miércoles, octubre 13, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“Desde el CERESO…”
José I. Delgado Bahena
¿Qué pensabas? ¿Creíste que por haberme echado la tira encima para que me apañaran, te ibas a escapar de mí? Pues no, mira: he estado aguantando todo. Primero la “bienvenida” de los compas de celda, que se creen reyes nomás porque llevan más tiempo aquí, después la pinche comida que te ponen en un tambo a donde tienes que llevar tu “plato” que muchos hacen cortando un envase de refresco. Además, claro, de las pestilencias y los malos tratos de los malditos custodios que se ensañan con uno, como si ahí fueran a vivir siempre. Ah, y por si fuera poco, lo que tenemos que hacer para pagar por todo, hasta el pase de lista te cuesta.
Todo, todo eso lo aguanto nomás pensando en el día en que salga para buscarte y entregarte tu pasaporte, aunque tenga que regresar a este maldito lugar con una condena más grande, iré y te ayudaré a pasar el río y te empujaré al infierno, de donde eres, porque eres una bruja, una diabla, una perra del demonio.
Ya sé: dirás que soy un tonto porque te estoy poniendo sobre aviso con esta carta que mi camarada “El burro” me hizo el favor de darle a su vieja que vino a la visita conyugal. Pero no te preocupes, el mundo es chiquito y de una vez te digo: los toques que te voy a dar no te los quitará ni la méndiga de tu madre. Y si se puede pues hasta ella sabrá de mí.
De plano, te pasaste. Aprovecharte de que mi chamba como repartidor de periódico no nos daba lo suficiente y me sugeriste que me fuera de chalán con tu tío Chabelo para ayudarle a hacer sus trabajos de electricista y ahí aprendí mi mejor oficio. Sólo a él, a él sí le agradezco que me enseñó cómo hacer los cableados, las tierras y las corrientes, las instalaciones y los trucos para que los medidores no registren completo el gasto de la energía. Pero tú… ¿te tengo que agradecer que me hayas jugado chueco con ese wey que conociste en la escuela donde estudiabas la primaria para adultos?
¿Ya se te olvidó? Ya no te acuerdas que me dijiste: “Para no aburrirme, mientras vas a hacer tus chambas de electricista, yo entraré a estudiar en el INEA”.
¡Claro! Más que aprender, buscabas diversión y la encontraste con ese tipo, porque eres una cuzca. Ah, y tu maldita madre, la alcahueta, ¡hasta te cuidaba a nuestro niño! A ella no le haré nada, no la maltrataré físicamente, pero le dolerá más esta carta. Enséñasela. A ver si después puede dormir tranquila.
¿Crees que puedo olvidar toda la chinga que me llevaba ranurando paredes, cargando la escalera, haciendo zanjas mientras tú le dabas vuelo a tus instintos? Y luego: ¡en la misma casa!, donde los encontré haciendo sus porquerías.
Lo malo es que no llevaba más que desarmadores y las heridas que te hice no te mandaron al panteón, como yo quería; por eso pudiste escapar para echarme a la poli y me acusaste de intento de homicidio, lo que me costará una buena temporada aquí. Pero recuerda: “No hay plazo que no se cumpla…” Un día saldré y no te salvará ni el nuevo wey con el que estés, porque de seguro ya andas de caliente enredada en otros cuerpos.
Mientras, aquí estaré, aguantando, sobrellevando el ritmo de mis compañeros reclusos y de los custodios que por todo nos sacan dinero. Ni modo. Esta vida no la elegí. Ahora aprenderé a hacer cinturones para sacar algo de dinero para las cuotas y para la mota, que ya probé aquí y me gustó, porque todo cuesta. Todo hay, aunque lo dudes. Aquí conseguimos hasta tequila, pero cuesta más que en la calle.
Cuando salga te llevaré tu regalito. No te escondas, te encontraré donde estés para darte un encarguito. Por favor cuida tu perra vida, no quiero que te mueras antes de que salga de aquí de este lugar de readaptación al que me enviaste.
Escríbeme: jose_delgado9@hotmail.com

miércoles, octubre 06, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

¡Las malditas feromonas!
José I. Delgado Bahena
Se conocieron desde la primaria, cuando ambos estudiaban el sexto grado en la escuela Andrés Figueroa. En ese entonces, ellos: Tania y Manuel, además de Lina, salieron triunfadores en sus respectivos grupos en los exámenes de la Olimpiada del Conocimiento que a nivel escuela les aplicaron sus maestros. Y en la evaluación final, en la que decidieron quién de los tres representaría al centro de trabajo donde estudiaban, Tania fue la ganadora. Entonces, el director les pidió a Manuel y a Lina que ayudaran a estudiar a su compañera para la siguiente etapa. La mamá de Lina no aceptó que su hija apoyara a Tania, incluso manifestó una gran molestia y difamó a los maestros diciendo que hubo fraude en la selección, sólo porque Tanía era hija de la hermana del director de la escuela.
Desde entonces, por el mes de marzo de ese año, hasta mayo, cuando fue el examen de zona, que Tania también ganó, convivieron y compartieron muchas tardes en la casa de ella, repasando los temas que habían estudiado en clase. Con ello se fue propiciando un mayor acercamiento físico y en los sentimientos.
−Un día me casaré contigo –dijo Manuel, tomando la mano derecha de Tania y mirándole a los ojos. Ella no manifestó ninguna reacción; sólo bajó la mirada hacia sus libros en un mudo gesto de aceptación.
El destino los separó. A Tania la inscribieron en la ESPI y a Manuel en la Jaime Torres Bodet, para continuar con sus estudios en ese nivel de secundaria. Aún así siguieron en contacto a través de los mensajes en sus celulares y por medio del Messenger; pero, poco a poco, el sentimiento infantil que nació en la primaria, se fue quedando dormido, agazapado, mientras desahogaban sus emociones en las relaciones que construyeron con sus adolescentes compañeros de las nuevas escuelas.
Todo habría seguido bien, si no es porque, casualmente, se volvieron a encontrar en la etapa del bachillerato y, para hacer más efectiva la coincidencia, les tocó en el mismo grupo.
A sus quince años, las feromonas les activaron el recuerdo y les despertaron el interés que surgió en su niñez, propiciado por las tardes de estudio, y motivaron, en ella, el impulso por hablarle a él, por reanudar aquello que se interrumpió en la adolescencia.
−Hola –dijo Tania, sentándose en una silla vacía, a un lado de Manuel−. ¿Ya no te piensas casar conmigo?
−¿Cómo estás? –respondió él, acerándose a ella para besarla en la mejilla.
−Bien, gracias. Pero, ¿por qué no contestas mi pregunta? –insistió con una sonrisa coqueta.
−Claro que sí –respondió decidido−, pero cuando seamos grandes.
−Mientras tanto –aceptó Tania−, ¿por qué no me invitas al cine?
Primero fue el cine, luego el café, el balneario, el parque; cualquier lugar y a cualquier hora después de clase eran propicios para estar juntos. Incluso, con la autorización de la madre de ella, se pasaban parte de la noche afuera de su casa, sentados en una jardinera, respondiendo a sus juveniles impulsos y al nuevo sentimiento que se acrecentaba cada día. Con ello, las promesas de una vida juntos y un matrimonio feliz se fueron fincando con firmeza en sus corazones y les permitían otros atrevimientos que encontraban su límite en las caricias que ella le permitía y que él se llevaba para disfrutarlas todavía en la intimidad de su cuarto.
Una tarde, en que la madre de Tania no se encontraba en casa, y con el pretexto de ver las fotos de la fiesta de clausura de su generación, en la "Andrés Figueroa", Tania invitó a Manuel a pasar al interior de su casa. Más tarde, después de gozar con los recuerdos y las apariencias infantiles que encontraron en las fotografías, las feromonas fueron más incitantes y provocaron en los jóvenes los deseos reprimidos durante los furtivos besos y las caricias callejeras. Sin límites ni reservas, dejaron que sus ansias respondieran a las urgencias sexuales, que despertaron con los aromas corporales, y se entregaron en la correspondencia de los fluidos sin precaución y protección alguna. Esa fue la primera de tantas que, confiados en su suerte, aprovecharon las constantes ausencias de la madre de Tania para soltar sus impulsos y enredar el amor en la confusión de la complacencia de los cuerpos.
Todo iba bien, hasta que Tania detectó la interrupción de su menstruación y le llenó de angustia. Juntos pensaron en soluciones para terminar con el embarazo inesperado que les alteraba la vida. Manuel encontró, en el mal consejo de un amigo del Tecnológico, la sugerencia de un aborto provocado en la clínica de un médico conocido suyo quien le aseguró que, a cambio de cierta cantidad de dinero, en una tarde les resolvía el problema.
Una fuerte infección en el útero y una constante hemorragia que no logró contener Tania durante la noche, fueron las consecuencias de la inducción del aborto que el médico realizó con el peor procedimiento: el de dilatación y raspado, y fueron las causas de su muerte, de su adelanto de este mundo, por dejarse convencer por las malditas feromonas.
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jose_delgado9@hotmail.com

miércoles, septiembre 29, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

Webcam del deseo
José I. Delgado Bahena
Juan Antonio se enredaba todas las tardes, saliendo de la prepa, en el laberinto de las amistades cibernéticas y, aprovechando que no se encontraba nadie en casa, mantenía conversaciones atrevidas con gente que ni conocía; entonces, con la llama del deseo encendida, accedía a las más arriesgadas de las peticiones que le hacían.
−¿Tienes cámara? –le interrogó alguien en el mensajero.
−Sí. ¿Y tú? –respondió Juan Antonio.
Enseguida apareció en el rectángulo de diálogo una invitación para iniciar una video-llamada. Le dio clic en aceptar y pudo ver a una mujer madura, de tez blanca y ojos claros que con un español mocho le invitaba a que se desnudara.
−Tú primero –dijo él con voz temblorosa−. ¿Cómo te llamas? –agregó.
−Pamela –respondió ella mientras se quitaba la pequeña blusa roja que no lograba cubrir por completo sus enormes pechos.
Pamela se sobaba los senos, se mojaba los dedos con saliva y se frotaba los pezones mientras giraba su lengua humedecida alrededor de sus labios.
Juan Antonio se quitó la playera e intentaba imitarla. Ella se puso de pie y le mostró que se despojaba de su pantaletita. Él hizo lo mismo con su bóxer.
Esa era su rutina hasta que llegaban sus padres.
Una mañana, en una hora de clase que −para variar− no había llegado el maestro, se reunió con sus amigos Irving y Jorge a quienes les contó lo que hacía y los invitó a que fueran a su casa. Lo planearon todo para el siguiente viernes, mientras los amigos avisaban a sus familias que llegarían tarde ese día por tener que ir a hacer un trabajo en la casa de Juan Antonio.
−Hola −le saludó “Alondra”.
−Hola, “Alondra”. ¿De dónde eres? –escribió Juan Antonio.
−De Iguala –contestó ella−. ¿Y tú?
−También. ¿Tienes cámara?
−Sí. ¿Por qué?
−Para verte. Están aquí mis amigos. Si gustas también ellos se desnudan.
−¿Para qué así, si podemos hacerlo en persona? Mejor los invito a mi casa.
Emocionados aceptaron la invitación. Tomaron nota de la dirección y la forma de llegar a la colonia donde vivía Alondra. Juan Antonio sacó su moto y los tres, montados en ella, se dirigieron al domicilio que les indicaron.
Una chica muy guapa, alta, cabello corto y negro, con maquillaje en exceso y de, aproximadamente, treinta años, los recibió y los invitó a pasar.
En la mesita de la sala los esperaba un gran surtido de estupefacientes: cocaína, metanfetaminas, hongos, espirits, crak y mariguana. Además, por supuesto de algunas bebidas alcohólicas y refrescos.
−Pónganse cómodos –les dijo Alondra con una rara voz de barítono−. Tomen lo que gusten, con confianza. Voy al baño y regreso.
Los muchachos, nerviosos pero con interés, comenzaron a inspeccionar en las sustancias que les habían dejado en mantel de plata. Irving tomó un carrujo de mariguana y, con un encendedor que estaba sobre la mesa, lo prendió y le dio una gran bocanada, después se lo pasó a Jorge quién le fumó levemente y Juan Antonio, aparentando experiencia, lo llevó a su boca para chuparle en dos ocasiones sin soltar el humo.
En ese momento regresó Alondra −vestida con mínimas prendas−, se dirigió al aparato de sonido y al ritmo de un blues se sentó a un lado de Juan Antonio. Tomó un botecito que contenía pastillas de color rosa, les ofreció una a cada muchacho y ella misma puso una en su boca, la mordió y comenzó a masticarla. Ellos hicieron lo mismo.
Jorge se animó, tomó una estampita de LCD, la colocó debajo de su lengua y al poco rato empezó a sudar y a sudar, hasta quedar empapado y tirado en el piso gritando que un demonio azul le mordía el cuello.
La tarde caía. El alcohol y las drogas consumidas en esa tarde les hicieron perder la conciencia de lo que hacían y de lo que decían. Lo último que Juan Antonio recordó, después de montar elefantes rosas, es que Alondra era en realidad “Alondro” y que Irving se dirigía con "ella", tomados de la mano hacia la recámara.
Cuando regresaron a la realidad, gracias a que Alondra los obligó a beber agua mineral, la noche cubría la ciudad y un aguacero había inundado las calles. Los tres amigos tenían miles de llamadas perdidas de sus familiares en sus teléfonos celulares. Salieron a la calle sobre la moto de Juan Antonio quien tuvo que dejar a cada uno en sus casas y volver él, a la suya, para enfrentar los regaños de sus padres y la sobrecarga de conciencia que les regaló aquella tarde la webcam del deseo.
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jose_delgado9@hotmail.com

miércoles, septiembre 22, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

No me ayudes compadre…
José I. Delgado Bahena

“Compadre”, le dijo Raúl a Enrique por el celular, “acabo de ver a tu “cuarenta y dos” entrando al hotel que está en la entrada de Tomatal y se me hace que le están despachando un cero-nueve”.
“No manches compadre, a esta hora debe estar recogiendo a los niños en la escuela.”
“Pues… no sé, compadre, ¿por qué no le echas un “cuatro cuatro” por la zona, nomás para que salgas de dudas?”
“Sale compadre, nomás termino de levantar un “siete-nueve” a un güey que se pasó un alto y me lanzo a merodear por aquellos rumbos.”
Enrique cerró el teléfono, lo colocó en su cintura, junto al aparato de radio, y se dirigió al automovilista que esperaba a un lado de su carro esperando llegar a un arreglo y no tener que pagar por la infracción que había cometido.
−¿Entonces qué, mi oficial, me la va a perdonar?
−Sí amigo, sólo que ya sabe, está haciendo un pinche calor que se antoja un refresquito.
−Sale pues mi jefe –dijo el conductor, acercándose al agente de tránsito y, a modo de saludo, dejando en su mano un billete de cincuenta pesos−, tenga para su “chesco”.
−Órale, ya váyase y para la otra sea más precavido, no vaya a atropellar a algún peatón.
−Sí mi jefe, nos vemos –respondió el hombre subiendo a su auto y arrancando enseguida.
Enrique guardó el billete en el bolsillo derecho de su pantalón, que se notaba abultado por la morralla que había juntado en medio día de su trabajo como agente de tránsito municipal. De pronto, recordó la llamada de su compadre Raúl. Tomó su aparato de radio y marcó:
“Mi jefe: con la novedad de que necesito de su autorización para ausentarme un par de horas, hay una emergencia en mi “noventa”, además de que necesito aplicar un “siete-seis”, porque al parecer algo me cayó mal en el almuerzo. Si usted me autoriza iré a dar el “doce” a mi familia y de paso aligerar el estómago.”
“Enterado, no se preocupe. Aplicaremos el “doce” a su zona. Ah, no se le olvide reportarse con su X60 donde usted ya sabe. Cuídese y salúdeme a su “cuarenta y dos.”
“Gracias, jefe.” Contestó Enrique cerrando la conversación y arrancando la unidad que tenía asignada.
Inmediatamente tomó el rumbo hacia Tomatal. Se estacionó cerca de un puesto de hamburguesas y esperó. Desde ahí podía ver con claridad quiénes entraban y salían del hotel ubicado en esta área.
A los pocos minutos, nuevamente sonó su teléfono. Era su compadre Raúl.
“¿Qué pasó, compa?”
“Ocho-ocho, compa, pues nada.” Contestó Enrique. “Estoy aquí, frente al hotel, no hay nada que informar.”
“Mira compadre”, agregó Raúl. La verdad, desde hace tiempo que muchos del gremio sabemos que tu 42 te pone el cuerno. No te quería decir nada porque pues, al fin y al cabo es tu vida, pero la neta da coraje, no es justo que te la pases chingándole todo el día para que ella ande de caliente.”
“No manches compadre, ya me estás haciendo encabronar”
“Ni modo compa. Es que si a mí me pasara lo mismo, me gustaría que mis cuates me lo dijeran para que no me vea la cara ella, ni se rían de mí los demás. ¿Tú crees que los compañeros se aguantan? De güey no te bajan y no se vale.”
“Eso sí compa, más vale saberlo, terminar todo y cada quien por su lado. ¿No crees?”
“No seas güey compa, mínimo una madrina a ella y un sustito al otro penitente, nomás por hacer cosas indebidas.”
En ese momento, llegaron dos taxis y entraron al hotel.
“Sale compa, luego te llamo, estaré al pendiente, parece que hay movimiento.”
Un taxi volvió a salir, llevando a Elena, la mujer de Enrique, en el asiento trasero. Inmediatamente salió la otra unidad de servicio llevando como pasajero a Héctor, un compañero de Enrique, en el asiento delantero.
Con el corazón hirviendo y con las palabras de su compadre vibrando en su mente: “Mínimo una madrina”, se dirigió a su casa encontrando a su mujer en la sala, al lado de sus hijos.
Subió con grandes zancadas la escalera hacia la planta alta, tomó un revolver que tenía en su cómoda, regresó a la sala y, sin darle tiempo a Elena, quien con ojos de espanto vio como le apuntaba con el arma, de que al menos apartara a sus dos hijos, le disparó a quemarropa, sobre el pecho, y amartillando nuevamente la pistola, se la puso en la boca, aplicándose un 22 con un tiro mortal que terminó, definitivamente con el enredo de los celos.
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jose_delgado9@hotmail.com

lunes, septiembre 20, 2010

DEL LIBRO "AZUL COMO EL PECADO"


SOY UNO MÁS

SOY UNO MÁS
QUE ASPIRA A SER POETA
Y QUE JUEGA
CON EL DULCE PLACER
DEL TONO Y LA ARMONÍA
EN LAS MALAS PALABRAS
QUE BROTAN DE LAS LLAGAS.

SOY UNO MÁS
QUE SE PERFUMA EL ALMA
CON LA PÁLIDA LUZ
DE LAS ESTRELLAS,
Y CAMINA ENTRE ABROJOS,
DESCALZO Y TACITURNO,
SUSPIRANDO POR TODO
Y MURIENDO POR NADA.


José I. Delgado Bahena

miércoles, septiembre 15, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

La noche del Grito
José I. Delgado Bahena
Todo empezó con la ocurrencia del Comité de las Fiestas Patrias que tuvo la “genial” idea de que la representación de los personajes, para la escenificación del Grito, se hiciera con adultos, personas ya mayores; no como antes, que lo hacían puros chamacos. A mí me invitaron para hacer el papel de Allende y tenía que suspender mi trabajo de taxista para ensayar, una semana antes, desde las diez de la noche hasta que salía bien una parte.
Los demás papeles se distribuyeron bien. Bueno, buscaron a las personas que más se parecían a los héroes de la Independencia. Pero el que sí, de plano se lució, fue don Zefe, el de la tienda del centro. Él hizo a Hidalgo y nomás fue necesario que le pusieran un peluquín con algodón para que quedara igualito al Padre de la Patria.
Lo malo fue que el personaje de doña Josefa lo hizo Ramira, que fue mi novia cuando los dos teníamos quince años. “Lo que sea de cada quien, sin menospreciar a mi vieja, todavía es muy guapa”, me dije. Se puso robusta y engordó un poco, pero sus ojos como estrellitas todavía me deslumbran, la verdad.

Total que, desde el primer día de los ensayos, los dos sentimos hormigas en el estómago −como quince años atrás− y se nos olvidaron nuestros compromisos y nuestros hijos. Fue ella la que empezó a hacerme plática y se me pegaba al cuerpo, disimulando, mientras no ensayábamos. Después, yo la llevaba a su casa, en el taxi, porque vivía en la orilla del pueblo. Ella aceptaba pero con la condición de que también se fuera con nosotros Lupita, la hija de Miguel que hacía el papel de Carmelita y que vivía por su rumbo.
Una tarde la encontré por el centro de la ciudad. Yo iba en el taxi y ella estaba en la calle, como esperando un servicio. Me detuve y me ofrecí a llevarla. No hubo mucha plática ni ella dijo nada cuando vio que me dirigía hacia otra ruta y me metía a un hotelito, que está por el periférico, donde recuperamos nuestras ansias que habían quedado dormidas en la etapa del noviazgo.
El 14, después del último ensayo, al bajar Ramira del taxi, le di una cartita en la que le proponía que dejáramos a nuestras familias y nos fuéramos lejos, juntos, a hacer una nueva vida. Ella escondió una sonrisa y guardó el papel entre sus pechos.
La noche del Grito llegamos todos con nuestros vestuarios en ganchos y nos cambiamos en bola al interior de la comisaría, mientras en el patio coronaban a Diana, la reina de ese año. Doña Josefa, o sea Ramira, con su peinado de molote, como la original, y sus también originales pechos, prominentes y exquisitos, provocaron en mi sangre tal reacción que no me pude aguantar para preguntarle:
−¿Qué has pensado de mi propuesta?
−¿Cuál propuesta? –me interrogó arqueando sus hermosas cejas.
−La que te hago en la carta que te di ayer.
−¡La carta! –exclamó con las manos sobre el maquillaje de su rostro.
En esos momentos nos pidieron que subiéramos al techo de los salones de la telesecundaria, donde habían montado el escenario, y ya no platicamos más, pero su cara de sorpresa me puso a temblar y no dejé de preguntarme en dónde había dejado el papel y si su marido lo habría hallado.
Cuando estaba la representación de la Conspiración de Querétaro, y yo, en mi papel de Allende, sentado junto a Hidalgo, advertí que Ramira me hacía señas; me levanté y fui junto al telón donde ella me entregó un papel. Regresé a la mesa y ahí leí el mensaje: “Ya nos descubrieron”, decía. Con lo preocupado que estaba por la carta que yo le había dado, entendí que su marido la había encontrado y se había enterado de su infidelidad, olvidando que ella, doña Josefa, nos avisaba, a los conspiradores, que nuestras reuniones habían sido descubiertas y que Hidalgo debía adelantar la fecha del inicio de la lucha por la Independencia de México.
No recuerdo qué dije, me levanté, salí del escenario, tomé de la mano a Ramira y juntos bajamos la escalera que pusieron para subir al techo de la escuela. Ella no se resistió, me siguió hasta el taxi que había dejado estacionado afuera, nos subimos y nos vinimos a la ciudad.
Después supimos que Juan, su marido, nos había seguido –porque estaba entre la bola de gente− y llevaba intenciones de matarnos. Al parecer alguien lo convenció de que no valía la pena y nos dejó vivir en paz. Ella y yo nos separamos legalmente de nuestras parejas y formamos una familia. Ya tenemos dos hijos y aunque nos han invitado a participar otra vez en la escenificación del Grito, mejor no aceptamos: no vaya a ser la de malas…

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jose_delgado9@hotmail.com

miércoles, septiembre 08, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

Amor virtual
José I. Delgado Bahena
Se conocieron en el chat. Ella con el sobrenombre de “Carita feliz” y él con el de “Ventrílocuo”. Al trasladarse a una ventana privada se dijeron sus verdaderos nombres y sus direcciones de correo electrónico para seguir en contacto por este medio.
Después de los versos, las canciones y las fotos que intercambiaron, a los pocos días comenzaron a sentirse atraídos e identificados en sus emociones, lo que les llevó a darle forma a un sentimiento que se fue materializando con cada mensaje y cada palabra que se dedicaban en las conversaciones que mantenían todas las noches a través de la red.
−No sé qué me pasa –le dijo Omar en una ocasión−, durante el día siento las horas largas y espero que llegue este momento con ansiedad por hablar contigo.
−Me ocurre lo mismo –respondió Yuridia− pero todavía más: me muero de ganas por conocerte en persona. Las fotos que me has enviado no me bastan. Tengo la impresión de que el hecho de que nos encontráramos en el chat no fue casualidad, sino que alguien nos tendió una trampa para hacernos vivir esta experiencia.
−¿Te arrepientes? –preguntó angustiado Omar.
−Claro que no. Pero lo que siento por ti ya no es sólo amistad, creo que ya te amo.
−También yo. No tengo dudas. También me gustaría conocerte. Pediré dos días de permiso en mi trabajo e iré a Iguala para verte. Espero no defraudarte.
−¡Cómo crees! –protestó Yuridia−, lo que importan son los sentimientos, no el físico. Pero, ¿qué te parece si mejor yo hago el viaje y voy a Acapulco? Así, además, iríamos al mar y conviviríamos allá, si te parece bien.
Fijaron la fecha, el lugar y el momento en que se encontrarían para conocerse. Y como no hay plazo que no se cumpla…, el día esperado llegó y Yuridia se trasladó al puerto en una mañana de un sábado bañado por una ligera llovizna.
Llegó a la playa de Caleta, donde habían quedado, se sentó sobre una toalla que llevaba en su pequeña maleta de viaje. Le emocionaba el pensar que conocería a Omar Venegas, su novio por internet, la persona virtual que le había hecho despertar a ese sentimiento que se le había negado en los últimos meses. Esperó cerca de veinte minutos observando el vaivén de las olas que le provocaban una placentera sensación de paz, de esperanzas y alegrías. ¿Cuántas veces había estado ahí en compañía de sus hermanos y sus primos? No sabía, pero lo que sí sabía era que la emoción no era la misma.
−¡Buenos días! –le susurró Omar en su oído derecho.
Sorprendida, volteó en busca del dueño de esa voz que le había provocado sobresalto en su corazón. Junto a ella se encontraba un hombre diferente al que había conocido a través del Messenger, muy diferente al de las fotos. Definitivamente ese hombre no era Omar, se dijo.
−¿Quién es usted? ¿Qué quiere? –preguntó con gran perturbación, poniéndose de pie y buscando un punto de apoyo entre la gente que con su algarabía aguijoneaban su mirada en esa tarde nublada del puerto.
−Soy Omar –le dijo él−, y te quiero a ti.
−Eso no es cierto. A Omar lo conozco. Traigo sus fotos –dijo con angustia mientras buscaba en su bolso las impresiones de dos fotos de él que había mandado hacer.
−Sí, mira: la verdad es que esas fotos son de hace quince años, pero soy yo. Recuerda que me dijiste que lo más importante eran los sentimientos.
−Sí –dijo ella con rencor−, pero la mentira es lo peor. Pudiste haberme dicho la verdad y no fingir lo que ya no eres.
−Sigo siendo el mismo… o acaso ya te olvidaste de todo lo que nos escribimos en el Messenger?
−Olvídalo –dijo Yuridia, dándole la espalada, tirando las fotos en la arena y tomado su bolso para dirigirse a la avenida en busca de un taxi.
Él la siguió, le rogó que le dejara explicarle, se subió al taxi con ella e insistió. Al no obtener respuesta a sus súplicas más que un obstinado silencio de Yuridia, sacó una pequeña pistola que llevaba entre sus ropas y le disparó en el pecho, a ella, y en la cabeza al asustado taxista que no tuvo tiempo, al menos, de detener el automóvil que se estrelló contra una palmera de las tantas que hay en la costera Miguel Alemán, de este puerto.
Omar bajó del taxi y corrió entre los curiosos que se habían acercado al auto accidentado. Al llegar al zócalo, vio un cyber, entró, pidió una máquina y se conectó a una sala de chat.
−Hola –dijo “Ventrílocuo”.
−Hola –le respondió “Estrellita”.
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sábado, septiembre 04, 2010

ENROQUE POÉTICO


¡OH, MAR DE AMOR!

José I. Delgado Bahena


Mar que me inunda el pecho
y silencia mi silencio.
Mar de luz que incendia mi alma
e ilumina mi vida.
¡Oh, mar de amor!
Mar que brota en la vasija de mi sangre
y entorpece mis sentidos,
mar que baña mi luna blanca
con miradas de plata.
¡Oh, mar de amor!
en el fondo de tus aguas
toda la poesía descansa.

martes, agosto 31, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

Con olor a olvido
José I. Delgado Bahena
(Epistolario)
Es inútil, lo sé, escribirte donde todos leen, menos tú. Quizá por eso lo hago: porque nunca me atreví a decirte con palabras, de frente, lo que te dije en silencio con el aire de mis ojos. ¿Por qué fui siempre un maldito cobarde que se arrancó la piel, tira tras tira, desde la frente hasta las puntas de los dedos, antes de pedirte que te fueras? Un día quise hacerlo pero terminé vencido entre tus brazos, remando con mis dudas en las olas de tu cuerpo, bebiéndome tu aliento, tus ansias desbordadas y la frescura de tus besos.
Y así fue permanentemente.
Todavía me pregunto si te quiero a pesar de tus pasos ciegos, de tus palabras hirientes, de tus miradas llenas de desprecio. Digo que no y estoy muriendo, le grito al viento que sí y es el remedio.
Por fortuna me quedan mis huesos y mis dedos, la cama de mi abuela en la que a veces duermo y el sombrero de charro del tío José que rescaté, temblando, de su cajón de muerto. No es mucho lo que tengo pero es bastante. Ojalá un día me devuelvas las orillas de luz de mi luna plateada, la hormiga silenciosa, el péndulo dormido, el mar, los cascabeles y mi corazón que te llevaste en esa madrugada con los azules de oro que adornaban nuestra cama.
Por lo demás, es lo de menos. ¿Qué puede hacer el hombre que vive una vida prestada? Sólo una cosa: ser honesto y entregarla.
Cuídate mucho, no olvides que sin ti soy un ave que no vuela y que no canta.
***
A pesar de todo, te escribo.
Hay una nube de mosquitos rondando sobre tu recuerdo que no termina por dejarme.
Un día te dije que cuando te fueras de mi lado, moriría; pero el bueno de Dios dejó un ratito su pleito con las estrellas y me envió una gota de luz de sus ojos para iluminar mi soledad nocturna.
Hoy pensé en ti desde el amanecer, y las palabras, como moscas, se me insinuaron, golosas. Entonces, destapé el frasco de mis nostalgias y una a una las he derramado en este pedregal de corazones ciegos.
Por eso escribo sangre en vez de lluvia, y aún estoy en el desierto de mi vida sin luna. Un escorpión venenoso ha mordido mi cerebro y te pienso con llagas en la lengua y avispas en el cuerpo.
Eso es todo.
Maldigo tu recuerdo rodeado de mosquitos y maldigo la noche que enturbia mi descanso.
Voy a sembrar este día en la tierra del olvido para que no me duela pensar que aún te quiero.
***
Después de hablar y de tratar de explicar todo lo que no tiene otra explicación más que el desamor; después de explorar en la mirada, en el roce de los cuerpos, en el movimiento de las manos, en los gestos, en las palabras: todo se reduce al miedo, a la cobardía para decir lo que en la garganta quema y en el fondo del alma raspa.
Esto es más de lo que quiero escribirte, sin embargo. Ayer pensé en ti y recordé los días y las noches en las que nos comunicábamos ardiendo en el fuego de los sexos, con nuestros corazones enredados en el valor para enfrentar al mundo.
Y sin embargo, digo, nada ha quedado de lo que creíamos para siempre. ¿De quién fue la culpa? Es la pregunta que me hago cada noche rodeado del mutismo de tu ausencia. Y la mejor respuesta no me la dan ni el recuerdo de tus besos, ni tus abrazos, ni tus promesas falsas; la mejor respuesta, ahora, la entiendo en tu silencio.
***
Hoy me siento agradecido por todo lo que viví contigo. Y sé que soy un tonto, que debía aborrecerte por lo poquito que me quieres a cambio de lo mucho que te he amado. Pero te agradezco. Nunca me engañaste. Siempre supe que nuestra historia no tendría un final feliz, aunque muchas veces tratamos de ganarle la jugada al destino y nos creímos el sapo y la rana del cuento de hadas.
Ya ves: hoy me dices que me amas y que quieres estar por siempre a mi lado, sembrando sueños en la resequedad de nuestras nostalgias viejas.
Hace mucho te lo pedí, ¿recuerdas? Y tú, con una sonrisa, me dijiste: "imposible". Entonces, mi corazón se volvió azul violeta y se durmió en su cueva, invernando como un oso.
Sin remedio: el día que creímos lejano nos ha alcanzado y la luna taciturna guía nuestros pasos que nos separan y nos conducen por diferentes caminos; porque un día quise ser tu vida y no quisiste, y ahora que tú quieres, yo no quiero.
Adiós, cuídate.
Por lo poco que un día me quisiste, te agradezco.
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jose_delgado9@hotmail.com

jueves, agosto 26, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

Mala vida
José I. Delgado Bahena

−De por sí, le gusta la mala vida –eructó, Andrés, las ocho palabras a su compadre Alfonso ante la décima cerveza que tomaban en el billar de Paco−. Van cuatro veces que se va de la casa, con su madre, y siempre vuelve. Nomás me deja descansar de ella por una temporada y regresa. Cuando se da cuenta de que no iré a buscarla, ella misma empieza a llamarme y a decirme que si no me importan mis hijos, que si ya no la quiero, que si ya tengo otra vieja…
−¿Y qué le dices? –le interrogó el compadre, completamente interesado en su respuesta.
−Pues ya sabes, pinche compadre: “¿cómo crees? –le digo−, si no tengo ninguna otra, sabes que eres la única, mi vida, y claro que me importan mis hijos, pero pues, te los llevaste…”
−¡Ay, compadre! Un día de estos te va a dejar de deveras.
−No creo compadre, la tengo enganchada. Mira: lo que más les importa a las viejas es que les cumplas en las noches. Claro, hacen sus berrinches y todo, pero sólo para darse su importancia.
−Pues sí, compa, ¿pero si un día te cae en la movida con Lore?
−Ah, pues yo creo que no le quedará de otra que aguantar, ¿no crees? Salud, pinche compadre, ya hasta me estoy emocionando. ¿Y tú qué, a poco le eres muy fiel a mi comadre?
−Pues no –contestó Alfonso después de darle un gran trago a su cerveza−, la verdad no; pero, pues ya sabes, no me gusta andarlo platicando.
−No me salgas con eso compadre. Mira, si ninguna de la oficina te da jale, te presento a dos o tres amigas que conozco. Tienes que probar, nomás para que veas que el agua bendita se encuentra en cualquier olla.
−Mira compadre –dijo Alfonso con la lengua enredada−, la mera verdad, Luz y yo también tenemos problemas. Me grita, me insulta y me amenaza con dejarme. Un día le di un buen jalón de greñas y se calmó pero al otro día llegó mi pinche cuñado a reclamarme. Ya no la aguanto, compadre, y pues… también tengo mi movida.
−¡Ya ves, cabrón, ya sabía que eras de los míos! ¡Chúpale, compa: esto hay que celebrarlo! –exclamó Andrés al tiempo que levantaba la mano llamando a la mesera para pedirle otra cubeta de cervezas− A ver, dime: ¿con quién andas?
−No compadre, eso no. No me obligues a decírtelo. Quiero ser discreto. Mejor vamos a tomar. Y no soy como tú, compadre. Yo sí la quiero. Por eso me anda por dejar a tu comadre.
−¡Ja, ja, ja,ja! No me salgas tan puritano. Si es casada, no te preocupes. Te juro por mi madre que no saldrá de mi boca ni una palabra; o como dice tu ahijada: “mi pecho es una bodega”.
−No es que sea puritano. Pero creo que lo mejor es que no te enteres.
−Ah, chingá. ¿A poco la conozco?
−Pues sí. Pero ya no me hagas preguntas. Mejor dime: ¿por qué no dejas a mi comadre y te juntas con la Lore?
−A ver, a ver… ¿por qué tan interesado en que deje a mi vieja? ¿No será que andas con ella? –le escupió la pregunta a su compadre, inclinándose sobre los envases de cerveza y mirando a Alfonso directamente con sus enrojecidos ojos por el alcohol.
−¿Cómo crees?, pinche compadre. Mejor vámonos. Ya estás borracho.
−No, nada de que vámonos. Se me hace que veo moros con tranchetes –dijo Andrés−. A ver dime –le gritó−: ¿verdad que tú y mi vieja me están jugando chueco? ¡Confiesa!
−No lo veas así, compadre. De todos modos tú ya no la quieres, y pues… bueno, la verdad sí: ella y yo tenemos algo que ver, pero nos queremos a la buena.
−¡Ah, lo confiesas! ¡Desgraciado! –le interrumpió Andrés a Alfonso, quien se había puesto de pie en señal de querer retirarse.
En ese momento, el coraje encegueció a Andrés, tomó un envase y se lo rompió en la cabeza a Alfonso quien, aturdido por la sorpresa y el golpe, se fue al piso en donde Andrés le cayó encima y, tomándolo por las orejas, lo azotó sobre el pavimento provocando que su compadre perdiera el conocimiento.
Un respiro de Andrés les bastó a los demás clientes del billar para sujetarlo y permitir que Alfonso recibiera las primeras atenciones médicas. Después llegaría la ambulancia y una patrulla de la policía que Paco, el dueño, había llamado para contener a los rijosos compadres.
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domingo, agosto 22, 2010

AZUL COMO EL PECADO

MI RELIGIÓN ERES TÚ

Mi religión eres tú,
en ti confío, a ti me atengo,
a la luz de tus ojos,
por donde voy,
me encomiendo.

Eres mi fe,
en ti yo creo,
lo que digas he de hacer,
tú decide, yo obedezco.

En tus manos estoy,
tuyos son: mi mente,
mi corazón, mi carne, mis huesos;
cuando despierto pienso en ti
y con tu nombre, entre mis labios,
me duermo.

Tú me has dado nueva vida
y no sé si la merezco;
hágase tu voluntad:
por ti vivo,
por ti muero.

Para mí no hay otro dios
que este amor en el que creo;
tú sabrás qué me darás,
sea la gloria,
sea el infierno.

De tus manos como el pan
y será para los dos pan sagrado,
este pan nuestro,
porque eres mi religión
y el amor que tú me das
es el dios
en el que creo.

martes, agosto 17, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“Ni cómo decir que no”
José I. Delgado Bahena
De niño le decían “El Rey”. Estaba de moda la película “El rey león” y en aquel entonces Beto se bañaba sólo cuando había eclipse y apestaba como los leones que traían en el circo. Por eso, desde que Beto, o mejor dicho: “El Rey” salía de su casa, todos sus amigos sabían que se acercaba por el fuerte olor que despedía.
¿Cómo iba a quitarse lo apestoso? ¿Cómo iba a saber que había un objeto que se llamaba jabón, si a sus siete años su padre los dejó, a él y a su madre, por irse a vivir con la dueña de la casa en la que trabajaba de chalán?
Pero Sabina, la madre, no lo iba a abandonar a su suerte. Como pudo: lavando ajeno y comiendo poco, lo mantuvo. Muchas carencias, poca escuela y nada de afecto hicieron que “El Rey” creciera con los puños cerrados y los dientes apretados. Dos camisas usadas, que le regaló doña Fulge, la del molino, y un pantalón de medio uso que Sabina compró en el tianguis de los jueves, fueron los regalos de quince años que recibió, más por caridad que por bendiciones.
−¡Quince añotes! −le dijo su madre−. Lástima, “mijo”, que no te pude mandar a la escuela. Si no, orita ya fuera tu clausura y tendrías tu madrina y te haría tu mole con un guajolotote para que te chuparas los huesos. Pero no. Ya ves: somos bien pobres.
−Madre –le dijo él−, no se apure. Pronto tomaré una decisión y ya verá que la sacaré de esta miseria en la que vivimos. Me andan invitando a un trabajo que nos va a dar mucho dinero.
−¡Ay, mijo! –exclamó Sabina con las manos sobre su cara−, no vayas a hacer cosas malas.
−No se preocupe. Sabré cuidarme. Usted nomás cierre los ojos y cuando menos se dé cuenta ya no estará en este cuchitril.
−¿Y quién te dará ese trabajo?
−No pregunte, madre. Usted, calle.
Desde entonces, Beto, el apestoso, se sacudió su apodo y empezaron a verlo con otras ropas y otros modos. Todos supieron a qué se dedicaba. De día y de noche andaba con su mochila en la espalda, como cualquier estudiante; primero a pie, después resultó que traía moto, con su casco y todo. Pocas veces convivió otra vez con los de su cuadra. Nomás lo veían pasar sin voltear a ver a sus antiguos compañeros de la infancia, los que le pusieron el apodo. Sabina iba al súper y regresaba en taxi con sus bolsas llenas de cosas. ¡Hasta les daba propina a los chamacos que le ayudaban a bajar todo lo que compraba!
Todo iba bien. Hasta que un día “El Rey” se bajó de su trono y comenzó a fanfarronear, ante sus viejos amigos, de los nuevos que le estaban dando a ganar mucho dinero. Hasta les ofreció un “pegue” de la buena, nomás porque ellos le pusieron el apodo que le había dado la buena suerte, les dijo.
Dos de los que estaban en la bola: Marcos, de dieciséis años y Luis, de doce, le aceptaron el obsequio a Beto y se fueron con él detrás de una barda a “periquearse”. “El Rey” montó en su moto y se fue, dejando a los dos chamacos bien drogados.
Nada hubiera pasado de no ser que en ese momento llegó Saúl, el padre de Luis, buscando a su hijo. Al hallarlo así: viendo elefantes rosas, se puso a indagar y ni cómo ocultarle la verdad, si todos sabían quién de la colonia se dedicaba a eso.
La denuncia la hizo Saúl, de manera muy discreta, a un número telefónico que encontró en un anuncio del ejército que aparece en el periódico, y en un operativo que pusieron por la entrada de Pemex, detuvieron a Beto. En su mochila llevaba algunos paquetes de mariguana y unas bolsitas con otros tipos de estupefacientes. Ni cómo decir que no. Ni cómo dar un paso de costado con tantas evidencias.
Ahora Beto está en la correccional. Le espera una larga condena y seguramente allí volverá a él su viejo mote de “El Rey, el apestoso”.
Sabina, tampoco ahora lo deja solo. Anda de casa en casa, pidiendo firmas para demostrar que su hijo era buena gente. Nadie le firma. ¿Pues cómo decir que no? ¿A ver, cómo?
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DESDE UNOS OJOS TIBIOS

(DEL LIBRO AZUL COMO EL PECADO)

Desde unos ojos tibios
he vuelto a mi soledad,
derrotado;
en las montañas lejanas,
el sol, que alumbraba mi camino,
se ha ocultado.

Y en esta oscuridad
regreso a mi dolor,
a mis manos huecas,
al sabor amargo.

Una espinita, apenas,
como alfiler de oro,
(y ha sido suficiente)
me ha matado.

¿Por qué habré permitido
que naciera esta flor
en mi viejo corazón
atormentado?

¿Cuándo cerré los ojos
para perderme en su risa,
en su amor cobarde,
ilusionado?

Desde unos ojos tibios
regreso a mi tristeza,
a mis sábanas frías,
al mar abierto de mi llanto.


JOSÉ I. DELGADO BAHENA

domingo, agosto 15, 2010

ENCRUCIJADA POÉTICA

NO PODRÁS
No podrás evitar el llanto
cuando recuerdes mi nombre,
cuando busques en otros ojos
la cariñosa luz de los míos;
no podrás escribir un poema
sin recordar mis suspiros
que rodaban generosos
por la piel de tus sentidos.
Y cuando estés a punto de dormir
e intentes abrazar la sombra de tu sueño,
no podrás olvidar las noches
en que, con amor,
te cubría con mis besos.
Entonces llorarás por tu destino,
por tener tu corazón, solitario,
quemándose de frío,
y extrañarás mis manos
en tus pechos encendidos;
y nuestras noches de pasión
será un secreto perdido
que esconderá tu memoria
cuando estés en otros brazos
imaginando
que te ha llegado el olvido.

martes, agosto 10, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

PINTOR DE ALMAS
José I. Delgado Bahena
Mi nombre es Fabián Barrera Cortés, tengo veintiséis años y soy pintor; no tan bueno como Velázquez, el maestro del barroco español, o el impresionista Monet; ni siquiera he llegado a ser lo bueno que es mi maestro Gerardo Mazón, quien me dio un curso en La Pérgola; no, no soy tan buen pintor como Félix Ocampo y Roselia Mendoza, ni siquiera pinto los paisajes de Lucas Martínez, pero lo que hago –apenas lo descubro− es pintar el alma, anticiparme, ser casi Dios, anunciador, profeta, director de la obra de teatro de la vida.
Ya sé, pensarán que estoy loco −y ojalá fuera así−. También lo creí al nacer mi único hijo y ver que su rostro era igualito a un bebé que pinté dos años atrás, cuando ni siquiera pensaba en casarme con Julia. En mi obra, dibujé unas manos masculinas que salían de la nada, unidas en posición de cuna, sosteniendo a un pequeño recién nacido. Al tener a mi hijo en casa, fue mi suegra –la maldita vieja metiche de siempre− la que identificó los rasgos de mi chavito con los de la pintura que tenía enmarcada, colgando en una de las paredes de la sala.
Efectivamente: los rizos, la frente amplia, la sonrisa, su nariz y hasta un pequeño lunar que por error le había quedado en una oreja al niño de mi dibujo, los tenía mi hijo.
Ahí comenzó todo. Al principio creí que eran puras coincidencias, pero la gente corrió el rumor de que mis cuadros vaticinaban acontecimientos, y todo tipo de personas me buscaban para que les dibujara sus anhelos, sus sueños, sus metas y sus ambiciones.
Comenzaron mis vecinos y gente muy humilde, pero después llegaron sacerdotes que querían ser obispos, médicos que querían ser presidentes municipales, maestros que querían ser directores, empleados que querían tomar el puesto de sus jefes; ¡vaya!, un día llegó un chavo que quiso que lo pintara de mujer y al poco rato ya andaba por las calles, todo pintarrajeado, con sus pantalones entallados y con su bolso. Lo curioso es que no a todos se les cumplían sus caprichos; aunque eso a mí no me importaba porque yo no les prometía nada, y como tenían fe, me pagaban mi buena lana por el cuadro al óleo, en tamaño de 40 por 50 cm, que les pintaba y se iban bien sugestionados.
Lo malo es que por estar metido en mi estudio, pinte y pinte, descuidé a Julia, mi vieja, y a mi chamaquito. Cuando me di cuenta, ya casi no me hablaban ni me esperaban a comer; nomás me dejaban el plato en la mesa y se iban a casa de la abuela que vivía a un lado de nosotros.
Como para recuperarlos me propuse hacer un retrato de mi vieja. Sólo que los demonios andaban sueltos y desde el boceto me di cuenta que las cosas iban mal, pero no pude parar y mi mano dibujó a Julia muy acaramelada con un fulano al que apenas había visto una vez; se trataba de Juan, un sobrino político de mi suegra que la visitaba, seguramente con el interés de tratar a mi mujer.
Desde ese momento me propuse borrar a la vieja del mapa e hice muchos bocetos en los que la dibujaba y moría de muy diferentes maneras: quemada, ahogada, atropellada, colgada, envenenada, etc., etc.
Y se cumplió. ¿No les digo que soy el dueño de las vidas de los demás?
Mi suegra murió ahogada, igualito que como la pinté: el fondo de mi cuadro es negro y a ella la puse en el centro de un círculo de agua verdosa. Su arrugada cara, sus ojos llenos de angustia y sus brazos extendidos con sus manos como garfios queriendo engancharse en el aire para no hundirse en el agua que se la tragaba.
El único problema fue que la mañana de ese día en que murió, estando yo, solo, almorzando los huevos con tocino que Julia me había dejado sobre la mesa, entró la maldita vieja con su cínica sonrisa, diciéndome: “No te vayas a enojar: mi hija se fue con Juan a dar una vuelta. Llevaron al niño al cine. ¡Cómo tú nunca tienes tiempo…!”
¡Maldita sea! ¡Tenía que llegar con su chisme en el peor momento! No aguanté más; me paré, la tomé de los pocos cabellos que le quedaban, la arrastré hasta el pozo que teníamos al fondo, en el jardín, y la tiré de cabeza, sin piedad. No merecía ni lástima, la inútil. La imagen que vi era la misma que yo había pintado en mi cuadro y que tenía bien escondido en la bodega, junto con los demás. Cuando vi que ya no se movía, salí corriendo y gritando, pidiendo ayuda. Iba pasando Ruperto, el electricista, con su escalera, y se apresuró a sacarla.
Como vi que nadie sospechó nada, saqué el cuadro y lo mostré durante el novenario. Les expliqué que para no alarmar a la familia lo mantuve escondido, pero que sabía que moriría así: ahogada.
Mi fama creció y me han buscado hasta deportistas que quieren que los pinte levantando la copa de campeones y un político que quiere ser gobernador.
Todos, todos quieren un retrato hecho por mí, por el “pintor de almas”.

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martes, agosto 03, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

AQUELLOS DÍAS
José I. Delgado Bahena
Alicia es hermosa. A sus veintidós años, la vida, y las rutinas diarias de los bailes de zumba aunadas a una alimentación cuidadosa, le han regalado un cuerpo delicioso, con las medidas tan perfectas que las blusas y los pantalones que acostumbra usar (nada de vestidos) le hacen resaltar una figura de concurso. Un día, sus compañeras del laboratorio de análisis clínicos donde trabaja le dijeron, entre broma y en serio, que si participaba para reina de la feria de la bandera, en una de esas y ganaba.
Pero Alicia, lo que menos quiere es ser reconocida públicamente. Además del hermoso cuerpo, la vida le ha regalado un rencor, y su atractivo es carnada para que los hombres muerdan el anzuelo y se prendan de su belleza para que ella, con fingidos sentimientos, los cautive haciendo que se enamoren y después dejarlos botados en el piso del desconcierto y encharcados en la angustia de la melancolía por su amor frustrado.
¿Por qué hace esto?
Hace siete años, cuando Alicia había terminado su educación secundaria y despuntaba ya la muchacha que sería ahora: piernas torneadas, pechos prominentes, labios sensuales y unos ojos enormes que adornaban su adolescente rostro; sus padres le dieron permiso de asistir a su convivio de generación que tuvieron en una disco, por la orilla de la ciudad.
Era la una de la mañana. Regresaba sola, a su casa, subiendo los escalones de las callejuelas de la colonia donde vivía, después de que el taxi la había dejado cien metros atrás y ella se internaba en esa semioscuridad con la confianza de quien ha transitado de por vida cada centímetro del rústico cemento, y ha pasado miles de veces por un pequeño predio sin habitar que está a mitad de su camino.
Y es ahí, precisamente, donde se escribió la historia de aquellos días.
Un grupo de jóvenes, no supo cuántos −cuatro o cinco, diría después a la policía−, le salieron al paso; la rodearon y la forzaron a quitarse la pequeña falda negra con la que había asistido a la fiesta, la violaron y la dejaron con un viento negro, amargo, ventilándole el alma.
Con lo que no contaron los atacantes, en la emoción de lo prohibido, fue que una ráfaga de luz que llegó desde la ventana de alguna casa cercana, se le estampó en la cara de uno de ellos a quien Alicia reconoció de inmediato como Jorge, compañero de su generación, pero de otro grupo, que en la fiesta le insistió y hasta le rogó que la acompañara a la pista. Primero, porque no era de su agrado, y además porque se advertía que había estado tomando, Alicia no aceptó.
La denuncia que hicieron los padres ante el ministerio público, fue inútil: Jorge, al único que acusaba Alicia, llevó veinte testigos que declararon a su favor diciendo que en ningún momento había abandonado la fiesta y que lo habían llevado a casa, muy borracho, a las cuatro de la mañana.
Un bebé que, para bien o para mal, a los dos meses de embarazo abortó, y el resentimiento contra los hombres, fueron los recuerdos que le marcaron para siempre.
Siete años después, cuando el perjuicio que le ocasionaron parecía haber quedado en el olvido, le llega a sus manos una forma de venganza.
En el laboratorio donde trabaja, es ella quien recibe las solicitudes de estudios. Es ella quien etiqueta las muestras. Es ella quien redacta los resultados.
Jorge no la reconoce y le pide el examen del VIH. Alicia hace el trámite. Le cobra el servicio y llama a su compañera para que le tome la muestra de sangre.
A las tres de la tarde se presenta él a recoger el resultado. Alicia ha salido a comer pero ha dejado su trabajo hecho. Su compañera entrega el sobre a Jorge con el falso resultado: positivo.
Al siguiente día los periódicos difunden la noticia: “El joven Jorge Robles, estudiante de la Universidad, se suicidó colgándose de la rama de un árbol de su casa”.
Alicia ha leído la noticia, deja el periódico a un lado para atender a un cliente que solicita su atención; después, desprende la hoja que le interesa del diario, la dobla y la guarda en su bolso con un suspiro hueco que ha brotado de la profundidad de su pecho. Sabe que desde ese momento una luz brilla sobre la oscuridad que le quedó en el alma por los recuerdos de aquellos días.
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miércoles, julio 28, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

CHAMÁN
José I. Delgado Bahena

Muchos años vivió sin saber qué hacer. Primero estuvo con su padrino Santiago arreglando zapatos en un pequeño taller que tenía en un local del mercado y aprendió el oficio con desgano, nomás por no dejar; después aceptó ser ayudante de su amigo Lucio, un taquero que vendía frente a la terminal de autobuses, atraído por los ojos que le tiraba Lupe, la hija de Lucio que andaba en los dieciséis cumplidos y le daba entrada a mi sobrino. Así anduvo, del tingo al tango siendo ayudante de todos y maistro de nadie: del carnicero, del hojalatero, del albañil, del panadero…, de todos, hasta de ayudante se fue con el presidente municipal para sembrar rosales en unos jardines que hizo en un terreno suyo que rellenó con basura.
Pero su mejor oficio llegó cuando murió su jefecita, mi hermana Carolina, que era la yerbera del pueblo. Yo le dije: “Vente pal pueblo, Chavita, busca las libretas de Caro y aprende a hacer curaciones con hierbitas, ya ves que ella tenía sus buenos clientes”. Su mala suerte fue que me hizo caso y se metió de lleno a la estudiadera de las recetas y los métodos para curar el mal de ojo, el empacho, el daño y la caída de la mollera.
“Pero ya no me diga Chavita, tío”, me dijo; “¿No ve que ya soy importante? Mejor dígame como toda la gente: don Salvador. Además quiero que sea mi ayudante, le voy a dar a ganar buen dinero.”
Pues sí que salió listo mi sobrino. Algunos enfermos se le ponían peor con sus sobaderas y sus pestilencias de epazote pero le echaba la culpa a los diablos y a la falta de fe de los familiares.
Un día le llegó una señora, muy joven ella, que llevaba el chamaco atravesado y no se quería enderezar para nacer como es correcto. No sé de dónde se le ocurrió que la curaría con un huevo que le pasó por todo el cuerpo con su mano derecha y con la izquierda le sobaba el vientre a la futura madre junto con unas oraciones que él mismo inventaba y quién sabe cómo pero le enderezó al niño.
Le vi hacer otras tantas cosas raras que a veces le resultaban y a veces no. Creo que se consiguió algunos libros de otros países para que no fueran los mismos métodos de la competencia, y la gente lo seguía. Le llegaba una gran variedad de enfermos: con dolor de muela, picados de alacrán, del daño, dolor de oídos, de resfriado y hasta a una jovencita que ya andaba en los quince y no le bajaba la regla.
Una vez le trajeron cargando a un chamaco con tan tremendo empacho de muerte que ya lo daban por perdido. Chava sacó una cinta morada y se la puso al enfermo desde el codo hasta la punta de los dedos, tres veces seguidas mientras decía unos rezos que sólo él entendía. Todos vimos con asombro cómo la cinta disminuyó de tamaño en las tres ocasiones y él dijo que era porque el empacho se estaba curando. La cuarta estirada de la cinta fue para que tendiera la mano y le pagaran. El enfermo salió de la casa por su propio pie. Fue muy comentado ese caso y la fama de “don Salvador” creció y creció.
Chava se habría hecho millonario si no le hubiera ganado la tentación.
Un día llegó la Lupe, aquella chamaca del taquero que sólo le dio entrada pero jamás le cumplió. Llegó acompañada del marido con el mal del no dormir; es decir, que no le daba sueño y se pasaba las noches en vela, nomás pelando los ojos. Entonces, Chava sacó unas ramas con flores secas de la hierba valeriana, que son para relajar los nervios. Puso un té con esas plantas y le mezcló otras que no supe cómo se llamaban. Le pidió al marido que se fuera a su casa y regresara en dos horas. Como ya tenía mucha fama, el hombre le confió a su mujer y se fue. Entonces, Chava le dio a la Lupe la bebida que había preparado, calientita para que le cayera bien en su estómago. Le dijo que se recostara para que le hiciera una limpia y puso incienso en el anafre. Ella se tomó de un trago el té y se recostó en el camastro que teníamos para los enfermos. Mientras descansaba, Chava le pasaba unas ramas por el cuerpo y le decía las oraciones que les decía a todos; la mujer se fue durmiendo, tan profundamente, a consecuencia del brebaje y del sueño rezagado, que no se dio cuenta cuando mi sobrino comenzó a manosearla y a besarla.
Yo me espanté de ver que se atreviera a hacer eso, pero me callé porque lo vi en aquella ocasión cuando andaba entusiasmado con ella y no pasó nada. Creí que sólo la besaría y la tocaría pero, ya caliente, no se aguantó, le quitó sus ropas y él se bajó el pantalón.
En esas estaba cuando entró el marido. No tocó la puerta ni habló. Entró muy bravo. Yo creo que Lucio, el padre de Lupe, le puso sobre aviso de que en una época se gustaban y llegó todo endiablado. Claro, al ver a Chava en sus maniobras, sobre su mujer, se enchinchó más, sacó una punta que llevaba en la cintura y se la encajó a mi sobrino en los pulmones.
Lo demás es fácil de suponer. El marido está en la cárcel y a mi sobrino no le ayudaron mucho las cataplasmas que le puse para que no se desangrara y muriera ahí mismo, en su negocio.
Lo bueno es que ahora ya no soy Paco, el ayudante, sino “don Francisco”, el curandero.
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miércoles, julio 21, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

ESTOY SALADO
José I. Delgado Bahena
No cabe duda: estoy bien salado. Desde chavo me di cuenta de que la suerte no iba conmigo. Dios no se fija en los pobres para echarnos una manita y no nos queda más recurso que ganarnos el pan de cada día con el método que él mismo nos dé a entender.
Si no, pues… ¿qué voy a hacer? La escuela no se hizo para mí; a duras penas terminé la secundaria y eso porque desde entonces aprendí a buscar en las mochilas de mis compañeros los pesos que mi madre no podía darme. Pues… ¿cómo? Sola, sin marido, porque el último que tuvo le salió más huevón y más briago que yo y sólo le sirvió para dejarnos otro medio hermano que también anda de callejero abriendo la boca para ver qué le cae del cielo.
En la “secu” me robaba las plumas, los monederos de las chavitas y alguno que otro celular que dejaban por descuido en cualquier lugar. Todos sospechaban de mí pero nadie decía nada porque se habían dado cuenta de que les iría mal si rajaban.
Una vez que dejé de ir a la escuela una semana, el director mandó a la trabajadora social hasta al pueblo, a buscarme, y escuché muy clarito que le decía a mi madre que tenía la obligación de mandarme a estudiar, y hasta que yo cumpliera dieciocho años ella era responsable de mi educación y mi alimentación.
Entonces, cuando terminé la “secu” decidí que me tomaría tres años de vacaciones y no hacía nada.
“Ponte a trabajar”, me decía mi madre cuando me veía echado en la cama y comenzaba a rezarme una lista de amenazas para correrme de la casa. Para no aburrirme, me salía por las noches a recorrer las calles del pueblo en compañía de mis cuates, unos flojos y buenos para nada como yo, a cotorrear y a fumar un poco de mota que conseguíamos por unos pesos con un cuate que la traía no sé de dónde.
Cuando el vicio se nos hizo más grande, nos metíamos a las casas a robar lo que se pudiera para tener dinero y comprar las caguamas, pero la gente ya nos conocía y un día que me robé un reloj y se lo ofrecí al de la tienda, me dijo: “No te lo compro porque ya sé que te gusta robar y al rato me voy a meter en problemas”.
Entonces mejor venía al mercado a quitarles sus bolsas a las señoras que iban de compras, o sus celulares a los chamacos que iban en las calles oyendo música o mandando mensajes. Pero hoy me fue mal, si de por sí siempre traigo el santo de espaldas, hoy me fue peor.
Como es día de tianguis, la gente lleva más dinero en sus bolsas y decidí subirme a una combi de las que van para allá, como cualquier pasajero. Me senté junto a la puerta y luego luego le eché ojo a una señora que iba con sus anillotes y sus pulseras de oro. No sé por qué hay gente muy presumida que si va al mercado, al médico o a misa, se ponen sus grandes alhajas nomás corriendo el riesgo de que se encuentren a algún raterillo, como yo (je,je), que les dé baje con sus cosas.
Bueno, ya en camino saqué el cuchillo que había tomado de la cocina de mi madre y amenacé a la vieja para que me diera sus joyas y su dinero. Todos se espantaron, menos un güey que se me quiso poner al brinco pero le di un piquetito y se quedó quietecito. La doña me dio sus cosas y un celular que llevaba en su bolsa. Hasta el picudo me dio su cartera. La combi iba a dar vuelta frente al Oxo que está cerca de la Estrella de Oro, cuando le grité al chofer que se detuviera.
“Párate cabrón”, le dije. Entonces me bajé de un brinco pero no me di cuenta que en ese momento venían tres pinches mocosos encima de una moto, a toda velocidad, y que me atropellan. Se cayeron pero se levantaron y se fueron; todavía, uno me dio un puntapié en la cabeza. Los pasajeros se bajaron y, en vez de ayudarme, buscaron las cosas que les había quitado y me insultaron. Es todo lo que me acuerdo.
Ahora, pues… bueno, estoy en el hospital. Dos polis cuidan la puerta porque me llevarán detenido en cuanto salga de aquí y dice el médico que tengo fracturadas tres costillas.
Le avisaron a mi madre pero no ha venido. ¿No les digo que estoy bien salado?
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miércoles, julio 14, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“FIN DE CURSOS”
José I. Delgado Bahena
El ciclo escolar concluía con la ceremonia de ese día, realizada en un lujosísimo salón de eventos sociales que el padrino de generación, un político reconocido en el estado, les pagó a sus ahijados como regalo de graduación. Uno a uno, los muchachos se despidieron con un abrazo de su querido maestro Ramón y le mostraban un semblante embargado por la tristeza, al darle su adiós, por tanto que los había apoyado durante los tres años que convivieron en ese centro educativo, del nivel de bachillerato, de la ciudad.
Ramón era el maestro perfecto: buena onda –más con las muchachas−, gran platicador, joven, carismático, elegante y buen compañero de sus colegas.
−Profe: lo vamos a extrañar. ¿Nos acompañaría a un convivio? –le dijo en voz baja Stefan, aún con su ramo de flores y una caja con su moño morado que su madrina le había llevado−. Lo estamos organizando con puros cuates; será en secreto y habrá chupe, ¿sí irá?
−Claro que iré –contestó el vanidoso de Ramón sintiendo cómo la sangre le enrojecía sus mejillas al bañarse de gloria con la preferencia que sus alumnos le mostraban.
−Bien, me tengo que ir profe, le mando un mensaje para avisarle. Recuerde que es secreto y sólo usted puede ir eh. Bye.
Una semana después llegó el mensaje al celular de Ramón: “Lo esperamos mañana a las ocho de la noche en el muelle de la laguna de Tuxpan. Vaya solo, en taxi, nosotros tenemos carro. ¿Sí irá? Responda, por favor”.
¡Claro que fue! Cuando llegó, la noche caía sobre el paisaje natural y los últimos rayos del sol se proyectaban con sus tonos rojizos sobre el espejo verdoso de la laguna dándole una apariencia nostálgica que impactó en el corazón del maestro, agradecido por la invitación de sus alumnos.
Lo esperaban cuatro muchachos que bajaron del auto hasta que el taxi en el que llegó Ramón se hubo retirado. Lo recibieron con abrazos, agradeciéndole que hubiera aceptado la invitación. Le pidieron que subiera al carro, ya que la fiesta sería en otro lado.
En el interior del auto, mientras salían del poblado para dirigirse hacia el periférico, destaparon cinco cervezas y le compartieron a Ramón algunas botanas que llevaban desparramadas en una bolsa de plástico.
−Le va a gustar, profe, invitamos a unas chavas que ni se imagina –dijo Beto mientras daba un trago a su cerveza y todos soltaron tan estruendosas carcajadas que contagiaron a Ramón quien bebió con una gran sonrisa iluminando su rostro y encendiendo su mirada.
Era de noche ya cuando dejaron la ciudad por la salida a Cocula. Al pasar por este pueblo, los muchachos le pidieron a su maestro que bajara a comprar más cervezas en una tienda cercana al edificio del palacio municipal y ellos, disimulando que platicaban, escondían sus caras cada vez que un transeúnte pasaba cerca del auto. Siguieron por ese rumbo hasta pasar por Apipilulco. Irving, quien manejaba desde que salieron de Tuxpan, se orilló, con el pretexto de querer orinar, cerca de una desviación donde se encuentra un gran puente con estructura metálica que se dibuja en el contorno de la noche.
−¡Qué padre! –exclamó Nahín, invitando a los demás a que bajaran del carro y recorrieran a pie los metros que los separaban del puente que, al parecer, en una época sirvió para el transporte ferroviario.
Stefan bajó del automóvil la bolsa con las cervezas que Ramón había comprado en Cocula y destapó una para cada uno. La oscuridad era espesa. A lo lejos se distinguían algunas luces tenues de un poblado. En silencio, admiraron la obra que humanos de antaño habían construido en ese lugar.
De pronto, Irving, quien se había quedado junto al auto, desalojando de su vejiga el par de cervezas que se había tomado durante el camino, llegó por detrás de Ramón y le enredó una cuerda sobre el cuerpo que le impidió hacer otro movimiento más que soltar el envase que tenía en su mano derecha.
−¡¿Qué pasó?! –protestó sorprendido el maestro de Biología al tiempo en que los otros tres muchachos rodearon y terminaron de amarrarlo a una de las columnas metálicas del puente.
−Yo te voy a decir qué pasó –le susurró Beto con rencor y con un brillo febril en sus ojos grises que se percibía con claridad a pesar de lo oscuro de la noche−: ¿Te acuerdas de Ceci, verdad? ¿No? La chava que se suicidó después de que la embarazaste a cambio de aumentarle su calificación. ¿Sí te acuerdas? Ah, ¿pues, qué crees? Era mi novia, pendejo –al decir eso escupió la cara de Ramón y le dejó sentir su puño cerrado con un fuerte golpe que le hizo sangrar la nariz.
−No creas que nos hacía gracia tu descaro al decirnos que el nueve costaba quinientos pesos y el diez, mil –le reclamó Nahín dándole un botellazo en la cabeza.
−Muchachos…−suplicó Ramón− no se comprometan, no vale la pena. Déjenme aquí, les prometo que no diré nada.
−Claro que no dirás nada –dijo Stefan rompiendo un envase y acercándose al bulto ensangrentado en el que se había convertido su maestro de Biología. Con sangre fría y con la voluntad de vengar a tantas muchachas ultrajadas y de desquitarse del dinero pagado por algunos miserables puntos, buscó el cuello de Ramón y con el filo del vidrio le rasgó la yugular dejando que un chorro de sangre se desparramara sobre el metal y el piso del puente.
Entre todos, desataron el cuerpo sin vida del maestro y lo tiraron al río, crecido por las recientes lluvias.
En silencio, regresaron al auto y volvieron a la ciudad.
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jueves, julio 08, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“MALDITA TENTACIÓN”
José I. Delgado Bahena
Germán tenía treinta y cinco años de edad y quince de haber ingresado al gremio de taxistas. Después de tanto presionar a su líder, de cubrir sus cuotas, asistir a las reuniones y cumplir con las obligaciones de la agrupación, por fin le había tocado su permiso ese año y desde entonces la presión de juntar lo de la cuenta era cosa del pasado. Trabajaba para él y sólo él decidía en qué momento llevaba a guardar el automóvil y se tomaba su tiempo para disfrutar de su familia.
Pero ese día fue distinto. Eran cerca de las diez de la noche y algunas nubes amenazaban con llover. Se disponía a retirarse de la improvisada base que tienen los taxistas a la salida del centro comercial, cuando vio una mano agitarse frente a él en clara señal de solicitarle el servicio.
“El último”, pensó. Acercó el auto hacia el joven dueño de esa mano y abrió la puerta delantera para que subiera. El muchacho, de aproximadamente veinte años, cerró la puerta que le ofrecieron y abrió la otra para sentarse en el asiento trasero.
Germán observó por el espejo las facciones y el vestuario de su cliente. Una playera ajustada a su cuerpo con el cuello desdoblado hacia arriba, el cabello alborotado, en el que se advertían líneas doradas y un tono que no le dejó dudas, le hicieron pensar: “este chavo es gay”.
−¿Cuánto me cobras a Tepécoa? –le preguntó el joven, acomodándose sus cabellos y dulcificando el tono de su voz al acercarse a Germán por el hueco de los asientos delanteros.
−¿Cuánto te cobran? –respondió el taxista con una pregunta.
−Pues… depende…
−¿De qué depende? –preguntó nervioso Germán mientras arrancaba el automóvil y avanzaba hacia la salida del estacionamiento.
−Ah, pues si me voy aquí atrás me cobran cien, pero si me voy adelante pago cincuenta o a veces hasta me pagan –dijo el muchacho con una sonrisa coqueta.
−Entonces vente para adelante –dijo Germán, pensando en aquella experiencia homosexual que en su adolescencia había tenido con su primo “Tetos”. Detuvo el taxi, aprovechando el semáforo−, vamos a ver si nos arreglamos.
El joven bajó del auto y subió al asiento delantero sentándose lo más cerca posible a la palanca de velocidades del tsuru.
−¿Cómo te llamas? –le preguntó Germán mientras giraba hacia la izquierda para tomar el boulevard y encaminarse rumbo a Tepécoa.
−“Nene” –contestó sonriendo el muchacho−. ¿Y tú?
−Germán.
−¡Ay, qué bonito nombre! ¿Eres de onda?
−No. ¿Por qué?
−Mmm… porque te quería proponer que entráramos por Tierra colorada, para platicar un poco más. Es que me caes muy bien y pues… eres muy guapo. ¿No te enojes eh? –solicitó “Nene” dejando caer su mano izquierda sobre la pierna derecha de Germán.
−No te preocupes, no me enojo. Está bien, nos iremos por ahí –aceptó el taxista quien, con el roce de la mano de su cliente su excitación iba en aumento y le causaba molestias en la entrepierna.
Cuando pasaron por el cruce de caminos en la desviación hacia Tierra colorada, caía una leve llovizna, pero “Nene” suplicó en el oído de Germán:
−¿Te puedes detener un momento aquí? Es que quiero hacer pipí…
−Si, por supuesto –dijo Germán orillándose y acomodándose sus genitales.
“Nene” bajó del taxi y dio la vuelta para ubicarse detrás del auto. Germán lo siguió viéndolo por el espejo. Ninguna luz se veía. La noche sólo la iluminaban algunos relámpagos lejanos que recortaban el contorno de los cerros. Tal vez por eso, o por estar atento al regreso de “Nene” al carro y porque, además, se había desabotonado el pantalón, suponiendo que le aguardaba un momento de placer; o por lo que haya sido, no advirtió las siluetas de dos hombres que se acercaron por el lado de su ventanilla, y tampoco supo cómo, a través del vidrio, le llegaron dos plomazos que le arrebataron la vida inmediatamente.
“Nene” se encargó de llevarse el dinero y las escasas pertenencias de Germán, quien cayó en el riesgo de la maldita tentación en esa noche lluviosa.
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miércoles, junio 30, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“FUERA DE CONTROL”
José I. Delgado Bahena

−¿Me dejas darte un beso? –dijo Daniel con un poco de temor, por la incertidumbre de la respuesta de Georgina.
−¡No! –exclamó ella volteando hacia el lado contrario de él.
−¿Por qué? –insistió titubeante Daniel.
−Porque me da pena. Mejor vámonos, ya está anocheciendo… –deslizó Georgina una súplica en el oído de él al tiempo que se levantaba de la banca del zócalo, donde se habían citado para platicar.
−Mmm… ¿te avergüenza que te vean con alguien mayor que tú? –preguntó Daniel levantándose también y caminando hacia el centro del parque.
−No…, no es eso. Sólo que… pienso que es muy rápido. Además, no sé si es cierto que eres viudo. ¿Qué tal si todavía estás casado?
−¡Cómo crees! –replicó Daniel recargándose en el barandal de la escalera del kiosco.
−Pues sí, mira: vamos a tratarnos como amigos, para conocernos, ¿no?
El silencio fue la respuesta de él dejando que su mirada siguiera una de las tantas ardillas que merodean cerca de las personas con la esperanza de alguna migaja que les arrojen.
−Es que… desde luego, no soy ningún chamaco que quiera jugar contigo o andar de manita sudada, como chavos de secundaria –dijo Daniel, rompiendo, con sus palabras, la tensión del silencio−. Sé que la diferencia de edad es grande, pero tampoco eres una niña; a tus veinte años creo que sabes lo que quieres y también sabrás ver la sinceridad de mis intenciones.
−¿Y, cómo quieres que iniciemos una relación? –preguntó Georgina, sentándose en las baldosas de la escalinata−. ¿Cómo llego a mi casa y les digo a mis padres: les presento a mi novio, él es mi maestro de canto, es viudo y quiere algo serio conmigo?
−Tampoco creo que tengas que hacer eso –respondió él sentándose a su lado−. Primero es necesario que nos conozcamos, probar nuestras compatibilidades, acoplar nuestros espacios, nuestros ritmos, aficiones, gustos y necesidades. Y si todo va bien, pues… seguir adelante.
−Ah –dijo ella, levantándose y caminando hacia una fuente cercana, haciendo que él se levantara también y la siguiera−. Supongamos que tienes razón; entonces, ¿qué se supone que hagamos ahora?
−Pues… no sé, ir a un lugar más… íntimo, donde no haya tantas miradas indiscretas para poder estar a gusto y comenzar a construir lo que, tal vez, sea algo duradero y digno.
−¿Sabes?, la verdad estoy confundida. No sé qué decirte. Hablas muy bonito y desde que te conocí sentí una fuerte atracción por ti. La seguridad que muestras al compartir tus conocimientos musicales me llevó, primero, a admirarte, después a desearte y cada noche me duermo con la ilusión de soñarte. Y me siento confundida porque, por un lado están los valores que mis padres me han inculcado, pero por otra parte pienso que debo vivir y correr mis propios riesgos, con la esperanza de ser feliz aún en contra de las críticas y de los convencionalismos sociales.
−¿Entonces…?
−Entonces, vamos a donde tú digas. Ojalá y no me arrepienta, porque dudo mucho de que esto tenga algún futuro. Mis padres serán los primero en oponerse, lo sé; sin embargo, trataré de vivir este presente que me ofreces con la ilusión ciega de un jitomate que sueña en su metamorfosis.
La noche había inundado la ciudad, por eso Georgina no pudo ver un brillo de lascivia en la mirada de Daniel quien se anotaba otro punto en la lista de sus alumnas que habían caído en el embrujo de su talento con la guitarra y la melodía de sus palabras.
−¡Georgina, el niño está llorando!
La voz de su madre la sacó de sus recuerdos. Hacía tres años que había abandonado sus clases de música para atender su embarazo y cuidar al bebé que su maestro le había regalado en una noche de pasión en la que ella no advirtió que el amor es un sentimiento que en ocasiones nos deja fuera de control.

miércoles, junio 23, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“VENENO PARA RATAS”
José I. Delgado Bahena

¿Ya viste Rafael, por andar con tus loqueras lo que te pasó? Te lo dije: ya deja que la pinche vieja diga lo que quiera de ti, al final no le queda más que apechugar; su hija ya está contigo y hasta tienen un chamaco que les está robando el ánimo; pero no, seguiste de caprichudo y hartando a Dios.
Me acuerdo… desde antes que te juntaras con la Amalia, convivías con los rucos y dijiste que eran tus segundos padres. ¡Vaya!, hasta les ofrecieron un terrenito a un lado del de ellos para que se hicieran un cuartito y ahí vivieran mientras hallaban un lugar mejor. Y ai’ vas, de arrimado, con tu carota alegre y tu sonrisota de payaso, aceptando sus condiciones pa’ juntarte con tu vieja.
No, si no se me olvida lo que me platicaste: el diez de mayo, cuando ni siquiera te acordaste de nuestra madre, sólo por quedarte a chupar con tus suegritos, fue que comenzó a cambiar todo. Ya pedos, la vieja te champó todo lo que les apoyaban y la mala vida que le dabas a su hija con la miseria que te pagaban de chalán y hasta te dijo que, en una de esas, el chamaco ni era tuyo. ¡Huy!, desde entonces le agarraste tanto odio que no descansabas buscando la manera de cómo matar a la bruja de tu suegra.
Hasta risa me da, Rafael, porque hiciste muchas tarugadas. Sólo a ti se te ocurre ponerle veneno para ratas a la carne de su comida. De pura suerte que se le quemó el chile de ciruela y lo único que provocaste fue una mortandad de perros que hasta a los de los vecinos les tocó, por comer la carne envenenada, si no quién sabe, segurito ibas a dar al bote.
Aunque bueno, la mera verdad, hasta a mí me daba coraje por todas las sinvergüenzadas que la vieja te hacía. ¡Mira que darte con la cazuela del pozole en tu mera cabezota, nomás porque llegaste bien briago insultando a Amalia! No, si se armó tal escándalo que hasta el tío Moisés, que es un alma de Dios, quería comerse viva a la arpía de tu suegra. Pero ni así te saliste de ese nido de culebras, nomás por la esperanza de estar cerquita para tener la oportunidad de darle su pasaporte. Y ella, como bien sabe hacer: siguió escupiendo sus chismes para ver si te alejabas de su hija.
Lo que de plano te enmuinó fue cuando te dijo que Miguel, el antiguo novio de Amalia, que había llegado del norte, con su camionetota, la pretendía otra vez, y ella no le decía que sí, pero tampoco que no. Por esas razones le diste más duro a la tomadera y una vez hasta le mentaste la madre a Miguel cuando estaban en el billar, nomás por los chismes de tu suegra; y él, que no sabía nada, te disculpó y te dijo: “Ya vete a dormir, estás muy borracho”.
¿Te acuerdas, Rafael, cuando me pediste que te consiguiera una pistola con mi amigo el judicial, porque ya te había llenado el buche con sus embustes tu “segunda madre”? ¡Ja, ja, ja,! Discúlpame, hermano que me carcajee. Sólo hiciste el ridículo: se te olvidó ponerle las balas, y Plácido, tu suegro, casi te mata a cachazos con tu propia arma. De plano, de plano, estabas destinado para ser güey dos veces.
Lo malo es que con eso, la maldita bruja se enteró de tus intenciones y no sólo estaba prevenida, sino que insistió en sus indirectas y ‘ora ella quería mandarte a descansar desde antes.
Todos nos dimos cuenta, pa’ qué negarlo, ni siquiera disimuló la méndiga, porque anduvo preguntando por “la bala”, que para nadie es un secreto que hace sus trabajitos por un billete y los saca del partido nomás por la lana que le den. Quién sabe si él haya aceptado, pero desde entonces, en la casa, todos andábamos con temblorina pensando en la hora en que nos dijeran que te habían metido un plomazo.
¿Y ‘ora Rafael? ¿A quién le echamos la culpa? Ya ves, por fin te saliste; mejor dicho: te sacaron, con las patas por delante. Y aquí estás: estirado, viendo “pa’ dentro”, como las iguanas. Todos estamos inconformes porque lo más seguro es que la vieja te ganó. Don Chano nos dijo que la bruja fue a comprarle un bote de veneno, dizque porque andaba una ratota acechando su casa.
Todavía ayer, después del fut, nos tomamos un cartón de las negras en la tiendita, y te fui a dejar de aguilita, totalmente perdido, y hoy amaneciste nomás volteado y vomitado. Así te encontramos después de que la Amalia vino corriendo a decirnos que estabas bien muerto.
¿A quién le echamos la culpa, Rafael? Tu vieja no suelta la sopa y pues, tú, que podrías decirnos, ya vas camino a las regaderas. Lo más seguro es que te expulsó tu suegra pero, ¿cómo lo probamos?
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miércoles, junio 16, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“EL MEJOR PADRE…”
José I. Delgado Bahena
Ya sé, dirán que estoy loco, que lo que he hecho no lo haría un padre “normal”, común y corriente o, como se dice: “un buen padre”. Es decir, un padre chapado a la antigua, con nuestras tradiciones mexicanas: borracho pero trabajador, mujeriego pero hogareño, parrandero pero cumplidor con la vieja. En fin: vivido pero fiel. Como decimos siempre: atendiendo las capillitas pero respetando a la catedral que tenemos en casa.
Pues no, da la casualidad de que no soy un padre “normal”. He formado a mi familia: mi mujer y mis dos hijas. Ellas son la única familia que tengo y soy el único familiar que ellas tienen.
La semana pasada vino mi dizque suegra, muy encabronada y me dijo: “Adulfo, si no dejas de hacer tus porquerías, Dios te va a condenar y te irás al infierno”.
¡Hazme el favor! La pinche vieja hipócrita hablándome de Dios y del infierno, cuando hizo hasta lo imposible por separarme de mi Estelita. “Ese hombre no te conviene, es un depravado”, le decía. Por suerte mi viejita no le hizo caso, siguió conmigo y hasta me dio dos hermosas hijas.
Desde que terminé mi carrera de Ciencias de la comunicación y quise ser locutor de radio o conductor de televisión, supe que mi destino eran los medios de comunicación; por eso me metí a escribir una columna en un periódico de la ciudad. Claro, mi trabajo ahí no duró. La verdad, es muy poco lo que pagan y no se me daba eso de andar “chayoteando” a la gente importante. Mejor acepté la chamba que me dio mi “cuatacha”, la presidenta municipal, en la oficina de Comunicación social del ayuntamiento. Ahí sí me di la oportunidad de hacer algunos biznes que me permitieron ganar unos pesos más para que mi Estelita se olvidara de su intención de trabajar en el salón de belleza de su prima.
Pero bueno, con todo este rollo de mi chamba hasta olvidé que les hablaba de lo que hice que provocó que me trajera a la situación en la que me encuentro. Ah, pero no me arrepiento eh, “quien esté libre de culpa…” ¿Cómo iba a saber que la más chica de mis hijas se haría de un novio en la prepa, a pesar de lo prohibido que lo tenían? Sabían, las dos, incluso la de la universidad, que el tema de los novios no formaba parte de nuestro vocabulario. Digo, ¿para qué querían chamacos apestosos que se la pasan en la calle fumando y sudando, si en casa me tenían a mí?
Estelita me dijo un día: “ya viste que Salomé se arregla y se pinta más de la cuenta para irse a la escuela?” Y yo, con lo confiado que soy, pensé que sólo quería agradarme la pupila y la dejé que luciera su hermosura en la calle y con sus compañeras del colegio. Pero un día que quise darle la sorpresa esperándola junto a la gasolinera que está cerca de su escuela, la voy viendo… ¡abrazada de un pinche escuincle del bachillerato! No, mi coraje no se mide con lo rojo que se me puso la cara, porque de ser así habría incendiado la ciudad.
Por supuesto, la subí al carro y la llevé a casa. Ya se encontraban ahí Dona, mi otra hija, y Estela con la comida lista. El drama fue lo que nos alimentó ese día. Nadie probó el mole que mi Estelita había preparado. Las preguntas iban y regresaban sin respuestas. Faltaba un mes para que Salomé cumpliera los dieciocho años y entonces pudiera probar, ella, como fue con Dona, su iniciación en la sexualidad, en su primera vez, apoyada por mí, desde luego.
Así que Estela y yo estuvimos de acuerdo en que debíamos ahorrarnos ese mes y llevé a Salomé a su recámara. Le adelantaría su iniciación sexual para no correr riesgos de que un pelafustán nos agandallara y la tomara para él.
¡Oh, decepción! ¡Salomé ya no era virgen! Cinco puñetazos y diez cinturonazos la dejaron tirada en el piso de su cuarto y salí a informar a Dona y a Estela de la deshonra en que nos había metido la puerca de mi hija menor.
En ese momento llegó la policía. Ni cómo impedir que entraran. Levaban una orden basada en una denuncia que el pinche chamaco había hecho. Se llevaron a Salomé al hospital y a Estela y a mí al reclusorio. Dona se quedó en la casa. Nos ha venido a ver, pero más por lástima que por apoyarnos. Dice que las dos declararán en nuestra contra.
La verdad, no veo ningún problema. Dona era mayor de edad cuando la inicié sexualmente, Salomé ya no era virgen y, además, mi vieja estuvo siempre de acuerdo; pero, lo más importante: ellas eran mis hijas, yo las hice, así que podía decidir sobre sus vidas, ¿o no?

miércoles, junio 09, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“DE HABER SABIDO…”
José I. Delgado Bahena
José Luis tenía seis años de trabajar en el periódico cuando llegó Elena. Él se encargaba de dar formato a la mitad de los archivos que llegaban a la redacción y ella se presentó el lunes de esa semana solicitando el empleo de publicista que anunciaron en la edición del domingo. El mismo día se quedó con el trabajo y comenzó a recabar la información necesaria para su labor.
Cuando José Luis la vio, con su garbo de mujer plena, piel bronceada, escote provocativo y sus veinticuatro años desbordantes en los macizos glúteos que se marcaban perfectamente en el talle del vestido aceituna que le llegaba a una cuarta de la rodilla, se dijo: “otra oveja para mi corral”.
Esa era su fama: “Ninguna se le va viva”. Y otra que él mismo se encargaba de propagar: “Una noche no me es suficiente para estar con una mujer, necesito parte de la mañana también”.
Por eso, cuando a Elena le hablaron de él y le adjuntaron su dicho, pensó: “Eso lo tendríamos que comprobar”.
No perdió tiempo; el miércoles, al tercer día de laborar para el periódico, cuando José Luis diseñaba, en la computadora, los anuncios que ella había logrado contratar, se acercó a su mesa para verificar que no faltara algún dato y dejó caer uno de sus pechos sobre el hombro izquierdo de él.
La sangre se le incendió pero tomó aire y le murmuró casi al oído:
−Si así quema el volcán cuando está dormido, ¿qué será cuando haga erupción?
−Es cuestión de que quieras encenderlo –le respondió ella con una discreta sonrisa.
−Pues tú dirás, morena.
−¿Cuándo descansas?, porque quiero ver si es cierto lo que dicen por ahí… –le soltó el reto junto con un roce de su pierna en el brazo de él, además de deslizarle en el bolsillo de su camisa un papel con el número de su celular− llámame y nos ponemos de acuerdo.
−Claro, preciosa –respondió José Luis−, descanso el viernes –agregó con voz trémula.
Todavía, el jueves, coincidieron cuando él llegaba a las oficinas, a las cinco de la tarde, y ella se retiraba llevando entre sus brazos un folder rojo, como cubriendo las curvaturas de sus pechos. Una disimulada sonrisa, entre ambos, fue el puente que se tendió para comunicarse las promesas que se cumplirían al día siguiente.
Él tuvo que mentir a su mujer y su pequeña hija, diciendo que le habían llamado del periódico para hacer un trabajo extra y esperó, en una pizzería cercana al edificio, a que saliera Elena para irse juntos, en su camioneta, a un hotel en las afueras de la ciudad, rumbo a Cocula, para no correr el riesgo de ser visto por su suegro que trabajaba de taxista.
Sin preámbulos, con la urgencia de los cuerpos que se sintieron atraídos desde que las feromonas les enviaron las señales que les evitaron los obstáculos de toda relación: conocerse, tratarse, aprehenderse y verificarse en su empatía, se arrojaron a la hoguera de la pasión que se encendió desde cuatro días antes, al conocerse en las oficinas del periódico.
Tres horas después, cuando los juegos corporales cesaron y él pidió, por teléfono, un par de tragos a los encargados del hotel, encendió la televisión, acomodó las almohadas y se recargaron en la cabecera simulada en la pintura de la pared, comenzó el diálogo:
−¿Dónde vives? –preguntó José Luis.
−En Tuxpan −contestó ella−, con una tía que quedó viuda el año pasado.
−¡Qué curioso! –dijo él−, también tengo una tía en ese pueblo y se le murió el viejo hace un año.
−Bueno, en realidad, yo vivía en Pachuca, con mi padre, pero me corrió porque salí con mi “domingo siete” y me vine, con todo y chamaco, hace quince días en busca de la única hermana que tiene aquí.
−¡Qué coincidencia! –dijo, sentándose sobre la cama y apagando la televisión con el control remoto−, mi padre nos abandonó cuando yo era pequeño y lo último que supimos es que se había ido a Pachuca y había formado otra familia. Él era originario de Tuxpan.
−Por favor −suplicó Elena−, no me digas que tu padre se llama Andrés…
José Luis no respondió a su súplica. Arrojó el control, que aún tenía en sus manos, sobre el espejo empotrado en la pared de enfrente, buscó su pantalón y comenzó a vestirse.
Ella, en silencio, recogió en envoltorio su ropa que había quedado regada en el piso y salió para vestirse en el interior de la camioneta, estacionada junto a la puerta del cuarto.
El regreso a la ciudad lo hicieron en silencio. Sólo un ligero movimiento de él para extenderle a ella, con su mano derecha, su licencia de conducir para que confirmara, con la coincidencia de los apellidos, que, de haber sabido, desearían que la historia de ese día no se hubiera escrito jamás.

miércoles, junio 02, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“A LOS TRECE AÑOS”

José I. Delgado Bahena

A los trece años conoció a Santa y por medio de ella supo lo que era tener entre sus brazos a una mujer. Estaban solos. Él había pasado, a la salida de la secundaria, a visitar a su primo Érick quien tenía una tienda de ropa y le había pedido que se quedara un rato a cuidarla. Allí vendían playeras y botes de pintura para los graffiteros y en ocasiones, como esa, Érick le pedía que se quedara en el negocio mientras iba a pintar algún mural o a pasear con su novia.
Eran las dos de la tarde cuando llegó Santa buscando a Érick.
−No está−, le dijo él.
−¿Puedo esperarlo? Es que me da flojera ir a mi casa y regresar.
−Como gustes –le respondió Johnny desde el mostrador.
Los primeros minutos los pasaron en silencio; él leyendo una revista sobre bandas de rock, ella observando las playeras y vaciando su mirada sobre la calle.
−¿Quieres leer? –ofreció él extendiéndole la revista.
−Sí, gracias –aceptó Santa tomándola y al mismo tiempo apretándole dos dedos en una clara señal de provocación.
“Tú sabes cómo te deseo…”, comenzó a sonar la canción de Maná en la grabadora que él había encendido.
−¿Te gusta esa música? –le preguntó Santa acercándose al mostrador.
−Sí, ¿por qué?
−No, por nada. ¿Cuántos años tienes? –le dijo tomando con su mano izquierda la mano de él y rozándole los labios con las yemas de los dedos de su otra mano.
−Trece –respondió tembloroso.
−¿Y… tienes novia?
−No… −fue su respuesta, entrecortada por la respiración agitada que salía entre borbollones de su pecho.
−Ah, ¿y, cómo te llamas? Eres muy guapo, ¿sabes?
−Gracias. Me llamo Johnny. Tú eres muy bonita.
−¿Me dejas darte un beso? –dijo Santa inclinándose sobre el mostrador y rozando los labios de Johnny.
−¿Cuántos años tienes? –preguntó ingenuo.
−Diecisiete –respondió Santa con una leve sonrisa y pasando al otro lado del mostrador−, pero no se le pregunta la edad a ninguna mujer…
Él no dijo más. Los labios de ella se apretaban contra los suyos y le introducía su lengua recorriendo su paladar y sus dientes. Rodeó, con sus adolescentes manos cargadas de ansiedad, la cintura de ella y la atrajo hacia sí con tal fuerza que le hizo sentir, en una de sus piernas, la dureza de su excitación que amenazaba con romper la tela del pantalón de su uniforme de secundaria.
−¿Por qué no cierras la tienda? –le insinuó Santa mientras le mordía el cuello y con sus manos le apretaba los glúteos.
Johnny no contestó. Quitó las manos de ella de su trasero y en dos zancadas llegó a la entrada de la tienda para bajar la cortina que servía de puerta y protección del negocio. Luego, sin esperar instrucciones, con un ingenio que se desconocía, acomodó unos cartones, en los que Érick guardaba la ropa, en el caliente piso de la tienda.
Santa se recostó sobre la improvisada cama y desabotonó su ligera blusa que apenas si le cubría sus prominentes pechos. Johnny se bajó el pantalón hasta las rodillas y se recostó junto a ella. Fue Santa la de la iniciativa, la que rodeó por el cuello el cuerpo de él y lo atrajo para besarlo apasionadamente al mismo tiempo que depositaba un condón en la palma de la mano derecha de él.
El impulso fue el esperado, la reacción justa a ese llamado fue la respuesta de Johnny quien, con torpeza pero guiado por el deseo desatado, dejó libres sus manos para que hicieran su labor y guiaran su pasión en la entrega sin límites, sin reservas, para el desahogo sexual en la primera vez que regalaba, con el cuerpo bañado en sudor, los explosivos coleópteros contenidos en la vasija de su adolescencia.
En el reposo, mientras ambos acomodaban sus emociones y los fluidos sanguíneos recuperaban el ritmo normal para la supervivencia de los cuerpos, Johnny se atrevió a hacer una pregunta:
−¿Cómo te llamas?
−Santa –respondió ella incorporándose, arreglándose la falda y abotonándose la blusa−, pero tú puedes llamarme como gustes.
−Gracias –dijo él, cerrando el cinturón de su pantalón y con ello el sublime momento de su primera vez en su andar por los caminos del erotismo.
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