miércoles, septiembre 08, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

Amor virtual
José I. Delgado Bahena
Se conocieron en el chat. Ella con el sobrenombre de “Carita feliz” y él con el de “Ventrílocuo”. Al trasladarse a una ventana privada se dijeron sus verdaderos nombres y sus direcciones de correo electrónico para seguir en contacto por este medio.
Después de los versos, las canciones y las fotos que intercambiaron, a los pocos días comenzaron a sentirse atraídos e identificados en sus emociones, lo que les llevó a darle forma a un sentimiento que se fue materializando con cada mensaje y cada palabra que se dedicaban en las conversaciones que mantenían todas las noches a través de la red.
−No sé qué me pasa –le dijo Omar en una ocasión−, durante el día siento las horas largas y espero que llegue este momento con ansiedad por hablar contigo.
−Me ocurre lo mismo –respondió Yuridia− pero todavía más: me muero de ganas por conocerte en persona. Las fotos que me has enviado no me bastan. Tengo la impresión de que el hecho de que nos encontráramos en el chat no fue casualidad, sino que alguien nos tendió una trampa para hacernos vivir esta experiencia.
−¿Te arrepientes? –preguntó angustiado Omar.
−Claro que no. Pero lo que siento por ti ya no es sólo amistad, creo que ya te amo.
−También yo. No tengo dudas. También me gustaría conocerte. Pediré dos días de permiso en mi trabajo e iré a Iguala para verte. Espero no defraudarte.
−¡Cómo crees! –protestó Yuridia−, lo que importan son los sentimientos, no el físico. Pero, ¿qué te parece si mejor yo hago el viaje y voy a Acapulco? Así, además, iríamos al mar y conviviríamos allá, si te parece bien.
Fijaron la fecha, el lugar y el momento en que se encontrarían para conocerse. Y como no hay plazo que no se cumpla…, el día esperado llegó y Yuridia se trasladó al puerto en una mañana de un sábado bañado por una ligera llovizna.
Llegó a la playa de Caleta, donde habían quedado, se sentó sobre una toalla que llevaba en su pequeña maleta de viaje. Le emocionaba el pensar que conocería a Omar Venegas, su novio por internet, la persona virtual que le había hecho despertar a ese sentimiento que se le había negado en los últimos meses. Esperó cerca de veinte minutos observando el vaivén de las olas que le provocaban una placentera sensación de paz, de esperanzas y alegrías. ¿Cuántas veces había estado ahí en compañía de sus hermanos y sus primos? No sabía, pero lo que sí sabía era que la emoción no era la misma.
−¡Buenos días! –le susurró Omar en su oído derecho.
Sorprendida, volteó en busca del dueño de esa voz que le había provocado sobresalto en su corazón. Junto a ella se encontraba un hombre diferente al que había conocido a través del Messenger, muy diferente al de las fotos. Definitivamente ese hombre no era Omar, se dijo.
−¿Quién es usted? ¿Qué quiere? –preguntó con gran perturbación, poniéndose de pie y buscando un punto de apoyo entre la gente que con su algarabía aguijoneaban su mirada en esa tarde nublada del puerto.
−Soy Omar –le dijo él−, y te quiero a ti.
−Eso no es cierto. A Omar lo conozco. Traigo sus fotos –dijo con angustia mientras buscaba en su bolso las impresiones de dos fotos de él que había mandado hacer.
−Sí, mira: la verdad es que esas fotos son de hace quince años, pero soy yo. Recuerda que me dijiste que lo más importante eran los sentimientos.
−Sí –dijo ella con rencor−, pero la mentira es lo peor. Pudiste haberme dicho la verdad y no fingir lo que ya no eres.
−Sigo siendo el mismo… o acaso ya te olvidaste de todo lo que nos escribimos en el Messenger?
−Olvídalo –dijo Yuridia, dándole la espalada, tirando las fotos en la arena y tomado su bolso para dirigirse a la avenida en busca de un taxi.
Él la siguió, le rogó que le dejara explicarle, se subió al taxi con ella e insistió. Al no obtener respuesta a sus súplicas más que un obstinado silencio de Yuridia, sacó una pequeña pistola que llevaba entre sus ropas y le disparó en el pecho, a ella, y en la cabeza al asustado taxista que no tuvo tiempo, al menos, de detener el automóvil que se estrelló contra una palmera de las tantas que hay en la costera Miguel Alemán, de este puerto.
Omar bajó del taxi y corrió entre los curiosos que se habían acercado al auto accidentado. Al llegar al zócalo, vio un cyber, entró, pidió una máquina y se conectó a una sala de chat.
−Hola –dijo “Ventrílocuo”.
−Hola –le respondió “Estrellita”.
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sábado, septiembre 04, 2010

ENROQUE POÉTICO


¡OH, MAR DE AMOR!

José I. Delgado Bahena


Mar que me inunda el pecho
y silencia mi silencio.
Mar de luz que incendia mi alma
e ilumina mi vida.
¡Oh, mar de amor!
Mar que brota en la vasija de mi sangre
y entorpece mis sentidos,
mar que baña mi luna blanca
con miradas de plata.
¡Oh, mar de amor!
en el fondo de tus aguas
toda la poesía descansa.

martes, agosto 31, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

Con olor a olvido
José I. Delgado Bahena
(Epistolario)
Es inútil, lo sé, escribirte donde todos leen, menos tú. Quizá por eso lo hago: porque nunca me atreví a decirte con palabras, de frente, lo que te dije en silencio con el aire de mis ojos. ¿Por qué fui siempre un maldito cobarde que se arrancó la piel, tira tras tira, desde la frente hasta las puntas de los dedos, antes de pedirte que te fueras? Un día quise hacerlo pero terminé vencido entre tus brazos, remando con mis dudas en las olas de tu cuerpo, bebiéndome tu aliento, tus ansias desbordadas y la frescura de tus besos.
Y así fue permanentemente.
Todavía me pregunto si te quiero a pesar de tus pasos ciegos, de tus palabras hirientes, de tus miradas llenas de desprecio. Digo que no y estoy muriendo, le grito al viento que sí y es el remedio.
Por fortuna me quedan mis huesos y mis dedos, la cama de mi abuela en la que a veces duermo y el sombrero de charro del tío José que rescaté, temblando, de su cajón de muerto. No es mucho lo que tengo pero es bastante. Ojalá un día me devuelvas las orillas de luz de mi luna plateada, la hormiga silenciosa, el péndulo dormido, el mar, los cascabeles y mi corazón que te llevaste en esa madrugada con los azules de oro que adornaban nuestra cama.
Por lo demás, es lo de menos. ¿Qué puede hacer el hombre que vive una vida prestada? Sólo una cosa: ser honesto y entregarla.
Cuídate mucho, no olvides que sin ti soy un ave que no vuela y que no canta.
***
A pesar de todo, te escribo.
Hay una nube de mosquitos rondando sobre tu recuerdo que no termina por dejarme.
Un día te dije que cuando te fueras de mi lado, moriría; pero el bueno de Dios dejó un ratito su pleito con las estrellas y me envió una gota de luz de sus ojos para iluminar mi soledad nocturna.
Hoy pensé en ti desde el amanecer, y las palabras, como moscas, se me insinuaron, golosas. Entonces, destapé el frasco de mis nostalgias y una a una las he derramado en este pedregal de corazones ciegos.
Por eso escribo sangre en vez de lluvia, y aún estoy en el desierto de mi vida sin luna. Un escorpión venenoso ha mordido mi cerebro y te pienso con llagas en la lengua y avispas en el cuerpo.
Eso es todo.
Maldigo tu recuerdo rodeado de mosquitos y maldigo la noche que enturbia mi descanso.
Voy a sembrar este día en la tierra del olvido para que no me duela pensar que aún te quiero.
***
Después de hablar y de tratar de explicar todo lo que no tiene otra explicación más que el desamor; después de explorar en la mirada, en el roce de los cuerpos, en el movimiento de las manos, en los gestos, en las palabras: todo se reduce al miedo, a la cobardía para decir lo que en la garganta quema y en el fondo del alma raspa.
Esto es más de lo que quiero escribirte, sin embargo. Ayer pensé en ti y recordé los días y las noches en las que nos comunicábamos ardiendo en el fuego de los sexos, con nuestros corazones enredados en el valor para enfrentar al mundo.
Y sin embargo, digo, nada ha quedado de lo que creíamos para siempre. ¿De quién fue la culpa? Es la pregunta que me hago cada noche rodeado del mutismo de tu ausencia. Y la mejor respuesta no me la dan ni el recuerdo de tus besos, ni tus abrazos, ni tus promesas falsas; la mejor respuesta, ahora, la entiendo en tu silencio.
***
Hoy me siento agradecido por todo lo que viví contigo. Y sé que soy un tonto, que debía aborrecerte por lo poquito que me quieres a cambio de lo mucho que te he amado. Pero te agradezco. Nunca me engañaste. Siempre supe que nuestra historia no tendría un final feliz, aunque muchas veces tratamos de ganarle la jugada al destino y nos creímos el sapo y la rana del cuento de hadas.
Ya ves: hoy me dices que me amas y que quieres estar por siempre a mi lado, sembrando sueños en la resequedad de nuestras nostalgias viejas.
Hace mucho te lo pedí, ¿recuerdas? Y tú, con una sonrisa, me dijiste: "imposible". Entonces, mi corazón se volvió azul violeta y se durmió en su cueva, invernando como un oso.
Sin remedio: el día que creímos lejano nos ha alcanzado y la luna taciturna guía nuestros pasos que nos separan y nos conducen por diferentes caminos; porque un día quise ser tu vida y no quisiste, y ahora que tú quieres, yo no quiero.
Adiós, cuídate.
Por lo poco que un día me quisiste, te agradezco.
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jueves, agosto 26, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

Mala vida
José I. Delgado Bahena

−De por sí, le gusta la mala vida –eructó, Andrés, las ocho palabras a su compadre Alfonso ante la décima cerveza que tomaban en el billar de Paco−. Van cuatro veces que se va de la casa, con su madre, y siempre vuelve. Nomás me deja descansar de ella por una temporada y regresa. Cuando se da cuenta de que no iré a buscarla, ella misma empieza a llamarme y a decirme que si no me importan mis hijos, que si ya no la quiero, que si ya tengo otra vieja…
−¿Y qué le dices? –le interrogó el compadre, completamente interesado en su respuesta.
−Pues ya sabes, pinche compadre: “¿cómo crees? –le digo−, si no tengo ninguna otra, sabes que eres la única, mi vida, y claro que me importan mis hijos, pero pues, te los llevaste…”
−¡Ay, compadre! Un día de estos te va a dejar de deveras.
−No creo compadre, la tengo enganchada. Mira: lo que más les importa a las viejas es que les cumplas en las noches. Claro, hacen sus berrinches y todo, pero sólo para darse su importancia.
−Pues sí, compa, ¿pero si un día te cae en la movida con Lore?
−Ah, pues yo creo que no le quedará de otra que aguantar, ¿no crees? Salud, pinche compadre, ya hasta me estoy emocionando. ¿Y tú qué, a poco le eres muy fiel a mi comadre?
−Pues no –contestó Alfonso después de darle un gran trago a su cerveza−, la verdad no; pero, pues ya sabes, no me gusta andarlo platicando.
−No me salgas con eso compadre. Mira, si ninguna de la oficina te da jale, te presento a dos o tres amigas que conozco. Tienes que probar, nomás para que veas que el agua bendita se encuentra en cualquier olla.
−Mira compadre –dijo Alfonso con la lengua enredada−, la mera verdad, Luz y yo también tenemos problemas. Me grita, me insulta y me amenaza con dejarme. Un día le di un buen jalón de greñas y se calmó pero al otro día llegó mi pinche cuñado a reclamarme. Ya no la aguanto, compadre, y pues… también tengo mi movida.
−¡Ya ves, cabrón, ya sabía que eras de los míos! ¡Chúpale, compa: esto hay que celebrarlo! –exclamó Andrés al tiempo que levantaba la mano llamando a la mesera para pedirle otra cubeta de cervezas− A ver, dime: ¿con quién andas?
−No compadre, eso no. No me obligues a decírtelo. Quiero ser discreto. Mejor vamos a tomar. Y no soy como tú, compadre. Yo sí la quiero. Por eso me anda por dejar a tu comadre.
−¡Ja, ja, ja,ja! No me salgas tan puritano. Si es casada, no te preocupes. Te juro por mi madre que no saldrá de mi boca ni una palabra; o como dice tu ahijada: “mi pecho es una bodega”.
−No es que sea puritano. Pero creo que lo mejor es que no te enteres.
−Ah, chingá. ¿A poco la conozco?
−Pues sí. Pero ya no me hagas preguntas. Mejor dime: ¿por qué no dejas a mi comadre y te juntas con la Lore?
−A ver, a ver… ¿por qué tan interesado en que deje a mi vieja? ¿No será que andas con ella? –le escupió la pregunta a su compadre, inclinándose sobre los envases de cerveza y mirando a Alfonso directamente con sus enrojecidos ojos por el alcohol.
−¿Cómo crees?, pinche compadre. Mejor vámonos. Ya estás borracho.
−No, nada de que vámonos. Se me hace que veo moros con tranchetes –dijo Andrés−. A ver dime –le gritó−: ¿verdad que tú y mi vieja me están jugando chueco? ¡Confiesa!
−No lo veas así, compadre. De todos modos tú ya no la quieres, y pues… bueno, la verdad sí: ella y yo tenemos algo que ver, pero nos queremos a la buena.
−¡Ah, lo confiesas! ¡Desgraciado! –le interrumpió Andrés a Alfonso, quien se había puesto de pie en señal de querer retirarse.
En ese momento, el coraje encegueció a Andrés, tomó un envase y se lo rompió en la cabeza a Alfonso quien, aturdido por la sorpresa y el golpe, se fue al piso en donde Andrés le cayó encima y, tomándolo por las orejas, lo azotó sobre el pavimento provocando que su compadre perdiera el conocimiento.
Un respiro de Andrés les bastó a los demás clientes del billar para sujetarlo y permitir que Alfonso recibiera las primeras atenciones médicas. Después llegaría la ambulancia y una patrulla de la policía que Paco, el dueño, había llamado para contener a los rijosos compadres.
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domingo, agosto 22, 2010

AZUL COMO EL PECADO

MI RELIGIÓN ERES TÚ

Mi religión eres tú,
en ti confío, a ti me atengo,
a la luz de tus ojos,
por donde voy,
me encomiendo.

Eres mi fe,
en ti yo creo,
lo que digas he de hacer,
tú decide, yo obedezco.

En tus manos estoy,
tuyos son: mi mente,
mi corazón, mi carne, mis huesos;
cuando despierto pienso en ti
y con tu nombre, entre mis labios,
me duermo.

Tú me has dado nueva vida
y no sé si la merezco;
hágase tu voluntad:
por ti vivo,
por ti muero.

Para mí no hay otro dios
que este amor en el que creo;
tú sabrás qué me darás,
sea la gloria,
sea el infierno.

De tus manos como el pan
y será para los dos pan sagrado,
este pan nuestro,
porque eres mi religión
y el amor que tú me das
es el dios
en el que creo.

martes, agosto 17, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“Ni cómo decir que no”
José I. Delgado Bahena
De niño le decían “El Rey”. Estaba de moda la película “El rey león” y en aquel entonces Beto se bañaba sólo cuando había eclipse y apestaba como los leones que traían en el circo. Por eso, desde que Beto, o mejor dicho: “El Rey” salía de su casa, todos sus amigos sabían que se acercaba por el fuerte olor que despedía.
¿Cómo iba a quitarse lo apestoso? ¿Cómo iba a saber que había un objeto que se llamaba jabón, si a sus siete años su padre los dejó, a él y a su madre, por irse a vivir con la dueña de la casa en la que trabajaba de chalán?
Pero Sabina, la madre, no lo iba a abandonar a su suerte. Como pudo: lavando ajeno y comiendo poco, lo mantuvo. Muchas carencias, poca escuela y nada de afecto hicieron que “El Rey” creciera con los puños cerrados y los dientes apretados. Dos camisas usadas, que le regaló doña Fulge, la del molino, y un pantalón de medio uso que Sabina compró en el tianguis de los jueves, fueron los regalos de quince años que recibió, más por caridad que por bendiciones.
−¡Quince añotes! −le dijo su madre−. Lástima, “mijo”, que no te pude mandar a la escuela. Si no, orita ya fuera tu clausura y tendrías tu madrina y te haría tu mole con un guajolotote para que te chuparas los huesos. Pero no. Ya ves: somos bien pobres.
−Madre –le dijo él−, no se apure. Pronto tomaré una decisión y ya verá que la sacaré de esta miseria en la que vivimos. Me andan invitando a un trabajo que nos va a dar mucho dinero.
−¡Ay, mijo! –exclamó Sabina con las manos sobre su cara−, no vayas a hacer cosas malas.
−No se preocupe. Sabré cuidarme. Usted nomás cierre los ojos y cuando menos se dé cuenta ya no estará en este cuchitril.
−¿Y quién te dará ese trabajo?
−No pregunte, madre. Usted, calle.
Desde entonces, Beto, el apestoso, se sacudió su apodo y empezaron a verlo con otras ropas y otros modos. Todos supieron a qué se dedicaba. De día y de noche andaba con su mochila en la espalda, como cualquier estudiante; primero a pie, después resultó que traía moto, con su casco y todo. Pocas veces convivió otra vez con los de su cuadra. Nomás lo veían pasar sin voltear a ver a sus antiguos compañeros de la infancia, los que le pusieron el apodo. Sabina iba al súper y regresaba en taxi con sus bolsas llenas de cosas. ¡Hasta les daba propina a los chamacos que le ayudaban a bajar todo lo que compraba!
Todo iba bien. Hasta que un día “El Rey” se bajó de su trono y comenzó a fanfarronear, ante sus viejos amigos, de los nuevos que le estaban dando a ganar mucho dinero. Hasta les ofreció un “pegue” de la buena, nomás porque ellos le pusieron el apodo que le había dado la buena suerte, les dijo.
Dos de los que estaban en la bola: Marcos, de dieciséis años y Luis, de doce, le aceptaron el obsequio a Beto y se fueron con él detrás de una barda a “periquearse”. “El Rey” montó en su moto y se fue, dejando a los dos chamacos bien drogados.
Nada hubiera pasado de no ser que en ese momento llegó Saúl, el padre de Luis, buscando a su hijo. Al hallarlo así: viendo elefantes rosas, se puso a indagar y ni cómo ocultarle la verdad, si todos sabían quién de la colonia se dedicaba a eso.
La denuncia la hizo Saúl, de manera muy discreta, a un número telefónico que encontró en un anuncio del ejército que aparece en el periódico, y en un operativo que pusieron por la entrada de Pemex, detuvieron a Beto. En su mochila llevaba algunos paquetes de mariguana y unas bolsitas con otros tipos de estupefacientes. Ni cómo decir que no. Ni cómo dar un paso de costado con tantas evidencias.
Ahora Beto está en la correccional. Le espera una larga condena y seguramente allí volverá a él su viejo mote de “El Rey, el apestoso”.
Sabina, tampoco ahora lo deja solo. Anda de casa en casa, pidiendo firmas para demostrar que su hijo era buena gente. Nadie le firma. ¿Pues cómo decir que no? ¿A ver, cómo?
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DESDE UNOS OJOS TIBIOS

(DEL LIBRO AZUL COMO EL PECADO)

Desde unos ojos tibios
he vuelto a mi soledad,
derrotado;
en las montañas lejanas,
el sol, que alumbraba mi camino,
se ha ocultado.

Y en esta oscuridad
regreso a mi dolor,
a mis manos huecas,
al sabor amargo.

Una espinita, apenas,
como alfiler de oro,
(y ha sido suficiente)
me ha matado.

¿Por qué habré permitido
que naciera esta flor
en mi viejo corazón
atormentado?

¿Cuándo cerré los ojos
para perderme en su risa,
en su amor cobarde,
ilusionado?

Desde unos ojos tibios
regreso a mi tristeza,
a mis sábanas frías,
al mar abierto de mi llanto.


JOSÉ I. DELGADO BAHENA

domingo, agosto 15, 2010

ENCRUCIJADA POÉTICA

NO PODRÁS
No podrás evitar el llanto
cuando recuerdes mi nombre,
cuando busques en otros ojos
la cariñosa luz de los míos;
no podrás escribir un poema
sin recordar mis suspiros
que rodaban generosos
por la piel de tus sentidos.
Y cuando estés a punto de dormir
e intentes abrazar la sombra de tu sueño,
no podrás olvidar las noches
en que, con amor,
te cubría con mis besos.
Entonces llorarás por tu destino,
por tener tu corazón, solitario,
quemándose de frío,
y extrañarás mis manos
en tus pechos encendidos;
y nuestras noches de pasión
será un secreto perdido
que esconderá tu memoria
cuando estés en otros brazos
imaginando
que te ha llegado el olvido.

martes, agosto 10, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

PINTOR DE ALMAS
José I. Delgado Bahena
Mi nombre es Fabián Barrera Cortés, tengo veintiséis años y soy pintor; no tan bueno como Velázquez, el maestro del barroco español, o el impresionista Monet; ni siquiera he llegado a ser lo bueno que es mi maestro Gerardo Mazón, quien me dio un curso en La Pérgola; no, no soy tan buen pintor como Félix Ocampo y Roselia Mendoza, ni siquiera pinto los paisajes de Lucas Martínez, pero lo que hago –apenas lo descubro− es pintar el alma, anticiparme, ser casi Dios, anunciador, profeta, director de la obra de teatro de la vida.
Ya sé, pensarán que estoy loco −y ojalá fuera así−. También lo creí al nacer mi único hijo y ver que su rostro era igualito a un bebé que pinté dos años atrás, cuando ni siquiera pensaba en casarme con Julia. En mi obra, dibujé unas manos masculinas que salían de la nada, unidas en posición de cuna, sosteniendo a un pequeño recién nacido. Al tener a mi hijo en casa, fue mi suegra –la maldita vieja metiche de siempre− la que identificó los rasgos de mi chavito con los de la pintura que tenía enmarcada, colgando en una de las paredes de la sala.
Efectivamente: los rizos, la frente amplia, la sonrisa, su nariz y hasta un pequeño lunar que por error le había quedado en una oreja al niño de mi dibujo, los tenía mi hijo.
Ahí comenzó todo. Al principio creí que eran puras coincidencias, pero la gente corrió el rumor de que mis cuadros vaticinaban acontecimientos, y todo tipo de personas me buscaban para que les dibujara sus anhelos, sus sueños, sus metas y sus ambiciones.
Comenzaron mis vecinos y gente muy humilde, pero después llegaron sacerdotes que querían ser obispos, médicos que querían ser presidentes municipales, maestros que querían ser directores, empleados que querían tomar el puesto de sus jefes; ¡vaya!, un día llegó un chavo que quiso que lo pintara de mujer y al poco rato ya andaba por las calles, todo pintarrajeado, con sus pantalones entallados y con su bolso. Lo curioso es que no a todos se les cumplían sus caprichos; aunque eso a mí no me importaba porque yo no les prometía nada, y como tenían fe, me pagaban mi buena lana por el cuadro al óleo, en tamaño de 40 por 50 cm, que les pintaba y se iban bien sugestionados.
Lo malo es que por estar metido en mi estudio, pinte y pinte, descuidé a Julia, mi vieja, y a mi chamaquito. Cuando me di cuenta, ya casi no me hablaban ni me esperaban a comer; nomás me dejaban el plato en la mesa y se iban a casa de la abuela que vivía a un lado de nosotros.
Como para recuperarlos me propuse hacer un retrato de mi vieja. Sólo que los demonios andaban sueltos y desde el boceto me di cuenta que las cosas iban mal, pero no pude parar y mi mano dibujó a Julia muy acaramelada con un fulano al que apenas había visto una vez; se trataba de Juan, un sobrino político de mi suegra que la visitaba, seguramente con el interés de tratar a mi mujer.
Desde ese momento me propuse borrar a la vieja del mapa e hice muchos bocetos en los que la dibujaba y moría de muy diferentes maneras: quemada, ahogada, atropellada, colgada, envenenada, etc., etc.
Y se cumplió. ¿No les digo que soy el dueño de las vidas de los demás?
Mi suegra murió ahogada, igualito que como la pinté: el fondo de mi cuadro es negro y a ella la puse en el centro de un círculo de agua verdosa. Su arrugada cara, sus ojos llenos de angustia y sus brazos extendidos con sus manos como garfios queriendo engancharse en el aire para no hundirse en el agua que se la tragaba.
El único problema fue que la mañana de ese día en que murió, estando yo, solo, almorzando los huevos con tocino que Julia me había dejado sobre la mesa, entró la maldita vieja con su cínica sonrisa, diciéndome: “No te vayas a enojar: mi hija se fue con Juan a dar una vuelta. Llevaron al niño al cine. ¡Cómo tú nunca tienes tiempo…!”
¡Maldita sea! ¡Tenía que llegar con su chisme en el peor momento! No aguanté más; me paré, la tomé de los pocos cabellos que le quedaban, la arrastré hasta el pozo que teníamos al fondo, en el jardín, y la tiré de cabeza, sin piedad. No merecía ni lástima, la inútil. La imagen que vi era la misma que yo había pintado en mi cuadro y que tenía bien escondido en la bodega, junto con los demás. Cuando vi que ya no se movía, salí corriendo y gritando, pidiendo ayuda. Iba pasando Ruperto, el electricista, con su escalera, y se apresuró a sacarla.
Como vi que nadie sospechó nada, saqué el cuadro y lo mostré durante el novenario. Les expliqué que para no alarmar a la familia lo mantuve escondido, pero que sabía que moriría así: ahogada.
Mi fama creció y me han buscado hasta deportistas que quieren que los pinte levantando la copa de campeones y un político que quiere ser gobernador.
Todos, todos quieren un retrato hecho por mí, por el “pintor de almas”.

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martes, agosto 03, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

AQUELLOS DÍAS
José I. Delgado Bahena
Alicia es hermosa. A sus veintidós años, la vida, y las rutinas diarias de los bailes de zumba aunadas a una alimentación cuidadosa, le han regalado un cuerpo delicioso, con las medidas tan perfectas que las blusas y los pantalones que acostumbra usar (nada de vestidos) le hacen resaltar una figura de concurso. Un día, sus compañeras del laboratorio de análisis clínicos donde trabaja le dijeron, entre broma y en serio, que si participaba para reina de la feria de la bandera, en una de esas y ganaba.
Pero Alicia, lo que menos quiere es ser reconocida públicamente. Además del hermoso cuerpo, la vida le ha regalado un rencor, y su atractivo es carnada para que los hombres muerdan el anzuelo y se prendan de su belleza para que ella, con fingidos sentimientos, los cautive haciendo que se enamoren y después dejarlos botados en el piso del desconcierto y encharcados en la angustia de la melancolía por su amor frustrado.
¿Por qué hace esto?
Hace siete años, cuando Alicia había terminado su educación secundaria y despuntaba ya la muchacha que sería ahora: piernas torneadas, pechos prominentes, labios sensuales y unos ojos enormes que adornaban su adolescente rostro; sus padres le dieron permiso de asistir a su convivio de generación que tuvieron en una disco, por la orilla de la ciudad.
Era la una de la mañana. Regresaba sola, a su casa, subiendo los escalones de las callejuelas de la colonia donde vivía, después de que el taxi la había dejado cien metros atrás y ella se internaba en esa semioscuridad con la confianza de quien ha transitado de por vida cada centímetro del rústico cemento, y ha pasado miles de veces por un pequeño predio sin habitar que está a mitad de su camino.
Y es ahí, precisamente, donde se escribió la historia de aquellos días.
Un grupo de jóvenes, no supo cuántos −cuatro o cinco, diría después a la policía−, le salieron al paso; la rodearon y la forzaron a quitarse la pequeña falda negra con la que había asistido a la fiesta, la violaron y la dejaron con un viento negro, amargo, ventilándole el alma.
Con lo que no contaron los atacantes, en la emoción de lo prohibido, fue que una ráfaga de luz que llegó desde la ventana de alguna casa cercana, se le estampó en la cara de uno de ellos a quien Alicia reconoció de inmediato como Jorge, compañero de su generación, pero de otro grupo, que en la fiesta le insistió y hasta le rogó que la acompañara a la pista. Primero, porque no era de su agrado, y además porque se advertía que había estado tomando, Alicia no aceptó.
La denuncia que hicieron los padres ante el ministerio público, fue inútil: Jorge, al único que acusaba Alicia, llevó veinte testigos que declararon a su favor diciendo que en ningún momento había abandonado la fiesta y que lo habían llevado a casa, muy borracho, a las cuatro de la mañana.
Un bebé que, para bien o para mal, a los dos meses de embarazo abortó, y el resentimiento contra los hombres, fueron los recuerdos que le marcaron para siempre.
Siete años después, cuando el perjuicio que le ocasionaron parecía haber quedado en el olvido, le llega a sus manos una forma de venganza.
En el laboratorio donde trabaja, es ella quien recibe las solicitudes de estudios. Es ella quien etiqueta las muestras. Es ella quien redacta los resultados.
Jorge no la reconoce y le pide el examen del VIH. Alicia hace el trámite. Le cobra el servicio y llama a su compañera para que le tome la muestra de sangre.
A las tres de la tarde se presenta él a recoger el resultado. Alicia ha salido a comer pero ha dejado su trabajo hecho. Su compañera entrega el sobre a Jorge con el falso resultado: positivo.
Al siguiente día los periódicos difunden la noticia: “El joven Jorge Robles, estudiante de la Universidad, se suicidó colgándose de la rama de un árbol de su casa”.
Alicia ha leído la noticia, deja el periódico a un lado para atender a un cliente que solicita su atención; después, desprende la hoja que le interesa del diario, la dobla y la guarda en su bolso con un suspiro hueco que ha brotado de la profundidad de su pecho. Sabe que desde ese momento una luz brilla sobre la oscuridad que le quedó en el alma por los recuerdos de aquellos días.
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miércoles, julio 28, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

CHAMÁN
José I. Delgado Bahena

Muchos años vivió sin saber qué hacer. Primero estuvo con su padrino Santiago arreglando zapatos en un pequeño taller que tenía en un local del mercado y aprendió el oficio con desgano, nomás por no dejar; después aceptó ser ayudante de su amigo Lucio, un taquero que vendía frente a la terminal de autobuses, atraído por los ojos que le tiraba Lupe, la hija de Lucio que andaba en los dieciséis cumplidos y le daba entrada a mi sobrino. Así anduvo, del tingo al tango siendo ayudante de todos y maistro de nadie: del carnicero, del hojalatero, del albañil, del panadero…, de todos, hasta de ayudante se fue con el presidente municipal para sembrar rosales en unos jardines que hizo en un terreno suyo que rellenó con basura.
Pero su mejor oficio llegó cuando murió su jefecita, mi hermana Carolina, que era la yerbera del pueblo. Yo le dije: “Vente pal pueblo, Chavita, busca las libretas de Caro y aprende a hacer curaciones con hierbitas, ya ves que ella tenía sus buenos clientes”. Su mala suerte fue que me hizo caso y se metió de lleno a la estudiadera de las recetas y los métodos para curar el mal de ojo, el empacho, el daño y la caída de la mollera.
“Pero ya no me diga Chavita, tío”, me dijo; “¿No ve que ya soy importante? Mejor dígame como toda la gente: don Salvador. Además quiero que sea mi ayudante, le voy a dar a ganar buen dinero.”
Pues sí que salió listo mi sobrino. Algunos enfermos se le ponían peor con sus sobaderas y sus pestilencias de epazote pero le echaba la culpa a los diablos y a la falta de fe de los familiares.
Un día le llegó una señora, muy joven ella, que llevaba el chamaco atravesado y no se quería enderezar para nacer como es correcto. No sé de dónde se le ocurrió que la curaría con un huevo que le pasó por todo el cuerpo con su mano derecha y con la izquierda le sobaba el vientre a la futura madre junto con unas oraciones que él mismo inventaba y quién sabe cómo pero le enderezó al niño.
Le vi hacer otras tantas cosas raras que a veces le resultaban y a veces no. Creo que se consiguió algunos libros de otros países para que no fueran los mismos métodos de la competencia, y la gente lo seguía. Le llegaba una gran variedad de enfermos: con dolor de muela, picados de alacrán, del daño, dolor de oídos, de resfriado y hasta a una jovencita que ya andaba en los quince y no le bajaba la regla.
Una vez le trajeron cargando a un chamaco con tan tremendo empacho de muerte que ya lo daban por perdido. Chava sacó una cinta morada y se la puso al enfermo desde el codo hasta la punta de los dedos, tres veces seguidas mientras decía unos rezos que sólo él entendía. Todos vimos con asombro cómo la cinta disminuyó de tamaño en las tres ocasiones y él dijo que era porque el empacho se estaba curando. La cuarta estirada de la cinta fue para que tendiera la mano y le pagaran. El enfermo salió de la casa por su propio pie. Fue muy comentado ese caso y la fama de “don Salvador” creció y creció.
Chava se habría hecho millonario si no le hubiera ganado la tentación.
Un día llegó la Lupe, aquella chamaca del taquero que sólo le dio entrada pero jamás le cumplió. Llegó acompañada del marido con el mal del no dormir; es decir, que no le daba sueño y se pasaba las noches en vela, nomás pelando los ojos. Entonces, Chava sacó unas ramas con flores secas de la hierba valeriana, que son para relajar los nervios. Puso un té con esas plantas y le mezcló otras que no supe cómo se llamaban. Le pidió al marido que se fuera a su casa y regresara en dos horas. Como ya tenía mucha fama, el hombre le confió a su mujer y se fue. Entonces, Chava le dio a la Lupe la bebida que había preparado, calientita para que le cayera bien en su estómago. Le dijo que se recostara para que le hiciera una limpia y puso incienso en el anafre. Ella se tomó de un trago el té y se recostó en el camastro que teníamos para los enfermos. Mientras descansaba, Chava le pasaba unas ramas por el cuerpo y le decía las oraciones que les decía a todos; la mujer se fue durmiendo, tan profundamente, a consecuencia del brebaje y del sueño rezagado, que no se dio cuenta cuando mi sobrino comenzó a manosearla y a besarla.
Yo me espanté de ver que se atreviera a hacer eso, pero me callé porque lo vi en aquella ocasión cuando andaba entusiasmado con ella y no pasó nada. Creí que sólo la besaría y la tocaría pero, ya caliente, no se aguantó, le quitó sus ropas y él se bajó el pantalón.
En esas estaba cuando entró el marido. No tocó la puerta ni habló. Entró muy bravo. Yo creo que Lucio, el padre de Lupe, le puso sobre aviso de que en una época se gustaban y llegó todo endiablado. Claro, al ver a Chava en sus maniobras, sobre su mujer, se enchinchó más, sacó una punta que llevaba en la cintura y se la encajó a mi sobrino en los pulmones.
Lo demás es fácil de suponer. El marido está en la cárcel y a mi sobrino no le ayudaron mucho las cataplasmas que le puse para que no se desangrara y muriera ahí mismo, en su negocio.
Lo bueno es que ahora ya no soy Paco, el ayudante, sino “don Francisco”, el curandero.
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miércoles, julio 21, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

ESTOY SALADO
José I. Delgado Bahena
No cabe duda: estoy bien salado. Desde chavo me di cuenta de que la suerte no iba conmigo. Dios no se fija en los pobres para echarnos una manita y no nos queda más recurso que ganarnos el pan de cada día con el método que él mismo nos dé a entender.
Si no, pues… ¿qué voy a hacer? La escuela no se hizo para mí; a duras penas terminé la secundaria y eso porque desde entonces aprendí a buscar en las mochilas de mis compañeros los pesos que mi madre no podía darme. Pues… ¿cómo? Sola, sin marido, porque el último que tuvo le salió más huevón y más briago que yo y sólo le sirvió para dejarnos otro medio hermano que también anda de callejero abriendo la boca para ver qué le cae del cielo.
En la “secu” me robaba las plumas, los monederos de las chavitas y alguno que otro celular que dejaban por descuido en cualquier lugar. Todos sospechaban de mí pero nadie decía nada porque se habían dado cuenta de que les iría mal si rajaban.
Una vez que dejé de ir a la escuela una semana, el director mandó a la trabajadora social hasta al pueblo, a buscarme, y escuché muy clarito que le decía a mi madre que tenía la obligación de mandarme a estudiar, y hasta que yo cumpliera dieciocho años ella era responsable de mi educación y mi alimentación.
Entonces, cuando terminé la “secu” decidí que me tomaría tres años de vacaciones y no hacía nada.
“Ponte a trabajar”, me decía mi madre cuando me veía echado en la cama y comenzaba a rezarme una lista de amenazas para correrme de la casa. Para no aburrirme, me salía por las noches a recorrer las calles del pueblo en compañía de mis cuates, unos flojos y buenos para nada como yo, a cotorrear y a fumar un poco de mota que conseguíamos por unos pesos con un cuate que la traía no sé de dónde.
Cuando el vicio se nos hizo más grande, nos metíamos a las casas a robar lo que se pudiera para tener dinero y comprar las caguamas, pero la gente ya nos conocía y un día que me robé un reloj y se lo ofrecí al de la tienda, me dijo: “No te lo compro porque ya sé que te gusta robar y al rato me voy a meter en problemas”.
Entonces mejor venía al mercado a quitarles sus bolsas a las señoras que iban de compras, o sus celulares a los chamacos que iban en las calles oyendo música o mandando mensajes. Pero hoy me fue mal, si de por sí siempre traigo el santo de espaldas, hoy me fue peor.
Como es día de tianguis, la gente lleva más dinero en sus bolsas y decidí subirme a una combi de las que van para allá, como cualquier pasajero. Me senté junto a la puerta y luego luego le eché ojo a una señora que iba con sus anillotes y sus pulseras de oro. No sé por qué hay gente muy presumida que si va al mercado, al médico o a misa, se ponen sus grandes alhajas nomás corriendo el riesgo de que se encuentren a algún raterillo, como yo (je,je), que les dé baje con sus cosas.
Bueno, ya en camino saqué el cuchillo que había tomado de la cocina de mi madre y amenacé a la vieja para que me diera sus joyas y su dinero. Todos se espantaron, menos un güey que se me quiso poner al brinco pero le di un piquetito y se quedó quietecito. La doña me dio sus cosas y un celular que llevaba en su bolsa. Hasta el picudo me dio su cartera. La combi iba a dar vuelta frente al Oxo que está cerca de la Estrella de Oro, cuando le grité al chofer que se detuviera.
“Párate cabrón”, le dije. Entonces me bajé de un brinco pero no me di cuenta que en ese momento venían tres pinches mocosos encima de una moto, a toda velocidad, y que me atropellan. Se cayeron pero se levantaron y se fueron; todavía, uno me dio un puntapié en la cabeza. Los pasajeros se bajaron y, en vez de ayudarme, buscaron las cosas que les había quitado y me insultaron. Es todo lo que me acuerdo.
Ahora, pues… bueno, estoy en el hospital. Dos polis cuidan la puerta porque me llevarán detenido en cuanto salga de aquí y dice el médico que tengo fracturadas tres costillas.
Le avisaron a mi madre pero no ha venido. ¿No les digo que estoy bien salado?
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miércoles, julio 14, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“FIN DE CURSOS”
José I. Delgado Bahena
El ciclo escolar concluía con la ceremonia de ese día, realizada en un lujosísimo salón de eventos sociales que el padrino de generación, un político reconocido en el estado, les pagó a sus ahijados como regalo de graduación. Uno a uno, los muchachos se despidieron con un abrazo de su querido maestro Ramón y le mostraban un semblante embargado por la tristeza, al darle su adiós, por tanto que los había apoyado durante los tres años que convivieron en ese centro educativo, del nivel de bachillerato, de la ciudad.
Ramón era el maestro perfecto: buena onda –más con las muchachas−, gran platicador, joven, carismático, elegante y buen compañero de sus colegas.
−Profe: lo vamos a extrañar. ¿Nos acompañaría a un convivio? –le dijo en voz baja Stefan, aún con su ramo de flores y una caja con su moño morado que su madrina le había llevado−. Lo estamos organizando con puros cuates; será en secreto y habrá chupe, ¿sí irá?
−Claro que iré –contestó el vanidoso de Ramón sintiendo cómo la sangre le enrojecía sus mejillas al bañarse de gloria con la preferencia que sus alumnos le mostraban.
−Bien, me tengo que ir profe, le mando un mensaje para avisarle. Recuerde que es secreto y sólo usted puede ir eh. Bye.
Una semana después llegó el mensaje al celular de Ramón: “Lo esperamos mañana a las ocho de la noche en el muelle de la laguna de Tuxpan. Vaya solo, en taxi, nosotros tenemos carro. ¿Sí irá? Responda, por favor”.
¡Claro que fue! Cuando llegó, la noche caía sobre el paisaje natural y los últimos rayos del sol se proyectaban con sus tonos rojizos sobre el espejo verdoso de la laguna dándole una apariencia nostálgica que impactó en el corazón del maestro, agradecido por la invitación de sus alumnos.
Lo esperaban cuatro muchachos que bajaron del auto hasta que el taxi en el que llegó Ramón se hubo retirado. Lo recibieron con abrazos, agradeciéndole que hubiera aceptado la invitación. Le pidieron que subiera al carro, ya que la fiesta sería en otro lado.
En el interior del auto, mientras salían del poblado para dirigirse hacia el periférico, destaparon cinco cervezas y le compartieron a Ramón algunas botanas que llevaban desparramadas en una bolsa de plástico.
−Le va a gustar, profe, invitamos a unas chavas que ni se imagina –dijo Beto mientras daba un trago a su cerveza y todos soltaron tan estruendosas carcajadas que contagiaron a Ramón quien bebió con una gran sonrisa iluminando su rostro y encendiendo su mirada.
Era de noche ya cuando dejaron la ciudad por la salida a Cocula. Al pasar por este pueblo, los muchachos le pidieron a su maestro que bajara a comprar más cervezas en una tienda cercana al edificio del palacio municipal y ellos, disimulando que platicaban, escondían sus caras cada vez que un transeúnte pasaba cerca del auto. Siguieron por ese rumbo hasta pasar por Apipilulco. Irving, quien manejaba desde que salieron de Tuxpan, se orilló, con el pretexto de querer orinar, cerca de una desviación donde se encuentra un gran puente con estructura metálica que se dibuja en el contorno de la noche.
−¡Qué padre! –exclamó Nahín, invitando a los demás a que bajaran del carro y recorrieran a pie los metros que los separaban del puente que, al parecer, en una época sirvió para el transporte ferroviario.
Stefan bajó del automóvil la bolsa con las cervezas que Ramón había comprado en Cocula y destapó una para cada uno. La oscuridad era espesa. A lo lejos se distinguían algunas luces tenues de un poblado. En silencio, admiraron la obra que humanos de antaño habían construido en ese lugar.
De pronto, Irving, quien se había quedado junto al auto, desalojando de su vejiga el par de cervezas que se había tomado durante el camino, llegó por detrás de Ramón y le enredó una cuerda sobre el cuerpo que le impidió hacer otro movimiento más que soltar el envase que tenía en su mano derecha.
−¡¿Qué pasó?! –protestó sorprendido el maestro de Biología al tiempo en que los otros tres muchachos rodearon y terminaron de amarrarlo a una de las columnas metálicas del puente.
−Yo te voy a decir qué pasó –le susurró Beto con rencor y con un brillo febril en sus ojos grises que se percibía con claridad a pesar de lo oscuro de la noche−: ¿Te acuerdas de Ceci, verdad? ¿No? La chava que se suicidó después de que la embarazaste a cambio de aumentarle su calificación. ¿Sí te acuerdas? Ah, ¿pues, qué crees? Era mi novia, pendejo –al decir eso escupió la cara de Ramón y le dejó sentir su puño cerrado con un fuerte golpe que le hizo sangrar la nariz.
−No creas que nos hacía gracia tu descaro al decirnos que el nueve costaba quinientos pesos y el diez, mil –le reclamó Nahín dándole un botellazo en la cabeza.
−Muchachos…−suplicó Ramón− no se comprometan, no vale la pena. Déjenme aquí, les prometo que no diré nada.
−Claro que no dirás nada –dijo Stefan rompiendo un envase y acercándose al bulto ensangrentado en el que se había convertido su maestro de Biología. Con sangre fría y con la voluntad de vengar a tantas muchachas ultrajadas y de desquitarse del dinero pagado por algunos miserables puntos, buscó el cuello de Ramón y con el filo del vidrio le rasgó la yugular dejando que un chorro de sangre se desparramara sobre el metal y el piso del puente.
Entre todos, desataron el cuerpo sin vida del maestro y lo tiraron al río, crecido por las recientes lluvias.
En silencio, regresaron al auto y volvieron a la ciudad.
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jueves, julio 08, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“MALDITA TENTACIÓN”
José I. Delgado Bahena
Germán tenía treinta y cinco años de edad y quince de haber ingresado al gremio de taxistas. Después de tanto presionar a su líder, de cubrir sus cuotas, asistir a las reuniones y cumplir con las obligaciones de la agrupación, por fin le había tocado su permiso ese año y desde entonces la presión de juntar lo de la cuenta era cosa del pasado. Trabajaba para él y sólo él decidía en qué momento llevaba a guardar el automóvil y se tomaba su tiempo para disfrutar de su familia.
Pero ese día fue distinto. Eran cerca de las diez de la noche y algunas nubes amenazaban con llover. Se disponía a retirarse de la improvisada base que tienen los taxistas a la salida del centro comercial, cuando vio una mano agitarse frente a él en clara señal de solicitarle el servicio.
“El último”, pensó. Acercó el auto hacia el joven dueño de esa mano y abrió la puerta delantera para que subiera. El muchacho, de aproximadamente veinte años, cerró la puerta que le ofrecieron y abrió la otra para sentarse en el asiento trasero.
Germán observó por el espejo las facciones y el vestuario de su cliente. Una playera ajustada a su cuerpo con el cuello desdoblado hacia arriba, el cabello alborotado, en el que se advertían líneas doradas y un tono que no le dejó dudas, le hicieron pensar: “este chavo es gay”.
−¿Cuánto me cobras a Tepécoa? –le preguntó el joven, acomodándose sus cabellos y dulcificando el tono de su voz al acercarse a Germán por el hueco de los asientos delanteros.
−¿Cuánto te cobran? –respondió el taxista con una pregunta.
−Pues… depende…
−¿De qué depende? –preguntó nervioso Germán mientras arrancaba el automóvil y avanzaba hacia la salida del estacionamiento.
−Ah, pues si me voy aquí atrás me cobran cien, pero si me voy adelante pago cincuenta o a veces hasta me pagan –dijo el muchacho con una sonrisa coqueta.
−Entonces vente para adelante –dijo Germán, pensando en aquella experiencia homosexual que en su adolescencia había tenido con su primo “Tetos”. Detuvo el taxi, aprovechando el semáforo−, vamos a ver si nos arreglamos.
El joven bajó del auto y subió al asiento delantero sentándose lo más cerca posible a la palanca de velocidades del tsuru.
−¿Cómo te llamas? –le preguntó Germán mientras giraba hacia la izquierda para tomar el boulevard y encaminarse rumbo a Tepécoa.
−“Nene” –contestó sonriendo el muchacho−. ¿Y tú?
−Germán.
−¡Ay, qué bonito nombre! ¿Eres de onda?
−No. ¿Por qué?
−Mmm… porque te quería proponer que entráramos por Tierra colorada, para platicar un poco más. Es que me caes muy bien y pues… eres muy guapo. ¿No te enojes eh? –solicitó “Nene” dejando caer su mano izquierda sobre la pierna derecha de Germán.
−No te preocupes, no me enojo. Está bien, nos iremos por ahí –aceptó el taxista quien, con el roce de la mano de su cliente su excitación iba en aumento y le causaba molestias en la entrepierna.
Cuando pasaron por el cruce de caminos en la desviación hacia Tierra colorada, caía una leve llovizna, pero “Nene” suplicó en el oído de Germán:
−¿Te puedes detener un momento aquí? Es que quiero hacer pipí…
−Si, por supuesto –dijo Germán orillándose y acomodándose sus genitales.
“Nene” bajó del taxi y dio la vuelta para ubicarse detrás del auto. Germán lo siguió viéndolo por el espejo. Ninguna luz se veía. La noche sólo la iluminaban algunos relámpagos lejanos que recortaban el contorno de los cerros. Tal vez por eso, o por estar atento al regreso de “Nene” al carro y porque, además, se había desabotonado el pantalón, suponiendo que le aguardaba un momento de placer; o por lo que haya sido, no advirtió las siluetas de dos hombres que se acercaron por el lado de su ventanilla, y tampoco supo cómo, a través del vidrio, le llegaron dos plomazos que le arrebataron la vida inmediatamente.
“Nene” se encargó de llevarse el dinero y las escasas pertenencias de Germán, quien cayó en el riesgo de la maldita tentación en esa noche lluviosa.
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miércoles, junio 30, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“FUERA DE CONTROL”
José I. Delgado Bahena

−¿Me dejas darte un beso? –dijo Daniel con un poco de temor, por la incertidumbre de la respuesta de Georgina.
−¡No! –exclamó ella volteando hacia el lado contrario de él.
−¿Por qué? –insistió titubeante Daniel.
−Porque me da pena. Mejor vámonos, ya está anocheciendo… –deslizó Georgina una súplica en el oído de él al tiempo que se levantaba de la banca del zócalo, donde se habían citado para platicar.
−Mmm… ¿te avergüenza que te vean con alguien mayor que tú? –preguntó Daniel levantándose también y caminando hacia el centro del parque.
−No…, no es eso. Sólo que… pienso que es muy rápido. Además, no sé si es cierto que eres viudo. ¿Qué tal si todavía estás casado?
−¡Cómo crees! –replicó Daniel recargándose en el barandal de la escalera del kiosco.
−Pues sí, mira: vamos a tratarnos como amigos, para conocernos, ¿no?
El silencio fue la respuesta de él dejando que su mirada siguiera una de las tantas ardillas que merodean cerca de las personas con la esperanza de alguna migaja que les arrojen.
−Es que… desde luego, no soy ningún chamaco que quiera jugar contigo o andar de manita sudada, como chavos de secundaria –dijo Daniel, rompiendo, con sus palabras, la tensión del silencio−. Sé que la diferencia de edad es grande, pero tampoco eres una niña; a tus veinte años creo que sabes lo que quieres y también sabrás ver la sinceridad de mis intenciones.
−¿Y, cómo quieres que iniciemos una relación? –preguntó Georgina, sentándose en las baldosas de la escalinata−. ¿Cómo llego a mi casa y les digo a mis padres: les presento a mi novio, él es mi maestro de canto, es viudo y quiere algo serio conmigo?
−Tampoco creo que tengas que hacer eso –respondió él sentándose a su lado−. Primero es necesario que nos conozcamos, probar nuestras compatibilidades, acoplar nuestros espacios, nuestros ritmos, aficiones, gustos y necesidades. Y si todo va bien, pues… seguir adelante.
−Ah –dijo ella, levantándose y caminando hacia una fuente cercana, haciendo que él se levantara también y la siguiera−. Supongamos que tienes razón; entonces, ¿qué se supone que hagamos ahora?
−Pues… no sé, ir a un lugar más… íntimo, donde no haya tantas miradas indiscretas para poder estar a gusto y comenzar a construir lo que, tal vez, sea algo duradero y digno.
−¿Sabes?, la verdad estoy confundida. No sé qué decirte. Hablas muy bonito y desde que te conocí sentí una fuerte atracción por ti. La seguridad que muestras al compartir tus conocimientos musicales me llevó, primero, a admirarte, después a desearte y cada noche me duermo con la ilusión de soñarte. Y me siento confundida porque, por un lado están los valores que mis padres me han inculcado, pero por otra parte pienso que debo vivir y correr mis propios riesgos, con la esperanza de ser feliz aún en contra de las críticas y de los convencionalismos sociales.
−¿Entonces…?
−Entonces, vamos a donde tú digas. Ojalá y no me arrepienta, porque dudo mucho de que esto tenga algún futuro. Mis padres serán los primero en oponerse, lo sé; sin embargo, trataré de vivir este presente que me ofreces con la ilusión ciega de un jitomate que sueña en su metamorfosis.
La noche había inundado la ciudad, por eso Georgina no pudo ver un brillo de lascivia en la mirada de Daniel quien se anotaba otro punto en la lista de sus alumnas que habían caído en el embrujo de su talento con la guitarra y la melodía de sus palabras.
−¡Georgina, el niño está llorando!
La voz de su madre la sacó de sus recuerdos. Hacía tres años que había abandonado sus clases de música para atender su embarazo y cuidar al bebé que su maestro le había regalado en una noche de pasión en la que ella no advirtió que el amor es un sentimiento que en ocasiones nos deja fuera de control.

miércoles, junio 23, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“VENENO PARA RATAS”
José I. Delgado Bahena

¿Ya viste Rafael, por andar con tus loqueras lo que te pasó? Te lo dije: ya deja que la pinche vieja diga lo que quiera de ti, al final no le queda más que apechugar; su hija ya está contigo y hasta tienen un chamaco que les está robando el ánimo; pero no, seguiste de caprichudo y hartando a Dios.
Me acuerdo… desde antes que te juntaras con la Amalia, convivías con los rucos y dijiste que eran tus segundos padres. ¡Vaya!, hasta les ofrecieron un terrenito a un lado del de ellos para que se hicieran un cuartito y ahí vivieran mientras hallaban un lugar mejor. Y ai’ vas, de arrimado, con tu carota alegre y tu sonrisota de payaso, aceptando sus condiciones pa’ juntarte con tu vieja.
No, si no se me olvida lo que me platicaste: el diez de mayo, cuando ni siquiera te acordaste de nuestra madre, sólo por quedarte a chupar con tus suegritos, fue que comenzó a cambiar todo. Ya pedos, la vieja te champó todo lo que les apoyaban y la mala vida que le dabas a su hija con la miseria que te pagaban de chalán y hasta te dijo que, en una de esas, el chamaco ni era tuyo. ¡Huy!, desde entonces le agarraste tanto odio que no descansabas buscando la manera de cómo matar a la bruja de tu suegra.
Hasta risa me da, Rafael, porque hiciste muchas tarugadas. Sólo a ti se te ocurre ponerle veneno para ratas a la carne de su comida. De pura suerte que se le quemó el chile de ciruela y lo único que provocaste fue una mortandad de perros que hasta a los de los vecinos les tocó, por comer la carne envenenada, si no quién sabe, segurito ibas a dar al bote.
Aunque bueno, la mera verdad, hasta a mí me daba coraje por todas las sinvergüenzadas que la vieja te hacía. ¡Mira que darte con la cazuela del pozole en tu mera cabezota, nomás porque llegaste bien briago insultando a Amalia! No, si se armó tal escándalo que hasta el tío Moisés, que es un alma de Dios, quería comerse viva a la arpía de tu suegra. Pero ni así te saliste de ese nido de culebras, nomás por la esperanza de estar cerquita para tener la oportunidad de darle su pasaporte. Y ella, como bien sabe hacer: siguió escupiendo sus chismes para ver si te alejabas de su hija.
Lo que de plano te enmuinó fue cuando te dijo que Miguel, el antiguo novio de Amalia, que había llegado del norte, con su camionetota, la pretendía otra vez, y ella no le decía que sí, pero tampoco que no. Por esas razones le diste más duro a la tomadera y una vez hasta le mentaste la madre a Miguel cuando estaban en el billar, nomás por los chismes de tu suegra; y él, que no sabía nada, te disculpó y te dijo: “Ya vete a dormir, estás muy borracho”.
¿Te acuerdas, Rafael, cuando me pediste que te consiguiera una pistola con mi amigo el judicial, porque ya te había llenado el buche con sus embustes tu “segunda madre”? ¡Ja, ja, ja,! Discúlpame, hermano que me carcajee. Sólo hiciste el ridículo: se te olvidó ponerle las balas, y Plácido, tu suegro, casi te mata a cachazos con tu propia arma. De plano, de plano, estabas destinado para ser güey dos veces.
Lo malo es que con eso, la maldita bruja se enteró de tus intenciones y no sólo estaba prevenida, sino que insistió en sus indirectas y ‘ora ella quería mandarte a descansar desde antes.
Todos nos dimos cuenta, pa’ qué negarlo, ni siquiera disimuló la méndiga, porque anduvo preguntando por “la bala”, que para nadie es un secreto que hace sus trabajitos por un billete y los saca del partido nomás por la lana que le den. Quién sabe si él haya aceptado, pero desde entonces, en la casa, todos andábamos con temblorina pensando en la hora en que nos dijeran que te habían metido un plomazo.
¿Y ‘ora Rafael? ¿A quién le echamos la culpa? Ya ves, por fin te saliste; mejor dicho: te sacaron, con las patas por delante. Y aquí estás: estirado, viendo “pa’ dentro”, como las iguanas. Todos estamos inconformes porque lo más seguro es que la vieja te ganó. Don Chano nos dijo que la bruja fue a comprarle un bote de veneno, dizque porque andaba una ratota acechando su casa.
Todavía ayer, después del fut, nos tomamos un cartón de las negras en la tiendita, y te fui a dejar de aguilita, totalmente perdido, y hoy amaneciste nomás volteado y vomitado. Así te encontramos después de que la Amalia vino corriendo a decirnos que estabas bien muerto.
¿A quién le echamos la culpa, Rafael? Tu vieja no suelta la sopa y pues, tú, que podrías decirnos, ya vas camino a las regaderas. Lo más seguro es que te expulsó tu suegra pero, ¿cómo lo probamos?
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jose_delgado9@hotmail.com

miércoles, junio 16, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“EL MEJOR PADRE…”
José I. Delgado Bahena
Ya sé, dirán que estoy loco, que lo que he hecho no lo haría un padre “normal”, común y corriente o, como se dice: “un buen padre”. Es decir, un padre chapado a la antigua, con nuestras tradiciones mexicanas: borracho pero trabajador, mujeriego pero hogareño, parrandero pero cumplidor con la vieja. En fin: vivido pero fiel. Como decimos siempre: atendiendo las capillitas pero respetando a la catedral que tenemos en casa.
Pues no, da la casualidad de que no soy un padre “normal”. He formado a mi familia: mi mujer y mis dos hijas. Ellas son la única familia que tengo y soy el único familiar que ellas tienen.
La semana pasada vino mi dizque suegra, muy encabronada y me dijo: “Adulfo, si no dejas de hacer tus porquerías, Dios te va a condenar y te irás al infierno”.
¡Hazme el favor! La pinche vieja hipócrita hablándome de Dios y del infierno, cuando hizo hasta lo imposible por separarme de mi Estelita. “Ese hombre no te conviene, es un depravado”, le decía. Por suerte mi viejita no le hizo caso, siguió conmigo y hasta me dio dos hermosas hijas.
Desde que terminé mi carrera de Ciencias de la comunicación y quise ser locutor de radio o conductor de televisión, supe que mi destino eran los medios de comunicación; por eso me metí a escribir una columna en un periódico de la ciudad. Claro, mi trabajo ahí no duró. La verdad, es muy poco lo que pagan y no se me daba eso de andar “chayoteando” a la gente importante. Mejor acepté la chamba que me dio mi “cuatacha”, la presidenta municipal, en la oficina de Comunicación social del ayuntamiento. Ahí sí me di la oportunidad de hacer algunos biznes que me permitieron ganar unos pesos más para que mi Estelita se olvidara de su intención de trabajar en el salón de belleza de su prima.
Pero bueno, con todo este rollo de mi chamba hasta olvidé que les hablaba de lo que hice que provocó que me trajera a la situación en la que me encuentro. Ah, pero no me arrepiento eh, “quien esté libre de culpa…” ¿Cómo iba a saber que la más chica de mis hijas se haría de un novio en la prepa, a pesar de lo prohibido que lo tenían? Sabían, las dos, incluso la de la universidad, que el tema de los novios no formaba parte de nuestro vocabulario. Digo, ¿para qué querían chamacos apestosos que se la pasan en la calle fumando y sudando, si en casa me tenían a mí?
Estelita me dijo un día: “ya viste que Salomé se arregla y se pinta más de la cuenta para irse a la escuela?” Y yo, con lo confiado que soy, pensé que sólo quería agradarme la pupila y la dejé que luciera su hermosura en la calle y con sus compañeras del colegio. Pero un día que quise darle la sorpresa esperándola junto a la gasolinera que está cerca de su escuela, la voy viendo… ¡abrazada de un pinche escuincle del bachillerato! No, mi coraje no se mide con lo rojo que se me puso la cara, porque de ser así habría incendiado la ciudad.
Por supuesto, la subí al carro y la llevé a casa. Ya se encontraban ahí Dona, mi otra hija, y Estela con la comida lista. El drama fue lo que nos alimentó ese día. Nadie probó el mole que mi Estelita había preparado. Las preguntas iban y regresaban sin respuestas. Faltaba un mes para que Salomé cumpliera los dieciocho años y entonces pudiera probar, ella, como fue con Dona, su iniciación en la sexualidad, en su primera vez, apoyada por mí, desde luego.
Así que Estela y yo estuvimos de acuerdo en que debíamos ahorrarnos ese mes y llevé a Salomé a su recámara. Le adelantaría su iniciación sexual para no correr riesgos de que un pelafustán nos agandallara y la tomara para él.
¡Oh, decepción! ¡Salomé ya no era virgen! Cinco puñetazos y diez cinturonazos la dejaron tirada en el piso de su cuarto y salí a informar a Dona y a Estela de la deshonra en que nos había metido la puerca de mi hija menor.
En ese momento llegó la policía. Ni cómo impedir que entraran. Levaban una orden basada en una denuncia que el pinche chamaco había hecho. Se llevaron a Salomé al hospital y a Estela y a mí al reclusorio. Dona se quedó en la casa. Nos ha venido a ver, pero más por lástima que por apoyarnos. Dice que las dos declararán en nuestra contra.
La verdad, no veo ningún problema. Dona era mayor de edad cuando la inicié sexualmente, Salomé ya no era virgen y, además, mi vieja estuvo siempre de acuerdo; pero, lo más importante: ellas eran mis hijas, yo las hice, así que podía decidir sobre sus vidas, ¿o no?

miércoles, junio 09, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“DE HABER SABIDO…”
José I. Delgado Bahena
José Luis tenía seis años de trabajar en el periódico cuando llegó Elena. Él se encargaba de dar formato a la mitad de los archivos que llegaban a la redacción y ella se presentó el lunes de esa semana solicitando el empleo de publicista que anunciaron en la edición del domingo. El mismo día se quedó con el trabajo y comenzó a recabar la información necesaria para su labor.
Cuando José Luis la vio, con su garbo de mujer plena, piel bronceada, escote provocativo y sus veinticuatro años desbordantes en los macizos glúteos que se marcaban perfectamente en el talle del vestido aceituna que le llegaba a una cuarta de la rodilla, se dijo: “otra oveja para mi corral”.
Esa era su fama: “Ninguna se le va viva”. Y otra que él mismo se encargaba de propagar: “Una noche no me es suficiente para estar con una mujer, necesito parte de la mañana también”.
Por eso, cuando a Elena le hablaron de él y le adjuntaron su dicho, pensó: “Eso lo tendríamos que comprobar”.
No perdió tiempo; el miércoles, al tercer día de laborar para el periódico, cuando José Luis diseñaba, en la computadora, los anuncios que ella había logrado contratar, se acercó a su mesa para verificar que no faltara algún dato y dejó caer uno de sus pechos sobre el hombro izquierdo de él.
La sangre se le incendió pero tomó aire y le murmuró casi al oído:
−Si así quema el volcán cuando está dormido, ¿qué será cuando haga erupción?
−Es cuestión de que quieras encenderlo –le respondió ella con una discreta sonrisa.
−Pues tú dirás, morena.
−¿Cuándo descansas?, porque quiero ver si es cierto lo que dicen por ahí… –le soltó el reto junto con un roce de su pierna en el brazo de él, además de deslizarle en el bolsillo de su camisa un papel con el número de su celular− llámame y nos ponemos de acuerdo.
−Claro, preciosa –respondió José Luis−, descanso el viernes –agregó con voz trémula.
Todavía, el jueves, coincidieron cuando él llegaba a las oficinas, a las cinco de la tarde, y ella se retiraba llevando entre sus brazos un folder rojo, como cubriendo las curvaturas de sus pechos. Una disimulada sonrisa, entre ambos, fue el puente que se tendió para comunicarse las promesas que se cumplirían al día siguiente.
Él tuvo que mentir a su mujer y su pequeña hija, diciendo que le habían llamado del periódico para hacer un trabajo extra y esperó, en una pizzería cercana al edificio, a que saliera Elena para irse juntos, en su camioneta, a un hotel en las afueras de la ciudad, rumbo a Cocula, para no correr el riesgo de ser visto por su suegro que trabajaba de taxista.
Sin preámbulos, con la urgencia de los cuerpos que se sintieron atraídos desde que las feromonas les enviaron las señales que les evitaron los obstáculos de toda relación: conocerse, tratarse, aprehenderse y verificarse en su empatía, se arrojaron a la hoguera de la pasión que se encendió desde cuatro días antes, al conocerse en las oficinas del periódico.
Tres horas después, cuando los juegos corporales cesaron y él pidió, por teléfono, un par de tragos a los encargados del hotel, encendió la televisión, acomodó las almohadas y se recargaron en la cabecera simulada en la pintura de la pared, comenzó el diálogo:
−¿Dónde vives? –preguntó José Luis.
−En Tuxpan −contestó ella−, con una tía que quedó viuda el año pasado.
−¡Qué curioso! –dijo él−, también tengo una tía en ese pueblo y se le murió el viejo hace un año.
−Bueno, en realidad, yo vivía en Pachuca, con mi padre, pero me corrió porque salí con mi “domingo siete” y me vine, con todo y chamaco, hace quince días en busca de la única hermana que tiene aquí.
−¡Qué coincidencia! –dijo, sentándose sobre la cama y apagando la televisión con el control remoto−, mi padre nos abandonó cuando yo era pequeño y lo último que supimos es que se había ido a Pachuca y había formado otra familia. Él era originario de Tuxpan.
−Por favor −suplicó Elena−, no me digas que tu padre se llama Andrés…
José Luis no respondió a su súplica. Arrojó el control, que aún tenía en sus manos, sobre el espejo empotrado en la pared de enfrente, buscó su pantalón y comenzó a vestirse.
Ella, en silencio, recogió en envoltorio su ropa que había quedado regada en el piso y salió para vestirse en el interior de la camioneta, estacionada junto a la puerta del cuarto.
El regreso a la ciudad lo hicieron en silencio. Sólo un ligero movimiento de él para extenderle a ella, con su mano derecha, su licencia de conducir para que confirmara, con la coincidencia de los apellidos, que, de haber sabido, desearían que la historia de ese día no se hubiera escrito jamás.

miércoles, junio 02, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“A LOS TRECE AÑOS”

José I. Delgado Bahena

A los trece años conoció a Santa y por medio de ella supo lo que era tener entre sus brazos a una mujer. Estaban solos. Él había pasado, a la salida de la secundaria, a visitar a su primo Érick quien tenía una tienda de ropa y le había pedido que se quedara un rato a cuidarla. Allí vendían playeras y botes de pintura para los graffiteros y en ocasiones, como esa, Érick le pedía que se quedara en el negocio mientras iba a pintar algún mural o a pasear con su novia.
Eran las dos de la tarde cuando llegó Santa buscando a Érick.
−No está−, le dijo él.
−¿Puedo esperarlo? Es que me da flojera ir a mi casa y regresar.
−Como gustes –le respondió Johnny desde el mostrador.
Los primeros minutos los pasaron en silencio; él leyendo una revista sobre bandas de rock, ella observando las playeras y vaciando su mirada sobre la calle.
−¿Quieres leer? –ofreció él extendiéndole la revista.
−Sí, gracias –aceptó Santa tomándola y al mismo tiempo apretándole dos dedos en una clara señal de provocación.
“Tú sabes cómo te deseo…”, comenzó a sonar la canción de Maná en la grabadora que él había encendido.
−¿Te gusta esa música? –le preguntó Santa acercándose al mostrador.
−Sí, ¿por qué?
−No, por nada. ¿Cuántos años tienes? –le dijo tomando con su mano izquierda la mano de él y rozándole los labios con las yemas de los dedos de su otra mano.
−Trece –respondió tembloroso.
−¿Y… tienes novia?
−No… −fue su respuesta, entrecortada por la respiración agitada que salía entre borbollones de su pecho.
−Ah, ¿y, cómo te llamas? Eres muy guapo, ¿sabes?
−Gracias. Me llamo Johnny. Tú eres muy bonita.
−¿Me dejas darte un beso? –dijo Santa inclinándose sobre el mostrador y rozando los labios de Johnny.
−¿Cuántos años tienes? –preguntó ingenuo.
−Diecisiete –respondió Santa con una leve sonrisa y pasando al otro lado del mostrador−, pero no se le pregunta la edad a ninguna mujer…
Él no dijo más. Los labios de ella se apretaban contra los suyos y le introducía su lengua recorriendo su paladar y sus dientes. Rodeó, con sus adolescentes manos cargadas de ansiedad, la cintura de ella y la atrajo hacia sí con tal fuerza que le hizo sentir, en una de sus piernas, la dureza de su excitación que amenazaba con romper la tela del pantalón de su uniforme de secundaria.
−¿Por qué no cierras la tienda? –le insinuó Santa mientras le mordía el cuello y con sus manos le apretaba los glúteos.
Johnny no contestó. Quitó las manos de ella de su trasero y en dos zancadas llegó a la entrada de la tienda para bajar la cortina que servía de puerta y protección del negocio. Luego, sin esperar instrucciones, con un ingenio que se desconocía, acomodó unos cartones, en los que Érick guardaba la ropa, en el caliente piso de la tienda.
Santa se recostó sobre la improvisada cama y desabotonó su ligera blusa que apenas si le cubría sus prominentes pechos. Johnny se bajó el pantalón hasta las rodillas y se recostó junto a ella. Fue Santa la de la iniciativa, la que rodeó por el cuello el cuerpo de él y lo atrajo para besarlo apasionadamente al mismo tiempo que depositaba un condón en la palma de la mano derecha de él.
El impulso fue el esperado, la reacción justa a ese llamado fue la respuesta de Johnny quien, con torpeza pero guiado por el deseo desatado, dejó libres sus manos para que hicieran su labor y guiaran su pasión en la entrega sin límites, sin reservas, para el desahogo sexual en la primera vez que regalaba, con el cuerpo bañado en sudor, los explosivos coleópteros contenidos en la vasija de su adolescencia.
En el reposo, mientras ambos acomodaban sus emociones y los fluidos sanguíneos recuperaban el ritmo normal para la supervivencia de los cuerpos, Johnny se atrevió a hacer una pregunta:
−¿Cómo te llamas?
−Santa –respondió ella incorporándose, arreglándose la falda y abotonándose la blusa−, pero tú puedes llamarme como gustes.
−Gracias –dijo él, cerrando el cinturón de su pantalón y con ello el sublime momento de su primera vez en su andar por los caminos del erotismo.
Escríbeme a:
jose_delgado9@hotmail.com

miércoles, mayo 26, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“EL MENSAJERO”
José I. Delgado Bahena

Ángel vivía solo. Todos los días salía de su casa a las nueve de la noche para dirigirse al cyber de la esquina donde rentaba por dos horas una computadora para conectarse a la red y tener, al menos, un rato de conversación con aquellos amigos virtuales que se había conseguido por medio de los correos que había extraído de las cadenas que le llegaban y que había agregado a sus contactos.
A los veinticuatro años de edad, sin su mujer ni su pequeña hija que lo abandonaron para regresar a la casa paterna de la madre, su vida se enrollaba en la rutina del trabajo, mal pagado, y de su empecinada afición al carrujo de mariguana que fumaba todas las noches antes de meterse en la soledad de las calientes sábanas de su cama.
Pero aquella noche fue distinto. Después de releer los mensajes que se había auto enviado la noche anterior, como el mejor amigo que no había podido conseguir ni con alguno de sus compañeros de trabajo, y a punto de cerrar el Messenger y con ello la esperanza de llevarse el sabor dulce de dos palabras afectuosas, un relámpago azul le iluminó la mirada desde el cuadro del mensajero.
“Hola”, le saludó Crisito.
“Hola”, contestó Ángel.
“¿Qué haces?”
“Aquí, a punto de irme”, respondió. “¿Quién eres?”, agregó.
“Tu conciencia. Así que dime: ¿por qué colgaste a tu gato?”
−¡Chin, el pinche gato! –exclamó con un grito que se incrustó en los audífonos de dos chavos que estaban en otras máquinas descargando música para sus celulares.
“Por qué no contestas?”, insistió Crisito.
“¿Me conoces? ¿Cómo sabes que tengo un gato?”
“Olvida eso. Mejor piensa en lo que están pasando tu mujer y tu hija. ¿Sabías que en el jardín de niños donde estudia Janet hubo un brote de hepatitis y ella está hospitalizada?”
“No…” Respondió titubeante Ángel. “¿Cómo sabes eso?”
“¡Qué importa!, seguramente tampoco sabes del gran riesgo que corre tu ex todas las noches al regresar de su trabajo de mesera.”
“¿Quién eres?”, preguntó intrigado, “¿Y cómo conseguiste mi correo?”, agregó.
“Ya te dije: soy tu conciencia. Tu correo lo conseguí de una cadena.”
“¿Qué quieres? Dime quién eres o me desconecto de inmediato”, escribió Ángel.
“No te precipites. No me conoces y, para ser honesto, tampoco te conozco. Soy vidente. ¿Sabes qué es eso? Puedo ver tu pasado. Ya sé, quieres una prueba. Bueno: ¿ya olvidaste cuando violaste a una pequeñita de siete años que vivía a un lado de tu casa, en la vecindad donde rentaban tus padres? Nadie lo supo y nadie sospechó de ti, apenas tenías diecisiete años. La pequeña se desangró y murió. Jamás supieron quién fue.”
Ángel no respondió ante esa afirmación. Cuando eso ocurrió estuvo completamente seguro de que nadie se había dado cuenta. Además, la niña era hija de una pareja amiga de sus padres y a esa hora se suponía que él estaba en la prepa, pero había llegado temprano y no había nadie en su casa ni en la de Perlita, a quien habían dejado haciendo su tarea.
“¿Por qué no dices nada?”, preguntó Crisito.
Inmediatamente cerró el cuadro de conversación y se desconectó del Messenger. Pidió la cuenta, pagó y salió del cyber. Eran las diez y media de la noche. Temeroso, volteaba hacia todos lados creyendo ver en cada rostro y en cada sombra la amenaza del cibernauta que conocía su delito. Sin soportar más la presión se echó a correr hasta llegar a la puerta del cuartito que rentaba para vivir, solo, teniendo a su gato como única compañía.
El cuadro que vio, al entrar y encender la luz, lo dejó sin aliento. De una de las vigas del techo colgaba un lazo y de una de las puntas estaba el animal, muerto, abierto en canal y con los intestinos de fuera, desangrado completamente.
No pudo más. Con los nervios devastados, bajó al gato, acomodó el lazo alrededor de su cuello, acercó una silla, subió a ella y dejó que el nudo hiciera su labor para escapar, así, de la amenaza del vidente que, como fuerza vengadora, había surgido desde su conciencia en el mensajero de la Internet.

miércoles, mayo 19, 2010

CADA DÍA


CADA DÍA ES UN DESCUBRIMIENTO,
UNA NUEVA AVENTURA QUE REAFIRMA
EL MISMO SENTIMIENTO.

CADA DÍA ES COMENZAR
A SER SENDERO POR DONDE CAMINAR
UNIENDO LAS MANOS
PARA ENCERRAR LAS NUBES
QUE NOS LLEVAN A SOÑAR.

CADA DÍA ES SABER
QUE NOS SOMOS PERFECTOS
Y QUE EL MUNDO ES UN MISTERIO
CONTENIDO EN LA ESPERANZA
DE TU DULCE MIRAR.

CADA DÍA HAY UN SOL NUEVO
QUE MATA LAS TINIEBLAS
DE LAS DUDAS,
DESCUBRE LOS SECRETOS,
DESTRUYE DESCONFIANZAS,
UNE PALABRAS,
Y ESLABONA DOS CORAZONES
ANSIOSOS DE QUEMARSE
EN LA HOGUERA DEL AMOR.

CADA DÍA RUEDA UNA LÁGRIMA SINCERA
QUE SE EVAPORA TEMBLOROSA
A LA LUZ DE LOS LUCEROS,
DESPUÉS DESCIENDE
EN LOS RAYOS DE LA LUNA
PARA DECIR "TE AMO"
Y ERES TÚ LO QUE MÁS QUIERO.

MANUAL PARA PERVERSOS

“SÍ, YO LA MATÉ”

José I. Delgado Bahena

La mera verdad: la maté por puerca. Siempre deseé hacerlo. Me daba asco.
Desde que llegó a vivir a nuestra casa, con el pretexto de su viudez, advertí cómo me veía. Mi madre lo intuyó, por eso, siempre que podía, me llevaba con ella y no me dejaba solo con la ruca.
Recuerdo que un día que no se encontraban mis padres y yo había llegado de ir a jugar fut con mis cuates de la secundaria, me metí a bañar, y ella, la perversa, se asomó por la cortina del baño, sólo para verme desnudo, con el pretexto de ofrecerme una toalla.
Entonces yo tenía catorce años y no pensaba en cochinadas, como ella.
Pasó el tiempo y entré al bachillerato. Por esa época comenzó a rondar por nuestra casa un gorila. Nadie lo veía, sólo yo. Llegaba por las noches, se asomaba por la ventana de mi cuarto que daba hacia el jardín, gruñía y me mostraba sus filosas garras.
Al principio me daba miedo y les gritaba a mis padres; claro: no me creían y decían que eran pesadillas. Hasta yo me estaba convenciendo de que realmente eran sueños, pero una mañana amaneció muerto el “canelo”, nuestro perro, al que yo odiaba porque con frecuencia desparramaba la basura del bote y luego hacían que yo la recogiera. Estaba junto a una de las bardas de la casa. Tenía el cuello desgarrado y su cabeza casi separada de su cuerpo.
Desde entonces dejé de tenerle miedo y comencé a verlo como un aliado.
Cada noche, durante la cena, escondía un pan y lo llevaba a mi cuarto. Cuando él llegaba me acercaba a la ventana y le tiraba el pan hacia el suelo.
Aldo, mi amigo del “Vasco”, era el único que me creía y hasta me propuso que le tomara fotos con la cámara del celular. Una noche lo intenté pero se asustó y huyó de mi ventana.
La abuela seguía de perversa, pero una tarde llegó muy contenta, con su melena blanca alborotada y muy sonriente, mostrando los escasos dientes que le quedaban. Yo estaba viendo la tele y se sentó junto a mí, en el sofá de la sala. Comenzó a hacerme plática sobre sexo, disque para orientarme, explicarme y no sé qué más decía. Yo sólo le contestaba que sí y que no, hasta que me hartó y me fui a mi cuarto.
Me recosté en mi cama, prendí la tele y puse un video que me prestó Aldo: son chavas desnudas que bailan y se quitan la ropa. Claro, al poco tiempo estaba excitado. Al rato entró la pinche vieja, se recostó a un lado de mí y comenzó a manosearme. La verdad, no dije nada porque, pues…, ya estaba todo acalorado y me gustaba lo que me hacía con su boca desdentada.
En el mejor de los momentos, en que la vieja hacía su labor, apareció el gorila con su mirada lujuriosa, como disfrutando de la escena, entonces le di una patada a la bruja en el centro de su entrepierna, tan fuerte que la levanté sobre mi cuerpo y se estrelló en la cabecera de mi cama. Ahí quedó: desnucada y ensangrentada. Entonces, con cuidado, para no ensuciar mis sábanas con su podrida sangre, la levanté y la llevé al jardín, la tomé de los tobillos y la hice girar levantándola a la altura de los rosales que mi madre tanto cuidaba; restregué su marchito rostro sobre las espinas y las rosas para que se viera que el gorila se había ensañado con ella y la dejé tirada junto a la barda del jardín.
Regresé a mi cuarto para limpiar, con mi playera de las Chivas, las manchas de sangre que había dejado sobre la pared al golpearse con el impulso de mi patada. Lavé la playera en el lavabo del baño y la tendí. Como aún no terminaba el video que estaba viendo de las viejas encuerdas, me excité otra vez, me masturbé y me quedé dormido.
Desperté con el ruido de la tele, en la sala. Mis padres veían las noticias. El conductor de un programa del canal local anunciaba que por fin habían atrapado al gorila que se había escapado del circo que se encontraba instalado en los terrenos de la Feria.
Salí de mi cuarto, saludé a mis padres y me senté junto a ellos. Mi madre me preguntó si no sabía de la abuela. Le contesté que había llegado en la tarde pero que se puso a arreglar el jardín. “Después no supe de ella porque me quedé dormido”, le dije.
Mi padre se levantó y encendió las luces del jardín. Los dos salieron en su busca, le dieron vuelta a la casa pero no encontraron nada. Me extrañé y salí a buscar junto a los rosales. Les mostré los destrozos, se asustaron y llamaron al 066 para reportar la desaparición de la vieja.
Dos horas después sonó el teléfono, contestó mi padre y le informaron que debía ir a reconocer el cuerpo destrozado de su madre, lo habían encontrado junto al periférico y que, seguramente, había sido atacada por el gorila.


viernes, mayo 14, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“AUNQUE SEA PARA MAESTRO”
José I. Delgado Bahena


A Manuel le dijeron sus padres: “Estudias, aunque sea para maestro, ¿o quieres ser campesino?”, y como campesino ya era desde que nació, aceptó la única opción que le ofrecieron sus progenitores para poder salir del “perico perro” que era el oficio de la mayoría del pueblo que, por quedarse sin más preparación que su instrucción primaria y, si acaso, la secundaria, se empleaban en lo que cayera: jornalero, chalán, campesino y, con suerte, de mesero en los restaurantes que había en la orilla del pueblo antes de que llegara el progreso en la región con la Autopista del Sol.
De manera que, sin remedio, estudió los cuatro años de la normal en la escuela de la ciudad donde formaban a los futuros maestros “que irían a sembrar la semilla del conocimiento en las escuelas de México”, como se oyó en alguna ocasión en un discurso de clausura de cursos.
Al terminar, y esperar a que les asignaran su lugar de adscripción, Manuel y otros cuatro compañeros que recorrían las oficinas de la SEP, llenos de ansiedad y con las escasas monedas en los bolsillos que les permitían, al menos, “echarse” unos tacos entre pecho y espalda, para engañar “la tripa”, se ilusionaban con llegar a la comunidad donde trabajarían su primer año en la docencia, sin imaginar que a él le aguardaba un tiburón llorón llamado “destino”.
Su asignación fue de lo esperado. Un pueblo de la región de Costa grande del estado fue su suerte en esta lotería del magisterio.
Fue ahí donde conoció a Rebeca. La vio en el centro de esa comunidad rústica de Guerrero, el domingo que llegó, cargando su maleta con sus escasas pertenencias, para instalarse y acomodarse en el pequeño cuarto que le facilitaron en una casa cercana a la escuela. La vio sentada en una gran piedra junto a la puerta de una de las casas de adobe y techo de teja. Ella: Rebeca, con dieciséis años sobre un cuerpo que aparentaba veinte; morena, alta, con largas trenzas y sonrisa provocativa, al ver a Manuel le envió una mirada acompañada de un cofre de promesas que él interpretó como de amor pero también de deseo y de desvelo.
“Si el gobierno hace como que me paga, yo hago como que trabajo.” Fue la primera frase que Manuel escuchó al día siguiente, al presentarse a sus labores, y le hizo abrir los ojos para despertar a la realidad de la irresponsabilidad de varios colegas suyos que con actitudes mezquinas defraudaban el compromiso contraído con la sociedad y menospreciaban las propuestas pedagógicas que se ofrecían por medio de los materiales de apoyo para los mentores.
“Al pueblo que fueres…”, pensó él para no entrar en conflicto con sus autoridades y con sus compañeros del centro de trabajo de la ranchería donde le asignaron su lugar de adscripción para atender un grupo de sexto grado con apenas siete alumnos: cuatro mujeres y tres hombres.
Ahí la volvió a ver. Rebeca era una de sus cuatro alumnas. El asombro se mezcló con la emoción y esto no le permitió advertir la jugada que el destino le tenía preparada.
Con el paso de los días, el maestro Manuel se olvidó de su apostolado y dedicaba las mejores atenciones a quien le atrapó con aquel arañazo que le regaló a su llegada al pueblo.
Ella, consciente del dominio que ejercía sobre la débil voluntad de su maestro, se acercaba a su mesa de trabajo para inclinarse y mostrarle sus prominentes pechos que parecían volcanes a punto de hacer erupción sobre la nariz del pobre de Manuel.
Se acercaban los enormes “puentes” que desde entonces el magisterio del estado construía para no trabajar, con el pretexto del 1°, 5 y diez de mayo, una quincena de este mes, sumando la celebrada semana “del maestro”. Manuel avisó esto a sus alumnos y Rebeca, sin soportar más los calores que su juventud le hacían despertarse a media noche gritando, entre lamentos, el nombre de su maestro, le propuso, con la ingenuidad de su adolescencia, que la llevara con él a su ciudad natal; “no aguantaría tantos días sin verte”, le dijo.
Viajaban ligeros: con la mochila de ella y una pequeña maleta de él sobre el lomo de una mula, pero antes de cruzar el río los alcanzó Francisco, el hermano mayor de Rebeca, machete en mano, retando a Manuel y reclamándole el ultraje que pretendía hacer a su familia.
Las razones no importaron, ni las explicaciones de amor de Rebeca pudieron convencer al furioso Francisco quien de un tajo cortó la yugular de un indefenso Manuel que hasta ese momento, mientras escurría un hilo de sangre entre su pecho y su camisa, comprendió que más le hubiera valido quedarse a seguir cosechando el tomate de cáscara que tenía fama en su pueblo, a seguir el sueño de ser “aunque sea maestro”.


domingo, mayo 09, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

CARTA A MI “MADRE”
José I. Delgado Bahena
¿Sabes?, quisiera comenzar con las frases de siempre, con las que cualquier hijo honraría la imagen que lo acompaña desde el nacimiento; empezar, esta carta, diciendo, por ejemplo: “Te saludo, madre mía, en este hermoso día…” y terminar con “¡bendita seas!”
¡Cuántas cosas te podría decir eligiendo las mejores palabras, las que tuvieran mejor ritmo y formar para ti el mejor poema! Alondra, gota de lluvia fresca, mirada de Dios, luz de ángel, manos divinas, frente de cristal, benditos pechos, fuente de amor, estrella bienhechora…
Todo eso y más podría decirte ahora cuando se acerca esta fecha en que toda la gente se dispone a coronar con bellas flores la frente del ser más adorado de todos los hogares, la sonrisa que es paz para muchos hombres, y plenitud, sabiduría, refugio y fortaleza; pero, ¿sabes?, no puedo hacerlo, aunque quisiera, de verdad, no puedo hacerlo…
Hace años, madre, te busqué, te necesité, te extrañé y, en silencio, te amé. Amé, sí, a cinco letras formando una palabra que no significaba nada, amé tu sombra, tu nombre ajeno, la llaga que fue siempre, para mí, tu ausencia; amé la borrosa huella de tus pasos cuando anduve, siendo niño, por los caminos podridos de la vida, consumiendo monstruosas sustancias adictivas, y corrompiéndome el alma con aficiones perniciosas en las que derroché mis sueños infantiles; te amé en el sabor amargo de mis días sin un mendrugo, mendigando en las veredas escondidas de mi destino –y el tuyo− la respuesta a tu abandono que de niño no encontraba.
Después la supe, “madre”, tus urgencias del calor de hombre te hicieron abandonarnos, a mis hermanas y a mí, al lado de una abuela que no cuida ni sus callos. Te fuiste, como perra, detrás del macho (y creo que ni las perras hacen eso) sin pensar en la fragilidad de nuestras mentes, de nuestras almas y de nuestros cuerpos. Nos dejaste… ¿y qué esperabas después de quince años?
Mis hermanas –hasta lo que supe− adolescentes aún, son flores del jardín de una casa de citas donde por unos billetes cualquier hombre las deshoja y les siembra rencores de por vida. También ellas, “madre”, recogieron las migajas que la vida les dio en su niñez y crecieron sin el regocijo de un regazo cálido donde saciar la sed de madre que nos dejaste con tu abandono.
¿Y yo, para qué te cuento? Crecí entre la bruma de un futuro incierto. Aceptando todo y disfrutando nada, malgastando las energías de mi precoz actividad sexual haciendo favores a señores sin escrúpulos que manipulaban mi adicción a las drogas que a mis trece abriles me derretían el cerebro.
Hoy, a mis veintidós años, apenas en la puerta del reclusorio donde pasé siete penosos años de mi vida por encontrarme relacionado con malvivientes, como yo, que no encontraron otra salida, ni otra entrada, a su destino que el camino fácil de una vida difícil; hoy, en el umbral –de nuevo− de la incertidumbre por no saber qué hacer, a quién buscar, a quién maldecir, contra quién pelear, sólo me queda un reto: encontrarte, “madre”, para entregarte esta carta en la que hubiera querido insertar trozos de algún libro de poesía que leía estando interno y que disimulaba ante mis compañeros de celda y los malditos custodios que todo confiscan, y luego pedirle al profe Jesús para que revisara mi ortografía, como hacía con mis trabajos.
Pero no, “madre”, para ti fue fácil tenernos sin padre y después (peor aún) dejarnos sin madre. No puedo decirte que te quiero mucho y que “Dios te bendiga”. Sólo déjame decirle a la sombra que siempre has sido, que pensaré en ti para maldecirte a cada instante hasta el día en que el maldito Sida que me contagiaron en el reclu acabe conmigo, y este diez de mayo brindaré para que tu vida se pudra en la ansiedad del abandono con la misma intensidad del infierno en que crecimos mis hermanas y yo.
¡Salud, “madre”!

domingo, mayo 02, 2010

MANUAL PARA PERVERSOS

“BENDITA TU LUZ”
José I. Delgado Bahena


Esta es la historia de Damián.
Desde pequeño quiso ser rockero, tener su banda y tocar en un antro donde todo el mundo coreara sus canciones. Por eso, motivado por ese sueño, iba todas las tardes al local de Armanrock, el ícono de este género musical de Iguala, a ver ensayar a los grupos que ahí se formaban, y a la sombra de Armando Dorantes, quien, disimulando la hoguera de la música con los rótulos que le mandaban hacer para eventos o negocios, apoyaba a los jóvenes que tenían estas inquietudes.
Ya adolescente, Damián, quien tocaba muy bien la guitarra eléctrica, se aventuró e invitó a otros amigos de la secundaria a que fueran a practicar con los instrumentos que Armando les prestaba, y así, chupando la esencia de los ritmos de Joplin, Morrison, Hendrix y Lenon que Armanrock les compartía, integraron un grupo sin nombre que tocaba sólo ahí, rodeados de rótulos, las rolas de moda.
Una tarde, después de dos años de practicar de frente al sol, llegó Aline, con sus diecisiete años salpicando sus blancas mejillas e iluminando su rubio cabello, como una aparición, estremeciendo con su presencia la sensibilidad de Manuel, Avelino, Abel y, por supuesto, de Damián, que en ese momento ensayaban la canción “Bendita tu luz”, de Maná.
−¿Me dejan tocar la batería?−solicitó con una sonrisa que fue como la luz de la rola que entonaban.
−¡Claro! –respondió Damián sin titubeos y haciendo una señal a Avelino para que dejara la batería a disposición de Aline.
A partir de entonces, el grupo, al que llamaron “Mar y Sol”, creció y comenzó a tener solicitudes de presentaciones en diversas tocadas donde el mayor atractivo era ver a una mujer tocando la batería.
Siete meses de tan cercana convivencia hizo que una tarde explotaran las miradas y la piel se encendiera en una llama con la chispa del roce de las manos de Aline y Damián.
−Me gustas –dijo ella.
−Tú también me gustas –correspondió él.
Desde esa tarde, cualquier lugar y momento eran propicios para la entrega de las almas a través de la fusión de sus cuerpos que daba salida a sus impulsos sexuales.
Era la gloria, el paraíso, el sol en invierno y la brisa fresca en verano, hasta que, una mañana de un sábado cualquiera, mientras esperaban a que Aline se incorporara a los ensayos, llegó un mensaje de ella al celular de Damián:
“Perdón, me tengo que ir, ya no seguiré con el grupo” decía el mensaje.
“¿Por qué?” Preguntó él.
“Mis padres me llevan a Puebla, donde estudiaré música, cuídate.”
“¿Y yo, qué haré?, inquirió él con una angustia que no pudo reflejar en las cuatro palabras.
El silencio fue la única respuesta de Aline.
Pasaron otros diecisiete años en la vida de Damián. Estaba por cumplir los treinta y cuatro cuando, en un bar de la ciudad, donde él se presentaba en compañía de otro grupo de amigos que le dejaron integrarse a la banda para poder desahogar la frustración por la desaparición de Aline, y tocaban, todas las noches, aquella canción de Maná: “Bendita tu luz”, que atrajo la presencia luminosa de la baterista estrella de su grupo juvenil; ocurrió que, desde una mesa cercana donde seis jóvenes departían entre risas y frente a un tarro de cerveza, se desprendió una hermosa cabellera rubia que deslumbró la mirada de Damián. Como si la invocara, la joven adolescente, dueña de la cabellera, se acercó al grupo y preguntó:
−¿Me dejan tocar la batería?
Como aquella vez, él hizo el movimiento de cabeza al baterista de la banda para que le dejara su lugar.
−¿Cuál quieres tocar? –le dijeron.
−“Bendita tu luz”, de Maná –respondió ella.
Al terminar la canción, Damián la detuvo.
−¿Cómo te llamas? –le preguntó.
−Marisol. Soy de Puebla −agregó−, pero mi madre era de aquí y leí en su diario que de joven tocaba la batería, por eso me empeñé en aprender a tocarla; mi padre tocaba la guitarra pero no lo conocí.
–¿Y tu madre? –preguntó un ansioso Damián que sintió cómo transcurría un siglo en los dos segundos que tardó en contestar Marisol.
−Murió cuando yo nací −concluyó la joven, bajando a reunirse con sus amigos y dejando un beso en la mejilla de Damián.