, aún más: ha sido chantajista; cuando pretendíamos alejarnos de su dominio, nos ataba con la ternura de sus brazos y el calor de su regazo. Además, nos obligó a creer en un Dios que no terminamos de conocer y a amarlo y respetarlo aún en su misterio y en su multiplicada identidad; también nos presionó, junto con mi padre, para que acudiéramos a la escuela, en momentos en que la mayor gloria para un niño era andar en el vacío de los días, matando lagartijas con las resorteras; eso era lo que hacían mis amigos y nosotros nos moríamos de la envidia cuando de la oreja nos dejaba en la puerta del salón del maestro Leovano.
Y, por si fuera poco, mi madre se ufanaba de haber puesto de moda la anorexia, ya que, tratando de conservar en buena forma su figura, nos hacía comer todo lo que preparaba: chile con huevo, frijoles de la olla o “payanados”, chile de guajes y, si había carne, nos la daba toda y ella ni la probaba. Incluso, para quemar calorías apoyaba a mi padre en las labores del campo y tenía siempre nuestra humilde vivienda en las mejores condiciones de limpieza y armonía.
En fin, así era nuestra madre, y lo sigue siendo, ahora con los nietos: sobreprotectora, sacrificada, expuesta, impositiva y altanera, porque presume de haber formado una familia unida en el respeto, la tolerancia, la bondad, la amistad, la compasión, la fe, el apoyo mutuo, la humildad y, sobre todo, el amor.
Así que no me venga con cuentos el amigo que dice haber tenido la mamá más mala del mundo, porque, sin lugar a dudas, yo tengo la bendición de LA PEOR MAMÁ DEL MUNDO.
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Este Manual está dedicado a mi madre: Bricia Bahena Piedra, quien el próximo sábado 13 de este mes, cumplirá años. ¡Felicidades!
Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com

martes, noviembre 02, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

DÍA DE MUERTOS
José I. Delgado Bahena
Aún me acuerdo… Ocurrió hace nueve años. Éramos siete chavos: Jesús, Manuel, Lupe, Carmen, Sergio, mi prima Tere y yo. Todos, entre los diecisiete y dieciocho años, ansiosos por comernos el mundo y de vivir experiencias nuevas. Ese día, el primero de noviembre, de acuerdo con la tradición del pueblo, andábamos juntos, en las calles, repartiendo ofrenda en las tumbas que los familiares arreglan en sus casas para recibir a las almas de los difuntos adultos que vienen a visitarnos, según la creencia que se nos ha transmitido de generación en generación.
Por supuesto, mis amigos y yo deambulábamos entre la demás gente, desparramando nuestra algarabía, empapándonos del misterio que el cielo descarga cada noche en los días de muertos, y deseosos de que ese primero de noviembre fuera inolvidable.
Eran las once de la noche.
−¿Qué les parece si vamos al panteón? –propuso Jesús, mientras nos comíamos un pedazo de calabaza que nos habían dado en la ofrenda de la abuelita de Manuel.
Nadie respondió. Nos quedamos mudos, viéndonos los ojos como esperando alguna reacción de rechazo de alguno, porque no teníamos duda: la idea era estupenda. Al unísono, con un grito enorme aceptamos y nos fuimos a golpes sobre Jesús por tan increíble propuesta.
−Vamos, pero hay que llevar algunos “refrescos” –dijo Manuel.
Todos entendimos el tono de sus palabras y Lupe, que era la que administraba las cooperaciones, comenzó a pedir dinero y con lo que se reunió pasamos a la tienda de don Chano a comprar unas caguamas, aprovechando que aún no cerraba.
El panteón, ubicado sobre una colina en la orilla del pueblo, entre unos terrenos de siembra en los que aún no terminaban de cortar los tallos secos de las milpas, nos atraía: gigante, fantasmagórico, misterioso, mientras lo observábamos junto a la última casita, antes de cruzar la barranca y tomar el oscuro camino hacia la aventura de esa noche.
Al llegar, nos dirigimos hacia una tumba donde habían colocado algunas veladoras encendidas y nos sentamos sobre el cemento frío de la lápida. Sergio, quien era experto para destapar las cervezas con los dientes, abrió la primera caguama, le dio un gran trago y la pasó a Jesús.
Lupe comenzó a contar historias de espantos y de cosas que, según ella, le habían pasado a su papá, que era taxista. Entonces, todos recordamos otros cuentos y películas de terror, de miedo, y relacionadas con los días de muertos.
A lo lejos, el pueblo se veía como dormido, aunque sabíamos que la gente andaba por las calles, repartiendo ofrenda.
Casi terminábamos de beber las cinco caguamas que habíamos comprado, cuando Sergio sacó unos cigarros que, dijo, eran de los “buenos”, es decir, con mariguana. Comenzamos a fumar, menos Carmen y Tere que, disimuladamente, hacían que le chupaban y lo pasaban a quien se encontraba a su lado. En ese momento una ráfaga de aire helado nos golpeó los rostros y nos provocó, a todos, un estremecimiento en el cuerpo que nos hizo expresar frases de espanto y abrazarnos unos a otros. Como cerca de mí se encontraba mi prima Tere, me abrazó con gran fuerza y pude sentir sobre mi hombro derecho el temblor de sus exquisitos pechos que apenas si disimulaba con una playera negra que llevaba puesta.
Cuando pasó el susto, Carmen propuso que regresáramos al pueblo. Nadie estuvo de acuerdo. Lupe le pidió a Carmen que la acompañara a “cortar florecitas” detrás de otra tumba cercana. Manuel, Sergio y Jesús también fueron a “tirar el agua”, pero por otro lado. Entonces, Tere tomó una de mis manos y me dijo:
−Pinche, Beto, lástima que eres mi primo. Si no lo fueras no sé qué haría contigo.
No contesté, por respuesta la atraje hacia mí y le di un beso. Ella me rodeó por el cuello y nos besamos sin importarnos que los demás se encontraran a escasos metros de nosotros. Las caricias fueron en aumento. En la oscuridad, iluminados sólo por la tenue luz de las veladoras, pude percibir que nuestros amigos se juntaron y en sus sombras adiviné que se entregaban a las mismas pasiones que se habían desatado entre mi prima y yo.
Sin reservas, nos fundimos en la hoguera de los cuerpos y dejamos que nuestras ansias se desbordaran sin medir consecuencia alguna. Cuando pasó el furor del deseo y se hubo disipado el efecto de las cervezas y de la mariguana, nos vimos todos sentados, cabizbajos, en la orilla de la tumba.
Sin hablar, temblando, un poco por el frío y otro poco por el atrevimiento que tuvimos al ofrecerles algo de entretenimiento a los inquilinos del panteón, volvimos al pueblo, donde, al entrar en contacto con la gente, recuperamos nuestra normal forma de vivir, con la alegría que dejamos en esa noche de día de muertos.

Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com