“A LOS TRECE AÑOS”
José I. Delgado Bahena
A los trece años conoció a Santa y por medio de ella supo lo que era tener entre sus brazos a una mujer. Estaban solos. Él había pasado, a la salida de la secundaria, a visitar a su primo Érick quien tenía una tienda de ropa y le había pedido que se quedara un rato a cuidarla. Allí vendían playeras y botes de pintura para los graffiteros y en ocasiones, como esa, Érick le pedía que se quedara en el negocio mientras iba a pintar algún mural o a pasear con su novia.
Eran las dos de la tarde cuando llegó Santa buscando a Érick.
−No está−, le dijo él.
−¿Puedo esperarlo? Es que me da flojera ir a mi casa y regresar.
−Como gustes –le respondió Johnny desde el mostrador.
Los primeros minutos los pasaron en silencio; él leyendo una revista sobre bandas de rock, ella observando las playeras y vaciando su mirada sobre la calle.
−¿Quieres leer? –ofreció él extendiéndole la revista.
−Sí, gracias –aceptó Santa tomándola y al mismo tiempo apretándole dos dedos en una clara señal de provocación.
“Tú sabes cómo te deseo…”, comenzó a sonar la canción de Maná en la grabadora que él había encendido.
−¿Te gusta esa música? –le preguntó Santa acercándose al mostrador.
−Sí, ¿por qué?
−No, por nada. ¿Cuántos años tienes? –le dijo tomando con su mano izquierda la mano de él y rozándole los labios con las yemas de los dedos de su otra mano.
−Trece –respondió tembloroso.
−¿Y… tienes novia?
−No… −fue su respuesta, entrecortada por la respiración agitada que salía entre borbollones de su pecho.
−Ah, ¿y, cómo te llamas? Eres muy guapo, ¿sabes?
−Gracias. Me llamo Johnny. Tú eres muy bonita.
−¿Me dejas darte un beso? –dijo Santa inclinándose sobre el mostrador y rozando los labios de Johnny.
−¿Cuántos años tienes? –preguntó ingenuo.
−Diecisiete –respondió Santa con una leve sonrisa y pasando al otro lado del mostrador−, pero no se le pregunta la edad a ninguna mujer…
Él no dijo más. Los labios de ella se apretaban contra los suyos y le introducía su lengua recorriendo su paladar y sus dientes. Rodeó, con sus adolescentes manos cargadas de ansiedad, la cintura de ella y la atrajo hacia sí con tal fuerza que le hizo sentir, en una de sus piernas, la dureza de su excitación que amenazaba con romper la tela del pantalón de su uniforme de secundaria.
−¿Por qué no cierras la tienda? –le insinuó Santa mientras le mordía el cuello y con sus manos le apretaba los glúteos.
Johnny no contestó. Quitó las manos de ella de su trasero y en dos zancadas llegó a la entrada de la tienda para bajar la cortina que servía de puerta y protección del negocio. Luego, sin esperar instrucciones, con un ingenio que se desconocía, acomodó unos cartones, en los que Érick guardaba la ropa, en el caliente piso de la tienda.
Santa se recostó sobre la improvisada cama y desabotonó su ligera blusa que apenas si le cubría sus prominentes pechos. Johnny se bajó el pantalón hasta las rodillas y se recostó junto a ella. Fue Santa la de la iniciativa, la que rodeó por el cuello el cuerpo de él y lo atrajo para besarlo apasionadamente al mismo tiempo que depositaba un condón en la palma de la mano derecha de él.
El impulso fue el esperado, la reacción justa a ese llamado fue la respuesta de Johnny quien, con torpeza pero guiado por el deseo desatado, dejó libres sus manos para que hicieran su labor y guiaran su pasión en la entrega sin límites, sin reservas, para el desahogo sexual en la primera vez que regalaba, con el cuerpo bañado en sudor, los explosivos coleópteros contenidos en la vasija de su adolescencia.
En el reposo, mientras ambos acomodaban sus emociones y los fluidos sanguíneos recuperaban el ritmo normal para la supervivencia de los cuerpos, Johnny se atrevió a hacer una pregunta:
−¿Cómo te llamas?
−Santa –respondió ella incorporándose, arreglándose la falda y abotonándose la blusa−, pero tú puedes llamarme como gustes.
−Gracias –dijo él, cerrando el cinturón de su pantalón y con ello el sublime momento de su primera vez en su andar por los caminos del erotismo.
Escríbeme a:
jose_delgado9@hotmail.com
POEMAS, CUENTOS, COMENTARIOS, SUEÑOS...
miércoles, junio 02, 2010
miércoles, mayo 26, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
“EL MENSAJERO”
José I. Delgado Bahena
Ángel vivía solo. Todos los días salía de su casa a las nueve de la noche para dirigirse al cyber de la esquina donde rentaba por dos horas una computadora para conectarse a la red y tener, al menos, un rato de conversación con aquellos amigos virtuales que se había conseguido por medio de los correos que había extraído de las cadenas que le llegaban y que había agregado a sus contactos.
A los veinticuatro años de edad, sin su mujer ni su pequeña hija que lo abandonaron para regresar a la casa paterna de la madre, su vida se enrollaba en la rutina del trabajo, mal pagado, y de su empecinada afición al carrujo de mariguana que fumaba todas las noches antes de meterse en la soledad de las calientes sábanas de su cama.
Pero aquella noche fue distinto. Después de releer los mensajes que se había auto enviado la noche anterior, como el mejor amigo que no había podido conseguir ni con alguno de sus compañeros de trabajo, y a punto de cerrar el Messenger y con ello la esperanza de llevarse el sabor dulce de dos palabras afectuosas, un relámpago azul le iluminó la mirada desde el cuadro del mensajero.
“Hola”, le saludó Crisito.
“Hola”, contestó Ángel.
“¿Qué haces?”
“Aquí, a punto de irme”, respondió. “¿Quién eres?”, agregó.
“Tu conciencia. Así que dime: ¿por qué colgaste a tu gato?”
−¡Chin, el pinche gato! –exclamó con un grito que se incrustó en los audífonos de dos chavos que estaban en otras máquinas descargando música para sus celulares.
“Por qué no contestas?”, insistió Crisito.
“¿Me conoces? ¿Cómo sabes que tengo un gato?”
“Olvida eso. Mejor piensa en lo que están pasando tu mujer y tu hija. ¿Sabías que en el jardín de niños donde estudia Janet hubo un brote de hepatitis y ella está hospitalizada?”
“No…” Respondió titubeante Ángel. “¿Cómo sabes eso?”
“¡Qué importa!, seguramente tampoco sabes del gran riesgo que corre tu ex todas las noches al regresar de su trabajo de mesera.”
“¿Quién eres?”, preguntó intrigado, “¿Y cómo conseguiste mi correo?”, agregó.
“Ya te dije: soy tu conciencia. Tu correo lo conseguí de una cadena.”
“¿Qué quieres? Dime quién eres o me desconecto de inmediato”, escribió Ángel.
“No te precipites. No me conoces y, para ser honesto, tampoco te conozco. Soy vidente. ¿Sabes qué es eso? Puedo ver tu pasado. Ya sé, quieres una prueba. Bueno: ¿ya olvidaste cuando violaste a una pequeñita de siete años que vivía a un lado de tu casa, en la vecindad donde rentaban tus padres? Nadie lo supo y nadie sospechó de ti, apenas tenías diecisiete años. La pequeña se desangró y murió. Jamás supieron quién fue.”
Ángel no respondió ante esa afirmación. Cuando eso ocurrió estuvo completamente seguro de que nadie se había dado cuenta. Además, la niña era hija de una pareja amiga de sus padres y a esa hora se suponía que él estaba en la prepa, pero había llegado temprano y no había nadie en su casa ni en la de Perlita, a quien habían dejado haciendo su tarea.
“¿Por qué no dices nada?”, preguntó Crisito.
Inmediatamente cerró el cuadro de conversación y se desconectó del Messenger. Pidió la cuenta, pagó y salió del cyber. Eran las diez y media de la noche. Temeroso, volteaba hacia todos lados creyendo ver en cada rostro y en cada sombra la amenaza del cibernauta que conocía su delito. Sin soportar más la presión se echó a correr hasta llegar a la puerta del cuartito que rentaba para vivir, solo, teniendo a su gato como única compañía.
El cuadro que vio, al entrar y encender la luz, lo dejó sin aliento. De una de las vigas del techo colgaba un lazo y de una de las puntas estaba el animal, muerto, abierto en canal y con los intestinos de fuera, desangrado completamente.
No pudo más. Con los nervios devastados, bajó al gato, acomodó el lazo alrededor de su cuello, acercó una silla, subió a ella y dejó que el nudo hiciera su labor para escapar, así, de la amenaza del vidente que, como fuerza vengadora, había surgido desde su conciencia en el mensajero de la Internet.
José I. Delgado Bahena
Ángel vivía solo. Todos los días salía de su casa a las nueve de la noche para dirigirse al cyber de la esquina donde rentaba por dos horas una computadora para conectarse a la red y tener, al menos, un rato de conversación con aquellos amigos virtuales que se había conseguido por medio de los correos que había extraído de las cadenas que le llegaban y que había agregado a sus contactos.
A los veinticuatro años de edad, sin su mujer ni su pequeña hija que lo abandonaron para regresar a la casa paterna de la madre, su vida se enrollaba en la rutina del trabajo, mal pagado, y de su empecinada afición al carrujo de mariguana que fumaba todas las noches antes de meterse en la soledad de las calientes sábanas de su cama.
Pero aquella noche fue distinto. Después de releer los mensajes que se había auto enviado la noche anterior, como el mejor amigo que no había podido conseguir ni con alguno de sus compañeros de trabajo, y a punto de cerrar el Messenger y con ello la esperanza de llevarse el sabor dulce de dos palabras afectuosas, un relámpago azul le iluminó la mirada desde el cuadro del mensajero.
“Hola”, le saludó Crisito.
“Hola”, contestó Ángel.
“¿Qué haces?”
“Aquí, a punto de irme”, respondió. “¿Quién eres?”, agregó.
“Tu conciencia. Así que dime: ¿por qué colgaste a tu gato?”
−¡Chin, el pinche gato! –exclamó con un grito que se incrustó en los audífonos de dos chavos que estaban en otras máquinas descargando música para sus celulares.
“Por qué no contestas?”, insistió Crisito.
“¿Me conoces? ¿Cómo sabes que tengo un gato?”
“Olvida eso. Mejor piensa en lo que están pasando tu mujer y tu hija. ¿Sabías que en el jardín de niños donde estudia Janet hubo un brote de hepatitis y ella está hospitalizada?”
“No…” Respondió titubeante Ángel. “¿Cómo sabes eso?”
“¡Qué importa!, seguramente tampoco sabes del gran riesgo que corre tu ex todas las noches al regresar de su trabajo de mesera.”
“¿Quién eres?”, preguntó intrigado, “¿Y cómo conseguiste mi correo?”, agregó.
“Ya te dije: soy tu conciencia. Tu correo lo conseguí de una cadena.”
“¿Qué quieres? Dime quién eres o me desconecto de inmediato”, escribió Ángel.
“No te precipites. No me conoces y, para ser honesto, tampoco te conozco. Soy vidente. ¿Sabes qué es eso? Puedo ver tu pasado. Ya sé, quieres una prueba. Bueno: ¿ya olvidaste cuando violaste a una pequeñita de siete años que vivía a un lado de tu casa, en la vecindad donde rentaban tus padres? Nadie lo supo y nadie sospechó de ti, apenas tenías diecisiete años. La pequeña se desangró y murió. Jamás supieron quién fue.”
Ángel no respondió ante esa afirmación. Cuando eso ocurrió estuvo completamente seguro de que nadie se había dado cuenta. Además, la niña era hija de una pareja amiga de sus padres y a esa hora se suponía que él estaba en la prepa, pero había llegado temprano y no había nadie en su casa ni en la de Perlita, a quien habían dejado haciendo su tarea.
“¿Por qué no dices nada?”, preguntó Crisito.
Inmediatamente cerró el cuadro de conversación y se desconectó del Messenger. Pidió la cuenta, pagó y salió del cyber. Eran las diez y media de la noche. Temeroso, volteaba hacia todos lados creyendo ver en cada rostro y en cada sombra la amenaza del cibernauta que conocía su delito. Sin soportar más la presión se echó a correr hasta llegar a la puerta del cuartito que rentaba para vivir, solo, teniendo a su gato como única compañía.
El cuadro que vio, al entrar y encender la luz, lo dejó sin aliento. De una de las vigas del techo colgaba un lazo y de una de las puntas estaba el animal, muerto, abierto en canal y con los intestinos de fuera, desangrado completamente.
No pudo más. Con los nervios devastados, bajó al gato, acomodó el lazo alrededor de su cuello, acercó una silla, subió a ella y dejó que el nudo hiciera su labor para escapar, así, de la amenaza del vidente que, como fuerza vengadora, había surgido desde su conciencia en el mensajero de la Internet.
miércoles, mayo 19, 2010
CADA DÍA

CADA DÍA ES UN DESCUBRIMIENTO,
UNA NUEVA AVENTURA QUE REAFIRMA
EL MISMO SENTIMIENTO.
CADA DÍA ES COMENZAR
A SER SENDERO POR DONDE CAMINAR
UNIENDO LAS MANOS
PARA ENCERRAR LAS NUBES
QUE NOS LLEVAN A SOÑAR.
CADA DÍA ES SABER
QUE NOS SOMOS PERFECTOS
Y QUE EL MUNDO ES UN MISTERIO
CONTENIDO EN LA ESPERANZA
DE TU DULCE MIRAR.
CADA DÍA HAY UN SOL NUEVO
QUE MATA LAS TINIEBLAS
DE LAS DUDAS,
DESCUBRE LOS SECRETOS,
DESTRUYE DESCONFIANZAS,
UNE PALABRAS,
Y ESLABONA DOS CORAZONES
ANSIOSOS DE QUEMARSE
EN LA HOGUERA DEL AMOR.
CADA DÍA RUEDA UNA LÁGRIMA SINCERA
QUE SE EVAPORA TEMBLOROSA
A LA LUZ DE LOS LUCEROS,
DESPUÉS DESCIENDE
EN LOS RAYOS DE LA LUNA
PARA DECIR "TE AMO"
Y ERES TÚ LO QUE MÁS QUIERO.
UNA NUEVA AVENTURA QUE REAFIRMA
EL MISMO SENTIMIENTO.
CADA DÍA ES COMENZAR
A SER SENDERO POR DONDE CAMINAR
UNIENDO LAS MANOS
PARA ENCERRAR LAS NUBES
QUE NOS LLEVAN A SOÑAR.
CADA DÍA ES SABER
QUE NOS SOMOS PERFECTOS
Y QUE EL MUNDO ES UN MISTERIO
CONTENIDO EN LA ESPERANZA
DE TU DULCE MIRAR.
CADA DÍA HAY UN SOL NUEVO
QUE MATA LAS TINIEBLAS
DE LAS DUDAS,
DESCUBRE LOS SECRETOS,
DESTRUYE DESCONFIANZAS,
UNE PALABRAS,
Y ESLABONA DOS CORAZONES
ANSIOSOS DE QUEMARSE
EN LA HOGUERA DEL AMOR.
CADA DÍA RUEDA UNA LÁGRIMA SINCERA
QUE SE EVAPORA TEMBLOROSA
A LA LUZ DE LOS LUCEROS,
DESPUÉS DESCIENDE
EN LOS RAYOS DE LA LUNA
PARA DECIR "TE AMO"
Y ERES TÚ LO QUE MÁS QUIERO.
MANUAL PARA PERVERSOS
“SÍ, YO LA MATÉ”
José I. Delgado Bahena
La mera verdad: la maté por puerca. Siempre deseé hacerlo. Me daba asco.
Desde que llegó a vivir a nuestra casa, con el pretexto de su viudez, advertí cómo me veía. Mi madre lo intuyó, por eso, siempre que podía, me llevaba con ella y no me dejaba solo con la ruca.
Recuerdo que un día que no se encontraban mis padres y yo había llegado de ir a jugar fut con mis cuates de la secundaria, me metí a bañar, y ella, la perversa, se asomó por la cortina del baño, sólo para verme desnudo, con el pretexto de ofrecerme una toalla.
Entonces yo tenía catorce años y no pensaba en cochinadas, como ella.
Pasó el tiempo y entré al bachillerato. Por esa época comenzó a rondar por nuestra casa un gorila. Nadie lo veía, sólo yo. Llegaba por las noches, se asomaba por la ventana de mi cuarto que daba hacia el jardín, gruñía y me mostraba sus filosas garras.
Al principio me daba miedo y les gritaba a mis padres; claro: no me creían y decían que eran pesadillas. Hasta yo me estaba convenciendo de que realmente eran sueños, pero una mañana amaneció muerto el “canelo”, nuestro perro, al que yo odiaba porque con frecuencia desparramaba la basura del bote y luego hacían que yo la recogiera. Estaba junto a una de las bardas de la casa. Tenía el cuello desgarrado y su cabeza casi separada de su cuerpo.
Desde entonces dejé de tenerle miedo y comencé a verlo como un aliado.
Cada noche, durante la cena, escondía un pan y lo llevaba a mi cuarto. Cuando él llegaba me acercaba a la ventana y le tiraba el pan hacia el suelo.
Aldo, mi amigo del “Vasco”, era el único que me creía y hasta me propuso que le tomara fotos con la cámara del celular. Una noche lo intenté pero se asustó y huyó de mi ventana.
La abuela seguía de perversa, pero una tarde llegó muy contenta, con su melena blanca alborotada y muy sonriente, mostrando los escasos dientes que le quedaban. Yo estaba viendo la tele y se sentó junto a mí, en el sofá de la sala. Comenzó a hacerme plática sobre sexo, disque para orientarme, explicarme y no sé qué más decía. Yo sólo le contestaba que sí y que no, hasta que me hartó y me fui a mi cuarto.
Me recosté en mi cama, prendí la tele y puse un video que me prestó Aldo: son chavas desnudas que bailan y se quitan la ropa. Claro, al poco tiempo estaba excitado. Al rato entró la pinche vieja, se recostó a un lado de mí y comenzó a manosearme. La verdad, no dije nada porque, pues…, ya estaba todo acalorado y me gustaba lo que me hacía con su boca desdentada.
En el mejor de los momentos, en que la vieja hacía su labor, apareció el gorila con su mirada lujuriosa, como disfrutando de la escena, entonces le di una patada a la bruja en el centro de su entrepierna, tan fuerte que la levanté sobre mi cuerpo y se estrelló en la cabecera de mi cama. Ahí quedó: desnucada y ensangrentada. Entonces, con cuidado, para no ensuciar mis sábanas con su podrida sangre, la levanté y la llevé al jardín, la tomé de los tobillos y la hice girar levantándola a la altura de los rosales que mi madre tanto cuidaba; restregué su marchito rostro sobre las espinas y las rosas para que se viera que el gorila se había ensañado con ella y la dejé tirada junto a la barda del jardín.
Regresé a mi cuarto para limpiar, con mi playera de las Chivas, las manchas de sangre que había dejado sobre la pared al golpearse con el impulso de mi patada. Lavé la playera en el lavabo del baño y la tendí. Como aún no terminaba el video que estaba viendo de las viejas encuerdas, me excité otra vez, me masturbé y me quedé dormido.
Desperté con el ruido de la tele, en la sala. Mis padres veían las noticias. El conductor de un programa del canal local anunciaba que por fin habían atrapado al gorila que se había escapado del circo que se encontraba instalado en los terrenos de la Feria.
Salí de mi cuarto, saludé a mis padres y me senté junto a ellos. Mi madre me preguntó si no sabía de la abuela. Le contesté que había llegado en la tarde pero que se puso a arreglar el jardín. “Después no supe de ella porque me quedé dormido”, le dije.
Mi padre se levantó y encendió las luces del jardín. Los dos salieron en su busca, le dieron vuelta a la casa pero no encontraron nada. Me extrañé y salí a buscar junto a los rosales. Les mostré los destrozos, se asustaron y llamaron al 066 para reportar la desaparición de la vieja.
Dos horas después sonó el teléfono, contestó mi padre y le informaron que debía ir a reconocer el cuerpo destrozado de su madre, lo habían encontrado junto al periférico y que, seguramente, había sido atacada por el gorila.
José I. Delgado Bahena
La mera verdad: la maté por puerca. Siempre deseé hacerlo. Me daba asco.
Desde que llegó a vivir a nuestra casa, con el pretexto de su viudez, advertí cómo me veía. Mi madre lo intuyó, por eso, siempre que podía, me llevaba con ella y no me dejaba solo con la ruca.
Recuerdo que un día que no se encontraban mis padres y yo había llegado de ir a jugar fut con mis cuates de la secundaria, me metí a bañar, y ella, la perversa, se asomó por la cortina del baño, sólo para verme desnudo, con el pretexto de ofrecerme una toalla.
Entonces yo tenía catorce años y no pensaba en cochinadas, como ella.
Pasó el tiempo y entré al bachillerato. Por esa época comenzó a rondar por nuestra casa un gorila. Nadie lo veía, sólo yo. Llegaba por las noches, se asomaba por la ventana de mi cuarto que daba hacia el jardín, gruñía y me mostraba sus filosas garras.
Al principio me daba miedo y les gritaba a mis padres; claro: no me creían y decían que eran pesadillas. Hasta yo me estaba convenciendo de que realmente eran sueños, pero una mañana amaneció muerto el “canelo”, nuestro perro, al que yo odiaba porque con frecuencia desparramaba la basura del bote y luego hacían que yo la recogiera. Estaba junto a una de las bardas de la casa. Tenía el cuello desgarrado y su cabeza casi separada de su cuerpo.
Desde entonces dejé de tenerle miedo y comencé a verlo como un aliado.
Cada noche, durante la cena, escondía un pan y lo llevaba a mi cuarto. Cuando él llegaba me acercaba a la ventana y le tiraba el pan hacia el suelo.
Aldo, mi amigo del “Vasco”, era el único que me creía y hasta me propuso que le tomara fotos con la cámara del celular. Una noche lo intenté pero se asustó y huyó de mi ventana.
La abuela seguía de perversa, pero una tarde llegó muy contenta, con su melena blanca alborotada y muy sonriente, mostrando los escasos dientes que le quedaban. Yo estaba viendo la tele y se sentó junto a mí, en el sofá de la sala. Comenzó a hacerme plática sobre sexo, disque para orientarme, explicarme y no sé qué más decía. Yo sólo le contestaba que sí y que no, hasta que me hartó y me fui a mi cuarto.
Me recosté en mi cama, prendí la tele y puse un video que me prestó Aldo: son chavas desnudas que bailan y se quitan la ropa. Claro, al poco tiempo estaba excitado. Al rato entró la pinche vieja, se recostó a un lado de mí y comenzó a manosearme. La verdad, no dije nada porque, pues…, ya estaba todo acalorado y me gustaba lo que me hacía con su boca desdentada.
En el mejor de los momentos, en que la vieja hacía su labor, apareció el gorila con su mirada lujuriosa, como disfrutando de la escena, entonces le di una patada a la bruja en el centro de su entrepierna, tan fuerte que la levanté sobre mi cuerpo y se estrelló en la cabecera de mi cama. Ahí quedó: desnucada y ensangrentada. Entonces, con cuidado, para no ensuciar mis sábanas con su podrida sangre, la levanté y la llevé al jardín, la tomé de los tobillos y la hice girar levantándola a la altura de los rosales que mi madre tanto cuidaba; restregué su marchito rostro sobre las espinas y las rosas para que se viera que el gorila se había ensañado con ella y la dejé tirada junto a la barda del jardín.
Regresé a mi cuarto para limpiar, con mi playera de las Chivas, las manchas de sangre que había dejado sobre la pared al golpearse con el impulso de mi patada. Lavé la playera en el lavabo del baño y la tendí. Como aún no terminaba el video que estaba viendo de las viejas encuerdas, me excité otra vez, me masturbé y me quedé dormido.
Desperté con el ruido de la tele, en la sala. Mis padres veían las noticias. El conductor de un programa del canal local anunciaba que por fin habían atrapado al gorila que se había escapado del circo que se encontraba instalado en los terrenos de la Feria.
Salí de mi cuarto, saludé a mis padres y me senté junto a ellos. Mi madre me preguntó si no sabía de la abuela. Le contesté que había llegado en la tarde pero que se puso a arreglar el jardín. “Después no supe de ella porque me quedé dormido”, le dije.
Mi padre se levantó y encendió las luces del jardín. Los dos salieron en su busca, le dieron vuelta a la casa pero no encontraron nada. Me extrañé y salí a buscar junto a los rosales. Les mostré los destrozos, se asustaron y llamaron al 066 para reportar la desaparición de la vieja.
Dos horas después sonó el teléfono, contestó mi padre y le informaron que debía ir a reconocer el cuerpo destrozado de su madre, lo habían encontrado junto al periférico y que, seguramente, había sido atacada por el gorila.
viernes, mayo 14, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
“AUNQUE SEA PARA MAESTRO”
José I. Delgado Bahena
A Manuel le dijeron sus padres: “Estudias, aunque sea para maestro, ¿o quieres ser campesino?”, y como campesino ya era desde que nació, aceptó la única opción que le ofrecieron sus progenitores para poder salir del “perico perro” que era el oficio de la mayoría del pueblo que, por quedarse sin más preparación que su instrucción primaria y, si acaso, la secundaria, se empleaban en lo que cayera: jornalero, chalán, campesino y, con suerte, de mesero en los restaurantes que había en la orilla del pueblo antes de que llegara el progreso en la región con la Autopista del Sol.
De manera que, sin remedio, estudió los cuatro años de la normal en la escuela de la ciudad donde formaban a los futuros maestros “que irían a sembrar la semilla del conocimiento en las escuelas de México”, como se oyó en alguna ocasión en un discurso de clausura de cursos.
Al terminar, y esperar a que les asignaran su lugar de adscripción, Manuel y otros cuatro compañeros que recorrían las oficinas de la SEP, llenos de ansiedad y con las escasas monedas en los bolsillos que les permitían, al menos, “echarse” unos tacos entre pecho y espalda, para engañar “la tripa”, se ilusionaban con llegar a la comunidad donde trabajarían su primer año en la docencia, sin imaginar que a él le aguardaba un tiburón llorón llamado “destino”.
Su asignación fue de lo esperado. Un pueblo de la región de Costa grande del estado fue su suerte en esta lotería del magisterio.
Fue ahí donde conoció a Rebeca. La vio en el centro de esa comunidad rústica de Guerrero, el domingo que llegó, cargando su maleta con sus escasas pertenencias, para instalarse y acomodarse en el pequeño cuarto que le facilitaron en una casa cercana a la escuela. La vio sentada en una gran piedra junto a la puerta de una de las casas de adobe y techo de teja. Ella: Rebeca, con dieciséis años sobre un cuerpo que aparentaba veinte; morena, alta, con largas trenzas y sonrisa provocativa, al ver a Manuel le envió una mirada acompañada de un cofre de promesas que él interpretó como de amor pero también de deseo y de desvelo.
“Si el gobierno hace como que me paga, yo hago como que trabajo.” Fue la primera frase que Manuel escuchó al día siguiente, al presentarse a sus labores, y le hizo abrir los ojos para despertar a la realidad de la irresponsabilidad de varios colegas suyos que con actitudes mezquinas defraudaban el compromiso contraído con la sociedad y menospreciaban las propuestas pedagógicas que se ofrecían por medio de los materiales de apoyo para los mentores.
“Al pueblo que fueres…”, pensó él para no entrar en conflicto con sus autoridades y con sus compañeros del centro de trabajo de la ranchería donde le asignaron su lugar de adscripción para atender un grupo de sexto grado con apenas siete alumnos: cuatro mujeres y tres hombres.
Ahí la volvió a ver. Rebeca era una de sus cuatro alumnas. El asombro se mezcló con la emoción y esto no le permitió advertir la jugada que el destino le tenía preparada.
Con el paso de los días, el maestro Manuel se olvidó de su apostolado y dedicaba las mejores atenciones a quien le atrapó con aquel arañazo que le regaló a su llegada al pueblo.
Ella, consciente del dominio que ejercía sobre la débil voluntad de su maestro, se acercaba a su mesa de trabajo para inclinarse y mostrarle sus prominentes pechos que parecían volcanes a punto de hacer erupción sobre la nariz del pobre de Manuel.
Se acercaban los enormes “puentes” que desde entonces el magisterio del estado construía para no trabajar, con el pretexto del 1°, 5 y diez de mayo, una quincena de este mes, sumando la celebrada semana “del maestro”. Manuel avisó esto a sus alumnos y Rebeca, sin soportar más los calores que su juventud le hacían despertarse a media noche gritando, entre lamentos, el nombre de su maestro, le propuso, con la ingenuidad de su adolescencia, que la llevara con él a su ciudad natal; “no aguantaría tantos días sin verte”, le dijo.
Viajaban ligeros: con la mochila de ella y una pequeña maleta de él sobre el lomo de una mula, pero antes de cruzar el río los alcanzó Francisco, el hermano mayor de Rebeca, machete en mano, retando a Manuel y reclamándole el ultraje que pretendía hacer a su familia.
Las razones no importaron, ni las explicaciones de amor de Rebeca pudieron convencer al furioso Francisco quien de un tajo cortó la yugular de un indefenso Manuel que hasta ese momento, mientras escurría un hilo de sangre entre su pecho y su camisa, comprendió que más le hubiera valido quedarse a seguir cosechando el tomate de cáscara que tenía fama en su pueblo, a seguir el sueño de ser “aunque sea maestro”.
José I. Delgado Bahena
A Manuel le dijeron sus padres: “Estudias, aunque sea para maestro, ¿o quieres ser campesino?”, y como campesino ya era desde que nació, aceptó la única opción que le ofrecieron sus progenitores para poder salir del “perico perro” que era el oficio de la mayoría del pueblo que, por quedarse sin más preparación que su instrucción primaria y, si acaso, la secundaria, se empleaban en lo que cayera: jornalero, chalán, campesino y, con suerte, de mesero en los restaurantes que había en la orilla del pueblo antes de que llegara el progreso en la región con la Autopista del Sol.
De manera que, sin remedio, estudió los cuatro años de la normal en la escuela de la ciudad donde formaban a los futuros maestros “que irían a sembrar la semilla del conocimiento en las escuelas de México”, como se oyó en alguna ocasión en un discurso de clausura de cursos.
Al terminar, y esperar a que les asignaran su lugar de adscripción, Manuel y otros cuatro compañeros que recorrían las oficinas de la SEP, llenos de ansiedad y con las escasas monedas en los bolsillos que les permitían, al menos, “echarse” unos tacos entre pecho y espalda, para engañar “la tripa”, se ilusionaban con llegar a la comunidad donde trabajarían su primer año en la docencia, sin imaginar que a él le aguardaba un tiburón llorón llamado “destino”.
Su asignación fue de lo esperado. Un pueblo de la región de Costa grande del estado fue su suerte en esta lotería del magisterio.
Fue ahí donde conoció a Rebeca. La vio en el centro de esa comunidad rústica de Guerrero, el domingo que llegó, cargando su maleta con sus escasas pertenencias, para instalarse y acomodarse en el pequeño cuarto que le facilitaron en una casa cercana a la escuela. La vio sentada en una gran piedra junto a la puerta de una de las casas de adobe y techo de teja. Ella: Rebeca, con dieciséis años sobre un cuerpo que aparentaba veinte; morena, alta, con largas trenzas y sonrisa provocativa, al ver a Manuel le envió una mirada acompañada de un cofre de promesas que él interpretó como de amor pero también de deseo y de desvelo.
“Si el gobierno hace como que me paga, yo hago como que trabajo.” Fue la primera frase que Manuel escuchó al día siguiente, al presentarse a sus labores, y le hizo abrir los ojos para despertar a la realidad de la irresponsabilidad de varios colegas suyos que con actitudes mezquinas defraudaban el compromiso contraído con la sociedad y menospreciaban las propuestas pedagógicas que se ofrecían por medio de los materiales de apoyo para los mentores.
“Al pueblo que fueres…”, pensó él para no entrar en conflicto con sus autoridades y con sus compañeros del centro de trabajo de la ranchería donde le asignaron su lugar de adscripción para atender un grupo de sexto grado con apenas siete alumnos: cuatro mujeres y tres hombres.
Ahí la volvió a ver. Rebeca era una de sus cuatro alumnas. El asombro se mezcló con la emoción y esto no le permitió advertir la jugada que el destino le tenía preparada.
Con el paso de los días, el maestro Manuel se olvidó de su apostolado y dedicaba las mejores atenciones a quien le atrapó con aquel arañazo que le regaló a su llegada al pueblo.
Ella, consciente del dominio que ejercía sobre la débil voluntad de su maestro, se acercaba a su mesa de trabajo para inclinarse y mostrarle sus prominentes pechos que parecían volcanes a punto de hacer erupción sobre la nariz del pobre de Manuel.
Se acercaban los enormes “puentes” que desde entonces el magisterio del estado construía para no trabajar, con el pretexto del 1°, 5 y diez de mayo, una quincena de este mes, sumando la celebrada semana “del maestro”. Manuel avisó esto a sus alumnos y Rebeca, sin soportar más los calores que su juventud le hacían despertarse a media noche gritando, entre lamentos, el nombre de su maestro, le propuso, con la ingenuidad de su adolescencia, que la llevara con él a su ciudad natal; “no aguantaría tantos días sin verte”, le dijo.
Viajaban ligeros: con la mochila de ella y una pequeña maleta de él sobre el lomo de una mula, pero antes de cruzar el río los alcanzó Francisco, el hermano mayor de Rebeca, machete en mano, retando a Manuel y reclamándole el ultraje que pretendía hacer a su familia.
Las razones no importaron, ni las explicaciones de amor de Rebeca pudieron convencer al furioso Francisco quien de un tajo cortó la yugular de un indefenso Manuel que hasta ese momento, mientras escurría un hilo de sangre entre su pecho y su camisa, comprendió que más le hubiera valido quedarse a seguir cosechando el tomate de cáscara que tenía fama en su pueblo, a seguir el sueño de ser “aunque sea maestro”.
domingo, mayo 09, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
CARTA A MI “MADRE”
José I. Delgado Bahena
¿Sabes?, quisiera comenzar con las frases de siempre, con las que cualquier hijo honraría la imagen que lo acompaña desde el nacimiento; empezar, esta carta, diciendo, por ejemplo: “Te saludo, madre mía, en este hermoso día…” y terminar con “¡bendita seas!”
¡Cuántas cosas te podría decir eligiendo las mejores palabras, las que tuvieran mejor ritmo y formar para ti el mejor poema! Alondra, gota de lluvia fresca, mirada de Dios, luz de ángel, manos divinas, frente de cristal, benditos pechos, fuente de amor, estrella bienhechora…
Todo eso y más podría decirte ahora cuando se acerca esta fecha en que toda la gente se dispone a coronar con bellas flores la frente del ser más adorado de todos los hogares, la sonrisa que es paz para muchos hombres, y plenitud, sabiduría, refugio y fortaleza; pero, ¿sabes?, no puedo hacerlo, aunque quisiera, de verdad, no puedo hacerlo…
Hace años, madre, te busqué, te necesité, te extrañé y, en silencio, te amé. Amé, sí, a cinco letras formando una palabra que no significaba nada, amé tu sombra, tu nombre ajeno, la llaga que fue siempre, para mí, tu ausencia; amé la borrosa huella de tus pasos cuando anduve, siendo niño, por los caminos podridos de la vida, consumiendo monstruosas sustancias adictivas, y corrompiéndome el alma con aficiones perniciosas en las que derroché mis sueños infantiles; te amé en el sabor amargo de mis días sin un mendrugo, mendigando en las veredas escondidas de mi destino –y el tuyo− la respuesta a tu abandono que de niño no encontraba.
Después la supe, “madre”, tus urgencias del calor de hombre te hicieron abandonarnos, a mis hermanas y a mí, al lado de una abuela que no cuida ni sus callos. Te fuiste, como perra, detrás del macho (y creo que ni las perras hacen eso) sin pensar en la fragilidad de nuestras mentes, de nuestras almas y de nuestros cuerpos. Nos dejaste… ¿y qué esperabas después de quince años?
Mis hermanas –hasta lo que supe− adolescentes aún, son flores del jardín de una casa de citas donde por unos billetes cualquier hombre las deshoja y les siembra rencores de por vida. También ellas, “madre”, recogieron las migajas que la vida les dio en su niñez y crecieron sin el regocijo de un regazo cálido donde saciar la sed de madre que nos dejaste con tu abandono.
¿Y yo, para qué te cuento? Crecí entre la bruma de un futuro incierto. Aceptando todo y disfrutando nada, malgastando las energías de mi precoz actividad sexual haciendo favores a señores sin escrúpulos que manipulaban mi adicción a las drogas que a mis trece abriles me derretían el cerebro.
Hoy, a mis veintidós años, apenas en la puerta del reclusorio donde pasé siete penosos años de mi vida por encontrarme relacionado con malvivientes, como yo, que no encontraron otra salida, ni otra entrada, a su destino que el camino fácil de una vida difícil; hoy, en el umbral –de nuevo− de la incertidumbre por no saber qué hacer, a quién buscar, a quién maldecir, contra quién pelear, sólo me queda un reto: encontrarte, “madre”, para entregarte esta carta en la que hubiera querido insertar trozos de algún libro de poesía que leía estando interno y que disimulaba ante mis compañeros de celda y los malditos custodios que todo confiscan, y luego pedirle al profe Jesús para que revisara mi ortografía, como hacía con mis trabajos.
Pero no, “madre”, para ti fue fácil tenernos sin padre y después (peor aún) dejarnos sin madre. No puedo decirte que te quiero mucho y que “Dios te bendiga”. Sólo déjame decirle a la sombra que siempre has sido, que pensaré en ti para maldecirte a cada instante hasta el día en que el maldito Sida que me contagiaron en el reclu acabe conmigo, y este diez de mayo brindaré para que tu vida se pudra en la ansiedad del abandono con la misma intensidad del infierno en que crecimos mis hermanas y yo.
¡Salud, “madre”!
José I. Delgado Bahena
¿Sabes?, quisiera comenzar con las frases de siempre, con las que cualquier hijo honraría la imagen que lo acompaña desde el nacimiento; empezar, esta carta, diciendo, por ejemplo: “Te saludo, madre mía, en este hermoso día…” y terminar con “¡bendita seas!”
¡Cuántas cosas te podría decir eligiendo las mejores palabras, las que tuvieran mejor ritmo y formar para ti el mejor poema! Alondra, gota de lluvia fresca, mirada de Dios, luz de ángel, manos divinas, frente de cristal, benditos pechos, fuente de amor, estrella bienhechora…
Todo eso y más podría decirte ahora cuando se acerca esta fecha en que toda la gente se dispone a coronar con bellas flores la frente del ser más adorado de todos los hogares, la sonrisa que es paz para muchos hombres, y plenitud, sabiduría, refugio y fortaleza; pero, ¿sabes?, no puedo hacerlo, aunque quisiera, de verdad, no puedo hacerlo…
Hace años, madre, te busqué, te necesité, te extrañé y, en silencio, te amé. Amé, sí, a cinco letras formando una palabra que no significaba nada, amé tu sombra, tu nombre ajeno, la llaga que fue siempre, para mí, tu ausencia; amé la borrosa huella de tus pasos cuando anduve, siendo niño, por los caminos podridos de la vida, consumiendo monstruosas sustancias adictivas, y corrompiéndome el alma con aficiones perniciosas en las que derroché mis sueños infantiles; te amé en el sabor amargo de mis días sin un mendrugo, mendigando en las veredas escondidas de mi destino –y el tuyo− la respuesta a tu abandono que de niño no encontraba.
Después la supe, “madre”, tus urgencias del calor de hombre te hicieron abandonarnos, a mis hermanas y a mí, al lado de una abuela que no cuida ni sus callos. Te fuiste, como perra, detrás del macho (y creo que ni las perras hacen eso) sin pensar en la fragilidad de nuestras mentes, de nuestras almas y de nuestros cuerpos. Nos dejaste… ¿y qué esperabas después de quince años?
Mis hermanas –hasta lo que supe− adolescentes aún, son flores del jardín de una casa de citas donde por unos billetes cualquier hombre las deshoja y les siembra rencores de por vida. También ellas, “madre”, recogieron las migajas que la vida les dio en su niñez y crecieron sin el regocijo de un regazo cálido donde saciar la sed de madre que nos dejaste con tu abandono.
¿Y yo, para qué te cuento? Crecí entre la bruma de un futuro incierto. Aceptando todo y disfrutando nada, malgastando las energías de mi precoz actividad sexual haciendo favores a señores sin escrúpulos que manipulaban mi adicción a las drogas que a mis trece abriles me derretían el cerebro.
Hoy, a mis veintidós años, apenas en la puerta del reclusorio donde pasé siete penosos años de mi vida por encontrarme relacionado con malvivientes, como yo, que no encontraron otra salida, ni otra entrada, a su destino que el camino fácil de una vida difícil; hoy, en el umbral –de nuevo− de la incertidumbre por no saber qué hacer, a quién buscar, a quién maldecir, contra quién pelear, sólo me queda un reto: encontrarte, “madre”, para entregarte esta carta en la que hubiera querido insertar trozos de algún libro de poesía que leía estando interno y que disimulaba ante mis compañeros de celda y los malditos custodios que todo confiscan, y luego pedirle al profe Jesús para que revisara mi ortografía, como hacía con mis trabajos.
Pero no, “madre”, para ti fue fácil tenernos sin padre y después (peor aún) dejarnos sin madre. No puedo decirte que te quiero mucho y que “Dios te bendiga”. Sólo déjame decirle a la sombra que siempre has sido, que pensaré en ti para maldecirte a cada instante hasta el día en que el maldito Sida que me contagiaron en el reclu acabe conmigo, y este diez de mayo brindaré para que tu vida se pudra en la ansiedad del abandono con la misma intensidad del infierno en que crecimos mis hermanas y yo.
¡Salud, “madre”!
domingo, mayo 02, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
“BENDITA TU LUZ”
José I. Delgado Bahena
Esta es la historia de Damián.
Desde pequeño quiso ser rockero, tener su banda y tocar en un antro donde todo el mundo coreara sus canciones. Por eso, motivado por ese sueño, iba todas las tardes al local de Armanrock, el ícono de este género musical de Iguala, a ver ensayar a los grupos que ahí se formaban, y a la sombra de Armando Dorantes, quien, disimulando la hoguera de la música con los rótulos que le mandaban hacer para eventos o negocios, apoyaba a los jóvenes que tenían estas inquietudes.
Ya adolescente, Damián, quien tocaba muy bien la guitarra eléctrica, se aventuró e invitó a otros amigos de la secundaria a que fueran a practicar con los instrumentos que Armando les prestaba, y así, chupando la esencia de los ritmos de Joplin, Morrison, Hendrix y Lenon que Armanrock les compartía, integraron un grupo sin nombre que tocaba sólo ahí, rodeados de rótulos, las rolas de moda.
Una tarde, después de dos años de practicar de frente al sol, llegó Aline, con sus diecisiete años salpicando sus blancas mejillas e iluminando su rubio cabello, como una aparición, estremeciendo con su presencia la sensibilidad de Manuel, Avelino, Abel y, por supuesto, de Damián, que en ese momento ensayaban la canción “Bendita tu luz”, de Maná.
−¿Me dejan tocar la batería?−solicitó con una sonrisa que fue como la luz de la rola que entonaban.
−¡Claro! –respondió Damián sin titubeos y haciendo una señal a Avelino para que dejara la batería a disposición de Aline.
A partir de entonces, el grupo, al que llamaron “Mar y Sol”, creció y comenzó a tener solicitudes de presentaciones en diversas tocadas donde el mayor atractivo era ver a una mujer tocando la batería.
Siete meses de tan cercana convivencia hizo que una tarde explotaran las miradas y la piel se encendiera en una llama con la chispa del roce de las manos de Aline y Damián.
−Me gustas –dijo ella.
−Tú también me gustas –correspondió él.
Desde esa tarde, cualquier lugar y momento eran propicios para la entrega de las almas a través de la fusión de sus cuerpos que daba salida a sus impulsos sexuales.
Era la gloria, el paraíso, el sol en invierno y la brisa fresca en verano, hasta que, una mañana de un sábado cualquiera, mientras esperaban a que Aline se incorporara a los ensayos, llegó un mensaje de ella al celular de Damián:
“Perdón, me tengo que ir, ya no seguiré con el grupo” decía el mensaje.
“¿Por qué?” Preguntó él.
“Mis padres me llevan a Puebla, donde estudiaré música, cuídate.”
“¿Y yo, qué haré?, inquirió él con una angustia que no pudo reflejar en las cuatro palabras.
El silencio fue la única respuesta de Aline.
Pasaron otros diecisiete años en la vida de Damián. Estaba por cumplir los treinta y cuatro cuando, en un bar de la ciudad, donde él se presentaba en compañía de otro grupo de amigos que le dejaron integrarse a la banda para poder desahogar la frustración por la desaparición de Aline, y tocaban, todas las noches, aquella canción de Maná: “Bendita tu luz”, que atrajo la presencia luminosa de la baterista estrella de su grupo juvenil; ocurrió que, desde una mesa cercana donde seis jóvenes departían entre risas y frente a un tarro de cerveza, se desprendió una hermosa cabellera rubia que deslumbró la mirada de Damián. Como si la invocara, la joven adolescente, dueña de la cabellera, se acercó al grupo y preguntó:
−¿Me dejan tocar la batería?
Como aquella vez, él hizo el movimiento de cabeza al baterista de la banda para que le dejara su lugar.
−¿Cuál quieres tocar? –le dijeron.
−“Bendita tu luz”, de Maná –respondió ella.
Al terminar la canción, Damián la detuvo.
−¿Cómo te llamas? –le preguntó.
−Marisol. Soy de Puebla −agregó−, pero mi madre era de aquí y leí en su diario que de joven tocaba la batería, por eso me empeñé en aprender a tocarla; mi padre tocaba la guitarra pero no lo conocí.
–¿Y tu madre? –preguntó un ansioso Damián que sintió cómo transcurría un siglo en los dos segundos que tardó en contestar Marisol.
−Murió cuando yo nací −concluyó la joven, bajando a reunirse con sus amigos y dejando un beso en la mejilla de Damián.
José I. Delgado Bahena
Esta es la historia de Damián.
Desde pequeño quiso ser rockero, tener su banda y tocar en un antro donde todo el mundo coreara sus canciones. Por eso, motivado por ese sueño, iba todas las tardes al local de Armanrock, el ícono de este género musical de Iguala, a ver ensayar a los grupos que ahí se formaban, y a la sombra de Armando Dorantes, quien, disimulando la hoguera de la música con los rótulos que le mandaban hacer para eventos o negocios, apoyaba a los jóvenes que tenían estas inquietudes.
Ya adolescente, Damián, quien tocaba muy bien la guitarra eléctrica, se aventuró e invitó a otros amigos de la secundaria a que fueran a practicar con los instrumentos que Armando les prestaba, y así, chupando la esencia de los ritmos de Joplin, Morrison, Hendrix y Lenon que Armanrock les compartía, integraron un grupo sin nombre que tocaba sólo ahí, rodeados de rótulos, las rolas de moda.
Una tarde, después de dos años de practicar de frente al sol, llegó Aline, con sus diecisiete años salpicando sus blancas mejillas e iluminando su rubio cabello, como una aparición, estremeciendo con su presencia la sensibilidad de Manuel, Avelino, Abel y, por supuesto, de Damián, que en ese momento ensayaban la canción “Bendita tu luz”, de Maná.
−¿Me dejan tocar la batería?−solicitó con una sonrisa que fue como la luz de la rola que entonaban.
−¡Claro! –respondió Damián sin titubeos y haciendo una señal a Avelino para que dejara la batería a disposición de Aline.
A partir de entonces, el grupo, al que llamaron “Mar y Sol”, creció y comenzó a tener solicitudes de presentaciones en diversas tocadas donde el mayor atractivo era ver a una mujer tocando la batería.
Siete meses de tan cercana convivencia hizo que una tarde explotaran las miradas y la piel se encendiera en una llama con la chispa del roce de las manos de Aline y Damián.
−Me gustas –dijo ella.
−Tú también me gustas –correspondió él.
Desde esa tarde, cualquier lugar y momento eran propicios para la entrega de las almas a través de la fusión de sus cuerpos que daba salida a sus impulsos sexuales.
Era la gloria, el paraíso, el sol en invierno y la brisa fresca en verano, hasta que, una mañana de un sábado cualquiera, mientras esperaban a que Aline se incorporara a los ensayos, llegó un mensaje de ella al celular de Damián:
“Perdón, me tengo que ir, ya no seguiré con el grupo” decía el mensaje.
“¿Por qué?” Preguntó él.
“Mis padres me llevan a Puebla, donde estudiaré música, cuídate.”
“¿Y yo, qué haré?, inquirió él con una angustia que no pudo reflejar en las cuatro palabras.
El silencio fue la única respuesta de Aline.
Pasaron otros diecisiete años en la vida de Damián. Estaba por cumplir los treinta y cuatro cuando, en un bar de la ciudad, donde él se presentaba en compañía de otro grupo de amigos que le dejaron integrarse a la banda para poder desahogar la frustración por la desaparición de Aline, y tocaban, todas las noches, aquella canción de Maná: “Bendita tu luz”, que atrajo la presencia luminosa de la baterista estrella de su grupo juvenil; ocurrió que, desde una mesa cercana donde seis jóvenes departían entre risas y frente a un tarro de cerveza, se desprendió una hermosa cabellera rubia que deslumbró la mirada de Damián. Como si la invocara, la joven adolescente, dueña de la cabellera, se acercó al grupo y preguntó:
−¿Me dejan tocar la batería?
Como aquella vez, él hizo el movimiento de cabeza al baterista de la banda para que le dejara su lugar.
−¿Cuál quieres tocar? –le dijeron.
−“Bendita tu luz”, de Maná –respondió ella.
Al terminar la canción, Damián la detuvo.
−¿Cómo te llamas? –le preguntó.
−Marisol. Soy de Puebla −agregó−, pero mi madre era de aquí y leí en su diario que de joven tocaba la batería, por eso me empeñé en aprender a tocarla; mi padre tocaba la guitarra pero no lo conocí.
–¿Y tu madre? –preguntó un ansioso Damián que sintió cómo transcurría un siglo en los dos segundos que tardó en contestar Marisol.
−Murió cuando yo nací −concluyó la joven, bajando a reunirse con sus amigos y dejando un beso en la mejilla de Damián.
lunes, abril 26, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
“SÓLO FALTA QUE LA PINCHE PERRA NO ME QUIERA”
José I. Delgado Bahena
Cuando Tenoch despertó, presintió que sería un día malo, pero no perdió de vista su propósito de realizar su proyecto ninimia, para observar parajes silvestres mientras realizara su caminata en compañía de unos amigos.
Muy temprano, y a bordo de su “gabacha”, se dirigió hacia Atmolonga −ese balneario natural del que tanto presume, por ser orgullosamente coatepense−, donde quedó de verse con Enrique y sus amigos de motocross. Después del encuentro y la presentación, decidieron partir juntos, rumbo al lugar que habían elegido para la expedición hacia el peñasco; pero, al tomar el tramo de terracería se encontró con una novedad: tenía que pagar veinte pesos para poder dejar su camioneta cerca del balneario. Quiso llamar, por medio de su cel MM, al administrador, pero se dio cuenta de que no había señal y a pesar de insistirles de que era paisano suyo, los encargados no lograron entender y se la hicieron efectiva.
Tenoch pagó la cuota y los amigos iniciaron la marcha tomando la vereda que conduce a Huey Xite, en el peñasco. Después de la cansada caminata, por el ascenso constante del camino, arribaron al punto indicado por el médico Epifanio, vecino de Tonalapa, donde, según él, encontrarían una caverna. Aún tuvieron que escalar diez metros de piedra en la búsqueda, sin encontrarla; los demás decidieron sentarse a descansar, pero Tenoch se atrevió a continuar, solo, tratando de llegar a Xite Tetetzi. Cuando pasó por las partes de otateras, percibió algo, como una energía que le impedía el paso y sintió que le tiraban del cinturón. Empleando gran fuerza, logró salir de esa área pero cayó por un barranco que le hizo deslizarse hacia abajo, a través de la abundante maleza y así: rodando, finalmente llegó al camino real.
Medio magullado, por los golpes con las ramas de los arbustos, buscó otra vereda para reunirse con el resto del equipo pero se dio cuenta de que ya no traía consigo su cel MM; subió nuevamente por la barranca en busca de tan apreciado aparato sin lograr encontrarlo; la tristeza le invadió, después se convirtió en coraje, “y todo por realizar el proyecto ninimia −pensó−, ahora tengo que encontrar la entrada de la caverna y además a mi querido MM”.
La desesperación, el hambre y la sed le hacen bajar a Atmolonga a reunirse con sus amigos. Después del desayuno, el equipo de motocross quiere recorrer la antigua carretera para Teloloapan, Tenoch decide acompañarlos y se trepa con Enrique, en su moto. En el trayecto piensa: “estos güeyes corren como locos”, pero recuerda el chiste de la paisanita que dice: “ora sí, échamelo el resto”.
Al regresar, se separó, en Tonalapa, de sus amigos de motocross y se dirigió al balneario de Atmolonga, donde había dejado su “gabacha”, para echarse un buen baño; ahí se encontró con un grupo de amigos y conocidos festejando el cumpleaños de la guapa Cinthya; ellos le invitan un taco de la comida que habían llevado y se da una enchilada de las buenas con un guisado de chicharrón, pero en la mesa coincidió con su amigo Edmundo, que estaba acompañado de Elba, su esposa, quienes le proponen una serie de cosas para mejorar el proyecto ecoturístico del lugar. Más tarde convive con Ulil y Olina, a quienes les platica sobre la travesía ninimia, se emocionan sobre el tema, le dicen que les agrada la idea y que tienen la intención de conocer los lugares indicados.
Por la noche, de regreso hacia Iguala, al pasar por Ahuehuepan, intentó rebasar una camioneta azul, pero al tiempo que aceleraba, el otro conductor también lo hacía y pensó: “es un juego de pinches chamacos briagos” pero esto le produjo un intenso dolor de cabeza.
Llegando a Iguala, se detuvo para cenar una quesadilla en el puesto de la esquina de su casa; estacionó su “gabacha”, se bajó y ordenó su alimento; en ese momento pasó un borracho encuerado, con machete en mano, haciendo la finta de pegarle un machetazo a su camioneta, no le dio mayor importancia y pensó, más que nada, en su cel MM, que perdió durante la travesía.
Los ladridos de una perra de manchas negras, atada a un limonero, le interrumpieron sus pensamientos y agredieron su dolor de cabeza. Al fin, reflexionando en todo lo que le pasó durante el día, exclama con un grito que asombró a la señora que ya le extendía el plato con su quesadilla: “¡sólo falta que la pinche perra no me quiera!”
Agradezco el apoyo de mi amigo
Edmundo Delgado
para escribir este texto.
José I. Delgado Bahena
Cuando Tenoch despertó, presintió que sería un día malo, pero no perdió de vista su propósito de realizar su proyecto ninimia, para observar parajes silvestres mientras realizara su caminata en compañía de unos amigos.
Muy temprano, y a bordo de su “gabacha”, se dirigió hacia Atmolonga −ese balneario natural del que tanto presume, por ser orgullosamente coatepense−, donde quedó de verse con Enrique y sus amigos de motocross. Después del encuentro y la presentación, decidieron partir juntos, rumbo al lugar que habían elegido para la expedición hacia el peñasco; pero, al tomar el tramo de terracería se encontró con una novedad: tenía que pagar veinte pesos para poder dejar su camioneta cerca del balneario. Quiso llamar, por medio de su cel MM, al administrador, pero se dio cuenta de que no había señal y a pesar de insistirles de que era paisano suyo, los encargados no lograron entender y se la hicieron efectiva.
Tenoch pagó la cuota y los amigos iniciaron la marcha tomando la vereda que conduce a Huey Xite, en el peñasco. Después de la cansada caminata, por el ascenso constante del camino, arribaron al punto indicado por el médico Epifanio, vecino de Tonalapa, donde, según él, encontrarían una caverna. Aún tuvieron que escalar diez metros de piedra en la búsqueda, sin encontrarla; los demás decidieron sentarse a descansar, pero Tenoch se atrevió a continuar, solo, tratando de llegar a Xite Tetetzi. Cuando pasó por las partes de otateras, percibió algo, como una energía que le impedía el paso y sintió que le tiraban del cinturón. Empleando gran fuerza, logró salir de esa área pero cayó por un barranco que le hizo deslizarse hacia abajo, a través de la abundante maleza y así: rodando, finalmente llegó al camino real.
Medio magullado, por los golpes con las ramas de los arbustos, buscó otra vereda para reunirse con el resto del equipo pero se dio cuenta de que ya no traía consigo su cel MM; subió nuevamente por la barranca en busca de tan apreciado aparato sin lograr encontrarlo; la tristeza le invadió, después se convirtió en coraje, “y todo por realizar el proyecto ninimia −pensó−, ahora tengo que encontrar la entrada de la caverna y además a mi querido MM”.
La desesperación, el hambre y la sed le hacen bajar a Atmolonga a reunirse con sus amigos. Después del desayuno, el equipo de motocross quiere recorrer la antigua carretera para Teloloapan, Tenoch decide acompañarlos y se trepa con Enrique, en su moto. En el trayecto piensa: “estos güeyes corren como locos”, pero recuerda el chiste de la paisanita que dice: “ora sí, échamelo el resto”.
Al regresar, se separó, en Tonalapa, de sus amigos de motocross y se dirigió al balneario de Atmolonga, donde había dejado su “gabacha”, para echarse un buen baño; ahí se encontró con un grupo de amigos y conocidos festejando el cumpleaños de la guapa Cinthya; ellos le invitan un taco de la comida que habían llevado y se da una enchilada de las buenas con un guisado de chicharrón, pero en la mesa coincidió con su amigo Edmundo, que estaba acompañado de Elba, su esposa, quienes le proponen una serie de cosas para mejorar el proyecto ecoturístico del lugar. Más tarde convive con Ulil y Olina, a quienes les platica sobre la travesía ninimia, se emocionan sobre el tema, le dicen que les agrada la idea y que tienen la intención de conocer los lugares indicados.
Por la noche, de regreso hacia Iguala, al pasar por Ahuehuepan, intentó rebasar una camioneta azul, pero al tiempo que aceleraba, el otro conductor también lo hacía y pensó: “es un juego de pinches chamacos briagos” pero esto le produjo un intenso dolor de cabeza.
Llegando a Iguala, se detuvo para cenar una quesadilla en el puesto de la esquina de su casa; estacionó su “gabacha”, se bajó y ordenó su alimento; en ese momento pasó un borracho encuerado, con machete en mano, haciendo la finta de pegarle un machetazo a su camioneta, no le dio mayor importancia y pensó, más que nada, en su cel MM, que perdió durante la travesía.
Los ladridos de una perra de manchas negras, atada a un limonero, le interrumpieron sus pensamientos y agredieron su dolor de cabeza. Al fin, reflexionando en todo lo que le pasó durante el día, exclama con un grito que asombró a la señora que ya le extendía el plato con su quesadilla: “¡sólo falta que la pinche perra no me quiera!”
Agradezco el apoyo de mi amigo
Edmundo Delgado
para escribir este texto.
viernes, abril 16, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
ALFREDO SABE
José I. Delgado Bahena
Recuerdo, hace muchos años, cuando descubrí la palabra perverso, y la compartí con mi primo Alfredo, no sabíamos que tiene que ver con la anomalía del carácter que induce al sujeto, generalmente enfermo, a perjudicar voluntariamente a los demás por impulsos antisociales; ni que el niño perverso es cruel, mentiroso, indisciplinado, etc, o que el joven perverso es aquel que procura satisfacer sus deseos sin el menor respeto a los demás, en conclusión, pues, que el perverso no tiene freno moral.
Entonces, recapacitando, creo que en algún momento de nuestras vidas, todos hemos tenido en nuestra personalidad cierto nivel de perversión; porque con nuestras acciones, en silencio o en voz alta, se extorsiona la tranquilidad, se erosiona la libertad de aquellos que subsisten en territorios dominados por estos sentimientos.
En aquella época de nuestra niñez, cuando compartimos tantas aventuras y anhelos con Alfredo, también nos involucramos juntos en situaciones tan placenteras como riesgosas, y disfrutamos, por ejemplo, cuando ahogamos, en el agua de la barranca, los cuatro gatitos que había criado seis días antes la gata gris de doña Lupe. Y todavía se los llevamos a la pobre señora, dos cada uno, colgando del rabo, diciéndole: “mire, doña, creo que son sus gatitos, estaban en la orilla del agua, bien mojados”. La señora se preocupó mucho, los recibió sobre su delantal, los envolvió con él y los puso en una caja de madera que usaba para llevar su carga de tomate a la vendimia del mercado. Dijo, casi con lágrimas en los ojos –pues, ¿dónde más, verdad?−, que al rato los iba a enterrar y todavía nos dio dos pesos para unos dulces.
Luego, cuando teníamos trece años de edad, él me contó que dos días antes, su papá, o sea mi tío, quitó la corriente eléctrica para arreglar una conexión para su máquina, en su taller de sastre que tenía en casa. Alfredo lo vio, por la ventana, cortando el cable con sus dientes. Fue a la cocina y encontró preocupada a su mamá porque la licuadora no funcionaba; él le dijo que vio que el interruptor estaba abajo y le preguntó si lo subía. Mi tía lo autorizó y él, aún verificando que mi tío seguía mordiendo los cables, se dirigió hacia la instalación para subir la palanquita. “Desde luego –me dijo entre risas−, mi papá recibió tal descarga eléctrica que lo tuvieron que llevar de emergencia al médico”.
Así como esas, y muchas otras maldades que hicimos de niños, también de jóvenes las planeábamos y hasta intercambiábamos a las novias, sin que ellas lo supieran, claro.
De él fue la idea.
−Mira, Rupe –así me decían todos en el pueblo, porque mi nombre es Ruperto−, al rato, en la fiesta, voy a terminar con la Manuela y me voy un rato; entonces, la invitas a bailar y te le declaras, como va a estar dolida, te aceptará. Luego, regreso y finjo que te la hago de tos, pero ya con eso se quedará pensando que fue la culpable de que termináramos.
Así lo hicimos en varias ocasiones, a veces con sus novias y a veces con las mías, hasta que crecimos y nos fuimos cada quien por nuestro lado a seguir nuestras vidas.
Él se fue a la Ciudad de México a estudiar derecho en la UNAM, yo no pude entrar, por lo que estudié medicina en Acapulco.
Ahora nos hemos vuelto a juntar en el pueblo para contarnos nuestras aventuras. Las de él no las puedo decir porque mucha gente lo demandaría por todas las tranzas que ha hecho en su trabajo de abogado; y yo, sólo pequeñas bromas que les he hecho a mis pacientes recetándoles medicamentos que en vez de aliviarlos les empeora la salud, pero no los mata, o les he recetado Cialis, una sustancia que mejora tu rendimiento sexual, y han regresado muy felices diciendo que quieren más de ese medicamento.
Hasta ahora, que nos hemos reencontrado, Alfredo y yo, supimos que desde niños somos unos perversos; pero entonces teníamos la ingenuidad y la felicidad del que no sabe que no sabe, así que seguimos disfrutando del placer de la perversión, en la actualidad, con la incertidumbre del que sabe que sabe.
Escríbeme a:jose_delgado9@hotmail.com
ALFREDO SABE
José I. Delgado Bahena
Recuerdo, hace muchos años, cuando descubrí la palabra perverso, y la compartí con mi primo Alfredo, no sabíamos que tiene que ver con la anomalía del carácter que induce al sujeto, generalmente enfermo, a perjudicar voluntariamente a los demás por impulsos antisociales; ni que el niño perverso es cruel, mentiroso, indisciplinado, etc, o que el joven perverso es aquel que procura satisfacer sus deseos sin el menor respeto a los demás, en conclusión, pues, que el perverso no tiene freno moral.
Entonces, recapacitando, creo que en algún momento de nuestras vidas, todos hemos tenido en nuestra personalidad cierto nivel de perversión; porque con nuestras acciones, en silencio o en voz alta, se extorsiona la tranquilidad, se erosiona la libertad de aquellos que subsisten en territorios dominados por estos sentimientos.
En aquella época de nuestra niñez, cuando compartimos tantas aventuras y anhelos con Alfredo, también nos involucramos juntos en situaciones tan placenteras como riesgosas, y disfrutamos, por ejemplo, cuando ahogamos, en el agua de la barranca, los cuatro gatitos que había criado seis días antes la gata gris de doña Lupe. Y todavía se los llevamos a la pobre señora, dos cada uno, colgando del rabo, diciéndole: “mire, doña, creo que son sus gatitos, estaban en la orilla del agua, bien mojados”. La señora se preocupó mucho, los recibió sobre su delantal, los envolvió con él y los puso en una caja de madera que usaba para llevar su carga de tomate a la vendimia del mercado. Dijo, casi con lágrimas en los ojos –pues, ¿dónde más, verdad?−, que al rato los iba a enterrar y todavía nos dio dos pesos para unos dulces.
Luego, cuando teníamos trece años de edad, él me contó que dos días antes, su papá, o sea mi tío, quitó la corriente eléctrica para arreglar una conexión para su máquina, en su taller de sastre que tenía en casa. Alfredo lo vio, por la ventana, cortando el cable con sus dientes. Fue a la cocina y encontró preocupada a su mamá porque la licuadora no funcionaba; él le dijo que vio que el interruptor estaba abajo y le preguntó si lo subía. Mi tía lo autorizó y él, aún verificando que mi tío seguía mordiendo los cables, se dirigió hacia la instalación para subir la palanquita. “Desde luego –me dijo entre risas−, mi papá recibió tal descarga eléctrica que lo tuvieron que llevar de emergencia al médico”.
Así como esas, y muchas otras maldades que hicimos de niños, también de jóvenes las planeábamos y hasta intercambiábamos a las novias, sin que ellas lo supieran, claro.
De él fue la idea.
−Mira, Rupe –así me decían todos en el pueblo, porque mi nombre es Ruperto−, al rato, en la fiesta, voy a terminar con la Manuela y me voy un rato; entonces, la invitas a bailar y te le declaras, como va a estar dolida, te aceptará. Luego, regreso y finjo que te la hago de tos, pero ya con eso se quedará pensando que fue la culpable de que termináramos.
Así lo hicimos en varias ocasiones, a veces con sus novias y a veces con las mías, hasta que crecimos y nos fuimos cada quien por nuestro lado a seguir nuestras vidas.
Él se fue a la Ciudad de México a estudiar derecho en la UNAM, yo no pude entrar, por lo que estudié medicina en Acapulco.
Ahora nos hemos vuelto a juntar en el pueblo para contarnos nuestras aventuras. Las de él no las puedo decir porque mucha gente lo demandaría por todas las tranzas que ha hecho en su trabajo de abogado; y yo, sólo pequeñas bromas que les he hecho a mis pacientes recetándoles medicamentos que en vez de aliviarlos les empeora la salud, pero no los mata, o les he recetado Cialis, una sustancia que mejora tu rendimiento sexual, y han regresado muy felices diciendo que quieren más de ese medicamento.
Hasta ahora, que nos hemos reencontrado, Alfredo y yo, supimos que desde niños somos unos perversos; pero entonces teníamos la ingenuidad y la felicidad del que no sabe que no sabe, así que seguimos disfrutando del placer de la perversión, en la actualidad, con la incertidumbre del que sabe que sabe.
Escríbeme a:jose_delgado9@hotmail.com
sábado, abril 10, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
LOLA
José I. Delgado Bahena
Era muy hermosa. Aunque morena, tenía lo suyo bien puesto y con las proporciones precisas. La conocí cuando aún no me corrían de mi trabajo como distribuidor de golosinas. En aquel entonces, iba todos los sábados a la Curva, a emborracharme con Juan, mi compañero que me enseñó las mañas para robarles a los tenderos de los pueblos.
Era la mejor bailarina del “Encanto”. Siempre la anunciaban como: “¡Directamente desde el puerto de Acapulco, la sensacional, la exuberante, la intrépida… Lolaaaaaa, la grande!
Y, sinceramente, era todo eso: alta, exuberante, sensacional e intrépida. Después de bailar dos piezas dando vueltas por el enorme cuadrado de la pista del lugar, mostrando sus atributos, cubiertos por sencillas prendas que transparentaban casi todo, y con la canción de “Toda la vida”, entonada por Emmanuel, subía por los siete metros del tubo, descubriendo, al ritmo de la música, cada uno de los encantos que Dios le dio. Cuando llegaba a lo más alto, se quitaba, por último, la tanguita negra con la que disimulaba su parte más íntima y la arrojaba hacia una de las mesas. Después, giraba sobre su desnudo cuerpo para colocar la cabeza hacia abajo y, sostenida solamente con la presión que sus gruesos muslos ejercían sobre el tubo, se deslizaba hacia el cemento de la pista. Antes de llegar, soltaba las piernas y nuevamente giraba para caer sobre el piso con los pies abiertos y su cabeza inclinada hacia adelante cubriendo, con su negra cabellera, la intimidad de su erotismo.
La verdad, los aplausos que recibía eran bien merecidos.
En la Curva, muchos se la pasaban deambulando por los demás antros, tomándose una cerveza aquí, otra allá, haciendo tiempo, y cuando oían que daban la primera llamada para el show de Lola, iban a recrear su pupila y sus emociones con el espectáculo de la falsa acapulqueña que, todos sabíamos, era de un pueblo cercano a la ciudad.
Una noche tuve la suerte de que su tanguita cayera sobre nuestra mesa y que se la ganara a Juan. Cuando fue a recuperarla, me levanté para dársela y, junto con un beso en la mejilla, deslicé en su oído derecho la súplica de que volviera con nosotros en cuanto se bañara. No contestó, se limitó a sonreír, pero la luz de sus grandes ojos negros fue una promesa que cumplió a los diez minutos de que me dejara con una temblorina que no terminó hasta que me bañé, llegando a casa, para quitarme el aroma del perfume que me impregnó con su cercanía. Y más valía, porque mi vieja estaba embarazada y se le había incrementado su sexto sentido y el olfato.
Con el paso de los días, Lola me fue tomando confianza y una noche hasta lloró en mi hombro al contarme sus desventuras. Me dijo que ella y sus otras dos hermanas, que trabajaban allí mismo, pero en otros antros, habían tomado ese camino orilladas por su madre que las puso a “fichar” en una cantina del pueblo.
Realmente estaba muy dolida y decepcionada de la vida. Más cuando me dijo que en su pueblo eran una bola de hipócritas, que se la pasaban criticando a su familia sólo porque ella y sus hermanas trabajaban de “sexoservidoras” y que su hermanos Silvia y Pepe, los más chicos, habían tenido relaciones sexuales, de las que nació un hijo, producto de las desgracias que sembró el cometa que llegó por esos días.
Hubiera querido pagarle todas las piezas que tenía que bailar para sacar lo de sus gastos. Pero cobraban a cinco pesos cada cumbia y yo sólo llevaba lo que ganaba extra como árbitro de futbol en la unidad deportiva. Para llevar un poco más de dinero, tuve que aceptar los sobornos que los dueños de los equipos me mandaban para que no reportara a sus expulsados o para hacerme de la vista gorda con los jugadores que se presentaban con otros registros a jugar como veteranos.
Cuando me corrieron de la chamba dejé de ir a la Curva. Sólo ganaba lo que sacaba de árbitro y la Zenaida, mi vieja, estaba por parir a nuestro primer chamaco.
Este Sábado de Gloria, por terminar la Semana Santa, mi vieja y mi hijo se fueron a pasear con mis suegros y como los pinches viejos ni me quieren, y con el pretexto de que tenía que arbitrar, los dejé ir solos. Después, me quedé a tomarme unas cervezas en la Unidad, con los compañeros del colegio.
Con unas chelas encima, tomé un taxi y me fui derechito al “Encanto”. Inmediatamente pregunté al mesero por ella. No me contestó, me mandó a Perla, su mejor amiga. Llegó, se sentó, sacó el chicle de su boca y lo puso en el cenicero.
−¡Pinche Martín! –me dijo, casi llorando−, ¿por qué no estuviste aquí? Lola te amaba, cabrón, y se empedaba todos los días, nomás chillando por ti, creyendo que tú no venías porque la despreciabas también, por su trabajo.
−¿Dónde está? –le interrumpí−, dile que venga.
−No güey –contestó, recuperando su chicle y masticándolo con furia−, ya no está. El sábado pasado se subió bien peda al tubo y se accidentó: se cayó desde arriba y se rompió la nuca. Cuando llegó la ambulancia ya estaba muerta. Se fue, güey, se fue bien dolida porque ya no venías.
Después no supe qué pasó. Seguí tomando y al siguiente día desperté en mi casa con la Zenaida bien encabronada y yo con una tremenda cruda moral por no haberme despedido de Lola, la mejor bailarina que hubo en el “Encanto”.
Escríbeme a:
jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
Era muy hermosa. Aunque morena, tenía lo suyo bien puesto y con las proporciones precisas. La conocí cuando aún no me corrían de mi trabajo como distribuidor de golosinas. En aquel entonces, iba todos los sábados a la Curva, a emborracharme con Juan, mi compañero que me enseñó las mañas para robarles a los tenderos de los pueblos.
Era la mejor bailarina del “Encanto”. Siempre la anunciaban como: “¡Directamente desde el puerto de Acapulco, la sensacional, la exuberante, la intrépida… Lolaaaaaa, la grande!
Y, sinceramente, era todo eso: alta, exuberante, sensacional e intrépida. Después de bailar dos piezas dando vueltas por el enorme cuadrado de la pista del lugar, mostrando sus atributos, cubiertos por sencillas prendas que transparentaban casi todo, y con la canción de “Toda la vida”, entonada por Emmanuel, subía por los siete metros del tubo, descubriendo, al ritmo de la música, cada uno de los encantos que Dios le dio. Cuando llegaba a lo más alto, se quitaba, por último, la tanguita negra con la que disimulaba su parte más íntima y la arrojaba hacia una de las mesas. Después, giraba sobre su desnudo cuerpo para colocar la cabeza hacia abajo y, sostenida solamente con la presión que sus gruesos muslos ejercían sobre el tubo, se deslizaba hacia el cemento de la pista. Antes de llegar, soltaba las piernas y nuevamente giraba para caer sobre el piso con los pies abiertos y su cabeza inclinada hacia adelante cubriendo, con su negra cabellera, la intimidad de su erotismo.
La verdad, los aplausos que recibía eran bien merecidos.
En la Curva, muchos se la pasaban deambulando por los demás antros, tomándose una cerveza aquí, otra allá, haciendo tiempo, y cuando oían que daban la primera llamada para el show de Lola, iban a recrear su pupila y sus emociones con el espectáculo de la falsa acapulqueña que, todos sabíamos, era de un pueblo cercano a la ciudad.
Una noche tuve la suerte de que su tanguita cayera sobre nuestra mesa y que se la ganara a Juan. Cuando fue a recuperarla, me levanté para dársela y, junto con un beso en la mejilla, deslicé en su oído derecho la súplica de que volviera con nosotros en cuanto se bañara. No contestó, se limitó a sonreír, pero la luz de sus grandes ojos negros fue una promesa que cumplió a los diez minutos de que me dejara con una temblorina que no terminó hasta que me bañé, llegando a casa, para quitarme el aroma del perfume que me impregnó con su cercanía. Y más valía, porque mi vieja estaba embarazada y se le había incrementado su sexto sentido y el olfato.
Con el paso de los días, Lola me fue tomando confianza y una noche hasta lloró en mi hombro al contarme sus desventuras. Me dijo que ella y sus otras dos hermanas, que trabajaban allí mismo, pero en otros antros, habían tomado ese camino orilladas por su madre que las puso a “fichar” en una cantina del pueblo.
Realmente estaba muy dolida y decepcionada de la vida. Más cuando me dijo que en su pueblo eran una bola de hipócritas, que se la pasaban criticando a su familia sólo porque ella y sus hermanas trabajaban de “sexoservidoras” y que su hermanos Silvia y Pepe, los más chicos, habían tenido relaciones sexuales, de las que nació un hijo, producto de las desgracias que sembró el cometa que llegó por esos días.
Hubiera querido pagarle todas las piezas que tenía que bailar para sacar lo de sus gastos. Pero cobraban a cinco pesos cada cumbia y yo sólo llevaba lo que ganaba extra como árbitro de futbol en la unidad deportiva. Para llevar un poco más de dinero, tuve que aceptar los sobornos que los dueños de los equipos me mandaban para que no reportara a sus expulsados o para hacerme de la vista gorda con los jugadores que se presentaban con otros registros a jugar como veteranos.
Cuando me corrieron de la chamba dejé de ir a la Curva. Sólo ganaba lo que sacaba de árbitro y la Zenaida, mi vieja, estaba por parir a nuestro primer chamaco.
Este Sábado de Gloria, por terminar la Semana Santa, mi vieja y mi hijo se fueron a pasear con mis suegros y como los pinches viejos ni me quieren, y con el pretexto de que tenía que arbitrar, los dejé ir solos. Después, me quedé a tomarme unas cervezas en la Unidad, con los compañeros del colegio.
Con unas chelas encima, tomé un taxi y me fui derechito al “Encanto”. Inmediatamente pregunté al mesero por ella. No me contestó, me mandó a Perla, su mejor amiga. Llegó, se sentó, sacó el chicle de su boca y lo puso en el cenicero.
−¡Pinche Martín! –me dijo, casi llorando−, ¿por qué no estuviste aquí? Lola te amaba, cabrón, y se empedaba todos los días, nomás chillando por ti, creyendo que tú no venías porque la despreciabas también, por su trabajo.
−¿Dónde está? –le interrumpí−, dile que venga.
−No güey –contestó, recuperando su chicle y masticándolo con furia−, ya no está. El sábado pasado se subió bien peda al tubo y se accidentó: se cayó desde arriba y se rompió la nuca. Cuando llegó la ambulancia ya estaba muerta. Se fue, güey, se fue bien dolida porque ya no venías.
Después no supe qué pasó. Seguí tomando y al siguiente día desperté en mi casa con la Zenaida bien encabronada y yo con una tremenda cruda moral por no haberme despedido de Lola, la mejor bailarina que hubo en el “Encanto”.
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jose_delgado9@hotmail.com
viernes, abril 02, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
José I. Delgado Bahena
VIERNES SANTO
Felipe despertó sobresaltado y sudoroso. Había tenido una pesadilla. Tenía la encomienda de representar, ese Viernes Santo, a Jesús en la escenificación que año con año se realiza en el pueblo, y en su sueño se vio en lo alto de la cruz con una dolorosa y verdadera herida en su costado, a la altura del corazón.
En la imagen, que recordó en cuanto despertó, Martha, su mujer, esperaba a que bajaran su cuerpo semidesnudo para cubrirlo con una manta que la madre mayor de la iglesia le prestara. Además, vio, junto a Martha, a Ramón, su compadre, personificando al soldado romano que, en su sueño, le había clavado la punta de su lanza en esa parte extrema y vital que le hizo perder el sentido en la cruz.
“Este año lo haré más real”, le había dicho a Martha la noche anterior. Le he pedido al mayordomo que consiga clavos de acero para que me perforen las palmas de las manos y a la corona le dejarán las espinas para que me sangre la frente.
“Estás loco, mejor ya duérmete”, le dijo la mujer dándole la espalda dispuesta a dormir.
“Estaré loco, pero nada me encantaría más que morir como lo hizo nuestro señor”, dijo aún Felipe.
En cuanto se levantó, sin buscar algo qué comer, por estar en ayuno, se dirigió en busca de su compadre Ramón.
“Compa: haz como si fuera real –le dijo−, dame un piquetito, nomás pa’ que sangre.”
“Sí, compadre, como quieras”, le contestó Ramón.
De la casa de su compadre se dirigió a la Iglesia en busca de Gregorio, el mayordomo, para asegurarse de que habían conseguido los clavos.
“Sí, amigo −le dijo el mayordomo−, aquí están, los trajo Adrián.”
Regresó a su casa en la que vivía con su mujer desde hacía tres años, cuando decidió llevársela a escondidas de los hermanos que no lo querían, ni aceptaban aún, como cuñado.
En el camino se encontró con Jorge, su vecino, que con una risita burlona le preguntó: “¿cuándo vas a tener un hijo?”.
“Cuando se me antoje…”, le contestó enfadado.
“No te enojes, mejor apúrate, no sea que alguien quiera ayudarte”, le advirtió el vecino.
“Vete a la chingada, mejor ya vete porque me vas a hacer pecar y no quiero confesarme otra vez.”
“Bueno, yo nomás decía…”, volvió a sonreír el hombre.
Llegando a su casa, buscó la túnica que había mandado a hacer con la costurera del pueblo y la guardó en una bolsa. Martha, su mujer, no se encontraba ahí y supuso que se había adelantado hacia la iglesia.
La escenificación transcurrió como era esperada. La solemnidad de los fieles no les permitió observar que el líquido rojo que escurría de la frente de Jesús (Felipe) era realmente sangre, por las espinas de la corona que habían hecho con una rama de huizache.
El recorrido por las calles del pueblo, con las tres caídas incluidas, estuvo lleno de dramatismo y fervor, aunque también de algarabía por parte de los muchachos que aprovechan el acto para encontrarse con la novia y acompañarla en su penitencia de los pies descalzos.
El momento cumbre de la crucifixión llegó y, tal como lo había pedido, los clavos atravesaron los cartílagos de Felipe quien, en un acto heroico, contuvo el doloroso quejido que estuvo a punto de expandirse entre los espectadores.
Levantaron la cruz y Ramón, el soldado romano, dirigió la lanza hacia el costado izquierdo de su compadre. Lo hizo con tanta fuerza, para tratar de hacerlo más real, que el pico cruzó la segunda costilla y con un doble empujón que Ramón le dio, tocó una parte del corazón de Felipe, lo suficiente para, ahora sí, arrancarle el más doloroso de los lamentos y hacerle perder el sentido.
Cuando lo bajaron de la cruz, ya se le había escapado la vida por aquel orificio que su compadre, después de regalarle una prometedora sonrisa a Martha, le abrió a Felipe en aquel Viernes Santo que él quiso regalarle a su pueblo la más real de las representaciones de la crucifixión de Jesús.
Escríbeme a:jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
VIERNES SANTO
Felipe despertó sobresaltado y sudoroso. Había tenido una pesadilla. Tenía la encomienda de representar, ese Viernes Santo, a Jesús en la escenificación que año con año se realiza en el pueblo, y en su sueño se vio en lo alto de la cruz con una dolorosa y verdadera herida en su costado, a la altura del corazón.
En la imagen, que recordó en cuanto despertó, Martha, su mujer, esperaba a que bajaran su cuerpo semidesnudo para cubrirlo con una manta que la madre mayor de la iglesia le prestara. Además, vio, junto a Martha, a Ramón, su compadre, personificando al soldado romano que, en su sueño, le había clavado la punta de su lanza en esa parte extrema y vital que le hizo perder el sentido en la cruz.
“Este año lo haré más real”, le había dicho a Martha la noche anterior. Le he pedido al mayordomo que consiga clavos de acero para que me perforen las palmas de las manos y a la corona le dejarán las espinas para que me sangre la frente.
“Estás loco, mejor ya duérmete”, le dijo la mujer dándole la espalda dispuesta a dormir.
“Estaré loco, pero nada me encantaría más que morir como lo hizo nuestro señor”, dijo aún Felipe.
En cuanto se levantó, sin buscar algo qué comer, por estar en ayuno, se dirigió en busca de su compadre Ramón.
“Compa: haz como si fuera real –le dijo−, dame un piquetito, nomás pa’ que sangre.”
“Sí, compadre, como quieras”, le contestó Ramón.
De la casa de su compadre se dirigió a la Iglesia en busca de Gregorio, el mayordomo, para asegurarse de que habían conseguido los clavos.
“Sí, amigo −le dijo el mayordomo−, aquí están, los trajo Adrián.”
Regresó a su casa en la que vivía con su mujer desde hacía tres años, cuando decidió llevársela a escondidas de los hermanos que no lo querían, ni aceptaban aún, como cuñado.
En el camino se encontró con Jorge, su vecino, que con una risita burlona le preguntó: “¿cuándo vas a tener un hijo?”.
“Cuando se me antoje…”, le contestó enfadado.
“No te enojes, mejor apúrate, no sea que alguien quiera ayudarte”, le advirtió el vecino.
“Vete a la chingada, mejor ya vete porque me vas a hacer pecar y no quiero confesarme otra vez.”
“Bueno, yo nomás decía…”, volvió a sonreír el hombre.
Llegando a su casa, buscó la túnica que había mandado a hacer con la costurera del pueblo y la guardó en una bolsa. Martha, su mujer, no se encontraba ahí y supuso que se había adelantado hacia la iglesia.
La escenificación transcurrió como era esperada. La solemnidad de los fieles no les permitió observar que el líquido rojo que escurría de la frente de Jesús (Felipe) era realmente sangre, por las espinas de la corona que habían hecho con una rama de huizache.
El recorrido por las calles del pueblo, con las tres caídas incluidas, estuvo lleno de dramatismo y fervor, aunque también de algarabía por parte de los muchachos que aprovechan el acto para encontrarse con la novia y acompañarla en su penitencia de los pies descalzos.
El momento cumbre de la crucifixión llegó y, tal como lo había pedido, los clavos atravesaron los cartílagos de Felipe quien, en un acto heroico, contuvo el doloroso quejido que estuvo a punto de expandirse entre los espectadores.
Levantaron la cruz y Ramón, el soldado romano, dirigió la lanza hacia el costado izquierdo de su compadre. Lo hizo con tanta fuerza, para tratar de hacerlo más real, que el pico cruzó la segunda costilla y con un doble empujón que Ramón le dio, tocó una parte del corazón de Felipe, lo suficiente para, ahora sí, arrancarle el más doloroso de los lamentos y hacerle perder el sentido.
Cuando lo bajaron de la cruz, ya se le había escapado la vida por aquel orificio que su compadre, después de regalarle una prometedora sonrisa a Martha, le abrió a Felipe en aquel Viernes Santo que él quiso regalarle a su pueblo la más real de las representaciones de la crucifixión de Jesús.
Escríbeme a:jose_delgado9@hotmail.com
miércoles, marzo 24, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
“LA CULPA ES DEL COMETA”
José I. Delgado Bahena
En total fuimos cinco hermanos, y yo fui el último. Antes de mí habían llegado: Lola, Lupe, Lidia y Silvia –puras viejas− a robarse el oxígeno de la única habitación que era nuestra casa; por eso, cuando nací, Malaquías −que era mi padre− se sintió orgulloso y mandó traer la banda de don Bico, compró diez cartones de cerveza e hizo una fiesta que duró cuatro días.
Había sólo un año de diferencia entre cada hermano, pero Silvia y yo, por ser los más chicos, siempre tuvimos mayor comunicación y mejor convivencia. Lola, Lupe y Lidia preferían andar juntas, aparte, porque ya eran las “señoritas” e iban a la secundaria, en la ciudad, mientras que Silvia y yo aún estábamos en la escuela primaria, en el pueblo.
Pero, ¿por qué les cuento estos pormenores? Ah, porque desde que murió Malaquías, Marina –que es mi madre− se tuvo su responsabilidad como padre y madre, sin remedio, y por estar siempre trabajando, descuidó a las “eles” –así les decíamos en la familia a Lola, Lupe y Lidia, por obvias razones− y éstas terminaron por ejercer, el único oficio que les enseñó la vida, en el centro cultural “Los chocolines” acompañando en las mesas a los señores gordos que querían olvidarse de la bruja que tenían en casa, y bailando cumbias con los chamacos que se escapaban del Tec o de la UT, y preferían juntar sus veinte pesos para bailar cuatro piezas de cinco pesitos cada una, que quedarse a dormir en los salones de clases.
Al principio, Marina las iba a traer a puro chanclazo, pero más tardaban en cruzar la corriente de agua de la barranca, para llegar a la casa, que regresar, todas pintarrajeadas y perfumadas, a darle gusto a la vida.
“Un día de estos mejor voy a poner un burdel –decía Marina medio encabronada, medio decepcionada y medio convencida−”, y casi se le hace porque puso una cantina que la alejó también de mí y de Silvia; para ese entonces ya estudiábamos en la Normal para ser “aunque sea maestros”, nos dijo nuestra madre.
Lo malo fue que un domingo por la tarde, después de jugar la final de futbol del torneo de verano que se organizaba en el pueblo, nos pusimos una “santa peda” todos los de equipo, porque el rival nos ganó apenas por un autogol que metió nuestro defensa estrella, que era yo. Mandamos a comprar tres cartones de cervezas, nos quedamos en el campo de juego, “a chupar”, y nos fuimos ya oscureciendo.
Esa noche había llegado el cometa, y nosotros, los cuates del barrio y yo, que habíamos perdido en el fut, como íbamos bien “briagobertos”, al cruzar la barranca, por la hamaca, y por voltear a ver al gran lucero con su cola luminosa, perdimos el equilibrio y casi todos nos desparramamos por los catorce metros de aire que había hasta las piedras del arroyo.
Como pudimos, descalabrados y raspados, cada quien se fue a su casa. Al llegar a la mía, sólo se encontraba Silvia quien al verme ensangrentado y todavía un poco borracho, se asustó, pero enseguida comenzó a limpiarme la sangre con un trapo húmedo. Me dijo que me quitara los zapatos de futbol, que aún llevaba puestos, porque estaban llenos de lodo, y ella misma me quitó la playera, con su número cuatro en la espalda.
Con mucho cuidado me limpió el cuello, el pecho, los hombros y las orejas. Cuando me limpiaba las piernas se me quitó la briaga porque dejaba caer sus enormes pechos dieciochoañeros sobre mi nariz y comencé a sentir calientito en el estómago. Entonces le quité el trapo y le dije: “mira ya te ensucié”. Comencé a limpiarle los brazos, la cara, los pechos…
Lo demás, pues ya se imaginan, ¿no? Nos besamos y nos abrazamos, nos enredamos las piernas y nos quemamos en el primer infierno de la pasión que no pudimos controlar y que seguimos atizando cada vez que estábamos solos, hasta que se le interrumpió la regla.
Después tuvimos que enfrentar a Marina con su descarga de culpas y sus reproches, sus amenazas y sus profecías. Desde luego, esperábamos al niño con cola de cochino –quién sabe quién nos dijo eso− y sobre nosotros todas las maldiciones de la estirpe humana.
No pasó nada. El niño está bien. Ya tiene un año y Silvia y yo somos sus padres y sus tíos al mismo tiempo. Ella, por supuesto, dejó la escuela y anda de novia con un soldado que conoció en la cantina de Marina. Dice que se van a casar. Yo también me salí de la Normal y trabajo de chofer en un camión de Huitzuco.
Lo de aquella vez, y las veces que siguieron, no fue culpa nuestra, fue del cometa que siempre viene con muchas desgracias arrastrando en su brillante cola.
Escríbeme a:
jose_delgado9@hotmail.com
“LA CULPA ES DEL COMETA”
José I. Delgado Bahena
En total fuimos cinco hermanos, y yo fui el último. Antes de mí habían llegado: Lola, Lupe, Lidia y Silvia –puras viejas− a robarse el oxígeno de la única habitación que era nuestra casa; por eso, cuando nací, Malaquías −que era mi padre− se sintió orgulloso y mandó traer la banda de don Bico, compró diez cartones de cerveza e hizo una fiesta que duró cuatro días.
Había sólo un año de diferencia entre cada hermano, pero Silvia y yo, por ser los más chicos, siempre tuvimos mayor comunicación y mejor convivencia. Lola, Lupe y Lidia preferían andar juntas, aparte, porque ya eran las “señoritas” e iban a la secundaria, en la ciudad, mientras que Silvia y yo aún estábamos en la escuela primaria, en el pueblo.
Pero, ¿por qué les cuento estos pormenores? Ah, porque desde que murió Malaquías, Marina –que es mi madre− se tuvo su responsabilidad como padre y madre, sin remedio, y por estar siempre trabajando, descuidó a las “eles” –así les decíamos en la familia a Lola, Lupe y Lidia, por obvias razones− y éstas terminaron por ejercer, el único oficio que les enseñó la vida, en el centro cultural “Los chocolines” acompañando en las mesas a los señores gordos que querían olvidarse de la bruja que tenían en casa, y bailando cumbias con los chamacos que se escapaban del Tec o de la UT, y preferían juntar sus veinte pesos para bailar cuatro piezas de cinco pesitos cada una, que quedarse a dormir en los salones de clases.
Al principio, Marina las iba a traer a puro chanclazo, pero más tardaban en cruzar la corriente de agua de la barranca, para llegar a la casa, que regresar, todas pintarrajeadas y perfumadas, a darle gusto a la vida.
“Un día de estos mejor voy a poner un burdel –decía Marina medio encabronada, medio decepcionada y medio convencida−”, y casi se le hace porque puso una cantina que la alejó también de mí y de Silvia; para ese entonces ya estudiábamos en la Normal para ser “aunque sea maestros”, nos dijo nuestra madre.
Lo malo fue que un domingo por la tarde, después de jugar la final de futbol del torneo de verano que se organizaba en el pueblo, nos pusimos una “santa peda” todos los de equipo, porque el rival nos ganó apenas por un autogol que metió nuestro defensa estrella, que era yo. Mandamos a comprar tres cartones de cervezas, nos quedamos en el campo de juego, “a chupar”, y nos fuimos ya oscureciendo.
Esa noche había llegado el cometa, y nosotros, los cuates del barrio y yo, que habíamos perdido en el fut, como íbamos bien “briagobertos”, al cruzar la barranca, por la hamaca, y por voltear a ver al gran lucero con su cola luminosa, perdimos el equilibrio y casi todos nos desparramamos por los catorce metros de aire que había hasta las piedras del arroyo.
Como pudimos, descalabrados y raspados, cada quien se fue a su casa. Al llegar a la mía, sólo se encontraba Silvia quien al verme ensangrentado y todavía un poco borracho, se asustó, pero enseguida comenzó a limpiarme la sangre con un trapo húmedo. Me dijo que me quitara los zapatos de futbol, que aún llevaba puestos, porque estaban llenos de lodo, y ella misma me quitó la playera, con su número cuatro en la espalda.
Con mucho cuidado me limpió el cuello, el pecho, los hombros y las orejas. Cuando me limpiaba las piernas se me quitó la briaga porque dejaba caer sus enormes pechos dieciochoañeros sobre mi nariz y comencé a sentir calientito en el estómago. Entonces le quité el trapo y le dije: “mira ya te ensucié”. Comencé a limpiarle los brazos, la cara, los pechos…
Lo demás, pues ya se imaginan, ¿no? Nos besamos y nos abrazamos, nos enredamos las piernas y nos quemamos en el primer infierno de la pasión que no pudimos controlar y que seguimos atizando cada vez que estábamos solos, hasta que se le interrumpió la regla.
Después tuvimos que enfrentar a Marina con su descarga de culpas y sus reproches, sus amenazas y sus profecías. Desde luego, esperábamos al niño con cola de cochino –quién sabe quién nos dijo eso− y sobre nosotros todas las maldiciones de la estirpe humana.
No pasó nada. El niño está bien. Ya tiene un año y Silvia y yo somos sus padres y sus tíos al mismo tiempo. Ella, por supuesto, dejó la escuela y anda de novia con un soldado que conoció en la cantina de Marina. Dice que se van a casar. Yo también me salí de la Normal y trabajo de chofer en un camión de Huitzuco.
Lo de aquella vez, y las veces que siguieron, no fue culpa nuestra, fue del cometa que siempre viene con muchas desgracias arrastrando en su brillante cola.
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jose_delgado9@hotmail.com
sábado, marzo 20, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
“USTED PERDONE”
José I. Delgado Bahena
“¡Maldita sea! −se quejaba Martín, sentado en una de las bancas del zócalo de la ciudad−, nunca debí hacerle caso a Juan cuando me dijo cómo hacerle para sacar más dinero de las ventas de los productos que nos dan en la empresa para vender en las misceláneas de los pueblitos.”
−No te preocupes gallo –me dijo por mi apodo−, en los pueblos hay pura gente ignorante; además, la mayoría son abuelos, gente ya grande que no saben ni contar.
−Pues sí –le dije con temor−, ¿pero si se dan cuenta y nos denuncian?
−No, no hacen nada. A lo mucho sospecharán, pero si lo hacemos bien, ni cuenta se darán. Mira −continuó−: el chiste es que les dejes el mismo número de productos, sólo que algunas bolsas sean de menor precio del que les cobres en la nota.
−Pues… no sé –le dije, todavía titubeando.
−No tengas miedo –insistió Juan−, todos lo hacen: ¡hasta los niños les roban a los de las tiendas!
“La verdad –reflexionó Martín, con la mirada perdida en el piso−, al principio me ponía nervioso y hubo en una ocasión en que una señora gorda, en Acayahualco, me pidió que vaciara las bolsas en su presencia y le contara los dulces. Ahí aprendí a tener aplomo, porque “reconocí” que me había “equivocado” y le cambié el producto que estaba utilizando para robarle.”
−Tenga cuidado, joven –me dijo−, de por sí se le gana bien poquito, y luego si usted se equivoca, voy a salir perdiendo.
−Sí, seño, no se preocupe –le contesté disimulando mis nervios con una pálida sonrisa, como el símbolo de la empresa en la que, hasta ayer, trabajaba; pero ella no sabía que ya habían sido muchas veces que había cooperado para las “chelas” de los sábados.
“Lo malo fue que, después de siete meses de trabajar en la misma ruta, y después de que los dueños de las tiendas hasta eran mis “amigos” y me decían: “aunque no me cuentes, Martín, nomás dime cuánto es”, me cambiaron a una ruta de la ciudad y ahí nos exigían una venta diaria, mínima, de tres mil pesos. Entonces tuve que ser más arriesgado, porque la gente está más a las vivas; pero ni así me detuve. Mi ambición era cada vez más grande y quería, como Juan, comprarme un carrito para pasear a la Zenaida, mi vieja con la que apenas el año pasado me casé.”
“Y bueno –continuó con sus pensamientos−, ahí está la fregadera, nunca falta un día que te levantas con el pie izquierdo y la traes bien chueca. ¿Cómo iba a imaginar que donde menos lo esperaba, se me fuera el tiro por la culata? Ya casi terminaba de acomodar los dulces en la tienda de don Luis, en Tomatal, un abuelo como de ochenta años a quien le estaba cobrando un producto de más de cien pesos y le había contado una bolsa de veinte; en eso llega uno de sus hijos y le pide la nota a su papá, ¡cuando estaba a punto de pagarme!, y me pregunta, justamente, por esas paletas que ni traía en la camioneta, tuve que decirle que me había equivocado de nota; por supuesto no se tragó mi excusa y me la hizo de tos, fui al carro por otra nota pero no lo pude convencer, me insultó y me amenazó con denunciarme. Se llevó las dos notas y, efectivamente, fue a la empresa a hablar con mi gerente de ventas.”
“Lo demás es fácil de suponer. Me corrieron, sin liquidación ni utilidades, justo cuando estaba a punto de tener mis primeras vacaciones. De veras que lo siento mucho, más ahora que está por llegar mi primer pollito a mi gallinero, porque la Zenaida está embarazada. Pero ni don Luis, ni su hijo, quisieron aceptar el “usted perdone” que en la empresa me obligaron a decirles en su tienda. Ojalá los demás compañeros tengan cuidado y no hagan estas tarugadas, o que se cuiden más para que no se vean, como yo, ahora, sin chamba, nomás viendo a las pinches ardillas que saltan de las ramas al barandal del kiosco.”
Escríbeme a:
jose_delgado9@hotmail.com
José I. Delgado Bahena
“¡Maldita sea! −se quejaba Martín, sentado en una de las bancas del zócalo de la ciudad−, nunca debí hacerle caso a Juan cuando me dijo cómo hacerle para sacar más dinero de las ventas de los productos que nos dan en la empresa para vender en las misceláneas de los pueblitos.”
−No te preocupes gallo –me dijo por mi apodo−, en los pueblos hay pura gente ignorante; además, la mayoría son abuelos, gente ya grande que no saben ni contar.
−Pues sí –le dije con temor−, ¿pero si se dan cuenta y nos denuncian?
−No, no hacen nada. A lo mucho sospecharán, pero si lo hacemos bien, ni cuenta se darán. Mira −continuó−: el chiste es que les dejes el mismo número de productos, sólo que algunas bolsas sean de menor precio del que les cobres en la nota.
−Pues… no sé –le dije, todavía titubeando.
−No tengas miedo –insistió Juan−, todos lo hacen: ¡hasta los niños les roban a los de las tiendas!
“La verdad –reflexionó Martín, con la mirada perdida en el piso−, al principio me ponía nervioso y hubo en una ocasión en que una señora gorda, en Acayahualco, me pidió que vaciara las bolsas en su presencia y le contara los dulces. Ahí aprendí a tener aplomo, porque “reconocí” que me había “equivocado” y le cambié el producto que estaba utilizando para robarle.”
−Tenga cuidado, joven –me dijo−, de por sí se le gana bien poquito, y luego si usted se equivoca, voy a salir perdiendo.
−Sí, seño, no se preocupe –le contesté disimulando mis nervios con una pálida sonrisa, como el símbolo de la empresa en la que, hasta ayer, trabajaba; pero ella no sabía que ya habían sido muchas veces que había cooperado para las “chelas” de los sábados.
“Lo malo fue que, después de siete meses de trabajar en la misma ruta, y después de que los dueños de las tiendas hasta eran mis “amigos” y me decían: “aunque no me cuentes, Martín, nomás dime cuánto es”, me cambiaron a una ruta de la ciudad y ahí nos exigían una venta diaria, mínima, de tres mil pesos. Entonces tuve que ser más arriesgado, porque la gente está más a las vivas; pero ni así me detuve. Mi ambición era cada vez más grande y quería, como Juan, comprarme un carrito para pasear a la Zenaida, mi vieja con la que apenas el año pasado me casé.”
“Y bueno –continuó con sus pensamientos−, ahí está la fregadera, nunca falta un día que te levantas con el pie izquierdo y la traes bien chueca. ¿Cómo iba a imaginar que donde menos lo esperaba, se me fuera el tiro por la culata? Ya casi terminaba de acomodar los dulces en la tienda de don Luis, en Tomatal, un abuelo como de ochenta años a quien le estaba cobrando un producto de más de cien pesos y le había contado una bolsa de veinte; en eso llega uno de sus hijos y le pide la nota a su papá, ¡cuando estaba a punto de pagarme!, y me pregunta, justamente, por esas paletas que ni traía en la camioneta, tuve que decirle que me había equivocado de nota; por supuesto no se tragó mi excusa y me la hizo de tos, fui al carro por otra nota pero no lo pude convencer, me insultó y me amenazó con denunciarme. Se llevó las dos notas y, efectivamente, fue a la empresa a hablar con mi gerente de ventas.”
“Lo demás es fácil de suponer. Me corrieron, sin liquidación ni utilidades, justo cuando estaba a punto de tener mis primeras vacaciones. De veras que lo siento mucho, más ahora que está por llegar mi primer pollito a mi gallinero, porque la Zenaida está embarazada. Pero ni don Luis, ni su hijo, quisieron aceptar el “usted perdone” que en la empresa me obligaron a decirles en su tienda. Ojalá los demás compañeros tengan cuidado y no hagan estas tarugadas, o que se cuiden más para que no se vean, como yo, ahora, sin chamba, nomás viendo a las pinches ardillas que saltan de las ramas al barandal del kiosco.”
Escríbeme a:
jose_delgado9@hotmail.com
domingo, marzo 14, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
¡LA PURA FIESTA!
José I. Delgado Bahena
¡Huy, qué tiempos aquéllos! Bien que me acuerdo cuando se hacía el corral de toros en mi calmil, antes de que el Cuate donara su terreno para que hicieran un corral de cemento, con la promesa de que él y su familia venderían lo que quisieran ahí.
Para hacer el corral, todos los ejidatarios apoyábamos al comisario. Llevábamos los palos, los horcones, las reatas y órale: amárrale aquí, escárbale allá, apriétale bien fuerte para que no los vaya a tirar el toro cebú de los Deloya, que es bien bravo y saltador.
Bien que me acuerdo: en aquel entonces todavía teníamos toros, mansos, no tan bravos como los de Tepécoa, pero teníamos. ¡Claro!, los montadores eran los mismos jinetes del pueblo; los montaban con sus huaraches o con sus zapatos viejitos, no como “ora” que les pagan a los de afuera y vienen con sus espuelas que parecen ganchos. No. En aquel entonces tenías que apretar bien fuertes las piernas, si no, porrazo seguro, al suelo, a las piedras o al surco, porque el terreno era de siembra y quedaban algunos troncos de las milpas.
Siempre se llenaba el corral. La gente se subía a los palos y cuando se “repegaba” el toro, ahí estaban los gritos y los sustos, y cuando se saltaba el corral: la corredera. No, si esas corridas eran más emocionantes. Si resultaba algún herido, aunque fuera un borracho que se había metido a torear y a hacer payasadas, decíamos que habían estado buenos los toros, si no, no tenían chiste, no había comentarios.
Ah, pero la corrida esperada era la de los vecinos de Tuxpan; esos sí que eran re listos. El comisario siempre la dejaba para el domingo. Era, como quien dice, la estelar. Traían su mojiganga –así le decían a un muñeco− que le ponían a un toro o a una vaquilla en medio del ruedo, pero venía repleta de animales, iguanas sobre todo, y cuando el animal la embestía salían las iguanas y la corredera de muchachas con sus gritos y la de los hombres para atraparlas (que es muy sabroso el caldo de garrobo, más cuando estás crudo).
Y tenías que estar crudo al otro día de la corrida de los de Tuxpan, porque traían sus buenas garrafas de “toro”, una bebida que preparaban con una mezcla especial de muchos ingredientes −¡quién sabe qué tanto le ponían!−, y era obligación que te le pegaras al “toro” para corresponder a los tuxpeños. ¡Claro!, cuando llegaban era una fiesta: se les iba a encontrar por el camino con una comitiva de muchachas, que eran las madrinas, y ellas les colgaban collares de papel de china a los jinetes y a los caballos. Iba la banda de música y se les llevaba derechito al corral para que se jugara un toro en su honor, al que le llamábamos “toro de once”. De ahí, todos juntos, acompañados de la banda de don “Bico”, toque y toque, a la comida, en la casa del comisario, donde, con la cooperación de todo el pueblo, preparaban la cochinita para los visitantes.
Después de la comida, otra vez al corral, para jugar todos los toros. Los más bravos los traían aparte, en camioneta, y los amarraban por fuera del toril; los demás, todos amontonados, adentro, y ahora sí: ¡trépense a los palos, porque sale el primero!
No, si los toros de antes hacían el relajo desde que los sacaban al ruedo, más cuando eran cuernudotes, con sus cuernos que parecían los del penacho de “Pilatos”. Cuando salía el toro al ruedo, los de a caballo lo lazaban para tirarlo en el suelo, y ahí le ponían la reata en el cuerpo, para que se agarrara el montador. Entonces no les ponían corneras, como “ora”, salían así: a cuerno pelón. El montador tenía que echarle valor, además de sus buenos tragos de “toro” que ya traía en el estómago. Ya montado el jinete, hacían que se parara el toro y órale, a torearlo.
Mientras tanto, los que nomás éramos mirones, teníamos que estar echándonos las “frías” para completar el jolgorio, que sin trago no hay fiesta.
Así pasaba la tarde de fiesta. Había buenos montadores en el pueblo, pero el que me tocó ver, que de veras era cabrón, es el “Polegas”. Todavía vive, pero dios ya le tiene apartado un lugar por todas las emociones que nos dio con sus montas.
Cuando acababan de montar a los toros, se dejaba pasar un rato, mientras se iba la gente, y luego los soltaban por las calles para que se fueran derechito hacia Tuxpan, cuidados por sus dueños. Sólo se quedaban los muchachos de ese pueblo vecino para echarse unas bailadas en la noche, con las muchachas del aquí. Como iban todos “cerveceados”, no se fijaban si las muchachas tenían compromiso o no, iban y las sacaban a bailar y al rato ahí está la buena correteada que les ponían los novios: los encaminaban hasta la barranca, a puro piedrazo, para que se fueran rapidito a su pueblo y no se fueran a regresar, hasta el otro año, cuando volvieran a traernos sus toros.
Así era la fiesta de los toros del pueblo que se organizaba en honor de “Papá Chú”, por su segundo viernes de cuaresma. Era bonito todo, gratis, además; no como “ora” que por todo cobran y no se sabe qué hacen con el dinero que recaudan. “Ora” todo es negocio, no como antes, que era ¡pura fiesta!
jose_delgado9@hotmail.com
www.poemofheart.blogspot.com
José I. Delgado Bahena
¡Huy, qué tiempos aquéllos! Bien que me acuerdo cuando se hacía el corral de toros en mi calmil, antes de que el Cuate donara su terreno para que hicieran un corral de cemento, con la promesa de que él y su familia venderían lo que quisieran ahí.
Para hacer el corral, todos los ejidatarios apoyábamos al comisario. Llevábamos los palos, los horcones, las reatas y órale: amárrale aquí, escárbale allá, apriétale bien fuerte para que no los vaya a tirar el toro cebú de los Deloya, que es bien bravo y saltador.
Bien que me acuerdo: en aquel entonces todavía teníamos toros, mansos, no tan bravos como los de Tepécoa, pero teníamos. ¡Claro!, los montadores eran los mismos jinetes del pueblo; los montaban con sus huaraches o con sus zapatos viejitos, no como “ora” que les pagan a los de afuera y vienen con sus espuelas que parecen ganchos. No. En aquel entonces tenías que apretar bien fuertes las piernas, si no, porrazo seguro, al suelo, a las piedras o al surco, porque el terreno era de siembra y quedaban algunos troncos de las milpas.
Siempre se llenaba el corral. La gente se subía a los palos y cuando se “repegaba” el toro, ahí estaban los gritos y los sustos, y cuando se saltaba el corral: la corredera. No, si esas corridas eran más emocionantes. Si resultaba algún herido, aunque fuera un borracho que se había metido a torear y a hacer payasadas, decíamos que habían estado buenos los toros, si no, no tenían chiste, no había comentarios.
Ah, pero la corrida esperada era la de los vecinos de Tuxpan; esos sí que eran re listos. El comisario siempre la dejaba para el domingo. Era, como quien dice, la estelar. Traían su mojiganga –así le decían a un muñeco− que le ponían a un toro o a una vaquilla en medio del ruedo, pero venía repleta de animales, iguanas sobre todo, y cuando el animal la embestía salían las iguanas y la corredera de muchachas con sus gritos y la de los hombres para atraparlas (que es muy sabroso el caldo de garrobo, más cuando estás crudo).
Y tenías que estar crudo al otro día de la corrida de los de Tuxpan, porque traían sus buenas garrafas de “toro”, una bebida que preparaban con una mezcla especial de muchos ingredientes −¡quién sabe qué tanto le ponían!−, y era obligación que te le pegaras al “toro” para corresponder a los tuxpeños. ¡Claro!, cuando llegaban era una fiesta: se les iba a encontrar por el camino con una comitiva de muchachas, que eran las madrinas, y ellas les colgaban collares de papel de china a los jinetes y a los caballos. Iba la banda de música y se les llevaba derechito al corral para que se jugara un toro en su honor, al que le llamábamos “toro de once”. De ahí, todos juntos, acompañados de la banda de don “Bico”, toque y toque, a la comida, en la casa del comisario, donde, con la cooperación de todo el pueblo, preparaban la cochinita para los visitantes.
Después de la comida, otra vez al corral, para jugar todos los toros. Los más bravos los traían aparte, en camioneta, y los amarraban por fuera del toril; los demás, todos amontonados, adentro, y ahora sí: ¡trépense a los palos, porque sale el primero!
No, si los toros de antes hacían el relajo desde que los sacaban al ruedo, más cuando eran cuernudotes, con sus cuernos que parecían los del penacho de “Pilatos”. Cuando salía el toro al ruedo, los de a caballo lo lazaban para tirarlo en el suelo, y ahí le ponían la reata en el cuerpo, para que se agarrara el montador. Entonces no les ponían corneras, como “ora”, salían así: a cuerno pelón. El montador tenía que echarle valor, además de sus buenos tragos de “toro” que ya traía en el estómago. Ya montado el jinete, hacían que se parara el toro y órale, a torearlo.
Mientras tanto, los que nomás éramos mirones, teníamos que estar echándonos las “frías” para completar el jolgorio, que sin trago no hay fiesta.
Así pasaba la tarde de fiesta. Había buenos montadores en el pueblo, pero el que me tocó ver, que de veras era cabrón, es el “Polegas”. Todavía vive, pero dios ya le tiene apartado un lugar por todas las emociones que nos dio con sus montas.
Cuando acababan de montar a los toros, se dejaba pasar un rato, mientras se iba la gente, y luego los soltaban por las calles para que se fueran derechito hacia Tuxpan, cuidados por sus dueños. Sólo se quedaban los muchachos de ese pueblo vecino para echarse unas bailadas en la noche, con las muchachas del aquí. Como iban todos “cerveceados”, no se fijaban si las muchachas tenían compromiso o no, iban y las sacaban a bailar y al rato ahí está la buena correteada que les ponían los novios: los encaminaban hasta la barranca, a puro piedrazo, para que se fueran rapidito a su pueblo y no se fueran a regresar, hasta el otro año, cuando volvieran a traernos sus toros.
Así era la fiesta de los toros del pueblo que se organizaba en honor de “Papá Chú”, por su segundo viernes de cuaresma. Era bonito todo, gratis, además; no como “ora” que por todo cobran y no se sabe qué hacen con el dinero que recaudan. “Ora” todo es negocio, no como antes, que era ¡pura fiesta!
jose_delgado9@hotmail.com
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sábado, febrero 20, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
“ES MARTES Y PARECE VIERNES”
José I. Delgado Bahena
−¡Qué raro! —me dijo—, es martes y parece viernes. No sé por qué cuando cierro los ojos pensando en las personas que amo, los días se me revuelven y siento que un silencio me inunda de paz y se adueña de mi alma.
Sólo le dije: "Estás loca" y le di un beso. Entonces, desbotonó mi camisa, me quitó la camiseta, me bajó el pantalón, pero cuando todo se ponía más interesante, vio mi bóxer del conejo de la suerte y comenzó a reír sin parar, hasta llegar a las lágrimas.
No supe qué hacer, ni qué decir o pensar; sólo tomé el periódico del día y me senté a leer el "Manual para canallas". En ese momento me di cuenta de que no era martes ni parecía viernes: era jueves. Quizá por eso el tiempo estaba tan loco para todos, especialmente para ella.
Cuando terminó de reír me dijo que tenía que irse, ya que los domingos son días malos para andar por quién sabe qué caminos tan llenos de gente que mal haya la hora.
No dije nada, sólo le ofrecí una cerveza, de esas a las que llaman oscuras sólo por el envase, la aceptó, se la tomó de un trago, como buena bebedora, eructó y se fue.
Cuando cerré la puerta quité las mantas de los espejos, que ella había cubierto cuando llegó, y me tendí sobre mi cama que se había quedado anhelante, esperando disfrutar de la fiesta del día. Ella (mi cama) nunca supo que hay días en que los lunes parecen martes, o miércoles, no sé, y que más me valiera quedarme sentadito en el piso de la sala, tomándome un tequila y leyendo un buen poema de Bukowski.
Hay días, sin duda...
sector_siete@hotmail.com
jose_delgado9@hotmail.com
www.poemofheart.blogspot.com
“ES MARTES Y PARECE VIERNES”
José I. Delgado Bahena
−¡Qué raro! —me dijo—, es martes y parece viernes. No sé por qué cuando cierro los ojos pensando en las personas que amo, los días se me revuelven y siento que un silencio me inunda de paz y se adueña de mi alma.
Sólo le dije: "Estás loca" y le di un beso. Entonces, desbotonó mi camisa, me quitó la camiseta, me bajó el pantalón, pero cuando todo se ponía más interesante, vio mi bóxer del conejo de la suerte y comenzó a reír sin parar, hasta llegar a las lágrimas.
No supe qué hacer, ni qué decir o pensar; sólo tomé el periódico del día y me senté a leer el "Manual para canallas". En ese momento me di cuenta de que no era martes ni parecía viernes: era jueves. Quizá por eso el tiempo estaba tan loco para todos, especialmente para ella.
Cuando terminó de reír me dijo que tenía que irse, ya que los domingos son días malos para andar por quién sabe qué caminos tan llenos de gente que mal haya la hora.
No dije nada, sólo le ofrecí una cerveza, de esas a las que llaman oscuras sólo por el envase, la aceptó, se la tomó de un trago, como buena bebedora, eructó y se fue.
Cuando cerré la puerta quité las mantas de los espejos, que ella había cubierto cuando llegó, y me tendí sobre mi cama que se había quedado anhelante, esperando disfrutar de la fiesta del día. Ella (mi cama) nunca supo que hay días en que los lunes parecen martes, o miércoles, no sé, y que más me valiera quedarme sentadito en el piso de la sala, tomándome un tequila y leyendo un buen poema de Bukowski.
Hay días, sin duda...
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jueves, febrero 11, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
QUEMÓ LAS FOTOS
José I. Delgado Bahena
Jose_delgado9@hotmail.com
www.poemofheart.blospot.com
Daniel dibuja y escribe, relata su vida, deambula por las calles y sueña.
Hace poco, hará un año, tuvo un amor que le marcó su existencia. Él dice que es cosa del pasado, pero en un descuido confiesa que en su corazón aún ronda la sombra de los días vividos en la feliz compañía de unas manos cálidas y una boca ardiente.
Sabe que será muy difícil deshacerse del embrujo de los ojos que le hechizaron el alma, pero cree tener el remedio y dice que pronto podrá resolver este conflicto sentimental que le hace vagar por las calles, vendiendo sus dibujos y contando su historia para sobrevivir a la inutilidad de un amor no correspondido.
—Mira —me dice—, aquí tengo la solución.
Y me muestra su cartera con un brillo parpadeante en sus ojos.
No entiendo por qué lo hace, pero él sí. Le oigo murmurar y sólo alcanzo a descifrar algo como: "vicios" y "rencores".
Agrega que, para él, ser pareja de alguien es ser parejo en todo: en amor, fidelidad, buen trato, y hasta en los gastos, y sentencia con un tono de amargura que le raspa la garganta: “cuando esto falla no hay correspondencia y la balanza se inclina fácilmente a favor de quien vive, como parásito, a expensas de la relación”.
Hace frío. Con este pretexto enciende un cigarrillo y, en un arrebato, abre su cartera extrayendo dos fotografías de la persona a quien finge ya no querer y comienza a quemarlas. Una por una las convierte en cenizas. Alcanzo a descubrir algunos rasgos del cabello, de los ojos y la boca.
Vuelvo mi vista al rostro de Daniel y observo que, mientras me regala una falsa sonrisa, deja correr una lágrima de su ojo izquierdo que resbala por su mejilla y con su lengua la lleva a su boca.
—¿Sabes? —dice con voz temblorosa—, me duele, pero siento una liberación que me llena de vida y de fuerzas para salir del agujero en el que vivía con esta desilusión.
No comento nada. Sólo observo.
—Mira —agrega—: con esto sé que volveré a quererme otra vez y a recuperar mi dignidad que estaba extraviada. Porque, ¿cuántos hay, como yo, que se olvidan de sí mismos por consagrarse a la otra persona y no se dan cuenta de que sólo los utilizan para sentirse queridos, aceptados… y exigen las mil atenciones, pero con tanto egoísmo que les impide corresponder de la misma forma? Por eso, aunque ya había quemado las cartas —continuó, deteniendo su mirada en los restos de papel quemado que el viento mueve junto a sus zapatos— sabía que necesitaba hacer lo mismo con estas porquerías.
No contesté. Me limité a cerrar los ojos y, en una reacción de cobardía absoluta, cerré la conversación. Le pregunté sobre el costo de uno de sus dibujos, le pagué y me fui, dejándolo con un trozo de fotografía quemado jugueteando entre los dedos.
Nunca supo, porque no le dije, que no basta con quemar las fotos y las cartas, que eso ya lo hemos hecho los que nos dejamos esclavizar por un amor enfermizo, y que para liberarse realmente, es necesario quemar, además de todos los recuerdos, el corazón y el alma.
QUEMÓ LAS FOTOS
José I. Delgado Bahena
Jose_delgado9@hotmail.com
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Daniel dibuja y escribe, relata su vida, deambula por las calles y sueña.
Hace poco, hará un año, tuvo un amor que le marcó su existencia. Él dice que es cosa del pasado, pero en un descuido confiesa que en su corazón aún ronda la sombra de los días vividos en la feliz compañía de unas manos cálidas y una boca ardiente.
Sabe que será muy difícil deshacerse del embrujo de los ojos que le hechizaron el alma, pero cree tener el remedio y dice que pronto podrá resolver este conflicto sentimental que le hace vagar por las calles, vendiendo sus dibujos y contando su historia para sobrevivir a la inutilidad de un amor no correspondido.
—Mira —me dice—, aquí tengo la solución.
Y me muestra su cartera con un brillo parpadeante en sus ojos.
No entiendo por qué lo hace, pero él sí. Le oigo murmurar y sólo alcanzo a descifrar algo como: "vicios" y "rencores".
Agrega que, para él, ser pareja de alguien es ser parejo en todo: en amor, fidelidad, buen trato, y hasta en los gastos, y sentencia con un tono de amargura que le raspa la garganta: “cuando esto falla no hay correspondencia y la balanza se inclina fácilmente a favor de quien vive, como parásito, a expensas de la relación”.
Hace frío. Con este pretexto enciende un cigarrillo y, en un arrebato, abre su cartera extrayendo dos fotografías de la persona a quien finge ya no querer y comienza a quemarlas. Una por una las convierte en cenizas. Alcanzo a descubrir algunos rasgos del cabello, de los ojos y la boca.
Vuelvo mi vista al rostro de Daniel y observo que, mientras me regala una falsa sonrisa, deja correr una lágrima de su ojo izquierdo que resbala por su mejilla y con su lengua la lleva a su boca.
—¿Sabes? —dice con voz temblorosa—, me duele, pero siento una liberación que me llena de vida y de fuerzas para salir del agujero en el que vivía con esta desilusión.
No comento nada. Sólo observo.
—Mira —agrega—: con esto sé que volveré a quererme otra vez y a recuperar mi dignidad que estaba extraviada. Porque, ¿cuántos hay, como yo, que se olvidan de sí mismos por consagrarse a la otra persona y no se dan cuenta de que sólo los utilizan para sentirse queridos, aceptados… y exigen las mil atenciones, pero con tanto egoísmo que les impide corresponder de la misma forma? Por eso, aunque ya había quemado las cartas —continuó, deteniendo su mirada en los restos de papel quemado que el viento mueve junto a sus zapatos— sabía que necesitaba hacer lo mismo con estas porquerías.
No contesté. Me limité a cerrar los ojos y, en una reacción de cobardía absoluta, cerré la conversación. Le pregunté sobre el costo de uno de sus dibujos, le pagué y me fui, dejándolo con un trozo de fotografía quemado jugueteando entre los dedos.
Nunca supo, porque no le dije, que no basta con quemar las fotos y las cartas, que eso ya lo hemos hecho los que nos dejamos esclavizar por un amor enfermizo, y que para liberarse realmente, es necesario quemar, además de todos los recuerdos, el corazón y el alma.
jueves, febrero 04, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
MANUAL PARA PERVERSOS
“SABÍA SU JUEGO”
José I. Delgado Bahena
“Te prometo que esta noche será inolvidable para ti y la recordarás por el resto de tu vida”, me dijo, la muy perra, entrecerrando los ojos y pasando la humedad de su lengua alrededor de sus labios.
Jamás imaginé que sus palabras se convertirían en una maldita profecía y que su sentencia se cumpliría en cada una de sus letras: “la recordarás por el resto de tu vida…” repitió sonriendo mientras se desnudaba y me miraba a los ojos con los negros rayos de los suyos.
Definitivamente, me dije en ese momento, esta hembra es la que estuve buscando siempre: perversa y frágil, santa y pecadora, hambrienta y plena.
¿Cuántas habían pasado por mi cama? El número es lo de menos. Todas aceptaban mi invitación a comer para “arreglar su asunto”, les decía. Todas, hasta ésta. Bueno, algunas se bañaron de dignidad y allá siguen, en sus pueblitos, por santas; otras buscaron otros medios y ya las veo por acá, por la ciudad.
Pero… ¿cómo comenzó todo? No sé, sólo sé que pronto terminará… Además, la culpa es de mi compadre que me dijo: “Te voy a hacer jefe y entonces sabrás lo que es tener viejas, montones de viejas compadrito…”
Y yo, de creído, a todas las que llegaban pidiendo apoyo les salía con la misma cantaleta de la comida. Hasta ésta, me acuerdo…
“Profe, por favor ayúdeme, necesito estar cerca de la ciudad para recibir atención médica”, me dijo casi llorando. Y bueno, todas hacen el drama y ponen cualquier pretexto para no estar en la comunidad donde se requieren sus servicios. Y aceptó, la perrísima, sabía su cuento, sabía el desenlace, el suyo, por eso aceptó.
“Te va a gustar tanto que me llevarás en la sangre por siempre”, repetía. Y yo, por la emoción, cerré los ojos y no vi la sombra que acompañó el tono de sus palabras.
Con razón insistió tanto, hasta que me convenció, en que no usáramos condón “para que los disfrutes más”, sentenció. Sabía su juego.
Todavía nos vimos un par de veces más, recuerdo, después de que le hice el trámite para su cambio de adscripción. Las dos veces en las mismas condiciones: buena comida, vino tinto, hotel de lujo, y sin condón… Sabía su juego.
Después, ya enganchado, la buscaba y se negaba; ponía mil pretextos, y el más usado, el que me hizo sospechar, era el de su salida a la capital, para sus citas médicas.
“Necesito estar cerca de la ciudad para recibir atención médica…”, me dijo cuando me visitó en la oficina. De manera que era cierto.
La dejé de buscar y le perdí la pista… hasta ayer, que me invitaron a su sepelio.
Murió, la desgraciada, y la noticia me quemó los intestinos: murió de ¡Sida!
Por eso, lo primero que hice hoy fue correr al laboratorio a realizarme la primera prueba del VIH. Hace un rato me dieron los resultados: positivos…
Tuvo razón: la recordaré hasta el último día de mi vida. No necesito más pruebas: sabía bien lo que hacía. Se la cobraré cuando nos encontremos en el infierno. La perra, sabía su juego, me contagió a propósito. No tengo dudas.
Ahora sólo me queda la desesperación y una duda: ¿cómo le digo a mi vieja para que ella también se haga el estudio?
jose_delgado9@hotmail.com
www.poemofheart.blogspot.com
“SABÍA SU JUEGO”
José I. Delgado Bahena
“Te prometo que esta noche será inolvidable para ti y la recordarás por el resto de tu vida”, me dijo, la muy perra, entrecerrando los ojos y pasando la humedad de su lengua alrededor de sus labios.
Jamás imaginé que sus palabras se convertirían en una maldita profecía y que su sentencia se cumpliría en cada una de sus letras: “la recordarás por el resto de tu vida…” repitió sonriendo mientras se desnudaba y me miraba a los ojos con los negros rayos de los suyos.
Definitivamente, me dije en ese momento, esta hembra es la que estuve buscando siempre: perversa y frágil, santa y pecadora, hambrienta y plena.
¿Cuántas habían pasado por mi cama? El número es lo de menos. Todas aceptaban mi invitación a comer para “arreglar su asunto”, les decía. Todas, hasta ésta. Bueno, algunas se bañaron de dignidad y allá siguen, en sus pueblitos, por santas; otras buscaron otros medios y ya las veo por acá, por la ciudad.
Pero… ¿cómo comenzó todo? No sé, sólo sé que pronto terminará… Además, la culpa es de mi compadre que me dijo: “Te voy a hacer jefe y entonces sabrás lo que es tener viejas, montones de viejas compadrito…”
Y yo, de creído, a todas las que llegaban pidiendo apoyo les salía con la misma cantaleta de la comida. Hasta ésta, me acuerdo…
“Profe, por favor ayúdeme, necesito estar cerca de la ciudad para recibir atención médica”, me dijo casi llorando. Y bueno, todas hacen el drama y ponen cualquier pretexto para no estar en la comunidad donde se requieren sus servicios. Y aceptó, la perrísima, sabía su cuento, sabía el desenlace, el suyo, por eso aceptó.
“Te va a gustar tanto que me llevarás en la sangre por siempre”, repetía. Y yo, por la emoción, cerré los ojos y no vi la sombra que acompañó el tono de sus palabras.
Con razón insistió tanto, hasta que me convenció, en que no usáramos condón “para que los disfrutes más”, sentenció. Sabía su juego.
Todavía nos vimos un par de veces más, recuerdo, después de que le hice el trámite para su cambio de adscripción. Las dos veces en las mismas condiciones: buena comida, vino tinto, hotel de lujo, y sin condón… Sabía su juego.
Después, ya enganchado, la buscaba y se negaba; ponía mil pretextos, y el más usado, el que me hizo sospechar, era el de su salida a la capital, para sus citas médicas.
“Necesito estar cerca de la ciudad para recibir atención médica…”, me dijo cuando me visitó en la oficina. De manera que era cierto.
La dejé de buscar y le perdí la pista… hasta ayer, que me invitaron a su sepelio.
Murió, la desgraciada, y la noticia me quemó los intestinos: murió de ¡Sida!
Por eso, lo primero que hice hoy fue correr al laboratorio a realizarme la primera prueba del VIH. Hace un rato me dieron los resultados: positivos…
Tuvo razón: la recordaré hasta el último día de mi vida. No necesito más pruebas: sabía bien lo que hacía. Se la cobraré cuando nos encontremos en el infierno. La perra, sabía su juego, me contagió a propósito. No tengo dudas.
Ahora sólo me queda la desesperación y una duda: ¿cómo le digo a mi vieja para que ella también se haga el estudio?
jose_delgado9@hotmail.com
www.poemofheart.blogspot.com
domingo, enero 31, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
¡VAYA SUSTO!
José I. Delgado Bahena
Hace veintitrés años que trabajo como taxista, además de maestro −ni modo, es lo que hacemos muchos maestros en la búsqueda de más ingresos para sostener a nuestras familias−, siempre en la misma organización de Taxistas Unidos Plan de Iguala, “TUPI”.
Todos, como taxistas o como cualquier otro ciudadano, andamos siempre alertas por el clima de inseguridad que se vive en muchas partes del país. Por eso, con frecuencia desconfiamos de algunos clientes cuando, en la calle, nos piden el servicio y por su aspecto nos hacen sospechar que podrían ser asaltantes, y mejor no los subimos.
Sin embargo, cierto día, en el mes de mayo, época de intensos calores en Iguala y que, además, aún no completaba para pagar lo de la cuenta al dueño del taxi, siendo cerca de las once de la noche, en la esquina de una de las calles del centro de la ciudad, tres individuos me hicieron la señal de que me detuviera. Lo hice y antes de que subieran les pregunté a dónde querían que los llevara. Uno de ellos, el que parecía de mayor edad: como de cuarenta años (los otros aparentaban entre veinte y treinta), me dijo que al Fovissste, una colonia que está por la salida hacia Taxco.
Abrí la puerta y subieron. Dos atrás y el otro adelante, conmigo. De inmediato advertí que iban con aliento alcohólico. Como ya no podía bajarlos, tuve que arriesgarme y arranqué hacia donde me habían indicado.
Ya en el camino, los de atrás discutían en voz baja por algo que yo no alcanzaba a oír y el de adelante inmediatamente subió el vidrio de su ventanilla, a pesar del calor, y cada vez que pasábamos cerca de alguna lámpara, volteaba la cara como queriendo ocultarla.
Si de por sí, como ya dije, siempre andamos con los nervios de punta, con esas actitudes mi corazón saltaba dentro de mi pecho como un conejo encerrado en un elevador.
Para sentirme un poco protegido y, además, como parte de la obligación que todos los taxistas tenemos con la Organización, me reporté por el radio indicando el destino de mi viaje, informando, también, con la clave que todos conocemos, la calidad de sospechosos que llevaba como clientes, para que estuvieran al pendiente. El de adelante me preguntó que por qué lo hacía y le contesté que de no hacerlo me arriesgaba a que me multaran, como parte de las sanciones que habíamos acordado en una asamblea del gremio.
No dijo más, se limitó a expresar un sonido gutural como ¡mj! Entonces, uno de los de atrás, viendo que estábamos a punto de llegar, sugirió que mejor nos siguiéramos hasta un poblado conocido como "Puente González", en la orilla de la ciudad. El de adelante dijo que sí, que nos siguiéramos, pero, como a veinte metros, dijo que mejor nos desviáramos sobre un camino de terracería que estaba adelante.
Mientras tanto, yo trataba de comunicarme con la base que coordina el servicio o con algunos de los compañeros taxistas, sin lograrlo: los canales estaban ocupados y por más que lo intentaba no podía hacerlo. De cualquier manera yo enviaba mensajes ficticios, esperando que los individuos entendieran que no iba solo.
Debo confesar que, a esas alturas, ya no tenía dudas sobre las intenciones de los hombres y el miedo que yo sentía me dio el valor para tomar una decisión. Antes de llegar a la desviación que me había indicado el de adelante, pasamos por un terreno en el que habían construido dos o tres casitas y, afuera de ellas, se veían dos señoras y un anciano. Detuve el carro justo junto a esas tres personas y como si se hubieran puesto de acuerdo, mis tres pasajeros voltearon sus caras ocultándose y, al mismo tiempo, preguntándome el por qué me detenía.
Les dije que no podía ir más adelante porque me había desviado de mi ruta original: la que había informado a los de la base y que, si seguía, podrían suspenderme de mis derechos hasta por una año. Todavía protestaron, pero al verme firme en la decisión y yo, armado con el valor que me regalaban las dos mujeres y el hombre de edad avanzada, que se encontraban en la calle observando todo, les dije que, por favor, bajaran y me pagaran el servicio.
Uno de ellos, de los de atrás, agregó algo como: "Los siento por las viejas". Yo entendí que se refería a las mujeres paradas cerca del taxi, pero el que iba adelante, ya abajo, les dijo: "Ni modo güeyes, ora no se les hizo a sus viejas". El otro, que venía atrás, concluyó: "¿Ya qué?, siquiera vámonos a La curva a ver a la Malena".
El que iba adelante me pagó, cerré la puerta y me di la vuelta para regresar a la ciudad en donde había dejado mi alma tirada en el pavimento. En ese momento me acordé del pobre conejo y lo dejé salir del elevador.
José I. Delgado Bahena
Hace veintitrés años que trabajo como taxista, además de maestro −ni modo, es lo que hacemos muchos maestros en la búsqueda de más ingresos para sostener a nuestras familias−, siempre en la misma organización de Taxistas Unidos Plan de Iguala, “TUPI”.
Todos, como taxistas o como cualquier otro ciudadano, andamos siempre alertas por el clima de inseguridad que se vive en muchas partes del país. Por eso, con frecuencia desconfiamos de algunos clientes cuando, en la calle, nos piden el servicio y por su aspecto nos hacen sospechar que podrían ser asaltantes, y mejor no los subimos.
Sin embargo, cierto día, en el mes de mayo, época de intensos calores en Iguala y que, además, aún no completaba para pagar lo de la cuenta al dueño del taxi, siendo cerca de las once de la noche, en la esquina de una de las calles del centro de la ciudad, tres individuos me hicieron la señal de que me detuviera. Lo hice y antes de que subieran les pregunté a dónde querían que los llevara. Uno de ellos, el que parecía de mayor edad: como de cuarenta años (los otros aparentaban entre veinte y treinta), me dijo que al Fovissste, una colonia que está por la salida hacia Taxco.
Abrí la puerta y subieron. Dos atrás y el otro adelante, conmigo. De inmediato advertí que iban con aliento alcohólico. Como ya no podía bajarlos, tuve que arriesgarme y arranqué hacia donde me habían indicado.
Ya en el camino, los de atrás discutían en voz baja por algo que yo no alcanzaba a oír y el de adelante inmediatamente subió el vidrio de su ventanilla, a pesar del calor, y cada vez que pasábamos cerca de alguna lámpara, volteaba la cara como queriendo ocultarla.
Si de por sí, como ya dije, siempre andamos con los nervios de punta, con esas actitudes mi corazón saltaba dentro de mi pecho como un conejo encerrado en un elevador.
Para sentirme un poco protegido y, además, como parte de la obligación que todos los taxistas tenemos con la Organización, me reporté por el radio indicando el destino de mi viaje, informando, también, con la clave que todos conocemos, la calidad de sospechosos que llevaba como clientes, para que estuvieran al pendiente. El de adelante me preguntó que por qué lo hacía y le contesté que de no hacerlo me arriesgaba a que me multaran, como parte de las sanciones que habíamos acordado en una asamblea del gremio.
No dijo más, se limitó a expresar un sonido gutural como ¡mj! Entonces, uno de los de atrás, viendo que estábamos a punto de llegar, sugirió que mejor nos siguiéramos hasta un poblado conocido como "Puente González", en la orilla de la ciudad. El de adelante dijo que sí, que nos siguiéramos, pero, como a veinte metros, dijo que mejor nos desviáramos sobre un camino de terracería que estaba adelante.
Mientras tanto, yo trataba de comunicarme con la base que coordina el servicio o con algunos de los compañeros taxistas, sin lograrlo: los canales estaban ocupados y por más que lo intentaba no podía hacerlo. De cualquier manera yo enviaba mensajes ficticios, esperando que los individuos entendieran que no iba solo.
Debo confesar que, a esas alturas, ya no tenía dudas sobre las intenciones de los hombres y el miedo que yo sentía me dio el valor para tomar una decisión. Antes de llegar a la desviación que me había indicado el de adelante, pasamos por un terreno en el que habían construido dos o tres casitas y, afuera de ellas, se veían dos señoras y un anciano. Detuve el carro justo junto a esas tres personas y como si se hubieran puesto de acuerdo, mis tres pasajeros voltearon sus caras ocultándose y, al mismo tiempo, preguntándome el por qué me detenía.
Les dije que no podía ir más adelante porque me había desviado de mi ruta original: la que había informado a los de la base y que, si seguía, podrían suspenderme de mis derechos hasta por una año. Todavía protestaron, pero al verme firme en la decisión y yo, armado con el valor que me regalaban las dos mujeres y el hombre de edad avanzada, que se encontraban en la calle observando todo, les dije que, por favor, bajaran y me pagaran el servicio.
Uno de ellos, de los de atrás, agregó algo como: "Los siento por las viejas". Yo entendí que se refería a las mujeres paradas cerca del taxi, pero el que iba adelante, ya abajo, les dijo: "Ni modo güeyes, ora no se les hizo a sus viejas". El otro, que venía atrás, concluyó: "¿Ya qué?, siquiera vámonos a La curva a ver a la Malena".
El que iba adelante me pagó, cerré la puerta y me di la vuelta para regresar a la ciudad en donde había dejado mi alma tirada en el pavimento. En ese momento me acordé del pobre conejo y lo dejé salir del elevador.
jueves, enero 21, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
ANILLO DE BODAS
José I. Delgado Bahena
—Por cierto —le dijo—, ayer descubrí que te quiero.
—¡Cómo! —exclamó Sergio—, pensé que desde hace tres años me lo habías dicho...
—Claro, te lo había dicho, pero no era cierto. Sin embargo, ahora ten la seguridad de que es sincero. Te quiero y deseo que nunca nos separemos —dijo Sara.
—Entonces, ¿ahora debo aceptar que sí me quieres y, al mismo tiempo, que durante más de mil días viví en el engaño? ¿Y cómo fue que descubriste que me querías?
—Fue muy fácil —contestó Sara, con una leve sonrisa y entrecerrando los ojos—: ayer, cuando me llamaste por teléfono para anunciarme que volvías, yo tenía una cita con Fer, Fernando, tu amigo, y de inmediato le llamé para cancelarla porque mis manos sudaban y mi corazón palpitaba más rápido; además, corrí al espejo para ver si estaba bonita.
—Ah, ¿y si no hubiera llamado?
—También es muy fácil: habría salido con él.
—Pero es horrible...
—¿Por qué? ¿Prefieres que te mienta y te diga que durante tu viaje estuve triste, sin salir y pensando sólo en ti?
—No. No lo digo por ti.
—¿Entonces? —preguntó Sara abriendo mucho los ojos, esos ojos grises que Sergio había adorado desde que se conocieron.
—Lo siento por mí…
—¿Por qué por ti?
—Porque siempre he creído en la fidelidad y cuando me fui te dije que iba a reflexionar sobre lo nuestro, ¿recuerdas?
—Sí, por supuesto. Pensé que porque querías que nos reconciliáramos.
—No. En realidad quise pensar cómo decirte que amo a otra persona, para no engañarle ni seguir mintiéndote. Pero ahora ya no tiene caso.
—¿Porque te dije que te quiero piensas que debemos seguir juntos?
—No.
—¿Entonces…?
—Lo digo por mí y… por la otra persona. Tú, en realidad, ya no me interesas.
—Pero… ¿de qué se trata? No entiendo.
—No es necesario que lo entiendas —dijo Sergio, ahora con un nudo en la garganta al mismo tiempo que unía sus manos enlazando los dedos para no mostrar que temblaba.
—Si es por Fernando, no te preocupes, no pienso volver a verlo.
—No es necesario que te sacrifiques, yo tampoco pienso volver a verlo…
—Bueno, al menos dime quién es ella.
—No me escuchas, ¿verdad?
—¿Por qué lo dices?
—Dije que tampoco pienso volver a ver a Fer-nan-do.
—¿Por qué lo dices?
—¡Chingá, haz otra pregunta!
—No grites, es que no entiendo —suplicó Sara, un poco asustada por la reacción de Sergio.
—¿Es que no te das cuenta? Creí que Fernando y yo nos amábamos, pero supongo que me buscó sólo para poder acercarse a ti…—su voz temblaba y un par de lágrimas escurrieron por sus mejillas.
—No llores. Estoy muy confundida. ¿De manera que tú y Fer…?
—No lo digas. No tiene caso. Me voy, te dejo con él.
—¡No! ¡No te vayas, te amo! Fernando no me interesa.
—Ahora soy yo el que no entiende. Cuando nos casamos creí que amabas al hombre que yo era y ahora me confiesas que no era así; te digo que amo a un hombre…y me pides que me quede –murmuró Sergio con la mirada con la mirada incrustada en el piso.
—Sí. Sólo dime que un día me quisiste y con ese pedacito de cielo nos cubriremos de esta nostalgia mientras nos llueve el arrepentimiento –dijo Sara con voz tenue y acariciando el cabello de Sergio.
—No sé qué pensar… y no sé si lo supere –se lamentó él.
—No pienses. Sólo espera. Mañana será otro día.
—Sí, mañana… —le dijo, mientras sacaba de su bolsillo derecho el anillo de bodas, que se había quitado antes de entrar a la casa, y, disimuladamente, se lo colocaba otra vez en el dedo del que nunca, pero nunca, debió haber salido.
José I. Delgado Bahena
—Por cierto —le dijo—, ayer descubrí que te quiero.
—¡Cómo! —exclamó Sergio—, pensé que desde hace tres años me lo habías dicho...
—Claro, te lo había dicho, pero no era cierto. Sin embargo, ahora ten la seguridad de que es sincero. Te quiero y deseo que nunca nos separemos —dijo Sara.
—Entonces, ¿ahora debo aceptar que sí me quieres y, al mismo tiempo, que durante más de mil días viví en el engaño? ¿Y cómo fue que descubriste que me querías?
—Fue muy fácil —contestó Sara, con una leve sonrisa y entrecerrando los ojos—: ayer, cuando me llamaste por teléfono para anunciarme que volvías, yo tenía una cita con Fer, Fernando, tu amigo, y de inmediato le llamé para cancelarla porque mis manos sudaban y mi corazón palpitaba más rápido; además, corrí al espejo para ver si estaba bonita.
—Ah, ¿y si no hubiera llamado?
—También es muy fácil: habría salido con él.
—Pero es horrible...
—¿Por qué? ¿Prefieres que te mienta y te diga que durante tu viaje estuve triste, sin salir y pensando sólo en ti?
—No. No lo digo por ti.
—¿Entonces? —preguntó Sara abriendo mucho los ojos, esos ojos grises que Sergio había adorado desde que se conocieron.
—Lo siento por mí…
—¿Por qué por ti?
—Porque siempre he creído en la fidelidad y cuando me fui te dije que iba a reflexionar sobre lo nuestro, ¿recuerdas?
—Sí, por supuesto. Pensé que porque querías que nos reconciliáramos.
—No. En realidad quise pensar cómo decirte que amo a otra persona, para no engañarle ni seguir mintiéndote. Pero ahora ya no tiene caso.
—¿Porque te dije que te quiero piensas que debemos seguir juntos?
—No.
—¿Entonces…?
—Lo digo por mí y… por la otra persona. Tú, en realidad, ya no me interesas.
—Pero… ¿de qué se trata? No entiendo.
—No es necesario que lo entiendas —dijo Sergio, ahora con un nudo en la garganta al mismo tiempo que unía sus manos enlazando los dedos para no mostrar que temblaba.
—Si es por Fernando, no te preocupes, no pienso volver a verlo.
—No es necesario que te sacrifiques, yo tampoco pienso volver a verlo…
—Bueno, al menos dime quién es ella.
—No me escuchas, ¿verdad?
—¿Por qué lo dices?
—Dije que tampoco pienso volver a ver a Fer-nan-do.
—¿Por qué lo dices?
—¡Chingá, haz otra pregunta!
—No grites, es que no entiendo —suplicó Sara, un poco asustada por la reacción de Sergio.
—¿Es que no te das cuenta? Creí que Fernando y yo nos amábamos, pero supongo que me buscó sólo para poder acercarse a ti…—su voz temblaba y un par de lágrimas escurrieron por sus mejillas.
—No llores. Estoy muy confundida. ¿De manera que tú y Fer…?
—No lo digas. No tiene caso. Me voy, te dejo con él.
—¡No! ¡No te vayas, te amo! Fernando no me interesa.
—Ahora soy yo el que no entiende. Cuando nos casamos creí que amabas al hombre que yo era y ahora me confiesas que no era así; te digo que amo a un hombre…y me pides que me quede –murmuró Sergio con la mirada con la mirada incrustada en el piso.
—Sí. Sólo dime que un día me quisiste y con ese pedacito de cielo nos cubriremos de esta nostalgia mientras nos llueve el arrepentimiento –dijo Sara con voz tenue y acariciando el cabello de Sergio.
—No sé qué pensar… y no sé si lo supere –se lamentó él.
—No pienses. Sólo espera. Mañana será otro día.
—Sí, mañana… —le dijo, mientras sacaba de su bolsillo derecho el anillo de bodas, que se había quitado antes de entrar a la casa, y, disimuladamente, se lo colocaba otra vez en el dedo del que nunca, pero nunca, debió haber salido.
domingo, enero 17, 2010
viernes, enero 15, 2010
MANUAL PARA PERVERSOS
¿CON QUIÉN VIVES?
José I. Delgado Bahena
Hace tres días, Macrina aún vivía con el “Pique”. Hoy, sentada en el banco de cemento de la celda del centro de readaptación en la que la han recluido, con la mirada fija en el piso destruido y con las manos apretadas entre sus piernas sudorosas, piensa y se pregunta mil veces si lo volvería a hacer y su respuesta es la misma las mil veces: no sólo lo haría otra vez, sino que trataría de matarlo con otras maneras, “para que sufriera más antes de que estirara las patas, el desgraciado”.
“Aquí estuvo la Matrona”, se lee en una de las paredes en la que ahora detiene su mirada para reconocer las sombras que le acompañarán durante catorce años, o siete, según sus cuentas, si mantiene buena conducta. Decidida, enciende el único cigarro que le permitieron las celadoras como atención por haberles “obsequiado” la cajetilla que Esteban, su hijo, le diera al visitarla esa mañana.
Ahora llora y le da la última chupada al resto del cigarro. “Pinche Esteban…”, piensa, “¿para qué te saliste de la escuela, cabrón?”
Todo fue muy rápido.
El “Pique” era su hombre, el de esos días, su padrote, pues, el que la cuidaba cuando salía del centro nocturno donde trabajaba todas noches y se quedaba a dormir con ella en el único camastro con el que contaban en su humilde vivienda que rentaba por seiscientos pesos para ella y su chamaco, Esteban, de quince años que estudiaba la secundaria.
Aquel día, el “Pique” la envió a la casa de un “amigo” a entretenerlo, porque, según él, le debía un “parote”. Era de tarde. Macrina salió confiada en busca del amigo del “Pique”; pero no lo encontró y lo que sí halló y vio con ojos desorbitados, al regresar a su casa, fue a su chamaco, Esteban, perdido de borracho, semidesnudo sobre la colchoneta que se tiraba en el piso para dormir en un rincón de la habitación y, sobre él, al “Pique”, haciéndole caricias obscenas y pervertidas.
Al “Pique” lo conoció dos meses antes en el mismo lugar donde trabajaba.
− ¿Qué pasó chula? −le preguntó.
−Nada −contestó ella.
− ¿Con quién vives? −indagó él.
−Hasta hoy con nadie, pero creo que me animaré contigo −respondió ella, sonriendo.
Desde entonces, él la llevaba y la esperaba para regresar juntos en un taxi. Él administraba los ingresos de sus “fichas” y de las comisiones por las bailadas. Él le daba una cantidad para que le pusiera unas monedas a Esteban en su mochila de la escuela. Él dirigía su vida y ahora lo veía abusando de la inconsciencia de su adolescente hijo.
Sobre la única mesa de madera que servía de comedor había cuatro botellas de cerveza vacías que, evidentemente, las habían consumido ellos. No supo cómo, pero la furia se apoderó de Macrina y con la fuerza y agilidad que no se conocía, tomó una, la rompió golpeándola sobre el piso y con el filo de la parte que le quedó en su puño, atacó el cuello del “Pique”, que no se había percatado de la llegada de ella, y un chorro de sangre cayó sobre el cuerpo desnudo de Esteban.
Ella misma salió en busca de la policía después de echarle una cubeta de agua a Esteban para despertarlo y hacer que se limpiara el cuerpo de la sangre del “Pique”.
José I. Delgado Bahena
Hace tres días, Macrina aún vivía con el “Pique”. Hoy, sentada en el banco de cemento de la celda del centro de readaptación en la que la han recluido, con la mirada fija en el piso destruido y con las manos apretadas entre sus piernas sudorosas, piensa y se pregunta mil veces si lo volvería a hacer y su respuesta es la misma las mil veces: no sólo lo haría otra vez, sino que trataría de matarlo con otras maneras, “para que sufriera más antes de que estirara las patas, el desgraciado”.
“Aquí estuvo la Matrona”, se lee en una de las paredes en la que ahora detiene su mirada para reconocer las sombras que le acompañarán durante catorce años, o siete, según sus cuentas, si mantiene buena conducta. Decidida, enciende el único cigarro que le permitieron las celadoras como atención por haberles “obsequiado” la cajetilla que Esteban, su hijo, le diera al visitarla esa mañana.
Ahora llora y le da la última chupada al resto del cigarro. “Pinche Esteban…”, piensa, “¿para qué te saliste de la escuela, cabrón?”
Todo fue muy rápido.
El “Pique” era su hombre, el de esos días, su padrote, pues, el que la cuidaba cuando salía del centro nocturno donde trabajaba todas noches y se quedaba a dormir con ella en el único camastro con el que contaban en su humilde vivienda que rentaba por seiscientos pesos para ella y su chamaco, Esteban, de quince años que estudiaba la secundaria.
Aquel día, el “Pique” la envió a la casa de un “amigo” a entretenerlo, porque, según él, le debía un “parote”. Era de tarde. Macrina salió confiada en busca del amigo del “Pique”; pero no lo encontró y lo que sí halló y vio con ojos desorbitados, al regresar a su casa, fue a su chamaco, Esteban, perdido de borracho, semidesnudo sobre la colchoneta que se tiraba en el piso para dormir en un rincón de la habitación y, sobre él, al “Pique”, haciéndole caricias obscenas y pervertidas.
Al “Pique” lo conoció dos meses antes en el mismo lugar donde trabajaba.
− ¿Qué pasó chula? −le preguntó.
−Nada −contestó ella.
− ¿Con quién vives? −indagó él.
−Hasta hoy con nadie, pero creo que me animaré contigo −respondió ella, sonriendo.
Desde entonces, él la llevaba y la esperaba para regresar juntos en un taxi. Él administraba los ingresos de sus “fichas” y de las comisiones por las bailadas. Él le daba una cantidad para que le pusiera unas monedas a Esteban en su mochila de la escuela. Él dirigía su vida y ahora lo veía abusando de la inconsciencia de su adolescente hijo.
Sobre la única mesa de madera que servía de comedor había cuatro botellas de cerveza vacías que, evidentemente, las habían consumido ellos. No supo cómo, pero la furia se apoderó de Macrina y con la fuerza y agilidad que no se conocía, tomó una, la rompió golpeándola sobre el piso y con el filo de la parte que le quedó en su puño, atacó el cuello del “Pique”, que no se había percatado de la llegada de ella, y un chorro de sangre cayó sobre el cuerpo desnudo de Esteban.
Ella misma salió en busca de la policía después de echarle una cubeta de agua a Esteban para despertarlo y hacer que se limpiara el cuerpo de la sangre del “Pique”.
lunes, diciembre 21, 2009
domingo, diciembre 20, 2009
MANUAL PARA PERVERSOS
HACER EL AMOR CON LOS CALCETINES PUESTOS
José I. Delgado Bahena
—Me parece ridículo que hagas el amor con los calcetines puestos —me dijo, recostada, boca abajo, en la orilla de la cama y jugueteando con uno de mis zapatos.
—¿Eso qué? —le grité desde la taza del baño, mientras descargaba la pesadez de mi estómago que no me había dejado en paz desde la mañana en que almorcé los huevos con tocino que me preparó Raquel.
—Nada. Sólo que tengo la impresión de que únicamente soy tu pasatiempo favorito.
—Por favor —le dije, saliendo del baño—, no empieces. Sabes bien cuales son las condiciones en todo esto, pero eso no quiere decir que no te quiera.
No dijo nada. Dejó mi zapato en paz, volteó su cabeza hacia el techo y descargó en el aplanado gris la desesperación que sentía por haber aceptado una relación, conmigo, que a todas luces no tenía futuro.
—Mira —agregué, sentándome en la orilla de la cama, y con ternura, la misma que siente un padre hacia su hija—, no sufras, sólo disfrútalo. No sabemos cuánto durará; tal vez en poco tiempo encuentres un novio que te lleve a vivir con él y yo siga con mi vida normal, aquí, en la casa.
─Eso es, precisamente, lo que me desespera de ti ─exclamó, incorporándose y sentándose sobre la cama─. Tienes más paciencia que un camarón en un estanque. Eso es lo que eres, ¿sabes? ¡Un camarón! No sé por qué fui tan boba y me dejé llevar por tus atenciones y tu cariño de padre viejo.
No dije nada. Terminé de vestirme y dejé que desahogara ese sentimiento con sus lágrimas y sus reproches. Al fin de cuentas no era la primera discusión que teníamos y siempre llegábamos a la misma conclusión: seguir igual y que el tiempo resolviera todo.
Como si leyera mi mente, y un poco más tranquila, me dijo:
─Creo que, como siempre, tienes razón. Tenemos que dejar que el tiempo decida por los dos. Incluso en lo otro: abriré más los ojos y no los cerraré ante otras posibilidades, digamos…de mi edad.
Me senté a un lado de ella, sequé sus lágrimas con las yemas de mis dedos, le tomé el rostro con mis dos manos y le di un beso. No respondió a la caricia pero en un impulso cálido me atrajo hacia ella y me abrazó con fuerza.
─Te amo, tonto ─dijo con ternura─. No me importa la diferencia de edad ni que estés casado con mi madre. Tal vez vi en ti al padre que me abandonó o al hermano mayor que no tuve, pero te amo. Sé que es una locura y que mi madre no se lo merece, pero…
─Calla, por favor ─le supliqué, apartándola de mí con suavidad para tomarle sus dos manos─, dejemos que las cosas sigan. A tus veinte años aún eres una niña y pronto te darás cuenta de que necesitas a alguien de tus mismos intereses, que viva a tu ritmo y que no te haga el amor con los calcetines puestos ─sonreí─. Me tengo que ir ─concluí poniéndome de pie y tomando mi cartera y mi celular─, Raquel no debe tardar en llegar y debo regresar al despacho. Nos vemos en la noche.
─Sí, nos vemos en la noche, “papá” ─dijo con sarcasmo.
Con una media sonrisa, me despedí de ella mientras frotaba su desnudo cuerpo con la humedad de la toalla que dejé sobre la cama, después de lavar los rastros de miel de nuestro amor prohibido.
José I. Delgado Bahena
—Me parece ridículo que hagas el amor con los calcetines puestos —me dijo, recostada, boca abajo, en la orilla de la cama y jugueteando con uno de mis zapatos.
—¿Eso qué? —le grité desde la taza del baño, mientras descargaba la pesadez de mi estómago que no me había dejado en paz desde la mañana en que almorcé los huevos con tocino que me preparó Raquel.
—Nada. Sólo que tengo la impresión de que únicamente soy tu pasatiempo favorito.
—Por favor —le dije, saliendo del baño—, no empieces. Sabes bien cuales son las condiciones en todo esto, pero eso no quiere decir que no te quiera.
No dijo nada. Dejó mi zapato en paz, volteó su cabeza hacia el techo y descargó en el aplanado gris la desesperación que sentía por haber aceptado una relación, conmigo, que a todas luces no tenía futuro.
—Mira —agregué, sentándome en la orilla de la cama, y con ternura, la misma que siente un padre hacia su hija—, no sufras, sólo disfrútalo. No sabemos cuánto durará; tal vez en poco tiempo encuentres un novio que te lleve a vivir con él y yo siga con mi vida normal, aquí, en la casa.
─Eso es, precisamente, lo que me desespera de ti ─exclamó, incorporándose y sentándose sobre la cama─. Tienes más paciencia que un camarón en un estanque. Eso es lo que eres, ¿sabes? ¡Un camarón! No sé por qué fui tan boba y me dejé llevar por tus atenciones y tu cariño de padre viejo.
No dije nada. Terminé de vestirme y dejé que desahogara ese sentimiento con sus lágrimas y sus reproches. Al fin de cuentas no era la primera discusión que teníamos y siempre llegábamos a la misma conclusión: seguir igual y que el tiempo resolviera todo.
Como si leyera mi mente, y un poco más tranquila, me dijo:
─Creo que, como siempre, tienes razón. Tenemos que dejar que el tiempo decida por los dos. Incluso en lo otro: abriré más los ojos y no los cerraré ante otras posibilidades, digamos…de mi edad.
Me senté a un lado de ella, sequé sus lágrimas con las yemas de mis dedos, le tomé el rostro con mis dos manos y le di un beso. No respondió a la caricia pero en un impulso cálido me atrajo hacia ella y me abrazó con fuerza.
─Te amo, tonto ─dijo con ternura─. No me importa la diferencia de edad ni que estés casado con mi madre. Tal vez vi en ti al padre que me abandonó o al hermano mayor que no tuve, pero te amo. Sé que es una locura y que mi madre no se lo merece, pero…
─Calla, por favor ─le supliqué, apartándola de mí con suavidad para tomarle sus dos manos─, dejemos que las cosas sigan. A tus veinte años aún eres una niña y pronto te darás cuenta de que necesitas a alguien de tus mismos intereses, que viva a tu ritmo y que no te haga el amor con los calcetines puestos ─sonreí─. Me tengo que ir ─concluí poniéndome de pie y tomando mi cartera y mi celular─, Raquel no debe tardar en llegar y debo regresar al despacho. Nos vemos en la noche.
─Sí, nos vemos en la noche, “papá” ─dijo con sarcasmo.
Con una media sonrisa, me despedí de ella mientras frotaba su desnudo cuerpo con la humedad de la toalla que dejé sobre la cama, después de lavar los rastros de miel de nuestro amor prohibido.
MANUAL PARA PERVERSOS
LA SOGA
José I. Delgado Bahena
El silencio de su cuarto se interrumpe de pronto con un leve, pero significativo, sollozo. Una lágrima, un grito ahogado en el nudo que amenaza con ahogar el último suspiro; después, nuevamente el silencio.
Cecilia clava su mirada en la soga que sostiene entre sus manos, se sienta sobre el piso y se recarga en la cama. Aún viste el uniforme de la escuela preparatoria en la que, hasta esa mañana, estudiaba el quinto semestre de bachillerato. Sus libros y cuadernos yacen en desorden sobre la mesa de estudio. La computadora está encendida. Un mensaje rebota sobre la pantalla.
Se recuesta sobre la loseta del piso y estira un brazo para alcanzar una bola de papel que estaba junto a una pata de su cama. La desdobla y logra ver el 10 enorme, rojo, que obtuvo en su examen de matemáticas. Todos se admiraron. Hasta Bety, su mejor amiga, la miró sorprendida cuando el profe entregó los resultados.
“¿Cómo le hiciste?”, le preguntó.
Una mueca gris se dibuja en su rostro. “¿Cómo le hice?”, expresa para sí misma, en voz baja, casi en silencio, con un nuevo suspiro y otra lágrima escurriendo por su mejilla derecha.
“Como hacemos todos los que nos avergüenza reconocer que no la hacemos para el estudio −se contesta−, pagando con cuerpomatic…”
Todos saben, pero nadie lo dice. En su escuela, el lobo de la corrupción ha mordido los límites y algunos maestros piden dinero, botellas, libros, y otros “favores” a cambio de aprobar su materia.
Cecilia no es la primera en aceptar ser amable con el profe, a cambio de ese diez que le hizo tomar la decisión y ahora le incendia el pecho y le derrite las entrañas.
Al salir de la escuela, pasó al mercado a comprar el lazo; llegando a casa, con los padres ausentes, se encerró en su cuarto; como pudo y con el rostro empapado por el sudor y por su llanto, hizo un nudo corredizo en una de las puntas y se sentó a llorar su desventura.
Con decisión, empujada por la sensación de movimiento que percibe en su vientre desde que recibió los resultados de laboratorio que le confirmaron su embarazo, sube a la silla que tenía junto a su cama, cuelga la soga de uno de los travesaños de madera que sostienen el techo de teja de su casa, la acomoda en su cuello y, con un leve puntapié, termina con aquella mala suerte que le orilló a entregarse a su maestro para no reprobar el examen final.
José I. Delgado Bahena
El silencio de su cuarto se interrumpe de pronto con un leve, pero significativo, sollozo. Una lágrima, un grito ahogado en el nudo que amenaza con ahogar el último suspiro; después, nuevamente el silencio.
Cecilia clava su mirada en la soga que sostiene entre sus manos, se sienta sobre el piso y se recarga en la cama. Aún viste el uniforme de la escuela preparatoria en la que, hasta esa mañana, estudiaba el quinto semestre de bachillerato. Sus libros y cuadernos yacen en desorden sobre la mesa de estudio. La computadora está encendida. Un mensaje rebota sobre la pantalla.
Se recuesta sobre la loseta del piso y estira un brazo para alcanzar una bola de papel que estaba junto a una pata de su cama. La desdobla y logra ver el 10 enorme, rojo, que obtuvo en su examen de matemáticas. Todos se admiraron. Hasta Bety, su mejor amiga, la miró sorprendida cuando el profe entregó los resultados.
“¿Cómo le hiciste?”, le preguntó.
Una mueca gris se dibuja en su rostro. “¿Cómo le hice?”, expresa para sí misma, en voz baja, casi en silencio, con un nuevo suspiro y otra lágrima escurriendo por su mejilla derecha.
“Como hacemos todos los que nos avergüenza reconocer que no la hacemos para el estudio −se contesta−, pagando con cuerpomatic…”
Todos saben, pero nadie lo dice. En su escuela, el lobo de la corrupción ha mordido los límites y algunos maestros piden dinero, botellas, libros, y otros “favores” a cambio de aprobar su materia.
Cecilia no es la primera en aceptar ser amable con el profe, a cambio de ese diez que le hizo tomar la decisión y ahora le incendia el pecho y le derrite las entrañas.
Al salir de la escuela, pasó al mercado a comprar el lazo; llegando a casa, con los padres ausentes, se encerró en su cuarto; como pudo y con el rostro empapado por el sudor y por su llanto, hizo un nudo corredizo en una de las puntas y se sentó a llorar su desventura.
Con decisión, empujada por la sensación de movimiento que percibe en su vientre desde que recibió los resultados de laboratorio que le confirmaron su embarazo, sube a la silla que tenía junto a su cama, cuelga la soga de uno de los travesaños de madera que sostienen el techo de teja de su casa, la acomoda en su cuello y, con un leve puntapié, termina con aquella mala suerte que le orilló a entregarse a su maestro para no reprobar el examen final.
viernes, diciembre 18, 2009
sábado, diciembre 12, 2009
MANUAL PARA PERVERSOS

LA PLANTA
José I. Delgado Bahena
Como cada viernes, deambulo por los únicos antros decentes que hay en esta ciudad hundida en el desierto de las costumbres. "Si tú piensas que me has roto la maceta,/ no te preocupes, ya me acostumbré a regarla./ Y ya te me estabas pasando de verde,/ mañana te secas, yo me consigo otra planta…", entona el grupo de moda en este lugar que elegí para disimular el miedo de regresar a casa como perro en barrio ajeno.
Es increíble: apenas ayer, jueves, conocí a Perla y rápido se me clavó hasta en las axilas. "Pero que sea desértica, desértica, ¡oh, sí!", siguen los chamacos tratando de convencerme de que los oiga. La mesera me trae la chela que le pedí y me regresa el sabor de Perla, el olor de Perla, la inmadurez de Perla. No cabe duda: era una perra inmadura pero era buena hembra. Si la hubiera conocido antes le habría regalado mi colección de películas de La Doña, o le habría pedido que me dejara hacerle un par de chamacos, bien macizos para que aguantaran los ganchos de la vida. "Así si la riego no, no me preocupo porque va estar muy bien;/ así si la riego no, ya no me apuro como la regué contigo".
Me late: Perla era la buena. Veinticuatro horas son un montón de minutos. Pues sí, ya es algo de tiempo y hasta sobran para reconocer que tenía lo suyo en el lugar preciso, como dice Sabines.
No sé ni qué hago aquí, oyendo los dobles sentidos de esta canción que entonan los chavos: "Y que un solo jardinero recoja el fruto/ no como tú que ya estabas recogida/ y si es que otro se anima/ pues buena suerte/ a ver si no se espina", tal vez porque quiero olvidar lo que hice en la mañana.
No cabe duda, ayer fue un día increíble: bueno y malo. Encontré en Perla, por fin, un lago dulce para refrescar mis penas, pero con el inconveniente de que era casada. Pero bueno, quién me manda meterme al cine solo, a ver el churro cursi y rudo, y sentarme cerca de ella, sola también, nomás porque se reía a carcajadas de las tonterías de los hermanos futbolistas. Luego, pues, si ella me dijo: “no te apures, él anda en sus viajes”. Nomás por eso la seguí, nomás por eso me metí entre sus muslos como lobo hambriento, nomás por eso se me cayó el teatrito de conquistador y terminé lamiendo el sudor salado que le escurría por el cuello en aquel cuartucho, del hotel barato al que fuimos, sin aire acondicionado o un ventilador, al menos. "Y te pareces tanto amor a una enredadera/ en cualquier tronco te atoras y le das vueltas/ con tus ramitas que se enredan donde quiera/ y entre tanto ramerío ya te apodamos la ramera".
Y también, nomás por eso se me ocurrió pedirle que me dejara quedarme en su casa, “al fin él anda en sus viajes”, le recordé. Y ella, la perra, con la misma carcajada del cine, aceptó. Pero no me aclaró qué tipo de viajes. Al rato llegó el marido, todo drogado –ni cómo hacerlo entrar en razón, ni cómo explicarle que su vieja me había dado entrada−, me insultó y fue a la cocina por un cuchillo; pero no imaginó que yo lo esperaba con mi “veintidós” y lo mandé al mejor de los viajes, al del más allá, por Perla, por esa hembra que bien valió los dos plomazos que le di a su güey, y el que le di a ella, aunque fuera, como dice la letra que cantan los chavos, sólo una ramera que se parece a una enredadera.
miércoles, noviembre 25, 2009
¿CUÁNDO VIENES A CASA?
¿Cuándo vienes a casa
a recoger los frutos de un cariño dormido,
a castigar la duda,
a lloviznar caminos?
¿Cuándo vienes a verme
con tus manos ansiosas,
con tu aroma de nardos,
con tu pecho encendido?
La tarde que te fuiste
me quedé sorprendido
rompiéndome las uñas
con mi anhelo encendido;
me quedé taciturno,
casi nube, casi llanto,
casi mar, casi río...
a recoger los frutos de un cariño dormido,
a castigar la duda,
a lloviznar caminos?
¿Cuándo vienes a verme
con tus manos ansiosas,
con tu aroma de nardos,
con tu pecho encendido?
La tarde que te fuiste
me quedé sorprendido
rompiéndome las uñas
con mi anhelo encendido;
me quedé taciturno,
casi nube, casi llanto,
casi mar, casi río...
miércoles, noviembre 11, 2009
NUEVA REVISTA DE SECTOR7
lunes, noviembre 09, 2009
CURVATURA
Hay un espejo en la orilla de mi alma
y en él reflejo la luz ciega de mi destino;
soy un cordero que mordió el hilo de tu esperanza
y perdonó catorce veces la neblina de tus días.
Ayer escupí sobre las aguas de tu pelo
y sembré mis pies en el único de tus recuerdos;
mi corazón se sumerge en el dolor de la noche,
en esta noche vacía en que no te tengo.
Si un día vuelves, otra vez,
a rasguñarme la vida,
seré un silencio apagado sobre la palma de tu mano
y me iré hacia la bruma,
como un suspiro evaporado que tiende sus alas
sobre el viento oxidado de tu amor casi extinto.
martes, octubre 06, 2009
REVISTA SECTOR7
LES COMPARTO LA PORTADA DE NUESTRA REVISTA SECTOR7, NO. 1
EN ELLA APARECE EL GRUPO PIROMANÍA, SON CHAVOS MUY TALENTOSOS QUE INTEGRAN UNA BANDA DE ROCK Y LLEVAN UNA GRAN PROYECCIÓN. LA REVISTA CONTIENE TEMAS DE INTERÉS GENERAL RELACIONADOS CON EL ARTE Y LA CULTURA. YA ESTÁ A LA VENTA EN LOS PUESTOS DE REVISTAS DE IGUALA.
viernes, septiembre 25, 2009
ME LASTIMAN TUS PALABRAS
NO TENGO FUERZAS PARA SER EL MISMO.
AYER CREÍ EN LA LUZ DE TU MIRADA
Y CRECIÓ EN MI PECHO LA FLOR DE LA ESPERANZA.
HOY NUEVAMENTE SE DILUYE TU IMAGEN EN LA OSCURIDAD DE TUS PALABRAS.
AÚN NO ES TIEMPO DE PROMETER NADA.
HAY UN TIEMPO DETENIDO
Y UNA MOSCA EN MI VENTANA.
AQUEL DOLOR AÚN RONDA EN EL SUEÑO INTERMINABLE DE ESPERAR LA CLARIDAD DEL ALBA.
EL OTOÑO HA LLOVIDO EN LAS LETRAS DE MI CAMA
Y POR SER ABSURDO ESTE ENREDO DE CONFIAR EN TU MIRADA,
HOY ME QUEMA LA NOSTALGIA
Y ME LASTIMAN TUS PALABRAS.
AYER CREÍ EN LA LUZ DE TU MIRADA
Y CRECIÓ EN MI PECHO LA FLOR DE LA ESPERANZA.
HOY NUEVAMENTE SE DILUYE TU IMAGEN EN LA OSCURIDAD DE TUS PALABRAS.
AÚN NO ES TIEMPO DE PROMETER NADA.
HAY UN TIEMPO DETENIDO
Y UNA MOSCA EN MI VENTANA.
AQUEL DOLOR AÚN RONDA EN EL SUEÑO INTERMINABLE DE ESPERAR LA CLARIDAD DEL ALBA.
EL OTOÑO HA LLOVIDO EN LAS LETRAS DE MI CAMA
Y POR SER ABSURDO ESTE ENREDO DE CONFIAR EN TU MIRADA,
HOY ME QUEMA LA NOSTALGIA
Y ME LASTIMAN TUS PALABRAS.
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